encrucijadas de percepción, catálogo Cariño, seguro que tú sabes hacer algo, Círculo de Bellas Artes, Madrid, enero de 2004

En un texto sistemáticamente ignorado, podemos leer esta desconcertante afirmación: “Todo lo malo que le pueda ocurrir a la cultura me parece bien”[1]. Baudrillard se refiere a que el arte, mientras subsista, provoca una operación poética con la forma para la que no existe revestimiento, ninguna cobertura social de signos. Frente al enigma inapelable del objeto, dice Baudrillard, lo que hoy llamamos cultura representa un sistema de tránsito, de aplazamiento, a la postre de censura. Y las cosas, se podría decir, no son en este punto más fáciles que hace décadas. El neoliberalismo ha reducido todo lo que se quiera el espacio de lo comunitario en beneficio de la voracidad privada -se podría incluso decir que lo global es hoy la privacidad expandida-, pero la mayoría del arte contemporáneo no ha dejado de colaborar en esta tarea. Lejos de las anteriores formas de disciplina, concentradas en espacios cerrados, los nuevos medios de poder han conseguido un estilo casi lúdico de régimen abierto que Deleuze llama de “geometría variable”. Del cine a la televisión, de la cárcel a la pulsera electrónica, del cuartel a la escuela y la “cultura”, el fresco poder interactivo se acopla a la carne del individuo y se parece más a una tabla de surf que el consumidor cabalga que a un severo rompeolas que frenase las ondulaciones de la vida[2].

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