ventajas materialistas de creer en Dios

Incluso en julio el capitalismo es bastante navideño, ¿no creen? Caído del Norte, y sin embargo cálido, se recarga una y otra vez de luces parpadeantes. A las puertas de otra inefable Navidad sentimos de nuevo, hasta el paroxismo, cómo esas luces invasivas toman al fin la forma ecológica de un árbol. ¿Por qué no, entonces, un penúltimo regalo de este año de gracia que termina -aunque para algunos ya acabó antes-, una pequeña reflexión sobre nuestro sagrado laicismo? Sobreimpreso, un breve soliloquio sobre los motivos progresistas para creer en el viejo Dios. Ahora que está de moda el populismo, podemos reconsiderar por fin una creencia típica de pobres, de atrasados e ignorantes. Eso sí, sin caer en la tentación de volver a pronunciar el nombre de Lacan en vano, ni siquiera en esa idea genial de que al final la religión siempre triunfa. Perdonen la posible redundancia de este decálogo más uno, pero es que el fin de año es así, como los catálogos de Ikea. Tampoco se preocupen si algo no se entiende, ya saben cómo es la teología. Veamos:

I

Por una parte, es posible que necesitemos tener a alguien silencioso con quien dialogar a escondidas, bajo esta transparencia imperial. El secreto de confesión antes que la pornografía de la revelación. Aunque solo sea para seguir un simpático emblema oído al pasar: “Si tienes un problema, no se lo cuentes a tus amigos. Que los entretenga su puta madre”. Este es en realidad otro motivo de meditación teológica: ¿Qué tengo yo que ver con los mutantes que llamo “amigos”, qué me une a ellos si no existiera un ser intermedio que no se parece a ninguno de nosotros?

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