je suis Gaza

Después de las necesarias condenas, algunos sentimos unos cuantos signos preocupantes en el reciente atentado de París. Tantos, que uno se atrevería a decir: “No, yo no soy Charlie”. Je suis Gaza. Llevamos décadas bombardeándoles, insultándoles, injuriándoles, despreciándoles… Irán, Irak, Afganistán, Libia, Siria: todo vale con tal de destrozarles, de devolver a los musulmanes a la Edad de Piedra. Esto sin contar la dulce actitud del sagrado Estado de Israel, una y otra vez absuelto por el Holocausto, con esos millones de palestinos hacinados en unos campos de concentración en Gaza y Cisjordania que, si no son otro Holocausto, es por carecer del poder mundial de la cobertura informativa.

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LA GRAN ILUSIÓN. Preguntas de Esther Icart y Carla Orteu

I ¿Cómo definirías el término evasión?

De una manera primeramente afirmativa. Evadirse es romper con algo que nos aprisiona. En contra de lo que a veces se dice, en momentos cruciales (y para ser fieles a lo vivido) hay que huir, romper, fugarse; incluso traicionar. Hoy en día la ruptura tiene mala prensa, pero si no somos capaces de romper con algo, de evadirnos de una costumbre, las cosas se encharcan en una degeneración patética. Por ejemplo, los Stones, y buena parte de lo que hoy se llama jazz, no han conseguido evadirse de su propia leyenda. Y esto, no sólo musicalmente, es una noticia terrible. Como decía el poeta José Ángel Valente: Llegado el caso, irse es la única manera de permanecer, de ser fiel. Dicho de otro modo, una revolución es con frecuencia la única heredera posible del pasado.

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palingenesia

Sí, F., me temo que tu querida lectora puede tener algo de razón… también en lo que a mi estilo respecta. Ahora bien, ¿le haremos caso? A juzgar por nuestras respectivas biografías literarias, y por este mismo envío, no parece probable.

 

La verdad es que cuesta tanto, para los que vivimos un poco en los márgenes de la cultura mayoritaria, no decirlo todo otra vez… y así cada vez que salimos de una dura clandestinidad. ¿No crees? De todas formas, quizás algún punto y aparte aliviase un poco la inevitable proliferación verbal de quien tiene su acción más bien maniatada.

 

Abrazos,

Ignacio

Madrid, 7 de febrero de 2015

JAM

Gracias por la estupenda sesión-cena de ayer noche y por los dos envíos. Lo de la monja lacaniana parece bastante alucinante, ya lo leeré con calma. Después… a ver si tengo humor para meterme en lo de Miller-Badiou. Lo que me resulta incómodo de Miller no es que sea de derechas (como, por lo demás, es tanta gente) o haya apoyado la estupidez occidental allí donde podíamos cometer más crímenes masivos, sea en Irak, en Libia o en cualquier otro sitio.

 

No es tampoco que él sea parte, digamos, del “lobby judío” que atraviesa Francia de parte a parte y participe, por lo tanto, de la histeria islamofóbica que nos recorre.

 

Es sobre todo su estilo principesco lo que no soporto, su aire de niño maldito oficial… que recuerda al del idiota BHL. Es su afectación Über-narcisista lo que me pone enfermo, esa insufrible teatralidad superyoica con la que recubre casi todas sus pequeñas iniciativas públicas, como si fueran lo más importante del mundo. Como si Él siempre estuviera en el centro de no se sabe qué huracán (tradicional, pero bendecido por el psicoanálisis), del que los demás no nos enteramos.

 

En este aspecto y en otros, me parece incomparablemente más digna la figura del anciano Badiou. Aunque, naturalmente, tampoco él carezca de fisuras. Si tuviese humor y tiempo, creo que sería divertido hacer un esbozo de heteroanálisis de Miller. Una, digamos, “interpretación salvaje” de sus síntomas. Ya veremos.

 

Abrazos,

Ignacio

 

Madrid, 5 de febrero de 2015

multitudes en acto

¿Punto “de no retorno” en nuestras relaciones? Para qué decir otra vez de esta agua no beberé: ¿No nos hemos divorciado ya demasiadas veces? Creo que fuerzas en exceso, también conmigo, las diferencias. El gesto del enfrentamiento es siempre, en todos nosotros, un poco teatral, porque después (por generosa liberalidad, por miedo o por prudencia, por necesidad) pocas veces podemos cumplir nuestras amenazas de ruptura. ¿Por qué forzamos las diferencias? Para darle sustancia a nuestra dispersión, nuestra más íntima amenaza. Para conjurar la amenaza de disolución, el desfallecimiento íntimo de una vida encuadrara por los números y compactarla frente otra cosa que nosotros no somos.

¿No es un poco narcisista? Sin este mecanismo de xenogenia creo que las democracias actuales, carcomidas hasta el tuétano por el capitalismo, no se sostendrían. Sin este mecanismo de odio sutilmente inyectado, creo también que el mito (y el negocio) de la información, con sus imprescindibles ondas de alarma social, no funcionaría.

Pero eso no puede funcionar bien en ti o en mí, en algunos de nosotros, seamos judíos, ateos o cristianos. Si se es un poco moral, es decir, afectivo, es difícil vivir simplemente a costa del enemigo. Ese sectarismo imbécil es propio de los políticos, y hasta en ellos (que ya es decir) hay grietas y diferencias. ¿Tienes una “posición política”? No, eres demasiado hombre para eso.

Nombras a Badiou, a Agamben y Sartre, de quienes querrías renegar ahora. Pero ellos, igual que Deleuze o Tiqqun, te han dicho y te seguirán diciendo (bajo sus respectivas e inevitables identificaciones) un motón de cosas al oído, secretos que te sirven como herramientas para el día a día.

Por lo demás, nadie (tampoco Bill Gates) deja de ser “provinciano y anacrónico”. La vida real en Nueva York (¡nuestro querido Hoffman!) también se desenvuelve entre unas pocas personas. Y para vivir con otros (incluso con el otro que uno mismo es) cada día hay que salir, probablemente varias veces, del armario de nuestra patología.

Hay que elegir, vale, no se puede ser amigo de todo el mundo. Pero el “o lo Uno o lo Otro” de Kierkegaard debe estar atento a la ambigüedad de lo que viene, a la novedad y los matices de lo que irrumpe. En este punto, en muchos terrenos, soy parecido a ti: me limito a darle forma (a ponerle palabras y admitir en el pensamiento) a aquello que irrumpe delante de mí, a veces en mí. Lo otro, mantener la elección cosificada en la distribución nominal de los emblemas, es (médica, ética y políticamente) un poco dudoso. Nos lleva a anquilosarnos, a envejecer. Necesitamos fisiológicamente maltratar nuestros clichés. Y el cuerpo de una persona es como el cuerpo de una sociedad. Una nación que no “traiciona” sus grandes emblemas está muerta, entra en decadencia, vive de rentas.

Aparte de esto, es que tenemos corazón y cabeza, dos lados. Dos manos, dos hemisferios cerebrales muy distintos: y dos siempre es tres (no hay dos sin tres, otra cifra que viene). Podemos ser una cosa en cultura y otra en religión, alguien en carácter y otro en ideología, uno profesionalmente y otro personalmente… Esto no significa precisamente estar a favor de la dispersión debole del sujeto posmoderno. Más bien significa intentar un fundamentalismo de lo múltiple, de la multiplicidad, del devenir. Allí donde estamos, debemos intentar penetrar (o ser penetrados) por el acontecimiento de cada situación. Y eso que tiene que ver con los matices: más con el cómo que con el qué. Tal y como decía los ingleses, el diablo (pero también se podrían aplicar a Dios) está en los detalles.

Probablemente esto exige, ante todo, militar en la percepción; en los afectos, en la sensibilidad, en los cambios climáticos del entorno. Bajo las grandes palabras, atender más el cómo que el qué. Romper las liturgias del días, sus incesantes protocolos, siempre un poco policiales. Decía más o menos Cage, niño todavía a los ochenta años: debemos escuchar los sonidos para oír una juventuddel mundo todavía no cuajada en signos, en códigos de lenguaje, en consignas. Tenemos el sentido del humor para disolver a diario la costra de la inercia, que sólo es una forma estándar de la cobardía.

De otro modo la vida se vuelve casi imposible. ¿Tendrá algo que ver ese retiro del que te quejas, ese bloomesco “preferiría no hacerlo”, con una ética poco afinada para los matices? Ni tú, ni mis hermanas, ni yo, ni M., ni V., ni A… ni nadie conocido dejamos de ser bastante patéticos si se nos mide esencialmente por el qué, por las definiciones y las tomas de postura… Si no atendemos a los gestos que acompañan a las palabras estamos perdidos, pues el “terror de la inmanencia” (Han) está servido.

Puede parecerlo, pero yo no soy más libre que tú. Todos estamos, más o menos como las moscas, pegados al cristal de nuestras servidumbres. La única posibilidad de respirar es convertir esa superficie (siempre más o menos fatal) en un lago, una pista de juego. No sé si me explico. Vendrá más situaciones incómodas y tendremos que aprender a esquivarlas; a veces entrando en ellas, a veces ignorándolas. Yo, por ejemplo, quise ignorar el asunto de París. Es lo que me convenía: ignorarlo. No pudo ser, pues sale, te preguntan, etc. A partir de ahí, entre callarse o repetir lo que ya está dicho, haces lo que puedes.

Dices: “Intentar parar el péndulo, no agitarlo”. Exacto, ignorar la ley del péndulo, su estúpido binarismo. Pero en cuanto nos descuidamos, somos enseguida “víctimas” del escenario mundial y su espectáculo maniqueo: derecha e izquierda, desarrollo versusatraso, la democracia frente a las tiranías, etc. Y el anarco-fascismo, el machismo, la islamofobia, el antisemitismo, los lobos solitarios, el nihilismo, el capitalismo mundial, el cambio climático… Uf. Nuestra metafísica de las oposiciones es, fisiológicamente, muy peligrosa. Hay que tener demonios, de acuerdo, pero no (casi nunca) para tomarlos muy en serio. De lo contrario uno se convierte en prisionero de sus propio demonios. Cuando lo cierto es que, incluso en lo que más odiamos (me asiento ahora como el Papa) hay matices. También allí hay dioses, dice el viejecito de Éfeso.

Tal vez la diferencia entre el mal y el bien, y ésta es una vieja historia, es en parte una diferencia de percepción. Como más tarde sacará a flote el debate de san Agustín con el maniqueísmo, bien y mal no son simplemente contrarios. Uno es el principio y el otro su privación. Uno rodea al otro, vence al otro (Rom 12, 21)… como si el mal fuese solamente la necesaria crisis del bien. Sin que el triunfo del bien, por ello, pueda nunca considerarse definitivo. La mayéutica judía y cristiana, tal vez no tan lejana de Sócrates (no sé en el caso del Islam), necesita constantemente la ironía y el drama de una herida crucial.

Dios, dice el refrán popular, escribe recto con renglones torcidos. A su vez, nos recuerda el Libro del Tao (VIII), “La gran rectitud parece curvada, la gran elocuencia parece tartamudear”. Y después, claro, algunos de nuestros modernos, no siempre franceses. En el orbe cristiano, pocos como Kierkegaard han sido clarividentes para intentar vencer el mal entrando en él, expulsando a los demoniospor virtud del príncipe de los demonios. Y recuerda este momento del Ecce homo: “Dicho teológicamente -préstese atención, pues raras veces hablo yo como teólogo- fue Dios mismo quien, al final de su jornada de trabajo, se tendió bajo el árbol del conocimiento en forma de serpiente: así descansaba de ser Dios… Había hecho todo demasiado bello… El diablo es sencillamente la ociosidad de Dios cada siete días”

En otras palabras, sabiduría popular. Etcétera.

 

En fin, seguimos. Un abrazo,

Ignacio

 

Madrid, 21 de enero de 2015