El mundo para los inmundos  

Querido A.,

Sí, por fin nos entendemos. Y además me has convencido plenamente. Disculpa primero lo de la boda, pero es que asocio inevitablemente el verano, aparte del delicioso “chiringuinihilismo”, a su corolario natural, el compromiso matrimonial. También, llegado el caso, en sus versiones belga u holandesa.

Me has convencido: no enviaré nada a tus correos, no vaya a ser que aumente mi halo narcisista en tu cabeza y, por encima, mi mala fama en esos desconocidos coruñeses que me desconocen. Que además, desconocen a todo el mundo, pues no aparecen nunca a nada que no sea suyo. Lo cual que me recuerda, por cierto, a lo más granado de la particular Universidad que tenemos el privilegio de gozar.

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Estos veranos de la sombra

Querida I.,

¿Cómo estás, qué tal encontraste a tu madre, a tus amigos y tu país, a la vuelta de esta enésima semana en Galicia? Tu paso por aquí fue otra bocanada de aire fresco. Nunca dejará de asombrarme la facilidad que tienes para conectar con mis amigos -incluso cinco a la vez- y con mi familia, siendo sencillamente una más. Como de casa, desde siempre.

Por mi parte, no sé si me viste distinto. Yo me encontré básicamente, ante ti, siendo el mismo hombre de siempre, alguien -ya un poco mayor- que “todavía” no se gusta a sí mismo. Adulto, pero bromista; capaz de reflexionar en serio, pero conservando a la vez el niño que somos por dentro, ese pequeño que necesitamos para no ser definitivamente abominables.

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