la fuerza política del deseo

Hola, C.,

Ayer lo pasé fenomenal en el debate que tú y D. (a quien no conocía) propiciasteis. Trasmitiste una impresión muy viva de ese libro que espero con ansiedad, pues creo que tiene bastante que ver con mis preocupaciones ético-políticas. Por si la perdiste, mi dirección es la que te adjunto. Por favor, envíame Sociofobia cuanto antes.

Esta mañana me puse a buscar tus comentarios a mi pobre libro. Digo pobre porque, al contrario del tuyo, juraría que Sociedad y barbarie apenas salió de un pequeño círculo de amigos, que tampoco lo han leído, en general… Tu comentario está muy bien en su brevedad. No estoy seguro de que sea muy justo, pero está muy bien, y además lo que dices lo dices con gracia. No sé si te contesté, por cierto: no encontré el correo en mi ordenador.

No sé si entiendo eso de “la oportunidad de los detalles textuales”. Intenté no ser rastrero con Marx, no tener nada que ver con los Nuevos Filósofos, no descender a su relación con la criada, no echarle la culpa de los males del estalinismo soviético, etc., etc. Es más, jamás sentí tanta piedad por ese hombre como cuando hacía mi libro “contra” él. Intenté ir al grueso de sus argumentaciones filosóficas y antropológicas… y sí, echarle “la culpa” de este estalinismo democrático que nos invade, esa barbarie conceptual de la cual el fragmento que trascribes de Marx en las primeras páginas de tu libro, extraído de “La dominación británica en la India”, es un síntoma estremecedor.

Dudo que el mismísimo Stalin, conocido por su carácter liberal, se atreviese a firmar ese testimonio de la sacralización del dios Historia. Sacralización que impide la más mínima autonomía socrática o kantiana en las vidas, que hace que la sociedad occidental haya caído en el más kafkiano automatismo y que la política sea una aburridísimo bienestar binaria entre derecha e izquierda, mercado y estado, religión e ilustración, “despotismo oriental” (Marx) y grandeza de la iniciativa histórica, etc.

Me refiero en el fondo a algo doblemente eficaz por el hecho de que jamás es explícito, esta prohibición diaria de tener alma, de vivir y pensar desde tu más íntima y lejana zona de sombra. Intenté repensar a Deleuze, a Agamben y Badiou, contra Marx, al margen de Marx. No sé si lo conseguí. Sea como sea, pocas veces un libro mío ha sido acogido tan hostilmente, aunque esa frialdad tome naturalmente la forma del silencio democrático.

Después, creo que no, que no me habría valido cualquier otro autor del siglo XIX para la crítica que propongo, la denuncia de ese “imperialismo” del contexto sociopolítico que ha convertido al hombre en una “pelota de ping-pong con memoria de los rebotes”, según la caricatura que en algún momento se hizo del conductismo.

Las perlas que ayer dejabas caer (“¿Qué clase de persona debo ser…?”) creo que están bloqueadas por un “marxismo” empotrado, de término medio y sin necesidad de explicitarse ideológicamente. Un poco como los paradigmas de Kuhn, pero también expandidos entre la derecha, dogmas que ha hecho retroceder la autonomía del hombre y la cuestión “moral” hasta niveles literalmente espectaculares.

Niveles que explican el bloqueo político del presente, el hecho de que todos los apuntes de alternativa política (salvo tal vez las de extrema derecha) acaben tragados por la presión de la opinión pública y el espectáculo de lo visible, por el peso de la economía y la información, por la multiplicidad esterilizante del consumo y su fondo nihilista. Parafraseando un momento de ayer, hoy ya es heroico atreverse a estar a solas con una cuestión y tomar una decisión, al margen del estruendo global.

Pero todo esto necesita ser explicado más pacientemente, lo sé, de manera más didáctica y lenta a la que yo estoy acostumbrado. Me encantaría que me pudieras ayudar a organizar una sesión en Enclave en la que estoy pensando. Ya te contaré.

Gracias por tu labor, por la fuerza política de tu encanto personal, y por tu libro.

Abrazos,
Ignacio

Madrid, domingo 20 de octubre de 2013

nuevas formas de matar

Las tres chicas de Alcàsser, Rocío Wanninkhof, Marta del Castillo, los niños de José Bretón. Ahora, en claroscuro, ese ser que se llamó Asunta, su rastro leve en Santiago y alrededores. Llama la atención, en estos tristes casos criminales de los últimos años, algunos todavía no resueltos, el peso de la ferocidad informativa. Junto con esto, como su otra cara –es preciso decirlo-, una escandalosa inoperancia policial. Torpeza que en el caso de Marta del Castillo llega a niveles de esperpento. No entremos en detalles, pero ¿tal incompetencia profesional se deberá al hecho de que también la Policía y la Guardia Civil se pasan el día entero pegados al delirio informativo, siguiendo la carnaza del escándalo y buscando signos del último rumor?

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