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cinetambién la lluvia, (También la lluvia, Iciar Bollaín, 2011)
Ignacio Castro Rey. Madrid, 26 de febrero de 2011
Sebastián y Costa emprenden una película sobre las gestas de Cristóbal Colón. Mientras que Sebastián, el director, pretende desmitificar al personaje presentándolo como un hombre ambicioso y sin escrúpulos, a Costa, el productor, sólo le importa ajustar la película al presupuesto del que disponen. Precisamente elige Bolivia por ser uno de los países más baratos y con mayor población indígena de Hispanoamérica. La película se rueda en Cochabamba, donde la privatización del agua por una multinacional siembra entre la población el malestar que hará estallar la famosa “guerra del agua” en abril del año 2000. Quinientos años después del descubrimiento de América, palos y piedras se enfrentan de nuevo al acero y la pólvora de un ejército moderno. Pero esta vez no se lucha por el oro, sino por el más imprescindible de los elementos vitales.
Con dinero wasp, Costa (Luis Tosar) y Sebastián (Gael García), respectivamente productor y realizador, viajan a Bolivia a rodar una película sobre las dos caras de la conquista española. A ellos se suman Alberto (Carlos Santos: Bartolomé de las Casas), Daniel (Carlos Aduviri: el líder indígena Hatuey), Juan (Raúl Arévalo: Antonio de Montesinos) y Antón (Karra Elejalde: Cristóbal Colón). También viaja con ellos una adorable mujer, María (Cassandra Ciangherotti), ayudante de producción y de la cual es difícil no prendarse debido a su mezcla de dulzura y carácter. Sólo al final, cuando llora y besa al compañero que abandona, se muestra plenamente en escena. Pero antes ya nos cautivó su estar a medias, su nadar entre aguas, cámara en ristre. Nada hay más afrodisíaco que la inocencia.
Así pues, También la lluvia es una incursión en la historia de España, en sus brutalidades y sus ambivalencias… prolongadas, por cierto, en la barbarie de la casta criolla que se rebeló contra la metrópoli. Ni Cristóbal Colón, encarnado por un magnífico Karra Elejalde, deja de parecer humano, ni Bartolomé de las casas o Antonio de Montesinos dejan de tener sus zonas de sombra. La huida del maniqueísmo es una constante de Iciar Bollaín, aquella mujer que ya amamos de niña en el inolvidable pasodoble que baila con su padre en El Sur, de Víctor Erice. Entrega a entrega, Bollaín persigue la incomodidad de la ambivalencia moral, la huida de un veredicto policial en los conflictos. Cosa que ya le ocasionó disgustos en Te doy mis ojos, acusada entonces por alguna feminista de ser demasiado comprensiva con el varón que ejerce la “violencia de género”.
Antes y después que los otros protagonistas humanos, el agua es también actor principal: lo común a los cuerpos que se mueven y se intercambian. También lo es la lluvia, de agua y de hombres, como ejemplo del acontecimiento sin guión. Al final, el equipo español, que va a rodar una película a la selva de Cochabamba, ve cómo son rodados por sucesos para los que no están preparados. Posiblemente al margen de la intención de Bollaín y Laverty, el guionista, También la lluvia no deja de ser una metáfora de la distancia simbólica que hoy separa a España de sus excolonias… Error que, por cierto, no parece haber cometido Inglaterra. Cuando éramos Imperio, sin duda causábamos víctimas. Ahora chapoteamos en este talante consensual donde las víctimas son casi siempre a plazos y por omisión. Los parados, los inmigrantes suramericanos y los saharauis tendrían algo que decir al respecto. También nosotros mismos, que tartamudeamos a diario. De igual manera, todos en la cinta de Bollaín terminan rotos al final. Sólo dos siluetas primarias, Daniel y Antón permanecen de pie tras el aguacero de hombres enfrentados.
“Usted no lo entiende -dice el nativo Daniel a Sebastián-, sin agua no hay vida”. Pero los visitantes españoles, todos ellos profesionales acostumbrados al bienestar europeo, no acaban de saber por qué aquella gente, que apenas habla español, lucha hasta la muerte mientras ellos les ofrecen trabajo y un proyecto “apasionante” de aparecer en pantalla. El tema central de Bollaín es en este caso, pues, las cien caras sutiles del racismo. Sólo después el agua puede participar de una trama donde la metamorfosis real de los personajes y las situaciones, fuera de las previsiones del casting, es constante. Que Bollaín nos entregue tres películas en una (la que los protagonistas están filmando sobre la conquista española, la que se “rueda” contra el monopolio del agua tras los decorados, y la que se resume en el título También la lluvia) no hace más que multiplicar las facetas de los personajes y las situaciones, como en una matrioska rusa. A la ambivalencia moral se suma la multiplicidad escénica. Aunque lo peor es que el mensaje final dista de la manida “complejidad” y resulta inquietantemente rotundo.
También la lluvia mezcla intimismo y épica, sensibilidad masculina y coraje femenino, como ya entrevimos en otros productos de la misma firma. Uno de los temas en la mesa es, sin duda, las miserias del progresismo medio. Probablemente ni Bartolomé de las Casas era tanto ni, menos aún, los que hoy le toman por modelo. Todos ellos flaquean cuando la solidaridad con las víctimas, que dicen defender, ha de posarse en unos sucesos que, ante los ojos, exigen sacrificios y amenazan la sacrosanta seguridad europea, sus flamantes proyectos.
¿Por qué bebes tanto?, le pregunta a Antón el productor Costa, un poco preocupado ante la serie de vasos de whisky devorados. Muy serio, con un tono abrumado, él desgrana en segundos interminables: “Es que… es que… es que tengo mucha sed”. El mismo “heroísmo”, la misma cabalgada irónica en las situaciones mantiene el personaje de Karra Elejalde. Como cuando les ofrece su refresco a los detenidos en los camiones, mientras todo el proyecto cinematográfico se derrumba y pasa a primer plan la violencia real, de la que sus compañeros huyen en desbandada.
También Daniel se hace inolvidable en la triple película que se está rodando. Este boliviano de rostro abigarrado y mirada pétrea, cargada de sueños y rabia, que ama a los suyos y cuida a su hija como a una princesa, deja que la pequeña participe en la película que cada día odia más. “¿Qué vas a hacer?”, le pregunta al final Costa, humanizado por el fracaso. “Sobrevivir. Sobrevivir es lo que mejor nos sale”. Cuando Costa le enseña una foto de él dirigiendo un momento de la rebelión popular, Daniel sólo comenta: ¡”Nos sale tan caro ser noticia!”.
A diferencia de la cultura media española, Bollaín navega muy bien lejos del maniqueísmo. Todos sus personajes (excepto Antón, Daniel y los suyos) son un poco miserables, aunque también se hagan querer. El más íntegro es este indígena enigmático y temible que probablemente ninguno de nosotros, hijos de Marx y de Freud, contrataríamos para limpiar el jardín. Una vez más, Iciar Bollaín fustiga nuestra hipocresía dinámica, este cómodo progresismo que nos protege, y se adelanta en la selva de las metamorfosis. Cada uno de sus personajes, excepto esos dos elegidos, han de pasar la vergüenza de verse en el papel de negreros en la nueva situación que se abre.
Al final, como saben, nuestra bendita Academia premió como mejor película a Pa negre, que seguro que no carece de valores, pero se beneficia probablemente de la eficacia del equipo catalán en el sistema de votos y también, por qué no decirlo, de la rentabilidad de la “cultura de la queja” en esta España que, para no emprender nada nuevo, se encharca en una sectaria y tediosa revisión de las desgracias de la guerra civil y la postguerra.