Única parte

Querida O., me temo que he perdido la I Parte de tus dos correos. Solo te contesto, y con retraso, a la II. En realidad, delante de un nutrido alumnos de arte, ya por eso especialmente narcisistas, quise con Vosotros entrar “a saco”, de una manera un poco agresiva y terrorista, en una vanidad juvenil que me parece un producto de la sociedad que los idolatra y los mima, pero para convertirlos en esclavos idiotas del mercado.

He crecido siempre, por culpa de unos benditos padres excesivamente bondadosos y comprensivos, con el fantasma del inmenso estrago que causa en los hijos una excesiva benevolencia (muy especialmente latina), una mínima falta de autoridad que tendría que “imponerse”. Somos ocho hermanos (siete mujeres y yo) y, al menos, dos hermanas jamás se recuperarán del maltrato de esos mimos que, aunque practicados con la mejor intención, es una de las peores formas de abandono que existen.

Yo mismo tuve que hacer esfuerzos heroicos, e irme una temporada larga (completamente solo) al fin del mundo, para encontrar la autoridad paterna que, por una excesiva bonhomía, se me había hurtado.

Pero en aquel entonces, al menos en España, el realismo del entorno social solía compensar los errores “liberales” de los padres. Hoy en día, por el contrario, a la cobardía doméstica de los padres, incapaces de pronunciar en casa una palabra más alta que la de los medios, se suma (al menos en España) un papel obsceno de esos mismos medios, especialistas en adular el narcisismo de sus clientes jóvenes, para después convertirlos en empleados baratos.

El amor a la humanidad, que es la única religión que profeso, es lo más difícil del mundo y exige un esfuerzo muscular constante, casi agotador. Exige también una constante búsqueda de los límites, de un lugar para el NO. “Quien bien te quiere te hará llorar”, decía el viejo refrán castellano. Los chicos “huérfanos del no”, como ese curso de bachillerato, tendrán que llevarse por triplicado los traumas que les han ahorrado los padres.

Así lo veo: Has de ser cruel si quieres ser amable, en palabras de Shakespeare. Dentro de unos límites, que me prohíben siempre el choque físico, practico toda la “violencia” de la que soy capaz, empezando con mi hija, contra esta deformación juvenil que lo degrada todo, comenzando por la más mínima educación. Gracias a esta dureza del amor, los destinatarios de aquella carta están, al menos frente a mí, un poco menos subidos de tono. Hago lo que puedo para combatir la estupidez vanidosa que me rodea, que es además la cara externa de la impotencia y el fracaso al que buena parte de los jóvenes están destinados. Maltratados por los mimos, maltratarán todo lo que en el futuro no les adule. Por esa vía, la infelicidad está garantizada.

En fin, que el mundo siga su curso. Os deseo mientras tanto a ti, a tu hijo y a A., las más alegres fiestas que se avecinan.

Un abrazo,

Madrid, 21 de diciembre de 2017

Auras de diciembre

Buenas noches, A.,

Has leído mi envío varias veces, dices. Y tal como te vi, te creo. Gracias y disculpa. Mea culpa, sin perdón. Cuando además me paso el día criticando a la gente “muy ocupada” que hace lo mismo y no responde durante días y días.

La carta “Vosotros” la hice para unos alumnos con los que tengo buena relación, a los que quiero tal vez más que ellos a mí, pero que están en las antípodas de tus valores. Y sobre todo, de tu valor. Si tú, con ese valor que muestras, no eres nadie, a mí me gustaría seguirte y tampoco serlo. Pues tal vez solo los nadie pueden ser alguien, cualquiera, algún día. Y desde ahí descolgarse del carrusel general para ver el mundo con ojos marcianos, que es hoy tal vez la única mirada que puede arrancar algo de sentido común a un uni-verso taladrado por los códigos de la información.

Tienes razón e cuento a nuestra eterna manía de la crítica. Con frecuencia nos aparta de aceptar las cosas, las situaciones, los fenómenos y las personas. El narcisismo del que critica, que no ve su propia nariz, se salva de la complejidad de lo criticado, de toda posible cercanía con eso, que sólo es aceptado con reservas y parcialmente.

Tu caso personal es además conmovedor. Ya me lo pareció el día que te presentaste, aunque te eché en cara que, con esa presencia y esas ideas adorablemente silvestres, no me hubieras ayudado ante un público un poquito autista, aunque menos que  otras veces.

Eres un encanto, A. Una especie volátil en vías de no extinción, espero. ¿De dónde sacas el coraje para tanta singularidad resistente? Ya lo has dicho: “Es posible salir de ese círculo de ‘enganche continuo a las tecnologías’, solo hay que verse desesperado, solo, con miedo, triste, desesperanzado y viendo un futuro horrible, siendo realista. Pero pocos tienen la capacidad de ver su futuro; quizás sea mi pequeña virtud, y la de muchos en esa minoría que buscan la supervivencia o el éxito por caminos más nobles que ‘un selfie con poca ropa’. Quizás muchos la tengan (que estoy segura de ello) pero la ignoran con toda su alma por miedo”.

Muy bien, querida. Me siento absolutamente culpable por no haber podido (o querido, quizás por cobardía) responderte antes. Pero quizás tu “nivel” me impuso y pensé: “Uf, mejor le contesto más adelante”. Ha pasado casi un mes.

Gracias y, por favor, no cambies. Te va a costar mucho, pero si abandonas ese portentoso sentido común el mundo se hará más pequeño. Y algunos sufriremos por ello.

Hay algo que casi no entiendo. ¿Cómo has conseguido sobrevivir siendo tan original, al margen del postureo, el alcohol y el poliamor de los botellones? Creo que también has contestado a esto. Tu texto, aún con las simpáticas erratas propias de la época, es muy digno de ser leído. De hecho, en parte, creo que he tardado en responderte porque me imponía la solidez de tu argumentación. Por ejemplo en esto: “Siempre ha habido dos culpables, el ciego y el sordo; el joven y el viejo. El conservador y el revolucionario”. Sí, sí, sí. El bueno y el malo: hay que salir de esa trampa bipolar.

Por lo demás, casi nunca soy tan crítico. Con frecuencia me ocupo de cosas que amo. Por ejemplo, esta película que te recomiendo: Tierra de Dios (God’s Own Country), cuyo comentario te pego más abajo.

Como no tengo la suerte de odiar el tabaco y el alcohol, te sugiero tímidamente, si quieres y cuando y donde quieras (hasta me acercaría a tu aburrida Facultad), que continuemos esta divertida conversación un día en directo. Yo me tomo una caña y tú un café.

Y si no, al tiempo. ¿Te parece? Mil gracias de nuevo por tu coraje. Buenas noches y un saludo muy cordial,

Madrid, 10 de diciembre de 2017

Tierra de Dios (God’s Own Country, Francis Lee, 2017)

La película de Lee comienza con un joven huraño que trabaja en una granja familiar clavada en un paisaje desolado del norte de Inglaterra. Mugre, animales de parto, frío, viejos aldeanos, trabajo sin término. Algunas noches, para desesperación de su padre y su abuela, Johnny se desahoga en una taberna del pueblo cercano, donde bebe hasta el vómito y tiene sórdidos encuentros homosexuales. La nación que fue tan puritana en este aspecto sigue obligando a los “sodomitas” a breves encuentros clandestinos.

En favor de God’s Own Country se puede decir, sin embargo, que la homosexualidad no quita ni pone nada esencial en esta historia. La vida de Johnny sería la misma, o muy parecida, con compulsivos encuentros heterosexuales empujados por la misma soledad. Lo más característico de esa vida es su desesperanza, una terca hosquedad diaria. No solo el malhumor y la evidente frustración, sino la absoluta falta de amor con la que el personaje central castiga a todo lo que le rodea. Empezando por sus parientes más cercanos y siguiendo con sus vecinos y los ocasionales amantes que encuentra; a veces, también con los animales a su cuidado.

Hay que mencionar en el “haber” de este precioso primer largometraje de Lee no caer en la conocida satanización de los mayores. Ni al aldeano casi parapléjico que es su padre Martin ni su fuerte abuela Deidre parecen preocuparle las prácticas sexuales del joven de la casa. Lo que les angustia es su silencio malhumorado, su escapadas nocturnas, la completa infelicidad de su resaca al día siguiente. De hecho, en algún momento de la cinta se comenta que los problemas cardiovasculares de su padre proceden del estrés, no solo del que provoca un ganado aterido que hay que atender a diario, sino un único descendiente que no regala ni un ápice de ternura a su entorno. En la balanza sentimental, es el joven el que es implacable y son los dos mayores los que parecen, dentro de un hermetismo campesino de ojos claros, un poco más humanos.

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