Nuestras temporadas en el infierno

La gratitud es mía. En efecto, querida J., el hecho de que una sola persona recoja el guante de lo arrojado por otro, en este inmenso mar de la cháchara y la incomunicación total, basta para que el mundo recobre el sentido. Un sentido preciso y humano, ligado a la experiencia y el dolor de cada cual.

Me ha hecho mucha ilusión el impacto quirúrgico de mis pobres palabras en usted. Y ha tenido mucha gracia también la forma abierta y desenfadada en que lo expresa. A uno no le ocurre esto todos los días.

No se preocupe en absoluto por la incultura o la ignorancia, pues son tal vez una de las mejores formas de mantener la mente en blanco y los sentidos despiertos a la sorpresa de lo que llega.

Le avisaré, lo prometo, de mis próximas visitas a Barcelona. Mientras tanto, un saludo muy cordial y gracias por ese espontáneo calor al escribir.

Hasta pronto,

Ignacio Castro

Madrid, 29 de mayo de 2018

El dios de las moscas

Querida A.,

Tenías toda la razón acerca de las “puyitas” que me lanzas al final de tu reseña. Tienes que perdonar este retraso en escribirte, pero en parte se debió a que el autor (agradecido por unas generosas líneas de atención) no debía en principio oponerse a nada ni matizar nada.

Pero ahora ya ha pasado un tiempo y éste es un correo privado, no una polémica pública. Tienes más que razón en el compromiso con cierta trascendencia que señalas en Ética del desorden. Pero no daña a nadie. Y menos que nada, a nuestra querida inmanencia. La trascendencia, lo trascendental de Deleuze, es solamente lo que hace a la inmanencia interminable, inabarcable. En otras palabras, es el agujero negro, el punctum que hace a la inmanencia intraducible a ninguna imagen.

Esto es la trascendencia, el hecho de que la inmanencia no tenga imagen. No me debo a nadie, nada más que a la trasinmanencia, pero creo que cuando Deleuze se refiere al desierto como suma total de nuestras posibilidades, está hablando de algo hermano a lo que defiendo, aunque evidentemente yo soy más “heideggeriano” que él.

El idealismo radical de Berkeley o Leibniz no se opone al materialismo, simplemente (como en cierta física cuántica) lo hace delirar. “La locura proclamada en alta voz”, dice San Pablo del cristianismo (nos lo recordaba nada menos que Marzoa) en la primera Carta a los Corintios. Tal vez diría Deleuze: el desierto proclamado en alta voz, o sea, derramándose en vegetación.

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Sam

Querido ser,

Justo ahora puedo ponerme  a escribirte, después de días y días de ocupaciones con frecuencia absurdas.

Como te decía, lo pasé muy bien esa tarde de copas con vosotras y Miguel. Da gusto sentir que, más allá del “cumplimiento del deber”, uno mantiene relaciones espontáneas con seres humanos que viven y se expresan libremente, sin frenarse por la policía de la época.

Me gustasteis todas, me impresionasteis todas, incluido M. De la aparente “ingenuidad” de L. a la permanente reflexión tuya, de L. o de P., la tarde tuvo el encanto de un encuentro “sin paracaídas” que no se da todos los días.

En tu caso, lo sabes, me llamaron la atención al menos dos cosas. Una, no sé cómo lo decías, ese carácter tuyo tan exigente… que te lleva quizás a descreer con cierta rapidez, a perder la esperanza de que tal o cual persona esté a la altura y guarde algo distinto.

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Fragmentos para una metafísica de la melancolía animal

Queridos, aquí va una primera y rápida aproximación a la espiritualidad asnal, aunque supongo que debería darle otra vuelta.

Podríais hacer una selección ad libitum de esos fragmentos para el día 6. Ayer el día fue radiante en Candeleda, pero (como suponíais) E. no quiere aparecer por Cruce. Si no, lo haría muy bien. También he pensado en mi amigo P. P., devoto de la sombra animal y autor de un soberbio Atlas zoopolítico. También está, insisto, la poeta E. P. Pero quedan poco días.

Xa me diredes. Ahí va el texto. Abrazos,

Adorable torpeza de belfo húmedo. El silencio de los campos, la figura de un animal solitario, atormentado. Bajo el zumbido de moscas de un tiempo muerto, lleno de vacío rural, la melancolía del burro es una mancha de atraso en nuestra dinámica pantalla total. Si la espuma del surf triunfa por doquier, un lento animal que no ríe ni baila (por mucho que agite la cola) tiene los días contados. El imperio de la depilación total liquida las matas de pelo erizado.

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Gelassenheit

Buenas tardes, L.,

Antes de nada, de nuevo, disculpas por esta escandalosa dilación en contestarte (tu “trabajo voluntario” debe llevar un mes en mi casa). Aparte de la cuestión de las notas, tu carta está muy bien. Más que nada porque, en la asignatura de Psicología, haces confesiones… y esto es lo único que tenemos para decir algo que no suene aburrido y resulte distinto. No tenemos más que emociones, sus confesiones. Eso pienso.

En ningún trabajo de semana santa, en ningún trabajo, nunca (lo sabes), he pedido que dijerais algo distinto a lo que sentíais o habíais percibido. Nunca quise otra cosa que lo que haces en esas tres hojas: decir lo que piensas, lo que sientes incluso, sobre esto o lo otro. Además, como tengo ojos y oídos en la cara, nunca he creído que fueses “una más del montón”. Siempre te sentí atenta, educada e hipersensible.

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