tesis sobre Hopper

 

1

Melancolía de la opulencia, del bienestar urbano. El contexto moderno está tan lleno de signos que, si lo descontextualizamos en una perspectiva más amplia que incluya el enigma de los cielos, tal aglomeración pierde su sentido. Entonces la ciudad se convierte en un desierto vibrante, a la espera de una catástrofe que ya ha llegado. Hopper no deja de hablar de la pobreza de nuestra riqueza.

2

Escenas solitarias bajo el silencio del sol. En el borde del ajetreo urbano, deambular por las afueras del centro, por esquinas, cornisas y paredes abandonadas. Capturar así ciudades silenciosas, percibidas en su inanidad. De ahí el peso de los cielos, el misterio de la ciudad contra un firmamento antiguo y mudo.

3

Capturar el ser, cosas y humanos, en su absurdo. El misterio de los sólidos al sol, como en De Chirico o en Degas. Últimos seres de un día que declina, primeros seres de un día que se abre. La incertidumbre de esa hora crítica, como en Amanecer en Pennsylvania.

4

Casi hay más humanidad en los objetos que en los sujetos. Las cosas -habitaciones, calles, casas, césped- tienen una especie de vida, un hálito de desamparo. Mientras, los seres humanos padecen una inexpresión objetual: ojos diminutos, nariz pronunciada, rostros inescrutables.

5

Los personajes no miran nada, aunque estén frente a una ventana. Quizás miran para no ver, para no mirarnos y que no adivinemos la lasitud de sus ojos. De hecho, apenas hay personajes frontales. ¿Miran lejos para no escuchar, porque no pueden volverse sobre sus vidas?

6

Seres aislados bajo un resplandor cenital. Una luz plana, monótona. Tristemente puritana, sin carne. Se capta la desolación de un sentido inalcanzable, incluso a plena luz y en una marina radiante: Viento de tierra. ¿Realismo? La abstracción está en la severa ambivalencia de las figuras.

7

La geometría serial, la hilera de ventanas vacías, la repetición de casas y fachadas, de árboles en línea: todo insiste en el tedio infinito de la plenitud norteamericana, que es nuestro sueño ideal. Sea uno solo el protagonista o varios, mujer u hombre, los seres están solos porque aparecen recortados en un contexto mudo, aislados de un entorno que a su vez está aislado de la vida.

8

Por doquier una quietud inquieta, inquietante. Vías de tren, hoteles, casas desiertas: aunque nada se mueve, todo recuerda la partida y el desarraigo. Un peregrinaje agotador, una espera sin objeto. Y siempre el enigma de los pisos altos, las azoteas y depósitos de agua, cohetes libres bajo un cielo sin destino.

9

Este sueño de lejanía es a la vez causa y efecto de una cercanía despojada de reposo, a pesar de que todo es extático. Tal vez los humanos apenas tienen rostro para que las cosas lo recobren, como esas maravillosas acuarelas con fachadas de casas vacías. O la ondulación de la hierba en las colinas de Camel’s Hump.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 22 de septiembre, 2012

descargar texto en pdf

 

 

algo que contar ( Siempre feliz, Anne Sewitsky, 2010)

tiene ecos de pieza Dogma de bajo presupuesto, una sencilla concepción donde se puede improvisar continuamente. Sewitsky parte del juego benéfico de las restricciones, escribe el guión para pocas localizaciones y pocos actores, para veinte días de rodaje y conun presupuesto ajustado. “Menos es más”, justo la sabiduría que hizo aquella memorable cinta llamada El regreso y que ahora malogra Zvyagintsev en el manierismo de su última entrega [1].

Un escenario pálido en Noruega, un mundo de pasiones contenidas. Interiores caldeados por la luz y la
tecnología punta. Vinos tintos que a unos norteños aficionados al buen vivir les deben parecer néctar. Y
un drama contenido, en medio de una de las tasas de suicidios más altas del mundo. Frío, aislamiento y
distancia envuelven la alegoría de una Europa en miniatura que esconde su magma de tensiones en un
armario, bajo una nívea corrección mundana. Todo ello con un sentido del humor, y del amor, cuya
frescura no siempre veamos en pantalla. En clave de comedia agridulce, la nieve es el telón de fondo
para la negrura del ser humano, aunque todo transcurra en una especie de beatitud y no haya ninguna
tragedia servida. Es posible que, en esa cultura nórdica otrora tan existencial, el invierno componga el
escenario de excepción para que aflore lo escondido, revelación gradual que en el Sur reservamos al
verano.

Ver texto completo