el Dios de Wittgenstein

Aparte de su respeto casi místico por lo religioso, apenas hay desarrollos sistemáticos sobre esta cuestión, sólo algunos “versos sueltos” –aunque casi inolvidables- en el Tractatus logico-philosophicus. Una obra que, como es sabido, causó sensación. El propio Russell, que reconoce entender de la misa apenas la mitad, no deja de manifestar su estupor en la Introducción que generosa, pero incómodamente, elabora para el sorprendente libro de su amigo vienés.

 

“La visión del mundo sub specie aeterni es su contemplación como un todo –limitado-. Sentir el mundo como un todo limitado es lo místico.” (Tractatus, 6.45). Es tal la sensación que este hombre solitario, atractivo y sórdidamente elegante produce, que un día el celebérrimo Keynes, después de un encuentro casual con Wittgenstein, comenta: “Hoy estaba Dios en el tren de las 8.15”. ¿En qué estriba esta aureola, que se prolonga hasta hoy?

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silencio se rueda

Hola, D.,

 

Sí, amigo, la otra cara de espectáculo social es el silencio existencial, ese leve zumbido biopolítico que (como un electrodo integrado en el cuerpo) preocupaba tanto a Foucault. Y tienes razón, eso también implica la conversión de la palabra en mercancía, lo cual lleva aquel famoso fetichismo, no sólo a las mercancías propiamente dichas, sino al entero horizonte de lo social. En suma, al lenguaje humano como tráfico de información.

 

Badiou habla de una dialéctica de “clausura e infinitud”, de cuerpos aislados y lenguaje provocativo. Aviados estamos: esta sociedad es “abierta” porque se cierra en cada punto donde una nueva experiencia irrumpe con fuerza. El más “radical” lleva camino de convertirse en el bufón que toda corte necesita para convertirse en eterna.

 

¿Pesimismo? No, voluntad de choque. Veamos.

 

Economía y tecnología informativa mantienen la misma lógica: fragmentación y asociación, aislamiento y conexión, individualismo y comunicación. Compartido, el narcisismo es más. La misma enajenación del hombre con respecto a toda cercanía real –el propio fondo oscuro de su subjetividad, cualquier comunidad humana, el mundo silencioso de las cosas- es lo que impulsa la multiplicación de contactos virtuales. Las redes sociales, definiendo un perfil para asociar amigos, son un buen signo de lo que ocurre en las marismas de la vida real.

 

Creo que uno de los problemas culturales del momento es el conductismo que se ha personalizado masivamente, en virtud de lo cual casi nadie responde personalmente o se siente responsable por sí mismo. Casi nadie, por miedo a ser marginal, se para a pensar unos segundos, actúa o habla desde la sombra de sus dudas. Lo más rápidamente posible, todos respondemos a los estímulos del entorno, al guión del contexto, y comunicamos sin parar. La religión pura, la de la circulación, es el nuevo opio del pueblo. Y sobre todo, de sus vanguardias.

 

En tal sentido, creo que tienen razón los que dicen que la frenética interactividad actual es la cara externa de un nuevo oscurantismo, una adorable interpasividad. Así pues, bajo esta interpasividad personal que alimenta la interactividad a distancia, todo lo que no se corresponde con un código que circule velozmente es discretamente orillado. He aquí la pesa carga política de la ligereza.

 

Esto significa también que lo que se llama presencia real, el encuentro, está forzosamente en crisis. Si es inevitable asistir a algo presencial, lo propio es llevar un guión preparado. Guión que normalmente incluirá la discreción, la reserva. Y una nueva “timidez” –mejor que la antigua, ahora de diseño- en la presencia real: mirar hacia el infinito con ojos congelados, fingir que tomas notas, ojear el móvil… Así hasta el momento de las cañas. Entonces ejerceremos de diplomáticos de medio pelo: hablar de todo y de nada, sólo diez minutos de cada cosa para no meterse en problemas.

 

¿Pesimismo? No, violencia inclusiva.

 

Tiene gracia eso que dices de las esdrújulas. Empieza uno simplificando su lenguaje y acaba “podando” la relación con su propia madre. Hace poco, en uno de estos maravillosos encuentros de domingo que aún existen, yo defendía a Jep, el protagonista de La gran belleza (¿viste la película?). Una amiga lo acusaba de cínico, supongo que también quería decir inmoral o desvergonzado. Yo le defendía diciendo que no, qué él era un militante de la humanidad que resta. Jep tiene todavía, constantemente, el lenguaje y los gestos que brotan de las situaciones. Por ejemplo, la palabra, el humanismo, el humor, la ironía. O “cantarle las cuarenta” a alguien que se lo merece. O irse descaradamente de los lugares, supuestamente “eróticos”, donde no pinta nada. Antes y después de todo eso, busca sin cesar palabras y gestos que respondan a lo que sucede en su entorno, para poder intervenir en ello.

 

Jep se expresa continuamente, con mejor o peor fortuna. No responde jamás automáticamente, pues atiende al cómo antes que al qué. De hecho, a veces pasa mucha vergüenza. Por el contrario, la media de nuestro ambiente progresista es mucho más preocupante. Lo normal es que aquí todo se cocine en secreto, bajo cuerda, en los pasillos. Un porcentaje muy alto de los amigos de uno (y hoy es recomendable tener amigos hasta en el infierno) están en una línea mucho más inhumana que la de Jep. Se mantienen días tras día en la estrategia de la reserva, esto es, actuando y hablando sólo cuando el guión está claro.

 

El silencio es la ley de la economía que nos salva. El silencio o, lo que viene a ser lo mismo, hablar según el conductismo del contexto. Que una empresa te comunique que estás despide cuando vas el lunes y ya no tienes mesa ni compañeros, o cuando vas al cajero y ves tu liquidación, es un epítome del trato humano cotidiano que hemos asumido entre nosotros.

 

Todo el que no se pliega a este nuevo pacto de silencio, en el que todos funcionamos manejando logos mayoritarios o alternativos, pasará por provocador, cínico o simplemente “gamberro”. En resumidas cuentas, en cuanto te descuidas, acabas actuando de bufón de nuestra corte horizontal. Por eso ha sido tan divertida, al margen de las valoraciones políticas, el golpe en la mesa de los rusos. Oh Dios, por fin un impacto real en medio de esta charca de ranas postmodernas.

 

Creo que la corrupción masiva –que no pasará a la primera página de los periódicos- es la nuestra, la de la neutralización. La primera línea de esta violencia suele estar en una cercanía que ya no podemos ni imaginar. Hace tiempo un preso habitual decía, más o menos, que antes en las cárceles siempre sabías a qué atenerte: guardián malo, guardián bueno, preso peligroso, chivato, etc. Hoy en día, recordaba este hombre, como todo el mundo se atiene a las normas, nunca sabes con quién estás. Hasta que ocurre algo, pero entonces es demasiado tarde.

 

Creo que en este contexto sonriente y temible, bajo tal capitalismo existencial, la ideología política es con frecuencia una coartada para que ese conductismo masivo, asumido como inevitable, tome formas sospechosamente alternativas, mutantes, radicales. En definitiva, es el narcisismo minoritario que complementa el tumulto del imperio. Hace años, tres hombres del subsuelo como Pasolini, Foucault y Deleuze lo han dicho ya todo al respecto.

 

“Al silencio que me rodea le llamo capitalismo. No sé cómo le llamas tú, pero al negar la causa -como infiero que lo haces- supongo que solamente queda una enorme sensación de congoja”. No, no tengo ningún problema en llamarle capitalismo a esto, sobre todo si logramos imaginar que la economía es aún la superestructura de una infraestructura de la separación, una magia blanca (o negra) cuya máxima función es apartarnos de lo común, la comunidad que sólo puede surgir al chocar con los límites. Creo que Marx se equivocó al hacer una crítica sólo política de la economía, pues ignoró la forma de la economía, quiero decir, la metafísica (furiosamente racista, en relación a la existencia y los pueblos) que guía nuestra política.

 

No, no es fácil hoy ser optimista. Pero tampoco hace falta. Desde luego, la congoja no es mi estado de ánimo habitual. Un cierto fondo de melancolía, claro, pero como reserva india de la agresividad, de una voluntad de combate que a veces debe llegara a jugar. Cada día intento encontrar una línea móvil y sombreada de resistencia. Quiero decir, el borde de intolerancia que hace un poco emocionante todavía vivir en medio de esta sociedad aburridísima, falsamente civilizada. Creo que no podemos vivir sin esto.

 

El rencor que se puede tener contra izquierda es ha acabado viviendo como la derecha: según el contexto, sin alma. Una universalidad de grandes superficies como la nuestra, donde la alternativa radical reza cinco veces al día vuelta hacia París o Nueva York, necesita recuperar la iluminación arcaica del trauma. En eso estamos.

 

Un abrazo, D. Y gracias por ayudarme a ordenar todo esto,

Ignacio