La gran Belleza, (Paolo Sorrentino, 2013)

En una sala atestada de público ruidoso, el espesor del silencio se podía cortar con un cuchillo a los pocos minutos. A primera vista, La gran belleza es una ambiciosa y exuberante entrega, sobre todo visual y sonora, con unas imágenes y una música que –tanto por el lado coral refinado, como por el lado hortera, la repetición techno o la atmósfera chill out– pueden llevar al trance o al agotamiento de los sentidos. En realidad, la película de Sorrentino, repleta de frases memorables, es también una amarga reflexión sobre el sentido que todavía tiene respirar, llegar a amar u odiar en nuestros escenarios ultra-iluminados. Entre otros cien, recordamos este momento: “Me gustan estos ‘trenes’ de nuestras fiestas, con la serpiente de gente bailando, me gustan porque no van a ninguna parte”.

Ninguna parte. ¿Cómo la vida misma, como este espectáculo diurno y nocturno que es el esplendor de Roma, de toda capital que se precie y quiera atraer la vorágine mundial de turistas y de capitales?

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tragicomedia de invierno

Primer Acto.

Si subsiste, ¿qué hacemos con la energía sobrante? Quiero decir, con nuestra generosidad todavía muscular, nuestro deseo de vivencias, de riesgo, de pruebas. Este deseo de que ocurra algo, la necesidad de vivir una experiencia que por fin nos rebase y nos arranque de este aburrido aislamiento conectado. Y no preguntamos por nuevas formas de turismo, claro. Después del verano, simplemente, uno a veces languidece en las terrazas como un caballo en un parque temático.

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