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cinesicko, (Sicko, Michael Moore, 2007)
Ignacio Castro Rey, Madrid, 18 de mayo de 2009
Existencialmente, el argumento podría ser: ¿Cómo llora la gente, cómo es la gente al sufrir, sin máscaras? Pero no, el tema es más político. Amas de casa humildes y funcionarios desesperados. Todos ellos unidos por una especie antigua de dolor, el de la humillación. También por una especie antigua de brillo, el de la conciencia moral. Y una entereza, hasta cierta ironía en la desgracia. ¿Es esto poco en un tiempo cuajado de víctimas impotentes, de noticias de impacto y estrellas?
Aprovechando la falta de conocimiento del público, el cambio de ambiente de la era Obama y el fin de algunas restricciones del equipo de Bush, se presenta en España "la última película de Michael Moore". En realidad, se trata de una cinta dos años anterior a Slacker uprising, un trabajo de 2008 sobre la juventud norteamericana que no vota. Documental largo y explosivo sobre el estado de la sanidad pública en EEUU, Sicko había sido prohibida con la disculpa de que infringía las restricciones legales a los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba. Toda la cinta es bastante indigesta para cualquier administración estadounidense, demócrata o republicana, pero lo peor es que termina con el tratamiento médico de un grupo de norteamericanos, afectados por el polvo de las Torres Gemelas en los trabajos de ayuda, que han de acudir a Cuba porque su propio gobierno les abandona. Se comprende que la administración Bush hiciese todo lo posible para retirar de la circulación esta entrega del ya odiado Moore. Y tengamos en cuenta que, a diferencia de la "antiautoritaria" España, una prohibición gubernamental supone en los obedientes EEUU la desaparición virtual del objeto en cuestión.
Así pues, con tres años de retraso, por fin nos podemos enterar de qué manera el autor de la inolvidable Bowling for Columbine volvía a la carga. Si allí Moore, en un documental que fue premiado por Hollywood al comienzo de la invasión de Irak -el mismo día en que el público demócrata le abuchea por su soflama en contra de la última "guerra justa"-, se ocupaba del uso criminal de las armas en EEUU y la "cultura del miedo" que propagan los medios, ahora se ocupa de una cuestión no menos chirriante. Sicko aborda el negocio obsceno de los seguros privados -Cigna, Kaiser, Humana, Blue Cross- y el consiguiente abuso, la desprotección médica que sufren millones de ciudadanos. Si el establishment demócrata premió aquel soberbio trabajo con un Oscar, Moore se había ganado con éste prácticamente la clandestinidad. Aprovechando un viaje "ilegal" a Cuba, la administración estadounidense vetó la distribución comercial de Sicko. Aunque el film circuló en circuitos alternativos, parecía condenado a la marginalidad. Una vez más, ocupada en ser solidaria con su sagrada ideología, la "izquierda" no hizo mucho -que sepamos- en sacar a este documental del arroyo. Hasta el punto de que hoy el noventa por ciento del público progresista español no sabe que está viendo un trabajo prohibido hace cuatro años. Delicias de la alternancia.
Tiene gracia además, porque buena parte de nuestros personajes éticos habituales aparecen en esta cinta hasta ayer ilegal. Para empezar, un cierto kantismo donde el por deber del imperativo moral de Moore, mostrando a los que sufren bajo el "sueño americano", nunca coincide con el conforme al deber, la conformidad de unos políticos y unas leyes que casi siempre prefieren mirar hacia otro lado, el de lo políticamente rentable. Jugando con este casi, Moore apuesta mucho. Diríamos que lo mejor de la cultura norteamericana se juega ahí, en la generosidad de apostar porque no todo esté perdido. Quiero creer que, sobre las rancias jerarquías europeas, lo mejor de la tradición americana -sea en Venezuela, en Argentina o en EEUU- comienza por la voluntad democrática de que la cosa pública sea de cualquier ciudadano que tome la palabra y se haga oír. ¿El american dream, tantas veces repetido en esa leyenda de gestas solitarias, no es también éste? Un hombre solo -"Anoche tuve un sueño"- que cambia la inercia de la mayoría. A veces parece que en Europa no tenemos ni siquiera esto.
Que conste que Moore se asombra en Sicko de cosas que aquí consideramos normales: que una costosa operación no le cueste nada a quien no tiene recursos; que la empresa te pague vacaciones, luna de miel y servicio de guardería; que el Estado se haga cargo de tu provisional invalidez... Pero esa ingenua admiración suya, tan yanqui, tiene la virtud de recordarnos la brutalidad norteamericana y la fragilidad de nuestro propio bienestar. Suscita además una inquietante pregunta: ¿Cuánto nos durará esta generosidad estatal europea? Al fin y al cabo, el avance de lo que se llama privatización, por vía conservadora o socialdemócrata, parece imparable. Incluso lo vemos en la actual "crisis", donde el Estado parece con frecuencia desaparecido. Cuando aparece, no siempre es para bien. De hecho, hace tiempo que nos cobran por aparcar en nuestra propia calle, por no hablar del deterioro de la enseñanza y la sanidad públicas en Europa.
Por lo pronto, nada visible de los EEUU queda en buen lugar en esta cinta, ni las poderosas compañías de seguros médicos, ni las ganancias desorbitadas de los políticos que se pasan al campo del negocio farmacéutico. Ni Bush, ni Reagan, ni Nixon... ni siquiera la intocable Hillary Clinton, siempre luchando por su futuro político y su capital de votos. Es de suponer que, como ocurre tantas veces, demócratas y republicanos, progresistas y conservadores, se hayan unido para impedir que esa otra nación -tal vez la misma, pobre y maltratada, que entrevimos en los días posteriores al huracán Katrina- aflore tras la radiante bandera de barras y estrellas. Bajo ella, piadosa y despiadada a la vez, esta conmovedora incursión humanista de Moore en el envés de la opulencia americana parece querer decir que los "daños colaterales" de la primera potencia mundial no están primeramente en Irak o en Afganistán, sino entre ellos mismos. Y no en cien casos aislados, sino en cuarenta y cinco millones de estadounidenses abandonados, según calcula el realizador. Tal vez esto era demasiado para la conciencia media de la nación que, ignorando a Colombia y a México sin ningún complejo, se llama a sí misma "América".
¿Es simplemente un "radical" Michael Moore? Tal vez no. Quizá sólo se trata de alguien que quisiera conservar algo de humanidad y se indigna de que el mundo en el que vive sea tan "radical". En esta entrega, aunque no le falte sentido del humor, aparece como un humanista desesperado por un capitalismo salvaje que "maximiza las ganancias" a cualquier precio, incluso el de dejar morir a la gente, el de tirar literalmente a los enfermos pobres a la calle. Por lo que vimos, parece que Moore se contentaría, en el plano médico, con un sistema con rostro humano como el de Canadá, Inglaterra, Francia o Cuba, importándole muy poco los calificativos de "socialista" o "capitalista".
Si Sicko no ha sido recortada, el fundamentalismo democrático se volverá a escandalizar, probablemente: "¿Cómo se puede mezclar a países respetables como Canadá, Inglaterra o Francia, con Cuba?". Pues sí, el dictado del lucro en "la mayor democracia del mundo" es de tal calibre que también Cuba, con sus innegables defectos, puede resultar humana. Que le pregunten si no a los diez voluntarios de la zona cero del atentado de las Torres, rechazados por el sistema médico estadounidense y atendidos finalmente en Cuba, después de que también la base de Guantánamo hiciese oídos sordos a sus llamadas de auxilio.
El compromiso social de Moore, quizás como el Ken Loach en el Reino Unido o el de José Bové en Francia -¿cuál sería el ejemplo español?-, levantó sin embargo ampollas, esquirlas de estupor. Y esto porque Moore, básicamente, comienza por ser solidario con el dolor de la gente sin nombre, no con la sagrada ideología que en general nos reconforta, ese ser de izquierdas "de toda la vida" que suele mantener a los intelectuales en la poltrona. En nombre de las personas anónimas que sufren, Moore pasa por encima de las habituales divisiones ideológicas. Grande y torpe, tiene la virtud anómala de crear confianza, de hacer hablar al prójimo. Ante su oronda y aniñada figura, radicales de izquierda, pijos, gente neutra y conservadores de toda la vida hablan con una sinceridad que con frecuencia reservamos para las tres de la madrugada, cuando los pocos testigos que quedan son de mucha confianza. Fuera de esa franja horaria, nuestros tormentos diarios, no espectaculares, provocan incomodidad al ser mostrados en estado crudo.
Uno de los recursos favoritos de Moore, un recurso que nunca falla en este mundo espectacular, es descender al nombre propio de los don nadie, mostrar cómo vive y sufre cualquiera, sea el viejecito Frank o la ejecutiva médica Linda Peeno. Causan estupor las mil excusas que las compañías de seguros se inventan para no pagar: Too thin, Too fat, Too young. Y sobre todo esa inolvidable "enfermedad preexistente de la persona prudente". Algunos progresistas postmodernos se quejan de que Moore se repita, de que aburra con "más de lo mismo". ¿Qué quieren que haga si la barbarie de nuestra normalidad se repite? ¿Qué puede intentar, más que el programa Mira quién muere, si ya la pantalla total de la diversión obligatoria está cubierta hasta la suciedad?
La operación política de Moore comienza por ponerle nombre y rostro a la gente que sufre y que nos convendría considerar "anónima". This is Adam. This is Doug Noe... Y su hija Anette de cinco años, que necesita ser operada de ambos oídos. O el inolvidable y estoico Frank, recogiendo basura en un supermercado para disponer de medicinas gratis en su achacosa vejez. O Bob y Estella, los parientes mayores de Moore en Canadá. Mientras los líderes globales sobrevuelan el planeta de cumbre en cumbre, cada pueblo vive su propio abismo. En general, en el fondo borroso de las fotos o sin salir en ellas. El método de Sicko es sencillo y genial: mostrar qué ocurre cuando ninguna cámara está allí. A contrapelo del dictado informativo -estar en el espectacular lugar adecuado, en el estrépito del momento justo- Moore juega a poner la cámara en cualquier sitio donde sus compatriotas sufran. Ponerla para darle nombre al sufrimiento que con frecuencia, cuando aparece, se difumina en un mar de cifras. Así, durante unos instantes, mientras Julie Pierce solloza al hablar de cómo murió su marido Tracy, abandonado igual que un perro, sentimos emoción, vergüenza y también cierta perplejidad. ¿Realmente, el mundo puede ser así? Es más, ¿tenemos algo que ver con esta infamia?
Moore nos regala, en resumen, un magnífico ejercicio de cómo se puede ser moderno sin ser idiota. Nos recuerda la voluntad socrática de descender a la ignorancia, a la nuestra, para hablar con las sombras del lugar, de un daimon del alma que ya lo ha visto todo, pero que apenas "recuerda". Sicko resucita la vieja potencia del diálogo, de la cura a través de la palabra, para que surja lo que estaba latente. En cada hombre está todo, pero como dormido. Basta que un "maestro", con una mezcla de ironía y mayéutica, intervenga en esa alma para que haga despertar un volcán de tormentos y sueños. Es normal que todos nos sintamos un poco incómodos al ver cómo llora gente que no es guapa, ni rica, ni famosa. Gente como Larry y Donna Smith, como Laura Burham, arruinados por las facturas médicas. "¿Por qué a mí, si soy una buena persona?", dice Tracy desesperado en el cuarto de baño, sabiendo que va a morir por abandono legal. Su mujer tiene desgraciadamente una explicación sencilla: porque no es nadie y además es negro. "Me gustaría crearles cargo de conciencia -dice-, pero no creo que lo consiga, no creo que lleguen a tenerlo".
Afortunadamente para nuestras esperanzas, Moore encuentra a algunos que, sin ser marginales, sí tienen conciencia. Escuchamos entonces la confesión de Lee Einer o de Linda Peeno, contando cómo medraron profesionalmente al engrosar las arcas de la empresa con la lista de rechazados. Del cínico abogado de Blue Shied, que cede el sello de su firma para los casos denegados, a la agente médica Becky Malke, que llora al contar cómo es antipática por teléfono para no saber nada de la gente que ha de arrojar a la calle, la lista de testigos de cargo corta un poco la respiración. También en dos momentos más. El de la pequeña Mychelle, muerta a los pies de su madre por un ataque cardíaco provocado por las convulsiones de una fiebre que el hospital Martin Luther King se niega a atender. Después, de una manera paralela a la entrevista a Marilyn Manson en Bowling for Columbine, cuando Tony Benn, un encantador veterano del Parlamento británico, explica cómo el poder prefiere a un pueblo endeudado, desesperado y amedrentado, para que obedezca y se limite a esperar tiempos mejores. Siguiendo ese hilo argumental, Moore resume la lógica del sistema en un emblema irónico: "Venzamos a los terroristas de allí para que no tengamos que ocuparnos de los terroristas de aquí". No, el autor de Sicko no se pone, no nos pone las cosas fáciles. ¿Habrá visionado el radiante Obama esta historia? ¿A solas y con lágrimas en los ojos? ¿Protegido por una nube de asesores que le filtra los temas estrella?
Igual que Bowling for Columbine, Sicko maneja muy bien los silencios, los cambios de tono, la cadencia de la imagen entreverada con la palabra. Es posible que la cinta sea un poco larga, que decaiga en su ritmo aquí o allí. Pero, en conjunto, el documental es otra vez impagable, un bendito ejercicio mental que nos vuelve a ahorrar la visita al gimnasio y al reality show. Como dice un estadounidense que ya no nos gusta, Moore pone el gimnasio en nuestra repentina zozobra. Si Conrad pudo decir Vivimos como soñamos, solos, es posible que Moore trabaje para que, en algún sentido, esto no sea completamente cierto.