Cuesta de enero

Si lo personal es político, la cosa no pinta bien. Neuróticos, estresados, suspicaces, eternamente malhumorados, hemos destruido las viejas formas de la felicidad, que se basaban en aceptar un límite, y también, lo que es peor, algunas formas posibles de una infelicidad donde al menos eras dueño de tu dolor. Lo que tenemos a cambio, y no menos las mujeres que los hombres, es un modo intransigente del Yo que salta a la mínima. Padres, hermanas, cuñados, sobrinos y abuelos sufrirán las consecuencias de una nueva intolerancia doméstica espoleada por el estrés de la vida social y laboral, también por la autoconciencia progresista del saber. Somos ecologistas y no tenemos por qué aguantar viejos hábitos de comida y costumbres. Somos progresistas y no tenemos por qué aguantar en silencio algunas autoridades no elegidas. Igual que nuestra moralina laica tampoco soporta el velo de las niñas musulmanas en el aula.

Lo hemos deconstruido casi todo, desde la tortilla de patata hasta lo más íntimo de nuestras almas. La sed de castigo que mantenemos hoy en la caza del criminal (pronto tocará el turno del mediocre Woody Allen) ruge en proporción directa a nuestro callado malestar, necesitado de un sucedáneo de inocencia que calme esta mutilación civil que nos hemos inducido. La corrupción global de los políticos nos apasiona porque tapa la nuestra, impotente y discreta. Si los periodistas tienen más poder que los curas de ayer es porque son imprescindibles en esta labor de exorcización diaria. Los vicios privados sostienen las virtudes públicas.

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