Breves imágenes, largos sentimientos

Gracias, O. A pesar de mi venerable edad, como “caballero español” del siglo XXI comprenderás que tenga una percepción distinta a la tuya del tono de estos días.

Yo también he escuchado demasiados tópicos, que no me creo, del lado de la derecha españolista, de la izquierda “radical” y del catalanismo. Creo que los errores del estado español -muy graves- han sido otros, completamente ajenos al franquismo y al PP. Es una lástima que un Pablo Iglesias o una Ada Colau, entre otros, no tengan ni la más remota idea al respecto.

O sea que, ocurra lo que ocurra, no tengo demasiadas razones para estar eufórico. Más bien me deprime la convicción de muchos otros, sin que yo pretenda tampoco ninguna equidistancia papal. Pero no quiero discutir ahora, y menos contigo. Cruzando los dedos para que no ocurra ninguna desgracia, vamos a esperar al 3 o 4 de octubre para hablar de este asunto con un poco más de calma. O no hablar. Al fin y al cabo es un asunto más, entre otros, aunque a mí me tenga un poco deprimido.

No te quise contestar a aquel inteligente y envenenado vídeo que me mandaste porque también había otros muy distintos, a veces inteligentes y siempre envenenados, y no respondí a ninguno de ellos.

Estoy infinitamente harto de toda esta historia, que por mí nunca habría ocurrido. Aunque coyunturalmente esté ahora con la posición estatal y constitucionalista, en sus distintas ideologías políticas, necesito tiempo. Para empezar, necesito tiempo para saber si un país que amo, Cataluña, debo considerarlo -sin dramatizar- exterior al mío o no.

Probablemente no cambiará nada importante, incluso en lo “político”. Desde luego entre amigos, sea lo que sea, no va a cambiar nada.

Un abrazo fuerte, gracias por tu bonhomía que traspasa fronteras, y hasta muy pronto.

Madrid, 30 de septiembre de 2017

Cuerpos reales, sufrimiento incontable

Estimado A.,

Llevo diez escasos días en el centro con, digamos, 130 alumnos nuevos de bachillerato, y 90 de la ESO. En total, unos cuantos, y con una materia profundamente analógica (filosofía y valores éticos). La verdad, mi preocupación ahora no es el Blinklearning, ni ningún tipo de educación o aprendizaje a distancia. Es más, achaco a las distancias siderales que ha impuesto la tecnología numérica unas dificultades añadidas de explicación y escucha, de encuentro real entre alumnos y profesor (por no hablar de la degradación de la ortografía), que cada año encuentro más acusadas. Posiblemente soy un reaccionario, pero lo que siento es una acuciante dificultad de comunicación in situ. Esas 220 caras abstractas y yo nos estamos conociendo y midiendo, palmo a palmo.

Tengo un correo estupendo que por ahora no pienso usar, ni ese ni ninguno. No sé lo que es el learning a través del blink. Mi obsesión es otra. Esto volcado en conocer a mis alumnos (no he conseguido ni las fotos: ¿un problema tecnológico?) y en lograr un encuentro analógico día a día, siempre con más de cien alumnos.

No acabo de entender qué pinta la tecnología en estas urgencias reales, aparte de una dificultad añadida. Por ejemplo, en mis dos Primeros de la Eso, las famosas tablets son por lo pronto una fuente constante de distracción, de frivolidad y abandono de las tareas escolares.

Dejadme por favor que me haga con los cursos, en este centro tan clásico, y ya pensaré más tarde en las conexiones a distancia. ¿Es mucho pedir? Mientras tanto, no estaría nada mal que una persona, no una máquina, me intentase ayudar con un Primero de la ESO “mutante” (Dios les bendiga) que tengo a última hora del jueves y viernes. La sesión del viernes es sencillamente inolvidable. ¿Se nos puede ocurrir alguna tecnología, además de una paciencia y un humor infinitos, que me ayude en ese encuentro con jóvenes bastante “especiales” de carne y hueso?

En cuanto resuelva o encare esa urgencia real, con personas, intentaré entender qué se me pide además en el campo de esos cien espectros virtuales que están de moda.

Pero lo mejor sería conocerse en persona, A., analógicamente. Gracias mientras tanto por tu paciencia y un saludo muy cordial, también analógico.

Madrid, 27 de septiembre de 2017

Los hombres no paran de hablar, la tierra calla

Querido J., me da un poco de vergüenza hablar de algo que he vivido a distancia, sin mancharme directamente con la sangre y las lágrimas de seres humanos que no habían hecho nada para merecer esto. Pero he de decir que un “sismo” -así se dice en México- es un epítome de lo que puede ocurrir todos los días, aunque en ello no perdamos un solo hijo y nuestra casa no se derrumbe. Lo cierto es que sin catástrofes, sin la experiencia del dolor y los límites, no habría comunidad humana. Ya nacer -dicen- es traumático. Pensemos además en las catástrofes diarias que necesitamos para despertar y salir de nuestra duermevela de seguridad. ¿No es la seguridad nuestra auténtica y primera catástrofe, cristalizando nuestro autismo ante el prójimo? ¿La tierra tiembla para que recordemos que en todo lo fundamental -el suelo- el tiempo no pasa y el hombre sigue, para bien y para mal, en idéntico desamparo, pegado a la supervivencia?

El famoso “silencio de Dios” es una metáfora del silencio de lo real. Como la necesidad de las cosas -su causalidad- es infinita, resulta incalculable para toda medición humana, sea científica o técnica. En el México de hoy es también significativo el silencio de la ciencia. Pero aún, su parloteo, cuando no tiene apenas nada que decir en cuanto a una predicción real. ¿Es posible entonces que el silencio de la Tierra, su temblor impredecible, sea algo que necesita el blablabla mundano, que no cesa de confundir a los humanos?

Por lo pronto, aunque es una triste ganancia, gracias a esta desgracia México por fin no se ha avergonzado de sí mismo. Ha encontrado una amplia comunidad desinteresada e incluso ha visto cómo algún político parecía un hombre de carne y hueso. Es un precio muy caro, de acuerdo, el que los mexicanos han pagado por esta recuperación antropológica. Pero no está en nuestra mano elegir el curso de formación que necesitamos para seguir siendo humanos. Sea lo que sea el manido cambio climático, la tierra sigue siendo indiferente frente a nosotros, soberana ante nuestra gloriosa historia e inescrutable desde ella. Es posible que esto consiga que la nación mexicana vuelva a ser un poco más sureña, menos fascinada por el modelo de autista opulencia que le han inyectado los rubios elegidos del norte.

Madrid, 24 de septiembre de 2017

Aquella humana seriedad

Por encima de todo, a P. le hacía sufrir el tormento de los inocentes. Desde su posición de juez tenía una atalaya privilegiada para observar de cerca las injusticias, a veces intrincadas, e intentar, ya no digo hacer justicia, sino solamente aliviarlas. Hay personas que no pueden mirar para otro lado, buscando la estrategia de seguridad y bienestar por todas partes ansiado. Y en esas personas morales no se trata de masoquismo. Se trata únicamente de que, combatiendo las injusticias, alguien con corazón puede curarse, realizar una labor íntima de metamorfosis que alivie su propio dolor natal. El que obra así mejora sus sombras internas al entrar en lo común, manifestado en los límites de los otros. Se trata un poco de la épica de cierta piedad, que ha de tener las manos libres para combatir en campo abierto, curando así la desazón interna.

Ella era un buen ejemplo de cómo un corazón que siente basta para alimentar la inteligencia. P. era escandalosamente coherente sin ser ingenua. Encarnaba ese tipo de personas donde el coraje impide someterse a las reglas de la hipocresía que atan a los otros, para mantener nuestro pacto de silencio. Es el mismo valor admirable que, por lo demás, mostró en el último tramo de su vida dañada.

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Masoquismo hispano

Ahora que esta bendita nación se enfrenta a un reto secesionista bastante insólito en Europa, es tal vez el momento de resucitar una vieja cuestión pendiente. Al menos, pendiente para aquellos que a los que nos duele un viejo dolor español que parece seguir teñido con sombras sadomasoquistas.

Pensemos sólo por un momento en una posible hipótesis latente en El Quijote. Imaginemos la obra magna de Cervantes no como burla cruel de un sueño castellano, aquellos libros de caballerías entonces de moda, sino como sátira de cierta ingenuidad hispana. El Quijote como corriente de humor sobre una generosa vocación imperial que ya parecía tener pies de barro, hundidos en un pantano de sentimentalidad inerme frente a otras potencias septentrionales, despiadadamente pragmáticas, que surgían con fuerza.

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