desfiladeros de salitre, Cruce, Madrid, 1999

Para hacernos una idea, ahora que ha vuelto a emerger el fantasma de un choque de las culturas, de lo que puede enfrentarnos al mundo antropológico de lo que llamamos “pobreza”, acerquémonos un instante a la configuración externa que pueden tomar nuestras ciudades ante ojos extraños[1].

Si después de la Edad Media las casas aún tenían nombre, hoy se clasifica con números a casas, manzanas, distritos enteros. El ascensor, el portal con la colmena de buzones en línea, los pasillos con decenas de puertas iguales, todo ello convoca al anonimato, al camuflaje, incluso a la prevención frente al extraño. Con los grandes edificios, las enormes ciudades pobladas de extraños, las calles que son poco más que pasillos para el tránsito rodado, el resultado es que hoy ya nadie llama a la puerta, ni siquiera (salvo los vendedores comerciales) por el interfono[2]. El simple funcionamiento continuo del ascensor supone el adiós a los huecos de escalera, a la vida en los rellanos: oír bajar al vecino, saludar, conversar. Con la aparición del ascensor la escalera principal es convertida en escalera de servicio o de emergencia (en definitiva, en un lugar donde es sospechoso permanecer). Fuera, el cielo es absorbido por el espejeo de una miríada de ventanas que parecen diseñadas para repartir hasta la lejanía fulguraciones comerciales. Las fachadas suspendidas, el columbario de cuadrados luminosos debe disimular por doquier la gravedad, la que en cierto modo sólo experimentará el cansancio del mendigo, el cuerpo del solitario al asomarse. Bajo estos pálidos farallones, automáticamente, todo lo que no está arraigado en esta opulencia de señales titánicas se mostrará pobre, lento, tercermundista (algo tal vez a tolerar como “bajos fondos” de la riqueza, pero en todo caso a vigilar, a controlar, a desarrollar). En estos límpidos escenarios diseñados el humo de un cigarrillo es suficientemente primitivo para hacer saltar las alarmas electrónicas. El simple caminar, con su legendaria contemplación, carece de sentido… salvo que se enfile en una determinada dirección, rápida y dirigida, que de hecho reproduce en horizontal la misma lógica del gran edificio[3].

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