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cineel sex appeal de la tristeza (A single man, Tom Ford, 2009)
Madrid, 24 de abril de 2010.
Una superficie en sepia trenza jirones de música clásica para componer el decorado de una historia sin estridencias, ni siquiera los habituales escarceos sexuales. Siempre falta alguien, claro. Si tienes a tu padre, te falta una hermana. Si tienes a tu mujer, falta aquella otra que entreviste una noche tórrida de verano y que, al no atreverte a cruzar el umbral de la reserva, te dejó en este derrotero afelpado, una decadencia que no puede conocer fácilmente el fracaso. Pero A single man no es exactamente un drama de amor, ni siquiera de desamor. Más bien se trata del drama de vivir sin la voz de alguien que representaba el calor del otro, la posibilidad de compartir un mundo. No es bueno que el hombre esté solo, sobre todo si antes ha probado la dulzura de la compañía. La vida se encharca entonces en sueños de infancia y estampas de las últimas tardes con Él. La elegancia protestante de los trajes y los nudos de corbata sólo envuelve la desolación de alguien que ya no sabe cómo vivir, ni para qué.
Enganchado a la droga del pasado, George apenas hace pie en el presente. Desde luego, ya no puede ver el futuro. ¿Nunca hay que esperar nada, ni siquiera de la desesperación? No, George es un humanista, a pesar de su desesperanza. Por eso ni siquiera puede aventurarse con los atractivos desconocidos con los que se cruza. Si hubiera algo irreal en esta película sería la fidelidad que no deja a George vivir, ni siquiera con una medicación a todas luces abusiva. Todas las fuerzas sociales se conjurarían hoy para buscarle una alternativa.
Basada en la novela homónima de Christopher Ishenwood, Un hombre soltero es el primer largometraje de Tom Ford. Última novela de uno, primera película de otro: senderos cruzados. La iluminación, el ritmo, los detalles, las bromas leves, el tallado de los personajes, casuales o no, con los que se cruza el profesor protagonista. La breve clase que aparece en pantalla, la mezcla de monólogo interior y el discurrir de las cosas mundanas, la definición de la fotografía... todo es casi perfecto, incluso demasiado. Como recuerda el propio director, las peores películas están hechas con estos ingredientes. Lo que salva A single man es que tiene algo que contar, una historia que altera nuestras seguridades. Cuando la ficción captura la ambivalencia un poco angustiosa de vivir, siempre nos hace dudar.
La crisis de los misiles de Cuba en 1962 y la paranoia estadounidense con un ataque nuclear de los rusos pone un trasfondo eficaz al drama de George Falconer. Para él, y esto tiene poco de egoísmo, la guerra final se libra en sus entrañas. Ford consigue mostrar que no hay nada peor que la muerte lenta de un ser humano al que, después de haberlo probado, se le retira el amor. La contingencia de que este amor sea homosexual sólo acentúa el desamparo secreto que sigue a la pérdida. Pasión bruscamente segada por el mal incurable de una muerte que irrumpe sin culpables. El amor es el mal, diría Sokurov. Y aquí el mal tenía un listón muy alto, dado que la relación entre Jim y George era casi perfecta: acomodados, discretos, amables, fieles, serios. Buena gente que cree en la humanidad, ama la literatura y los animales. Mientras esta fortuna discurre, basta un poco de nieve helada en la carretera para provocar la tragedia y empozar la vida del que se queda, atónito entre los vivos.
Condenada por esta razón a la minoría, A single man trata de una violencia “sin género”, sin víctimas que no sean a la vez verdugos. Sin paso al acto, sin efectos especiales ni armas. La única que aparece en escena, un venerable revólver heredado, jamás llegará a usarse, a pesar de los tragicómicos intentos del protagonista por suicidarse. Aún así, Un hombre soltero no es precisamente anodina. La diferencia abismal frente a otros productos estelares es que aquí el mal no está enfrente, de manera que nadie se puede reconciliar con su fantasma, como diría un lacaniano. El infortunio, sencillamente, se cuela poco a poco a través del bien, en medio de lo que se podría llamar felicidad. Se filtra a través de los ojos vidriosos del amante muerto que una y otra vez retorna, de noche y en las grietas del día. Tal vez porque no ha sido enterrado ni ha tenido su duelo, pues la familia de Jim, con un conservadurismo habitual, ha prohibido a George asistir a los funerales.
El director recuerda que los detalles de la sexualidad son secundarios. No sólo el compañero sentimental desaparecido podría ser una esposa o una hermana, sino que Ford no se regodea en ningún momento en detalles escabrosos. Todo es sabiamente no espectacular en un Los Ángeles de elite. Mérito doblemente apreciable cuando el director viene del campo de la moda y A single man es su primera experiencia cinematográfica. George no tiene nada de lascivo. Al contrario, es de una sobriedad tal que sus pocos actos son de una pulcritud renacentista. Tanto es así, que cuesta no sacar al marxista que llevamos dentro y dudar un poco de este escenario tan perfecto, donde apenas se eleva la voz. Pero como ya está Žižek para perversionarlo todo, y uno al fin y al cabo admira a más a Rusia que a Eslovenia, se pueden dejar así las cosas.
Espiritualidad refinada entre anglos, en la California de los sesenta y con gente culta. No es fácil abandonar la tentación de ejercer al menos de semiólogo ante esta precisa metafísica sobre la soledad, el amor, la pérdida. En el fondo, se agradece que se intente mostrar cómo puede ser en "América" el drama de vivir cuando lo sociológico -sueldo, casa, nivel de vida, éxito social- va más que bien, sin ningún monstruo en las cercanías. Tiene gracia que una filosofía así, tan bien trabada, se estructure en el primer largometraje de alguien que no sólo proviene del mundo de la moda, sino que ha cosechado éxitos con Gucci e Yves Saint Laurent. En cierto modo, de ahí proviene el "marxismo" latente que puede provocar esta impecable puesta en escena. Por su acabado minucioso, Un hombre soltero tiene algo del minimalismo de un buen anuncio largo. Sólo que en este caso no se anuncia más que la tristeza, una dificultad de vivir en el mejor de los mundos posibles. La crítica izquierdista, pues, enseguida se inhibe.
Seguimos entonces con el glamour de los sesenta californianos, envueltos por la voz de un Kennedy que amenaza con armas nucleares cerca. ¡Qué poco han cambiado los tiempos! Pero George tiene ideas propias -así le va: "Lo que hace a una minoría -dice poco más o menos, hablando de Huxley-, sean homosexuales, judíos o rubias, es el miedo de los otros a lo desconocido. No se dejen chantajear por el miedo". En medio de la guerra fría, sigue pues el amor más tibio. Ford tiene el buen gusto de nos mostrarnos el paroxismo de la pasión, sino solamente la camaradería de dos seres humanos que se aman y comparten una vida y una casa, viajes, lecturas, cervezas y un humor bastante británico. Dos soledades paralelas que se rinden homenaje, diría Rilke. Asombra un poco que el público no se aburra en estos tiempos de efectos especiales. Se ve que algo, del orden de lo traumático y analógico -¿análogo a un vértigo real que pervive tras las tecnologías sociales?-, sigue actuando, en la sombra de nuestras vidas reguladas.
Curiosamente, la sexualidad parece en estos hombres solteros -George, Jim, Kenny, incluso el fugaz Carlos- como un medio para acercarse a una ascética de sí, un "conocerse a sí mismo" que, al menos en George, tiene el horizonte límite de conquistar una muerte propia. La soltería de los cuatro, por así decirlo, funda comunidad. No es que intentemos inyectar en la película elementos externos -que tampoco sería tan grave, habida cuenta que no se trata de presentarla-, sino que creemos estar ante una narración donde la exterioridad bate. Esto incluso puede pasar en una historia que se desarrolle en una sola habitación con tres personajes, como en American buffalo.
Ya no podemos hablar más del "impecable trabajo de los actores", por supuesto, aunque aquí vuelva la tentación. Como el nihilismo industrial del Norte ha vaciado al hombre, éste -en el cine, en el teatro, en la vida social y empresarial de las naciones punteras- se puede rellenar de lo que quiera. En el Sur aún tenemos demasiado que perder. Aparte de George (Colin Firth) y Charley (Julianne Moore), hay un chico que podría dejarnos huella. Si no se estropea por un probable éxito -¿cuando tardará en ficharlo Woody Allen, oportunista profesional desde hace años?- durante un tiempo recordaremos el aire imperfecto, entre azorado y burlón -un poco como el hijo salvaje de Frozen river, ¿recuerdan?- del joven estudiante Kenny, interpretado por el desconocido Nicholas Hoult. Para empezar, esa escena en la hierba de él y su amiga platino, con un aire silvestre a lo B.B., tumbados mientas fuman y siguen el travelling de la gente que cruza. Esa mirada suspendida sobre el atractivo profesor cincuentón, esa espiritualidad anómala de Kenny -a medias ángel existencial, a medias drogota de barrio- le hace un poco inolvidable. Y además, a su favor, no está claro si Kenny está intentando a través de la amistad con George "aceptar su orientación sexual" -frase manida donde las haya, como si el sexo nos orientase- o más bien aceptar y darle forma a su desorientación vital.
Y después Charley, rubia alocada llegada de Londres. Ya han pasado sus años dorados. Tras mil aventuras, tras su fracaso matrimonial y materno, también a ella le cuesta tener futuro... y un presente que no esté filtrado por la ginebra. El hombre con quien querría rehacer su vida, George, es adorable como amigo, pero "maricón". Charley está ciertamente en la encrucijada, como George Falconer y Kenny, como todos nosotros. A single man se hace entrañable, y un poco sobrecogedora, porque muestra todo esto con dulzura. Incluso con sentido del humor y arrastrándonos suavemente a la tristeza.
El atractivo de George, además de su solitaria elegancia -impecables gafas, corte de pelo y corbatas-, reside también en la distante flema con la que trata a su entorno, como si su vida se jugase en otra parte. Desde que murió su compañero sentimental, así es: su desánimo sobrevive en un continuo flashback y encarando cada día como una prueba de actor. La pendiente suave de la depresión sigue hasta la aparición de Kenny, quien nos recuerda la llegada turbadora de aquel joven semidiós que irrumpe en Teorema, alterando las reglas de un mundo burgués. Cuando este alumno, que siempre miró a su profesor con curiosidad, se apiada de él y decide acompañarle, incluso cuidar sus tentaciones secretas, lo hace sin ninguna malicia. Y nada hay más afrodisíaco que la inocencia.
A single man recuerda a aquella rara Hijos de un dios menor en las lentas y atemporales escenas de agua, con George flotando entre reflejos verdes y silencio. ¿Metáfora de la letal ingravidez en la que está suspendida su vida? En George, y esto es lo que imanta a Kenny, es la decepción anímica, sin salvación sexual posible, la que guía el "éxito" de la orientación social. El punto de vista de Ford no es precisamente muy marxista, y ahora nos alegramos: es la conciencia del hombre la que explica su contexto, no a la inversa. Igual que en otros momentos cruciales, aquí Kant o Freud tienen razón frente a Marx.
Honesto, fiel al espectro de un muerto que no ha podido enterrar, George intenta desanimar al joven y atractivo estudiante que le admira y quiere acompañarle. Después de una complicada conversación sobre el sentido del tiempo, dice George: "El único futuro es la muerte". Yes, sir, responde Kenny, en un tiempo en que los estudiantes hablaban así. Con su belleza anómala, Kenny sigue: "Estamos solos, cada uno encerrado en su cuerpo". Pero la energía de Kenny les lleva al agua, a un juvenil baño nocturno. La ironía de las cosas -Dios escribe curvo con renglones curvos- decide que en sus últimas horas George se asome a lo que podría ser una vida sin Jim. Cuando finalmente decide no matarse llega la muerte natural a hacerle el favor de coronar una noche reconciliada por fin con el día1.
Un hombre soltero es incluso lenta. Y sin embargo, el público no sabía cómo irse al final, como si necesitase unos minutos antes de levantarse y entrar en el comentario ininterrumpido de la calle. No está mal, para los tiempos que corren.
1. Dios, se dice, escribe recto con renglones torcidos, a través del rodeo de los mil detalles diarios, las contingencias aparentemente absurdas, los accidentes ajenos a toda causalidad, a cualquier plan. Así, fundido con la vibración de cada contingencia, Dios siempre ha tendido a hacerse "invisible", inaudible, inexistente -Dios es la inexistencia como tal, decía un benedictino heterodoxo. De ahí también la afirmación de Lacan y Deleuze, sin saber uno del otro, invirtiendo el emblema de Dostoievsky: "Si Dios existe, todo está permitido". ¿Es entonces nuestra falta de fe en el ser de la contingencia, en el sentido del materialismo diario, lo que hace tremendamente consolador a nuestro nihilismo, lo que hace inexistente a Dios? Frente a este nihilismo George, sin que tal debate se manifieste en Un hombre soltero, es un creyente laico, pues se pasa su último día tejiendo y destejiendo, escuchando el sentido de las contingencias, buscando pruebas de la existencia. Su fidelidad al amor pasado, su coherencia procede de esa especie de fe, lo que le hace adorable para algunos (Kenny, Charley) y esotérico para la mayoría, incluidos los vecinos de enfrente. Por eso cree, hasta conocer a Kenny, que debe morir. Al final, como en American beauty, es otro accidente mortal el que le sale al encuentro. ¿Dios es pues que no haya "nada" después de la muerte? O sea, ¿es ese silencio, esa naturalidad no épica de la muerte, indicando que la nada es antes de la muerte, que está dentro de la vida? Tal vez el público, después de este largometraje tan laico y tan religioso, calla al final también por esa posibilidad.