el joven papa

Lo siento de verdad, pero la serie de Sorrentino resulta bastante insufrible. Por decirlo del todo, doblemente cansina al tener la firma del autor de Lagrandebellezza o Youth. En estas dos películas la cirugía invasiva que se lograba con la imagen, el sonido y la palabra -suponiendo que sean tres cosas distintas- abría otro tiempo dentro de nuestra cronología minuciosamente controlada. A la salida de la sala no eras el mismo, pues la relación con el magma sombrío del exterior había cambiado. Ya sabemos que después las aguas vuelven a su cauce, pero ha quedado un herida en el blindaje de lo que llamamos conciencia.

Ante el peligro de existir, ¿hay en realidad algo más aborrecible, más tedioso incluso que ser siempre elmismo? Y esto aun suponiendo que, de manera irremediable, uno esté encantado de haberse conocido. Pues bien, asombrosamente, esto es lo que ocurre después de aguantar hasta el máximo con Theyoungpope. Al dejar la pantalla nada ha cambiado, vuelves más reconciliado todavía con tu habitual blindaje, a la vez privado y compartible. Y esto por dos razones ejemplares: primero, el mundo que se muestra es intrincado y escabroso, más todavía que tu dudosa vida, que así resulta rehecha en su normalidad moral; segundo, a nuestra estrategia urbana le acompaña de nuevo una colección de imágenes y eventos apasionante; nube audiovisual que confirma que, finalmente, la vida no va tan mal.

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poderes del sur

Paolo Virzì nos quiere contar en Locas de alegría la épica de una escapada a un planeta incomprensible, con unas posteriores aventuras que oscilan entre el horror y la risa. Como en El Quijote, aunque los papeles de Sancho y el Hidalgo son aquí intercambiables, las dos protagonistas nunca entiende nada. De ahí la energía sentimental de esta comedia negra, salpicada de desolación y una extraña alegría. Virzì también aborda la enfermedad mental al margen de cualquier diagnóstico médico, indagando en dos intrincadas biografías donde víctimas y verdugos se mezclan. Lejos de la cultura genérica de la queja, sus protagonistas Beatrice y Donatella tampoco son dos mujeres maltratadas solo por los hombres, aunque los varones no salimos precisamente bien parados. Es como si la evasión de ellas dos, y el riesgo múltiple que corren en esa fuga, pusiera en valor la cordura del refugio psiquiátrico en el que viven, haciendo que las personas de esa institución las echen en falta como una parte de su razón de ser.

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Toni Erdmann

Toni Erdmann no es una película fácil. Poco menos que a cámara lenta, a veces muda como el cine antiguo, finalmente resulta bellísima. Uno de sus temas es la infelicidad de los hijos liberados, la enorme ingratitud -casi inhumana- de su “emancipación”. Emancipación no solo de la casa materna y paterna, de su autoridad -que casi nunca fue tal, por eso son tan infelices-, sino también de todos los valores del pasado. Bajo su ironía de circo, Winfried (Peter Simonischek) es un humanista escandalizado por el curso de las cosas. Entonces la directora, Maren Ade, de la que algunos no conocemos prácticamente nada -la comunicación es así-, embarca al padre de Inés, convertido en Toni Erdmann después de la muerte de su único compañero canino, en esfuerzos que rozan el esperpento para arrancar a su gélida hija algún gemido, algún gesto de vergüenza. Alguna lágrima de lo que sea, rabia o ternura.

 

Pero no. Durante mucho tiempo Inés (Sandra Hüller) parece fundida al titanio. En algún momento, el padre le pregunta a su hija: “Realmente, ¿eres humana?”. Ella ni se inmuta, más bien contesta como una nihilista a punto -pero no, sería demasiado- de indignarse. Ningún complejo de culpa. Hasta los conceptos de “felicidad” y “vida” le parecen demasiado wagnerianos y vacíos.

 

Pareciendo no saber muy lo que hace, encarnado en Toni Erdmann, Winfried arranca la máscara de las situaciones para hacernos sufrir la vergüenza de vivir en el mundo. Y sin embargo, no hay nada de la metafísica de un Sorrentido. Maren Ade es infinitamente más modesta. Con un estilo reptante logra una y otra vez dejarnos fuera de juego, sin saber si reír o llorar. Ya solo la escena de esa obediente y adorable secretaria desnuda, obligada por una fidelidad rumana a su jefa, incluso en una fiesta de pronto nudista -“¿No es nada sexual, verdad?”-, es todo un poema que no vemos todos los días. Las gotas de sangre que salpican el día anterior su camisa, producto de una herida doméstica que su jefa ha de ocultar, indican la jerarquía implacable que sostiene ese mundo luminoso. La pobre, destartalada Rumanía solo aparece como fondo borroso de ese teatro de operaciones numéricas con el que los altos ejecutivos especulan. Winfried les suplica a los rumanos, sin embargo: “No pierdan su sentido del humor”. Cierto, solamente cierto atraso anímico, una especie terrorismo afectivo puede arrancarnos de ese infinito interior afelpado que tiende a una sonrisa donde la miseria, los muertos y los obreros parados están siempre fuera de campo.

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francofonía

Desgraciadamente, este título no alude a la película de Sokurov, sino a algo bastante más modesto y dudoso, el largometraje Solo el fin del mundo, del canadiense X. Dolan. Uno fue allí con el mejor ánimo del mundo, atraído por un elegante cartel, por un pasado teatral de la obra y por algún comentario cercano. Y he de decir que, de alguna manera más que formal, la película de Dolan, es impecable. Por ejemplo, con unos lentos y sostenidos primeros planos de A. Turpin que casi cortan la respiración.

Desde el comienzo, aunque con la banda sonora excesivamente subida de volumen, la tensión de la historia que se nos narra, entre poética y dramática, pone a la sala en estado de alerta… si es que había algún espectador despistado. Un poco como en una cinta vista en estos días, Animales nocturnos, es evidente desde el principio que no se nos va a contar nada fácil. Uno tiene derecho a dudar, entonces, si no está un poco sobreactuada la música de G. Yared, cuando la historia que se va a contar ya está, de antemano, suficientemente cargada de intensidad.

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¿múltiple?

Monotonía dispersa, más bien. Nos dicen que el director de Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016), el mismo de aquella película de terror adolescente que se llamó El sexto sentido, con un B. Willis que hacía -como siempre- de sí  mismo-, es de origen hindú. Si es así, M. Night sería una perfecta expresión de los efectos mentales de una colonización cultural. No hay en esta cinta nada que no sea cultura estadounidense al cien por cien, con la misma carga de miedo paranoico que expresa en su habitual gracia D. Trump al decir: “El mundo tiene un problema, pero yo estoy aquí para arreglarlo”. Tiemblen con las soluciones.

 

El caso es que no basta ya con que el mundo externo a la secta de los elegidos sea un desastre, una tierra sembrada de virus, razas asesinas, estados delincuentes y terrorismo. Precisamente para que la furia puritana pueda ejercerse en todas direcciones, y también hacia dentro, mortificando el cuerpo, es necesario que en el hombre mismo anide un mal radical. De otro modo el hobbesianismo insular que caracteriza a la cultura angloamericana, satanizando toda condición natal, no encontraría suficientes disculpas para mantener su perpetua campaña militar contra la espontaneidad de la vida. Hay que enderezar el curso de las cosas. También en la mente de los hombres. Tras su aire de ingenuo cómic de terror, éste es el pérfido mensaje político, específicamente para adultos, de la última película de Night. Una vez más, el espectáculo se pone al servicio del cierre de filas en el Occidente blanco y sus tropas de elite, aunque ahora acompañadas de psicólogos.

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