ejecuciones de tarifa plana

Después de un largo encarnizamiento, la muerte de Rita Barberá no era tan inesperada. Lo que ocurre es que, en una buena cacería, nunca se mira a los ojos de la presa: se apunta únicamente a su silueta. Por eso los mismos medios que tensaron la soga hasta el límite pueden participar enseguida en los consabidos homenajes lacrimógenos. La sociedad de la información es así: carece completamente de memoria y, por tanto, del más mínimo complejo de culpa.

 

Porque además no debemos olvidar que lo que llamamos sociedad global se asienta en un sectarismo imbécil. Si el otro no es de los nuestros, si además carece de cobertura en el poder de las puertas giratorias y, por encima, su popularidad decadente garantiza un pico en el índice de audiencia, la impunidad de la agresión está servida.

 

Toda sociedad, llegó a escribir Freud, se edifica sobre un crimen cometido en común. Ninguna sociedad deja de ser potencialmente brutal, siempre necesitada de demonios a los que sacrificar impunemente. Además, si no hubiera enemigos a los que perseguir -lo de menos es que sean judíos o musulmanes- ¿cómo justificar hoy nuestra necesidad urgente de cohesión social, que debe permitir que ya no se sienta la tierra, ninguna común condición mortal?

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swing people

Con cierto cansancio, hay que volver a hablar de este personaje televisivo cuyo tono soez -que a partir de ahora modulará cuidadosamente- hace que Berlusconi casi parezca un intelectual. Los jóvenes que estas noches se manifiestan en más de veinte importantes ciudades norteamericanas tienen sus poderosas razones para expresar su miedo e indignación, aunque la victoria haya sido -con el peculiar sistema electoral estadounidense- incontestablemente legal. Ahora bien, había que preguntarles qué hicieron antes para frenar el carrusel mediático y profesional, para salir del autismo universitario que le ha dado el poder a Trump. Me refiero a esa burbuja urbana que en todas partes nos mantiene -en España no menos que en EEUU- de espaldas a una realidad brutal, sea en su variante rural, en la industrial o pueblerina que sistemáticamente nos empeñamos en desconocer.

 

En este punto y en otros el idiotismo (Marx) urbanita ha hecho más daño a las posibilidades reales de una reforma política, poniéndole freno a una corrupción sistémica, que las maquinaciones de las multinacionales. De hecho, los estrepitosos fracasos de pronóstico en el Brexit, en el No al acuerdo de paz en Colombia o en la victoria de Trump, proviene de la misma burbuja mediático-política que ha ignorado las condiciones reales de vida de millones de trabajadores en los viejos estados industriales que ahora han votado al magnate de Nueva York.

 

Que Trump no tenga ninguna experiencia en la política, cosa que nos parece demasiado optimista, sería en principio una excelente noticia. Ya verán cómo no es exactamente así. Ya verán cómo pronto adapta las histriónicas exigencias de la “derecha alternativa” a los límites de cierta corrección establecida. Habrá cambios, sin duda, pero sobre el tablero anterior y respetando gran parte de sus presupuestos. No es el fin de la globalización, como tampoco lo fue el Brexit, pero sí es un serio punto de inflexión en la crisis de ese globo hinchado por y para las élites, un momento crítico que ya no tendrá una fácil vuelta atrás. No estaría mal que ahora se arruinasen unos cuantos miles de burócratas que en Bruselas y Washington han vivido de esta burbuja democráticamente ignorante, por no decir racista.

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