el joven papa

Lo siento de verdad, pero la serie de Sorrentino resulta bastante insufrible. Por decirlo del todo, doblemente cansina al tener la firma del autor de Lagrandebellezza o Youth. En estas dos películas la cirugía invasiva que se lograba con la imagen, el sonido y la palabra -suponiendo que sean tres cosas distintas- abría otro tiempo dentro de nuestra cronología minuciosamente controlada. A la salida de la sala no eras el mismo, pues la relación con el magma sombrío del exterior había cambiado. Ya sabemos que después las aguas vuelven a su cauce, pero ha quedado un herida en el blindaje de lo que llamamos conciencia.

Ante el peligro de existir, ¿hay en realidad algo más aborrecible, más tedioso incluso que ser siempre elmismo? Y esto aun suponiendo que, de manera irremediable, uno esté encantado de haberse conocido. Pues bien, asombrosamente, esto es lo que ocurre después de aguantar hasta el máximo con Theyoungpope. Al dejar la pantalla nada ha cambiado, vuelves más reconciliado todavía con tu habitual blindaje, a la vez privado y compartible. Y esto por dos razones ejemplares: primero, el mundo que se muestra es intrincado y escabroso, más todavía que tu dudosa vida, que así resulta rehecha en su normalidad moral; segundo, a nuestra estrategia urbana le acompaña de nuevo una colección de imágenes y eventos apasionante; nube audiovisual que confirma que, finalmente, la vida no va tan mal.

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de alguna dudas arquitectónicas

Fernando Espuelas: ¿Te parece que el espacio/la arquitectura interviene en la “narración” que el sujeto hace de sí mismo? De ser así, ¿cómo es corroborable?

 

Ignacio Castro: Sí, me parece. Creo que los espacios arquitectónicos tardo-modernos contribuyen, aunque sólo sea sobre esa parte incierta de la población que son los consumidores urbanos, a dificultar la épica de la propia existencia, un relato sin el cual no puede darse la más elemental consistencia personal, la más simple autonomía. Esa “heroicidad” que se necesita para vivir y afrontar la muerte está en peligro por la mediación infinita que nos rodea, de la cual la nuestra líquida cultura deconstructiva es parte. El resultado aproximado del actual poder religioso de lo social, en el que colabora la espontaneidad de las nuevas tecnologías, es lo que Virilio llama el inválidoequipado, un ciudadano incapaz de tomar ninguna decisión vital, de atreverse a existir de otra manera. Es un poco lo que señala Sennett en La corrosión del carácter: el debilitamiento que ocurre en las entrañas del sujeto en virtud de la fragmentación, la inestabilidad, la flexibilidad del mundo del trabajo. Aislamiento creciente en la marca del Yo, en las estrategias de un perfil, y conectividad expansiva de esa estrategia. El capitalismo, su macroeconomía, es un espíritu, ése es el problema. La esencia de la economía no es económica, sino metafísica, por eso penetra los tejidos.

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poderes del sur

Paolo Virzì nos quiere contar en Locas de alegría la épica de una escapada a un planeta incomprensible, con unas posteriores aventuras que oscilan entre el horror y la risa. Como en El Quijote, aunque los papeles de Sancho y el Hidalgo son aquí intercambiables, las dos protagonistas nunca entiende nada. De ahí la energía sentimental de esta comedia negra, salpicada de desolación y una extraña alegría. Virzì también aborda la enfermedad mental al margen de cualquier diagnóstico médico, indagando en dos intrincadas biografías donde víctimas y verdugos se mezclan. Lejos de la cultura genérica de la queja, sus protagonistas Beatrice y Donatella tampoco son dos mujeres maltratadas solo por los hombres, aunque los varones no salimos precisamente bien parados. Es como si la evasión de ellas dos, y el riesgo múltiple que corren en esa fuga, pusiera en valor la cordura del refugio psiquiátrico en el que viven, haciendo que las personas de esa institución las echen en falta como una parte de su razón de ser.

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Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Miguel Ángel Hernández Saavedra

LA CABAÑA PENSANTE

A propósito de Roxe de Sebes, de Ignacio Castro Rey

Y a modo de Carta

Recuerdo que, siendo yo niño, dibujaba muy bien. Mis compañeros del colegio me lo decían con la boca muy abierta, y hasta me admiraban aquellos maestros que, todavía por aquella época, no se obstinaban en ser profesores. Con cuatro o cinco años, elaboré un cómic (entonces eran simplemente tebeos). No sé por qué elegí este motivo: Cristóbal Colón. No tengo idea del porqué. Me recuerdo en el patio de la casa pobre de mis abuelos, que para mí era un palacio, en el madrileño y suburbial barrio de Usera, dibujando carabelas y, en su interior, marineros a punto de perder toda esperanza; todo ello enmarcado en viñetas repartidas sobre cartulinas blancas. De repente, el vigía exclamaba: ¡tierra! No tenía conocimiento, aquel hombrecillo, de lo que descubría; solamente atisbaba. Y yo me atisbaba también en esa manera mía, infantil a más no poder, de dar forma a una historia consabida. Como recibía la bendición de mis mayores, el producto de mi acción me compensaba del cumplimiento de las obligaciones que, como todo niño, empezaba a interiorizar con fastidio por esos años y en esas fechas. Los años son los de todos, en tanto que hemos pasado por ellos; las fechas son mías.

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Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Gustavo Dessal

Dada mi amistad y mi confianza con el autor del libro, no omitiré decir que mi ausencia esta noche es un acto fallido. Prueba de que, aunque geográficamente localizable del otro lado del Atlántico, estoy en verdad en el registro del inconsciente. Que ello pueda tener un sentido, y que ese sentido sea comunicable, poco importa. Es la división misma, el efecto de sorpresa, el estupor de mi lapsus, lo que basta para reconocer el inconsciente.

Pero estos trucos de psicoanalista no me parecen suficientes, y por ello he querido escribir estas líneas, para hacerme presente de alguna manera.

Roxe de Sebes es un libro difícil, tan hermoso en su poética como duro de leer. Diré más: por momentos impenetrable. Ignacio ha logrado que el espíritu de la montaña (aterrador para alguien como yo, a quien no mil, sino cien días fuera de la urbe bastarían para liquidarme) se transfiera a su escritura. La belleza de su prosa, algo a lo que ya estoy acostumbrado en sus escritos, envuelve a la vez un núcleo sólido que es preciso horadar volviendo una y otra vez a las frases, puesto que la mayoría de ellas constituyen una reflexión filosófica concentrada, un nanopensamiento que juega con el misterio, la confesión autobiográfica, y la ideas.

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