seréis como dioses

Primero el capital desencanta (Weber) la vida. Después, en un despliegue inusitado de fuerza, la re-encanta con toda clase de simulacros. ¿Es casual que todo, de la comida a la música, de las tecnologías al sexo, adopte el formato de la fusión? A través de una nueva promiscuidad obligada el Norte consigue una victoria total, pues logra la apariencia de descender al Sur y hacerse cachondo, interactivo. La furiosa separación puritana (del hombre con la tierra, y entre los hombres mismos) consigue adoptar el semblante de una interactividad sexy. El fetichismo de la mercancía ocupa entonces el horizonte entero de lo social y adquiere un rostro humano.

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de objetos y sujetos

Sí, creo que hay esa relación entre activismo político y sordera ante los pequeños crímenes cometidos en privado, como si la ausencia de alma en lo personal estuviera disculpada por una supuesta alma mundial, que siempre ha sido más bien una máquina devoradora de almas y singularidades.

Llevo años “enfermo” por eso, dolencia acentuada con la última politización en curso. Enfermedad sedada y atenuada con la filosofía, el trabajo de la escritura, el alcohol, algo de sexo y muchos, muchos afectos distintos. La multiplicación de amigos reales, algunos muy buenos, es una especie de sucedáneo de este desierto anímico en el que vivimos.

También me ha servido una postura muy selectiva en cuanto a las amistades, una selección invertida (mejor dicho, ajena) en relación al canon progresista clásico. Una selección paradójica también, pues para ella tengo que tener una amplia cantera de conocidos en la cual escoger, un excelente relación con la vulgaridad de lo popular, completamente ajena a veces al mundillo intelectual. Y estar dispuesto siempre a romper o a quedarme solo, o a montar algún pollo (ya sabes) de vez en cuando.

En fin, un tema largo. Pero la verdad es que siempre he encontrado en la gente “sencilla”, no proveniente del mundo intelectual ni filosófico, un alivio para este desierto, de una violenta metafísica, que tal vez no deje de crecer. Te lo decía el otro día: mi relación ética y estética con la incultura, incluso con la vulgaridad, también con todo lo inhumano y no social que todavía late en la tierra, me permite respirar.

Además, claro está, de los ocasionales beneficios afectivos, mundanos y a veces, digamos, carnales.

Continuará. Besos,

Ignacio

Madrid, 12 de mayo de 2016

disculpen las molestias

Hola, queridos O. y N.,

Por razones ajenas a la voluntad de la empresa ayer se me pasó enviaros el correo prometido con esas ideas ordenadas en torno a septiembre. Primero, la verdad, los aniversarios son un tostón, pero hay que aprovecharlos. Más aún si se trata de Benjamin, una figura quizás oscurecida por otros personajes mucho más mediocres de la Escuela de Frankfurt… y también, incluso, por M. Heidegger.

Los temas oportunos son muchos, casi todos ellos vinculados con el arte. Lo que sigue son sólo indicios libres, aprovechando la confianza. Ni que decir tiene que cuento con que le quitéis la oscuridad, el veneno y el radicalismo apocalíptico a todo lo que digo, para hacerlo útil de cara al próximo Milestone.

1) Por una parte está la legendaria “trituración del aura”, que Benjamin desarrolla en “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” y en “Pequeña historia de la fotografía”. Es cierto que la aversión de nuestra cultura al aura real, a esa inmediata presencia de una lejanía espectral, no ha dejado de crecer. Todos los signos del mundo contemporáneo van en la dirección de restarle aura a la inmediatez terrenal y objetual; por tanto, en la dirección de quitarle valor de verdad al arte y relegarlo a los museos, a la cultura del espectáculo y al metalenguaje especializado que lo esteriliza.

2) El valor cultual ha cedido a manos del valor cultural, espectacular o técnico: los tres unidos en la estrategia del desplazamiento, esa dialéctica de aislamiento (ante la cercanía aurática) y conexión, con la lejanía virtual y desencantada, que constituye nuestra ortodoxia social. Por la izquierda y por la derecha, dicho sea de paso: por eso las ideologías apenas cuentan ante el resto del mundo. De ahí la broma de Baudrillard para defender el aura y su doble, esa “operación poética de la forma” que debe recibir el espectro real: “Todo lo malo que le pase a esta cultura me parece bien” (La comedia del arte).

3) Por otro lado, junto con esto (y dado que ninguna sociedad puede vivir sin un culto) el desplazamiento, siguiendo el Norte, del aura del objeto al aura del sujeto. Nuestra cultura, por eso odiamos a los extranjeros atrasados, es cada vez más antropocéntrica: losocial también es esto. ¿Resultado? El aura huye “como un hurón” (Barthes) del objeto al sujeto. El sujeto-estrella tapa por doquier el brillo espectral de cualquier posible presencia real. Hay mil ejemplos de esto, desde lo cool a lo hortera. Žižek tiene éxito por el espectáculo que genera, con la dosis de simplificaciones requeridas por la velocidad en curso y, dicho sea de paso, con la sutil xenofobia asociada a ella… contra todo lo que sea lento y oscuro, musulmanes incluidos. Hay muy honrosas excepciones (El árbol de la vida, Boyhood o Youth son ejemplos gloriosos en el caso del cine) pero la media aritmética es furiosamente anti-benjaminiana. Aunque esto no deberíamos decirlo así.

4) Otra cuestión benjaminiana: el empobrecimiento de la experiencia, su pérdida o adelgazamiento… consumada hoy en la pasión por las pantallas planas, táctiles y fluidas. Quedan lo que llamamos experiencias, incluidos los deportes de riesgo y las vivencias paranormales, guiadas siempre por gurús, expertos mundiales y super-especialistas (no siempre “low cost”). Tenéis en mi “Para una antropología del dogma verde” algunas divertidas, y probablemente exageradas, variaciones sobre esta particular pérdida de experiencia y su reverso, la hipocondría del retiro.

5) Otro fenómeno divertida lo constituye la proliferación de pantallas vibrantes que nos separan de la sucia tierra, en medio de un ecologismo de diseño compatible con la xenofobia. Por ejemplo, la crisis de la lectura en papel. “La crisis del papel” es la crisis de lapiel, de toda relación epidérmica con el prójimo, aquí, o la cercanía terrenal, un poco más allá. ¿Amamos los árboles? No, odiamos el contacto con la materia real, atrasada, analógica: sin limpiar numéricamente. Es la deforestación de la especie humana, y de lo social, lo que está en primer plano como objetivo, aunque esto lo hagamos en nombre del Amazonas. Nuestra cultura ario-digital padece una profunda aversión a todo la suciedad de lo físico, de una materia prima sin ordenar digitalmente, sin integrar en un programa informático. El declive del esfuerzo físico, excepto para los especialistas, ¿en qué deja el pensamiento?

En fin, estos y otro ámbitos, convenientemente extirpados de mis típicas exageraciones, podrían servirnos de bloques temáticos. Es tal vez Agamben, no sé si también Didi-Hüberman, el reflejo quizá más fiel de la actualidad de Benjamin. Aparte, claro está, de mil manifestaciones artísticas muy actuales. Entre otras, las instalaciones de Bill Viola.

Creo que, en el formato de las conferencias, deberíamos escapar de todo elitismo y volver a un público “masivo”. Lo alternativo tiene más sentido si el marco es anónimo, hasta convencional… Creo que debemos dirigirnos a un público no “radical”, ni especialmente alternativo, ni ideológicamente homogéneo. Lo ideal sería que no nos sintiéramos “en casa”, sin saber muy bien para quién estamos hablando. Esto nos obliga a afinar los conceptos, a cortar las citas eruditas y acercar el pensamiento, y nuestro radicalismo de cartón-piedra, tan cómodo (tal vez el mío), a lo que todavía quede de sentido común.

Al fin y al cabo son cosas muy elementales las que hoy están en peligro de extinción, de la percepción a los afectos. Esta hibridez filosófica, no fácilmente identificable con corriente alguna, nos hará más fácil conectar con las personas potencialmente receptivas a hacer algo distinto, sea A. Q. o esa cátedra con la que contactamos.

Continuará. Debería continuar. Abrazos,

Ignacio

Madrid, 10 de mayo de 2016

sin títulos

Qué tal, compañero. Te vi esta mañana, pero estabas al teléfono… Verás, lo que te preguntaba ayer, para un artículo que estoy haciendo sobre la juventud actual es lo siguiente. Tal vez sean mis paranoias, pero creo que algunas cosas están cambiando a la juventud actual, sobre lo que sería el síndrome clásico de los 14 a los 16 años.

Está la “desintegración” familiar y el número cada vez más alto de padres separados. Está la edad tardía de los padres y el escaso número de hijos (razones por las cuales a veces mimamos a los hijos como si fuéramos abuelos). Creo que la sobreprotección, o los mimos, es la forma más habitual de “maltrato”. Conozco pocos chicos machacados por el autoritarismo de los padres; conozco a unos cuantos anulados por los mimos.

Por encima, están los mimos que sobre ellos ejercen los esclavos tecnológicos, que les sirven a todas horas (no sólo “información”) y obedecen sus órdenes al instante. La pregunta hacia ti es: ¿Has notado en los últimos años una pérdida de relación “analógica” con lo espacial  el cuerpo, o una pérdida de habilidades físicas por culpa de la combinación de esos factores?

Tal como están de abducidos por las pantallas, me parecería un milagro (salvo los que hacen deporte duro) que no sea así. Si no quieres escribirme, cualquiera de estas mañanas, viernes incluido, me valdría con que me lo cuentes de viva voz. Estos toda la mañana de mañana miércoles, con la primera hora, el recreo y la cuarta libres; el jueves desde las 10’5 (con guardia en el Anexo a esa hora, normalmente libre) y el viernes toda la mañana, con la tercera, el recreo y la sexta libres.

Un abrazo y gracias de antemano,

Madrid, 10 de mayo de 2016

limbos cualquiera

Querido R.,

Eres de una probidad y de un encanto personal inusuales. Nada más leer tu correo, ayer, me sentí inmediatamente culpable.

Solamente me quejaba de que mis amigos de la Universidad, de distintas facultades, no me invitan jamás a nada. Posiblemente no tengo derecho a quejare, a la vista de mi estrategia ontológica: ya sólo Votos de riqueza o, sobre todo, Sociedad y barbarie son suficientes documentos para mi exclusión. Pero solamente era eso, constatar una especie de inexistencia académica. No debí, probablemente, dirigir precisamente a ti ese correo. Es como si la institución, además de constatar el pecado mortal (quizás por falta de perseverancia y méritos) de no pertenecer a ella, me considerase ininteligible o peligroso.

La izquierda de la Universidad, cuando entiende algo de lo que digo, debe considerarme sospechoso (fuera de la Filosofía de la Sospecha oficial, quiero decir) o demasiado maximalista. La derecha académica, si existe, debe considerarme apocalíptico, poco útil, o demasiado próximo a los fundamentalismos del exterior.

Me lo decía un amigo de El País a propósito de aquel artículo llamado Hispanidad, ¿recuerdas? Me dijo algo así como que estaba muy bien, que era muy sugerente y decía cosas originales, pero que tenía el enorme problema de que no se sabía desde qué y para cuál de las distintas tribus políticas hablaba. ¿Resultado? Que en un país tan jerarquizado y católico como éste, aunque sea por la izquierda, nadie se podía hacer cargo de mi mensaje. Que además (otro pecado mortal) no tenía una rentabilidad política inmediata o reconocible. Para más Inri, la pescadilla que se muerde la cola, venía avalado por el desierto de ninguna autoridad institucional.

Por suerte para él, el caso de mi querido J. Á. no tiene nada que ver. Es un ilustrado muy inteligente y enseguida se reconoce un aire de familia con el “kantismo” que circula. No es mi caso. Y digo esto, te lo juro, sin ningún asomo de rencor o ironía. Todo lo contrario, con un profundo respeto y admiración, igual que el que mantengo hacia nuestro común amigo A. L.

Querido R., como sugieres, no puedo quejarme. Soy libre de todo tipo de servidumbres gremiales, con tiempo para pensar y escribir libremente. Sólo que, a veces, echo de menos que algún amigo de aquí o allá se acuerde un poco más de mí. Seguro que en el congreso sobre Foucault había más de un nombre que valía la pena escuchar, no sólo tú o V., pero no me sentí especialmente invitado.

Tal vez debo ser menos orgulloso y acudir a escuchar e intervenir, para que se me vea.

Como te decía, he estado abducido demasiado tiempo por proyectos de largo alcance. Ahora eso, felizmente, está concluido, algunos en muy buen puerto. Así que no me molestaría nada que nos invitásemos mutuamente a lo que organicemos. Lo primero que tenemos que hacer, creo, es encontrarnos con una cerveza o un whisky delante. Intercambiaremos “cromos” de la situación, nos reiremos un rato y podíamos trazar algunas líneas estratégicas para intentar que Madrid sea un poco menos aburrido.

¿Te parece? Mi teléfono lo tienes ya. Déjame el tuyo y nos damos un toque un día para encontrar una esquina anómala desde la cual tener otra perspectiva.

Un abrazo fuerte, de verdad, y perdona mi tono, a veces excesivamente dionisíaco y celtic,

Ignacio

Madrid, 9 de mayo de 2016