Masoquismo hispano

Ahora que esta bendita nación se enfrenta a un reto secesionista bastante insólito en Europa, es tal vez el momento de resucitar una vieja cuestión pendiente. Al menos, pendiente para aquellos que a los que nos duele un viejo dolor español que parece seguir teñido con sombras sadomasoquistas.

Pensemos sólo por un momento en una posible hipótesis latente en El Quijote. Imaginemos la obra magna de Cervantes no como burla cruel de un sueño castellano, aquellos libros de caballerías entonces de moda, sino como sátira de cierta ingenuidad hispana. El Quijote como corriente de humor sobre una generosa vocación imperial que ya parecía tener pies de barro, hundidos en un pantano de sentimentalidad inerme frente a otras potencias septentrionales, despiadadamente pragmáticas, que surgían con fuerza.

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de cierto terrorismo incrustado

Grandes urbes, aglomeraciones de cristal, de acero y rostros maquillados. Rascacielos, pantallas gigantes, conexiones multiplicadas. Y el espectáculo de unas luces perpetuas que nos cubren con un cielo de diseño. Como si no fuera suficiente la simple vida, estamos embarcados en una despiadada metafísica de la elevación, de la que tampoco es fácil librarse a través de ninguna de nuestras respetadas minorías LGTBI. El elitista debate en torno a la maternidad subrogada oculta tal vez que nuestra vida y nuestra sensibilidad son ya subrogadas, puesto que hace tiempo que somos incapaces de existir como no sea a través una perpetua conexión tecnológica, una promiscuidad con los otros cuerpos y con el estruendo de la transparencia mundial.

La cultura que nos protege lo hace con una velocidad expansiva, por no decir explosiva, que guarda una pésima relación con el reposo, una quietud que parece recordarnos demasiado al arcaico claroscuro de vivir; por tanto, a todos los demonios. Hemos perdido la fórmula para detenernos. Nuestra única solución es no parar, como aquella orquesta del Titanic que siguió tocando mucho después de que fuera inevitable la tragedia.

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apocalipsis de playa

Cuando se acerca el fin de curso algunos profesores y padres llegamos en un estado de ánimo tan agotado que ya no sabemos si volvernos a casar, comprarnos un perro, jubilarnos o recurrir a una forma discreta de autolisis. En resumen, el habitual trastorno bipolar del resto del año se transforma en junio en algo más complejo, difícil de definir en tres -¿trastorno tripolar?- o cuatro puntas estadísticas.

Tras soportar el curso entero la más inimaginable mutación anímica de la juventud -esa eterna juventud que ya somos todos-, unida por el cemento del griterío despótico, la pasividad y el maltrato discreto, es difícil esquivar la tentación de hacer un balance. Más difícil todavía si se intenta con cierto sentido del humor que compense un cansancio nervioso. Además de exagerado, lo que sigue puede parecer rencoroso. Pero no lo es necesariamente. Para quienes somos vitalistas, es inevitable mantener una buena relación con la sangre fresca de la juventud más atrasada; con su generosa espontaneidad, su frustración en los márgenes, su sentido del amor y del humor.

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Ética del desorden. ¿Un índice necesario?

Queridos amigos,

A pesar de su abundante aparato crítico y sus más de cuatrocientas notas, la clave de Ética del desorden estriba en un intento de afrontar de nuevo las cosas directamente, como si éstas -sean la percepción, el espacio, la muerte o el lenguaje- todavía pervivieran en estado salvaje, libres de la inmensa capa de juicios históricos que ha caído sobre ellas desde hace mucho tiempo. No es extraño que este intento haya de ser largo, tanto como agotadora es la cobertura de mediaciones que hoy nos impide un contacto vivo con la inmediatez.

Para facilitar el acceso del lector, y una lectura más libre, he confeccionado esta guía. Para algunos, es posible que el intento de articular un índice temático de Ética del desorden sea una torpeza -incluso en relación al título del libro- y éste se explique mejor solo, sin ninguna guía que seleccione los signos enterrados que contiene.

Con esta duda, ahí va. Se ha trabajado a fondo, no sé si más para los lectores de filosofía o para los ajenos a nuestro peculiar medio. Tal vez este “mapa” ayude a situarse en esas más de cuatrocientas cincuenta páginas. Y tal vez sea un buen instrumento de verano, facilitando la lectura selectiva y desordenada de un libro que, al fin y al cabo, debe estar entero en cada parte.

Abrazos,

Ignacio Castro Rey

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Ética del desorden es un libro nacido de la amistad, de un haz muscular de relaciones que sólo parcialmente se refleja en las abundantes citas y en la lista final de agradecimientos. El libro surgió del hábito en una comunidad afectiva que incluye una relación moral con lo no humano. La prueba de la amistad es la ambivalencia de lo impersonal, lo desconocido que no tiene amigos ni es susceptible de organizar aparte. Por sí sola, la amistad ya piensa, pues se ve obligada a ordenar su hospitalidad hacia vínculos inesperados, que arriesgan nuestra seguridad estratégica.

Si Roxe de sebes fue la crónica de un áspero retiro, éste es un libro de entrada -no menos ardua- en nuestra cotidianidad urbana, mundialmente compartida. Se trata de un libro básicamente afirmativo, donde la crítica debe ocupar un lugar secundario. De ahí que no sea exactamente un tratado de ética. El título Ética del desorden juega con el encabezamiento de un libro mítico en la modernidad, una Ética demostrada según el orden geométrico(Spinoza) que tampoco es un libro específicamente moral. En él la exterioridad, el orden contingente de lo que ocurre, es el índice del ethos humano.

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el joven papa

Lo siento de verdad, pero la serie de Sorrentino resulta bastante insufrible. Por decirlo del todo, doblemente cansina al tener la firma del autor de Lagrandebellezza o Youth. En estas dos películas la cirugía invasiva que se lograba con la imagen, el sonido y la palabra -suponiendo que sean tres cosas distintas- abría otro tiempo dentro de nuestra cronología minuciosamente controlada. A la salida de la sala no eras el mismo, pues la relación con el magma sombrío del exterior había cambiado. Ya sabemos que después las aguas vuelven a su cauce, pero ha quedado un herida en el blindaje de lo que llamamos conciencia.

Ante el peligro de existir, ¿hay en realidad algo más aborrecible, más tedioso incluso que ser siempre elmismo? Y esto aun suponiendo que, de manera irremediable, uno esté encantado de haberse conocido. Pues bien, asombrosamente, esto es lo que ocurre después de aguantar hasta el máximo con Theyoungpope. Al dejar la pantalla nada ha cambiado, vuelves más reconciliado todavía con tu habitual blindaje, a la vez privado y compartible. Y esto por dos razones ejemplares: primero, el mundo que se muestra es intrincado y escabroso, más todavía que tu dudosa vida, que así resulta rehecha en su normalidad moral; segundo, a nuestra estrategia urbana le acompaña de nuevo una colección de imágenes y eventos apasionante; nube audiovisual que confirma que, finalmente, la vida no va tan mal.

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