de alguna dudas arquitectónicas

Fernando Espuelas: ¿Te parece que el espacio/la arquitectura interviene en la “narración” que el sujeto hace de sí mismo? De ser así, ¿cómo es corroborable?

 

Ignacio Castro: Sí, me parece. Creo que los espacios arquitectónicos tardo-modernos contribuyen, aunque sólo sea sobre esa parte incierta de la población que son los consumidores urbanos, a dificultar la épica de la propia existencia, un relato sin el cual no puede darse la más elemental consistencia personal, la más simple autonomía. Esa “heroicidad” que se necesita para vivir y afrontar la muerte está en peligro por la mediación infinita que nos rodea, de la cual la nuestra líquida cultura deconstructiva es parte. El resultado aproximado del actual poder religioso de lo social, en el que colabora la espontaneidad de las nuevas tecnologías, es lo que Virilio llama el inválidoequipado, un ciudadano incapaz de tomar ninguna decisión vital, de atreverse a existir de otra manera. Es un poco lo que señala Sennett en La corrosión del carácter: el debilitamiento que ocurre en las entrañas del sujeto en virtud de la fragmentación, la inestabilidad, la flexibilidad del mundo del trabajo. Aislamiento creciente en la marca del Yo, en las estrategias de un perfil, y conectividad expansiva de esa estrategia. El capitalismo, su macroeconomía, es un espíritu, ése es el problema. La esencia de la economía no es económica, sino metafísica, por eso penetra los tejidos.

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¿sueñan nuestros edificios con la muerte del hombre?[1]

(El temor inconsciente de la arquitectura contemporánea) 

En correspondencia con la vocación explícita del Proyecto de Investigación que hoy presentamos, (Inter)secciones, voy a intentar hablar desde una perspectiva interdisciplinar. Aunque esta palabra, precisamente hoy, se queda corta porque recuerda demasiado a la ortodoxia de una comunicación externa que deja a los distintos campos, blindados en su aislamiento. Intentaré más bien sostener un "travelling" arquitectónico desde un entre donde se anulan los discursos específicos, desde un cierto espacio desértico donde se interrumpen los metalenguajes profesionales. Esta zona de indiferencia es de alguna manera crucial, referencial, cuando se trata de recrear un campo, de deconstruir sus presupuestos. Intentaré dirigirme a ustedes desde una no-especialización que genera discurso, practicando a fondo lo que podría llamarse intrusismo. Debería recorrer el registro medio de la arquitectura actual con una idea central no-arquitectónica, de la misma manera que la idea central tendría que ser "no filosófica" si el discurso pretendiese ser "radicalmente" filosófico. Ser intruso, venir de la indefinición de un exterior de nadie parece ser hoy la única forma de dar cuenta de un presente amurallado en la especialización, de lo excluido que constituye la competencia de los diversos campos. 

         De alguna manera, en función del determinismo extremo al que estamos sujetos, toda crítica moderna ha de invocar lo inconsciente, lo latente. Pueden imaginarse que el título de esta conferencia alude a la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Remite, en cualquier caso, a varios niveles de nuestros miedos. En primer lugar, al temor de que nuestra complejas creaciones se rebelen algún día contra nosotros. Pero también a la esperanza vaga de que nuestras criaturas técnicas, generadas por lo más "alto" de nuestra invención, sean tan sofisticadas que algún día, para mayor gloria nuestra, puedan llegar a rivalizar con nosotros y disputarnos la hegemonía. Esto nos obligaría a darle un giro final a nuestra evolución, abandonando definitivamente el destino humano -cosa que tal vez siempre hemos deseado- en manos de seres superiores. Es posible que, desde los años cincuenta, toda la mitología extraterrestre especule con esa posibilidad. En cierto modo, las construcciones de las últimas décadas, esos colosales y luminosos edificios de Dubai, París, Shangai o Houston, hiperreales en su tamaño volátil, se erigen en guardianes de nuestro sueño. ¿El sueño de que nuestras más complejas criaturas nos ayuden adespegar de la tierra? Así al menos presenta Hannah Arendt la episteme oculta de la carrera espacial en La condición humana[2]. Aparentemente, la furia de esa carrera ha decrecido, pero tal vez porque su meta de ingravidez se ha logrado entre nosotros, poblando el entorno de esta curvatura de escape, esta circulación incansable, estas estructuras y vectores que huyen de la vieja tara de pesar en la tierra. 

         Además, de modo paralelo, tanto en los edificios públicos como en los privados, la vanguardia de nuestras construcciones actuales ha desplegado un acoso a la irregularidad terrenal que no tiene precedentes. Estamos rodeados de una histérica hipocondría frente a lo irregular, obsesionados con emplear un lenguaje correcto, hacer edificios inteligentes, copiar la realidad en un orden numérico, mantener el cuerpo en forma, cuidar las manchas en la piel, combatir la desigualdad de los sexos, perseguir la inmigración irregular, preservarnos frente a la inestabilidad climática… Todo lo exterior es un peligro, una letal fuente de riesgo. Como ninguna de nuestras superestructuras, más aún en función de su visible carácter público, la arquitectura difícilmente podría dejar de reflejar esta genérica mentalidad preventiva. Se trata de una aversión postmoderna a la irregularidad de las formas terrenales que supera con creces el sueño geométrico de la modernidad, que al fin y al cabo todavía era dual y tolerante con un resto exterior, una arquitectónica terrenal que tenía que mirar de frente. Del mismo modo que la medicina actual ha de dedicar su primer esfuerzo a una especie de la "filosofía de la sospecha" que desactive cualquier salud natural del cuerpo, inyectando desconfianza en los recursos espontáneos del hombre para sobrevivir -el negocio médico estriba en una técnica que pueda presentarse inmanente-, también la arquitectura dedica parte de su fuerza a extender la sospecha sobre las formas naturales del habitar. Quiero decir, contra la posibilidad extrema, que sin embargo la arquitectura siempre ha atendido ocasionalmente, de que sea la propia intemperie la que levante las primeras líneas de protección para el hombre. 

         No hay sin embargo, no tiene por qué haber ninguna nostalgia de las formas del pasado en un discurso crítico así. Aunque sí, a diferencia de la línea principal de los arquitectos actuales, una nostalgia de lo abierto que las ruinas del pasado sugieren, de la indefinición que nuestra espectacular postmodernidad intenta excluir por todos los medios[3]. Tal vez necesitamos siempre una distancia desértica, una nostalgia de aquello que muestra en sus grietas la huella de una intemperie que ha marcado el pasado, los bajíos de todo presente. Los puentes radiantes de Calatrava, las ciudades azules de Iñaki Ábalos son temibles si no se acompañan de las ironías pesimistas de Fernández Alba. 

         Intentaremos, pues, abrir grietas, las de la duda, en estas curvadas, puritanas y luminosas superficies que nos rodean en la gran urbe. Para ello vamos a servirnos de la vaga referencia de cuatro imaginarias excursiones locales, contrapunteadas a su vez con una antropología que toma distintos puntos de partida imaginarios. Se trataría de un viaje "rumano" a la escenografía de la terminal T-4 del aeropuerto de Barajas; una excursión "neoyorquina" a la ampliación del Prado por Rafael Moneo; una excursión "gallega" al mirador MVRDV de San Chinarro y una visita "madrileña" a la ampliación del Museo Reina Sofía hecha por Jean Nouvel. Las cuatro excursiones, tan imaginarias como reales, estarían guiadas por un obsesivo imperativo: pensar desde lo más atrasado de nosotros mismos, desde un subdesarrollo -una "subnormalidad"- que consideramos fundamental para la crítica en un mundo cuya normalización ha llegado a ser, como se dice, global. 

1. Trascendencia minimalista 

         Al comienzo de La condición humana Arendt recuerda que el despliegue espacial de las potencias mundiales en liza, EEUU y la URSS, parece expresar una voluntad titánica de escape. La pensadora presenta, como un motivo unificador de las dos potencias en el mundo moderno, una "doble huida" de la Tierra al Espacio y del Mundo a Yo. Arendt advierte al mismo tiempo, siguiendo de lejos las enseñanzas de Freud, el peligro letal que entraña este intento masivo de escapar de la condición mortal. Para empezar, tal intento supone que las democracias occidentales serán crecientemente dirigidas por una elite que, literalmente, no habla ningún lenguaje natural conocido[4]. 

         Y es conveniente destacar que ella todavía no había asistido, dado que entonces sólo se estaba ensayando el modelo, a la plenitud de este despliegue espacial de nuestra arquitectura pública, estos impresionantes edificios que con una extraña frecuencia semejan módulos planetarios de despegue. Vivimos en un escenario de vectores lanzados que invitan a habitar la velocidad, como si la huida de toda sede fuera la nueva "morada". A través de la velocidad y la grandeza, hoy el poder arquitectónico parece simplemente ignorar elethos de lo que se dice morar, el "aquí y ahora" de la existencia[5]. La velocidad es nuestra idea fija, dice Rilke en una de sus maravillosas cartas sobre Cézanne. Parece que corremos para darle la razón. Si lo inconsciente era una espacio de latencia ahistórico, en cuanto no pertenecía al poder de la época ni de los hombres, toda la actual imaginería urbana excluye tal espacio de encuentro en la medida en que la comunicación prohíbe la desconexión, que haya nada latente… salvo que sea terrorista. Si el inconsciente era un resto psíquico del pasado primitivo del hombre, un resultado de lo reprimido en el hombre por la civilización, ahora el poder no debe ser represivo y todo malestar -por supuesto, la "depresión"- debe superarse en la interactividad global. La comunicación es la cultura de antaño extirpada de malestar por una interacción individualista que, para drenar al individuo, debe descender a cualquier cotilleo. 

         En un escenario donde todo transita, atravesado por la velocidad del consumo, ¿qué lugar puede haber para la "zona cero" del encuentro, del acontecimiento? En un momento en que el hombre, gracias a las megaestructuras y la comunicación, consigue separarse de todo enclave local, se preocupa al mismo tiempo por el entorno y triunfa la mentalidad verde. ¿No es extraño? Incluso la aversión actual al humo del tabaco puede indicar hasta qué punto es sensible esta aversión postmoderna al secreto de lo latente, lo quieto, el resto que no circula. Consumir es sobre todo consumir cualquier registro de indefinición, cualquier esquina de reposo donde el rumor de lo no codificado pueda todavía hablar al hombre, rearmarlo desde su zona de sombra. Algún día habrá que volver sobre esto. 

         Mientras tanto debemos seguir con este despliegue aéreo, casi líquido, de nuestras construcciones. Comprobamos ahí una especie de obscenidad de lo visible, una "tolerancia cero" hacia todo lo que pueda haber de invisible en nuestros lugares, como si nuestra cultura padeciera de fe en cualquier existencia que no esté acotada, comprobada, medida espectacularmente. En la época digital de los soportes "inmateriales", cada vez hay menos margen para las inmaterialidades de la vida corriente. 

         Enseguida tropezamos con otra cuestión no menos grave. Heidegger recordaba en 1950, rodeado por el formidable despliegue aéreo posterior a la Segunda Guerra, que es en el aire donde las nuevas potencias de dominio asientan su distancia para imponer un poder planetario sobre la tierra. La globalidad planetaria -aunque tenga sedes estatales, casi racistas- no es nada fijo, sino el flujo perpetuo que generan las naciones hegemónicas. El satélite artificial, la estación espacial, el bombardero estratégico y el submarino atómico en perpetuo movimiento, repostando sobre la marcha y sin lugar fijo de localización, son las palancas técnicas y metafísicas para las iniciativas de vigilancia sobre la tierra. La religión de la distancia y la movilidad debe dominar a la religión de los enclaves terrenales, vigilar la cultura de los pueblos atrasados[6]. 

         Cabe ahora una pregunta un poco impertinente: ¿los arquitectos, como los políticos globales, ejercen su poder sobrevolando lo local, sobrevolando las zonas de catástrofe? ¿Igual que Bush sobrevolaba en el Air Force One las marismas que dejó tras sí el huracán Katrina? ¿Igual que Al Gore sobrevuela la tierra para demostrar el cambio climático? Con o sin Heidegger, es difícil no asociar la multimillonaria fuerza civil de la nueva arquitectura orgánica y aérea a la fuerza militar de las nuevas armas con las que, desde el aire, dominamos a los pueblos atrasados, los que permanecen confundidos con la tierra. ¿Se limitó el equipo de Philip Johnson a otra cosa que sobrevolar Madrid, sin pisarlo, para diseñar las llamadas Torres Kio? Y este esquema neocolonial, nos tememos, se repite con demasiada frecuencia. Por lo que sabemos, también en el diseño por Eisenman de la santiaguesa Cidade da Cultura. 

         Nos rodean formas blandas, flexibles, que imitan al mismo sujeto maleable que somos nosotros, materia prima del sector terciario. Grandes edificios coloreados y complejos, disimulando su aire imperial como si fueran juguetes o golosinas. ¿El perfil casi siempre agresivo de nuestros edificios incluye ya el bombardeo de lo no espectacular, lo atrasado, lo simplemente terrestre? ¿Incluye arrasar los edificios polvorientos de Irak, las chozas de Sudán, las cuevas de Afganistán? Una vez más, la intemperie reprimida aquí como mortal tendrá que instalarse allí como letal. A la vista de estas soberbias construcciones habría que inventar una tristeza que los envuelva, una nueva pobreza (Benjamin) de la experiencia para que estos edificios no sean indirectamente asesinos, cómplices del crimen masivo del que habla Lorca en Poeta en Nueva York

2. Luces perpetuas 

         Pasemos ahora al aspecto de las fachadas. El exterior de cualquier edificio siempre han sido significativo, una acumulación de señales culturales y políticas conectadas a los mitos de una época. Ahora sin embargo, a diferencia de ayer, no subsiste apenas ninguna fachada maciza, inerte, extática. Todo lo extático ha saltado en añicos, se ha liquidado en destellos. Las superficies están plegadas al maximalismo de un poder flexible, minimalista en su retórica. En una década a la que le repugna el humo, como signo de un resto, todo lo sólido se desvanece en el aire, en destellos de lejanía. El mensaje es el medio, por eso los contenidos informativos se simplifican. La arquitectura es espectáculo: ¿por eso todas las estructuras se adelgazan? Siguiendo la línea de una "liquidación" que, no sin cierta ambivalencia, ya anunciaba Marx en el Manifiesto, las construcciones actuales han de ser llamativamente luminosas, incansablemente expresivas, expansivas, significantes. Lo que publicitan es la potencia de la fluidez, prometiendo que la comunicación jamás se detendrá. La luz, el perfil fractal, los materiales reflectantes, el tamaño mutante, según dice Koolhaas: todo ello conspira para que el edificio sea espectacular, de cerca y a distancia. Esta vocación de impacto y ligereza se manifiesta en construcciones tan distintas como la ópera de Sidney, el Guggenheim de Bilbao o las torres Petronas de Kuala Lumpur. El exterior de las construcciones se parece cada día más a una pantalla plana que prescinde de cualquier solidez, de la pesadez y fijeza de lo limitado. Si algún material elemental aparece es como adorno integrado en una edificación que en su conjunto ha de ser rabiosamente diáfana, sintética. Nuestros edificios se conforman casi siempre como una superficie dinámica en ebullición, que emite continuamente. La exterioridad es total, hasta el punto de que del exterior no se puede deducir ningún interior. 

         Koolhaas recuerda que incluso lo desorbitado de la escala, bella en su simple tamaño "inmoral", hace casi innecesario la formación humanista del arquitecto y su intento de darle forma al edificio. Cualquier forma va a ser bella a esa escala irreal, extraterrestre, publicitaria de otro mundo. Baudrillard se ha hecho varias veces esta pregunta, que cada día se presenta más justificada: ¿somos religiosos, trascendentes, hasta el punto de que nuestro mundo sólo se justifica por la publicidad que de él se haría en otro mundo, que siempre está por llegar? Otro mundo es posible, el que nunca llega, y vivimos en función de él, igual que dentro de un anuncio. Como dice el conocido autor de éxitos Ken Follet: la ficción nos ayuda a escapar de aquí, a estar en ningún lado[7]. Misteriosamente, Follet no explica por qué en una sociedad democrática hay que escapar de "aquí". No recuerda que nosotros los elegidos, beneficiarios de esta interioridad global, hemos llegado a sentir lo real como un infierno y que esto justifica todos los blindajes, todas las huidas, el estrés de una velocidad constante que busca, más que llegar a algún sitio, conseguir flotar sin estar en ninguno. Buscamos huir de aquí, de allí, de donde sea, cualquier locus real que nos invite a habitar lo mortal, a convertir la muerte en morada. Esto, que es el abecé de lo que se llama existencia, hoy nos mataría. ¿Está libre de este simple imperativo de huida la arquitectura? Flotar, el parpadeo de las pantallas, la circulación perpetua, la comunicación sin fin. Nuestros edificios reverberan, haga o no haga sol. 

         En el fondo, necesitamos que una masa de desharrapados arribe sin cesar a nuestras opulentas costas. Ahora bien, el madrileño viaducto de Segovia ha de ser protegido con mamparas para que la gente no se arroje al vacío. ¿Alguien se ha tomado la molestia de asomarse a la estadística de suicidios, de depresiones, de misteriosas desapariciones? Igual que una masa de ciudadanos-lemmings huyen de la ciudad los fines de semana, una masa de humanos occidentales quiere huir de esta vida "democrática" para siempre. Las placas de cristal blindado del puente madrileño son toda una metáfora de la digitalizada lámina de protección -la imagen, la publicidad, el consumo- que debemos poner por doquier entre nosotros y la existencia. La complejidad, su espectáculo incluso brutal, nos protege de una simplicidad -la tecnología punta de la vida en la muerte- para la que ya no estamos preparados. Necesitamos protección, preservar nuestra burbuja artificial, pues el aire libre nos mataría. 

         Queda entonces otra cuestión más turbia, más directamente política. ¿Cómo soportar el infierno de coerciones en que hemos convertido la protectora vida social, la asfixiante red de obligaciones que nos cercan? La arquitectura se sumerge así en una lógica, extremadamente simple, que hace necesaria una ficción fantástica que prolongue en el ocio la ferocidad del tejido neoindustrial. ¿El espectáculo es una pragmática brutal que compensa en el ocio la brutalidad de la esclavitud laboral?: no parece una perspectiva demasiado halagüeña. La cultura del entretenimiento que hoy lo inunda todo, desde la información más seria hasta el arte más radical, busca que nada exterior -que al ser simplemente mortal, sería letal- se cuele en la vida de los hombres, perturbe el blindaje del orden productivo. Así, la ficción, de la cual forma parte intrínseca la arquitectura, complementa y oculta la feroz pragmática diaria. 

         Edificando ilusiones. La sociedad es asfixiante, por eso, para que la gente no explote, el ocio ha de ser explosivo. Nuestras vidas son miserables, normalizadas por un sinfín de reglas -políticas, laborales, fiscales, circulatorias- que no tienen precedentes. Están divorciadas además de cualquier reposo, de una independencia primaria, por una mediación social y técnica que ha llegado a ser omnipresente. El mensaje es el medio porque el contenido único de la comunicación es su omnipotencia, esto es, la prohibición de desconectar. Así, cuando visitamos los museos o los aeropuertos los edificios nos han de prometer un estallido, un fantástico vuelo. ¿Hacia dónde? No es tal vez pecar de maldad ligar esta fantasía espectacular del ocio, que nada tiene que ver con nuestras vidas ultranormalizadas, con lo que Marx llamaba ideología, la función básica de "falsear" nuestras condiciones reales de vida, de ocultar la infraestructura que día a día pisamos. ¿La arquitectura es, como el mito entero de la tecnología que la sirve, el nuevo opio del pueblo? 

3. Velocidad sin destino 

         Como si no creyeran en lo que se llama habitar, existir, y necesitasen un continuo reconocimiento de la opinión pública, nuestros últimos edificios pugnan por "salir del armario". ¿Buscan una expansión externa que elimine toda pregunta sobre el adentro, sobre un interior que pueda ser secreto, no directamente comunicable? Como nuestras admiradas top-model, los nuevos edificios son portadores de una anorexia que parece prometer que no hay nada de alma, un interior que repose y permanezca secreto, que se limite a residir en la tierra mortal. Debido a esta falta de fe en el núcleo de la existencia, todo ha de estar a la vista, en la superficie de exposición, a la luz del público mundial que viaja y lee revistas de arquitectura en los aviones. Como tantas veces en las manifestaciones públicas del poder, las realizaciones de la arquitectura moderna funcionan más, incluso en su eficacia local, desde la imagen y publicidad externa que emiten, que por su resolución local de un problema de uso real. ¿No es cierto que el Guggenheim de Bilbao es un genial recurso de la sociedad vasca para cambiar la imagen de una región y ligarla al destello del aluminio y el titanio, a la ligereza y velocidad de la expansión terciaria, que además no crea muertos? Es curioso que jamás haya sido blanco de ETA. ¿Tal vez porque nació con la explosión incorporada en su estructura flamígera, en la expansión turística y neoindustrial que genera? 

         El minimalismo esquemático de algunos elementos parciales, incluso en una estructura total que puede tener un aire de juguete, parece estar puesto al servicio del maximalismo de la expansión, del impacto, de la circulación. Las paredes reflectantes, las formas inestables, el perfil complejo. Todo en el nuevo edificio parece estar atravesado por la velocidad, el tránsito, la comunicación, la "libertad de expresión". Y en efecto, en el interior del edificio todo transita: pasillos, pantallas, salas, información, transeúntes. ¿Expresión de qué, velocidad hacia dónde, si se supone que cualquier referente ha caído y hemos prescindido de una meta externa y trascendente que justifique nuestro movimiento global? La lógica de la comunicación sólo tiene un mensaje, huir de la fijeza, de la sombra que late en cualquier enclave. La circulación incesante de la periferia, los sucesivos cinturones que circunvalan las ciudades -las radiales madrileñas M-30, M-40, M-50- son la expresión externa de una velocidad que sólo comunica la comunicación y deconstruye sin cesar cualquier gravidez interna en las ciudades, cualquier mensaje de solidez. Lo hemos deconstruido todo excepto la sacrosanta velocidad que es cemento de lo social, esto es, que conecta sin cesar el aislamiento. Todo ello en beneficio de una liquidez donde la comunicación es el mensaje mismo, aligerando los materiales, tensando las superficies, adelgazando los paneles. Como si, dice más de una vez Baudrillard, todo nuestro mundo estuviera erigido en función de la publicidad de otro mundo, fuera en realidad un anuncio de otro mundo, un lugar –no lugar– extraterrestre. ¿Queremos vivir dentro de un anuncio? En el fondo, la publicidad sólo publicita esto: La salvación está en el pluralismo, en el recambio perpetuo, sin parada. Corremos para no tener destino. Para que el mensaje del reposo -la vida es de la muerte- no nos alcance, para que el habitar en la muerte no nos toque. La cultura delzapping, estas curvas complejas de la nueva edificación, nos debe salvar de la cultura de la exterioridad, la de los sentidos. 

         La velocidad, su tensión, su esbeltez, esta cura de adelgazamiento que puebla nuestras construcciones, sólo tiene esta meta: desactivar el reposo allí donde pueda producirse, quiero decir, el "sentido de la tierra" (Nietzsche), el daimon de lo extático. La pura y simple existencia mortal es el fantasma, lo real, el nuevo "espectro" que hoy recorre los bajos del turbocapitalismo. De ahí todos los temores, esta interminable lista de enemigos que nos acosa desde la exterioridad intrínseca al habitar: el último es el cambio climático. El poder-surf que sucede en el tiempo al poder represivo de antaño, este poder que funciona con una geometría flexible y superando la coacción de los espacios cerrados, ha de mantener una tolerancia cero hacia lo extático, hacia el tiempo muerto donde puedan susurrar las sombras del habitar[8]. ¿La tierra misma debe cambiar, su clima debe cambiar para que no haya un referente extático, exterior a nuestra religión de la movilidad? De ahí la idea de que todos nuestros objetos, todos nuestros templos privilegiados -aeropuertos, museos, centros comerciales y de ocio-, emitan destellos las 24 horas del día. Incluso de noche y cerrados nuestros edificios deben velar para que la noche, el silencio, el rumor del reposo no se cuele por los intersticios. Los haces de luz perforan la noche igual que la tecnología atraviesa el cuerpo del hombre o el núcleo de la materia. De parte a parte debe reinar el poder escrutador de lo técnico, metáfora misma del imperio social. 

         Frente a la Cultura de ayer, que según Freud estaba habitada por un malestar latente, un resto de lo reprimido, la Comunicación de hoy ha de estar limpia de malestar, ha de queblanquear cualquier malestar en un destello sin fin, una curvatura sin fin, una complejidad si fin. Sin fin porque el fin es que no se vea el término. De ahí el aire cinematográfico, cegadoramente desenvuelto y explosivo de nuestros lugares favoritos. "No-lugares", en realidad, pues están expropiados del demonio del lugar, esa latencia de exterioridad. La complejidad informatizada, la curvatura veloz, el perfil imponente conspiran con el único fin -que no debe ser visible- de que no sea visible lo invisible, ningún término, el vacío de ninguna limitación externa. La deriva orgánica de esta penúltima arquitectura indica que el sistema técnico ha de clonar la vida misma, el tiempo mismo. 

         Si pensamos en cómo se ocupan actualmente los solares vacíos, cómo se rellenan de logos los huecos urbanos y se eliminan los lugares de cualquier parada, no es difícil deducir cuál es nuestra ideología, aunque carezca de lo que propiamente se llamaban "ideas". Incluso la aversión instintiva de nuestros escenarios postmodernos al tabaco, a la lentitud del humo y al espacio de conversación que genera, es difícil de separar de esta aversión a la detención, al tiempo muerto donde puedan encontrase mensajes no codificados. Un puritanismo maximalista guía el minimalismo existencial, deconstructivo, de nuestras construcciones. La luz despiadada de la geometría, la estructura inteligente persigue cualquier zona de sombra, de atraso, de solidez elemental. La incesante emisión especular de destellos esconde un puritanismo fúnebre. Hay razones para creer, en contra de lo que pensamos, que se da en la lógica social postmoderna una intolerancia hacia la exterioridad terrenal mayor todavía que la propia de la modernidad. Hasta el minimalismo angular de un Mies Van Der Rohe en el Pabellón de Barcelona parece indicar que la modernidad esa más atenta al reto de los límites que la actual curvatura infinita. La vibración digital de nuestras formas, su orgullosa "complejidad", tiene un trasfondo extremadamente simple. Se trata sólo de nuestra vieja obsesión por la recta, por la geometría que salve la irregularidad terrenal, complicada en un diagrama complejo, interrumpida continuamente con cambios de dirección. El imperativo es mantener el diseño global de una deconstrucción de cualquier exterioridad referencial, cualquier roce con lo irregular, lo no social. Es difícil también no concluir que la histeria actual con la inestabilidad climática obedece a esta misma intolerancia hacia lo no regulado, lo que funcione sin programa conocido. 

         Con razón se ha hablado en todo nuestro sistema social de una flexibilidad cadavérica, puesto que tal complejidad flexible nace de haber extirpado cualquier relación con el "tiempo muerto" de la singularidad vital, con la opacidad resistente de la que brota la vida. Ocurre igual que en nuestro orden social, donde todo se puede discutir porque nada importa, pues los temas solamente deben alimentar la dinamo del entretenimiento. El paisaje de nuestra pluralidad -objetos de consumo, edificios, aparatos y noticias- está cimentado en uncontinuum de nichos empaquetados que comienza con la santísima Trinidad trabajo-coche-casa. El apartamento, la oficina, el monitor del ordenador, los cascos del MP4 el recinto del automóvil, la pantalla del televisor son distintas metáforas de esta infinita interioridad que compone lo que llamamos sociedad global. El individuo conecta continuamente porque he de comunicar las formas de su aislamiento. Internet mismo no es otra cosa que la continuidad global de esta infinita compartimentación. La masividad se consigue sumando interiores aislados, átomos extirpados de cualquier raíz, del fondo sombrío de su singularidad. Solamente el ansia de vacío, de vaciar el ser mortal del habitar, puede dar lugar a la masividad de nuestros edificios, a esta visibilidad total, a esta interactividad global. La interpasividad, que vacía al individuo de nada que no sea expectación, es condición previa a cualquier interactividad. En este sentido, la cultura de la comunicación no tiene más mensaje que seguir comunicando, que cubrir -como saben, la palabra "cobertura" es importante- el tiempo entero de la vida para que no se cuele lo no regulado. 

         Del psicoanálisis sabemos que lo mortal reprimido en la cultura retorna como algo letal en lo real. De hecho, este acoso al que la curvatura muscular de nuestra edificación somete a cualquier ámbito de sombra, produce a su vez una peligrosa "zona cero" perpetuamente latente. El presentimiento de que va a ocurrir algo carga esos lugares desérticos que tan bien retratan fotógrafos como Aitor Ortiz, Casebere o Ballester. Sótanos, pasillos, salas vacías, columnas, aparcamientos inmensos. Lo que se revela en parte de la actual fotografía urbana es el terror de lo durmiente, el monstruo neutro que parece latir tras la geometría despiadada de nuestros grandes espacios. El vacío cría monstruos porque, aunque esté lleno de reglas, carece de una vía de comunicación con la sombra de la singularidad. Por lo tanto, todo se deforma en él y crece amorfo, sin ley. De algún modo, el género de terror que nos envuelve tiene razón. 

         Cuando Gus van Sant intenta captar en Elephant (2004) la atmósfera que rodea al joven torpe o discreto que mañana será un mass killer, lo hace filmando largos pasillos silenciosos, estudiantes estereotipados que acosan a los lentos, grandes salas vacías llenas de ecos, aglomeraciones de gente, reuniones estúpidas, jóvenes tímidos que sufren el estruendo… No hay elevación sin un sótano correspondiente, no hay despegue sin una sombra de accidente potencial que lo acompañe. Las premoniciones del 11 de septiembre parecen darle la razón a esa idea de que es la propia edificación, en su tamaño mutante, la que llama a la catástrofe. Igual que la velocidad del avión multiplica el impacto con el más pequeño obstáculo, la lógica expansiva de los edificios, cuando se junta con un pequeño pinchazo, produce un efecto multiplicado. La misma lógica de la expansión que sostiene al edificio se convierte en una trampa letal cuando en ella penetra un virus. Si un pequeño hacker filipino, recuerda Baudrillard, logra crear un daño masivo con el virus I Love You, así las Torres Gemelas parecen secundar el choque de los aviones, obedecer a su señal. Como si cada atentado supusiera una segunda explosión sobre la primera, sobre la "bomba informática" que ha generado cualquier figura espectacular de nuestra edificación[9]. 

4. Control 

         Nacida de una primera explosión vinculada a la potencia desintegradora y reintegradora de la informática, el edificio de la T-4 espera una segunda explosión. Cada ángulo está dinamizado con logos, formas orgánicas de la estructura, elementos tensados, metáforas de proyectil o ala. Todo simula la potencia del vuelo, del movimiento. Hasta las luces han de ser indirectas, para que no haya ningún punto fijo en el que apoyarse. Digamos que el conjunto de elementos se reparte entre dos modelos: el muscular y el anoréxico. Si la forma de las columnas, las instalaciones o los tensores no recuerda a un avión, a una figura poderosa de despegue, tiene una apariencia minimalista, transparente, anoréxica. No es extraño entonces que se imponga esa especie de jadeo obligatorio, ese estrés que es condición del consumo: 15 m. a la puerta 5, 20 m. a la puerta 7. Está prohibido el reposo, que nos roce el aliento de lo latente, que por lo demás es universal en este escenario. Además, el que reposa no consume. Así que todo debe estar protegido por el modelo del estrés. Sumemos estos elementos a otro bastante significativo: la ausencia casi total de bancos, asientos, lugares o esquinas donde pararse… salvo para los fumadores apestados o las salas Vip de los viajeros de la clase Business. Así pues, los humanos están empujados a la carrera para no detenerse a pensar, para que no se hagan preguntas incómodas. Por ejemplo: "¿Qué hago aquí?". Sería espectacular una performance de alguien parado, detenido, pensando desde un gesto congelado[10]. Pero lo que puede ocurrir en la Gran Vía sería completamente ilegal aquí. La velocidad es el dictado correcto de cualquier democracia, la dictadura cuyo continuo recambio impide ver la violencia que ejerce. Dado que cualquier artículo enseguida se vuelve obsoleto, dado que el mensaje es el medio, ¿consumir es otra cosa que consumir reemplazo, pluralidad, simulacro de tiempo? Consumir multiplicidad para que no se vea esa detención que nos aterra. 

         A la luz de nuestro demonio, el silencio de la existencia, la famosa complejidad tiene un envés muy sencillo. Es el instrumento de una voluntad muy simple de desactivar los recursos naturales del individuo y ocultar un poder que reina creando vacío, el miedo al vacío, y la neurótica hiperactividad consiguiente. La cultura del entretenimiento nace de un aburrimiento terminal en el centro, pues se ha prohibido el diálogo con lo que no circula, lo que carece de modelo. La ansiedad de la comunicación brota de esa incomunicación nuclear. 

         Si nuestras construcciones reflejan un divorcio generalizado de cualquier duración o permanencia, de cualquier similitud con la orientación terrenal, es en función de ese objetivo político de ocultar y controlar. En conjunto -igual que el medio es el mensaje- la simulación sigue la potencia de la separación, aunque aquí y allá se adorne con copias más o menos analógicas de las formas orgánicas de la naturaleza. La dimensión aplastante, la ruptura de líneas, la multiplicación de niveles, la huida de la continuidad, la complejidad entreverada, la desorientación programada, constituye la configuración casi espontánea del nuevo espacio. Además, tal como se ve en la terminal T-4, si el tamaño descomunal no se acompañase de una multiplicación compleja de señales, ofertas, obstáculos y detalles, el conjunto tendría el aspecto opresivo de un contenedor vacío, un hangar de aviones. Así pues, la multiplicación de logos, lo que llamamos cultura del entretenimiento, es el relleno natural del vacío masivo, del nihilismo programado. 

         ¿De qué se trata en estos radiantes escenarios, centros comerciales, museos o aeropuertos? De diseñar una arquitectura en la que sea difícil que el hombre de a pie, con sus instrumentos intuitivos, se baste para desenvolverse y hacer un mapa suficiente del terreno que transita. En efecto, si la gente viese el terreno donde pisa sentiría miedo, pues sentiría el vacío que pisa, donde late un peligro amorfo. Abigarrado de logos y restos, el espacio postmoderno está carcomido por la deconstrucción para lograr el efecto edificante de la aglomeración espectacular donde no puedes decidir nada, hacerte responsable de nada. ¿Nueva York delira? En absoluto, es extrema, militarmente cuerda. Nuestra complejidad tiene la función de sólo permitir atender a ofertas y señales, de seguir órdenes. Y esto funciona ya en el plano de la percepción: se trata de impedir que en los nuevos panópticos se haga posible la visión autónoma de un público que, se diga lo que se diga, debe permanecer cautivo. La complejidad es así un arma esotérica de las nuevas elites. Igual que en el automóvil, en la medicina o en la filosofía, se trata de conseguir que la gente sea correcta y se someta a la dependencia técnica, impidiendo que nadie piense por sí mismo. Lasociodependencia, representada por las omnipresentes pantallas, por una comunicación cuya emisión continua de complejidad constituye el único mensaje, se instala por doquier. Como está prohibido desconectar y es necesario permanecer atento a la información, la interpasividad es la condición previa de la interactividad. ¿Qué escenifican las nuevas series médicas, House y compañía? Escenifican la complejidad intrincada de los síndromes actuales, la impotencia del hombre común y sus instrumentos perceptivos ante esa complejidad, la ciencia esotérica de los nuevos especialistas. Sólo dentro de ese marco de poder encontramos un eventual humanismo, el drama humano de las emociones, la amargura del "todos mienten". Hasta en la filosofía se ha prohibido pensar de modo simple, sin pasar por el laberinto de la cita erudita que el nuevo mandarín controla. Igual en la arquitectura: el minimalismo de la simplicidad sólo se entrega tras una infinita mediación donde el ciudadano corriente -y a veces el arquitecto- no pinta nada. La complejidad de la ingeniería urbana -las leyes, las normas, la informática, la opinión – envuelve incluso el sueño del arquitecto, sus dibujos, su estética, su intención. De ahí esa "ponzoñosa" mezcla de impotencia y omnipotencia de la que con frecuencia habla Koolhaas. 

5. Exit 

         Es posible que a pesar de todo tengan razón los que insisten es que carece de sentido la resistencia melancólica a la globalización, a sus megaestructuras arquitectónicas. La auténtica, la más eficaz "resistencia cultural" quizás consista solamente en atreverse a cabalgar este despliegue luminoso. Quiero decir, dejarlo ser en su ambición imperial para poder duplicar ahí, junto a él, bajo él, los destellos para siempre minoritarios de otro habitar. Igual que algunas luchas orientales consisten solamente en usar la energía del contrario para hacerlo caer, quizás la única salida para pensar la arquitectura es aprovechar esa fuerza radiante para duplicar un derrape oscuro, un nuevo "románico" que acompañe como una sombra a este masivo neogótico. Trabajar en este sentido para el "choque de culturas", para preparar el reconocimiento de las culturas exteriores, de una cultura de la exterioridad. 

         Agamben ha recordado que sólo debemos aceptar una salvación que consista en empuñar nuestra irreparable perdición. En la línea de esta filosofía, la idea sería comprometerse con el determinismo mundial que representa la arquitectura para liberar desde ahí ese otro sentido de la contingencia, el de un acontecimiento que no admite réplica numérica, la digitalización. Precisamente porque la arquitectura contemporánea no deja de llevar al límite nuestra aversión postmoderna contra la ley de la finitud, contra un bien que sólo consista en el mal invertido, por eso mismo es necesario acompañarla hasta el final. Es preciso llevar hasta el final el desamparo para encontrar, en el cabo de nuestra ambición espectacular, un indicio de vuelta. 

         Hablamos, en suma, de desactivar la religión de la velocidad dentro de la religión del reposo. Que lo espectacular subsista como un juguete de lo pequeño, la infancia que tutea a la muerte. Bajo la religión de lo visible, la religión de lo espectral. Hablamos de deconstruir la trascendencia apolínea de los espacios diáfanos con una nueva relación con la ruina, un poco a la manera de lo que intenta cierta poética contemporánea que va de Aleksandr Sokurov a Nick Cave, de Bill Viola a Peter Handke. 

         No hay quizás nada que oponer a esta deriva espectacular de la arquitectura actual, ninguna "alternativa" que ofrecer a un nivel precisamente global. Tal vez solamente se trata de articular un "sí, pero" que permita acompañar esta fuerza mundial, esta deriva radiante de las cosas, con una zona de sombra, más fuerte y mundial aún que la anterior, que el pensamiento tiene hoy la tarea de duplicar. Y esto también para prevenir, para adelantarse a ese accidente potencial, ese peligro específico que acompaña fatalmente a cada nueva invención. Convertir nuestra maldición en la primera pared, la primera casa. Entre otros, Paul Virilio ha hablado de la urgencia de emprender, en medio del inevitable "colaboracionismo" de los intelectuales, una dramaturgia del presente que muestre la alteridad que generamos, la negatividad que acompaña a nuestro despegue. Tenemos dos manos, dos lados: al César lo que es del césar, a Dios lo que es de Dios. Y hoy cualquier dios -el del milagro fuera de la ley, el del acontecimiento- ha de estar del lado de lo inconsciente, lo minoritario, aquello que es casi clandestino porque se pliega a la singularidad de la finitud. Tal vez no estamos lejos de ese "Sí y no" simultáneos del que hablaba Heidegger con respecto a la técnica[11]. 

         La doble apuesta, pues, de favorecer la tensión global de nuestros edificios y el cuidado extremo de lo minúsculo, la atención taoísta al registro del silencio, eso que hace a las otras culturas -la islámica, la eslava, la china- superiores a nuestro nihilismo de origen judeo-cristiano. Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales, una tradición muy compleja, así que no existe el problema. Todo estriba en qué lado gobierna. En este punto creemos necesario invertir un emblema que se ha empleado en otros ámbitos: actuar globalmente para pensar localmente, fieles a la ley de la singularidad, al aquí y ahora de la existencia. Todo ello para que el tiempo del acontecimiento envuelva al tiempo espectacular de la cronología, para que la existencia envuelva al estruendo de la historia. En suma, se trata de que la vida común rodee los dictámenes de las nuevas élites. No nos parece poco, desde el punto de vista de la arquitectura y la política, mantener filosóficamente esta primacía ontológica de lo pequeño, aquello que vive en una relación afirmativa con la muerte y bebe en la finitud real. 

         ¿Una estrategia apocalíptica integrada en los escenarios espectaculares? Sí, pero el mayor obstáculo para esto es que hoy no sea prácticamente visible el integrismo global, postideológico, de nuestra democracia sustantiva. Hace tiempo que funciona demasiado bien en Occidente un complot intelectual frente a eso real que siempre ocurre "por fuera". Precisamente lo que llamamos alternancia, el juego de conservadores y progresistas, tiene la función perversa de que no sea visible nunca nuestra profunda unidad frente a lo "asocial" de la existencia. Estamos rodeados de un relevo de escándalo y normalización, de Ello y Superyó, de deconstrucción y restauración -el juego de izquierda y derecha, de Europa y EEUU- que impide la distancia crítica en Occidente, aquello que permitiría comprender a las otras culturas que nos temen o nos odian. Esa alternancia incansable inyecta interpasividad en el individuo y permite "puentear" el yo, el eje inconsciente de la decisión autónoma. 

         Estamos muy lejos de esta dialéctica imperial que debe impedir que el hombre común decida y se limite a ser espectador de las manifestaciones de poder que la nueva elite elucubra en sus despachos de lujo. En este sentido, la arquitectura actual, por "compleja" que sea su presentación, debe caer bajo la crítica del más común de los sentidos. El sentido, el de la exterioridad, el de la simple existencia mortal, no deja de tener relación con una idea antropológica de la cultura que tiene la obligación de tomar en pie de igualdad muy diversas normativas culturales, incluso las ajenas a la nuestra. Todas ellas son estúpidamente "relativas" frente a un absoluto que se fuga de cualquier solución histórica que pretenda apresarlo. La historia, incluida esta historial fractal de las formas imperiales, representa sólo el conjunto de condiciones negativas que permiten la aparición de algo nuevo, algo que jamás pertenecerá a la historia. En contra de lo que pensamos desde el fin de la historia, la naturaleza lo es lo contrario a la historia, otro determinismo simétrico que se nos contrapone, sino el trabajo incesante de la exterioridad, la corrosión interna que padece toda configuración histórica. 

         Es preciso tomar a la poesía como la primera arquitectura, la única ciencia posible del ser único. Y esto implica lo que podríamos llamar una estrategia de la debilidad: acompañar la deriva de los objetos actuales para inyectarles continuamente el virus de la grieta, la duda, la sombra, la limitación que es imprescindible para que el mundo vuelva a ser humano. Creo que Sokurov o Houellebecq expresan bien la fuerza de esa ciencia, una especie de existencialismo postnuclear -o postdigital- sin el cual no podemos, no debemos seguir. Desde su territorio hablamos y a ellos querríamos rendir un pequeño homenaje esta mañana. ¿Quién sería el "Sokurov" de la arquitectura actual? Ante todo es pertinente esta pregunta: ¿qué es una arquitectura que no nos prepara para la muerte? Quizás sea saludable, también por amor a la arquitectura, mantener una pregunta así en el aire. 

         Resucitar un nuevo romanticismo de lo inmóvil, la luminosa ambigüedad que tutea a la muerte, pero un romanticismo que mantenga el pacto con el diablo de este despliegue global que tan bien se encarna en la mole de los últimos edificios, esas cuatro torres que "rompen la niebla" en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid. Conseguir que lo espectacular sea un juguete en manos de lo pequeño, si se quiere, que lo analógico envuelva al despliegue digital. Analógico de lo más atrasado, lo para siempre minoritario, la singularidad sin equivalencia. La alternativa es reinventar una tecnología para pararnos, un reconocimiento de la singularidad de lo extática que evite que lo que no circula se haga terrorista. Envolver la pulcritud, el aislamiento digital con la común soledad de lo analógico. 

         Hace tiempo que esta tarea ingente se definió de manera extremadamente sencilla: Pensar en lo que hacemos. Todo está bien con tal de que el pensamiento envuelva a la pragmática de lo técnico. Todo está bien con tal de que seamos capaces de pensar en lo que hacemos. Ahora bien, ¿pensamos, lo hacemos? 

1. Este texto es la transcripción más fiel posible de la conferencia impartida en la Facultad de Arquitectura de la UEM el 16 de noviembre de 2007 con motivo de la presentación al pública del Proyecto de Investigación interdisciplinar (Inter)sección

2. Hannah Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1998, pp. 13-15. 

3. No se trata de imitar el pasado, decía Adorno, sino de intentar seguir su sueño tal como se nos transmite en la distancia. M. Horkheimer y Th. W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Trotta, Madrid, 1997 (2ª ed.), p. 21. 

4. Hannah Arendt, La condición humana, op. cit., p. 16. 

5. "Mientras la OMA (Oficina para la Arquitectura Metropolitana) se entregaba a la práctica, Koolhaas desarrolló su teoría de la Grandeza. ‘A pesar de lo estúpido de su nombre, la Grandeza es un dominio teórico en este fin de siècle’, escribió en 1994. ‘En un paisaje de desorden, descomposición, disociación, rechazo, la atracción de la Grandeza es su potencial para reconstruir el Todo, resucitar lo Real, reinventar lo colectivo, reivindicar la máxima posibilidad". Con esta grandiosa retórica, ‘la coexistencia con el núcleo histórico’ [de París, Koolhaas habla de Euralille] ya no era una prioridad: Koolhaas elevó la Grandeza a ‘la única arquitectura que puede sobrevivir, incluso explotar, la situación ahora global de tabula rasa‘. En efecto, era manhattanismo sin Manhattan: lo mismo que el bloque de rascacielos se concentraba en un único edificio, estas nuevas megaestructuras permitirían una gran variedad de programas, y no estarían constreñidos por ninguna retícula. ‘La Grandeza ya no forma parte de ningún tejido urbano’; más bien, como Euralille, podría servir como su propia miniciudad. ‘Esta arquitectura se relaciona con la fuerza de la Grosstadt como un navegante con las olas’, escribió Koolhaas a propósito del Manhattan de los rascacielos en Delirious New York". Hal Foster, "Arquitectura e imperio", Diseño y delito, Akal, Madrid, 2004, p. 51. 

6. Heidegger había adelantado la eficacia mundial en la negación de la proximidad: "La provocación total a la tierra para asegurarse su dominio tan sólo puede conseguirse ocupando una última posición fuera de la tierra desde la cual ejercer el control sobre ella". Martin Heidegger, De camino al habla, Serbal, Barcelona, 1990 (2ª ed.), p. 190. Asimismo, Deleuze y Guattari en Mil mesetas: "El fleet in being es la presencia permanente en el mar de una flota invisible que puede golpear al adversario en cualquier parte (…) El submarino estratégico no tiene necesidad de ir a ninguna parte, le basta con mantenerse invisible mientras navega (…) La localización geográfica parece haber pedido definitivamente su valor estratégico y, a la inversa, ese mismo valor se atribuye a la deslocalización del vector, de un vector en movimiento permanente". Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-Textos, Valencia, 1988, p. 427. 

7. Exactamente es lo mismo que dice Karl L. Holz, presidente de Disney en París: "Euro Disney ayuda a escapar de a vida real". El País, jueves 20 de diciembre de 2007. 

8. Gilles Deleuze, "Post-scriptum sobre las sociedades de control", Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1996 (2ª ed.), pp. 278-282. 

9. Paul Virilio, "Nueva York delira", Un paisaje de acontecimientos, Paidós, Barcelona, 1997, pp. 53-58. Jean Baudrillard, "El espíritu del terrorismo", Power Inferno, Arena, Madrid, 2003, p. 11. 

10. Sobre el inmediato beneficio, ontológico y cognitivo, de atreverse a pararse, a detenerse, ver Michel Houellebecq, El mundo como supermercado, Anagrama, Barcelona, 2005, p. 72. 

11. Martin Heidegger, Serenidad, Serbal, Barcelona, 1988, p. 27. 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 20 de enero, 2008

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¿Hay alguien ahí?


La ciudad de hoy apenas tiene lugares de referencia. Tiene, curiosamente, lugares de no referencia, aeropuertos, centros comerciales, estadios, áreas de circunvalación. Y estos no-lugares solamente se recorren, midiéndose en unidades de tiempo. En la actualidad urbana todo está empaquetado, como en el ordenador, con un programa que nos va dando "pasillos". Pero no hay por qué entregarse fascinados a este nueva y brillante ortodoxia, como si supusiera el fin espectacular de las jaulas de hierro de antaño. Este álgebra postmoderna de los espacios lanzados reproduce al menos dos claves profundamente reactivas que prolongan, a la vez, una voluntad de control político y una tradicional aversión occidental a la existencia desnuda. Por una parte, como ha recordado Foucault, el sistema de sujeción político moderno exige, más que el control del espacio, el control férreo del tiempo de los hombres[1]. En efecto, los nuevos espacios diseñados son tiempo, tiempo minuciosamente regulado, sin tiempos muertos. En segundo lugar, en este afán postmoderno de des-localización que tan certeramente ha dibujado Augé -y recordemos que la telefonía móvil, al localizarnos técnicamente, también nos deslocaliza terrenalmente, permitiéndonos no estar en ningún lugar- prolonga una vieja aversión a la lógica de la finitud, nuestra puritana voluntad de apartarnos de la sucia tierra. Y nada de esto es inocente. De paso que el sistema nos libra de la contaminación de la finitud, que es el aparente beneficio para el individuo, nos arranca del humus de nuestra existencia, el suelo trágico de cualquier posible soberanía, para fijarnos como átomos individuales del panóptico social. 

         En una gigantesca sociedad global de interiores como la nuestra, la continuidad infinita de los espacios diseñados, sea en la urbe o en la red, no supone una alegre y lúdica entrega al "espacio" sino una férrea socialización del tiempo, la cristalización triunfal de un tiempo social que ahora abarca la vida entera del individuo[2]. La gigantesca industria del ocio que se configura entre nosotros a partir de la Segunda Guerra representa justamente la extensión al ocio de los hombres de la disciplina del trabajo, una voluntad imperial de controlar al máximo el tiempo de la poblaciones, sin que haya "vacuolas de no comunicación" (Deleuze) desde las que pudiera surgir algo imprevisto. 

         Fijémonos en cómo crecen las urbes. Antes había un modelo: el plan Castro de Madrid, o el Cerdá de Barcelona, por ejemplo, son un modelo cuadrícula; la ciudad barroca tiene también su estructuración particular, igual que las ciudades jardín de Londres. Sin embargo, hoy la ciudad medra tendiéndose, extendiéndose sin modelo alguno. Lo único que hay es el vínculo de la comunicación a través del factor temporal, en suma, autopistas que acercan los polos de producción y el de consumo, facilitando la interactividad del aislamiento. El ser humano resulta así desalojado de su propia estructura residencial, de una existencia que siempre es local, por la velocidad de esta escenografía. Las ciudades actuales crecen como en el desierto, a la manera de un campamento que se va modificando según las necesidades. No tienen nada que ver con las ciudades clásicas de la modernidad, tampoco con las metrópolis legendarias de antaño, con sus cruces de culturas, transferencias y caminos sedimentándose con el paso de las eras. Lo que hoy tenemos es el modelo "americano", un territorio que invaden las caravanas del lejano Oeste: esas urbes desmesuradas como Los Ángeles donde los blancos no entreven a sus semejantes más que a través de los parabrisas de sus vehículos[3]. Son ciudades para ser gozadas velozmente y a distancia, en la perspectiva del avión, del rascacielos, del automóvil que las circunvala velozmente. 

         El celebrado despliegue postindustrial acaba en el infinito suburbio de un no man’s land audiovisual poblado de fantasmas, imagen de una sociedad de comunicación que no comunica más que destellos, paquetes de envío fugaz para destinatarios inciertos. Tal modelo se impone porque la vieja ciudad europea ya no le sirve al colectivo inquieto del actual tardocapitalismo. El burgo tradicional, antes lugar de integración, se convierte hoy en la megápolis mundial, en un sitio de desintegración social acelerada. Se da una suerte de fenómeno de ghettización a golpe de sirena, con una yuxtaposición precaria y explosiva de individuos solitarios, de grupos difusos inestables, sea en las inner-cities británicas, las ciudades de tránsito francesas o los home-lands sudafricanos[4]. De paso que nos volvemos día a día más herméticos para lo cercano -la carcasa del automóvil, la música incrustada en los oídos, el casco de la moto, la pantalla del ordenador nos aíslan de la inmediatez-, se cultiva espectacularmente el culto por lo lejano. No es extraño que los viajes espaciales o incluso la vida extraterrestre aparezcan entonces como un horizonte de despegue ideal. 

         Ahora bien, decía Freud, no hay ganancia sin pérdida. Y Virilio recuerda después que, si cada avance técnico -el avión, el rascacielos- va acompañado de su accidente específico, una despegue global va acompañado de un accidente generalizado. Es así que lo mortal reprimido en la cercanía retorna de forma letal en diversos ámbitos: en el cuerpo, con un cuadro de patologías inquietantes; en la sociedad, con nuevas formas de crimen y violencia; en la naturaleza, con los desastres ecológicos; en el espacio geopolítico, con el actual "choque de civilizaciones" y el terrorismo. 

         Entremos otra vez en el escenario urbano. Al lado de las planicies del consumo, casi en el corazón de sus dársenas brillantes, brota otra vez la selva. Es esa plebe oscura de los subterráneos, con relámpagos de jeringuillas y navajas, vampiros que celebran sus aquelarres en torno a las hogueras, donde llamea lo aún irreciclable[5]. Pero toda esta ópera suburbial, así como el espectro de violencia latente que llamamos terrorismo, tiene el efecto de satanizar aún más el exterior de nuestro confort, reforzando la funcional dialéctica entre el tedio interno y el horror externo, apuntalando el atractivo del aislamiento. Y esta toma tecnológica de distancias incluye la huida desde el centro de las capitales a las limpias afueras. No está claro en este punto si la "vuelta al campo" en chalets aislados por un silencioso jardín y perfectamente conectados a la aldea global, supone una ruptura de la puritana línea deseparación norteña[6] o sólo una modulación verde de una permanente ideología de congelación y custodia. Para empezar, puede ser indicativo que sea cierta elite media la que se retira del polvoriento centro a las mudas urbanizaciones del extrarradio[7]. 

         Con todo, no deja de darse un cambio significativo en el paso del apartamento o el rascacielos en el centro a la casita adosada de las afueras. En el estilo habitacional, ese cambio representa el paso del Estado concentrado, lento y colosal, propio de la era industrial, a lo múltiple de un más ligero dominio postindustrial -de la disciplina de espacios cerrados al control en espacios abiertos[8]. En correspondencia quizá con un carácter "femenino" del actual poder, del enorme mastodonte "fálico" pasamos al "uterino" chalet adosado. En los dos casos seguimos en la lógica de la separación. Pero el retiro, con su combinatoria de aislamiento y telecomunicación, es estático en el primer registro, y más ágil, más eficaz y disperso en el otro. Al respecto, es significativo recordar que, vista desde arriba, la "conurbación" reproduce en horizontal la misma lógica vertical del rascacielos, con una idéntica acumulación de seres anónimos que se pueden ignorar sin peligro de roce o de encuentro. Igual que en otros dominios, es como si ahora la dureza aislante de la vida productiva, que sigue teniendo una imprescindible expresión en los barrios financieros de rascacielos -pensemos en el madrileño barrio de Azca o en el complejo parisino de La Défense-, se rodease de una atmósfera suave que elimina la memoria de la vieja comunidad, toda posible culpa. Al moderno aislamiento de la vida industrial, lleno de humos y ruido, se le acopla el silenciador postmoderno del ecologismo y las tecnologías digitales. Eso es todo, pues la lógica aislativa sigue siendo la misma. 

         De cualquier modo, la urbanización ya no es el barrio, sino la dispersión telemática de las viviendas. Si la óptica geométrica ha producido el centro-ciudad y la periferia, la óptica ondulatoria es portadora de un tipo de señales digitales que organizan una relación teleobjetiva con el mundo, la de la conurbación de construcciones que permanecen aisladas de la cercanía e hiperconectadas con la lejanía. Las casitas adosadas están aisladas unas de otras. Cada una permanece aislada e interconectada. No hay vecinos arriba ni abajo, ni la protección física del descomunal edificio de pisos; pero esto porque el actual cibermundo cubre electrónicamente cielo y paredes, envolviendo a cada nicho con la garantía de la moqueta global. La urbanización de las afueras puede presentarse como alternativa creíble y tranquila después de que el espacio está cubierto informáticamente, dibujando de hechoun rascacielos virtual sobre cada vivienda. Bien mirado, ésta no vive tanto adosada a la siguiente, a la cercana, como a las múltiples autopistas de la Red que nos enlazan con la lejanía. Tal vez por eso los últimos materiales de construcción pueden ser escandalosamente endebles, dado que las casas están habitadas por la debilidad minimalista de la sangre postmoderna y protegidas por el aislamiento implícito a las redes de comunicación. Estas viviendas no se presentan hermanadas a ninguna proximidad, sino adosadas al aislamiento global, al planetario pacto tecnológico de la separación. De ahí el extraño silencio que reina en sus calles. Son zonas-dormitorio en más de un sentido, pues están pobladas por seres durmientes: día tras día, el autismo del nuevo prójimo alimenta la atracción del lejano interlocutor de las redes. A partir de esta estructura, las recientes afueras delimitan zonas, un espacio intermedio, de nadie, que ya no es ni ciudad ni campo[9]. No quisiéramos exagerar más de lo imprescindible, pero quizá las nuevas formas indetectables de crimen -¡Banninkof!- serían imposibles sin un habitante de las afueras que es un perfecto desconocido para sus más cercanos. 

         Virilio nos recordaba hace años que a comienzos de este milenio un porcentaje significativo de la población iría a resguardarse en las ciudades-refugio situadas a distancia de las megápolis en desgracia, suerte de campos atrincherados que amparan la vida elitista en un territorio distante y protegido. Las urbanizaciones son algo así como campos de concentración de lujo para proteger a los nuevos privilegiados. Ejerciendo su poder, el feudalismo conectaba los lugares sin alterarlos en su raíz agraria. Incluso se puede decir que la ganancia feudal estribaba en dejar los sitios intactos en su profundidad geográfica, comunitaria, simbólica. Mucho después, el capitalismo conecta los lugares al mismo tiempo que los lamina, convirtiéndolos en fugaces puntos abstractos de una vertiginosa equivalencia. Las filas de chalets adosados -vistos desde el aire parecen mausoleos de una vida en conserva-, serializando un terreno, recuerdan curiosamente a los viejos grabados ingleses de las villas de la Revolución Industrial -aunque ahora sin humo ni hollín, sin sombra tampoco de aquella pobreza y rabia del proletariado. La calle que cruza la urbanización o el callejón lateral no van a ningún sitio, sólo sirven a esas casas acorazadas donde los ciudadanos meten el coche y entran directamente al hogar desde el garaje. Por eso cualquier paseante anónimo es ahí casi inmediatamente sospechoso, pues se hace visible, aparece por fuera de las líneas de aislamiento. 

         El pequeño jardín facilita una separación clínica, impidiendo ver y ser visto por los vecinos de enfrente y de los lados. Los setos aíslan de los demás en una suerte de racismo suave, una violencia discreta, casi apacible[10]. Cuando se encienden las luces al compás, o los surtidores de riego automático, se refuerza la impresión de estar atravesando un poblado fantasma, que vive en el día posterior a alguna hecatombe. Efectivamente, una suerte de catástrofe ha ocurrido a nivel antropológico, con la ruptura de las viejas comunidades y la tradicional cultura de vecindario. Con estas casas como bunkers instaladas en pseudo-calles por las que nadie pasea -y en España aún no hemos visto nada de esta espectacular mutación-, ¿cómo va a producirse el pequeño acontecimiento del encuentro, cuándo va alguien a llamar a la puerta? Pero hay que insistir en la eficacia pragmática de este nihilismo: es en su marco de amurallamiento sordomudo, vital para el turbocapitalismo, donde puede florecer el gigantesco negocio de la telecomunicación. 

         Al igual que las tempestades de acero (Jünger) de antaño, quizá las tempestades electrónicas de hoy, esa fina lluvia de fibra óptica y silicio que cae sobre la existencia, cambie primero los espacios antes de hacerlo con los hombres. Gracias al nuevo blindaje del solipsismo privado facilitado por la telemática, los tres módulos espaciales clásicos -casa, calle, trabajo- se funden en uno, anclado en la fortaleza hogareña de un soberano consumidor para el que el exterior físico es, cada día más, peligroso territorio indio[11]. La calle es espacio simbólico de conocimiento y encuentro, el lugar indefinido del paseo, al menos del trayecto: del trabajo a casa, de casa al trabajo. Allí somos un poco libres, desconocidos, por el simple hecho de estar de paso, cruzando al menos entre una coerción y otra, entre un destino y otro. Como en el suburbano, donde las caras se relajan en un tiempo muerto, en la calle tenemos un pequeño espacio de respiro entre tarea y tarea. Aunque estemos caminando, la calle tiene -como el momento del cigarrillo- todo el encanto de la parada, de un alto en la fiebre productiva. La calle es el río natural de un pueblo, donde los hombres confluyen, por donde se pasa y se ve pasar. Por eso la revolución, la protesta, la lucha por las libertades comenzaban por "tomar la calle" -aún se habla de "la voz de la calle"; por el contrario, una tarea represiva profunda significa siempre "limpiar la calle". Como dice Bernhard, en la calle todo viene al encuentro. En ella siempre estamos en tránsito, pues nuestra identidad se ve sometida a un amplio abanico de influencias. 

         Frente a este peligro del encuentro, se ha puesto hace tiempo en pie un neoconservadurismo centrado en la privacidad blindada y en el hogar tecnológicamente armado, autosuficiente. Este lúdico conservadurismo, con frecuencia gestionado por la socialdemocracia, se contenta con asistir a la seguridad de lo servido, a algo que ya ha sido colocado, almacenado, preparado por los especialistas en informar. Gente que, en definitiva, sólo pisa la calle profesionalmente: como especialistas de espacios cerrados, armados por tanto de un guión, de cámaras y micrófonos. ¿Los jóvenes son "violentos", para esta hipocondríaca sociedad del pluralismo digital, porque precisamente están en la calle? ¿La escuela tiene su principal función en quitarlos de ahí, por eso se insiste tanto en la asistencia a clase y no en los contenidos? Eliminar la calle es efectivamente eliminar la Historia, su espacio de gestación. Supondría acabar con el espacio comunitario del encuentro, con la relación entre lo urbano y lo abierto. Y ese plan, por doquier, está en marcha: toda la industria de entretenimiento, así como una información volcada en satanizar el exterior, tiene la función de retenernos en casa, de facilitar un "toque de queda" democrático. 

         Existe como una clandestinidad de las vidas separadas en estos barrios-dormitorio donde se apiñan unas viviendas contra otras, acorazadas por su propio confort y por la autosuficiencia técnica que las enlaza a una audiovisual lejanía libre de la suciedad de lo físico. Se vive y se duerme ahí, en esas geometrías limpias donde no se trabaja, donde además la vida en común es imposible y ha de hacerse fuera. Desde aquí el ocio emigra hacia esas áreas comerciales donde encontramos todas las posibilidades acumuladas -bares, tiendas, cine-, confirmando cierto apartheid sobre la existencia si comparamos este estilo de vida con la comunidad que se puede dar todavía en la vida de barrio, en la coincidencia en los pequeños locales, en las tiendas y bares, en las calles. Cuando de la casa simplemente adosada se salta al chalet de lujo con jardín, lo que se paga precisamente es el aumento del confort de la distancia, la seguridad del aislamiento. En cualquier caso, no se vive ya ni en una ciudad ni en una aldea campesina. Existe incluso una especie de camuflaje de las casas en la serialidad adosada. ¿Así como hay una medicina preventiva, hay también una arquitectura preventiva? Podemos ver en ella una suerte de diáspora elegida, disimulada en el lujo y el confort, en la disposición serial. Solamente los caminantes transforman en espacio antropológico la calle geométricamente definida. Pero si ya no puede haber caminantes, porque no existen aceras y la urbanización ha sido formada con el aluvión de ciudadanos extraños entre sí, que quieren el retiro -también el retiro de una relación estrecha, una "jubilación anticipada" de la vecindad-, entonces impera la tranquilidad irreal de la geometría pura. Bajo ella han de esconderse monstruos, aunque sus actividades casi nunca lleguen a ser conocidas. Sólo la prensa se hace eco de vez en cuando, para aumentar el pánico al exterior de nadie, de la punta espectacular de esa metamorfosis antropológica. 

Madrid, 26 de septiembre de 2004.
1. "(…) creo que es lícito oponer la sociedad moderna a la sociedad feudal. En la sociedad feudal y en muchas de esas sociedades que los etnólogos llaman primitivas, el control de los individuos se realiza fundamentalmente a partir de la inserción local, por el hecho de que pertenecen a un determinado lugar (…) Por el contrario, la sociedad moderna que se forma a comienzos del siglo XIX es, en el fondo, indiferente a la pertenencia espacial de los individuos (…) en tanto tiene necesidad de que los hombres coloquen su tiempo a disposición de ella. Es preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al aparato de producción, que éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia de los hombres". Michel Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona, 1995, p. 130. 

2. Toda la crítica de Adorno a la "industria cultural" desarrolla la idea de un control político del ocio a manos de la diversión organizada. M. Horkheimer y Th. W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, pp. 173 ss. 

3. Entrevista con A. Fernández Alba. El País, 13 de abril de 1998. 

4. "Anticipados a su tiempo, los más extremistas entre los afrikaners anhelan no sólo la creación de home-lands negros independientes sino también blancos, flotando unos y otros, como tantos mendrugos, en el caldo de cultivo de la ‘nación’ sudafricana". Paul Virilio, Un paisaje de acontecimientos, Paidós, Buenos Aires, 1997, p. 158. 

5. Virilio recuerda que el "falso día de la tecnocultura" debió de haber nacido en esos vastos sitios peligrosos en que se convertían, durante la noche, las primeras grandes ciudades del planeta industrial. Infiernos sin fuego, con sus príncipes asesinos y sus princesas de las calles cenagosas, estas zonas eran tan temidas que la policía no se arriesgaba en esos paisajes extranjeros de los no man’s landnocturnos, como ahora ocurre en áreas enteras de nuestras grandes capitales. Paul Virilio, Un paisaje de acontecimientos, op. cit., pp. 19 ss. 

6. Acerca de la "doctrina de la separación" como motor del capitalismo moderno, y en particular de su vanguardia norteamérica, véase George Steiner, "Los archivos del Edén", Pasión intacta, Siruela, Madrid, 1997, pp. 295 ss. 

7. "¡Oh, corte, quién te desea!… Día llegará -decía mi maestro- en que las personas distinguidas vivan todas, sin excepción, en el campo, dejando las grandes urbes para la humanidad de munición". Antonio Machado, Juan de Mairena, Espasa-Calpe, Madrid, 1986 (5ª ed.), p. 121. 

8. Sobre el actual control político de "geometría variable, más parecido a una tabla de surf que a un rompeolas, es fundamental el "Postscriptum" de Deleuze. Gilles Deleuze, Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1996 (2ª ed.), pp. 277-286. 

9. Jean-François Lyotard, "Zona", Moralidades posmodernas, Tecnos, Madrid, 1996, pp. 21 ss. 

10. De igual manera que antes lo era la industrialización a ultranza, el ecologismo (donde la antigua physis es un "medio ambiente" para solaz de un hombre que debe conservar su entorno) es la ideología natural de esta nueva clase de privilegiados que ocupa las afueras verdes, atareados en cuidar su jardín. 

11. El culto a las armas en USA, como ha mostrado Moore en Bowling for Columbine, se alimenta de un profundo desarme moral, de ese pánico al exterior común, típicamente puritano, que está en las raíces de la brillante nación que dirige el "mundo libre", que quiere ser libre del dolor ancestral de vivir.

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, septiembre 2004
Revista de Arte y Arquitectura, A Coruña, 2005

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mutaciones en la ciudad descentrada, Salamandra, nº 13-14, Madrid, 2004

Por fuerza, una época que se presenta como fragmentada, sostenida con un poder multiforme, ha de mantener una cierta aversión a los viejos centros urbanos, intentando reducir la monumentalidad de su pasado a un escenario turístico. El imperialismo del fin de la historia también supone que los cascos antiguos son abandonados a la suerte de una lenta degradación, hasta que estén listos para ser convertidos en museos. Exactamente igual que el destino que aguarda a los países atrasados o exóticos. El precintado y conservación de los barrios viejos, de su lento laberinto sedimentado por las eras, es una exigencia de la ofensiva técnica de la desustancialización, que necesita rodear y fragmentar la antigua identidad, sin duda un engorroso obstáculo para la rapidez del consumo. La sociedad actual no tolera fácilmente lo terrenal, aquello que se presenta sin títulos sociales. Del mismo modo que se encierran los residuos de vida silvestre en “parques naturales protegidos”, igual ha de hacerse con los residuos vivos del pasado. Es así que la velocidad periférica debe circunscribir el centro urbano, ceñirlo, cercar las emanaciones de su pasado con una suerte de cinta aislante que lo convierta en un lugar no antropológico ni contaminante, en un no lugar pintoresco que se limite a ilustrar nuestra carrera deslocalizadora.

De múltiples maneras, la presión de la celeridad y las vías de comunicación disloca los núcleos clásicos, el dédalo de plazas y callejas, imponiendo una dispersión que ha de penetrar todos los rincones. Como se puede ver en todo el ámbito del consumo, los emergentes ejes dinámicos convierten en esquirlas, aptas para el envasado y el consumo, los sectores del presente ahondados por la historia. La rapidez de los cinturones periféricos, anillos concéntricos de creciente radio y fluidez (es el caso de la fórmula M-30/M-40/M-50 en Madrid) constituye una permanente fuerza centrífuga que succiona el centro histórico, lo estira y adelgaza, organizándolo gradualmente según la metafísica ligera de la circulación. Esto se nota no sólo en el reciente decorado urbano, en la disposición publicitaria de los espacios que se instalan en el centro (adornos, señales, pantallas, museos de arte moderno), sino también en el estilo tantas veces castrado con el que se “restauran” por dentro o por fuera los edificios clásicos, con esa obsesión por alisar y limpiar las fachadas para que parezcan de ayer, libres de rugosidades y huellas del tiempo, de sombra, de hierbas, etc. Incluso en las villas declaradamente “históricas” se nota esta lenta penetración en la vieja monumentalidad de la retórica global de los nuevos espacios, la velocidad y el debilitamiento “nihilista” del extrarradio[1].

En general, el imperativo de la circulación acaba imponiendo sus reglas, la semántica aplastante y protectora de la gran escala. Cuando vemos letreros del tipo “Torrijos Este-Torrijos Oeste” podemos estar seguros de que se ha producido ya un desmembramiento. La mediación infinita de la comunicación secciona los pueblos, rompe su núcleo en torno al lar de la plaza, desperdigándolos, atomizando a la población según la dialéctica aislamiento-gregarismo del consumo acelerado. A partir de una veloz dirección, “este” u “oeste”, polarizadas por la salida o la entrada en las vías rápidas, los pueblos crecen entonces de otro modo, desperdigándose en función del tránsito, impidiendo que se tengan vecinos al lado, enfrente, puerta con puerta. Sobre la pequeña casa familiar, el gran edificio de pisos acaba con la comunidad tradicional de vecinos. La distancia de una acera a otra aumenta. Ya no hay vecinos enfrente, sino al otro lado, en una orilla con frecuencia apartada por barreras, semáforos, el peligro del tráfico rodado… La ventaja que el edificio de pisos ofrece al campesino que se jubila, a la gente que poco a poco abandona las labores del campo, es un apartamiento tanto de la ancestral y dura tierra, que recuerda a una limitación de la que nada se quiere saber, como de la antigua comunidad en la lucha por la supervivencia. Una y otra vez, es la separación de la comunidad afectiva con la tierra la que permite que después tenga sentido la expectación ante los medios, la que alimenta el brillo tentador y fácil del consumo.

Rodar tiene en nuestra sociedad el objetivo supremo de la salida (exit) de todo objeto o punto fijo. En el fondo, se busca salir de cualquier sujeción, de toda existencia que pueda estar bajo la sombra de la antigua y denostada necesidad. Tras la coartada de la “conservación” lo que se hace es abandonar la savia del centro urbano igual que se abandona la vieja identidad, la mezcla afectiva con los otros y con la profundidad mítica de un territorio, el hábito intrincado de relaciones e influencias culturales que ha formado el burgo (añadiéndole capas superpuestas, como los círculos de crecimiento de un árbol, según se observa en los restos arqueológicos de las partes históricas). Las calles oscuras y tortuosas de las ciudades históricas, símbolo de los lentos meandros de un vida que duda, que se demora, que se esfuerza por surcar y persistir en la superficie, han de ser congeladas en un orden museístico por el imperio transparente que llega. Frente a las callejas, la emergente ambición geométrica de las avenidas, la claridad pulida del presente, hiperreal en su día continuo de fachadas refulgentes, instaura espacios de tránsito donde es cada vez más difícil el sosegado encuentro cara a cara de las respectivas fragilidades.

Si la antigüedad funda el prestigio de sus ciudades (Sidón, Samarkanda, Bagdad) sobre la aventura del comercio y el conocimiento, la promiscuidad de las razas y las lenguas, actualmente se trata de huir de ese dédalo sedimentado del centro, de su sombra religiosa y humana, con la expansión delirante de unas afueras llenas de destellos[2]. Por una parte se busca limitar el haz intrincado de entrañas urbanas, metáfora de una historia abigarrada de senderos cruzados, con todos los signos posibles de la imperiosa actualidad. Señales turísticas, museos, tiendas de souvenirs, automóviles aparcados y circulantes le dan la consistencia de la época a lo que de otro modo aparecería teñido de oscuro pasado. Por otra parte, en esas ciudades, en Praga o en Oporto, el turismo tiene por fin externo encarecer el casco viejo, estandarizarlo, rodearlo. Poco a poco, convertirlo en escenografía inocua, mera cita literaria o virtual de un pasado muerto y listo para la nevera informativa (quizás es significativo que la palabra “conservación” recuerde sin remedio a la forma de mantener alimentos congelados). Si antes, a intervalos semanales regulares, el centro “se animaba”, pues el domingo era el día del mercado, ahora se habita cada vez menos allí, aunque se trabaje más que nunca. La relación con la historia que puebla nuestros paisajes tiende en general a “estetizarse” y, al mismo tiempo, a volverse artificiosa. De tal manera que las urbes se transforman en áreas de exposición: monumentos devastados, iluminados, sectores reservados y calles peatonales.

El propio ahuecado de los cascos viejos por aparcamientos e instalaciones técnicas de todo tipo, dejan a esas partes de la ciudad en la condición de decoradoscinematográficos, un lugar donde hacerse la fotografía que plasma reencuentros virtuales e inofensivos con el pasado muerto. En los museos o en la calle, nos encontramos en unplató donde se rueda una acción segura bajo un guión preescrito. El subsuelo minado del centro, poblado de pasadizos y tumbas, de huellas del pasado, es encofrado con nuevas alcantarillas, con el andamiaje de aparcamientos, con un sinfín de cables y conductos numerados… Hay, sin embargo, una suerte de clandestinidad de la detención bajo esta tramoya de conexiones, una parada que sólo se permite en aparcamientos, museos preparados, tabernas turísticas, fuentes tipificadas por las guías. Se entiende que se ha de facilitar el consumo superficial de todo eso, de un pasado que, en definitiva, si le permitiesen ejercer su peso, dejaría una impronta lenta y engorrosamente sentimental en el laminado presente. Incluso en los grandes conjuntos históricos de la importancia de París la geometría rápida del extrarradio coloniza paso a paso el interior, convirtiendo en escenografía plana su anterior profundidad de sentido, que ahora es clonado con la misma ortodoxia comunicacional que se enseñorea en los rascacielos de la periferia. De ahí la tendencia a hacer del centro histórico un espacio más o menos virtual, invivible como tal ciudad[3]. En conjunto, es necesario que el casco histórico pierda su sangre, se quede sin vida propia (decrezca poblacionalmente, envejezca), reafirmando la idea de que la expansión es cosa del brillante territorio autista de las afueras, ese Nuevo Mundo sin pasado ni vecindad tradicional formado por casas adosadas a un muro verde de silencio. Se ha de perforar el viejo centro, ahuecarlo, quitarle espesor, la densidad de sus capas vivas. Se busca adelgazarlo y reducirlo al tamaño inofensivo de una maqueta. Los cinturones periféricos logran un cortocircuito con el contexto histórico, evitando los monumentos que dan testimonio vivo de lo permanente. A lo largo de la autopista se multiplican las referencias a las curiosidades locales, con una alusión al tiempo y lugares antiguos que completa el imperio de una actualidad veloz que no soporta la gravedad del pasado. Sólo se nombran los sitios, se cruzan, como en una campaña que buscase liberar constantemente el Santo Lugar abstracto de lo Global (“A la derecha del avión, pueden ver la ciudad de Lisboa”, dice una voz, aunque de hecho no se percibe nada). De igual modo, los nombres en las guías no crean parajes, ni reconocen los esplendores del terruño, sino que los trasmutan más bien en pasajes para atravesar[4].

Todo tipo de folletos publicitan las más importantes áreas de expansión de las urbes, orgullosas de su desarrollo. Se vende, una vez asegurada la distancia, “lo más próximo al centro”, prometiéndose de tal manera que aislados nunca estaremos solos, pues se puede llegar con rapidez al núcleo sin verse implicados por su vejez, su sentimentalidad y su mezcla. La publicidad privilegia lo que está “al lado de importantísimas vías de comunicación”, aquello cuyo entorno urbano crece a un ritmo acelerado, con más y mejores servicios públicos y privados (casa de salud, guardería, grupo escolar, colegio privado, supermercado, entidades financieras). Se ofrece el beneficio de vivir en la entrada de las flamantes circunvalaciones ciudadanas, eligiendo entre la velocidad de la autopista (“al pie de su casa”) o la fluidez de la circulación periférica. Zonas con vía directa al centro comercial, cercanía de los complejos hospitalarios, manzana residencial completa, con una serie de dotaciones y servicios destinados a uso exclusivo de los propietarios completan el último ideal. En conjunto, se esquiva metódicamente la dualidad campo-ciudad (el muro que resaltaba el afuera desconocido, por tanto, la parcial civilidad de la polis) con un territorio intermedio que no sería ni campo ni ciudad; en primer lugar, no tendría enfrente, marcando los límites del burgo, lo agreste de la naturaleza[5]. Ciertamente, el territorio, urbano o rural, no es unmedio, un escenario neutro dispuesto para la acción del hombre. Ahora bien, la velocidad y la telecomunicación sí lo son, un medio que debe suplantar al viejo territorio. Se trata de un fenómeno que significa de hecho eliminar todo lo que tiene profundidad, pues el relieve territorial desaparece actualmente en beneficio de la superficialidad, atomizada y controlable, de un intercambio informático. Un orden entrópico, el del azar, es aplastado por un orden determinado, manejado por cierto poder.

Poco a poco edificamos estas metrópolis sin corazón, todas ellas cáscara, que ya nos resultan familiares. El dictado de la movilidad se inscribe en el terreno con la dominación de las vías rápidas, que imponen una dispersión día a día más fuerte. Las casas se polarizan pasajeramente alrededor de las fábricas de distribución que son esos gigantescos hipermercados o centros comerciales alzados en solares abiertos, con un “parking” por pedestal. Y estos templos del consumo precipitado están a su vez en fuga en el movimiento centrífugo. Frente al pequeño comercio tradicional, el atractivo arrollador de las grandes superficies comerciales es presentar justamente la diversidad del mundo (alimentos, cines, sociabilidad, libros, bebidas) como artículo de consumo, reunido por el estruendo de una disponibilidad concentrada, multitudinaria. Pero la organización técnica del consumo no es sino el primer plano de la disolución general que ha llevado a la ciudad a autoconsumirse de esta manera. Tal organización hace del momento en que comienzan a desaparecer la urbe y el campo, no la superación de su división, sino su hundimiento simultáneo. El urbanismo que destruye las ciudades reconstruye un falso campo (animales domados, parques, plantas en línea, césped en lugar de hierba) en el cual se han perdido tanto las relaciones simbólicas y afectivas del viejo mundo rural como las relaciones sociales directas. Las “nuevas ciudades” del pseudo-campesinado tecnológico inscriben claramente en el terreno la ruptura con el tiempo histórico sobre el cual, a costa del cual fueron construidas. A tenor de la tranquilidad que quieren asegurar estas urbanizaciones, su divisa podría ser: “Aquí nunca ocurrirá nada, y nunca ha ocurrido nada”[6]. Parece evidente que las fuerzas del “fin de la historia”, de la ausencia histórica, comienzan a componer su propio paisaje exclusivo. En efecto, eso sería el ideal. Pero si en los paisajes mediáticos falta el espesor de una herencia, la épica de la historia, no es tanto porque falten “citas” a un pasado manejado como porque falta la memoria y la posibilidad de una relación directa con el peligro de la exterioridad, aquella indefinible existencia que impulsaba una y otra vez a la gesta histórica.

Mientras tanto, el fúlgido cielo encauzado que crea el rascacielos y el laberinto de calles se prolonga con las autopistas interurbanas, donde el campo es tan lejano, tan ordenado, que bien podría ser virtual (hace tiempo que hay árboles y plantas artificiales). Parece claro que la ideología dominante, en un sentido profundo, no abiertamente “político” sino más bien “técnico”, sentido del que participa la mayoría de la izquierda intelectual, querría una megápolis continua, sin afueras ni adentro, que correría desde Singapur a Los Ángeles[7]. Querría no ver la muralla ni la puerta a los campos, una naturaleza indómita que impone la otredad en el conocimiento. Según aquella mentalidad, ya no se entra en la megápolis; las antiguas “afueras”, provincias, África o Asia, forman parte de ella, mezcladas con los indígenas occidentales de diversas maneras. Todo es extranjero y nada lo es. No hay, efectivamente, adentro y afuera para quien, por no tener el referente de ninguna Naturaleza (como es el caso de muchos habitantes), pierde el significado de la tierra. Más allá de los arrabales modernos, las emergentes “zonas residenciales” (perfecto oxímoron, recuerda Lyotard, si es verdad que no se puede residir en la zona) se infiltran en los agros, los bosques, las colinas costeras. Son regiones fantasmas, habitadas y desiertas a la vez. Anudan sus tentáculos de una comuna a otra, formando ese tejido intersticial entre los órganos urbanos que llamamos conurbación. Su tejido querría rodear el planeta, de punta a punta, como una zona completa entre nada y nada. ¿Qué quedaría con valor en ella, cuando todo objeto está herido por la irrealidad del tránsito? A falta de naturaleza, todo sería artificio, en realidad, un armazón falsamente “nihilista”, puesto que está guiado por todo un telos que huye del suelo, del vértigo local que funda la comunidad humana.

Es normal que después de acabar con el mundo aldeano, esta época intente acabar poco a poco con cualquier vestigio de ruralidad urbana. En esta línea, tampoco la calle debe ser un espacio de encuentro, tener aceras para caminar, esquinas en las que detenerse. La urbe moderna debe integrar a los individuos en un conglomerado del aislamiento. La cosmética estandariza y endurece los rostros al mismo tiempo que la urbanización estandariza la naturaleza, tapando una irregularidad que es entendida como “obstáculo” (cubriendo el olor del barro con el cemento, la superficie rugosa y dotada de profundidad con el conglomerado aséptico del asfalto o el cemento armado). Con los pies se palpaba el suelo, pero ahora también ellos han de estar revestidos con toda clase de aislantes, y el primero es ese suelo alisado de las urbanizaciones[8]. Anchas avenidas, aluminio y cristales pulidos, parques enmoquetados, árboles numerados, terreno encajonado… son los elementos de ciudades enteras construidas sin centro, articuladas en torno a las grandes vías abstractas de circulación. Cuando en ellas alguien se apea para andar es casi un delincuente, una amenaza potencial para los demás o un ser digno de conmiseración. Si imaginamos un pueblo del futuro (es decir, del presente más o menos “americano”) veremos un sitio con distancias tales que sea imposible, hasta peligroso, recorrer a pie. Una gran área comercial ocupa el lugar del centro, lo cual es suficientemente significativo, pues ese “centro comercial” es imagen misma del vacío hilado por las relaciones contractuales entre desconocidos, por la rapidez sin fin del valor de cambio. El área comercial es la viva expresión de un centro descentrado, dislocado, sin eje: su sentido es el consumo de todo eje en la diversidad de los servicios, las galerías y las ofertas. El resultado de este modelo es una urbe sin aceras ni corazón, con una arteria abstracta que recorre su desierto y un área comercial como lugar público de un encuentro asistido por el consumo, donde el aislamiento se conecta y se disimula con la masividad del intercambio. Tal ciudad, para contrarrestar el vacío, ha de dar forzosamente una prioridad absoluta al movimiento.

Junto con la caza, la agricultura o el comercio, la arquitectura era una de las primeras medidas de la Tierra. Quizás nunca sirvió solamente para alojar o para proteger al hombre de la intemperie (para eso la caverna bastaba, pero incluso ésta tenía una añadida “utilidad” cultual, simbólico-religiosa). Por el contrario, las proporciones a las que uno se adapta en una casa son el comienzo de la relación con el mundo. Vivir en un barrio no es vivir en un alojamiento porque la morada es el indicador de las dimensiones y, por tanto, de nuestra relación con el exterior común. Aparentemente, si consideramos el paisaje rural, en él existen más paisajes que acontecimientos; por contra, en el paisaje urbano se darían más acontecimientos que paisajes. Sin embargo, la historia de los campos es una historia de hechos mucho más importante que la de la urbe, aunque lo hemos olvidado. El mundo rural que hemos perdido con el abandono del cultivo era un paisaje de vivencias surgido del inicio del cultivo por los hombres, de la vid, el trigo, el maíz, etc. Todo ese campo ha conocido una drástica transformación. Si, por ejemplo, pensamos en el cambio de la configuración rural en Galicia (un país que ha conocido en treinta años un desarrollo acelerado y a veces salvaje), veremos que se ha producido una transmutación del añejo paisaje de setos y pequeñas labranzas, el llamado bocage, en las grandes extensiones diáfanas, sin rincones y donde literalmente es difícil detenerse. La campiña de la agricultura intensiva está extirpada de profundidad y secreto, de escondrijos donde demorarse (donde sea posible el diálogo, la visión, el erotismo, la música). En suma, se reproduce en el nuevo campo idéntico discurso productivo que en el paisaje post-urbano: en un caso y en otro, es previsible la eliminación de los rincones, de todo lo que suene al irreductible daimon de los sitios. Lo que evoque la discontinuidad, la soberanía, el secreto, un espacio singular de experiencia, es borrado de la faz de la superficie en beneficio del intercambio comunicacional. Tal vez es esa lógica la que hace desaparecer al mismo tiempo “campo” y “ciudad” en beneficio de un reciente espacio híbrido, esas “zonas” de definición inter-media.

En ellas, cual telarañas urbanas conectadas al planetario global, millones de vidas se ignoran, puerta con puerta. Vemos una extensión sin discontinuidad, una planicie o gran espacio abierto libre de indios, esos “últimos indios” que ahora son nuestros campesinos[9]. Otro aspecto de esta soledad es, hacia arriba o a lo ancho, la disipación de la población en átomos aislados envueltos en mares de asfalto, vegetación y césped, sin apenas aceras ni plazas donde encontrarse (las llamadas en USA edge cities). Los blancos huyen ante la inmigración de negros e hispanos, huyen para reduplicar su profiláctica ideología en las afueras, un territorio que permite el muy puritano pragmatismo de partir con limpieza de cero. Pero una ciudad sin centro, sin casco antiguo, no tiene el exterior dentro, pues eso representaba justamente la densidad monumental, el laberinto de la plaza y los portales, de las callejas. La democracia de masas y la extensión acumulativa crea este Edén igualitario, nivelado por un modelo que excluye el espíritu de la existencia singular, su pulso local. Y no es exacto que esta “anarquía” posea sin más belleza salvaje, libre de orden o cálculo. Por el contrario, tiene el completo orden “complejo” de la época. Todo lo que sea oscuro, melancólico, profundo o lento resaltará en un escenario que de hecho es diáfano como una pantalla de control.

Baudrillard recuerda que no hay nada comparable a un vuelo nocturno por encima de Los Ángeles[10]. Es como una inmensidad luminosa, geométrica, incandescente e infinita que resplandece en el intersticio de las nubes. Sólo el infierno del Bosco produce esta impresión de brasero. Aquí las freeways no desnaturalizan la ciudad o el paisaje, sino que lo atraviesan y desanudan sin alterar el carácter desértico de la metrópoli, respondiendo idealmente al único placer profundo, el de circular. Ni que decir tiene que la ciudad es anterior al sistema de autopistas, pero en la actualidad parece construida alrededor de esa red arterial, que se mueve con el vacío del aislamiento en las venas. Tal aislamiento nos recuerda que si en estas urbes centrífugas te apeas del coche eres una amenaza para el orden público, como los perros vagabundos en las carreteras. Únicamente los “espaldas mojadas” o los inmigrantes del Tercer Mundo tienen derecho a caminar. Es, en cierto modo, su privilegio (el de la pobreza, sin la cual no hay esa libertad salvaje de la que surgirán otros profetas), junto al de la ocupación del corazón vacío de las ciudades. Para todos los demás, caminar, la fatiga, la actividad muscular, se han convertido en bienes escasos, servicios que se venden a precio muy alto. La antigua vida y su sudor (como la vieja comida casera), es en la civilización un artículo de lujo. Igual que en otros casos, también aquí el progreso se reduce a un enorme rodeo que hace aparecer lo antaño elemental como una excepción más o menos cara. Así se invierten irónicamente las cosas. Por idéntica ironía, las colas ante los restaurantes de lujo o las discotecas de moda son a menudo más largas que ante los comedores de beneficencia.

1. En España, no solamente en ciudades como Oviedo, Cáceres o Santiago de Compostela. Veremos, por ejemplo, en qué queda el polémico acondicionamiento de la aldea “prerromana” de Piornedo, en la sierra de Ancares, entre Galicia y León.

2. Cfr. Félix de Azúa, Diccionario de las Artes, Planeta, Barcelona, 1995, p. 92.

3. “Hoy existen de hecho dos valoraciones de las ciudades: o nos referimos al grado en que son museos o nos referimos al grado en que son fraguas”. Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, Tusquets, Barcelona, 1990, p. 162.

4. Cfr. Marc Augé, Los “no lugares”. Espacios del anonimato, Gedisa, Barcelona, 1993, pp. 74-90.

5. Nietzsche aún podía hablar de “la gran ciudad alemana, ese vicio hecho edificios, un lugar donde nada crece, en donde toda cosa, buena o mala, ha sido traída de fuera”. Friedrich Nietzsche, Ecce homo, Alianza, Madrid, 1978 (3ª ed.), p. 49. Ahora, con los servicios y una tecnología espectacular se ha encontrado el mejor remedio para recubrir esa dependencia externa, facilitando un encierro sin complejo de culpa, plenamente satisfecho.

6. Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Castellote, Madrid, 1976, p. 124.

7. También Lyotard parece caer a veces en ese espejismo, típicamente postmoderno, que excluye cualquier referente arcaico o natural. Véase Jean-François Lyotard, “Zona”, Moralidades posmodernas, Tecnos, Madrid, pp. 21 ss.

8. A esto tal vez obedece esa manía tan nuestra, en una España volcada en lo terciario, de no dejar que en las plazas la tierra sea hábitat de animales y pobres, cubriéndola con una superficie lisa y dura. Illich comenta que cuando las ciudades se construyen alrededor de los vehículos, devalúan los pies humanos, primer contacto con el suelo de toda comunidad. De igual modo, cuando las escuelas acaparan el aprendizaje devalúan al autodidacta. Iván Illich, Némesis médica. La expropiación de la salud, Joaquín Mortiz, México, 1976, p. 59.

9. Sobre las razones metafísicas y económicas del imparable exterminio del campesinado es magnífico, una vez más, un texto de Berger. John Berger, “Epílogo histórico”, Puerca tierra, Alfaguara, Madrid, 1989, pp. 254-279.

10. Jean Baudrillard, América, Anagrama, Barcelona, 1987, p. 74.

Ignacio Castro Rey, Madrid, septiembre, 2003

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desfiladeros de salitre, Cruce, Madrid, 1999

Para hacernos una idea, ahora que ha vuelto a emerger el fantasma de un choque de las culturas, de lo que puede enfrentarnos al mundo antropológico de lo que llamamos “pobreza”, acerquémonos un instante a la configuración externa que pueden tomar nuestras ciudades ante ojos extraños[1].

Si después de la Edad Media las casas aún tenían nombre, hoy se clasifica con números a casas, manzanas, distritos enteros. El ascensor, el portal con la colmena de buzones en línea, los pasillos con decenas de puertas iguales, todo ello convoca al anonimato, al camuflaje, incluso a la prevención frente al extraño. Con los grandes edificios, las enormes ciudades pobladas de extraños, las calles que son poco más que pasillos para el tránsito rodado, el resultado es que hoy ya nadie llama a la puerta, ni siquiera (salvo los vendedores comerciales) por el interfono[2]. El simple funcionamiento continuo del ascensor supone el adiós a los huecos de escalera, a la vida en los rellanos: oír bajar al vecino, saludar, conversar. Con la aparición del ascensor la escalera principal es convertida en escalera de servicio o de emergencia (en definitiva, en un lugar donde es sospechoso permanecer). Fuera, el cielo es absorbido por el espejeo de una miríada de ventanas que parecen diseñadas para repartir hasta la lejanía fulguraciones comerciales. Las fachadas suspendidas, el columbario de cuadrados luminosos debe disimular por doquier la gravedad, la que en cierto modo sólo experimentará el cansancio del mendigo, el cuerpo del solitario al asomarse. Bajo estos pálidos farallones, automáticamente, todo lo que no está arraigado en esta opulencia de señales titánicas se mostrará pobre, lento, tercermundista (algo tal vez a tolerar como “bajos fondos” de la riqueza, pero en todo caso a vigilar, a controlar, a desarrollar). En estos límpidos escenarios diseñados el humo de un cigarrillo es suficientemente primitivo para hacer saltar las alarmas electrónicas. El simple caminar, con su legendaria contemplación, carece de sentido… salvo que se enfile en una determinada dirección, rápida y dirigida, que de hecho reproduce en horizontal la misma lógica del gran edificio[3].

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