IGNACIO CASTRO REY China y nosotros  


Entre la fascinación y el apocalipsis
(Treinta días en Beijing)


        En los últimos años todo el mundo vuelve a hablar de China. Después de Mao y la Revolución Cultural, del papel militar del Gran Dragón en los conflictos de Extremo Oriente, ahora miramos a los chinos debido a una pujanza económica sin precedentes, a su expansión por el mundo entero y sus nuevos acuerdos comerciales, a los Juegos Olímpicos, al tamaño de sus megaciudades y edificios. Por si todo esto fuera poco, el poder político y militar chino -con la incorporación de Hong Kong, la aproximación a Taiwán y el arma nuclear en Corea- no nos puede dejar indiferentes. Sólo en cifras humanas, este poder supone 1300 millones de habitantes y unos 300 millones de consumidores, tantos como la población entera de los EEUU o de la UE. Es tal la dimensión del fenómeno que el propio gobierno chino reconocía hace ya unos años que podía haber 100 millones de chinos arriba o abajo del mejor censo, o sea, más de la población de dos Españas. Es comprensible que la admiración occidental sean indisimulable pues, aunque no entendamos nada de su cultura -esa mezcla inextricable de Confucio, Mao y ultracapitalismo-, ya se sabe lo que el tamaño importa entre nosotros.

        También, por cierto, en lo que atañe a las dimensiones de los estudios y los números astronómicos con que se mueven los nuevos artistas. El exorbitante crecimiento económico de China, el ansia de su población por adquirir productos que garanticen la rentabilidad de la inversión, el interés de los chinos por el mundo y la continua apertura ideológica del país, han propiciado el nacimiento de una generación de artistas que tienen poco que ver con lo bohemio. Conducen deportivos, se dejan ver en discotecas y lugares fashion de las grandes ciudades y alquilan estudios donde se podría jugar un partido de fútbol. Los hijos de la Revolución Cultural están realizando una revolución de sentido diametralmente opuesto a la de sus padres. Todo esto con la atenta mirada de los mayores que dirigen el régimen turbo-comunista, al mismo tiempo interesados y preocupados por el nuevo rumbo de las cosas.

        La explosión económica en China ha ido de la mano de una oleada acrítica de nuevos ricos ávidos de inversiones rentables. De alguna manera todos los artistas jóvenes gozan de unos precios incompatibles con Europa. Tal bonanza económica, al socaire de la apertura exterior china -el ataque a extranjeros está castigado con la pena de muerte-, ha llevado un ansia rápida de libertad a lienzos y moldes. Se acabaron los temas tabúes, pensamos, es hora de quitar mordazas. Aunque por ahora la pornografía esté prohibida, lo político ya no es un hueso duro de roer y el Partido Comunista puede ver cómo sus símbolos -incluso la efigie de Mao- ya aparecen en algunas sátiras. En el plano cultural se ha pasado directamente, en tres saltos, del arte tradicional de paisajes y caligrafía al arte propagandístico comunista y, un poco más tarde, a la abstracción y el arte contemporáneo.

        Sin embargo, bajo el entusiasmo de nuestra interpretación se debería impone la prudencia. Casi 30 años después de la muerte del Gran Timonel, seguimos sin poder juzgar a China con nuestros valores. Para empezar, a pesar de este último capitalismo ultraexpansivo, en la nueva superpotencia no ha desaparecido en absoluto un comunitarismo que impregna toda la vida social. Es difícil que el individualismo que es la base de nuestra cultura penetre algún día de forma masiva en una nación que ha sobrevivido gracias a lo comunitario. Casi nunca lejos del viaje turístico, sea en la Gran Muralla o en la Ciudad Prohibida, con frecuencia nosotros nos quedamos en la cáscara, cerca de la elite que nos imita, encerrados en la impostura que representan las capitales. Ni Viena es Austria, ni Beijing es China. Fuera del escaparate de las capitales espera una nación descomunal que es difícil de conocer bien incluso por la propia nomenclatura que dirige los cambios en la nación.

        Para empezar, porque ellos han cogido muy bien el hilo de nuestro reino del simulacro. En el afán consumista que encarnan las marcas comerciales, todo Extremo Oriente -también Japón, según Baudrillard- no deja de imitar nuestra lógica al desnudo, sin tapujos, en toda su elemental brutalidad. Tal vez esos lejanos países, por su potente cultura milenaria en la que el turista no entra, pueden imitar a la perfección el gesto occidental, permaneciendo por otra parte inmunes a nuestra doctrina de la separación. El capitalismo sólo en su potencia expansiva y cuantificadora, sin su espíritu aislativo, individualista: ¿no sería genial? ¿Es esto lo que tenemos en común la humanidad, la acumulación del capitalismo, su expansión multicolor, su proliferación de marcas y logos, su multiplicidad vacía? Acaso bajo el kistch aparente de estas neoculturas haya una relación con la tierra que les salve de nuestro aislamiento individualista, este puritanismo de la separación y la conexión.

        Como parte de esta corriente de fascinación, también por el interés de vivir y trabajar en otra tierra, los artistas Tony Squance (Evesham, 1964) y Sofía Uquillas (Bogotá, 1973) pasaron un mes realizando un trabajo artístico de cara a una exposición colectiva -junto con Iván Larra, Carmen Pastrana y Camila Pallmer- que se celebró en enero de 2008 en los estudios Nyarts, en las cercanías de Beijing. Uquillas instaló en las paredes del estudio un montaje irónico con la palabra POWER, que entiende todo el mundo, cubriendo a medida con tela de Gucci falso los carbones de baja calidad que se utilizan como combustible en las partes más pobres de la ciudad. La obra de Squance era aparentemente más "clásica" que la de su compañera, pero no por ello menos provocadora, pues se concentró en recrear sobre las paredes del estudio, en una superficie de 14 x 4'5 metros, el desolador páramo de árboles mutilados que rodeaba al estudio. Carboncillo en horizontal sobre las paredes, cientos de árboles en un escenario de guerra y tamaño descomunal del dibujo. Un poco al antiguo estilo chino, pero con la ironía feroz y el pesimismo típicamente europeo, muy alejado de la mayoría del arte nacional contemporáneo. Tiene gracia que un inglés afincado en España viaje a aquellas tierras para devolverles una versión "al carbón" de la multitud pekinesa, con un toque tétrico a lo Friedrich. Squance reunió una muchedumbre de sombras chinescas en el “día después” de un conflicto devastador. Para asombro de los dos artistas, esta conjunción agresiva de dibujo e instalación, de la que se retiró a propósito cualquier figura humana, tuvo un enorme éxito en la exposición final que se celebró en el estudio.

        El fondo de la obra eran con frecuencia paisajes arrasados, solares destartalados, obras incesantes y escombros cubiertas por estampas de paisajes idílicos. Y esa misteriosa población indiferente al remilgo occidental, a su pulcritud un poco racista, casi siempre sonrientes. Aquella es una tierra de contrastes perturbadores. Chabolas de latón frente a humildes y dignos hutong, estufas de carbón que te hacían llorar en los restaurantes normales, puestos callejeros de asadura junto a edificios fantásticos, chimeneas antiguas del maoísmo al lado de estudios postmodernos para artistas. En Beijing y sus alrededores, vieron las torres más altas perdiéndose en la niebla junto a barrios de polvo y miseria, viejos terrenos industriales o agrícolas convertidos en eriales, árboles torturados, tierra baldía, contaminación.

        Durante todo el viaje, el más pésimo gusto apareció coaligado con la mayor delicadeza. Por en medio, una población parecida a la que vemos aquí en sus locales comerciales. Metódica, paciente, servicial, trabajadora hasta el agotamiento, casi siempre risueña. Conquistarán el mundo, sin duda. ¿No les parece encantador? Igual que los niños nos imitan sin complejos, devolviéndonos la imagen descarada de nosotros mismos, los chinos -tal vez, como Japón, a salvo del espíritu del consumo por una cultura ancestral- cogen nuestros signos y los descontextualizan, desintegrando nuestra mitología en un "feísmo" que recuerda al de todos los pueblos en vías de desarrollo, fascinados por la opulencia. Un poco como aquella España no tan lejana de los años 60, o los resort ingleses que retrató Parr, pero ahora multiplicado por cien, por mil. China es realmente, lo será por mucho tiempo, otro mundo. Es normal que esta pareja de artistas, como casi todos los viajeros, traigan un recuerdo imborrable de aquella estancia.


Madrid, 26 de junio de 2008.



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