vacilaciones de umbral (Paloma Polo)

Mañana luminosa del 25 de enero. Atraviesas el Retiro entre deportistas solitarios, jóvenes con sus perros, grupos de adultos haciendo Tai Chi y ese caos calmo (nubes, ocio, transparencia, dejá  que no nos dejan) propio de los paseos inesperados. Al otro lado de la luminosidad verde, otra vez en el estruendo del tráfico, te encuentras de bruces con las letras de metal “Paloma Polo. Posición aparente”, sujetas en las paredes del Reina Sofía. Recuerdas la cita y entras. Tienes que identificarte, a pesar de que nadie parece poner excesivas dificultades para que participes en una “presencia real” nunca demasiado concurrida a esas horas de la mañana. “¿Medio?” Art.es, contestas con el primer nombre que se te ocurre. Así que, mediado por un medio, mediado por tu leve relación con la artista, mediado por el anonimato y una lábil fascinación por casi cualquier tipo de encuentros en directo, entras tarde en una rueda de prensa donde una delgada artista vestida de oscuro contesta suavemente (tanto, que no se oye bien) a las preguntas de los periodistas.

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 12 de febrero, 2012
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los descendientes (Los descencientes, Alexander Payne, 2011)

Sabor local al margen de los tópicos. Encuadrar la vida real en uno de los últimos estados de la Unión, siempre relegado a la condición de paraíso natural del turismo, excepto cuando se habla de Pearl Harbour o de la biografía de Obama. ¿Los ricos también lloran? Lo sabíamos, gracias. Como también sabíamos que en Hawai la gente vive y muere como en cualquier parte, puede tener cáncer y no pasarse la semana subida a una tabla de surf.

Aparte del típico rencor intelectual hacia cualquier producto americano de éxito, había razones adicionales para sentirse un poco marxista durante los primeros minutos, siguiendo las peripecias de un acomodado abogado que tiene a su mujer en coma y ha de hacerse cargo, por fin, de sus dos hijas. Es posible que un drama así, en principio, no impresione mucho a los que en Rumanía, en Cuba o en España bregan a diario para salir del agujero, sin hospitales de primera a mano ni latifundios en fideicomiso. Sin embargo, pronto un cierto materialismo entró en escena, reconciliándonos con el empuje de la narración. Poco a poco Los descendientes se convierte en una historia común, creíble y humana, que encuentra en el rostro desencajado de Clooney su suelo y su continuo referente. En el papel de Matt King, olvidamos que Clooney es una estrella, devuelto a la humanidad por el desconcierto que una y otra vez le cruza la cara.

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