algo que contar ( Siempre feliz, Anne Sewitsky, 2010)

tiene ecos de pieza Dogma de bajo presupuesto, una sencilla concepción donde se puede improvisar continuamente. Sewitsky parte del juego benéfico de las restricciones, escribe el guión para pocas localizaciones y pocos actores, para veinte días de rodaje y conun presupuesto ajustado. “Menos es más”, justo la sabiduría que hizo aquella memorable cinta llamada El regreso y que ahora malogra Zvyagintsev en el manierismo de su última entrega [1].

Un escenario pálido en Noruega, un mundo de pasiones contenidas. Interiores caldeados por la luz y la
tecnología punta. Vinos tintos que a unos norteños aficionados al buen vivir les deben parecer néctar. Y
un drama contenido, en medio de una de las tasas de suicidios más altas del mundo. Frío, aislamiento y
distancia envuelven la alegoría de una Europa en miniatura que esconde su magma de tensiones en un
armario, bajo una nívea corrección mundana. Todo ello con un sentido del humor, y del amor, cuya
frescura no siempre veamos en pantalla. En clave de comedia agridulce, la nieve es el telón de fondo
para la negrura del ser humano, aunque todo transcurra en una especie de beatitud y no haya ninguna
tragedia servida. Es posible que, en esa cultura nórdica otrora tan existencial, el invierno componga el
escenario de excepción para que aflore lo escondido, revelación gradual que en el Sur reservamos al
verano.

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