Nuestras temporadas en el infierno

La gratitud es mía. En efecto, querida J., el hecho de que una sola persona recoja el guante de lo arrojado por otro, en este inmenso mar de la cháchara y la incomunicación total, basta para que el mundo recobre el sentido. Un sentido preciso y humano, ligado a la experiencia y el dolor de cada cual.

Me ha hecho mucha ilusión el impacto quirúrgico de mis pobres palabras en usted. Y ha tenido mucha gracia también la forma abierta y desenfadada en que lo expresa. A uno no le ocurre esto todos los días.

No se preocupe en absoluto por la incultura o la ignorancia, pues son tal vez una de las mejores formas de mantener la mente en blanco y los sentidos despiertos a la sorpresa de lo que llega.

Le avisaré, lo prometo, de mis próximas visitas a Barcelona. Mientras tanto, un saludo muy cordial y gracias por ese espontáneo calor al escribir.

Hasta pronto,

Ignacio Castro

Madrid, 29 de mayo de 2018

Sam

Querido ser,

Justo ahora puedo ponerme  a escribirte, después de días y días de ocupaciones con frecuencia absurdas.

Como te decía, lo pasé muy bien esa tarde de copas con vosotras y Miguel. Da gusto sentir que, más allá del “cumplimiento del deber”, uno mantiene relaciones espontáneas con seres humanos que viven y se expresan libremente, sin frenarse por la policía de la época.

Me gustasteis todas, me impresionasteis todas, incluido M. De la aparente “ingenuidad” de L. a la permanente reflexión tuya, de L. o de P., la tarde tuvo el encanto de un encuentro “sin paracaídas” que no se da todos los días.

En tu caso, lo sabes, me llamaron la atención al menos dos cosas. Una, no sé cómo lo decías, ese carácter tuyo tan exigente… que te lleva quizás a descreer con cierta rapidez, a perder la esperanza de que tal o cual persona esté a la altura y guarde algo distinto.

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Gelassenheit

Buenas tardes, L.,

Antes de nada, de nuevo, disculpas por esta escandalosa dilación en contestarte (tu “trabajo voluntario” debe llevar un mes en mi casa). Aparte de la cuestión de las notas, tu carta está muy bien. Más que nada porque, en la asignatura de Psicología, haces confesiones… y esto es lo único que tenemos para decir algo que no suene aburrido y resulte distinto. No tenemos más que emociones, sus confesiones. Eso pienso.

En ningún trabajo de semana santa, en ningún trabajo, nunca (lo sabes), he pedido que dijerais algo distinto a lo que sentíais o habíais percibido. Nunca quise otra cosa que lo que haces en esas tres hojas: decir lo que piensas, lo que sientes incluso, sobre esto o lo otro. Además, como tengo ojos y oídos en la cara, nunca he creído que fueses “una más del montón”. Siempre te sentí atenta, educada e hipersensible.

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