Carta demasiado larga para un breve adios

Hola, A. Vamos allá con un poco de orden, más o menos el tuyo. Primero, gracias por las molestias de lectura que te has tomado, bastante insólitas en este tiempo de pantallas táctiles, velocidad numérica y twits en veinte caracteres. A juzgar por el contenido de tu lectura, entiendo que lo que te llevó a terminarla no fue tanto el interés por mi texto, del cual te apartas enseguida, como la petición de R… o tal vez tu amistad con A. O quizás tus ganas de divertirte y sentirte superior a costa del turista occidental que ves en mí, amante de tontas postales fijas. Aún así, gracias igualmente.

 

Después, comencemos por el impacto de los sentidos. Claro, fui a México (aunque tal vez haría lo mismo con Dinamarca) con la intención de cambiar un poco, de dejarme penetrar por los colores, sonidos y sabores que todos tenemos en Europa un poco anestesiados. No podía, de ninguna manera, soltar ese hilo conductor (de ahí la palabra impresiones en el subtítulo), ni siquiera cuando pensaba de manera más abstracta. No intento a toda costa entender, como dices, más bien me dejo rebasar: como en ese momento del niño herido que, curiosamente, no mencionas. Sólo después de esas sangrantes impresiones vienen las palabras, para darle una forma que cure a todo lo que me ha herido. Y cuando hablo de heridas hablo también de intensas alegrías: la cara y la voz de Yaniza, de la dirigente campesina Juana Vásquez, etc.

Inmediatamente, y aquí creo que no has entendido mucho, pasas a las “categorías críticas de la dialéctica y la oposición” (parágrafo 6). Pero no lees, lo cual me parece asombroso, que las menciono para reírme de ellas, para mantenerlas en suspenso (incluso las de mi querido Barthes) en nombre de esa marejada sensorial de Oaxaca capital y los muchos alrededores que visitamos. Supongo que no sabes mucho de Kant o Lacan, lo cual no es nada grave (sobre todo siendo mujer y mexicana: hablo completamente en serio), pero me asombra que no veas que las oposiciones que nombro (noúmeno/fenómeno…) es para dejarlas inmediatamente atrás en nombre de las vivencias que tenía delante, en Oaxaca y en el DF.

Por cierto, la pecera de Santa fe, con ese hotel tan lujoso y tan inhumano, no la elegí yo: fue el criterio de la Ibero. Por cierto, que no me invitasen a la UNAM, ni la llegase a conocer, tampoco lo elegí yo: fueron exigencias del guión. Espero algún día visitar esa famosa universidad, aunque todas ellas me interesan poco. Mientras tanto, tuve una larga conversación con un profesor judío de la UNAM, conversación en la que me gustaría verte. Más que nada para que comprobases de cerca, hablando de sexo y religión, el tradicional chip occidental que me supones.

Acto seguido viene un argumento ad hominem que me hace mucha gracia. A parte de tu interés personal en no ser tocada por nada que ponga en duda tus dogmas, ¿de dónde diablos sacas, querida, esa idea de que “inconscientemente” ya venía con una idea prefijada, o muy seguro de esas categorías con las que dividimos el mundo? De dónde: dime la línea. ¿Es porque tú lo haces siempre, eso de viajar y leer con la paranoia puesta, por lo que me lo achacas a mí lo mismo? Yo comprendo que mi texto es largo, espeso, pesado, mezclado, a veces confuso, con saltos, con cierto desorden… y que roza demasiadas cosas que no resuelve. Acepto todo esto y más: el orden “cartesiano” no es mi modelo, menos aún atravesando en 15 días intensos una pequeña parte de México. Pero, aunque te lo hubiese pedido R., ¿por qué seguir con la lectura si ibas a leer así, a tu real capricho, colocando al autor de esas complejas líneas donde más te conviene, para tomar distancias con la rapidez sectaria que parece tan tuya? Es imperdonable que me acuses, después de leer esas hojas y sus imperfecciones, de no sé qué chip occidental. ¿Dónde, cuándo, en qué líneas que hayas intentado entender? Aunque ese chip sea el tuyo, y estás en tu perfecto derecho, no tienes ningún derecho a echárselo encima a otro, una otredad de quien no te has tomado la molestia de sopesar sus argumentos. Si esos días tenías mucha prisa, ¿por qué no dejarlo para más adelante? O tal vez, si todo era tan incómodo y las “partecitas” te hacían tanto ruido, ¿por qué no dejarlo definitivamente? Te podías disculpar de cualquier modo con R.

Pero no, tú tienes que seguir, tal vez para demostrar (como los hombres) quién tiene la última palabra. Además, creo que sabías que yo iba a leer tu comentario y tus subrayados: ¿me suponías entonces mudo, además de amante de “postales eternas”? ¿Tal vez paralizado por tu impresionante lucidez, además de invadido por el canon occidental? No manifiestas ninguna generosidad, ninguna, para once hojas que han sido trabajadas entre la devoción y la fiebre. ¿Siempre eres así de injusta, así de sectaria? ¿Siempre, incluso aunque algo, aquí y allá, toque alguno de tus órganos dormidos? Tengo que decir, y lo siento mucho, que con frecuencia tu lectura es de una torpeza que bebe en la mala fe de la soberbia, pues no sale de la postal eterna de sus convicciones progresistas. ¿Qué ganas con ello, te ha ido bien así, con esa selección rápida de lo que apenas rozas? Dirás, con razón, que casi insulto. Pero tú también lo haces, disparando primero, y no dice mucho de tu inteligencia que no parezcas saber cuándo lo estás haciendo y cuándo no.

Otra cosa, siguiendo con tu hilo. ¿Por qué ha de incomodarte o parecerte degradante esa impresión de “porcelana oscura”, silueta tímida, gestos encantadores, etc.¿ ¿Te parece todo eso demasiado bello y anclado en el pasado? Pues esa es la bendita impresión que da parte de la población mexicana, sobre todo viniendo de la implacable Europa (no hablemos de la furia fría del Norte). Toda contemplación tiene algo de inmóvil, mal que te pese, y para ella, lo que tu llamas “al día de hoy” no es nada más que el colmo de los tópicos urbanos y masculinos. La España de hoy se parece a la de ayer, igual que la Inglaterra de hoy se parece a la de siempre… y la de hace cincuenta años. Igual que probablemente tú misma, me da la impresión, debes parecerse demasiado a la de hace diez años. Borges habló de cierta “quietud hispana”, no sé si estabas allí, y la impresión que produce la parte más humilde la población mexicana transmite una adorable sensación de reposo y secreto. ¿Te ofende? No sabes cómo lo siento. Aunque a continuación digo, y esto no lo mencionas, que esa impresión es sólo una cara. Digo también que la otra debe ser esa doblez, esa pillería violenta que puede saltar en cualquier momento.

Lo siento mucho, en conjunto, los mexicanos dais esa impresión de enternecedora delicadeza, que casi no pertenece a este mundo da feroz competencia capitalista. Tal vez de ahí vienen esas venganzas freudianas, esos estallidos cotidianos de violencia. ¿Querrías para tu nación la barbarie del norte, incluso en la forma de esa feroz izquierda feminista que se pasa el año catalogando el mundo atrasado (machista, homófobo) para facilitar el posterior bombardeo militar? Tienes un serio problema cultural, típico del urbanismo histérico, con todas las declinaciones de la palabra atraso, que uso en muy distintos sentidos, a veces con una ironía que no pareces captar. De cualquier modo, Dios les bendiga, los mexicanos parecen muy alejados de esa feroz alta definición propia de otras latitudes. Para remediar este incómodo atraso que te rodea puedes emigrar a Suecia o Francia, pero no sé si allí, en medio de ese fascismo democrático, serás muy feliz con tu silueta, a tu pesar, oscura.

Sigo. Rulfo y Paz no son los mejores ejemplos para zambullirse en lo auténtico mexicano. Tampoco unos desconocidos llamados Plutarco, Juana Vásquez y Joel. Vale, pero estoy esperando a que me des los nuevos nombres, pronto. Ya me dirás qué mega-fresitas de treinta años ponemos en lugar de esos personajes de antaño. Por favor, dame las nuevas referencias. Y además, si te fijaste un poco, reconocerás que no pongo a Paz y a Rulfo en el mismo plano. En absoluto. Comparado con el universo de Pedro Páramo (no sé cuánto tiempo hace que no lo lees), o de un Plutarco y una Juana, Paz parece sólo un turista sensible e inteligente. Aun así lo respeto, y creo que puede dialogar con los otros, entre ellos. Estaría acuerdo con A. en que buena parte de las críticas que la izquierda hace a Paz son erráticas, por no hablar de un sectarismo imbécil. “Paz es Paz”, dice A., refiriéndose a alguien que se ha labrado una versión de su tierra desde abajo. Es normal que ella piense que no cualquier recién llegado, aunque presente in impresionante pedigree progresista, puede estar a esa altura.

Pero no, tú sabes bien cómo vive y habla el paisaje y el ser mexicano, al margen de Pedro Páramo, de Paz o Fuentes. Estoy deseando conocer tus fuentes, pero por favor, que sean de primera mano.

Vale también esto otro. Pocas veces ofrezco ejemplos reales, vívidos, olvidando los terrenos de la abstracción y la diatriba. Faltan interlocutores de a pie, dices, fugaces o inesperados. O sea, que Plutarco, Joel y Juana de Yalálag, humanos de sitios a los que nunca pareces haber llegado, me los inventé. Así como Yaniza, Camilo y toda la ristra de nombres (no siempre pobres, es cierto) que menciono. Se entiende entonces la versión de cómic que haces de m crónica: para el viajero inmóvil que no va a salir de casa lo mejor es llevar en la maleta la guía turística, con los personajes de ficción que mejor se acoplan al esquema previamente concebido. Muy generoso de tu parte, gracias, pero en muchos sentidos podría decir que ni leíste el texto. ¿Te atreverás a intentarlo otra vez después de esta amable misiva mía? No, y casi estaría de acuerdo contigo: ¿para qué?

En otras palabras: ¿Quién es inmóvil? El subtitulo no lo entendiste, querida, por tu habitual señorío apresurado. Sólo me refería a que, lo queramos o no, siempre viajamos con una sombra que nos precede. Desde ella, si la asumimos, es desde el único lugar que podemos revivir una sola humanidad, un solo mundo, una sola vida y una sola muerte. Y esto vale para México, EEUU, Rusia y España. Una comunidad mortal que, por cierto, no cambia cada cincuenta años, aunque tu mitología progresista piense exactamente lo contrario. Entiendo que tú y muchos otros urbanitas deseen ese constante cambio de década que nos libraría de fantasmas. Además, así podéis ser rápidamente la nueva vanguardia, tomando atajos y sin cargar con el fardo de un pasado inmemorial. Pero no, no es posible, y tampoco sería ético.

Es cierto, no visité la universidad UABJO ni la Central de Abastos. Tampoco, por cierto, la Universidad de la Tierra: quince días no dan para más. Tampoco me fui de putas y no me bebí todo el mezcal del mundo, aunque te juro que bebí bastante. En este sentido, no hace falta decirlo, mi experiencia antropológica en México fue incompleta y tengo que volver sobre ella (naturalmente, cuento con tu asesoramiento para entonces). Pero estos límites no dejo de reconocerlos a lo largo de toda mi crónica, no sé si te fijaste. Y aun con mis límites, sí estuve en lugares que tú nunca has podido o querido pisar. Me bañé en ellos, miré, toqué y escuché en aquella suciedad como a ti, al parecer, te cuesta mucho en unas pocas páginas. Conocí gente que a ti te ensuciaría, desde deficientes de Sierra Juárez hasta empresarios de San Sebastián Tutla. Todo esto sería excesivo para tu fundamentalismo progresista, quizás también para tu feminismo apresurado. Es una pena, no entiendes la mitad de lo que te rodea y te enfadas y te aburres en vano, cuando podías absorber otros registros perceptivos.

Pero tienes razón, claro. En la larguísima carretera hasta Yalálag, que tú jamás recorriste, no nos violaron, no se partió el coche y ni siquiera (soy bastante bueno manejando) se nos rajó una rueda. Te pido disculpas por ello, de verdad, porque entonces la experiencia habría sido antropológicamente mucho más completa. Pero en ese viaje y mucho otros por Oaxaca, A. y yo hicimos todo lo que pudimos por romper con el turismo, también con nuestra propia urbanidad, y penetrar un poco en una tierra desconocida. Hasta provocamos algún pequeño accidente verbal con comentarios, preguntas y gestos que dieron lugar a comuniones puntuales. Querría verte allí, me encantaría comprobar tu flexibilidad in situ.

No sólo Yaniza y Camilo, con los cuales no sé si tu canon progresista tendría algo que hablar, son mera porcelana oscura, frase que veo que te encantó. Es que tú, A. o yo no somos otra cosa. Hijos de un dios menor, lo siento, criaturas que descienden de una ausencia, de algo que nunca será nuestro. Y oscuros: ni siquiera nos resulta fácil reconocer la médula que nos mueve. Andar, sentir y pensar en dirección contraria a la carne de esas criaturas, según el dogma de nuestra doctrina ilustrada (en México, EEUU y Europa) es hacernos más infelices de lo imprescindible y hacer más infeliz a todo lo que nos rodea.

Aparte de las diferencias sobre este texto, que no importan nada, lo preocupante está en las diferencias que viviríamos estando en el mismo sitio, tal vez en la misma casa azul de A. Comprendo que admires a los desarrollados del norte, pero no olvides que son los mismos marcianos que, del bando de Donald Trump o de los progresistas homosexuales de Frisco, os consideran una legión de indígenas que deben ser redimidos desde fuera, de grado o por fuerza.

En realidad, todavía no sé muy bien qué te incomoda, hasta el tuétano, de mi crónica, aparte del hecho de que no sea tuya. Hasta mis precauciones con el agua te chirrían, por eso las subrayas. ¿Debía habérmela bebido toda, también en los sitios de dudosa higiene, para que al menos la venganza de Moctezuma me redimiese de mi condición de turista europeo, con su postal eterna y su chip etnocéntrico? Claro, debí atreverme, con el permiso de A., a visitar un prostíbulo y contagiarme de gonorrea, para que entonces me enterase de verdad de ese México profundo que tú hoy conoces tan bien y que Rulfo y Paz no, ya que pertenecen al pasado. Eres sencillamente inolvidable, uno de los seres más pétreos que recuerdo (y conocí unos cuantos) en esa nación que adoro.

Dicho todo esto, querida, ni me tomes muy en serio ni pienses que te guardo rencor. En absoluto. Siguiendo con tu broma (de dudoso gusto, dado que era el primer encuentro presencial), diría que me pareciste dos personas distintas. Por un lado, una mujer empática en su presencia, en su sonrisa, en sus gestos. Por otro lado, la otra que hablaba, con prisas, de dos personas distintas, el tipo de la conferencia en el IAGO y el de ese texto que apenas has leído. Esta última versión tuya, la dominante, debe ser resultado de tu colonización por los valores masculinos del envite y el enfrentamiento crítico, que te impidieron aquella tarde tomarte la molestia de quedarte y aguantar el debate, con mujeres y hombres de voces muy distintas. ¿Tienes siempre tanta prisa? ¿Para qué, para estar cargada de razón, como si fueras un varón más, aunque políticamente correcto?

Finalmente, no sé qué sabes de filosofía. En los autores que frecuento, de Simone Weil a Benjamin, de Nietzsche a Deleuze o Agamben, la abstracción no puede dejar de tomar tierra. No hay ningún problema en ensuciarse con personajes y paisaje reales. Todo lo contrario, sin esa suciedad no hay abstracción. Pero si mi discurso te parece poco sucio, no veo entonces a qué vienen todos los ascos que te provoca.

Perdona si se me va la mano en el tono irónico, aquí o allá. Disculpa en serio cierta agresividad, pero reconocerás que no siempre me pones fácil adoptar otro tono. No importa mucho, ni una cosa ni la otra. Ni mi texto ni tu lectura, tampoco este correo, tienen mayor relevancia. Importan un poco más, tal vez, las vidas, precisamente porque nadie sabe de ellas. A ver si nos vemos en otra ocasión, supongo que a través de A., y podemos (con o sin mezcal) reírnos un rato de estas mutuas pérdidas de tiempo.

Un abrazo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 11 de octubre de 2015