El espíritu de las serpientes

Mil gracias, querido S., por escribir tan rápidamente. Y además, con ese encanto que te caracteriza.

En cuanto a lo que planteas, podría decir que esos “elementos personales” tienen que ver con el valor moral para entrar en la maleza de ciertas “periferias interiores” que mencionas con bastante tino. Estamos todos invadidos por el totalitarismo de lo social, con o sin Über-tecnología, de manera que nos cuesta mucho atender a esas zonas de sombra que no han cambiado en los últimos miles de años.

Me hace gracia ser así de ahistórico y atemporal. El psicoanálisis dice que el inconsciente no conoce el tiempo: un trauma de hace veinte años sigue ahí, intacto, esperando el momento de volver, a veces de manera más torcida. Pienso que todo lo importante en el ser humano, consciente o inconsciente, tampoco tiene tiempo.

Así pues, un joven que ceda con los dos hemisferios cerebrales a la presión de la época, y se deje sumergir en la mitología de la conexión a todas horas, que es la misma que la “superstición de la cronología” (S. Weil), será esclavo barato de un poder colectivo que tal vez nunca ha penetrado así el tejido de la vida.

Seamos ateos o laicos, cristianos o budistas, es necesario abandonar la religión de la visibilidad, que es la de la imagen y el éxito, para recuperar una clandestinidad imprescindible. Todo lo que no sea volver, con una de nuestros dos manos, a una “vacuola de no comunicación” desde la que se pueda sentir, pensar y vivir de otro modo, supone vender el alma a un poder público cada día más obsceno.

Tenemos dos manos, y una (la que tiene que estar en las tonterías de la época) no debe saber nada de lo que hace la otra, esa mano “izquierda” con la que tanteamos el humus de un suelo mortal que no cambia.

Así lo veo, para jóvenes y mayores, tanto para cocinar como para caminar y pensar. También para escuchar otras músicas distintas a la bazofia que se nos sirve. Es difícil hacerlo, pero no tenemos otra tarea más importante que intentar.

Un abrazo muy fuerte y hasta pronto,

Madrid, 30 de octubre de 2017

Cartas cerradas a los de siempre

Pues me parece patético, querido P. Menos mal que además, juraría, resulta completamente inofensivo. Es cuestión de hablarlo con un café o, mejor, un buen whisky que le quite hierro a este minoritario psicodrama.

Pablito me parece una perfecta nulidad política. Como lo muestra esta carta, cerrada sobre el “sota-caballo-rey” de las paranoias de siempre. Solo vive de mantras, que corren como hurones en algunas redes, y de cierta Internacional del odio que le ahorra escuchar a nadie que no sea de los suyos.

Ya hablaremos, cuando quieras, pero me parto de risa al oírle hablar a veces de “patria”. ¿A qué se refiere, aparte de su camarilla de colegas en el mismo autismo?

¿A qué se refiere, si ha hecho todo lo posible por dinamitar (con un sectarismo idiota que nunca tuvimos los que nos opusimos a Franco) todas las posibilidades que estaban a su alcance de que la tal “patria” perviva como nación y estado?

Creo que esta imbecilidad ideológica le va a costar electoralmente cara, y me alegro de ello. Mientras tanto me preocupa, o me divierte (ya no sé), que este joven radiante participe a fondo del añejo auto-odio hispano sin el cual este pequeño drama histórico de Cataluña jamás se habría producido.

Insisto en que lo patético de la ocasión requiere humedecerlo con algo más que agua. Para darle alguna sustancia.

Cuando quieras. Un abrazo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 29 de octubre de 2017

Tres cartas sobre la mutación juvenil de una sociedad senil

(I) Vosotros

El colmo de la acción es la escucha. Pablo D’Ors

1 Como diría una compañera vuestra, generalizar es abusivo y peligroso; incluso cruel, exagerado, injusto. Pero sin generalizar no se puede pensar ni discutir de nada, ya que entonces nos quedamos solo en casos particulares, donde cada uno es “libre” y poco hay que decir. Así que voy a intentar generalizar con cuidado, captando cierta media algebraica que me preocupa y veo bastante encarnada en vosotros, tan modernos, tan libres, tan interactivos.

2 Como sabéis, os observo detenidamente desde hace mes y medio. No tiene mérito ni es mi obligación. Al contrario, lo cómodo para un profesor es fijarse lo menos posible. Mi atención a los detalles (solo tengo relaciones personales) es sencillamente “defecto del animal”, como dirían en mi pueblo. El caso es que, sobre todo últimamente, a las puertas de un examen que apenas corregí, he sentido confirmado un síndrome que me preocupa, que además triunfa en todas partes. Es posible que vosotros lo practiquéis de manera particularmente intensa, salvo raras excepciones.

3 Lo dije ya alguna vez. Aparentemente, cada uno en su estilo, la mayoría de vosotros carecéis de una tecnología corporal y mental para pararse y subrayar los detalles, entrando en la sombra de las cosas. Hablo de cierta dificultad para escuchar con atención una frase o una idea, aguantando eso a solas y extrayendo conclusiones. Una dificultad para descender a un “sucio” mundo real, sin teclado ni botón de pausa, sin imagen radiante ni cobertura. Lo vuestro es surfear sin fin, buscando una ondulación compartida. Os gusta hacer olas, compartir el ruido ambiente. Como remedio, para compensar, la víspera de cualquier examen le preguntáis a alguien en qué consiste y cómo se haría un resumen. No funcionará: la dificultad real se encarga de eso.

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Cartas cerradas a los de siempre

Pues la tal carta me parece patética, querido P. Menos mal que además, juraría, resulta completamente inofensiva. Es cuestión de hablarlo con un café o, mejor, un buen whisky que le quite hierro a este minoritario psicodrama.

Pablito me parece una perfecta nulidad política. Como lo muestra esta carta, cerrada sobre el sota-caballo-rey de las paranoias de siempre. Solo vive de mantras, que corren como hurones en algunas redes, y de cierta Internacional del odio que le ahorra escuchar a nadie que no sea de los suyos.

Ya hablaremos, cuando quieras, pero me parto de risa al oírle habla de “patria”. ¿A qué se refiere, aparte de su camarilla de colegas en el mismo autismo?

¿De qué está hablando? ¡Pero si ha hecho todo lo posible por dinamitar (con un sectarismo idiota que nunca tuvimos los que nos opusimos a Franco) todas las posibilidades que estaban a su alcance de que la tal “patria” perviva como nación y estado!

Creo que esta imbecilidad ideológica le va a costar electoralmente cara, y me alegro de ello. Mientras tanto me preocupa, o me divierte (ya no sé), que este joven radiante participe a fondo del añejo auto-odio hispano, ese cómodo complejo de culpa inyectado sin el cual este pequeño drama histórico de Cataluña jamás se habría producido.

Insisto en que lo patético de la ocasión requiere humedecerlo con algo más que agua. Para darle alguna sustancia.

Cuando quieras. Un abrazo y hasta pronto,

Madrid, 29 de octubre de 2017

Reflejos en un puente dorado. Sombras de un primer mundo en San Francisco

Cuando yo muera no se lo digas a nadie,

que todo siga igual

el verano con su rueda feliz

los niños jugando un victorioso partido… 

M. Á. Bernat

 

Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San Francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una main stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York –dos joyas de la menos tosca America–, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

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