complicidades

En qué sentido vale la pena tener enemigos
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Entrevista a Erri de Luca
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manual para vivir con la derrota
“L. Cohen: Un manual para vivir con la derrota”

La compañía discográfica en pleno y una docena de periodistas esperan al maestro canadiense en la sala dorada de un hotel de lujo de París para escuchar con él su último disco, Old ideas. En una pantalla de plasma se ve la portada, una foto suya sentado en el jardín de su casa, vestido como los Blues Brothers. Cuando Leonard Cohen traspasa el umbral, suena una ovación. El músico, de 77 años, va tocado con su sombrero, de ala más corta que su nariz. Se lo quita y se inclina para saludar. Debe de pesar 55 kilos. Con su vozarrón grave, dice: "Gracias por venir, algunos desde tan lejos. No voy a miraros mientras escucháis para no controlar vuestras caras de aprobación o rechazo. Luego hablamos". Se sienta y cierra los ojos. Pasará así los siguientes 40 minutos, sin mover ni un centímetro del largo cuello. El disco, mejor decirlo ya, es un monumento dividido en diez tomas que probablemente entrará en la historia del blues más exquisito.

La primera canción dice Leonard, lazy bastard (vago cabrón), Cohen recita, casi susurra, muy despacio y a caballo de un coro casi gospel femenino y de un piano que transporta a un viejo club de blues. El texto es fabuloso. Habla de amor, tragos, dolor, depresión, sacrificios, regresos a casa, recuperación: "Un manual para vivir con la derrota", dice. Ironía, sarcasmo, flagelación. Y vida recobrada.

El segundo tema tiene cierto aire de corrido y country. Más canción que recitado. Sobre melancólicos violines mexicanos y hay un solo de trompeta final escalofriante, el tempo y el quejido remiten a la hondura de Tom Waits y Rancapino. "Tell me what you want me then, hey man". "¡Dímelo otra vez cuando los restos del carnicero se hayan limpiado en la sangre de la tierra!". La emoción dura siete minutos, y de ella se pasa a estos escalofriantes versos: "Enséñame el lugar al que quieres que vaya tu esclavo, enséñame el sitio donde empezó el sufrimiento". Entre efluvios dylanescos (de Bob Dylan y de Dylan Thomas), Cohen afirma en otra de las canciones: "No tengo futuro, el pasado durará pero la maldita oscuridad también".

Hay banjos, baterías de aire jazzy, platillos, recitados eróticos, guitarras españolas y ternura de cazalla y de coñac. El órgano Hammond preside la despedida. "Tú quieres cambiar la forma en que hacemos el amor, yo prefiero dejarlo como está". Es el tema loco del disco, Cohen parece a punto de arrancarse a una marcha desenfrenada, pero al final se contiene, como siempre.

Acaba la escucha de las diez sublimes piezas y suena otra ovación. Más fuerte que la primera, da paso a las preguntas. Un periodista de Radio France charla con el genio, y Cohen dice que él es su "juez más severo", pero que está "contento de que nadie se haya ido en mitad de la audición". Como Woody Allen, cuenta que se siente espléndidamente en Francia y en Europa: "Aquí la tradición de mi música se entiende desde hace generaciones, no tengo nada que explicar. Con el público de Estados Unidos tengo una sensación menos familiar que en Europa".

La siguiente, inevitable, es sobre el retiro, sobre su afición semirreligiosa a vivir alejado del mundo, en un monasterio rodeado de hielo. Su representante contará luego que el viaje a Europa ha estado a punto de cancelarse porque Cohen salió a subir montañas heladas y se cayó, por suerte, sin romperse nada. El hombre cree que que Cohen saldrá de gira este año. Pero, ¿podrá aguantarla?, le pregunto. "Tenemos miedo por la banda no por él. Es un toro".

"Me gusta poco lidiar con las urgencias de la vida real", dice él. "Sé muy bien que la edad tiene mucho que ver con mi actual libertad, y también sé que a medida que te haces viejo se van muriendo las neuronas de la ansiedad. Mi retiro, y mi maestro, no tienen nada que ver con la religión, sino con el estado de la naturaleza de las cosas, con la relación que mantienen los objetos y los sujetos. No hay dogma, ni rezos, se basa en análisis personales. Es más bien científico. Quizá el bienestar depende de la disciplina. Aunque creo que depende más del estado de las neuronas de la ansiedad".

¿Y a su edad, todavía aprende cosas? "Uno nunca se libera de su propia estupidez", responde con un deje de sátira. "Nuestra incompetencia siempre nos da nuevas oportunidades para humillarnos, y esa realidad nunca es mala para el intenso y doloroso proceso de autocrítica".

Surge el tabú: la depresión. Cohen lo lidia con arte: "Es una cosa seria, no es lo mismo que tener una mala cita con una chica. Mi pasado ha estado marcado por una depresión clínica muy larga. No alcanzas el placer, todas tus estrategias se derrumban. Ahora estoy muy agradecido a mis maestros y a la suerte por tener solo una depresión en pequeñas dosis. Parece que aquella ya no vuelve con la ferocidad que marcó gran parte de mi vida. Aparentemente, se fue. Espero que no vuelva más".

Luego, una periodista israelí pregunta por su reciente concierto benéfico y por la paz, en el que hubo 55.000 personas. Cohen, poco militante, aclara que lo hizo para explicar que la música es "una de las pocas cosas que permite comunicarse entre palestinos e israelíes, y aunque no hay esperanza de llegar a una solución está bien hacer algo así de vez en cuando". Sobre el título del disco, confiesa no tener mucha idea de dónde viene, aunque apunta: "Había un par de temas viejos y todavía hay muchas cosas inacabadas en el cajón que seguramente haremos en un disco que saldrá más o menos dentro de un año. Sin la música se vive bien, pero he llegado a la conclusión, a regañadientes, de que voy a morir. Y esto a veces produce pensamientos. Espero que no sean demasiado morbosos".

¿Qué hará en la próxima vida? "No entiendo bien el proceso de reencarnación, pero me gustaría convertirme en el perro de mi hija".

Llega el turno del sur y le preguntan por su amor a las músicas de raíz, el flamenco, el fado, el blues, y por este Old ideas que suena más hondo y alegre que casi todos los anteriores. "El blues, el fado, el flamenco, el country, la música popular griega, esas músicas son las que más me han gustado siempre y a las que siempre vuelvo en busca de la estabilidad emocional. Uno de los primeros discos que compré era de Amália Rodrigues. No podía permitirme comprar muchos, y lo escuché una y otra vez, me emocionó. Adoro el flamenco, y cuando nadie me ve me atrevo a tocar un poco con la guitarra. Uno de los grandes privilegios de mi vida fue oír a Enrique Morente traduciendo mis canciones al lenguaje del flamenco en Omega".

"Morente fue el mejor cantaor de su generación", prosigue, didáctico. "Adaptó todas las influencias musicales al flamenco sin sacrificar su significado ni su pasión originales. Debo decir también que el cante que me dedicó Duquende en Asturias me emocionó hasta la médula. El flamenco me sigue emocionando".

De modo que Old ideas es un manual para vivir con la derrota. "Las canciones operan en distintos niveles. Sirven para el corazón y las derrotas, aunque a veces también es útil lavar los platos. Para curar el dolor y dar vigor, la música es lo mejor. Y para el sufrimiento y el amor. No creí estar en ese estado cuando escribí estas canciones, pensé que estaba de buen humor. Pero es verdad que la cualidad de la tristeza está en todas las canciones que nos gustan si las cantamos despacio. Incluso el Jingle bells o el cumpleaños feliz de Marilyn pueden ser tristes y eróticas a la vez. La música es como el tofu: se impregna del material que tiene cerca. Y su impulso erótico cura la depresión y la soledad. Todas las canciones buenas hacen eso. Pero déjenme decirles que para verme hoy como un seductor de damas necesito una gran cantidad de sentido del humor".

 

la práctica de lo salvaje

ENTREVISTA: La poesía de lo salvaje Gary Snyder y Jim Harrison
En el camino de dos forajidos 'beatnik'

El primero, leyenda 'beat', inspiró una novela de Kerouac. El segundo es una de las voces más originales de las letras americanas. Protagonizan un filme y hablaron en Madrid de literatura, amistad y la eterna llamada de la naturaleza

Si Jim Harrison es una fuerza de la naturaleza, Gary Snyder es la naturaleza misma. Juntos componen la imagen de un viejo búfalo que resopla junto a un eterno río. Dos torrentes predestinados a complementarse y entenderse. Apóstoles de la gran contracultura, Snyder (San Francisco, 1930) y Harrison (Michigan, 1937) atraviesan juntos el paisaje de La práctica de lo salvaje, documental de John J. Healey sobre el primero (poeta esencial de la generación beatnik que inspiró Los vagabundos del Dharma, de Kerouac) a través de la mano amiga del segundo, indómito autor de los relatos que inspiraron Leyendas de pasión.

Snyder: "Las autovías acabaron con nuestra manera de viajar"

Harrison: "Cuando nos conocimos, estuvimos bebiendo tres días seguidos"

Harrison: "A veces pienso que debería dejar de escribir para siempre"

Snyder: "El nombre de Gerónimo para Bin Laden es un insulto a los indios"

El budismo llevó a Snyder a Japón y las novelas de éxito convirtieron a Harrison (toda una celebridad en Francia) en un hombre de Hollywood. Las rocas, los lobos y las estrellas han encontrado eco en sus voces. Poeta de la tierra, la ligereza en los gestos de Snyder -que estudió la filosofía zen durante nueve años en Asia- contrasta con la gravedad de su voz: "Me he pasado toda la vida entre la naturaleza salvaje pero los seres humanos son mi disciplina. Soy un naturalista de mi propia especie", se pudo escuchar ayer en un recital suyo en La Casa Encendida de Madrid que se repetirá, el lunes, en el Espai Cultural Caja Madrid de Barcelona.

Tan cercanos a los beats como al Walden de Thoreau, se conocieron hace casi medio siglo, cuando ambos eran jóvenes poetas creyentes en el poder de la palabra. Desde la primera frase, se hace evidente la excepcionalidad de un encuentro con ambos en un restaurante de Madrid. "Mi perra murió", recuerda Harrison. "Una serpiente le mordió en un ojo, el veneno le atacó el cerebro... fue entonces cuando contraté a un hombre serpiente, así se llaman a los cazadores de esos bichos del diablo, que mató unas mil en una milla alrededor de mi casa".

Pregunta. Ustedes son la prueba viviente de que es posible la práctica de lo salvaje en EE UU...

Jim Harrison. Por supuesto. Hay días, incluso años, de niebla en los que las serpientes no bajan de las montañas. Pero en los meses secos hay que matar a las que bajan, que son los machos alfa. Pura disuasión. Muertos, no vuelven; y el resto no se atreve.

Gary Snyder. Aún queda terreno relativamente salvaje en Estados Unidos. El 80% de las tierras al oeste de las Montañas Rocosas es de titularidad pública. Todo el mundo puede visitarlo pero nadie puede quedarse.

P. ¿Qué opinan de la ética que ofrece la película de Sean Penn, Into the wild? Presentaba con heroismo la historia real de un chico que se dejaba morir en Alaska, en la coda a una sinfonía de búsqueda de la naturaleza, de lo salvaje.

G. S. Conozco la historia. Christopher McCandless era un pobre chaval.

J. H. También me molesta ese tipo, el de Grizzly Man, de Werner Herzog. Aquel que se dejaba comer por un oso. ¿Por qué morir cuando podía haber escapado río abajo? ¡Agarra un tronco y déjate llevar por la corriente! Yo lo he hecho. [Risas]

P. ¿Y usted de qué escapaba?

J. H. De nada. Solo quería volver a casa a cenar.

P. Es posible que aquel chaval fuese una víctima involuntaria de las idealizadas andanzas de tipos como ustedes.

G. S. Me he pasado toda la vida teniendo el debido respeto por la naturaleza, enseñando a otros a caminar por los senderos correctos. Ese chico no tenía ni idea, y punto.

P. No negará que Jack Kerouack, Neal Cassidy y los demás beatnicks originales fueron responsables en los 60 de llenar las cunetas de EE UU de chicos con sed de aventura...

G. S. Es posible. Era más fácil hacer autostop que ahora. Las autovías han acabado con aquella manera de viajar. Yo empecé a los 18 años. Fui de Portland a Manhattan. Trabaje en los muelles, me enrolé en un barco hasta Sudamérica. De vuelta, fui a Los Ángeles, desde donde subí por las costa otra vez hasta Oregón. Fue el primero de infinidad de viajes, pero no era difícil ni peligroso. En los 60 había muchas mujeres viajando así. Volviendo a su pregunta, nuestra vuelta a la naturaleza no propugna regresar a las raíces hasta morir. Ese es un mensaje alienante. En aquel joven latía un claro desorden psicológico.

P. ¿Qué queda de sus años beatniks? ¿Todavía ven al que con usted, señor Snyder, cuenta como el gran superviviente de aquella generación, Lawrence Ferlinghetti?

G. S. El otro día cumplió 92 años. Nos escribimos correos electrónicos con regularidad. Me refiero a él como "maestro".

J. H. Le mantiene joven esa novia de 27 años que se ha echado. Lo malo es que tiene que tomar demasiadas drogas e ir por ahí con mochila [Risas].

P. El cliché asegura que el movimiento beatnik es eminentemente masculino.

G. S. Es lo que dicen. Pero creo que era muy femenino.

P. No es lo que sugieren películas como la reciente Howl.

G. S. ¿Ha visto el libro Beat women? Es asombroso. La poeta Joan Vallmer está salvando a toda una generación del cliché de ser considerada masculina. Ha emergido como una escritora excepcional. Es de mi época, de la de Phillip Whalen y Allen Gingsberg. Es evidente que la gente que ha hecho ese bodrio no estuvo allí. Pero no es de extrañar. Por ejemplo, casi nadie en Nueva York conoce a Whalen, maestro zen y sensacional poeta, una de las voces más interesantes de toda la generación.

P. ¿Cómo se conocieron ustedes dos?

J. H. En Michigan, hace, dios mío, unos 40 o 45 años. Coincidimos durante unas lecturas en una escuela. Luego acabamos en casa y bebimos durante tres días. Yo tenía 28 años. Y tú eres siete mayor que yo, ¿no? Mi hija estaba encantada porque la llevabas todo el rato en brazos, decías que pasaba mejor la resaca con ella en brazos. ¡Ahora tiene 50 años, Gary!

P. Señor Harrison, entonces usted era básicamente poeta.

J. H. Me decidí a la novela cuando un día, cazando, me herí. Un amigo sugirió que aprovechara la convalecencia. La escribí en tres meses y el editor me la compró y pensé que ya tenía algo que hacer mientras no estaba con la poesía. No he dejado de escribir ficción. No sé si demasiada.

G. S. Demasiada prosa, Jim, si me preguntas a mí. Yo nunca he sido capaz, a lo mejor porque no sufrí ningún accidente.

J. H. A veces pienso que debería dejar de escribir para siempre. Pero los franceses adoran mi ficción. Estudié literatura comparada y nunca logré entender por qué a los rusos les encanta Jack London.

P. ¿Es usted el Jerry Lewis de la literatura estadounidense?

J. H. En mis más de 37 viajes a Francia nunca he oído a nadie hablar de Jerry Lewis. ¿Cuál es el origen de los lugares comunes? No es que me importe, pero es una de esas mierdas que alguien pisa y se lleva de un lado a otro.

Quien sabe si por reacción contra el cliché, Harrison, que también detesta ser comparado con Hemingway, se revuelve en su asiento y siente una necesidad imperiosa de fumar uno de esos cigarrillos naturales de la marca American Spirit. Lo que sigue es una escena un tanto cómica que incluye a la ministra de Sanidad y sus guardaespaldas (están comiendo en el reservado de al lado) y a Harrison, un grandullón con bastón, y cara de bucanero tuerto. "No veo la mitad del mundo; ¡perdí el ojo en el Viet-puto-Nam!" En realidad, la causa fue un prosaico botellazo recibido de niño.

G. S. Suerte que dejé de fumar. Fue gracias al LSD. Estábamos intentando averiguar el fondo del problema de alcoholismo de un amigo y tomamos ácido. Percibí tantos olores nuevos que pensé que tenía que dejar el tabaco para poder disfrutar de mis sentidos. Y no volví a fumar.

P. ¿Y ya no toma drogas?

G. S. ¡No haga esas preguntas! Si le digo que sí, no sería verdad. Y si le digo que no, tampoco lo sería.

P. ¿Han oído hablar del fenómeno Indignaos, de Stéphane Hessel? Es insólito el éxito que está disfrutando el grito de basta ya de un venerable nonagenario. ¿Ven razones para la indignación?

J. H. ¡Sí!

G. S. No... Es demasiado grave para enfadarse. Funciona el cabrearse con asuntos menos importantes. Hace falta mucho sentido del humor para enfrentarse a lo que está sucediendo. Porque las cosas están demasiado mal. La furia te obstaculiza pensar en medio de los problemas. Como dicen los italianos: "un hombre enfadado no pesca peces".

P. ¿Son estos los tiempos más ciegos que han vivido?

G. S. No he vivido tanto, pero puedo imaginar que las cosas han sido peores. A mí hay algo de Hessel que no me convence. El tipo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, a los campos de concentración... ¿Qué clase de superviviente es ese? Está bien indignarse, pero no soluciona nada.

P. Como autores que han clamado contra la tragedia de los indios americanos, ¿qué opinan de que la CIA se refiriera a Osama Bin Laden como Gerónimo?

J. H. Una vergüenza.

G. S. Un insulto. Por ahora la comunidad no ha respondido. Pero lo hará. Acostumban a callar hasta que llegue el día indicado.

P. ¿Algún consejo para las nuevas generaciones?

G. S. Traten de romper con la distinción mental entre lo secular y lo sagrado. Estamos empezando a repensar la historia, a tomar conciencia de nuestra procedencia. He desarrollado una teoría, el pos humanismo, que voy a verbalizar en este momento por primera vez: en ella, los seres humanos no tienen por qué considerarse superiores a los animales. Está abierta a la certeza de que ignoramos cuánto saben exactamente los animales.

J. H. Es algo que dije el otro día en Francia. Maldita sea, no soy hijo de la Ilustración, de modo que si quiero hablarle a los perros y a los gatos, lo haré.

Leer la tierra

- Gary Snyder. Escasamente traducido al español, Árdora publicó en 2000 una fascinante selección de poemas y ensayos, La mente salvaje.

- Jim Harrison. La colección de relatos Leyendas de pasión y Regreso a la tierra son los dos últimos libros entre la treintena de Harrison en llegar a las librerías, de la mano de RBA.

 

la poesía es un acto en actos
Entrevista. Tarnac alienta bajo la pluma de Jean-Marie Gleize.
Por Eric Loret. Libération.fr . 05.05.2011

JEAN-MARIE GLEIZE: Tarnac, un acto preparatorio, Seuil.

Creo la poesía “política” en tanto que atañe al presente, nuestro presente. Sé que durante largo tiempo ha privilegiado el pasado (lirismo nostálgico, días idos) y el futuro (lirismo profético, mañanas encantadoras). La poesía que llamamos “comprometida”, por cierto, decía el porvenir. El presente político de la poesía no atañe al porvenir sino al presente como por venir, haciéndose, haciendo. En movimiento, en marcha. Lo que adviene, lo que viene. Y de lo cual forma parte. Es la razón por la cual es un acto, en actos. Dan testimonio de esta idea, creo, una revista como Nioques o un libro como el que acabo de dedicar a Tarnac. La fórmula que lo va acompañando -La cuestión  revolucionaria es ahora una cuestión  musical- se encuentra en Contribución a la guerra provisional (La Fabrique, 2009). Escrita en 2001 en el número 2 de la revista Tiqqun. De ella nos toca investigar el sentido, todos los sentidos. Me dedico a ello. Mallarmé escribe: “Sí, lo que digo es cierto -no es sólo música”. La música, que se adapta a la lengua (convenciones prosódicas, etc.), puede (debe) ser puesta en sordina. Para dejar lugar a lo siguiente: “¿Oigo la música de todo? Sí”. La de las cosas y del mundo alrededor, objetiva. Aquí, con Mallarmé: John Cage. Y además, la “resonancia”. Esta idea de la propagación (de un movimiento revolucionario) por resonancia y vibración, se oye mejor hoy, después de la revolución tunecina. Un joven  se inmola a lo bonzo en Sidi Bouzid, el pueblo se auto-organiza en Túnez, y luego en todo el mundo árabe. Se trata pues de otra música, a la cual otra escritura poética puede dar cuerpo -verbal, literal. O que contribuye a hacer advenir. En tal sentido, es “preparatoria”, entrando en composición y resonancia con lo que, en el contexto político, social, histórico, se piensa y se cumple.

Tarnac llegó a ser el blanco de una acción que se presentaba como “un ejemplo”: la detención, en 2008, muy mediatizada, de un enjambre de jóvenes “terroristas” acusados, sin pruebas verdaderas, de haber saboteado un tren. Lo cierto es también que se trata del pueblo de mi infancia, un pueblo en el que recibí, de un  modo muy ambivalente en aquel entonces, una educación fuertemente impregnada por la espiritualidad franciscana. Tarnac, un acto preparatorio se escribió en la encrucijada de esos dos ejes. Solidarizándome con los que están injustamente perseguidos, pero también con lo que significa para mí su intento de proponer, de modo comunitario y abierto, una alternativa a la vida sumisa y poco respirable que es la nuestra (aquella donde se da la violencia de Estado contra los sin-papeles, los inmigrados, los Romaníes; aquella donde uno se suicida cuando trabaja en France-Telecom, etc.). Política experimental, concreta. Política contra la “política”. Dentro de ese contexto, ciertas palabras, perdidas, gastadas, envilecidas, como la palabra ”pueblo”, o “comunismo”, o “insurrección” regresan, parecen poder recobrar sentido, un sentido. Gilles Tautin, con 18 años, empujado al Sena por la tropa en Junio de 1968, albergaba en la mente, él también, otra idea del comunismo. Estudiaba en el Instituto Mallarmé. Un hijo de Mallarmé, en resumidas cuentas. Muerto así, encerrado en el agua. Gilles, como Mohammed Bouazizi, forman parte de nuestro presente. Como también quizás aquel Francisco que andaba con los pies descalzos en compañía de sus hermanos, listos ya para levantar chozas.

Traducción: Joséphine Coll

 

 

you are. Who are you?

El señor Cibois es de una ingenuidad conmovedora. Y eso, valga la redundancia, nos conmueve. “En una democracia como la francesa”. Bonita forma de comenzar*. No como la española o la italiana, que sin duda están demasiado cerca de África. No nos hace falta leer todo el texto, pues el párrafo del señor Cibois no tiene desperdicio. Ahora resulta que el Estado francés lleva siglos “convenciendo”, sin utilizar jamás la acción violenta. Y para esto valen como testigos los argelinos arrojados al Sena hace sólo unas décadas. Por tal argumentación pacífica debemos entender, no sólo los raids en Argelia y en los barrios de París, no sólo la connivencia con regímenes despóticos como el tunecino, sino también la presión mórbida -legal y moral- sobre las subjetividades para hacerlas entrar en el circuito de la equivalencia y la homologación. ¿Para quién habla monsieur Cibois, aparte de sus amigos? Si este patético discurso sobre las excelencias ontológicas de la democracia no supone la “certeza del círculo restringido de los camaradas”, que baje Dios y lo vea.

Por un lado, pues, está esta tierna ignorancia de la violencia secreta, no sólo simbólica, que los Estados democráticos utilizan para la normalización de las vidas, evaluando todo lo evaluable -salud mental y peso incluidos- para desechar el resto. El resto que, si sobrevive, pasará a engrosar las filas de la “apatía de masas” de la que Cibois parece quejarse. ¿Hace falta leer a Foucault para sentir cierta náusea ante este cinismo? Por otro lado, está la ocultación de toda esa acción violenta de nuestros queridos Estados azules cada vez que los focos apuntan hacia otra parte. Basta que exista una empresa tan poco terrorista como WikiLeaks para que veamos en diferido cómo se las gasta “una democracia como la americana”, desde un helicóptero Apache artillado hasta las ruedas, para “convencer” a un grupo de pacíficos ciudadanos iraquíes de que se declaren muertos. En un caso y en otro, el Estado democrático, a la francesa o a la americana, no actúa precisamente convenciendo, argumentando en una pradera de intercambios dialogantes, sino con la coacción teledirigida y constante, con el consenso sectario del grupo restringido de camaradas que forman parte de los despachos de Bruselas, Londres o París, de los fondos reservados de todo Estado que se precie.

Aunque nos hacemos cargo, como recuerda Hazan con sorna, que un sociólogo ha de servir a la sociedad que le mantiene el puesto, ¿era necesario este nivel de estulticia? Finalmente, ¿para qué recurrir otra vez al tópico de la violencia lejana del siglo XX? La tenemos aquí al lado, sin necesidad de bajar a Gaza. Atiendan si no a este repaso que, sobre el reverso de nuestro diálogo democrático, hacen los jóvenes del Comité Invisible en el texto que precisamente justificó la acción violenta y legal de la dulce Francia estatal. “I am what I am” es el Primer Círculo de La insurrección que viene, un documento importante -editado en España por Melusina- para saber cuál es la violencia sorda de la evaluación que viene.

Primer Círculo. “I AM WHAT I AM”

“I AM WHAT I AM.” Es la última ofrenda del márketing al mundo, la última etapa de la evolución publicitaria, al frente, tan al frente de todas las exhortaciones a ser diferente, a ser uno mismo y a beber Pepsi. Décadas de conceptos para llegar aquí, a la pura tautología: Yo = Yo. Él corre en la cinta delante del espejo de su gimnasio. Ella llega de trabajar al volante de su Smart. ¿Se encontraran?

“SOY LO QUE SOY.” Mi cuerpo me pertenece. Yo soy yo, tú eres tú, y la cosa va mal. Personalización de masas. Individualización de todas las condiciones. de vida, de trabajo, de desdicha. Esquizofrenia difusa. Depresión servil. Atomización en finas partículas paranoicas. Histerización del contacto. Cuanto más quiero ser Yo, mayor es mi sensación de vacío. Cuanto más me expreso, más me agoto. Cuanto más me persigo, más cansado estoy. Yo tengo, tú tienes, nosotros tenemos nuestro Yo como una fastidiosa ventanilla administrativa. Nos hemos convertido en representantes de nosotros mismos -somos, en este ese extraño comercio, los garantes de una personalidad que tiene todo el aspecto, al final, de una amputación-. Nos asumimos hasta la ruina con una torpeza más o menos disimulada.

Mientras tanto, Yo controlo. La búsqueda de mí mismo, mi blog, mi piso, las últimas tonterías de moda, las historias de pareja, de ligues… ¡cuántas prótesis se necesitan para ostentar un Yo! Si “la sociedad” no se hubiera convertido en esa abstracción definitiva, designaría el conjunto de muletas existenciales que se me tienden para poder arrastrando aún; el conjunto de dependencias que he contraído en pago por mi identidad. El minusválido es el modelo de la ciudadanía que viene. De forma premonitoria, las asociaciones que lo explotan reivindican actualmente el “subsidio universal” para él.

La conminación, omnipresente, de “alguien” sustenta el estado patológico que hace necesaria a esta sociedad. La conminación a ser fuerte produce la debilidad a través de la cual se mantiene, hasta el punto que todo parece adquirir un aspecto terapéutico, incluso trabajar, incluso amar. Todos los “¿qué tal?” que se intercambian en un día hacen pensar en otras tantas tomas de temperatura que en una sociedad de pacientes se administran unos a otros. La sociabilidad está hecha ahora de mil pequeños nichos, de los mil pequeños refugios en los que uno está al calor. Donde siempre se está mejor que en el intenso frío del exterior. Donde todo es falso, pues sólo es un pretexto para calentarse. Donde nada puede suceder porque uno está sordamente ocupado tiritando junto a los demás. Pronto esta sociedad no aguantará más que por la tensión de todos los átomos sociales hacia una ilusoria curación. Es una central que extrae su energía de una gigantesca reserva de lágrimas siempre a punto de desbordarse.

"I AM WHAT I AM.” Nunca la dominación había encontrado una consigna menos sospechosa. El mantenimiento del Yo en un estado de semirruina, en una seminsuficiencia crónica, es el secreto mejor guardado del orden de cosas actual. El Yo débil, deprimido, autocrítico, virtual, es por esencia ese sujeto infinitamente adaptable que requiere una producción fundada en la innovación, en la obsolescencia acelerada de las tecnologías, en la alteración constante de las normas sociales y la flexibilidad generalizada. Es al mismo tiempo el consumidor más voraz y, paradójicamente, el Yo más productivo, aquél que se lanzará con más energía y avidez sobre el menor proyecto, para volver más tarde a su estado larvario original.

¿“QUÉ ES LO QUE SOY”, entonces? Algo atravesado desde la infancia por flujos de leche, olores, historias, sonidos, canciones infantiles, substancias, gestos, ideas, impresiones, miradas, cantos y comida. ¿Lo que soy? Algo vinculado por doquier a lugares, sufrimientos, antepasados, amigos, amores, acontecimientos, lenguas, recuerdos, a toda clase de cosas que, sin duda alguna, no son Yo. Todo lo que me ata al mundo, todos los vínculos que me constituyen, todas las fuerzas que me pueblan no tejen una identidad, como me incitan a proclamar, sino una existencia singular, común, viva y de la que emerge, en algunos puntos, en algunos momentos, este ser que dice “Yo”. Nuestro sentimiento de inconsistencia no es más que el efecto de esta tonta creencia en la permanencia del Yo, y de la escasa atención que prestamos a lo que nos constituye.

Da vértigo ver reinar en lo alto de un rascacielos de Shangai el “I AM WHAT I AM” de Reebok. Occidente lanza por todas partes, como su caballo de Troya favorito, esa pesada antinomia entre el Yo y el mundo, el individuo y el grupo, entre ataduras y libertad. La libertad no es el gesto de deshacerse de las ataduras, sino la capacidad práctica de operar a través de ellas, de moverse en ellas, de establecerlas o truncarlas. La familia sólo existe como familia, es decir, como infierno, para aquel que ha renunciado a alterar sus mecanismos debilitadores, o no sabe cómo hacerlo. La libertad de desarraigarse ha sido siempre el fantasma de la libertad. No nos libramos de lo que nos coarta sin perder al mismo tiempo aquello sobre lo que podíamos ejercer nuestras fuerzas.

“I AM WHAT I AM” no es por tanto una simple mentira, una mera campaña publicitaria, sino una campaña militar, un grito de guerra dirigido contra todo lo que hay entre los seres, contra todo lo que les liga de forma invisible, todo aquello que obstaculiza la perfecta desolación, todo lo que hace que existamos y que el mundo no tenga, en todas partes, el aspecto de una autopista, un parque de atracciones o una ciudad nueva: tedio puro, sin pasión y bien ordenado. Espacio vacío, helado, por el que sólo transitan cuerpos matriculados, moléculas automóviles y mercancías ideales.

Francia no es la patria de los ansiolíticos, el paraíso de los antidepresivos, la Meca de la neurosis, sin ser al mismo tiempo el campeón europeo de la productividad horaria. La enfermedad, el cansancio y la depresión pueden ser considerados síntomas individuales de aquello de lo que hay que curarse. De este modo, trabajan para el mantenimiento del orden existente, por mi ajuste dócil a unas normas frágiles, por la modernización de mis muletas. Ocultan la selección en mí de las inclinaciones oportunas, conformes y productivas, y de aquellas otras por las que habrá que, amablemente, guardar duelo: “Hay que saber adaptarse, ya sabes”. Pero, tomadas como hechos, mis debilidades pueden conducir también al desmantelamiento de la hipótesis del Yo. Devienen entonces actos de resistencia en la guerra en curso. Devienen rebelión y centro de energía contra todo lo que conspira para normalizarnos, para amputarnos. El Yo no es lo que está en crisis en nosotros, sino la forma en la que se intenta imprimirnos. Se pretende convertirnos en yoes bien delimitados, bien separados, clasificables e inventariables por cualidades, en resumen, controlables, cuando somos criaturas entre criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viva tejiendo la carne del mundo. Contrariamente a lo que se nos repite desde la infancia, la inteligencia no es saber adaptarse -o, si es una inteligencia, es la de los esclavos-. Nuestra inadaptación y nuestro cansancio sólo son problemas desde el punto de vista de quien quiere someternos. Indican, más bien, un punto de partida, un punto de confluencia para unas complicidades inéditas. Hacen emerger un paisaje mucho más destartalado, pero infinitamente más susceptible de compartirse, que todas las fantasmagorías que esta sociedad mantiene a sus expensas.

No estamos deprimidos, estamos en huelga. Para quien rechaza controlarse, la “depresión” no es un estado sino un tránsito, un adiós, un paso de lado hacia la desafiliación política. A partir de ahí, no hay otra conciliación que la medicamentosa, y la policial. Es precisamente por esta razón que la sociedad no teme imponer Ritalín a los niños demasiado vivos, que trenza continuamente bridas de dependencias farmacéuticas y pretende detectar desde los tres años los «trastornos de comportamiento». Porque la hipótesis del Yo se fisura por doquier.

* El párrafo, editado en las Servidumbres Voluntarias para explicar la virulenta reacción del editor de L’insurretion qui vient en Francia, Eric Hazan, a un artículo del sociólogo Cibois en Le Monde (7/3/11), es el siguiente: “Dans une démocratie comme la France, c'est l'action non-violente qui doit être utilisée car son efficacité est liée au fait que l'on doit arriver à convaincre. Une manifestation, une grève, un boycott, une pétition supposent autrement d'énergie qu'un sabotage ponctuel: il faut argumenter, expliquer et ne pas rester dans les certitudes du cercle restreint de ses camarades. Penser que l'on a raison contre l'apathie des masses et que l'on est la conscience qui réveillera les intelligences ne devrait plus être pensable après ce qui a été vécu au siècle précédent”.st liée au fait que l'on doit arriver à convaincre. Une manifestation, une grève, un boycott, une pétition supposent autrement d'énergie qu'un sabotage ponctuel : il faut argumenter, expliquer et ne pas rester dans les certitudes du cercle restreint de ses camarades. Penser que l'on a raison contre l'apathie des masses et que l'on est la conscience qui réveillera les intelligences ne devrait plus être pensable après ce qui a été vécu au siècle précédent." ¿a apatía de las masas es el único horizonte del pensamiento?

 

más de la dulce Francia

 ¿Recuerdan el escándalo de los once detenidos en Tarnac, vinculados al medio anónimo Tiqqun y a sus descendientes invisibles? Eric Hazan, editor entonces de los sabrosos textos de Tiqqun y del Comité Invisible, sin los cuales no se explica nada de la histeria del régimen galo en torno a aquel grupo de militantes, reaparece en esta ocasión para aprovechar las torpezas de un tal Cibois, representante medio de la intelligentsia francesa. Como insistía Baudrillard, a quien es de temer que Hazan jamás citaría: ¿el avance electoral de la extrema derecha francesa se debe a decir en voz alta lo que piensa la mitad de la clase política democrática con la boca pequeña?

  

El mundo pertenece a los que se sublevan tempran

Que la sociología  tome partido  a menudo por el mantenimiento del orden es algo conocido,  pero es más insólito ver a un sociólogo comprometerse  rotundamente del lado de la policía.

Sin embargo, así ha actuado el autor de un artículo titulado Desenmascarar los métodos del colectivo de Tarnac, publicado el 7  de marzo en Le Monde.fr.

Como durante una detención provisional, el señor Cibois finge comprender lo contrario de lo que han escrito los “acusados de Tarnac” en una tribuna publicada en Le Monde del 24 de febrero: “Importa poco saber a quiénes finalmente serán achacados los actos que fueron pretexto para detenernos”. Considerar estas líneas como una confesión, o peor aún, como la reivindicación de dichos actos: para eso hay que tener el alma de un policía o de un juez de instrucción antiterrorista. Cualquiera que se haya interesado un poco por el caso sabe que los sabotajes de los que se habla han sido reivindicados por un colectivo alemán el día mismo en que acaecieron, que el gancho aparece como la firma de los antinucleares alemanes y que tal método no acarrea ningún peligro en cuanto a la vida humana. Cuando por última vez  Francia ha escoltado más allá del Rin residuos nucleares, unas 50.000 personas se han reunido para intentar bloquear el convoy. Tachar de “terroristas” a aquellos que se oponen al envenenamiento del mundo por el lobby nuclear atañe al terror de Estado.

Si consideramos únicamente los hechos, este caso es tan sólo un intento desesperado por atribuir a dos personas la responsabilidad de un sabotaje, el de Dhuisy, en Seine-et-Marne.

Tal sabotaje, por lo demás, no ha detenido ningún tren. Ha estropeado ocho trocitos de plástico que han sido sustituidos en un abrir y cerrar de ojos par la SNCF. Lo que habrá causado quizás uno gasto de dos a tres mil euros, contrapuestos a los dos o tres millones invertidos para instruir el caso. Tal desproporción entre los hechos y el procedimiento es por lo tanto la prueba -una de las pruebas- del carácter político de tal instrucción.

Un sociólogo no tiene por qué ser historiador, es cierto, pero aquí la ignorancia pasa la raya. El señor Cibois propone desplegar contra los de Tarnac los métodos utilizados por el Estado italiano contra las Brigadas Rojas en los años setenta. Hasta hace suya la metáfora difundida entonces: “Desaguar el mar para atrapar el pescado.” Tal excelente idea, de la cual la “democracia” italiana nunca se restableció, significó: leyes de excepción, tiros con balas verdaderas hacia los manifestantes, redadas en masa y asesinados selectivos. Francesco Cossiga, ministro de Interior en aquel entonces, reconoció más tarde que dirigió una guerra. El señor Cibois, partidario de acciones colectivas no violentas propone así dirigir, en una democracia como Francia, una guerra similar. Reconocemos ahí un pensamiento que el señor Cibois comparte con su colega Alain Bauer, dispuesto como él a todo para defender “la sociedad”.Verdad es que, para un sociólogo, la sociedad es en cierto modo un sustento.

No es posible, escribe el Señor Cibois, identificar Francia con el Túnez de Ben Ali so pretexto de persecuciones policiales. En efecto, la acumulación de leyes de seguridad hace desde diez años -con, la última, una Loppsi 2 digna de la presente democracia china- no es el único síntoma de la “Benalización” del régimen en Francia. A ello hay que añadir el hecho de colocar a los allegados del presidente y hasta a su familia en puestos-clave de la economía y de los medios, el carácter tristemente fantoche de la oposición oficial, la extensión de la miseria en un cuerpo social cuyas “élites” riñen por los últimos mejores pedazos. Sin contabilizar  el número anual récord de detenciones provisionales, los ojos reventados por flashball, los muertos por taser, los sofocados en los furgones de la  policía, los conductores domingueros acribillados “en auto-defensa” por los cordones policiales. A la espera de que el señor Cibois y consortes acaben de sopesar la legitimidad de la insurrección, sostengamos, apoyemos a todos aquellos que han entrado en lucha abierta contra este régimen. El mundo pertenece a los que se sublevan temprano.

 

Eric Hazan, editor.
Traducción Joséphine Coll

[Nota: las razones políticas para este culebrón que se prolonga desde hace más de dos años en el querido país vecino se pueden encontrar en la publicación por La Fabrique Éditions de L’insurrection qui vient y de los textos de Tiqqun que le precedieron. Tenemos en español los cuatro libros que nos sacan de dudas acerca de las motivaciones reales del Estado francés en toda esta historia: Teoría del Bloom (Tiqqun, Ed. Melusina, 2005), Introducción a la guerra civil (Tiqqun, Ed. Melusina, 2008), Llamamiento (Ed. Acuarela, 2009) y La insurrección que viene (Comité Invisible, Ed. Melusina, 2009). El contenido del último título explica por sí sólo la saña del régimen de Sarkozy contra unos militantes que hasta un tiempo fueron anónimos].

 

¿nuestro bando no era tan azul?

Kosovo: el silencio cómplice.

“Las pruebas están ahí, solo hay que ir a buscarlas”, ha dicho el europarlamentario Dick Marty al presentar su informe sobre el tráfico de órganos humanos en Kósovo. Y hay que detenerse en esta frase que no es excusa, sino denuncia de los silencios cómplices y la manipulación informativa que han hecho posible que durante años se perpetrase el crimen. Tan escandaloso como lo que relata el espeluznante informe del parlamentario europeo es saber que se sabía. La utilización de cientos de prisioneros serbios para el tráfico de órganos -primero engordarlos, luego pegarles un tiro, después extraer los órganos, y por último venderlos al mejor postor- era un secreto a voces -aunque las voces hablasen en susurro- en Kósovo. Como lo es, un secreto a voces, que detrás de éste y otros lucrativos negocios, tráfico de mujeres, drogas o coches robados, están  los miembros de la antigua guerrilla del UCK,  ahora un ejército de Kósovo cuyo máximo dirigente, Hasim Thaci, es el actual primer ministro del recién creado estado de Kosovo.

Y la pregunta, tan incómoda como pertinente, es ¿qué sabían  los mandos de la OTAN y los de la Misión provisional de Naciones Unidas, MINUK, que durante todos estos años han estado al cargo de la administración de Kósovo?

Puedo adivinar la respuesta: la situación era muy compleja, lo primordial era promover la estabilidad, las heridas de la guerra eran muy recientes; no, no sabíamos nada.

Pero hubiera bastado mirar para saber.

En junio de 1999 finalizó la campaña de bombardeos contra Yugoslavia y las tropas de  la OTAN entraron en la entonces aún provincia de Serbia junto a los guerrilleros del UCK. En los meses siguientes la población no albanesa de Kósovo, goranos, gitanos y serbios, fue diezmada hasta casi su desaparición en una tan eficaz como silenciada operación de limpieza étnica llevada a cabo básicamente por el UCK ante la mirada impasible de 40.000 soldados de la OTAN. La limpieza, en forma de secuestros y “asesinatos selectivos”, se extendió también a políticos y ciudadanos albanokosovares contrarios o simplemente no afines al UCK.

Nada de esto fue secreto. Y nada de esto fue obstáculo para el imparable ascenso de Hashim Thaci, máximo dirigente del UCK y aliado predilecto de Estados Unidos, en detrimento de Ibrahim Rugova, líder histórico del nacionalismo kosovar pero demasiado moderado para el gusto épico y los intereses estratégicos del momento.

Fue precisamente en esa época, 1999 y 2000, cuando, según el informe Marty, el negocio del tráfico de órganos funcionó a pleno rendimiento. En campos de detención, el informe identifica al menos seis, organizados por el UCK no en territorio de Kósovo sino en Albania.   

 “Los testimonios sobre los que se fundan nuestros resultados evocan de una manera creíble y coherente la metodología seguida para el asesinato de todos los prisioneros, en general de una bala en la cabeza, antes de ser operados para extraerles uno o más órganos. Nos enteramos de que se trataba  principalmente de un comercio de riñones retirados a los cadáveres”.  

La existencia de estos campos -más que de detención, de exterminio- en Albania y la utilización de los prisioneros serbios como almacén  humano para el despiece de órganos, sí era un secreto. Pero un secreto no es algo que no se sabe, es algo que no se dice. Y los secretos, sobre todo si son muchos los que “están en ello”, terminan desvelándose.

En 2008, la ex fiscal general del Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia publicó un libro de memorias en el que por primera vez menciona la existencia del atroz comercio de órganos del que habrían sido víctimas cientos de civiles  serbios de Kósovo. Cabe preguntarse por qué esperó tanto tiempo y sobre todo por qué esperó a dejar el cargo para hacer pública la denuncia de tan horrible crimen. Posiblemente es una pregunta ingenua. Posiblemente no estaba nombrada para eso.

De cualquier modo, aunque tardía, la denuncia de Carla Ponte sirvió para poner en marcha la investigación que el Consejo de Europa encargó al parlamentario suizo, Dick Marty.

Un hombre honesto puede ser muy peligroso. Sobre todo si ocupa una posición de cierto poder, el suficiente para hacerse oír. Dick Marty, ex fiscal, parlamentario y relator del Consejo de Europa, reúne esas condiciones. En 2007 destapó el escándalo de las cárceles secretas de la CIA y la complicidad de ciertos gobiernos europeos con la trama. Puso nombre a lo que no se quería nombrar. Ahora  lo ha vuelto a hacer.           

La investigación sobre el tráfico de órganos en Kósovo y Albania le ha llevado dos años. En las conclusiones de su informe señala al actual Primer Ministro de Kósovo, Hashim Thaci,  como “jefe de una red criminal involucrada en el tráfico de armas, drogas y órganos humanos”.

En los archivos de cualquier redacción abundan las imágenes de Hashim Thaci estrechando efusivamente la mano de Bernard Kouchner,  primer responsable de la Administración de Naciones Unidas en Kósovo,  Javier Solana,  Tony Blair, Madelaine Albrigh…

         Imagino que esas imágenes  resultarán incómodas ahora, al menos a algunos de sus protagonistas. También imagino la excusa: entonces no sabíamos. Pero como dice el autor del informe: las pruebas estaban ahí, sólo había que buscarlas. O querer buscarlas.

Qué conveniente es no saber cuando no conviene saber.

Teresa Aranguren
(Periodista, cubrió desde  Belgrado y Prístina  la campaña de bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia

 

Nick Cave: "me paso la vida cabreado"
Xavi Sancho 01/10/2010

Nick Cave graba con Grinderman porque ahí no manda. Menos estrés, dice, aunque sigue siendo el mismo tipo cáustico de siempre.

cave

Nick Cave. Soy Nick.

EP3. ¿Cave?

N. C. Pues claro, no te jode... No me gustan las entrevistas y esta no empieza bien.

EP3. Supongo que me lo he buscado.

N. C. Exacto. [Lanza un enorme y ruidoso bostezo]. Pero no está todo perdido. Mientras no me preguntes nada que esté en Google, podremos entendernos.

Nick Cave, además de atender personalmente el teléfono desde Brighton, Reino Unido, la ciudad donde reside desde hace años, acaba de editar su segundo disco con Grinderman, ese proyecto que arrancó hace tres años y que, según cómo se mire, ha servido para rejuvenecer su discurso, para extremar su acritud o para canalizar su crisis de la mediana edad. Sea como fuere, el músico, novelista y guionista está en una forma excelente.

EP3. ¿Existe una idea tras Grinderman?

N. C. No. Entramos en el estudio con las manos en los bolsillos a improvisar. Luego escuchamos lo grabado y casi todo es mierda. Para el correcto funcionamiento de esta banda debemos no tener jamás miedo a hacer algo embarazoso o ridículo. Sin lo patético no habría Grinderman.

EP3. Aprendió a tocar la guitarra con esta banda, ¿es esto lo más cerca que puede estar de una crisis de la mediana edad?

N. C. Tengo 53 años. Mi crisis de la mediana edad debería haber sucedido hace ya tiempo. Por otra parte, hay algo despectivo en el término que no comparto. Cuando alguien piensa en un tío con esta crisis, se lo imagina en un deportivo con rubias de 20 años y dice que le parece ridículo. Pero en realidad siente envidia. Al menos él ha sacado algo de esta jodida crisis.

EP3. ¿Ha servido Grinderman para refrescar su trabajo junto a Bad Seeds o son entidades distintas?

N. C. Son distintas. En Grinderman soy, o al menos trato de ser, uno más. En los Bad Seeds soy el líder. Ahí, si salgo al escenario y me caigo de culo hay un problema. He oído mucho sobre la influencia que ha tenido la banda en mi música con los Bad Seeds, pero no acabo de entenderlo. La única diferencia de los Bad Seeds actuales con los de hace un tiempo es que ahora les dices que quieres solo piano, bajo y batería en un tema y, si te das la vuelta, cada miembro ha cogido una maraca y está tratando de aportar sus dotes como percusionista al grupo.

EP3. De acuerdo, Grinderman no ejerce ninguna influencia en los Bad Seeds, pero ¿y en su orden de prioridades?

N. C. Hacer discos con los Bad Seeds sigue siendo lo más grande a lo que puedo aspirar. Es mi principal fuente de satisfacción y de estrés. Ahora quiero hacer otro disco con ellos, pero, antes de que preguntes: no tengo ni idea de cómo va a ser.

EP3. Entonces, lo improvisará.

N. C. No... Pero admiro el intento por pillarme en un renuncio.

EP3. Con Grinderman, ¿ha ganado fans nuevos o ha perdido fans de siempre?

N. C. Ni idea. Me he pasado casi toda mi carrera alienando a mis fans. Soy buenísimo en ello. Cada vez que saco un disco, la principal intención es hacerles volver a la casilla de salida. Me gustaría pensar que les obligo a replantearse por qué son seguidores de mi música. Sé que Grinderman puede haber molestado a algún fan, y eso me provoca gran placer. Molestar a la gente a quien no gustas no tiene mérito, cabrear a tus seguidores es genial.

EP3. ¿Qué encuentra en la música que no le dan el cine o la literatura?

N. C. Hacer música es un proceso mucho más rico y arriesgado. Me siento mucho más seguro con lo que escribo que con la música que hago. Jamás dudo sobre un guión, pero las canciones me parecen demasiado importantes como para estar totalmente satisfecho con ninguna. La música afecta a las personas de un modo que ninguna otra forma de arte logra.

EP3. ¿Qué sucedió con su intento de escribir un guión basado en Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy?

N. C. Ridley Scott tenía los derechos de la novela y me pidió que escribiera un guión. Repasé el libro y entendí que aquello era imposible sin hacer un montón de cambios. Me negué. No quiero pasar a la historia como el tipo que se cargó la novela.

EP3. ¿Le han rechazado guiones?

N. C. Alguno. Lo mejor de los guiones es que te pagan por adelantado. Así, si rechazan tu trabajo, cobras igualmente.

EP3. ¿Qué piensa de ciertas acusaciones de misoginia en sus letras?

N. C. He oído algo, pero no he malgastado ni un segundo en pensarlo. Las relaciones de género son muy complejas y eso es algo que siempre he tratado de reflejar. Creo que lo que escribo posee demasiadas capas como para poder ser desarmado con una sola palabra, y menos una tan estúpida como esa. Si quieres que te diga la verdad, me importa un pimiento lo que una zorra pueda pensar de mi trabajo [risas]. ¿Vas a incluir esa última frase?

EP3. Creo que sí.

N. C. De acuerdo.

EP3. ¿Sigue trabajando en un estudio y manteniendo un horario de oficina?

N. C. Exacto. Cuando empecé a tener una ética de trabajo muy ordenada mucha gente pensó que de aquello no podía salir nada bueno. Piensan que te has convertido en un oficinista. Pero en las oficinas no se trabaja. La gente se pasa el día haciendo cafés y bajando porno. Trabajo de nueve de la mañana a ocho de la tarde. Luego me dedico a recordarles a mi mujer y a mis hijos lo que es vivir conmigo.

EP3. ¿Y cómo es vivir con usted?

N. C. Debería preguntárselo a ellos, pero no se quejan demasiado.

EP3. ¿Y trabajar con usted?

N. C. Esto ya es otra cosa... Espero mucho de la gente con la que trabajo. Entiendo que puede molestar que les llame a las tres de la mañana para comentar un arreglo de bajo, pero no puedo evitarlo.

EP3. ¿Estar cabreado le mantiene vivo?

N. C. Exacto. Me paso la vida cabreado. Hay tantas cosas que me molestan que sería imposible nombrarlas todas. Me molestan cosas pequeñas y grandes, pero soy democrático. Cuando algo me cabrea tiene derecho a ser tratada de igual modo que las demás, no importa que sea importante o ridícula. Me provoca la misma mala leche una canción de soft rock en un ascensor que la visita del Papa al Reino Unido.

EP3. ¿Cómo se consiguen tres décadas de carrera hablando de los mismos temas y dando la sensación de jamás repetirse?

N. C. Es que jamás he sentido interés por ningún tema que no sean los que he tratado durante toda mi carrera: Dios, sexo y muerte. ¿Hay algo más grande y más interesante que eso? Lo dudo. La ventaja que tiene ser tan pomposo y arrogante al pensar que puedes enfrentarte a estos asuntos es que son tan enormes que jamás los acabas. Siempre hay motivos para retornar a ellos. Soy como ese perro atado a... No, espera... Eso era de Beckett, pero no era así. Soy el perro que vuelve a su vómito. Mierda, esta es de Oscar Wilde. ¿Fumas?

EP3. ¿Y eso?

N. C. Enciende un cigarrillo, que necesito pensar. [Balbucea durante unos eternos diez segundos]. Ya está: el hábito es el lastre que encadena el perro a su propio vómito. Esa es la de Beckett. Sigamos.

EP3. ¿Lee lo que escriben de usted?

N. C. La compañía solo me manda las críticas buenas. Son muy amables.

EP3. ¿Se ha buscado en Google?

N. C. No.

Grinderman 2 está publicado en PopStock!

 

Rancière: " el racismo, una pasión que viene de arriba"
14 de septiembre de 2010

«Racismo de Estado» y «racismo intelectual "de izquierda"» se combinan dando lugar a «la amalgama entre migrante, inmigrante, atrasado, islamista, machista y terrorista», según explicaba el filósofo Jacques Rancière el pasado 11 de septiembre en Montreuil, cerca de París, en el simposio «Los romaníes, ¿y quién más?» Esta es su intervención.

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Cécile Canut, Cécile Kovacshazy, Jacques Rancière, Marie Gaille, Sophie Wahnich, Christophe Mileschi, et Patrick Henriot.© Céline Gaille. http://lapreneusedetemps.blogspot.com/2010/09/liberte-de-circulation.html
 
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Me gustaría proponer algunas reflexiones en torno a la noción de «racismo de Estado», que figura en el orden del día de nuestra reunión. Estas reflexiones se oponen a una interpretación muy extendida de las medidas adoptadas recientemente por nuestro gobierno, desde la ley sobre el velo integral hasta las expulsiones de los romaníes. Dicha interpretación ve en estas medidas una actitud oportunista que busca explotar los temas racistas y xenófobos con fines electoralistas. Esta pretendida crítica lleva implícita la presuposición que hace del racismo una pasión popular, la reacción temerosa e irracional de las capas más retrógadas de la población, incapaces de adaptarse al nuevo mundo móvil y cosmopolita. El Estado es acusado de faltar a sus principios al mostrase complaciente de cara a estos sectores. Pero al mismo tiempo se ve reafirmado y confortado en su posición de representante de la racionalidad frente a la irracionalidad popular.
Ahora bien, esta disposición del terreno de juego, adoptada por la crítica «de izquierdas», es exactamente la misma que aquella en cuyo nombre la derecha lleva promulgando desde hace ya veinte años toda una serie de leyes y decretos racistas. Todas esta medidas se han tomado en nombre del mismo razonamiento: hay problemas de delincuencia y diversas molestias causadas por los inmigrantes y clandestinos, que pueden desencadenar reacciones racistas si no ponemos orden. Por lo tanto, hay que someter estos delitos y molestias a la universalidad de la ley para que no provoquen disturbios raciales.
Se trata de un juego que se juega, tanto en la izquierda como en la derecha, desde las leyes Pasqua-Méhaignerie de 1993. Consiste en oponer a las pasiones populares la lógica universalista del Estado racional, es decir, en dar a las políticas racistas de Estado una coartada antirracista. Va siendo hora de dar la vuelta al argumento, para poner de relieve la solidaridad que existe entre la «racionalidad» estatal que ordena estas medidas y esa otra –ese adversario cómplice–  en la que tan cómodamente se apoya, la pasión popular. Porque en realidad no es que el gobierno actúe bajo la presión del racismo popular y en reacción a las pasiones llamadas populistas de la extrema derecha, sino que es la razón de Estado la que alimenta el racismo, confiándole la gestión imaginaria de su legislación real.
Hace unos quince años propuse el término racismo frío para designar este proceso. El racismo que hoy nos ocupa es, en efecto, un racismo frío, una construcción intelectual. Es, antes que nada, una creación del Estado. Hemos discutido aquí sobre la relación entre Estado de derecho y Estado policial. Pero la naturaleza misma del Estado es la de ser un Estado policial, una institución que fija y controla las identidades, los lugares y los desplazamientos, una institución en lucha permanente contra todo excedente del recuento de las identidades que gestiona, es decir, también contra ese exceso sobre las lógicas identitarias que representa la acción de los sujetos políticos. Este proceso se ha intensificado por el orden económico mundial. Nuestros Estados son cada vez menos capaces de contrarrestar los efectos destructores de la libre circulación de capitales para las comunidades que tienen a su cargo. Y son tanto más incapaces cuanto que no tienen el más mínimo deseo de hacerlo. Así las cosas, se rebajan y se concentran en aquello sobre lo que sí ejercen un poder, como es el caso de la circulación de personas. Toman como objetivo específico el control de esa otra circulación y como meta general la seguridad de los nacionales amenazados por estos migrantes, es decir, más precisamente la producción y la gestión del sentimiento de inseguridad. Esta es la tarea que va siendo cada vez más su razón de ser y su forma de legitimación.
De ahí se deriva un uso de la ley que cumple dos funciones esenciales: una función ideológica, que consiste en dar constantemente un cuerpo al sujeto que amenaza la seguridad; y una función práctica, que consiste en reordenar continuamente la frontera entre lo de dentro y lo de fuera, creando sin cesar identidades flotantes, susceptibles de hacer caer fuera a aquellos que estaban dentro. Legislar sobre la inmigración ha significado antes que nada crear una categoría de infra-franceses, hacer caer en la categoría flotante de inmigrantes a gente que ha nacido en Francia de padres nacidos franceses. Legislar sobre la inmigración clandestina ha significado hacer caer en la categoría de clandestinos a «inmigrantes» legales. Es la misma lógica la que ha ordenado el uso reciente de la noción de «franceses de origen extranjero». Y es esta misma lógica la que apunta hoy contra los romaníes, creando, contra el principio mismo de libre circulación en el espacio europeo, una categoría de europeos que no son verdaderamente europeos, de la misma manera que hay franceses que no son verdaderamente franceses. Para crear estas identidades en suspenso el Estado no se sonroja ante sus propias contradicciones, tal y como hemos visto con respecto a las medidas sobre los «inmigrantes». Por un lado, crea leyes discriminatorias y formas de estigmatización  basadas en la idea de la universalidad ciudadana y de la igualdad ante la ley. Por esa vía se sanciona o estigmatiza a aquellos cuyas prácticas se oponen a la igualdad y a la universalidad ciudadana. Pero por otro lado, crea en el seno de esta ciudadanía igual para todos, discriminaciones como la que distingue a los franceses «de origen extranjero». Así que por un lado todos los franceses son iguales, y ojo con los que no lo son, y por el otro no son todos iguales, y ay de aquellos que lo olviden.
Por lo tanto, el racismo de hoy es ante todo una lógica estatal y no una pasión popular. Y esta lógica estatal es sostenida en primer lugar, no por quién sabe qué grupos sociales retrógados, sino por una buena parte de la élite intelectual. Las últimas campañas racistas no llevan en absoluto la impronta de la extrema derecha llamada «populista». Han sido organizadas por una intelligentsia que se reivindica como intelligentsia de izquierdas, republicana y laica. La discriminación no se basa ya en argumentos sobre razas superiores e inferiores. Antes bien, se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», de la universalidad de la ley, de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de género. Dicho sea de paso, estos argumentos son a menudo esgrimidos por gente que ha hecho bien poco por la igualdad o el feminismo, pero esa contradicción no les preocupa. De hecho, con esta forma de argumentar se pretende sobre todo crear la amalgama requerida para identificar al indeseable: así la amalgama entre migrante, inmigrante, retrógado, islamista, machista y terrorista. En realidad, el recurso a la universalidad opera en beneficio de su contrario: para establecer un poder estatal discrecional a la hora de decidir quién pertenece y quién no a la clase de aquellos que tienen derecho a estar aquí -el poder, en breve, de conferir o suprimir identidades-. Ese poder tiene su correlato en el poder de obligar a los individuos a ser en todo momento identificables, a mantenerse en un espacio de visibilidad integral frente al Estado. Vale la pena, desde este punto de vista, volver sobre la solución que el gobierno ha dado al problema jurídico planteado por la prohibición del burka. Como hemos visto, era difícil hacer una ley que apuntara específicamente a algunos centenares de personas de una religión determinada, así que el gobierno dio con una solución: hacer una ley que prohíba en general cubrirse el rostro en un espacio público, una ley que apunte al mismo tiempo a la mujer portadora de un velo integral y al manifestante que se cubra con una máscara o pañuelo. El pañuelo se convierte así en el emblema común del musulmán retrógado y del agitador terrorista. Para esta solución, adoptada (como muchas otras medidas sobre la inmigración) con la benevolente abstención de la «izquierda», es también el pensamiento «republicano» el que ha dado la fórmula. Acordémonos si no de las diatribas furiosas de noviembre de 2005 contra esos jóvenes enmascarados y encapuchados que actuaban con nocturnidad. Acordémonos también del comienzo del asunto Redeker, el profesor de filosofía amenazado por una «fatwa» islámica. El punto de partida de la furiosa diatriba antimusulmana de Robert Redeker era... ¡la prohibición del tanga en la playita de París! En esta prohibición dictada por la alcaldía de París él discernía una medida de complacencia hacia el islamismo, hacia una religión cuyo potencial de odio y de violencia se había sido ya puesto de manifiesto en la prohibición de desnudarse en público. Los bellos discursos sobre la laicidad y la universalidad republicana vuelven, en definitiva, a este principio según el cual uno debe estar enteramente visible en el espacio público, ya sea el de adoquines o la playa.
Concluyo: mucha energía se ha gastado contra una cierta figura del racismo –la que ha encarnado el Frente Nacional– y una cierta idea de este racismo como expresión de los “white trash”, blancos xenófobos de las capas sociales atrasadas. Una buena parte de esa energía ha sido recuperada para construir la legitimidad de una nueva forma de racismo: un racismo de Estado y un racismo intelectual «de izquierdas». Quizás sea el momento de reorientar el pensamiento y el combate contra una teoría y una práctica de estigmatización, de precarización y de exclusión que constituyen hoy un racismo desde arriba: una lógica de Estado y una pasión de la intelligentsia.


Jacques Rancière, 11 de septiembre de 2010
Traducción: Álvaro García-Ormaechea
Fuente: http://www.mediapart.fr/node/92825

 

de velos y desvelos

ENTREVISTA: JUAN FERREIRO Ex subdirector general de Libertad Religiosa.
"Madrid vulneró los derechos básicos de Najwa"

I. CEMBRERO / P. ÁLVAREZ - Madrid – 16/05/2010

Desde ayer el cese de Juan Ferreiro es efectivo. Al subdirector general de Coordinación y Promoción de la Libertad Religiosa en el Ministerio de Justicia le comunicaron el lunes su destitución por "falta de confianza". Probablemente el motivo sea otro. Hace un mes elaboró una nota jurídica en la que defendía el hiyab. Lo hizo a petición de comunidades musulmanas que buscaban argumentos a favor del velo islámico. Por ponérselo, Najwa Malha, alumna de 16 años de un instituto de Pozuelo de Alarcón (Madrid), había sido expulsada de clase. La decisión provocó una gran polémica. El informe apareció además en la prensa. Ferreiro, de 45 años, se dispone a regresar a su cátedra de derecho eclesiástico en A Coruña. Antes habló con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Por qué fue destituido?

Respuesta. Pese a todo tengo un profundo agradecimiento al Ministerio de Justicia porque en cuatro años aprendí muchísimo sobre temas que explicaba en clase pero que no había practicado. Conocí a representantes de religiones minoritarias y participé en el proceso para modificar la financiación de la Iglesia católica. El director general perdió la confianza en mí y tiene todo el derecho a ello. Me sorprendió. Ahora vuelvo a la universidad con los campos de investigación ampliados.

P. ¿Deja proyectos a medias?

R. Creo que el islam es el gran desconocido en la Unión Europea. Hay encuestas en las que los que se declaran islamófobos reconocen que no saben nada del islam y añaden que no tienen tiempo de aprenderlo. Así se alimentan los prejuicios, las fobias: islam igual a terror. No se puede estudiar islam en Europa aunque hay 15 millones de musulmanes. En todas las religiones hay conservadores, liberales y quienes quieren justificar la violencia con sus creencias religiosas.

P. ¿Le preocupa que ese desconocimiento genere odio?

R. Me preocupa mucho que en Europa, donde siempre hablamos de que el patrimonio de valores es la democracia y los derechos humanos, no asumamos plenamente esos derechos. Decimos: "Marruecos no respeta la libertad religiosa, ¿por qué tenemos que respetarla nosotros?". A eso se responde: en materia de derechos humanos no cabe la reciprocidad. La libertad religiosa, nos guste o no, es un derecho fundamental. No son ilimitados, pero tienen un contenido esencial que debe respetar hasta el Parlamento. Tienen que regularse por ley orgánica y limitarse por ley orgánica. Nada más. Sólo se puede limitar si atenta contra los derechos fundamentales de los demás o contra el orden público. ¿Atenta el velo de una niña a los derechos fundamentales de los demás? Eso nadie lo dice. ¿Atenta al orden público? La mayor concreción del orden público es el ordenamiento.

P. ¿Y cuando venga una estudiante con burka o con nikab?

R. Ahí el orden público indica que la niña que va al colegio se integre en el sistema educativo, se comunique. Eso no se puede hacer con un burka.

P. ¿Erraron el centro de Najwa y la Comunidad de Madrid?

R. Sí. Lo puedo decir porque ya no estoy en el ministerio. Creo que la Comunidad de Madrid vulneró sus derechos fundamentales, básicos. Es muy fuerte que una niña tenga que cambiar de colegio, de amigas y que haya sufrido ese acoso mediático. Con estas actuaciones se incide en el desconocimiento y en los prejuicios.

P. ¿La futura ley de libertad religiosa debería regular los símbolos religiosos en las aulas?

R. No, debería dejar criterios claros sobre el contenido esencial del derecho fundamental y sobre cuál es la posición de un Estado laico ante lo religioso. Según la Constitución tiene dos matices: laico o aconfesional y cooperador con las confesiones. Cualquier Gobierno debe respetar esos matices que hacen nuestro sistema peculiar y modélico. Antes del caso de Najwa, el debate del velo no existía en nuestro país. Se estaba resolviendo de una forma ejemplar, como en Ceuta y Melilla.

P. ¿Puede dejar de ser ejemplar conforme crezca la población musulmana?

R. Se puede convertir en un conflicto si se gestiona mal. Hasta ahora no había problemas. Y, de repente, hay un instituto, frente a muchísimos donde no ocurre, que no actúa conforme a ley y la Comunidad de Madrid lo respalda con declaraciones para mí desafortunadas. Hay cuestiones que son de Estado y que se debían separar de la cuestión ideológica.

P. ¿Cómo está el islam aquí?

R. Esperanzado, vivo, en lucha por la normalización. Es una religión de paz con muchos valores de los que yo he aprendido. Hay un proceso en marcha que es la representación del islam en España. Cuanto más perfeccionada sea la representatividad, mejor.

P. Pero hay procesos de radicalización que empiezan con predicadores radicales en las mezquitas y acaban a tiros en Irak.

R. También hay procesos de radicalización que empiezan en Internet y no por eso te vas a cargar Internet. El peligro hoy día es reducirlo todo al esquema de indios y vaqueros. Hay que acercarse a estos fenómenos con matices.

P. ¿Hay que crear un islam español o europeo?

R. Ya existe.

P. Pero todas las corrientes vienen de fuera.

R. Si queremos promover la libertad y la igualdad, se debe promover esa opción religiosa, al margen de que otras generaciones hayan venido de fuera, porque ahora son europeos. Hemos de proteger sus libertades, igual que las de los demás. Es lógico que tengan influencias de fuera. Yo soy asturiano y toda la vida llevaré Asturias en el alma.

P. ¿El sermón del viernes debe ser pronunciado en español?

R. Creo que sí. No digo que no se promueva el árabe, pero es un esfuerzo que deben hacer todos por conocer la lengua. El Ministerio de Trabajo hace esfuerzos magníficos para promover el estudio del español en origen.

P. Desde marzo, ha habido unos 90 cristianos, principalmente evangélicos, expulsados de Marruecos. ¿Las comunidades musulmanas deberían hacer algún pronunciamiento sobre esto?

R. Por supuesto. Es un caso claro de vulneración de la libertad religiosa porque no dañan a nadie creyendo lo que creen. Los musulmanes de aquí, como son españoles y respetan la ley, deberían invocar los derechos humanos.

 

 

kronos y kayrós
15 de Mayo, 2010
Entrevista realizada a Moussa Ag Assarid. 

 "No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...  en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de  los camellos, cabras, corderos y vacas  de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo" 

- ¡Qué turbante tan hermoso...!

- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

- Es de un azul bellísimo...

- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

- ¿Por qué?

- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quiénes son los tuareg?

- Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: señores del desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

- ¿Cuántos son?

- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

- ¿A qué se dedican?

- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...

- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..

- Mucho. A  los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

- Saber eso es valioso, sin duda...

- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, y cada una tiene enorme valor. 

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

- Vi correr a la gente por el aeropuerto... . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...

- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua.... y sentí ganas de llorar.

- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...

- ¿Tanto como eso?

- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

- ¿Qué pasó con su familia?

- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...

- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...

- Y lo logró.

- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

- ¡Un tuareg en la universidad. ..!

- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.

- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...

- Fascinante, desde luego...

- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor.... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...

- Qué paz...

- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

 

 

los mulás no son suicidas, Freigtag, abril 2010
David Goeßmann y Fabian Scheidler entrevistaron la pasada semana a Noam Chomsky para la revista alemana  Freitag.

Freitag: Barak Obama obtuvo en el 2009 el Premio Nobel de la paz mientras destinaba a Afganistán más tropas. ¿Qué ha sido del “cambio” prometido?

Noam Chomsky: Soy de los pocos que no está desilusionado con Obama porque no había depositado expectativas en él. Ya he escrito sobre las posiciones de Obama y sus perspectivas de éxito antes de que comenzase su campaña electoral. Vi su página web y para mí estaba claro que se trataba de un demócrata moderado al estilo de Bill Clinton. Hay, claro, mucha retórica sobre la esperanza y el cambio. Pero eso es como una hoja en blanco. Se puede escribir en ella lo que uno quiera. Quienes se desesperaron con los últimos coletazos de la era Busch buscaron esperanzas. Pero no existe ninguna base para expectativa ninguna una vez se ha analizado correctamente la sustancia de lo que dijo Obama.      

Su gobierno trató  a Irán como una amenaza debido a su programa de enriquecimiento de uranio, mientras países que poseen armas nucleares como India, Pakistán e Israel escapan a la presión. ¿Cómo juzga esta manera de proceder?

Irán es sentido como una amenaza porque no obedeció a las órdenes de los Estados Unidos. Militarmente, esta amenaza es irrelevante. Este país no se ha comportado agresivamente fuera de sus fronteras durante siglos. El único acto agresivo se dio en los años setenta bajo el sah de Persia, cuando, con el apoyo de los EE.UU., se invadieron dos islas árabes. Naturalmente, nadie quiere que Irán o cualquier otro país disponga de armas nucleares. Desde luego, se sabe que este estado está indudablemente gobernado por un régimen abominable. Pero aplíquense los estándares reclamados a Irán a socios de los americanos como Arabia Saudí o Egipto y entonces apenas puede criticar uno a Irán en materia de derechos humanos. Israel ha invadido con el beneplácito y ayuda de los EE.UU. Líbano en 30 años hasta cinco veces. Irán no ha hecho nada que se asemeje.  

Con todo, se considera al país como una amenaza.

Porque Irán ha seguido un camino independiente y no se subordina a ninguna orden de las autoridades internacionales. No se comportó de otro modo con Chile en los años setenta. Cuando este país pasó a estar gobernado por el socialista Salvador Allende, fue desestabilizado por los EE.UU. para para producir “estabilidad”. No se trataba de ninguna contradicción. Se había de derrocar al gobierno de Allende –la fuerza “desestabilizadora”– para mantener la “estabilidad” y poder restaurar la autoridad de los EE.UU. El mismo fenómeno lo tenemos ahora en la región del Golfo. Teherán se opone a esa autoridad.

¿Cómo valora el objetivo de la comunidad internacional de imponer pronto graves sanciones a Teherán?    

La comunidad internacional: curiosa expresión. La mayoría de los países del mundo pertenece al grupo del bloque no alineado y apoyan enérgicamente el derecho de Irán a poder enriquecer uranio con fines pacíficos. Han repetido con frecuencia y abiertamente que no se consideran parte de la así denominada comunidad internacional. Obviamente pertenecen a ella sólo quienes siguen las órdenes de los EE.UU. Son los EE.UU. e Israel quienes amenazan a Irán. Y esta amenaza ha de tomarse seriamente.

¿Por qué razones?

Israel dispone en este momento de cientos de armas atómicas y sistemas de lanzamiento. De éstos últimos, los más peligrosos provienen de Alemania. Este país proporciona submarinos nucleares   Dolphin, que son prácticamente indetectables. Pueden equiparse con misiles de cabeza nuclear. Israel está preparado para desplegar estos submarinos en el Golfo. Gracias a la dictadura egipcia pueden los submarinos israelís pasar por el canal de Suez.   

No sé si se ha informado de ello en Alemania, pero hace un par de semanas la marina estadounidense informó de que ha construido una base para armas nucleares en la isla Diego García, en el océano Índico. Allí se dispondrían los submarinos equipados con misiles nucleares, incluido el llamado “destructor de búnkers”. Se trata de unos cohetes que pueden atravesar muros de cemento de varios metros de grosor. Han sido pensados exclusivamente para una intervencón en Irán. El destacado historiador militar israelí Martin Levi van Creveld, un hombre claramente conservador, escribió en el 2003, inmediatamente después de la invasión estadounidense de Irak, que “tras esta invasión los iraníes se volverán locos por no haber desarrollado aún ninguna arma atómica.” En la práctica, ¿cómo se puede evitar de otro modo una invasión? ¿Por qué los EE.UU. no están ya ocupando Corea del Norte? Porque allí hay un instrumento de disuasión. Una vez más: nadie quiere que Irán tenga armas nucleares, pero la probabilidad de que Irán emplee armas nucleares es más bien mínima. Se puede comprobar en los análisis de los servicios secretos estadounidenses. Si Teherán quisiese equiparse con una sola cabeza nuclear, el país sería posiblemente arrasado. Una fatalidad de ese tipo no es del gusto de los clérigos islamistas en el gobierno: no han mostrado hasta la fecha ningún impulso suicida.   

¿Qué puede hacer la Unión Europea para disipar la tensión de esta situación tan explosiva?

Podría reducir el peligro de guerra. La Unión Europea podría ejercer presión sobre India, Pakistán e Israel, los más prominentes no firmantes del tratado de no proliferación de armas nucleares, para que finalmente lo suscriban. En octubre de 2009, cuando se protestó contra el programa atómico iraní, la AIEA (Agencia Internacional de la Energía Atómica) aprobó una resolución, que Israel desafió, para que este país suscribiese el tratado de no proliferación de armas nucleares y permitiese el acceso a sus sistemas nucleares a inspectores internacionales. Europa trató de bloquearlo. Los EE.UU. también: Obama permitió a Israel saber de inmediato que no debía prestar ninguna atención a esta resolución.

Es interesante lo que sucede en Europa desde que se terminó la Guerra Fría. Quien se hubiera creído la propaganda de todas las décadas anteriores debió esperar que la OTAN se disolviese en 1990. La organización se había creado para proteger a Europa de las “hordas rusas”. Ahora ya no existen las “hordas rusas”, pero la organización se expande y viola todas las promesas que había hecho a Gorbachov, quien fue lo suficientemente ingenuo como para creerse lo que le dijeron el presidente Bush y el canciller Kohl, a saber: que la OTAN no se desplazaría ni un milímetro hacia el Este. Gorbachov se creyó, según opinan los analistas de estado, todo lo que dijeron. No fue muy sabio. Hoy la OTAN se ha expandido a grandes zancadas hacia el Este y sigue su estrategia de controlar el sistema mundial de energía, los oleoductos y gasoductos y las rutas de comercio. Hoy es una muestra del poder de intervención estadounidense en el mundo. ¿Por qué Europa acepta esto? ¿Por qué no se planta y mira frente a frente a los EE.UU.?

Aunque los EE.UU. quieren seguir siendo una superpotencia militar, la economía estadounidense prácticamente de desplomó en el 2008. Hicieron falta miles de millones para apuntalar Wall Street. Sin el dinero procedente de China, los EE.UU. quizá hubiesen entrado en bancarrota.

Mucho se habla del dinero chino y mucho se especula a partir de este hecho sobre un desplazamiento de poder en el mundo. ¿Podría China relevar a los EE.UU.? Tengo a esta pregunta por una muestra de extremismo ideológico. Los estados no son los únicos actores en el escenario mundial. Hasta cierto punto son importantes, pero no del todo. Los actores, que dominan sus estados respectivos, son sobre todo económicos: los bancos y las corporaciones. Si se examina quien controla el mundo y determina la política, uno se abstiene de afirmar un desplazamiento del poder mundial y no digamos ya de la fuerza de trabajo mundial. China es el ejemplo extremo. Allí se dan interacciones entre empresas transnacionales, instituciones financieras y el estado en la medida en que eso sirve a sus intereses. Ése es el único desplazamiento de poder, pero no proporciona ningún titular.   

Noam Chomsky, que acaba de cumplir 81 años, es el intelectual vivo más citado y figura emblemática de la resistencia antiimperialista mundial. Es profesor emérito de lingüística en el Instituto de Tecnología de Massachussets en Cambridge y autor del libro Imperial Ambitions: Conversations on the Post-9/11 World. 

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

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Freitag, 31 marzo 2010

 

parte de Jorge Alemán
Soledad: Común

* Intervención en Valencia y respuesta indirecta a Paulo Siquiera,
a su “Lettre a Jorge Alemán” aparecido en Le Journal des Journées núm. 52.


Lacan no puede ser más contundente. En el seminario “Aún”, una vez establecida la imposibilidad lógica de la relación sexual, afirma que lo único que sí “se escribe” en aquél que habla es la Soledad. Tal vez por eso en su día manifestó que no le faltaban motivos para la risa y sí con quienes compartirla. Cierto es que la propuesta de hablar de la soledad del analista llega en una encrucijada especial. Hace poco, he publicado en Argentina un librito titulado “Para una izquierda lacaniana...”, aunque de entrada hago la salvedad, y así lo indican los puntos suspensivos del título, de que se trata de una conjetura que no intenta fundar ningún punto de identificación en su consistencia, que no hay escuela, ni institución, ni sujeto, ni siquiera Jorge Alemán, que en principio pueda pertenecer a algo que se llama la “izquierda lacaniana”. Sin embargo, las palabras izquierda y lacaniana no están hechas para ir juntas, pues proceden de campos que guardan entre sí una distancia insalvable. Seguramente por esto, la expresión inevitablemente promueve distinto tipo de malentendidos, los cuales tal vez ahora alcancen una mayor intensidad, cuando intente vincular la palabra Soledad con la palabra Izquierda. Para aún subrayar más el carácter conjetural de la expresión izquierda lacaniana, tal vez convenga tener en cuenta que su antecedente, como lo supo indicar mi amigo Freda en Buenos Aires, y luego Javier Garmendia en Madrid, es mi libro de poemas “No Saber”. La soledad de la izquierda lacaniana, esa sería la expresión más apropiada a las suspicacias que la misma puede suscitar. Una que ya me han presentado es la siguiente: que llamo a la construcción de la izquierda lacaniana o que soy “progresista”, palabra que nunca despertó mi simpatía.


Pero si en ningún momento he deseado fundar algún agrupamiento o corriente, ni he pretendido ignorar todo aquello que en la enseñanza de Lacan le hace obstáculo a los espejismos y a las promesas de la izquierda, en cambio sí he tratado de proponer una nueva puntuación, una disponibilidad y apertura que juegue alternativamente en distintos sentidos. Por un lado, que violente las posiciones teóricas habituales de la izquierda desestabilizando su semántica aún dominada por el progresismo, la utopía y la revolución. Por otro, he intentado abrir una interrogación desde y hacia el discurso analítico y su experiencia con lo Real sobre la experiencia de lo Común, de lo que hay en común como algo previo y anterior a todas las diferencias generadas por las tradiciones y las identidades culturales. En otros términos, he intentado radicalizar una pregunta: qué es ser de izquierda si se aceptan razones tales como que la división del sujeto es incurable, que el plus de goce no es cancelable históricamente por ninguna dialéctica de superación, que la labor de repetición de la pulsión de muerte horada los espejismos de progreso de cualquier civilización, que la política y el discurso del Amo mantienen la voluntad de que la cosa marche, que la Revolución es el retorno de lo mismo al mismo lugar y, a veces con consecuencias más mortíferas, que la singularidad del goce y el deseo no es subsumible en el “para todos lo mismo” de la cosa política. Podría seguir sumando razones, desde distintos lugares de la obra de Freud, la enseñanza de Lacan y la orientación de Miller, que de manera rotunda nos muestran cómo los llamados fundamentos de la izquierda quedan perforados en su suelo ontológico más seguro cuando se confrontan a la lógica del discurso analítico. Además, tal vez son precisamente este tipo de razones las que han provocado que muchos lacanianos se hayan apartado de los caminos trazados históricamente por la izquierda.


Si esto es así, ¿por qué he preferido la fórmula izquierda lacaniana que vuelve a interrogarse por lo Común, en vez de permanecer en la indagación de la soledad del analista en cualquiera de sus ángulos habituales? La primera razón personal es que sigo siendo de izquierda, y extrañamente no a pesar de la enseñanza de Lacan, sino por la enseñanza de Lacan. No afirmo que los caminos de esa enseñanza conduzcan necesariamente a una posición de izquierda. De hecho, veo a muchos colegas que con los argumentos lacanianos han sabido construir una sabiduría escéptica en materia política o un conservadurismo lúcido, o una lectura irónica y en diagonal. Escucho, respeto y aprendo mucho de ello, pero mi posición es que se puede con la enseñanza de Lacan, y éste ha sido mi propósito a partir de los trabajos iniciados junto a Sergio Larriera en Lacan: Heidegger.

  • Primero, dar cuenta de la derrota de la izquierda a escala mundial a partir de los setenta, indagarla en la fantasmática que la dominaba, incluso, después de que la derrota se hubiera consumado.
  • Segundo, ofrecer al marxismo un lugar para hacer su duelo obviamente, considero que ese lugar es la enseñanza de Lacan, teniendo en cuenta que en donde verdaderamente se hace el duelo, es fuera del hogar y que ése hogar sólo puede ser la única teoría materialista del siglo XXI que sigue proponiéndose pensar una práctica que opere sobre lo real imposible.
  • Tercero, estos propósitos se sostienen sin ningún fundamento. Lacan no puede ser un nuevo fundamento para la izquierda, es su “desfundamentación”, la demostración de que sólo la causa ausente es realmente operativa; por lo tanto, se trata de una apuesta sin Otro y sin garantías. No obstante, es una apuesta que considera que el capitalismo, a pesar de su movimiento circular y sin corte, aunque no se pueda deducir el lugar de su salida, a pesar de que no se pueda nombrar el ámbito en donde dicha salida se pueda realizar, a pesar incluso de que no dispone del nombre de aquello que viene después, a pesar de que no existe ningún punto en el que se pueda designar en qué consiste una lucha anticapitalista, sin embargo el capitalismo no es una realidad eterna, necesaria, cuasi natural, donde la condición humana se realiza en su último escalón. Por el contrario, se trata una vez más de afirmar su carácter contingente y por lo tanto, el advenimiento siempre posible de otra manera de “ser con los otros” distinta a como se la conoce en el capitalismo.
  • Por último, me gustaría recordar que ser de izquierda es considerar que la explotación de la fuerza de trabajo realizada en la forma de la mercancía es un insulto a la “Diferencia Absoluta”. Una cosa es aceptar la inquietante homología entre el plus de gozar y la plusvalía, homología que en su extremo nos lleva a pensar la posibilidad de que “el sujeto es siempre feliz”, y otra es aceptar la explotación como si en sí misma fuera un rasgo más de la condición humana necesaria y eterna, y en la actualidad a un paso de ser “fundamentada” por alguna disposición cerebral. La jerarquía del mercado no es la diferencia sino su tergiversación numérica y equivalencial.


Por todo esto, hablar de la soledad en esta ocasión sirve para recordar que si bien el discurso del Amo, ese discurso donde todos tienen que marchar al mismo paso, no alumbra mucho sobre la singularidad del sujeto, en cambio el sujeto, en la radical soledad del sinthoma en la cura, sí puede inventar otra manera de leer e interpretar el “para todos” que sostiene el mundo. Y a esto mismo lo considero un hecho político en el sentido más radical del término.


¿Qué es lo Común, si el punto de partida no es el “para todos” que marcha hacia un punto ideal, un punto final, utópico sin fracturas ni antagonismos, un orden de la sociedad reconciliada consigo misma, como lo ha creído históricamente la izquierda? ¿Qué es lo Común?: si se lo entiende como aquello que brota de la no relación sexual, lo Común surgiendo de la soledad sinthomática en relación al inconsciente, sin dialéctica ni superación alguna. O dicho de otro modo, lo Común como el verdadero término donde la Diferencia Absoluta, o el “amor sin límites” fuera de la Ley pueden jugar su partida.


Desde esta pendiente, los nombres de lo Común surgen del “No Hay”; no hay relación sexual, no hay metalenguaje, no hay Otro del Otro. A su vez, estos tres “No Hay” indican que una determinada civilización, la capitalista en este caso, no se sostiene sólo por una opresión violenta y exterior sino por la complicidad constitutiva del sujeto en su respuesta fantasmática e ideológica a los distintos “No Hay”. Agregaría que la ideología es el fantasma fuera de la experiencia analítica. La vida social está dominada por la respuesta fantasmática a estos tres “No Hay” que tienen en común los seres parlantes. Propongo pensar lo Común desde la lógica del “No Hay” para inaugurar una nueva posibilidad acerca del enigmático “ser con los otros” que en su día abandonó Heidegger reemplazándolo por la confusa expresión Pueblo, expresión romántica que pretende siempre presentarse como una identidad fija y estable. En cierto modo, el propio Marx tampoco quiso pensar lo Común ya que daba por supuesto de entrada que había comunidad. Es en la enseñanza de Lacan, a partir de la soledad sinthomática como aquello que se escribe frente a la no relación, que tenemos la oportunidad de entender lo Común en un nueva perspectiva. Lo Común, sin fundamento identitario, distinto de las propiedades homogeneizantes del capitalismo, anterior a toda división del trabajo o jerarquía burguesa, irreductible a todo cálculo utilitario de los semblantes. Pero plantear a lo Común en estos nuevos términos exige algunas precisiones:

  1. Si Freud ha visto siempre a la “psicología de las masas” como un prolegómeno del totalitarismo, en cambio en Lacan existen serias razones para aislar una perspectiva de lo Común que se pueda diferenciar del “para todos” capitalista o totalitario. Un estar juntos, un ser con los otros en un proyecto sin garantías, donde lo Común no está dado de antemano sino que es la contingencia que se puede encontrar en el arte, en el amor, en la amistad y en el orden específicamente político, done la experiencia analítica es el “estudio” de la contingencia en la propia vida. Pero para esto hay que admitir, que la única constancia material de esa matriz de lo Común con la que han tenido que ver los seres parlantes, es el encuentro real con Lalengua. No hay otra matriz de lo Común que dicho encuentro, que dicho evento. Antes de que se instalen las diferencias entre los que enseñan y los que aprenden, entre los que trabajan y los que mandan, antes de que se aprenda la gramática y se ingrese a las buenas o malas escuelas. El solitario encuentro con lo real de Lalengua, el primer traumatismo es paradójicamente el único punto que demuestra la existencia de lo Común como aquello diferente al “para todos” homogeneizante de la “psicología de las masas”. Por lo mismo, este encuentro solitario con lo Común de Lalengua no puede tampoco ser subsumido en el individualismo o en el denominado ámbito de lo privado. Más bien constituye el punto de fuga de dichos ámbitos, el punto de Deconstrucción de los mismos. Tal vez por estas razones los lingüistas y los lógicos que tuvieron la valentía de vislumbrar lo que se pone en juego en el encuentro primero con Lalengua nunca han deseado dimitir del proyecto de Emancipación, aún cuando éste se presente agujereado en sus fundamentos y sostenido sólo por su causa ausente. El parlêtre pertenece al No Todo de lo Común y no al Universal, que siempre se sostiene en una excepción. Ser africano, ser árabe, ser latinoamericanos pertenecen al Universal, que siempre es ya una deriva segunda con respecto a la primera pertenencia del parlêtre a lo Común de Lalengua. Es lo que Lacan, a mi juicio, intuyó claramente, de lo que se despoja a las multitudes excluidas es de la posibilidad de hacer del encuentro traumático y solitario con Lalengua, un lazo social que implique la defensa inconsciente con respecto al goce. En su lugar, cada vez más proliferan pseudos semblantes en los que el individualismo y el utilitarismo se dan la mano en su política cada vez más confirmada como ejercicio de un miedo a la desintegración. Hasta tal punto que, como Lacan ya lo profetiza en su Seminario 19, no hace falta ninguna ideología explícita para ser racista y para el aumento masivo de dicho fenómeno. Ahora ya se ha vuelto suficiente con considerar al “Tú” como la señal de un plus de gozar subdesarrollado en el Otro. Tampoco hay que olvidar que en ese mismo seminario Lacan afirma que el verdadero poderío del discurso capitalista es extender ese subdesarrollo de manera ilimitada.

  1. Como habrán apreciado hasta aquí, he trasladado la temática de la Soledad y de la “no Relación” al campo de lo Común, para así poder sugerir las siguientes cuestiones:

    - Que el discurso del Amo contemporáneo nutre al “para todos” con un individualismo mercantil que impregna al propio Estado y sólo deja un “subdesarrollo” amontonado en su plus de gozar para los excluidos. Por lo mismo, ese Para Todos no está libre de ser pensado en su fractura. El discurso del Amo, aunque se proponga que la “cosa marche”, no puede liberarse de los antagonismos constitutivos de lo Político en la perspectiva que hemos trazado hasta aquí. Considero que lo Político surge del encuentro real con Lalengua, mientras que la política es un “saber hacer” con ese encuentro.

    - Que la miseria no es sólo la privación de las necesidades materiales, como lo que pensó Marx, sino estar a solas con el plus de gozar frente al eclipse de lo Simbólico. Si antes la pobreza era un signo menos, una falta, actualmente desde la perspectiva del plus de gozar y sus objetos, la pobreza es un lugar de exceso y de condensación de goce: se llame a esto droga, armas, juego, gadget…también el pobre, en el discurso capitalista es finalmente un consumidor.

    - Pretender naturalizar la explotación con el pretexto de que no hay “justicia distributiva” es, como dijimos antes, un rechazo de la Diferencia Absoluta. Que no haya justicia distributiva, tal como lo formula Lacan, implica más bien que en lo Común siempre existirá una dimensión que es irreductible para el cálculo del valor. Es, tal vez, un deber del psicoanálisis proteger ese lugar, pues común aquello que no puede ser intercambiado como Valor.

    - Las “regulaciones” del Estado no son ya “sociales” ni de “izquierda”, se enmarcan en la estrategia neoliberal donde el Estado es ya un instrumento de la mutación de la Ciencia en Técnica, entendiendo por Técnica aquello que pone a todos los parlêtres a disposición de una Voluntad circular, acéfala e ilimitada, lo que vuelve homólogo al discurso capitalista elaborado por Lacan y lo que Heidegger designa con la palabra Técnica.

    Por todo esto, siempre se me podrá sugerir que el analista debe cuidarse de proferir su ideología política o social, en definitiva, no pavonearse de sus significantes Amos, y esto es así y pertenece a la lógica de la Dirección de la Cura. Sin embargo, la “Ideología” retorna en todos, muchas veces incluso a través del uso de fórmulas lacanianas que, como dije antes, van dejando como sedimento un tipo de argumentación inspirada en un nuevo estilo de conservadurismo laico o en una adopción irónica de los semblantes de la tradición. Pero si se si se trata de operar sobre lo real en la Cura, una vez más se debe plantear el problema acerca de cómo el “Fundamento ausente”, se vuelve Causa. Asumir como Causa el “Fundamento ausente” de la No relación, puede ser la condición para que una Escuela sea una base de operaciones del Malestar en la civilización, cuestión formulada por Lacan, si se quiere bastante más atrevida, que la expresión-oxímoron “izquierda lacaniana”.

    Frente a la propuesta de pensar la Soledad del Analista es que intento afirmar que la Soledad puede ser el mejor camino para pensar lo Común. Después del discurso analítico no hay Común sin Soledad. Después del discurso analítico, la izquierda no puede seguir capturada en un fantasma de oblatividad. Después del discurso analítico, la izquierda no puede ser utópica: pues nunca existirá una sociedad reconciliada consigo misma y sin fractura. No puede ser revolucionaria: pues no hay un corte que permita que empiece todo de nuevo, y si hay un acontecimiento semejante, es el signo más logrado de la pulsión de muerte, y no puede ser progresista, su tiempo será el del “Futuro anterior”: lo que habré sido, para lo que estoy llegando a ser. Tratar al retorno del pasado, sin nostalgia y con la energía de lo venidero. ¿No es ésta la guerra aplicada del duro Deseo de durar?



Fue en mi propio análisis donde supe del peso de determinadas herencias y legados y lo que tenía que intentar hacer con ellos.

Jorge Alemán

Capitalismo: una historia de amor


ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Traverse City (Michigan) - 03/01/2010

Capitalismo: Una historia de amor, último filme del director de Bowling for Columbine, se estrena el viernes 8 de enero en España. Moore acepta las contradicciones al proclamar que lo suyo son "las palomitas y los piquetes" y al asegurar que, si por él fuera, dejaría de hacer cine-protesta. "Estoy deseando que se me acaben los temas", dice, "y hacer teatro, un drama, con dos actores y ya está”.

Michael Moore
A FONDO
Nacimiento: 23-04-1954
Lugar: Flint

"Estoy deseando que se me acaben los temas y hacer teatro, un drama"
"La gente sale de mis filmes triste o enfadada pero dispuesta a luchar"
"EE UU ha invertido en guerras mientras dejaba crecer a un pueblo ignorante"
"Soy peligroso porque creo que la gente como yo paga pocos impuestos"
"Si Obama no toma decisiones a lo Roosevelt, perderá mucha gente"



         Mientras llega ese día, Moore sigue apuntando a Wall Street, el Capitolio o la Asociación Nacional del Rifle... una vez más no esconde sus obsesiones ni tampoco sus intenciones. Sentado en un hotel de Traverse City, la localidad al norte de Detroit en la que vive con su mujer desde 2003, explica que su cine persigue por igual la rebelión y el entretenimiento. "¿Por qué no?", asegura mientras picotea un racimo de uvas y se dispone a abrir un bote de patatas fritas Pringles. "La vida está llena de contradicciones. Yo quiero que la gente se entretenga con mi cine, pero no quiero que sean espectadores pasivos. Quiero que sean ciudadanos de una democracia, que bajen de la grada y participen en el juego. Y por eso les doy la información y las armas para que se levanten de la butaca. La gente sale de mi película enfadada a veces y triste otras, pero al menos dispuesta a luchar".

         Desde niño apuntaba maneras y a los 18 años, después de estudiar en un seminario católico, logró un puesto en el consejo escolar de Flint (Michigan, EE UU), esa localidad devastada por la industria automovilística en la que nació en 1954 y que es el motor de sus ideas y de sus películas. Esta vez, el protagonista es más conceptual y escurridizo que otras y quizá esta vez también el chiste no es tan fácil. "Para mí lo importante es marcarme retos", añade, "y cuando empecé con esta película pensé que éste era un tema muy complejo porque no hablaba de alguien o algo, sino que iba de filosofía económica. ¿Y quién quiere ir al cine a recibir una lección de economía?".

         Moore asegura que su cine no está dirigido a los convencidos, sino a los que hay que "convencer". "Con el tiempo tengo más cartas de seguidores republicanos que demócratas. Y en gran parte es porque la decepción para ellos ha sido mucho mayor. El tiempo me ha dado la razón: con la General Motors, con la guerra de Irak y con la sanidad pública. Ellos han sido los convencidos de algo que no les resultaba nada evidente. Cuando rodé Sicko nadie había sacado el problema de la sanidad en EE UU en un foro público. Y ahora resulta que es un tema capital dentro del programa del nuevo Gobierno y, sí, sinceramente me pongo una medalla por haber peleado por lograr que en este país tengamos los mismos derechos que tienen ustedes en España con la sanidad".

         Arrastra el hablar de una manera casi hipnótica. No es tanto lo que dice como la manera de decirlo. La velocidad y también la manera de modular la voz. Pontifica, pero cautiva al mismo tiempo. Su marcado estilo se ha vuelto reiterativo (o menos fresco) con el paso de los años, pero él no acepta eso como algo negativo: "Todos los artistas tienen un estilo del que no pueden desembarazarse tan fácilmente. Yo sigo comprando los discos de Bob Dylan".

         "Yo amo este país y por eso quiero cambiar las cosas", continúa Moore, que en su nuevo filme es capaz de provocar la risa con imágenes de archivo de Jimmy Carter o con una parodia del Jesús de Nazareth de Zeffirelli, o conmover con un intenso discurso del padre del New Deal, Franklin Delano Roosevelt, para él padre inequívoco de lo que debería haber sido EE UU. "Este país ha perdido tantas cosas por las que luchó. Este país ha invertido su dinero en guerras mientras dejaba crecer a un pueblo ignorante. El 60% de los estadounidenses no tienen pasaporte y no tienen la menor intención de tenerlo. Ni saben nada ni quieren saber nada del resto del mundo. ¿No es chocante? El 60% de la población sin pasaporte. Seguro que en España hay gente que jamás saldrá de su pueblo, pero seguro que son muy pocos".

         Por primera vez en el cine de Moore su educación católica se asoma de manera explícita. Una educación católica que, según él, le imprimió rabia social y descaro callejero: su interés por el teatro empezó gracias a los Berrigan Brothers, curas radicales a los que Moore siempre idealizó. "Mis valores éticos y morales vienen de mi educación religiosa, es algo que nunca había querido tocar en mis películas porque para mí la religión es un asunto profundamente privado. Yo he tenido muchos problemas con la Iglesia Católica como institución, pero en este país hay mucha gente religiosa y creo que es un lenguaje que el americano medio entiende muy bien".

         Frente a los que le critican por egomaníaco y demagogo, o por sacar beneficios económicos de un sistema que al mismo tiempo critica, Moore se defiende tachándolas de críticas simplonas. "Yo soy peligroso para ellos, entre otras cosas porque soy de los que creo que la gente como yo paga pocos impuestos".

         Capitalismo: Una historia de amor es un canto a Barack Obama. Durante el encuentro en Traverse City, Obama todavía no había ordenado el despliegue de 30.000 soldados más en Afganistán, decisión que ha sido fuertemente criticada por Moore en su activa página web. "No le pido que lo arregle todo en 10 meses y mantengo mi esperanza", señalaba días antes el cineasta. "Confío en él, es un hombre de clase obrera que creció con una madre soltera y cuando terminó los estudios no se fue a Wall Street, sino al gueto en Chicago. Pero soy consciente de que se le acaba el tiempo y, o vemos decisiones a lo Roosevelt, o perderá a mucha de su gente".





Santiago López Petit: “El pensamiento no sirve para luchar, sino que él mismo es lucha” - Amador Fernández-Savater


Originalmente en Fuera de lugar




     Santiago López Petit es profesor de filosofía en la Universidad de Barcelona (UB). Militante de la autonomía obrera en los años 70, hoy es uno de los impulsores de Espai en Blanc, una iniciativa a la vez filosófica y política. Acaba de publicar su último libro La movilización global. Breve tratado para atacar la realidad (ed. Traficantes de Sueños).

     A. F. Platón decía que el pensamiento es como el viento: no se puede ver, pero es capaz de sacudir la realidad. ¿Por dónde sopla hoy ese viento? ¿Cómo avivarlo en nosotros mismos? ¿Quién y cómo lo pretende cercar? Afirmas que pensamos siempre bajo coacción, ¿qué significa eso?

     S. L. Contra lo que dice el sentido común pensar no consiste en el funcionamiento de una facultad que sería innata al hombre. Pensar no tiene nada que ver con sentarse y esperar -aunque tampoco trabajar- hasta que uno le venga alguna idea. Pensar es una actividad forzada, un funcionamiento llevado al límite del propio pensamiento. Pensar es sacar pensamiento del propio pensamiento. Y lo que nos fuerza a hacerlo es la propia vida. Querer vivir nos obliga a pensar. Pensar es por tanto un gesto radical que tiene que ver más con la insensatez que con el asentimiento. Y es un gesto radical porque antes que nada consiste en interrumpir la normalidad, es decir, esa movilización total en la que estamos insertos y que llamamos vivir. Pensar es, pues, interrumpir el sentido común, agujerear la realidad, destruir el manto de obviedad que la protege, en definitiva, abrir espacios de vida. En tanto que gesto radical es una actividad práctica, que justamente por eso tiene que desdoblarse en dos planos. En un primer plano, pensar es ese pensar contra el pensar, esa actividad crítica que lleva a hundir toda seguridad, a erosionar todo horizonte. En un segundo plano, pensar se plasma en una estrategia de objetivos, o sea, en la formulación de unos objetivos concretos. No es suficiente afirmar que tenemos que atacar la realidad, debemos dotarnos de las armas y de las estrategias para poder hacerlo. Mantener unidos ambos planos es verdaderamente difícil porque su relación es totalmente paradójica. Pero esa paradoja, ¿no es la del pensar mismo? Pensar, ¿no es una actividad forzada y, a la vez, la más libre?

     A. F. Con el fin de un mundo dividido en bloques (1989), la derrota del movimiento obrero, acontecimientos como el 11-S, la realidad parece haberse vuelto confusa, indescifrable, deforme. Para pensarla, algunos hablan de “complejidad” o “sociedad líquida”. Por tu parte, propones otros conceptos como “multirrealidad” o “gelificación”. ¿Qué nos permiten pensar esos conceptos? ¿Tienen que ver con los de “complejidad” o “sociedad líquida”? ¿Es el tuyo un discurso posmoderno?

     S. L. El concepto de complejidad, más allá de algunos aciertos de la teoría general de sistemas, se ha convertido con el tiempo en la gran coartada. ¿Cómo vas a pretender transformar una realidad que se ha hecho tan compleja que ni siquiera llegamos a entenderla? Por su parte con la metáfora de la “sociedad líquida” ocurre algo parecido. Se trata de un término positivo que como el mismo Bauman reconoce ha perdido el momento negativo y crítico, lo que imposibilita cualquier análisis anticapitalista. Mi punto de partida es completamente diferente. Yo no quiero describir la realidad. Yo quiero cambiarla. Lo que significa que la realidad se me pone como problema político, no como un objeto de conocimiento. Las categorías que he introducido (multirrealidad, espacio-tiempo global, gelificación…) son diferentes maneras de abordarlo. Ciertamente, el discurso postmoderno en su mejor formulación supo constatar algunas transformaciones de la realidad: su devenir evanescente, su devenir simulacro… aunque olvidó el núcleo duro de la cuestión. La realidad se dice de muchas maneras pero justamente porque “la realidad es la realidad”. Y la realidad es tautológica porque es enteramente capitalista. En la actualidad, y como resultado de un proceso histórico en el que la desarticulación del movimiento obrero ha sido una pieza fundamental, la realidad se ha hecho plenamente capitalista y no queda nada fuera de ella. Esa realidad (capitalista) que se nos impone como problema político se muestra simultáneamente como abierta y cerrada, como plural y única… pero sobre todo como una realidad postpolítica. La realidad es esencialmente despolitizadora por dos razones fundamentales: 1) Porque en tanto que multirrealidad emplea el desorden como un factor de orden, y lo hace multiplicando sus dimensiones. 2) Porque el cierre de la realidad, lo que permite que la realidad se autopresente como tal, es la propia obviedad. Con ello cambia el estatuto de lo político, pero no sólo ya que la concepción tradicional de la politización se viene también abajo. Por eso es tan difícil de atacar la realidad. Sin antagonismo, que es reducido a ruido de fondo, sin preguntas, ya que reina la obviedad… y, sobre todo, por el hecho mismo de que sencillamente viviendo, la reproducimos. La realidad, nuestra propia vida, se ha convertido en nuestra cárcel.

     A. F. Recuperas un concepto muy problemático a día de hoy como es el de verdad. Afirmas que el pensamiento es un asunto de verdades, ¿a qué te refieres?

     S. L. Esa realidad que se nos impone como única y sin afuera, como plenamente tautológica no es más que la verdad del capital. Digámoslo claro. La verdad del capital es la que ha triunfado y frente a ella no hay en estos momentos alternativa alguna. La verdad del capital ha triunfado porque puede organizar el mundo. Sólo hay que ver lo que sucede en relación a la crisis actual. Nadie es capaz de poner en el centro del debate la necesidad de una verdadera transformación social. Sólo se oyen las propuestas cínicas de reformular las bases éticas del capitalismo, desde Sarkozy a los intelectuales que sostienen el statu quo. Mi respuesta a tu pregunta es entonces: ¿cómo se combate una verdad si no es desde otra verdad? Si quieres lo puedo formular de una manera menos provocativa. Esa realidad a la que simplemente he intentado aproximarme está atravesada por una profunda crisis de sentido. Esta crisis de sentido remite al hecho de que el sentido del mundo es uno solo. ¿Por qué? Porque existe un único acontecimiento que da sentido al mundo, ese acontecimiento es el desbocamiento del capital, lo que de una manera aproximada podríamos llamar la globalización neoliberal. Cuando el sentido es único hay necesariamente una crisis de sentido, ya que el sentido siempre es plural. Evidentemente esta crisis de sentido tiene una lectura conservadora (crisis de valores, crisis de autoridad…). Lo que me interesa destacar es que la mayor parte de la propuestas críticas intervienen aquí intentando proponer un sentido a esta crisis. Desde un nuevo relato emancipador, a la diseminación, pasando por un pragmatismo desencantado… Pues bien, yo creo que sólo la verdad –una verdad que nace en la experiencia de lucha y del compartir –puede sacarnos de la crisis de sentido e incidir sobre la realidad. La verdad entendida como desplazamiento o interrupción del sentido común y de la realidad obvia.

     A. F. ¿Podrías dar algún ejemplo?

     S. L. Si en lugar de autoestima hablamos de dignidad abandonamos el ámbito de los libros de autoayuda -que en el fondo siempre plantean un pacto cobarde con la vida- por una posición desafiante; si en lugar de participación hablamos de implicación, abandonamos una problemática interna al poder por una posición crítica respecto del poder, etc. La verdad es el desplazamiento. Más exactamente, la verdad se produce en el momento del desplazamiento.

     A. F. En cada uno de tus libros palpita la voluntad de ligar pensamiento y transformación social, ¿en qué consiste ese vínculo para ti?

     S. L. Es lo que intento. Cuando se vincula pensamiento y transformación social –y digo “cuando” porque en la actualidad no es lo habitual– se hace de un modo exterior. El pensamiento tiene que servir para impulsar un cambio social. El pensamiento se asemeja entonces a una especie de caja de herramientas en la que los movimientos sociales buscarían instrumentos para luchar. Las ciencias sociales, en el fondo, respondían a este modelo. Me atrevería a afirmar que eso no es auténtico pensamiento. El pensamiento no sirve para luchar sino que él mismo es lucha. De otra manera: ¿qué clase de pensamiento sería aquél que no hiere a quien lo produce a la vez que actúa hiriendo la realidad? Si vivir es luchar con la vida, si toda transformación social es, en última instancia, esa misma lucha contra esa vida-cárcel que nos encierra en lo que somos, entonces está claro que no existe ningún vínculo entre pensamiento y transformación social. No existe ningún vínculo porque no hay exterioridad alguna. Las ciencias sociales, por el contrario, o han negado simplemente la transformación social o bien han extremado esa separación. Así ha empezado su decadencia. La disminución progresiva de los estantes dedicados a la sociología en las librerías, la lectura, en tantas ocasiones aburrida, de sus tratados… El destino de las ciencias sociales ha acabado siendo a menudo el de ofrecer metodologías para realizar los informes que las instituciones oficiales piden. Evidentemente, entonces ya no se puede hablar de pensamiento.

     A. F. Dices en algún sitio que el pensamiento está “asediado y desactivado”. ¿Por medio de qué tipo de mecanismos y dispositivos, cómo funcionan, qué efectos pretenden y obtienen? ¿Qué relación hay entre capitalismo e ideas?

     S. L. El pensamiento está asediado en la escuela donde se formatean las mentes de los niños para adaptarlos a las necesidades del mercado. Pedagogos y psicólogos rivalizan en vaciar la enseñanza de contenidos (históricos, sociales…) y reducirla a puro formalismo: aprender a aprender. En la universidad, la privatización y la mercantilización determinan las materias impartidas y la investigación misma. Ya no se forma sino que se capacita, se invierte en recursos humanos. En los medios de comunicación hace tiempo que las figuras del experto y del “opinólogo” han barrido cualquier atisbo de pensamiento. Así podríamos seguir. Este proceso de neutralización del pensamiento es tan generalizado y tan articulado que desde Espai en blanc hemos querido analizar cómo funciona. Pero hemos querido hacerlo desde una posición activa. Por eso hemos empezado a hablar de combate del pensamiento. El combate del pensamiento no sería la reivindicación de un pensamiento esencialista ni tampoco la figura del intelectual de la cual abominamos, sino que consistiría en replantear en la actualidad lo que era la antigua lucha ideológica. En la multirrealidad no existe una ideología dominante en el sentido clásico. La conocida frase de Marx (“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”) tiene que reescribirse. Se podría decir que no existe ideología dominante cuando toda la realidad se ha convertido en ideológica. Eso es lo que significa la tesis de que la realidad y el capitalismo coinciden. En este sentido, la ideología dominante no sería tanto un contenido específico, como un conjunto de estrategias de activación/desactivación de las ideas en función de la propia reproductibilidad de la realidad. Estas estrategias que, en última término, remiten al modo de funcionamiento de la multirrealidad, pueden clasificarse por lo menos en tres tipos: 1) Estrategias de banalización. Por ejemplo, lo ocurrido con la idea de “lo trágico” que en Nietzsche poseía un carácter subversivo y que en la actualidad se ha convertido en banal y ridícula. 2) Estrategias de tergiversación. El caso más dramático es el uso de los conceptos promovidos por Deleuze y Guattari en su libro Mil Mesetas y que el ejército israelí estudia para mejor combatir al enemigo palestino. 3) Las estrategias de apropiación. Por ejemplo, el término sociedad del espectáculo, que Debord introdujo con una voluntad crítica, es reclamado por la propia sociedad capitalista para definirse ella misma. Analizando estas estrategias concretas, ciertamente se constata que las ideas (afectos, saberes…) funcionan para el capital, pero hay que ir más allá de los ejemplos anteriores de captura, e incluso de un modelo economicista de comprender el capitalismo. Desde nuestra perspectiva diremos que las ideas no son libres (y, por tanto, no pueden ser instrumentos de liberación) porque están sujetas a la movilización global. Ellas mismas son el motor y el efecto de esta movilización por lo obvio que se confunde con nuestro vivir y que construye la realidad.

     A. F. ¿Y cómo podemos volver a hacer peligrosas las ideas?

     S. L. Creo que la pregunta no está bien planteada. Una idea, si verdaderamente es ya una idea, necesariamente es peligrosa. La movilización global ha realizado plenamente la crítica del mundo de las ideas que Platón oponía al mundo terrenal. La realidad no es un mero reflejo de las ideas sino que las ideas están plenamente en ella y la conforman. No existe ningún mundo trascendente, tan solo este mundo nuestro en el que vivimos. La obviedad dice (y es también la explicitación) el hecho de que las ideas pertenecen a la realidad, y a la vez, el proceso que las lleva a ser la realidad. Obviedad es el término con el que califico el devenir material de la ideología, la génesis de esa realidad ideológica de la que las ideas forman parte. El objetivo es entonces claro: hay que liberar las ideas y convertirlas en fuerza material. Las ideas, nuestras ideas son armas porque una sola idea -en ella misma- es ya una victoria contra la obviedad. Una sola idea puede agujerear la obviedad. Porque una idea no es más que la verdad misma que insiste en el tiempo. Una idea es la propia verdad cuando abre vías de agua en la realidad. Una idea no es, en absoluto, un construcción mental, una idea es el propio combate por liberar la idea de su sometimiento a la movilización global. Sabemos que únicamente las ideas libres pueden liberarnos. Lo que jamás hay que olvidar es que detrás de una idea se alza siempre el grito colectivo de “¡aquí estamos!”. Una idea no se comunica ni requiere propaganda para propagarse. Detrás de una idea existe siempre una palabra que se toma, una toma de palabra desde un nosotros que empieza a hablar.

     A. F. Te implicaste el año pasado en la lucha contra el Plan Bolonia como profesor de la UB. ¿Cómo amenazaba Bolonia el espacio en el que se desenvuelve tu trabajo diario? ¿Qué te aportaron las movilizaciones anti-Bolonia?

     S. L. Sí, me impliqué cuando el festival de la hipocresía empezó a dejar paso a acciones más concretas como ocupar la Universidad. Me refiero a la ocupación de la UB por parte de algunos profesores, PAS… como respuesta al violento desalojo por parte de la policía del Rectorado, también ocupado desde hacía meses. Fue interesante ver cómo la población primero reticente, ante la brutal represión, empezó a apoyarnos. La figura del estudiante quedó totalmente estallada, y sirvió como excusa para que miles de personas acudieran a una de las manifestaciones más impresionantes de los últimos tiempos. Impresionante por la cantidad de gente y por su larguísima duración. Desde el movimiento contra la guerra no había visto salir gente a los balcones a aplaudir, o que los coches celebraran el paso de los manifestantes. El malestar acumulado existente en una ciudad inhabitable que cada vez más es una vitrina para los turistas, encontró en el “movimiento estudiantil” una posibilidad de expresión. Pero una de las experiencias más interesantes creo que fue la Universitat Lliure que se formó en la Universidad de Barcelona (Raval). Surgida de la asamblea de facultades, aunque con voluntad de autonomía, supo entender perfectamente la limitación del discurso político militante. A partir del eje central “crítica de la fragmentación del saber” organizó actos en los que ganar un espacio en la propia universidad, en la calle… se convirtió ya en un desafío a las autoridades. Porque de lo que se trataba, antes de nada, era de irrumpir en la aparente normalidad y hacerlo con el máximo nivel de exigencia intelectual. Las intervenciones de muchos estudiantes tuvieron muchísimo más nivel que el que es habitual en los cursos.

     A. F. A nivel más general, ¿es el aula para ti un espacio diario de lucha?

     S. L. Yo cada vez que voy a clase me extraño de que me paguen por ello. A veces pienso que debería ser yo el que tendría que pagar. Me acuerdo de mi época de químico escondiéndome en el water para poder leer el Zaratustra de Nietzsche. Me parece increíble que las clases puedan constituir un pequeño laboratorio donde pongo a prueba lo que voy pensando. En este sentido, no definiría el aula como un espacio de lucha sino como un espacio de exposición. Dar clase es exponerse y ese es el verdadero desafío. Exponerse, semana tras semana, a tener algo que decir. Algo que haga pensar y conmueva. Exponerse, también porque para mí dar clases no puede dejar indemne.

     A. F. El amplísimo seguimiento público de cada intervención de Agamben, Negri, Badiou, Butler, Ranciére, Sloterdijk o Zizek -que recuperan términos tan polémicos como “comunismo”- nos habla seguramente de que se está dando una búsqueda en lo social de preguntas más allá de lo obvio (la democracia-mercado como único contexto posible de la vida en común). Sin embargo, a la vez, quizá paradójicamente, se diría que la figura del intelectual como “Gran Vigía” está en crisis: la inteligencia colectiva diseminada en luchas y redes sociales tiene su propia capacidad para plantear problemas y crear respuestas. ¿Estás de acuerdo con esta descripción de situación? ¿Cómo sitúas entonces tu papel como “filósofo militante” en ese contexto?

     S. L. Estoy de acuerdo en que la figura del intelectual comprometido ha pasado a un segundo plano. Evidentemente esta pérdida de centralidad tiene que ver con transformaciones sociales más generales (desarticulación política y social de la clase obrera, etc.). Su lugar, sin embargo, lo ha ocupado un nuevo tipo de intelectual: el intelectual mediático que incluso presume de compromiso con la democracia. Estoy pensando, por ejemplo, en Vargas Llosa o en Bernard Henry-Levy. Estas figuras que son directamente portavoces del capital, y que en cambio pretenden darnos lecciones de compromiso ético, me resultan repugnantes. Por supuesto, que tampoco reivindico al antiguo intelectual marxista. La verdad, nunca me interesó la figura del intelectual. Mi primer libro escrito junto con J. A. Díaz fue Crítica a la izquierda autoritaria en Catalunya 1967-1974 que se publicó en Ruedo Ibérico, evidentemente con pseudónimos. El libro era una crítica práctica y vivencial a la figura del intelectual crítico que se pretende – como buen leninista – dirigente político del movimiento obrero. Fue el libro de Ruedo Ibérico más silenciado, tanto por la dictadura como por la izquierda entonces clandestina. El término que me propones de “filósofo militante” me resulta un poco extraño. Por un lado, porque nunca me atrevería a firmar filósofo, a lo sumo profesor de filosofía. Por otro lado, porque la concepción tradicional de la militancia política es completamente insuficiente en la actualidad. Es lo que he tratado de probar al hablar de qué es pensar. La militancia debe reinventarse cuando la dimensión política no está dada en la realidad, sino que tiene ser efecto de una politización. En definitiva, si la politización es existencial – mejor dicho sólo puede ser existencial - ¿qué sentido tiene seguir manteniendo el concepto de militancia? Entonces quizás habría que hablar de “militancia de la vida”. Y, sin embargo, confieso que su inactualidad casi lo hace atrayente.

     A. F. Se habla de un “impasse” de las luchas sociales de base a nivel global, tras la caída del movimiento antiglobalización, el fin del “no a la guerra”, la (relativa) institucionalización de las luchas antineoliberales en América Latina. ¿Estás de acuerdo en ello? ¿Cómo se puede entonces seguir pensando políticamente en ausencia de luchas?

     S. L. En un reciente viaje a la Argentina gracias a los amigos del Colectivo Situaciones pude conocer personalmente al filósofo argentino León Rozitchner que había estudiado en Francia con Merleau-Ponty. De él he aprendido una frase que resume bien lo que me gustaría decir: “Cuando un pueblo no lucha, la filosofía no piensa”. Así es. Las ideas que verdaderamente cambian el mundo no salen de la cabeza genial de alguien, sino de prácticas sociales que son necesariamente colectivas. En el plano individual, como afirmaba Lukács, sólo te queda la posibilidad de golpear tu cabeza contra la pared hasta que salten chispas. Esta tarea no es simplemente intelectual contra lo que pudiera creerse, sino que implica aprehender en uno mismo el malestar que es social. Porque esta es la cuestión que quizás tu pregunta oculta. Efectivamente estamos en un impasse: la intervención política que persigue una auténtica transformación social parece bloqueada. Ausencia de lucha abierta no significa, sin embargo, ausencia absoluta de resistencia. Hoy día hay un malestar social difuso que arranca de la imposibilidad de vivir, de querer vivir y no poder hacerlo. Este malestar social latente estalla en las periferias de la ciudades cuando una provocación de la policía interviene. Y ese mismo malestar adopta formas tan terribles como el suicidio – casi treinta trabajadores se han suicidado en la empresa France Telecom este último año – como modo de resistirse a la reestructuración. Pensar, en ausencia de luchas abiertas, sería pensar en cómo politizar ese malestar que nos atraviesa, sabiendo que no hay ningún horizonte que nos espere. O dicho de otra manera: que la politización del malestar implica atravesar la impotencia – atravesarla es la única manera de salir de ella – y, al mismo tiempo, aprehender el malestar que es social como propio. Con todo lo que eso implica. Pensar políticamente, cuando los movimientos reales desfallecen, no es fácil.





Prohibido viajar

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio (Cuba)


      En la tradición occidental, Ulises fija para siempre la experiencia radical del viajero que, contra todos los obstáculos y todas las tentaciones, afrontando tormentas, monstruos y amenazas de muerte, después de travesías sin fin y contratiempos en cadena, alcanza finalmente su destino. Porque Ulises ha viajado su país ha cambiado; porque Ulises ha viajado, él mismo ha cambiado tanto que se ha vuelto irreconocible. Llamamos viaje a la mutación simultánea del espacio y del sujeto; es decir a la imposibilidad de volver al mismo sitio y de volver a ser el mismo o, valga también decir, a la imposibilidad misma del regreso.

      Unos 175 millones de personas en todo el mundo hacen o han hecho el viaje de Ulises. Han luchado durante años contra el mar y contra el desierto, se han jugado e incluso perdido la vida, se han visto empujados, rechazados, apaleados, encarcelados, antes de alcanzar su destino. Cuando lo han conseguido, nadie les estaba esperando para celebrar su hazaña ni para recoger el testimonio de sus aventuras. ¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere esta gente? ¿Para qué todo este esfuerzo? ¿Por qué todo este rechazo? Porque quieren ser albañiles en Europa y mandar un poco de dinero a sus familias.

      Unos 700 millones de personas -las mismas todos los años- pasan de un avión a un hotel a un museo a un restaurante a una tienda de souvenirs, sin salir jamás del angosto pasillo de la experiencia estándar, y exigen por eso, y obtienen, sonrisas, aplausos, reconocimiento y protección. ¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere esta gente? ¿Por qué los amamos tanto? Porque quieren hacerse una fotografía.

      Al contrario de lo que puede parecer, al capitalismo no le gustan los viajeros. Una íntima paradoja le obliga a vender a todo el mundo -y lleva a todo el mundo a consumir- la misma experiencia exclusiva; una íntima paradoja le lleva a vender a todo el mundo -y lleva a todo el mundo a consumir- la misma aventura inmovilizadora. El viaje de Ulises está prohibido. Pero hay que transportar mercancías y consumidores ininterrumpidamente; hay que transportar mercancías y consumidores ininterrumpidamente sin que ocurra nada, sin que nada se mueva. La única manera de volver siempre al mismo sitio y de ser siempre la misma persona es no haber estado nunca en ninguna parte. Este “ninguna parte” se llama televisión; este “ninguna parte” se llama también turismo.

      El capitalismo ha dispuesto una enorme, sofisticada, poderosísima maquinaria para impedir los viajes. Ha convertido de hecho la prohibición del viaje en uno de los negocios más rentables del planeta. En medio de la crisis rampante, los ingresos por el turismo internacional aumentaron un 5,6% en el año 2008 hasta alcanzar los 850.000 millones de dólares; es decir, el 30% de las exportaciones internacionales de servicios. La Organización Mundial del Turismo prevé para el año 2020 1.600 millones de desplazamientos turísticos internacionales por todo el mundo. Quizás debemos alegrarnos, aunque la imagen resulta menos esperanzadora y optimista si nos imaginamos 1.600 millones de langostas voraces o 1.600 millones de marines fotógrafos -como estampidas de animales fagoscópicos- reclamando a los nativos, e imponiéndoles, su verdadero país.

      En 1867, el escritor francés Teophile Gautier visitó Egipto y quedó muy decepcionado: no se parecía en nada al “auténtico” Egipto, el de la Exposición Universal de París de 1855. Desde entonces la industria de la prohibición del viaje se ocupa de que los destinos turísticos se parezcan a sí mismos, de que las ciudades, los paisajes y los souvenirs consumidos se ajusten a la realidad establecida -como por el eidos platónico- en los catálogos de viajes. En 1888, la casa Kodak inventó el carrete de papel y democratizó por tanto la fotografía con un eslogan publicitario que resume muy bien la contribución del turista-consumidor a la cultura universal: "Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto". Durante siglos, militares, sacerdotes y empresarios han destruido y reconstruido sin parar los países del llamado Tercer Mundo para que sus prolongaciones pacíficas puedan hoy fotografiar el verdadero Egipto, el auténtico Senegal, la India genuina, el Marruecos original. La paradoja del colonialismo es que ha impuesto no sólo la modernidad a sus colonias; les ha impuesto también sus tradiciones autóctonas y sus costumbres milenarias.

      El coste económico y ecológico del turismo de masas es altísimo: el capitalismo no puede inmovilizar al viajero sin trasladarlo de un lado a otro en medios de transporte dependientes del petróleo; no puede producir la “verdadera copia” de los países visitados sin desplazar poblaciones, destruir manglares y selvas, alterar los paisajes, estimular la especulación y acelerar la construcción de hoteles e instalaciones casi siempre incompatibles con los recursos y necesidades de los nativos. Pero más grave que todo esto -porque es también su condición- es el coste antropológico, cultural, humano del turismo. “Usted aprieta el botón y nosotros hacemos el resto” es una frase que expone muy bien la continuidad consumista entre el espectador de televisión, el turista y el piloto de un bombardero. Nuestra vida discurre en “ninguna parte” y nunca nos ocurre “nada”. Turismo y guerra se confunden de tal modo en esta negación radical del mundo que los torturadores de Abu Ghraib creen estar haciendo turismo en Iraq y se fotografían por eso con sus víctimas asesinadas mientras que los turistas occidentales en Egipto o Senegal son al mismo tiempo marines invasores y prisioneros consumidores. Marines porque prolongan, alimentan y confirman relaciones de dependencia neocolonial; prisioneros porque (al contrario que Ulises y los inmigrantes, los verdaderos viajeros) son pasivamente trasladados, apriscados, alimentados, a veces incluso tatuados, y en cualquier caso encerrados en campos de concentración de lujo desde donde se comen el mundo sin mirarlo ni entenderlo; sin ni siquiera rozarlo.

      Un amigo -lo he contado otras veces- ha propuesto la firma del Protocolo de Quieto, un acuerdo internacional en virtud del cual todos los hombres al nacer recibirían un cupo limitado de kilómetros para desplazarse por el mundo. En esa “otra sociedad posible”, agotado ese cupo, sólo se permitirían los viajes de aprendizaje y de solidaridad (y, claro, los de amor auténtico y amistad verdadera). Ese es el modelo vigente en Cuba desde hace cincuenta años, como lo demuestran los soldados en Angola y los médicos en todos los puntos del planeta. Puede que bajo el capitalismo resulte muy apetecible ser inmovilizado en aviones, hoteles, tiendas y restaurantes extranjeros, pero no llamemos a eso “viajar”. Digamos al menos la verdad. Y la verdad es que los cubanos, a veces justificadamente insatisfechos, han viajado y siguen viajando mucho más que todos los otros pueblos del mundo. Los españoles, que estamos en todas partes, en realidad no hemos salido todavía de nuestras casas. Y desde ellas fotografiamos ruinas antiguas y ruinas frescas.





Julien Coupat: no es momento de perder el valor

El 26 de mayo, el diario francés Le Monde publicó una entrevista con Julien Coupat, quien ha sido designado como chivo expiatorio de la política antiterrorista del Estado francés, al ser detenido con sus compañeros el 11 de noviembre de 2008 y acusado de «asociación de malhechores con vocación terrorista» y varios cargos más, igualmente inverosímiles. El proceso de los compañeros de Tarnac está plagado de aberraciones judiciales y, como en el caso de Atenco, no tiene ningún sustento, ni en pruebas ni en procedimientos jurídicos.

El proceso que se sigue a Julien Coupat ha resultado especialmente amañado, pues el fiscal antiterrorista, en complicidad con los jueces, se empeñó durante 6 meses en mantener a Julien en prisión, aún cuando el resto de sus compañeros habían sido liberados bajo control judicial. Como señala en su texto «la prolongación de mi detención es una pequeña venganza». Julien fue puesto en libertad el jueves 28 de mayo y enfrentará su proceso bajo control judicial.

Publicamos este texto para denunciar el absurdo del «asunto Tarnac», que desnuda la guerra en curso, y para conocer un poco de la visión de Julien Coupat, quien lejos de lamentarse por su situación, nos invita a actuar en consecuencia con nuestros deseos de tener «otra vida». 



Julien Coupat: no es momento de perder el valor

[Nota de Le Monde] Estas son las respuestas a las preguntas que hicimos por escrito a Julien Coupat. Acusado el 15 de noviembre de 2008 de «terrorismo» con otras 8 personas detenidas en Tarnac (provincia de Corrèze) y en París, se le acusa de haber saboteado las líneas eléctricas de la SNCF [empresa de ferrocarriles].

¿Cómo vive su detención?

Muy bien gracias. Barras, caminatas, lectura

¿Puede recordarnos las circunstancias de su detención?

Una banda de jóvenes encapuchados y armados hasta los dientes se introdujo en nuestra casa por la fuerza. Nos amenazaron, nos esposaron y nos sacaron de ahí, no sin antes haber destrozado todo. Nos condujeron a bordo de potentes bólidos corriendo a más de 170 kilómetros por hora, en promedio, por las carreteras. En sus conversaciones, hablaban a menudo de un tal Sr. Marion [antiguo jefe de la policía anti-terrorista] cuyas hazañas viriles les divertían mucho, como la que consistía en abofetear en buena onda a uno de sus colegas en pleno brindis de despedida. Nos secuestraron durante 4 horas en una de sus «prisiones del pueblo», acribillándonos de preguntas en las que lo absurdo se disputaba con lo obsceno.

El que parecía ser el cerebro de la operación se disculpaba vagamente por todo ese circo, explicando que era culpa de los «servicios», allá en lo alto, en donde se agita toda suerte de gentes que tienen mucho en contra nuestra. Hasta el día de hoy, mis secuestradores siguen libres. Algunos sucesos recientes probarían incluso que siguen causando estragos con total impunidad.

Los sabotajes a las líneas eléctricas de la SNCF en Francia fueron reivindicados en Alemania. ¿Qué puede decir al respecto?

Al momento de nuestra detención, la policía francesa ya tenía en sus manos el comunicado que reivindica, además de los sabotajes que pretenden atribuirnos, otros ataques ocurridos simultáneamente en Alemania. Ese volante presenta numerosos inconvenientes: fue enviado desde Hannover, redactado en alemán y se hizo llegar exclusivamente a periódicos del otro lado del Rhin; pero sobre todo, ese comunicado no cuadra con la fábula mediática que nos atribuyen, la de un pequeño núcleo de fanáticos atacando al corazón del Estado al colgar tres pedazos de fierro en las líneas eléctricas. Tendrán, desde luego, mucho cuidado de no mencionar demasiado ese comunicado, ni en el proceso ni en la mentira pública.

Es cierto que con ello, el sabotaje a las líneas ferroviarias pierde mucho de su aura misteriosa: se trataba simplemente de protestar contra el transporte hacia Alemania, por vía férrea, de desechos ultraradiactivos y denunciar de pasada la gran estafa de «la crisis». El comunicado termina con un muy-SNCF «agradecemos a los viajeros de los trenes afectados su comprensión» ¡Qué tacto, hay que decirlo, el de esos terroristas!

¿Se reconoce en los calificativos de «movida anarco-autónoma» y «ultra-izquierda»?

Permítame ir más atrás. En la actualidad, vivimos en Francia el final de un periodo de congelamiento histórico cuyo acto fundador fue el acuerdo logrado entre los partidarios de De Gaulle y los estalinistas en 1945, para desarmar al pueblo con el pretexto de evitar «una guerra civil». Los términos de ese pacto podrían resumirse rápidamente como sigue: en tanto que la derecha renunciaba a sus acentos abiertamente fascistas, la izquierda abandonaba, en familia, cualquier perspectiva revolucionaria seria. Le ventaja que juega y disfruta la mafia sarkozysta es de haber tomado la iniciativa, y en forma unilateral, haber roto ese pacto relanzando «sin complejos» los clásicos de la reacción pura -acerca de los locos, la religión, Occidente, África, el trabajo, la historia de Francia o la identidad nacional.

Frente a ese poder en guerra que se atreve a pensar estratégicamente y separar el mundo entre amigos, enemigos y cantidades despreciables, la izquierda permanece tetanizada. La izquierda es demasiado cobarde, está demasiado comprometida, y para acabar pronto, demasiado desacreditada para oponer la menor resistencia a un poder al que, de su lado, no se atreve a tratar como enemigo y que le roba uno a uno sus más astutos miembros. En lo que toca a la extrema izquierda a-la-Besancenot, cualesquiera que sean su resultados electorales, e incluso saliendo del estado grupuscular en que vegeta desde siempre, no tiene perspectiva más atractiva que ofrecer que el gris soviético apenas retocado en Photoshop. Su destino es decepcionar.

En la esfera de la representación política, el poder en turno no tiene nada que temer, de nadie. Y por supuesto, no son las burocracias sindicales, más vendidas que nunca, las que van a importunarlo, burocracias que desde hace dos años bailan con el gobierno un ballet tan obsceno. En esas condiciones, la única fuerza que puede hacer frente al gang sarkozysta, su único enemigo real en este país, es la calle, la calle y sus viejas inclinaciones revolucionarias. Ella sola, de hecho, durante los motines que siguieron a la segunda vuelta del ritual plebiscitario de mayo 2007, supo colocarse un instante a la altura de las circunstancias. Ella sola, en Antillas o en las recientes ocupaciones de empresas o facultades, supo hacer escuchar otra palabra.

Este análisis sumario del teatro de operaciones debió imponerse muy pronto, puesto que los servicios secretos hicieron publicar desde junio 2007, mediante la pluma de periodistas a su servicio (y particularmente en Le Monde), los primeros artículos desvelando el terrible peligro que harían pesar sobre toda la vida social, los «anarco-autónomos». Se les atribuía, para empezar, la organización de los motines espontáneos, que, en tantas ciudades, saludaron el «triunfo electoral» del nuevo presidente.

Con esta fábula de los «anarco-autónomos», se dibuja el perfil de la amenaza en la que la ministra del interior se ocupó dócilmente, mediante arrestos selectivos y razzias mediáticas, a fin de darle un poco de carne y algunos rostros. Cuando no se puede contener más lo que desborda, aún se le puede asignar una celda y encarcelarlo. Ahora bien, la fábula de «alborotador» (casseur), en la que hoy día se confunde a los obreros de Clairoix, con los chavales de los multifamiliares, los estudiantes que realizan bloqueos y los manifestantes de las contra-cumbres, y que ciertamente es eficaz en la gestión cotidiana de la pacificación social, permite criminalizar los actos y no las existencias. Y por supuesto, se cuentan entre las intenciones del nuevo poder, atacar al enemigo como tal, en tanto enemigo, sin esperar que se exprese. Tal es la vocación de las nuevas categorías de la represión.

Importa poco, finalmente, que no se encuentre a nadie en Francia que se reconozca «anarco-autónomo», ni que la ultra-izquierda sea una corriente política que tuvo su momento de gloria en los años 1920 y que después sólo produjo inofensivos volúmenes de marxología. Por lo demás, el éxito reciente del término «ultra-izquierda», que permitió a algunos periodistas apresurados catalogar sin esfuerzo a los amotinados griegos del último diciembre, debe mucho al hecho de que nadie sepa lo que fue la ultra-izquierda, ni siquiera que haya existido alguna vez.

En este punto, y en prevención de los desbordamientos que no pueden más que sistematizarse frente a las provocaciones de una oligarquía mundial y francesa acorraladas, la utilidad policíaca de esas categorías no será pronto más tema de debate. No sería posible predecir, sin embargo, cuál «anarco-autónomo» o ultra-izquierda gozará finalmente de los favores del Espectáculo, con el fin de relegar a lo inexplicable una revuelta que todo lo justifica.

La policía le considera como el jefe de un grupo a punto de volcarse al terrorismo. ¿Qué piensa usted?

Un alegato tan patético sólo puede resultar de un régimen a punto de volcarse hacia la nada.

¿Qué significa para usted la palabra terrorismo?

Nada permite explicar que el departamento de información y seguridad argelino, sospechoso de haber orquestado a sabiendas de la DST(1) la ola de atentados de 1995, no esté incluido entre las organizaciones terroristas internacionales. Nada permite explicar, tampoco, la súbita transformación de «terrorista» en héroe de la Liberación, en socio frecuentable para los acuerdos de Evian, en policía iraquí o en «talibán moderado» de nuestros días, en función de los últimos giros de la doctrina estratégica estadounidense.

Nada sino la soberanía. Es soberano, en este mundo, aquel que designa al terrorista. Quien rechaza participar de esta soberanía se cuidará bien de responder a su pregunta. Quien codicie algunas migajas lo hará prontamente. Quien no se ahogue de mala fe encontrará instructivo el caso de dos ex-«terroristas» devenidos, uno primer ministro de Israel, el otro presidente de la Autoridad Palestina, los dos habiendo recibido, para colmo, el Premio Nobel de la Paz.

La vaguedad que rodea la calificación de «terrorismo», la evidente imposibilidad de definirlo no se deben a alguna laguna provisional de la legislación francesa, sino a que están al inicio de esta cosa que, ella sí, podemos definir muy claramente: el anti-terrorismo, del que representan la condición de funcionamiento. El anti-terrorismo es una técnica de gobierno que hunde sus raíces en el viejo arte de la contra-insurgencia, de la guerra llamada «psicológica», para decirlo amablemente.

El anti-terrorismo, contrariamente a lo que quisiera insinuar el término, no es un medio de luchar contra el terrorismo; es el método por el cual se produce, positivamente, el enemigo político en tanto terrorista. Se trata, mediante todo un lujo de provocaciones, infiltraciones, vigilancia, intimidación y propaganda, mediante toda una ciencia de la manipulación mediática, de la «acción psicológica», de la fabricación de pruebas y de crímenes, mediante la fusión también de lo policíaco y lo judicial, de aniquilar la «amenaza subversiva», asociando el interior de la población, el enemigo interno, el enemigo político, al afecto del terror.

Lo esencial en la guerra moderna es esta «batalla por los corazones y los espíritus» en la que todos los golpes están permitidos. El procedimiento elemental aquí es invariable: individualizar al enemigo con el fin de separarlo del pueblo y de la razón común, exponerlo bajo los hábitos del monstruo, difamarlo, humillarlo públicamente, incitar a los más viles para abrumarlo con sus escupitajos, incitarlos al odio. «La ley debe ser utilizada simplemente como cualquier otra arma en el arsenal del gobierno y en ese caso, no representa nada más que una cobertura de propaganda para desembarazarse de miembros indeseables del público. Para lograr la mayor eficacia, convendría que las actividades de los servicios judiciales estén ligadas al esfuerzo de guerra de la manera más discreta posible», aconsejaba ya en 1971, el brigadier Frank Kitson [ex general del ejército británico, teórico de la guerra contra-insurgente], que algo sabía de esos menesteres.

Una al año no hace daño. En nuestro caso, el anti-terrorismo ha hecho el ridículo. En Francia, no están listos para dejarse aterrorizar por nosotros. La prolongación de mi detención por un tiempo «razonable» es una pequeña venganza fácilmente entendible a partir de los medios movilizados y de lo profundo del fracaso. Como también es comprensible el encarnizamiento un poco mezquino del «servicio secreto», a partir del 11 de noviembre [2008], para atribuirnos a través de la prensa los delitos más fantasiosos, o para apañar al más lejano de nuestros camaradas. Cuánta de esta lógica de represalias caracteriza a la institución policíaca y al pequeño corazón de los jueces, he ahí lo que habrán tenido el mérito de revelar, en tiempos recientes, las detenciones sistemáticas de los «conocidos de Julien Coupat».

Es preciso decir que algunos juegan, en este asunto, una buena parte de su lamentable carrera, como Alain Bauer [criminólogo]; otros, el lanzamiento de sus nuevos servicios, como el pobre Squarcini [director central de información interna]; otros más, la credibilidad que nunca han tenido y que nunca tendrán, como Michèle Alliot-Marie [ministra del interior].

Usted proviene de un medio bastante acomodado que podría haberlo orientado en otra dirección…

«Hay plebe en todas las clases» (Hegel)

¿Por qué Tarnac?

Vaya allá, así entenderá. Si no comprende, me temo que nadie podrá explicárselo.

¿Usted se define como un intelectual, un filósofo?

La filosofía nace como luto parlanchín de la sabiduría original. Platón entendía ya la palabra de Heráclito como fugada de un mundo extinto. A la hora de la intelectualidad difusa, no se ve qué podría definir "el intelectual”, sino es la amplitud del foso que separa, en él, la facultad de pensar de la aptitud de vivir. Tristes títulos, de verdad, que son ésos ¿Pero, para quién, precisamente, sería necesario definirse?

¿Usted es el autor del libro La insurrección que viene?

Este es el aspecto más asombroso de este proceso: un libro vaciado integralmente en la averiguación previa, interrogatorios donde intentan hacerte decir que vives como está escrito en La insurrección que viene, que manifiestas como lo preconiza La insurrección que viene, que saboteas líneas de tren para celebrar el golpe de Estado bolchevique de 1917, ya que eso se menciona en La insurrección que viene, un editor convocado por los servicios anti-terroristas.

En la memoria francesa, no se había visto de mucho tiempo atrás que el poder tuviera miedo a causa de un libro. Se tenía más bien costumbre de considerar que, en tanto los izquierdistas estaban ocupados escribiendo, al menos no hacían la revolución. Los tiempos cambian, evidentemente. La seriedad histórica regresa.

Lo que funda la acusación de terrorismo, en lo que nos concierne, es la sospecha de la coincidencia entre pensamiento y vida; lo que sustenta la asociación de malhechores, es la sospecha de que esta coincidencia no será dejada al heroísmo individual, sino que será el objeto de una atención colectiva. En forma negativa, ello significa que no se sospecha de ninguno de los que suscriben con su nombre tantas feroces críticas del sistema en lugar de poner en práctica la menor de sus firmes resoluciones; la injuria es mayúscula. Por desgracia, no soy el autor de La insurrección que viene -y todo este asunto debería acabar de convencernos acerca del carácter esencialmente policiaco de la función autor.

En cambio, soy un lector. Releyéndolo, apenas la semana pasada, entendí mejor la saña histérica que ponen, desde las alturas, en perseguir a los presuntos autores. El escándalo de ese libro es que todo lo que en él figura es rigurosa, catastróficamente cierto, y no cesa de comprobarse cada día más. Ya que lo que se revela, bajo la apariencia de una «crisis económica», de un «hundimiento de la confianza», de un «rechazo masivo de las clases dirigentes», es ante todo el final de una civilización, la implosión de un paradigma: el del gobierno que lo regula todo en Occidente - la relación de los seres con ellos mismos no menos que el orden político, la religión o la organización de las empresas. Existe, en todos los niveles del presente, una gigantesca pérdida de control frente a la cual ningún exorcismo policial ofrecerá remedio.

No es ensartándonos con penas de prisión, vigilancia exagerada, controles judiciales y prohibiciones de comunicar, en razón de que seríamos los autores de esa lúcida constatación, que lograrán que se desvanezca lo que ha sido constatado. Lo propio de las verdades es escapar, apenas enunciadas, de quienes las formulan. Gobernantes, de nada les habrá servido llevarnos frente a la justicia, todo lo contrario.

Está leyendo «Vigilar y castigar» de Michel Foucault ¿Ese análisis le parece todavía pertinente?

La prisión es evidentemente el sucio secretito de la sociedad francesa, la clave y no el margen de las relaciones sociales más presentables. Lo que aquí se concentra en un todo compacto, no es un montón de bárbaros en estado salvaje como se complacen en hacernos creer, sino el conjunto de disciplinas que tejen, por fuera, la existencia llamada «normal». Vigilantes, cantinas, partidos de fútbol en el patio, horarios, divisiones, camaradería, peleas, fealdad de las arquitecturas: se necesita haber pasado una temporada en prisión para conocer la medida exacta de lo que la escuela, la inocente escuela de la República, contiene, por ejemplo, de carcelaria.

Divisada desde este ángulo inatacable, no es la prisión, que sería un refugio para los fracasados de la sociedad, sino la sociedad presente la que aparece como una prisión malograda. La misma organización de la separación, la misma administración de la miseria mediante la mota, la tele, el deporte y la porno, reina como en cualquier parte, cierto, de modo menos metódico. Para terminar, esos altos muros no disimulan a las miradas nada más que esta verdad de una banalidad explosiva: son vidas y almas en todo parecidas las que se arrastran a uno y otro lado de las alambradas y a causa de ellas.

Si se persigue con tanta avidez los testimonios «de adentro», que expondrían al fin los secretos que la prisión encierra, es para mejor ocultar el secreto que ella es: aquel de vuestra servidumbre, a ustedes que son considerados libres mientras su amenaza pesa invisiblemente sobre cada uno de vuestros gestos.

Toda la virtuosa indignación que rodea la negrura de los calabozos franceses y sus suicidios a repetición, toda la grosera contra-propaganda de la administración penitenciaria, que monta en escena para las cámaras de los matones dedicados al bienestar del detenido y de los directores de cárcel celosos del «sentido de la pena», en resumen, todo ese debate sobre el horror del encarcelamiento y la necesaria humanización de la detención es viejo como la prisión. Hace parte, incluso, de su eficacia, al permitir combinar el terror que ella debe inspirar con su hipócrita estatuto de castigo «civilizado». El pequeño sistema de espionaje, de humillación y de exacción que el Estado francés dispone, más fanáticamente que ningún otro en Europa, en torno del detenido, no es siquiera escandaloso. El Estado lo paga diariamente centuplicado en los suburbios, y ello no es, por supuesto, más que el inicio: la venganza es la higiene de la plebe.

Pero la impostura más destacable del sistema judicial-penitenciario consiste ciertamente en pretender que está ahí para castigar criminales cuando no hace otra cosa que administrar los ilegalismos. Cualquier empresario -y no sólo el de Total-, cualquier presidente de consejo general -y no sólo el de Hauts-de-Seine-, cualquier tira, sabe lo que se necesita de ilegalismos para ejercer correctamente su oficio. En nuestros días, es tal el caos de las leyes que no se procura demasiado hacerlas cumplir y los antidrogas (stups), también, se cuidan de sólo regular el tráfico, y no de reprimirlo, lo que sería social y políticamente suicida.

La división no está, como pretende la ficción judicial, entre lo legal y lo ilegal, entre inocentes y criminales, sino entre los criminales que se cree oportuno perseguir y aquellos que son dejados en paz como lo requiere la policía general de la sociedad. La raza de los inocentes está extinta desde hace mucho, y la pena no es a lo que te condena la justicia; la pena es la justicia misma. Por ello, no hay ningún motivo para que mis camaradas y yo «clamemos nuestra inocencia», del modo en que la prensa se lanzó ritualmente a decir, sino que se trata de desbandar la azarosa ofensiva política que constituye todo este infecto proceso. He ahí algunas de las conclusiones a las que el espíritu es conducido leyendo Vigilar y castigar en la Santé. No resulta inútil sugerir, dado lo que hacen los foucaultianos desde hace 20 años con los trabajos de Foucault, de enviarlos en pensión algún tiempo, por acá.

¿Cómo analiza lo que le sucede?

Desengáñese: lo que nos sucede, a mis camaradas y a mí, le sucede también a usted. Por lo demás, esa es, aquí, la primera mistificación del poder: nueve personas son perseguidas en el marco de un proceso judicial por «asociación de malhechores en relación con una iniciativa terrorista», y se supone que deberían sentirse particularmente concernidas por esta grave acusación. Pero no hay «caso Tarnac», no más que «caso Coupat» o «caso Hazan» [editor de La insurrección que viene]. Lo que hay es una oligarquía vacilante en todas las relaciones y que deviene feroz, como todo poder deviene feroz cuando se siente realmente amenazado. El Príncipe no tiene ya más sostén que el miedo que inspira, cuando su vista sólo excita en el pueblo, odio y desprecio.

Lo que hay delante nuestro es una bifurcación, a la vez histórica y metafísica: o bien pasamos de un paradigma de gobierno a un paradigma del habitar, al precio de una revuelta cruel pero transformadora, o bien dejamos que se instaure a escala planetaria este desastre climatizado donde coexisten, bajo la férula de una gestión «descomplejizada», una élite imperial de ciudadanos y masas plebeyas mantenidas al margen de todo. Existe entonces, sin lugar a dudas, una guerra, una guerra entre los beneficiarios de la catástrofe y aquellos que se hacen de la vida una idea menos esquelética. Nunca se ha visto que una clase dominante se suicide de buena gana.

La revuelta tiene condiciones, ella no tiene causa ¿Cuántos ministerios de identidad nacional, despidos a la moda Continental, razzias de sin-papeles o de oponentes políticos, chavales jodidos por la policía en los suburbios, o ministros que amenazan con privar de diplomas a quienes todavía se atreven a ocupar su facultad, serán necesarios para decidir que tal régimen, incluso instalado mediante un plebiscito de apariencias democráticas, no tiene ninguna razón de existir y merece tan sólo ser derribado? Es una cuestión de sensibilidad.

La servidumbre es lo intolerable que puede ser infinitamente tolerado. En tanto es una cuestión de sensibilidad y que esta sensibilidad es inmediatamente política (no al preguntarse "¿por quién voy a votar? sino ¿es compatible mi existencia con eso?), para el poder es una cuestión de anestesia, a la que responde con la administración de dosis cada vez más masivas de diversiones, de miedo y de estupidez. Y ahí donde la anestesia deja de funcionar, este orden que ha reunido en su contra todas las razones de rebelarse intenta disuadirnos mediante un pequeño terror afinado.

Nosotros, mis camaradas y yo, no somos más que una variable de ese ajuste. Sospechan de nosotros, como de tantos otros, como de tantos «jóvenes», como de tantas «bandas», de desolidarizarnos de un mundo que se hunde. Sólo sobre este punto no mienten. Afortunadamente, el hatajo de estafadores, de impostores, de industriales, de financieros y de chicas, toda esa corte de Mazarin bajo neurolépticos, de Luis Napoleón en versión Disney, de Fouché dominguero, que en este momento controla el país, carece del más elemental sentido dialéctico. Cada paso que dan hacia el control de todo los acerca a su perdición. Cada nueva «victoria» de la cual presumen, extiende un poco más ampliamente el deseo de verlos vencidos a todos. Cada maniobra por la que figuran reforzar su poder acaba por hacerlo odioso. En otros términos: la situación es excelente. No es el momento de perder el valor. 



Entrevista hecha por Isabelle Mandraud y Carolinne Monnot

Apareció en la edición del 26 de mayo de 2009.

http://www.lemonde.fr/web/imprimer_… 


(1) Direction de la surveillance du territoire - Dirección de vigilancia del territorio, era un servicio de vigilancia del Ministerio del interior, dentro de la policía nacional encargada históricamente del contra-espionaje en Francia. En los años 90 fue encargada también de la lucha anti-terrorista, contra la proliferación de armas y la protección del patrimonio económico y científico. Desapareció en 2008 al fusionarse con los servicios secretos para dar origen a la DCRI (Direction centrale du renseignement intérieur - Dirección central de información interior).





Espacios del anonimato

Los espacios del anonimato: una apuesta por el querer vivir

Santiago López Petit

Una sensación generalizada de impotencia

        No es necesario insistir mucho en que la época global comporta un cambio en el estatuto de lo político.  Si la hemos designado  como postpolítica  no es por la crisis del Estado-nación – lo que implicaría reducir lo político a lo estatal – sino a causa de una verdadera mutación que ha tenido lugar en la acción política. La época global es postpolítica porque en ella la acción política transformadora queda neutralizada. Esta neutralización ocurre porque estamos frente a un impasse: lo políticamente posible no cambia nada; y la acción auténticamente transformadora es impensable políticamente. Postpolítico significa, en última instancia,  redefinición de la relación que existe entre “lo que se puede hacer” y “lo que no se puede hacer”. Por ejemplo: no puedo luchar en la empresa ya que si protesto la deslocalizarán, pero sí puedo comunicarme instantáneamente, por ejemplo, con los trabajadores de la misma empresa sita en otro país. Lo factible se redimensiona y el resultado es finalmente una sensación de impotencia generalizada. La conocida consigna puesta en boga por el movimiento antiglobalización “pensar globalmente y actuar localmente” ¿no es un subterfugio que intenta disimular esa impotencia? La impotencia desborda el ámbito de la crisis de lo políticamente factible para remitir, en último término, a una pérdida de control sobre la propia vida como consecuencia de la misma globalización. De aquí que, por lo general, se hable más de miedo que de impotencia, de un miedo amplio y difuso ante una incertidumbre que parece estar al acecho en todas partes. No hay que confundir, sin embargo,  el miedo con la sensación de impotencia. El miedo tiene muchas caras, la impotencia sólo una. La impotencia es previa, y constituye nuestro verdadero problema. Contra el miedo podemos  inventar modos de expulsarlo: una alianza de amigos, el odio libre a la vida… Pero ¿cómo acabar con la sensación de impotencia cuando está profundamente enraizada en la propia vida, cuando aparece como inherente a la acción (política) misma?

         Seguramente, el primer paso que hay que dar para desarmar la impotencia es analizar qué es lo que la produce. La impotencia existe siempre como sensación de impotencia, y la sensación de impotencia se produce “ante” algo que nos aplasta. En la época global no es muy difícil dar nombre a ese “algo” que nos impone una relación asimétrica. Hoy sentimos impotencia ante el desbocamiento del capital. El desbocamiento del capital es el acontecimiento único que - repitiéndose en cada momento y en cada lugar - unifica el mundo al conectar todo lo que en él pasa. Esa repetición compleja  - que es a la vez fundadora y desfundadora - es a lo que denominamos globalización neoliberal. No vamos a entrar ahora a analizar dicho acontecimiento. Digamos solamente que el desbocamiento del capital es el acontecimiento en el que se realiza  la copertenencia entre poder y capital. Y la copertenencia entre poder y capital es su mutuo empujarse más allá de sí: el capital empujando al poder y el poder empujando al capital. Desbocamiento del capital o fuga hacia adelante de la propia realidad hecha una con el capitalismo. La metáfora del tren lanzado sin frenos, aunque es demasiado simple, sirve para plasmar esa sensación de impotencia de la que hablamos. En otras palabras, no hay alternativa política frente a la globalización neoliberal. Y, sin embargo, la sensación de impotencia no sólo  deriva  del desbocamiento del capital – lo que sería deudor de una aproximación exterior - sino también de “los efectos” que una aproximación interior destacaría. Empleando las palabras de Sloterdijk podemos afirmar que sentimos impotencia también frente a la “desigualdad irreductible de los destinos personales y su no compensación a nivel de lo humano”. Esa desigualdad de destinos es la que nosotros plasmábamos en una nueva dramaturgia formada por tres teatros distintos: el teatro de los emprendedores, el de las marionetas y el de las sombras. Los emprendedores son los triunfadores porque disponen de un capital social propio hecho de experiencias, contactos, proyectos… Las marionetas son los precarios atrapados en sus relaciones localizadas. Las sombras son los otros, los estigmatizados porque son vidas sin rostro, desconectados de la red. La movilización global,  es decir, la movilización de las vidas para (re)producir esta realidad obvia que coincide con el capitalismo, es lo que está detrás de esta tripartición. Impotencia, pues, ante el desbocamiento del capital y ante la desigualdad radical de los destinos personales. La impotencia comporta indiferencia ante el otro, y la indiferencia produce mayor sensación de impotencia. Pero, en realidad, la impotencia no es “ante” sino “por”. La sensación de impotencia es por la movilización global que lleva nuestras vidas.


Dos alternativas que hay que descartar

        De la sensación de impotencia por la movilización global no se libra nadie ya que alcanza todas las biografías. Ciertamente, es muy distinto vivirla como una sombra que tiene que ocultarse, o como una marioneta sometida al viento del mercado. O como un emprendedor que quiere ser protagonista de su proyecto. Y, sin embargo, todos tienen que hacer de su yo un yo-marca. O, por lo menos, tienen que esforzarse en gestionar su vida como el que gestiona un currículum. El que no lo consigue, el que no sabe hacerse rentable, se hunde fuera de la movilización global. Muere socialmente. Ante esta vorágine que nos lleva y que nos impone un destino, existen dos posiciones contrapuestas. La metafísica antigua frente al movimiento siempre ha defendido la inmovilidad. La referencia a Parménides en este sentido es inexcusable. Con Parménides, y su afirmación de que “el Ser es”, se levanta por primera vez un ámbito cuyos atributos (unidad, indivisibilidad, eternidad…) le ponen fuera de la erosión del tiempo. Este baluarte contra el movimiento se resquebrajará, y el mismo Parménides tendrá que inventar una vía mixta.  Más adelante, ya en Plotino, la inmovilidad  se buscará en un camino interior hacia el Uno. La posición contrapuesta la encontramos en la última vanguardia política-artística del siglo pasado: los Situacionistas. Si Parménides ponía a punto una decisión metafísica por el Ser, los Situacionistas formulan, por el contrario, una decisión metafísica por el cambio: ganar el propio cambio yendo cada vez más lejos en el juego. En sus palabras, se trata de “una apuesta sobre la (propia) huida del tiempo” (à miser sur la fuite du temps) que seguramente se perderá pero que es ineludible.  Parménides y los Situacionistas, la metafísica antigua y la moderna, petrificarse o acelerar el movimiento, constituyen dos salidas que para nosotros ya no son válidas. Cuando debido a la movilización global estamos condenados a ser un yo-marca, petrificarse significa la muerte (social), y acelerar el cambio no supone más que profundizar en la propia mercantilización que, en el fondo, es otra forma de muerte.


Radicalizar la impotencia

         Hay otra posibilidad. En vez de medirse con el movimiento (detenerlo, acelerarlo)  cambiar el enfoque, y radicalizar la propia impotencia.  La impotencia frente a esa movilización global que se hace con nosotros – y contra nosotros – que unifica realidad y capitalismo, proclama que “No hay nada que hacer”. “No hay nada que hacer” es una frase extraña que no se asemeja en absoluto a otras frases aparentemente parecidas: no podemos hacer nada, es imposible hacer algo… “No hay nada que hacer” es el nombre de una bifurcación que conduce a dos lugares completamente distintos: “No se puede hacer nada” y  “Todo está por hacer”. El primer caso no nos interesa. El segundo sí. Cuando se puede llegar a decir “No hay nada que hacer” porque realmente se ha tocado fondo y ya no queda esperanza alguna, entonces se abre una travesía del nihilismo. Entonces sí podemos afirmar que “Todo está por hacer”. La travesía del nihilismo que el “No hay nada que hacer” abre no es más que la radicalización de la impotencia.

      La primera referencia a la cuestión de la impotencia podemos hallarla paradójicamente en Aristóteles que es un pensador de la potencia. En él ya está en todo momento formulada la relación entre potencia e impotencia. La potencia de no ser y de no hacer acompaña respectivamente a la potencia de ser o de hacer. Toda potencia es, en ella misma, también privación. De lo contrario, la potencia iría más allá del acto, y se confundiría con él. Agamben analiza así la ambivalencia de toda potencia: 

    “Toda potencia humana es, cooriginariamente, impotencia; todo poder-ser o poder hacer está, para el hombre, constitutivamente en relación con la propia privación. Y éste es el origen de la desmesura de la potencia humana…” 

En la potencia está la potencia del no (ser o hacer). Por eso, desde la perspectiva aquí considerada, la cuestión clave es: ¿cómo la potencia puede neutralizar la impotencia que la acompaña? En el interior de este planteamiento, evidentemente, no puede pensarse ninguna radicalización de la impotencia.

      Toda la obra de Artaud es un intento de dar una respuesta a la cuestión que nos interesa, y vale la pena detenerse en ella. En Artaud  radicalizar  la impotencia es lo mismo que hacer la experiencia del impoder. En su Correspondencia con Rivière la impotencia aparece referida a la imposibilidad de pensar. El análisis de este “querer pensar pero no poder pensar” constituirá el núcleo de todo su primer escrito.  

    “Hay algo que destruye mi pensamiento... Algo furtivo que me quita las palabras que he encontrado, que disminuye mi tensión mental, que destruye progresivamente en su substancia la masa de mi pensamiento...” 

Esa imposibilidad  se extenderá luego al propio vivir. Quiero vivir pero no consigo vivir. Si Artaud se hubiese quedado en este punto habría sencillamente mostrado la impotencia como inherente a la propia existencia. Pero Artaud introduce un giro inaudito: vivir  es hacerse imposible vivir - eso nos produce más dolor y nos dificulta el vivir - pero eso es, en definitiva, vivir. Desde esta perspectiva el sufrimiento se transforma en un combate tal como se afirma en  una carta del 27 Julio de 1946: 

    “No se hace nada, no se dice nada, sino que se sufre, se desespera y se lucha, sí, creo que en realidad, se lucha. ¿Se valorará, se juzgará, se justificará el combate? No.”  

¿Pero de qué combate  se trata? ¿Contra qué se lucha? En una carta del 11 de Mayo de 1946 dirigida al Dr. Ferdière se aclara perfectamente: 

    “Pero lo horrible de la cosa... es el insólito poder de esta cosa misma que no tiene nombre  y que, en su superficie y solamente en su superficie, puede llamarse sociedad, gobierno, policía, administración y contra la cual ni ha existido - en la historia - el recurso de la fuerza de las revoluciones. Pues las revoluciones han desaparecido, pero la sociedad, el gobierno, la policía, la administración, las escuelas... han permanecido siempre incólumes.”  

En este combate que es la existencia, que es el vivir, sólo nos queda mirar cara a cara el sufrimiento que el combate produce. Más concretamente: debemos “sufrir para afirmarnos“. Sin entrar en mayores consideraciones podemos afirmar que el autor francés consigue pasar de la impotencia al impoder. Es decir, la radicalización de la impotencia es posible porque Artaud introduce una fuerza determinante: la fuerza de la asimetría vida/dolor, o sea, la afirmación del dolor hacia la vida. Radicalizar la impotencia significa, en definitiva, resistir, y resistir quiere decir  soportar la inmanencia del combate sin refugiarse en trascendencia alguna. La imagen del fuego es muy adecuada: 

    “Lo que quiero decir es que si los hombres encienden el incendio fuera, el fuego no se detendrá ya más ni fuera ni dentro, puesto que el de afuera no sirve más que para mostrar el de dentro. Se ha necesitado siempre un gran esfuerzo humano para hacer salir el fuego de dentro. Esta vez habrá suficiente con una cerilla”.     

Radicalizar la impotencia es hacer la experiencia del impoder: la imposibilidad de vivir como,  paradójicamente, la condición de posibilidad para seguir viviendo. Radicalizar la impotencia es, pues, hacer la experiencia de un “no-poder que es un poder”. La frase “No hay nada que hacer” nos ha dejado, finalmente, ante ese “no-poder que es un poder”. Ahora es el momento de preguntarnos: esa fuerza asimétrica del dolor hacia la vida, ese fuego que quema y se quema, ese “no-poder que es un poder” ¿no es justamente la fuerza del anonimato? Marx refiriéndose al proletariado resumía muy bien todas estas características en la frase: “No soy nada, y debería serlo todo”.  




La fuerza del anonimato y el nosotros

         La fuerza del anonimato se nos presenta como un “no-poder que es un poder”, de aquí que, aparentemente, tenga dos caras. Por un lado, el anonimato carece de fuerza. Se podría decir que cuando reina el anonimato nadie toma la decisión en sus manos. Nadie es verdaderamente dueño de su vida. Recordemos el conocido análisis del man (el “se” impersonal castellano) de Heidegger en Ser y Tiempo. Anonimato significa, entonces, “nosotros somos y no somos”. Pero, por otro lado, el anonimato es lo que permite ejecutar la decisión hasta el final. El anonimato tiene toda la fuerza de quienes pueden llegar a afirmar: “nosotros somos quien somos”. Heidegger es incapaz de imaginar algo parecido. Y es explicable, ya que aunque habla del “mitsein” (ser con), en realidad no puede pensar la relación con el otro y, por consiguiente, se le escapa un nosotros construido a partir de las singularidades. Si la fuerza del anonimato surge en el tránsito del “nosotros somos y no somos” al “nosotros somos quien somos” ¿dónde encontrar la fuerza del anonimato? La respuesta que parece más indicada es en el hombre anónimo.

      En numerosos escritos he introducido la figura del hombre anónimo. El hombre anónimo es cada uno de nosotros, y a la vez, ninguno de nosotros. El hombre anónimo es aquél que pone en el centro de su vida el “Yo vivo… y que se olviden de mí, que me dejen tranquilo…”. Las categorías tradicionales de la alienación, reificación etc. no sirven para calificarle. Es más que objeto (alienado) pero menos que sujeto. Es calculador. Vota cuando le conviene aunque, por lo general, se abstiene. En él hay una profunda ambigüedad política, ya que por encima de todo, es un oportunista. Pero ¿cómo sobrevivir en esta sociedad sin ser un oportunista? Su nihilismo nos asusta. No se confunde, en absoluto, con el hombre-masa pregonado por los elitistas del tipo Ortega y Gasset. Tampoco es un hombre cualquiera. El hombre cualquiera es intercambiable, el hombre anónimo no, puesto que guarda un secreto. Es opaco a los ojos del poder. Por eso es irrepresentable. Pero desconoce el nosotros porque no puede verse a sí mismo como constituyendo un nosotros. Y, sin embargo, en la medida que dice “yo vivo…” y es simplemente un querer vivir – de ahí nace su radical ambivalencia – existe una vía hacia el querer vivir. En el fondo de mi querer vivir está el querer vivir. Y en el querer vivir vive la fuerza del anonimato y una cierta forma de nosotros. Con todo seguir los avatares del hombre anónimo es totalmente insuficiente. No podemos afirmar que en el hombre anónimo se localice la fuerza del anonimato. En todo caso, lo que hay en él, es una aspiración a poseer esa fuerza del anonimato.

     Esta conclusión nos permite avanzar un poco más. La pregunta adecuada no debe indagar por el lugar dónde localizar la fuerza del anonimato. La pregunta  interesante y útil es ¿quién hace la experiencia de la fuerza del anonimato? O dicho de otra manera. La fuerza del anonimato no es algo dado sino que surge cuando se hace la experiencia de la fuerza del anonimato. Entre el nosotros y la fuerza del anonimato parece que existe una correlación originaria, tal como hemos dejado entrever en el análisis del querer vivir. Si es así – y eso es algo que tendrá que probarse en lo sucesivo - el problema de hacer la experiencia de la fuerza del anonimato se desplaza hacia el problema de la constitución del nosotros. Sin embargo, la cuestión no se resuelve ya que ambas instancias se remiten mutuamente. El nosotros es el que hace la experiencia de la fuerza del anonimato, y en dicha experiencia se constituye el nosotros. Esta circularidad paradójica es la que debemos afrontar.

     Hay dos maneras de hacerlo. Entrar en ella plenamente para domeñarla. Se entra en ella de la mano del hombre anónimo que, como ya sabemos, tiene una relación tanto con el nosotros como con la fuerza del anonimato. Pero ocurre que esta relación no es inmediata. Hay que pasar por el querer vivir que hace de puente entre el plano individual y el colectivo.  Este camino implica una genealogía de la Vida. Esa genealogía es la que he efectuado en mi libro El infinito y la nada. Existe otra posibilidad, y es la que aquí tomaremos en consideración. Esta vía es más rápida porque nos permite encarar la cuestión de la fuerza del anonimato desde una nueva perspectiva. Se trata de introducir una nueva dimensión, un nivel lógico superior en el cual desaparece la contradicción porque  la paradoja se resuelve. En nuestro caso, la introducción de una nueva dimensión pasa por interrumpir la movilización global. En otras palabras: cuando se interrumpe  la movilización global simultáneamente tiene lugar la experiencia de la fuerza del anonimato y la constitución del nosotros. En la interrupción ya no existe oposición entre ambas instancias. Pero no sólo eso. En la medida en que se produce una interrupción de la movilización global, el tiempo se suspende y es puesto entre paréntesis. El nosotros y la fuerza del anonimato se hacen espacio, se encuentran en el espacio. Así surgen los espacios del anonimato. En los espacios del anonimato se plasma la correlación originaria entre el nosotros y la fuerza del anonimato que el querer vivir anuncia.   

Los espacios del anonimato: tres preguntas

Una buena manera de presentar los espacios del anonimato es hacerlo a partir de tres preguntas: 1)¿Cómo surgen? 2) ¿Qué son? 3) ¿Cómo actúan? Respondiendo a cada una de estas cuestiones conseguiremos definir su estatuto filosófico y político: 

  1. Decíamos que los espacios del anonimato surgen cuando la movilización global se interrumpe. Ahora lo tenemos que precisar mejor. Cuando la movilización de la(s) vida(s) se bloquea mediante un gesto radical, tiene lugar una extraña “epojé”: el tiempo se pone entre paréntesis, y se abre un espaciamiento. El gesto radical - con la lógica de la unilateralización que le es propia - rompe las relaciones que la movilización construye. Comienza una travesía nihilista que puede resumirse en la frase: “ser nadie para llegar a ser lo que podemos”. En la práctica significa que “lo social” abandona la forma sujeto, se retira de ella. Este proceso de nihilización acaba en el “nosotros somos quien somos”. Hay que destacar que no se trata del “¿Cómo se llega a ser lo que se es?” que Nietzsche  introduce en el Ecce Homo. En el planteamiento nietzscheano hay todavía un trasfondo de autenticidad no criticada. No hay que confundir, por tanto, el “llegar a ser lo que se puede” con el “llegar a ser lo que se es”. Con la puesta entre paréntesis de la movilización global, el tiempo se retira. El espacio se hace espaciamiento. Los espacios del anonimato surgen, pues, como espaciamientos del espacio.
 
  1. Los espacios del anonimato no están afuera – ya que no hay afuera de la movilización global – pero sí son una llamada a ponerse fuera. Son la intemperie donde la experimentación se hace posible. Por eso dejan tras de sí la relación entre lo propio y lo impropio. En ellos no hay nada propio que recuperar porque no hay nada que se haya desnaturalizado o perdido. La fuerza del anonimato se vincula radicalmente con el Nosotros, justamente porque la ley de lo propio queda extinguida. El espacio del anonimato es un espacio sin lugares donde la fuerza del anonimato jamás se localiza, donde el Nos-otros se constituye en su deshacerse. ¿Qué son entonces los espacios del anonimato? Son todo y son nada. Son el ritmo repetido del gesto radical que ha interrumpido la movilización global. El ritmo de la cacerola golpeada, el baile que no cesa. En la casa ocupada cuya difícil conquista por parte de la policía inició el ciclo político de la okupación en Barcelona, los policías que consiguieron entrar se encontraron pintado en la entrada: “Que nos quiten lo bailado”.
 
  1. Si la pregunta ¿qué son? es inadecuada, y tiene que ser criticada puesto que encierra en la identidad, la pregunta ¿cómo actúan? también tiene que ser matizada. Más acertado sería plantear la cuestión ¿qué pasa en los espacios del anonimato? Y la respuesta es simple: que el querer vivir se hace desafío. En el hombre anónimo, la ambivalencia del querer vivir se traduce en ambigüedad política. En el espacio del anonimato, la ambivalencia sin llegar a perderse, es liberada y dirigida. Más exactamente: la unilateralización hace de la ambivalencia una potencia, en la medida que la dirige desde dentro. De esta manera, el querer vivir llega a identificarse con el mismo querer vivir. O lo que es igual, se hace desafío.
 
 

Tipos de espacios del anonimato

Los espacios del anonimato surgen cuando la movilización global se interrumpe.

Cuando la movilización de la(s) vida(s) se bloquea, y tiene lugar una extraña “epojé”: el tiempo se pone entre paréntesis, y se forma un espaciamiento. Para que el espaciamiento se abra es necesario, pues, que un gesto radical – cuya lógica interna es la unilateralización - actúe rompiendo las relaciones que la movilización construye. Se puede afirmar, en este sentido, que todo espacio del anonimato se inaugura con un gesto radical. Es entonces que “lo social” se separa de la forma sujeto.  Según el tipo de vaciamiento, o lo que es lo mismo, según el modo de separarse de la forma sujeto, se generará una modalidad diferente de espacio del anonimato. Para comprender mejor lo anterior, hay que recordar que la movilización global es asimismo una visibilidad mediada, es decir, “una lucha para ser visto y oído, y una lucha para que otros sean vistos y oídos”. Esta nueva visibilidad configura las luchas sociales y políticas como “luchas por la visibilidad”. Y sólo se tiene éxito en este tipo de luchas si se adopta la forma sujeto. Los espacios del anonimato - en tanto que modos de separarse de la forma sujeto – son agujeros negros  puesto que no entran en el juego de la lucha por la visibilidad. En este sentido se constituyen como auténticas desfiguraciones de la realidad. Hay tres tipos de espacio del anonimato según sea su forma de hacerse presente. 1) Sin identificación que es un  presencializarse exponiéndose. Ejemplo: ciertas formas de abstencionismo electoral, o votaciones especiales como después del 11M del 2004, cuando Aznar perdió las elecciones. 2) Por contraidentificación que es un presencializarse oponiéndose. Ejemplo: ciertas huelgas que involucran toda la población como Argentina 2001 con su “Que se vayan todos” 3) Por desidentificación que es un presencializarse ocultándose. Ejemplo: los incendios de coches en las periferies de ciertas ciudades francesas. O el movimiento V de vivienda en sus primeros momentos.

      Los espacios del anonimato son, en definitiva, presencializaciones o visibilizaciones no mediadas. Por eso es un error caer en una compartimentación elevada que exagera las diferencias. Aunque también lo es a la inversa, pretender una hipotética unificación. Los espacios del anonimato no son más que las diferentes formalizaciones de la fuerza del anonimato. Si el poder es una gradación cuantitativa, los espacios del anonimato en tanto que resistencias al poder, constituyen una gradación cualitativa. A esta gradación cualitativa no se le puede aplicar el punto de vista de la totalidad, que caracteriza según Lukacs a la teoría revolucionaria. Pero tampoco puede someterse al vector tiempo con el objetivo de radicalizar una tendencia acumulativa, como quiere hacer Negri. En este sentido, los espacios del anonimato constituyen un verdadero desafío para la propia teoría revolucionaria. Para la política tradicional, su opacidad los convierte en un enigma peligroso por indescifrable. El estatuto político de los espacios del anonimato (el que no sean homogéneos, el que no sean sumables…) es función y viene determinado por la propia esencia de la fuerza del anonimato. Es ella la que les confiere sus características principales: ausencia de reivindicación, articulación en torno a un gesto radical que se repite, no-futuro, politización apolítica… De aquí que sea más interesante analizar la fuerza del anonimato en sí misma antes que sus formalizaciones concretas. 

La fuerza del anonimato frente a la fuerza de impulsión

La fuerza del anonimato no es una fuerza corriente. Ni se identifica ni es identificadora. Anonimato proviene del griego “anónimos” que consta de la negación “an” y “onómato” que significa nombre. Anónimo, quiere decir por tanto, “sin nombre”.  La fuerza del anonimato es anónima porque nadie puede ponerle nombre. Y no puede hacerlo porque: 1) Se desocupa el nombre cada vez. 2) Se subvierte el nombre (la marca) con un falso nombre. Este carácter anónimo es, sin embargo, aún superficial ya que no es una afección de la propia fuerza. Se podría afirmar que la fuerza del anonimato es anónima porque  ninguna otra fuerza la define. Hay que recordar que toda fuerza forma un par con otra fuerza. De aquí que existan dos modos de definir una fuerza: 1) En relación a otra fuerza, como lo Otro define al Mismo. 2) En relación a ella misma, y sólo después, en referencia a una segunda fuerza. La fuerza del anonimato no se define de ninguna de las dos maneras, porque no forma un par con ninguna fuerza. Y, sin embargo, como veremos, no existe sola y aislada, lo que significaría su apagarse en tanto que fuerza. La fuerza del anonimato no se define, porque se autopone.

      La autoposición de la fuerza del anonimato para ser efectiva requiere una fuerza opuesta. Esta fuerza opuesta es la fuerza de impulsión que pone en marcha la movilización global. No es éste el lugar para hacer una genealogía de dicha fuerza, lo que nos obligaría a explicar el paso de un paradigma de la explotación capitalista clásico a uno de la movilización global. Digamos solamente, que si la explotación capitalista es un proceso de reducción mercantil que produce la fuerza de trabajo como resultado del secuestro del querer vivir, la movilización global añade un proceso de marcaje o reducción semiótica. Ahora el querer vivir/fuerza de trabajo es fijado como centro de relaciones y se le asigna un sentido. Todo lo particular es entonces determinado por lo general (el capital). O dicho de otra manera: nada escapa al capital que lo marca todo con su huella, antes que nada a cada uno de nosotros. Esta determinación o marcaje confiere un sentido al querer vivir, que deja así de ser ambivalente (en la ambivalencia  estaba la posibilidad de que el querer vivir se hiciera desafío). El querer vivir adquiere un sentido para los otros, o lo que es igual, marcado por el capital se transforma en marca (comercial). “Yo soy” significa “yo soy mi propia marca”. La fuerza de impulsión está constituida por esas marcas y por la propia aspiración a ser marcas, por el movimiento de esos centros de relaciones en los que nos convertimos cada uno de nosotros. Esta operación de marcaje consiste, pues, en una nueva reducción de la ambivalencia del querer vivir.  La fuerza del anonimato se confronta con la fuerza de impulsión.

      Después de lo dicho está claro que la fuerza de impulsión  - que nace del doble proceso de reducción de la ambivalencia – no es más que una forma degradada de la fuerza del anonimato. Pero la fuerza de impulsión es la que alimenta la movilización global. Se podría afirmar, paradójicamente, que si bien no es verdaderamente anónima, no por ello tiene nombres. No tiene nombres significa que es una forma perversa de anonimato, una forma de anonimato que trabaja para el capital. La fuerza del anonimato y la fuerza de impulsión no forman, por tanto, un par de fuerzas, no constituyen una dualidad. Es más, de hecho sólo es auténticamente una fuerza, la fuerza del anonimato. Porque el verdadero carácter de una fuerza no es expanderse, sino retraerse. El corredor que quiere vencer debe primero plegarse sobre sí, como si de un muelle se tratara. La fuerza del anonimato, justamente porque es anónima, se recoge en ella misma, es un retorno a sí. En el anonimato vive esa reflexividad necesaria para poder abrirse hacia fuera: como fuerza anónima. En cambio, la fuerza de impulsión es salida de sí, expansión que  moviliza la movilización global, que se visibiliza en el mercado. La fuerza del anonimato es un fondo oscuro, es Grund.  Una fuerza oscura que  una vez vencida por la fuerza de impulsión – recordemos que ésta no es más que otra cara de una única fuerza – va a corroerla desde su propio interior. La fuerza del anonimato se venga clavando los espacios del anonimato, es decir,  abriendo agujeros negros en la realidad que la movilización global produce. La fuerza del anonimato avanza empujando la fuerza de impulsión, y se individua en los espacios del anonimato,. Con lo que bajo un nuevo aspecto, encontramos la misma relación que ya describimos entre el querer vivir y el ser.  

La estructura de la fuerza del anonimato

La fuerza del anonimato no remite a una ontología del exceso sino de la ambivalencia. La ambivalencia es el fondo común (Urgrund) de la fuerza del anonimato y de la fuerza de impulsión. En la primera, la ambivalencia está sin reducir; en la segunda, está reducida. Pero si la fuerza del anonimato es esencialmente ambivalente – porque es expresión del querer vivir, porque nada la define - ¿cómo puede llegar a autoponerse? Esta cuestión es clave, ya que sin esta autoposición el querer vivir no llegaría jamás a hacerse desafío en los espacios del anonimato. Para intentar dar una respuesta a lo que sería el problema político fundamental, hay que analizar la estructura interna de la fuerza del anonimato, o lo que es igual, la relación entre la fuerza del anonimato y los espacios del anonimato. ¿Se trata de una dualismo del mismo tipo que el que existe entre lo virtual y lo actual? Es tentador basarse en esta dicotomía que Deleuze ha explicado muy bien en su aplicación al acontecimiento. Ocurre, sin embargo, que  el planteamiento deleuziano exige que no haya comunicación entre lo actual y lo virtual. Lo que tiene una existencia virtual se actualiza, pero jamás se conectan ambas regiones. Este enfoque sirve para separar lo posible de lo virtual, y explicar bien el hecho de la proliferación. Pero a nosotros no nos interesa esta cuestión. Lo que tenemos que explicar es algo muy distinto: tenemos que dar cuenta de la extraña forma de individuación de  la fuerza del anonimato, cuyo resultado son los espacios del anonimato. Decimos extraña porque ni es consecuencia de una negación  ni de una afirmación. La individuación se produce como una determinación en relación a un fondo oscuro. Por esa razón, en los espacios del anonimato persiste la oscuridad de su fundamento. Eso sólo es posible si existe comunicación entre ambas instancias, entre la fuerza del anonimato y los espacios del anonimato. Que haya comunicación significa que en los espacios del anonimato, la ambivalencia liberada es dirigida desde dentro gracias a la unilateralización. Los espacios del anonimato siguen conectados a la ambivalencia y persisten en la ambivalencia, pero en ellos la ambivalencia puede actuar ya como potencia. La potencia de la ambivalencia, justamente porque está conectada con este fondo oscuro, no puede ser constitutiva. La potencia de los espacios del anonimato es más bien una potencia destituyente o de disolución.

      El análisis de la estructura de la fuerza del anonimato nos muestra que dicha fuerza persiste en los espacios del anonimato, como la causa en sus efectos. Falta, con todo, una precisión que complica un poco nuestro desarrollo,  aunque abre nueva vías para la reflexión. Hemos visto que la fuerza del anonimato se recoge – y en su recogerse – se abre en  los espacios del anonimato. Hemos estudiado la relación que entonces surge. Pero este retorno a sí, este recogerse: ¿a qué retorna la fuerza del anonimato? ¿en qué se recoge la fuerza del anonimato? Pensamos que aquí se hace necesario introducir el concepto de interioridad común. La interioridad común es la fuerza del anonimato dirigida hacia sí misma. Aunque no profundizaremos en ella, vale la pena precisar dos cuestiones. Si la marca (comercial) que somos en la movilización global implica pura exterioridad y exposición total, la interioridad común es, por el contrario, la opacidad de lo que se esconde, el silencio que interrumpe. Y, desde otra perspectiva aunque totalmente complementaria, la interioridad común es la instancia que puede permitir que los espacios del anonimato se vinculen entre ellos. Tenemos, pues, la tríada fuerza del anonimato-interioridad común-espacios del anonimato. Pensarla es empezar a sentar las bases de una política que, aunque no posee horizonte, es capaz de disolver la realidad. La política nocturna que defendemos se pone como objetivo fundamental la politización del malestar social causado por la movilización global. Pensamos que esta politización para ser efectiva requiere la tríada que hemos presentado, y que dicha tríada puede ser útil para liberarnos de la impotencia que hoy nos envuelve.  



Madrid, 14 de octubre de 2008.








Alan Badiou

         Todavía no se puede decir si un fantasma va a recorrer Europa o no. Pero hay figuras que están trabajando en ello, y cuya inteligencia ya empieza a hacer perder los nervios a personalidades aparentemente tan firmes como Sarkozy o Aznar. Una de esas figuras es el filósofo francés Alain Badiou (Rabat, 1937), un anciano afable, de carrera enciclopédica, que acaba de sacar en Francia el Segundo Manifiesto para la Filosofía y, más recientemente, su Circunstancias 5: La hipótesis Comunista.

Según un sondeo, los franceses aprueban las acciones desesperadas de obreros en huelga, aunque sean ilegales. ¿Estamos a las puertas de un cambio radical?

         Actualmente en Francia hay mucha tensión. Y quizá estamos, y digo quizá, en una situación preAcontecimiento. El Acontecimiento es algo que no se puede prever. Si se pudiera decir con sondeos que algo va a pasar, todo sería muy fácil. Pero sí que hay síntomas significativos. Y es una característica histórica de Francia. Una parte de la opinión ama la radicalidad declamatoria, la radicalidad verbal y, a veces, la radicalidad práctica. Eso remonta, al menos, al siglo XVIII. Es muy profundo. No siempre quiere decir que hay una convicción política verdadera, pero es el eco de lo que Marx decía de este país: es la "tierra clásica de la lucha de clases". Ese sondeo que me cita sí sostiene un punto real. Pero no podemos anticipar si es del orden del Acontecimiento.

Usted ha teorizado sobre la posibilidad de que una Idea, una Verdad, se convierta en una realidad al acoplarse a un "episodio de histeria masiva".

         Los individuos sólo pueden superar su estado de dispersión y su egoísmo por mediación de la Idea, que hace que uno exceda a sí mismo. La Idea es la única manera de superar el estado normal del individuo, el de sobrevivir, aprovecharse de todo lo posible y servir sus intereses propios. El capitalismo y su orden, al fin y al cabo, están enteramente basados en el principio de que los individuos permanecen en el estado de individuos y se rigen por sus propios intereses. La Idea es absolutamente todo lo que permite conducir a otra Humanidad y a que los individuos se incorporen en algo más importante que los límites de su interés propio. Durante muchas décadas, esa Idea fue el comunismo, el igualitarismo, la revolución... Luego esa idea entró en una crisis profunda, a causa de lo que representaron los estados comunistas. Hoy, tengo la impresión de que estamos en el momento de reconstitución progresiva de la fuerza de la Idea. Vuelve a circular. Busca sus nuevas formas.

En su Primer Manifiesto de la Filosofía, hace 20 años, defendía la existencia de la filosofía frente al riesgo de desaparición. Ahora, en el Segundo Manifiesto, cuando abundan los filósofos mediáticos, lo que defiende es que sólo un pensamiento sin precauciones merece el nombre de filosofía. O sea, que ni la repetición de las teorías marxistas-leninistas de los años 70 valen, ni los Nuevos Filósofos valen...

         Esa es exactamente mi posición. Nuestro siglo no va a hacer moviola para repetir el siglo pasado. Y por eso la Idea es fundamental, porque su naturaleza ordenará los episodios venideros. Yo sigo llamándola Idea comunista, porque es una palabra que sería una pena abandonar. Tiene una larga historia, complicada. Cierto: hubo los estados comunistas. Pero antes había habido Spartacus, Babeuf y Marx. Ahora cobrará forma nueva. Podemos considerar que el sondeo del que habla, esa aprobación de una violencia creativa y social, forma parte del proceso de reconstitución de la Idea.

En su teoría, cuando la Idea se materializa y desencadena un Acontecimiento, sólo hay tres posiciones posibles para un individuo: ser sujeto fiel, reactivo u oscuro frente al nuevo orden. ¿Y dónde quedan las organizaciones políticas?

         Mejor ser materialista para comprenderlo. Tomemos el ejemplo de los obreros de origen extranjero perseguidos por los estados ricos de forma generalizada. Esos obreros se están organizando, y eso sí es un Acontecimiento. El sujeto fiel es el que contribuye de una forma u otra a su lucha. El sujeto reactivo es el que encontrará justificaciones para no incorporarse al movimiento. Como el ex primer ministro socialista francés, Michel Rocard, que inventó la célebre frase justificatoria "Francia no puede acoger toda la miseria del mundo" para organizar las expulsiones. El sujeto oscuro, del tipo Le Pen, será directamente reaccionario. Dirá: los extranjeros viene a comerse el pan. Hoy, la subjetividad reactiva está debilitada. Y por eso el punto principal es: reconstituyamos la Idea, la hipótesis de un comunismo genérico, de una sociedad liberada de intereses privados, de otro mundo posible. Ese es mi trabajo de filósofo. Y hoy la urgencia es filosófica.

Los obreros sin papeles ahora vuelven al primer plano para los sindicatos, pero durante años...

         Sí. Hemos tardado 20 años en resituar políticamente el tema. Antes se dejaba en inercia total, hoy ha entrado en el debate público. Yo creo que la actitud con los obreros extranjeros es un test práctico sobre la existencia y la soberanía de la Idea.

Las "vedettes mediáticas" de la filosofía hablan mucho de los "taliban", pero nada de esa otra barbarie que es el trato a los sin papeles. Usted, a esos filósofos, los asimila a la "Reacción Versallesa", la que masacró a los comuneros de París en el XIX. ¿Como los filósofos moralistas de hoy?

         De momento, los intelectuales moralistas no tienen por qué "ser versalleses", ya que aún no estamos en la Comuna de París. Pero si hubiera un Acontecimiento, le pongo la mano en el fuego que estarían del lado de las fuerzas del orden. Es más, ya han desarrollado su argumentario para ello: los insurrectos son totalitarios, por ejemplo. Me quedé impresionado con André Gluksmann, durante la insurrección de la Banlieue (en noviembre 2005). Aparecía constantemente en televisión clamando que quemar coches es un delito y que había que reprimir. Esos filósofos llevan una subjetividad antipopular camuflada bajo una logomaquia humanista. Son versalleses virtuales. Están de acuerdo con las leyes represivas contra los extranjeros.

De ahí que usted acuse al club de filósofos moralistas de ser los responsables de una degradación de la filosofía como disciplina.

         Efectivamente. La filosofía, desde sus orígenes, es algo que no puede funcionar como obediencia al poder. Apoyar el orden, no criticar lo existente, es una negación de la filosofía.

¿Por qué la reivindicación de las matemáticas es tan importante en su obra?

         Las matemáticas fueron y siguen siendo muy importantes para la filosofía, porque son el ejemplo tipo de un lenguaje cuya Verdad es independiente del poder. Lo enunciado se demuestra o no se demuestra. No hay rey o clérigo que valga. Es, en cierto sentido, el primer pensamiento democrático, sometido a examen colectivo.

Sorprende también en su obra la importancia que da al amor: es uno de los puntos que hay que sostener frente al poder.

         Claro. El amor es una insurrección que te arranca de tu condición de existencia ordinaria y te saca de la experiencia individual, porque ves el mundo a dos, en lugar de a uno. Es salir del individuo. Es el primer paso que un individuo puede hacer más allá del límite de su interés egoísta. Mi querido Platón explica en El Banquete la centralidad de la experiencia amorosa, cómo inaugura la vida ampliada, que ya es el camino de la Idea. El mundo contemporáneo es hostil al amor, como a todos los otros procedimientos de la Verdad. Entre quienes toman todas las precauciones y escogen por adelantado pareja fija contractual, de un lado, y quienes ven en el amor una pura administración de la satisfacción sexual, estamos en el cálculo y gestión del amor, es decir, la muerte del amor. El amor de verdad es otra cosa, y es revolucionario, un Acontecimiento absoluto.

Hay quien dice que hay que tener cuidado con usted, que bajo su apariencia ruge el mismo joven sectario maoísta de Mayo del 68...

         Conozco esa reputación. Bueno, yo soy el mismo hombre... Pienso que no hay mutación verdadera del mundo si no hay en algún momento algo realmente oscuro en lo que ocurre. En el amor, usted conoce a alguien y hay una atracción vaga, magnética, algo inquietante, y usted sabe que harán falta años para conocer algunos fragmentos de lo que está ocurriendo y de esa persona. No va a exigir previamente como se hace en Internet que sea rubio, alto, de tales ingresos, etc... No se puede exigir transparencia total a la creación de algo nuevo. En la insurrección de Mayo del 68 estábamos en las fronteras de lo ininteligible, al borde de lo incomprensible. Si volvemos a los obreros extranjeros, la objeción que se les hace siempre es la de que no son conocidos, que no son de nuestro mundo. Pero es que si lo fueran, significaría que ellos no cambian nada, ni nuestro mundo tampoco.

Para usted, los obreros extranjeros llevan hoy en ellos la Humanidad genérica, como en el siglo XIX la llevaba el proletariado.

         Por supuesto. Cuando usted reconoce a los extranjeros, está reconociendo que llevan en ellos la Humanidad genérica, está usted reconociendo la unidad de la Humanidad. Y además reconoce que, no porque usted desconozca sus detalles, sus particularidades, no por ello usted les obstaculizará, usted no dirá no.

"Y no diremos no", escribe usted, pese a que "los occidentales satisfechos y ricos tienen cada vez más innumerables enemigos".

         Lo sabemos. Los occidentales ricos y satisfechos hoy construyen muros, y son los adversarios de la Humanidad genérica. El Occidental autosatisfecho estima que le corresponde a él definir qué es humano, y construye murallas para mantener a distancia a Eso que no es totalmente humano. Es una calamidad. Frente a esa calamidad, yo afirmo y prescribo un imperativo: hay un solo mundo, habitado por la Humanidad genérica. Es un principio totalmente opuesto al funcionamiento de nuestras metrópolis occidentales.

En su imperativo, que incluye la idea de conflagración por un mundo nuevo, deja pocas salidas al pobre tipo, occidental, ejecutivo medio, que ha esperado 20 años para ser jefe y ahora teme a "innumerables enemigos".

         Le dejo una salida. Si comprende lo que le está ocurriendo con las peripecias del orden en el que ha creído, si comprende que es él el pito del sereno, que es él el que va a pagar los platos rotos, ahí tiene una salida. Volvemos al reciente sondeo: cuando vemos que incluso los ejecutivos aprueban las operaciones de obreros que secuestran empresarios durante horas, es el inicio de las fronteras de lo ininteligible.



PÚBLICO. 30 de abril de 2009 Entre uno y tres: 3








El carnaval de los miedos

Por Jacques-Alain Miller



Le Point: Pesticidas, polución del aire, antenas de relé, teléfonos celulares, recalentamiento climático, recesión…¿Por qué en nuestras sociedades occidentales el miedo parece progresar más que en otros lugares?

JAM: Porque son las más "tecnicizadas". El sociólogo Ulrich Beck lo ha mostrado, la técnica da nacimiento a una "sociedad del riesgo": cuando usted se desplaza a caballo, todo depende de su propia habilidad y de su conocimiento del animal en cuestión, cuando usted toma un avión, su seguridad está fuera de usted, puesto que su vida depende de una red de sistemas complejos, en los cuales usted debe confiar a priori. Pero la sociedad del riesgo se vuelve la sociedad del miedo desde que la ciencia deja de inspirar confianza. Es ese el caso en nuestros días: cada uno está íntimamente persuadido que el gran "sujeto supuesto saber" no sabe todo, que está agujereado como un queso gruyère, y que avanza y produce a ciegas.

Le Point: Nuestras sociedades no aceptan el riesgo más que a condición de cuantificarlo: se preguntan cuantos cánceres provocarán los pesticidas o los teléfonos celulares…

JAM: En efecto. El sujeto supuesto saber está siendo desafiado a prever el futuro. Mañana no se hará solo el diagnóstico de las enfermedades una vez que las tengan, se las predecirá a partir del desciframiento del genoma. De allí la emergencia de los nuevos miedos, inéditos, puros productos del cálculo estadístico.

Le Point: Nuestra salud, y en particular nuestra alimentación es lo que más nos preocupa. ¿Cómo explica usted este miedo?

JAM: Es lo que resulta del "tener seguridad" como actitud fundamental del hombre contemporáneo. Cada uno es para sí mismo su bien más preciado. Cada uno se relaciona consigo mismo como con un objeto, con un tener, no con un ser. El impasse es que la salud es perfectamente aleatoria. No hay ciencia de la salud, decía Canguilhem, el epìstemólogo de la biología. La salud es un mito.

Le Point: Se habla de individuos temerosos ¿Podemos también hablar de sociedades temerosas?

JAM: El miedo es la pasión de las sociedades mercantiles. Hay sociedades donde se mata o se matan por nada, donde la vida cuenta poco frente a la venganza, donde domina el deprecio por la muerte. Una vez que el comercio borró el sentido de lo sagrado y el punto de honor, ¿cual es el único soberano bien que le resta? Es el bienestar. Lo que domina, es de ahora en adelante es el deseo de cada uno de ponerse al abrigo, tener seguridad. La inseguridad se vuelve el mal absoluto. El culto de la felicidad engendra el reino del miedo. Ya no se comprende la muerte, se rechaza incluso el envejecimiento, se sueña con hacer descender la eternidad a la tierra, y en provecho del individuo.

Le Point: ¿El hombre juega a provocarse miedo?

JAM: Sí, el carnaval de los miedos tiene ciertamente una dimensión lúdica: un miedo caza a otro, hay miedos de moda, se inventan miedos, el público pide miedos. Pero lo que no es un juego es que más acá de esos miedos multiformes y siempre renacientes, lo que expresan y camuflan a la vez: una angustia social difusa, y cuyo objeto está velado.

Le Point: ¿Y de donde proviene esa angustia?

JAM: De la tecnicización generalizada de la existencia. Produce cada vez más una polución de las fuentes mismas de la vida, va en camino de modificar la naturaleza de la especie. Se sospecha que el avance irresistible de la ciencia está, sin que lo sepa, al servicio de la pulsión del muerte. El miedo a la bomba atómica ya no es lo que era, sino que el último de nuestros miedos mediáticos es más sutil, se insinúa en lo más íntimo: recesión alarmante de la producción espermática, crecimiento indebido del cáncer de testículo y de las malformaciones masculinas. Y bien, ¡aquí está! El objeto escondido de la angustia. ¡SOS - falo!



Traducción: Silvia Baudini









Gorbachov: "El escudo antimisiles es contra Rusia"
ANDREA RIZZI - Madrid.
EL PAÍS - Internacional - 09-09-2008.


      Mijaíl Gorbachov (Privolnoye, 1931), líder de la Unión Soviética desde 1985 hasta 1991 y premio Nobel de la Paz, concedió esta entrevista ayer en Madrid, ciudad en la que se encontraba de paso rumbo a la Expo de Zaragoza, en donde está previsto que pronuncie hoy un discurso. Gorbachov manifestó su decepción hacia un Occidente que ha incumplido sus promesas y avisó de que Rusia ya no está dispuesta a aceptar el liderazgo y lecciones de Estados Unidos. "Rusia no danzará al ritmo de la música de otros. Quiere ser tratada de igual a igual".



Pregunta. Hubo un momento tras la caída del muro de Berlín en el que pareció que el espacio entre Vladivostok y Vancouver podría convertirse en un único bando...

Respuesta. [Sin esperar a que se complete la pregunta]. ¡Eso fue posible! No era una ilusión; hubo un momento en el que fue posible.


P. ¿Es ésa ahora una visión rota, al menos para otra generación?

R. La historia de los últimos 15 años muestra que esa visión era correcta, y sigue siéndolo. Pero cuando la URSS se derrumbó, algunos perdieron la cabeza. La UE empezó a expandirse a un ritmo tremendo. Lo mismo hizo la OTAN. Una decisión particularmente peligrosa, que se tomó a pesar de promesas contrarias. Así, asistimos ahora a estas nuevas tensiones, fricciones.


P. ¿Es verdad que James Baker [ex secretario de Estado de EE UU] le prometió que la OTAN no se expandiría hacia el Este si usted avalaba la reunificación de Alemania y la permanencia del nuevo sujeto en la Alianza?

R. No fue una promesa a mí; fue hecha al mundo. Está grabada en el memorando de la conversación que mantuvimos.


P. ¿La acción de Rusia en Georgia fue un mensaje en contra de esa dinámica?

R. No. No fue ningún mensaje. Lo prueba el hecho de que en Transdniéster, las autoridades rusas están muy cercanas a cerrar un compromiso con Moldavia según el cual ese territorio queda integrado en ese país, con ciertas garantías de autonomía. En el caso de Osetia del Sur, también estábamos dispuestos a hablar.


P. ¿El presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, actuó por su cuenta?

R. No, claro que no.


P. ¿Quién le aconsejó?

R. Si no lo sabe, tendré que decírselo: Estados Unidos. Pero también algunos países miembros de la UE. Washington ha armado abundantemente a Georgia. Ucrania, también. Nadie puede forzar a nadie a que haga algo como lo que hizo Saakashvili. Pero seguramente había un plan para resolver ese problema por medios militares.


P. ¿Y ahora qué espera? [La reunión en Moscú entre Sarkozy, Barroso, Solana y Medvédev no había terminado todavía].

R. Ahora, Rusia actuará con responsabilidad, pero no aceptará que sus intereses nacionales sean ignorados. Europa tiene que revisar su posición. Las administraciones de Clinton y de Bush empezaron unos juegos geopolíticos que han abierto nuevas líneas de división en el continente. Siento que EE UU no haya sido un buen consejero de Europa en estos años. Los europeos deberíamos decir a los amigos estadounidenses que reconocemos sus logros y su poder, pero que no aceptamos su liderazgo. No aceptaremos instrucciones de política internacional o económica. Las directrices que dio el FMI a Rusia a principio de los noventa fueron un desastre.


P. ¿Hacia dónde habría que ir entonces?

R. Europa debería impulsar una nueva arquitectura de seguridad europea con la constitución de un Consejo de Seguridad continental. Un directorio en el que estén representadas todas las naciones europeas y, por ejemplo, con poderes para acciones de mantenimiento de la paz. Así saldríamos de una situación en la que EE UU domina la agenda. Algo así estaba sobre la mesa en 1990, pero Occidente creyó que había ganado y decidió no cumplir sus promesas. No sólo EE UU. Es la primera vez que lo digo, pero Alemania también tiene que asumir sus responsabilidades. Cumplió los tratados bilaterales con la URSS, pero en el foro de la OTAN apoyó la expansión.


P. ¿Qué opina del escudo antimisiles que EE UU instalará en Polonia?

R. Es contra Rusia. Irán es un espejismo. Por la experiencia de los últimos años, ya no confiamos en la Administración de Bush.


P. Bush está a punto de acabar su mandato presidencial. Putin ya agotó el suyo. ¿Sigue siendo el hombre más poderoso en Rusia?

R. Desde luego, es respetado, fuerte; su credibilidad es elevada, porque ha hecho mucho por Rusia. Pero eso crea condiciones favorables para Dmitri Medvédev. Hoy, Rusia recibe muchas críticas, está bajo presión. Creo que ha sido tratada con doble rasero. Espero que el Kremlin no adopte la lógica del ojo por ojo. Se puede confiar en una Rusia responsable si se la trata como un socio a la par. Tenemos experiencia, historia, potencial para competir en el mundo. No bailaremos al ritmo de la música de otros. Da igual que sea jazz u otra. Rusia tiene su propia música.


P. ¿Está satisfecho con la transición democrática del país?

R. En la situación actual, es difícil esperar más. Hay 30 países en el mundo en transición democrática, y Rusia es uno de ellos. Estamos a mitad de camino. Hemos avanzado, pero, desde luego, en algunos aspectos hemos fracasado. De momento.


P. ¿Cambiaría algo de lo que hizo en sus años en el Kremlin?

R. Seguiría en general la misma senda, pero cambiaría algunas tácticas. Actuamos demasiado tarde en la reforma del partido, y éste organizó un golpe contra mí. También nos retrasamos en reformar la URSS. Ante el colapso económico, deberíamos haber cortado el gasto militar. No lo hicimos. Es algo que lamento. Asumo la responsabilidad de ese error.











"Estoy harto de Picasso".
Entrevista: Antonio López García, pintor y escultor.

P. Expone junto al Greco y Velázquez. ¿Cómo le plantearon este proyecto?

R. No sé exactamente cuál es el argumento. Querían completar la exposición del XVII con un artista contemporáneo y pensaron en mí. Vieron que había algo que estética y armónicamente tenía que ver con todo aquello. Ese museo exhibe una donación de unos coleccionistas neoyorquinos de arte figurativo del siglo XX en la que hay mucha obra española reciente. Tienen unas 12 obras mías en su colección.


P. ¿Tiene algo que ver con la que hace un año programó el Reina Sofía a propósito del Premio Velázquez de Pintura y que finalmente fue cancelada?

R. No tiene nada que ver. Aquélla no se hizo porque no había tiempo para prepararla. Tendría que haberse hecho con obra posterior a 1993, fecha de la anterior y ser una prolongación de aquélla. No iba a acarrear todo lo que ya había sido visto en el mismo sitio de la misma ciudad. En Boston se exhibirá mi trabajo desde que merece la pena mostrarse. He participado en la selección, aunque faltan obras que no me han prestado porque ya lo han hecho muchas veces.


P. ¿Hay alguna ausencia que le duela especialmente?

R. No quiero dar nombres, pero la verdad es que me hubiera gustado que estuviera el de la niña jugando en la terraza. No ha podido ser.


P. ¿Viajan obras inacabadas?

R. Claro. Además, ¿qué significa sin acabar? Nadie lo sabe. Cuando hay una sustancia lo suficientemente densa, la obra está acabada.


P. En el sótano de su casa, donde guarda esos lienzos inacabados, estaba la pintura que inspiró a Víctor Erice El sol del membrillo.

R. El membrillo se vendió. Durante el rodaje de la película, que duró tres meses, hice un dibujo y una pintura. Y ambas se vendieron. Inacabada fue la pintura. El dibujo sí se terminó.


P. ¿Qué recuerdo guarda de aquella película?

R. Quedó maravillosa. Una gran historia sobre este mundo. Mucho mejor que la de Picasso que hizo Henri-Georges Clouzot [El misterio de Picasso, de 1956].


P. ¿No le han vuelto a tentar con un proyecto similar?

R. Ha habido alguna cosa, pero con una vez basta.


P. No ha sucedido así con sus exposiciones en el extranjero, que se repiten con cierta frecuencia. Trabajar para una galería como Marlborough habrá influido en esa proyección.

R. No sé. Ha salido así. Estuve entre 1960 y 1970 con Juana Mordó, que lo programaba todo fuera de su galería, en Italia, Francia, Nueva York. No había estrategia. Así ha sido mi recorrido, bastante atípico.


P. Atípico, pero sin altibajos. ¿Nunca ha sentido parálisis?

R. De manera prolongada, no. Tengo tanta fe en mi trabajo y en mí mismo que aquí sigo. Tengo 72 años y he llegado al estudio para hacer la entrevista directamente de la fundición. Sigo con la misma ilusión. En los momentos difíciles, que los he tenido como todo el mundo, siempre he seguido trabajando.


P. Tampoco se han percibido cambios bruscos en su forma de crear.

R. No estoy de acuerdo. No ha habido un cambio radical, pero cambios hay. Y muchos. ¿Sabe cuál es el artista que ha cambiado más sin que se hable de esos cambios? Velázquez. Lo aprecias cuando contemplas la obra en su totalidad. Desde los cuadros oscuros sevillanos hasta Las meninas y Las hilanderas, esas glorias de luz y de color, notas todo el recorrido extenso y profundo que ha hecho. Se habla de las mutaciones de Picasso, de Goya, pero nadie ha cambiado tanto como Velázquez. Sin pretenderlo, sino porque, sencillamente, la vida le cambió a él. En mi caso, igual. Te tiene que cambiar la vida. Hay cambios tan profundos que solamente sabiendo que son de verdad puedes valorar su esencia.


P. Su pintura ha sido especialmente bien acogida entre los coleccionistas estadounidenses.

R. Eso ha sido así en Nueva York, ciudad que yo considero que es EE UU y donde yo expongo de una forma regular. Expuse allí por primera vez en 1965 y luego en el 68. En esos años se producía el nacimiento del pop, el realismo que surge en América en ese momento. La gente estaba muy sensible al lenguaje figurativo, le interesaba comparar el movimiento pop con el realismo europeo que yo representaba en ese momento. Pero yo lo supe por las críticas, porque hasta 1985 no viajé a Nueva York. Conocía la ciudad por verla en mil películas, pero yo no había estado allí.


P. Y al fin entró en la película.

R. No tuve esa sensación. No me impresionó. Me pareció pequeña. Todo era provisional. Al volver años después, me ocurrió lo mismo, nada. Puede que esté harto de las ciudades grandes.


P. No le interesan...

R. Estoy harto. Me interesa Madrid. Es uno de mis grandes temas. Pero lo hago más por interés que porque me guste la ciudad.


P. Es el personaje principal de su obra.

R. Es como el Purgatorio para Dante. Los grandes temas suelen ser algo subyugador para nuestra vida. Madrid lo es para mí y en cambio jamás podría serlo Nueva York. Sin conocer EEUU, sí le digo que me gustaría conocer esa América más pequeña, eso que se llama la América profunda.


P. Usted, que es amante del cine, habrá visto cómo se retrata esa América terrible y profunda.

R. Claro. Ya en las películas del Oeste empezamos a ver ese retrato que ha acabado en un cine perfectamente trabajado como No es país para viejos, de los Coen. La gran ciudad se retrató de forma genial en el cine negro. Los americanos tienen una gran ventaja a la hora de retratar sus ciudades: su historia es muy reciente, está en el XIX y XX. Y no olvidemos el gran talento de sus cineastas, que no han contado con un arte anterior, pintura o escultura, que les pueda desorientar. Fíjese en lo que es en Europa, en el neoclásico; el volver a los griegos. Los americanos no han tenido eso. Por eso tienen un arte tan vivo.


P. ¿Más vivo o más pobre?

R. Es muy directo y eso me parece extraordinario para el arte en todas sus manifestaciones: pintura, escultura, literatura, cine. Puede que no tenga todos los sedimentos y raíces profundas. Es su gran ventaja respecto a nosotros.


P. ¿Qué artistas contemporáneos le interesan ahora?

R. No sé qué es lo contemporáneo. Ocurre que aquí llega con mucha dificultad...


P. ¿Por razones del mercado?

R. Primero tiene que saturarse Estados Unidos y cuando rebosa, las cosas salen fuera.


P. A usted no le ha gustado mucho viajar.

R. Mi generación no viajaba aunque lo necesitáramos. No teníamos cómo hacerlo. Mi trabajo me ha anclado mucho a un lugar concreto. De todas formas, yo viajo mucho, cojo mucho el metro. Pienso como esos que dicen que conociendo a una mujer bien, se conoce a la mujer. Pues conociendo bien un lugar, Madrid en mi caso, se conocen todos los lugares. Lo creo sinceramente, aunque yo no lo haya decidido. Yo no he decidido mi vida, tengo esa sensación. He sido como obediente a algo que me ha hecho hacer las cosas de una determinada manera. Es la sensación que tengo.


P. Rafael Azcona decía que a las más grandes o miserables situaciones se llega de una manera ajena a la decisión del hombre.

R. Nuestra generación se movía en el espacio que encontrábamos. Los que nos han seguido se han podido mover en un espacio inabarcable. Nosotros, no. Hay que aceptar lo que cada época da a los que nacen en ella. Es una circunstancia que no nos ha dado nada. Ni bueno ni malo.


P. ¿Ningún poso de insatisfacción?

R. En absoluto. Viví una infancia maravillosa. He comido bien, he trabajado muy a gusto, he conocido a gente fantástica y he vivido una vida muy libre. ¿Qué puedo pedir?


P. Poco más. ¿En qué trabaja?

R. Mi última salida ha sido en el metro rumbo a la Gran Vía. Tengo empezadas seis vistas de la Gran Vía. Desde que nace en Alcalá hasta su final en la plaza de España. Son seis puntos desde el exterior y uno desde un interior. Y ahora tengo que rematar las cabezas que he hecho para Atocha. Tienen unos tres metros de altura. Representan la cabeza de mi nieta, que ahora tiene tres años y cuando empecé con ellas tenía uno. En una duerme y en la otra está despierta. Son un encargo de Fomento para la estación de Atocha. En un mes y medio estarán instaladas en el vestíbulo de acceso a las vías de alta velocidad.


P. ¿Y cómo lleva ese cuadro suyo de la familia real que lleva más de una década pintando?

R. Avanza. Pero no quiero tratarlo como a un encargo. Quiero que queden vinculadas al tipo de trabajo que he hecho siempre. No quiero forzar nada.


P. Eso quiere decir que no avanza nada.

R. Le he puesto una fecha, octubre.


P. Habrá que ver...

R. Bueno, cosas más difíciles he hecho. Dejé de fumar en 1993 y no he vuelto. Sueño que fumo... Tal como está todo, lo importante es que las cosas queden bien. Reconstruir ese tema, el retrato colectivo real, es un esfuerzo grande. Tiene que transmitir sinceridad y ser entendido por todos. No sé cómo me atreví a aceptarlo. No han posado prácticamente nada y yo no trabajo así. Está hecho a partir de unas fotografías. Francisco y Julio López y yo lo hicimos con las esculturas de Valladolid, pero el lenguaje de la pintura es otro. Tienes que retomar un tema tratado por la fotografía.


P. Decía antes que ahora no se valoran las cosas bien hechas...

R. La aportación tiene que tener un interés que cubra las expectativas de lo contemporáneo. Si no tiene ese interés, todo lo que se entiende como bien hecho, como dominio del oficio, sirve para poco.


P. ¿A qué expectativas se refiere?

R. Tiene que tener un lenguaje cuya aportación sea nueva para la figuración. Un cuadro de ahora, no se puede parecer al de otras épocas. Tiene que tener un elemento espiritual, ético, estético, un conjunto de cosas que justifique que se haga en un momento en el que se trabaja por lo general fuera de ese territorio. Sólo ahí tiene espacio la figuración. Y naturalmente, tiene que estar muy bien hecho, como también lo tiene que estar la abstracción. Pero ya no se habla de lo bien hecho, sino de lo que pueda sorprender. El gran arte de todas las épocas siempre ha necesitado que el contenido tenga hondura y que el espectáculo de su lenguaje sea atractivo. No me parece difícil, lo que hace falta es que te dejen hacer las cosas. Si te dan patadas desde que empiezas, vamos mal.


P. Su figuración no ha sido siempre bien entendida.

R. No tengo esa sensación. Mi primera exposición fue en 1955. Entonces éramos modernos, como los no figurativos. La ruptura con todo lo tradicional se hacía desde la figuración y la abstracción. Los coleccionistas y los galeristas eran los mismos para todos. Incomprensión hay siempre. Me ha pasado a mí, a Barceló, a Picasso. Estoy harto de Picasso, y eso no quiere decir nada.


P. ¿Harto de Picasso?

R. Estoy hasta las narices. Me parece que ha abusado de demasiadas cosas. Todo evoluciona. Me aburre tanto como hablar de la figuración y de la abstracción.








La invasión de los bárbaros

         Teresa Aranguren *

         Los movimientos de los soldados que giran sobre sí mismos con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y el fusil en ristre a la altura de sus caras, sugieren los pasos de una danza ritual. La patrulla registra la planta baja de un edificio semidestruido. El paneo de la cámara[1] que los sigue de cerca –en realidad forma parte del grupo– nos muestra la estancia que es amplia y aún lo parece más porque los boquetes que los proyectiles han abierto en los muros rompen la línea de lo de adentro y lo de afuera. Hay varios cadáveres en el suelo, los soldados van de uno a otro sin dejar de apuntar al aire y se mueven con sigilo, empujando los bultos con el pie hasta darles la vuelta y comprobar que ya sólo son bultos. Pero hay dos que aún se mueven, uno está medio recostado en la pared y parece implorar por su vida, el otro, tendido en el suelo, intenta incorporarse gimiendo; el soldado llega a su lado y apenas se detiene a mirarlo mientras le descerraja el tiro, con el fusil de costado, como al desgaire.

         La escena se vio en las televisiones del mundo. Forma parte de lo poco que se vio del asalto a Faluya en el otoño de 2004.

         En realidad lo más significativo de esas imágenes es su absoluta normalidad. El carácter rutinario, casi mecánico, de la actuación de los militares. La presencia de la cámara no les inhibe. No es una imagen robada. Los soldados estadounidenses no consideran que lo que están haciendo sea algo que no conviene mostrar, nada que no forme parte de lo que hacen habitualmente cada día.

         Rematar a los heridos es la norma, no la anécdota.

         Como en las fotografías de las torturas a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, donde lo más aterrador es la risa de los soldados que posan junto a sus víctimas. La mujer de uniforme, –logro de la igualdad de sexos, el ejército estadounidense es un ejército moderno–, mira sonriente a la cámara mientras exhibe el dolor sin nombre del iraquí desnudo al que arrastra con una correa amarrada a su cuello; también sonríe el soldado con gafitas que posa con su cara pegada a la del cadáver, conservado entre bloques de hielo, del iraquí que ha muerto, la nariz aplastada, la cuenca de un ojo vacía, en la sesión de tortura. Todos sonríen. Y es esa risa lo que provoca espanto. La normalidad de esas risas.

         No hay odio en esas escenas, al fin y al cabo el odio es un sentimiento esencialmente humano y dirigido a humanos, sino insensibilidad, ceguera, incapacidad de ver al otro como sujeto de dolor; la cándida crueldad del adolescente que prende fuego al rabo del perro callejero, despelleja viva a la rana, clava alfileres en los ojos del gatito o asesina a papá y después se va a tomar una hamburguesa con sus amigos. Desapasionada brutalidad. Pobre de aquel que cae en sus manos.

         Las imágenes de Abu Ghraib y de Faluya provocaron protestas y cierto escándalo. Pero el escándalo resulta hipócrita, da a entender una cierta sorpresa, cómo es posible, quién lo iba a pensar… Sólo si se acepta el supuesto de que el crimen de guerra no es consustancial con la invasión de Iraq puede uno sorprenderse con las fotografías de Abu Gharib o las imágenes de soldados estadounidenses rematando iraquíes en Faluya.

* * *


         «Todo ser vivo, todo lo que camine, hable o respire, será considerado combatiente enemigo». Esas eran las órdenes que, según el testimonio del soldado estadounidense Jeff Englehart, recibieron de sus mandos antes de iniciar el asalto a Faluya. Lo que ocurrió allí, dice Englehart, «fue una campaña masiva para asesinar a cuanto árabe pudiéramos matar». Estas declaraciones aparecen en el documental Faluya, la masacre oculta, realizado por el periodista italiano Sigfrido Ranucci.

         El documental se exhibió casi un año después de los hechos que narra, que corresponden a noviembre de 2004, y las imágenes y testimonios que en él se recogen dejan poco margen de duda respecto a lo que ya habían denunciado médicos, personal humanitario y habitantes de Faluya: la utilización de fósforo blanco en los masivos bombardeos del ejército estadounidense sobre la ciudad. El caso provocó cierto revuelo y el Pentágono se vio forzado a reconocer lo que ya era imposible negar. Aunque añadió una cínica apostilla: sí, habían empleado bombas de fósforo blanco pero «sólo para iluminar el escenario de los combates»

         Fue preciso un documental italiano para lograr lo que las víctimas y los testigos del crimen –¿Quién hace caso de las denuncias de un iraquí?– no podían lograr: hacer visible lo que no vemos. Al menos en parte. Al menos durante unos días.

         El fósforo blanco es una sustancia altamente inflamable que hace combustión cuando entra en contacto con el oxígeno y continúa ardiendo hasta que lo consume. Entre sus efectos está el de quemar la piel y derretirla hasta llegar al hueso, puede no afectar a las ropas lo que explica la extraña apariencia de muchos de los cadáveres de Faluya, osamentas ennegrecidas pero con su vestimenta casi intacta, el plástico también lo derrite por eso las máscaras antigás no protegen sino que aumentan su efecto letal.

         El fósforo blanco utilizado para bombardear zonas habitadas es un arma de exterminio o dicho en términos que nos resultan familiares un arma de destrucción masiva.

         En la operación de asalto a Faluya, que llevó el hollywoodiano nombre de «Furia Fantasmal», el 75 por ciento de los edificios de la ciudad fueron destruidos; hubo más de 200.000 desplazados; el número de civiles muertos, según fuentes hospitalarias, estaría entre 4000 o 6000. Pero no hay cifras comprobadas. Hay muertos que no conviene contar.

         Cuando la ofensiva contra Faluya se dio por concluida, otra operación similar se puso en marcha en la ciudad de Ramadi, capital de la provincia de al-Anbar, la diferencia es que de ese asedio y de ese asalto apenas se vieron imágenes y apenas hubo noticias. Tampoco de los asaltos a al-Qaim, Tal Afar, Husaiba, Karabila, Rummana, Hadiza, al-Dulaiyah… El bloqueo informativo apenas tiene fisuras.

* * *


         En junio de 2006, año y medio después, del asalto a Faluya, los periodistas Dahr Jamail y Ali Fadhil de la agencia IPS describían así la situación en la ciudad:

Faluya sigue sometida a draconianas medidas de seguridad biométricas: cualquier persona que entre en ella se tiene que someter al escáner de retina, toma de huellas dactilares y rayos X. La ciudad sigue siendo una isla: ni siquiera se permite la entrada a los residentes de los pueblos y ciudades vecinas, como Karma, Habaniya y Jalidiya, que están bajo jurisdicción administrativa de Faluya.

Cualquier persona que quiera visitar la ciudad necesita una chapa de seguridad. Para conseguir la chapa hay que ser un oriundo de Faluya de una cierta clase. Es decir, si uno es de Faluya y funcionario del gobierno se le entrega una chapa de clase alta de grado G. A continuación hay chapas de grado B para los hombres de negocios y C para aquellas personas que tienen contratos con el ejército estadounidense en la ciudad. . Solo se permite la entrada a los periodistas que tienen una chapa de grado X.



         Durante el primer año de ocupación la información que llegaba de Iraq, aunque escasa y sometida a control, aún dejaba entrever algo de lo que ocurría en las operaciones que el ejército estadounidense, de vez en cuando también el británico, llevaba a cabo a diario. Los informativos de las televisiones mostraban imágenes de los soldados irrumpiendo de noche en las casas, llevándose –¿sería más exacto decir secuestrando?– a los hombres de la familia, camiones repletos de prisioneros encapuchados circulando por las calles de Bagdad, helicópteros bombardeando un barrio, campos de detención – ¿sería más exacto decir de concentración? – en medio del desierto... Recuerdo una fotografía en uno de esos campos: el hombre está sentado en el suelo detrás de una alambrada de espino, una especie de caperuza rígida, que parece de latón o de plástico, le cubre la cabeza y recostado en su regazo un niño de unos cuatro años al que el prisionero rodea con sus brazos. La expresión del pequeño sugiere desconsuelo, la del hombre debemos imaginarla porque no podemos ver su rostro sino la ominosa máscara negra que lo envuelve. Pero sí podemos ver el gesto amoroso de su mano que cubre la frente del niño como si quisiera borrar con el contacto de su piel las imágenes del horror impresas en la mente del hijo.

         La fotografía mereció el premio World Press Photo del año 2003.

         Su autor, Jean Marc Bouju, fotógrafo que acompañaba a las tropas estadounidenses como «periodista empotrado» –curioso término y curiosa modalidad de periodismo que la ocupación de Iraq ha puesto en boga– narraba en una entrevista el momento en que captó esta imagen:

Un día me informaron que estaban recibiendo prisioneros. Cuando llegué al lugar vi dos camiones que traían cerca de 30 prisioneros, y vi que también había un niño de unos cuatro años, lo que me pareció muy extraño.

Los soldados decían que de acuerdo a sus regulaciones debían encapuchar a todos los prisioneros y atarles las manos. Cuando colocaron la capucha al padre, el niño padeció un ataque de pánico; estaba aterrorizado y empezó a gritar y llorar sin parar, aferrándose desesperadamente a su padre. Aún así los trasladaron al interior del perímetro del campo de prisioneros improvisado, que no era más que un trozo de desierto delimitado con alambre de púas. El padre tenía las manos atadas por detrás de la espalda con esposas de plástico. Se sentó con su hijo en la arena, y el niño todavía estaba llorando y gritando y en un determinado momento un soldado estadounidense se dirigió a ellos y cortó las esposas de plástico para liberar las manos del padre. De modo que el padre pudo abrazar a su hijo y tratar de calmarlo. En ese momento tomé la foto.



         La historia que cuenta el fotógrafo trasmite un mensaje reconfortante: el gesto compasivo del soldado nos dice que incluso en medio de la atrocidad de la guerra puede haber destellos de humanidad.

         El problema es que esa es la historia de cómo se captó la imagen, no la historia que hay en esa imagen. Y lo que hay en esa imagen es un niño de cuatro años prisionero del ejército más poderoso del mundo. Y podemos suponer, no es mucho suponer si uno recuerda que en Guantánamo había prisioneros de doce y trece años, que en Iraq hay otros niños como el de la fotografía, prisioneros del ejército más poderoso del mundo. Y podemos suponer, no es mucho suponer, que no siempre hay un soldado compasivo que desate las manos del padre para que pueda calmar el desconsuelo del hijo, y que quizás no hay padre o madre o hermano al lado del niño prisionero para calmar su espanto. Ni un fotógrafo para retratarlo.

         A veces las cosas son lo que parecen. Por eso a veces conviene que no aparezcan para que no parezcan lo que son.

* * *


         En un mundo donde la realidad se mide por la frecuencia con la que se muestra en las pantallas de los televisores, lo que ocurre en Iraq o siendo más exactos en Bagdad se diría que está muy presente. Es raro el día en el que no asistimos al horror de los cuerpos desmembrados por el coche bomba con la firma de Al-Qaeda. Vemos la desesperación de los transeúntes que deambulan con la camisa ensangrentada, los gritos de las mujeres que alzan los brazos clamando al cielo, la expresión de infinito cansancio del anciano inmóvil en medio del caos, la mirada desconsolada del niño aferrado a las faldas de la madre, y nos decimos: qué barbarie, se han vuelto locos, pobre gente.

         La compasión es reactiva, necesita estímulos. También el juicio. Nos indigna lo que vemos, no lo que no vemos. Deberíamos preguntarnos por aquello que ocurre en Iraq y no vemos y porqué no lo vemos.

El ejército estadounidense lanzó ayer 38 bombas en 10 minutos sobre el barrio de Arab Jabur al sur de Bagdad. En total cayeron 21 toneladas de explosivos sobre un distrito que, según EEUU, se había convertido en un santuario de Al-Qaeda. Seis aviones participaron en el ataque que el mando militar en Iraq consideró «de precisión». Anoche no había ningún balance de víctimas de esta operación.



         Esta noticia se publicó en algunos diarios nacionales el 11 de enero de 2008.

         La escueta información del bombardeo, exactamente las cinco líneas de agencia reproducidas en el párrafo anterior, revela que su única fuente es el comunicado del mando militar. No hay descripción de los efectos de las bombas, ni declaraciones de los testigos, los heridos o los familiares de las víctimas, no hay crónica sobre el terreno que pueda poner en cuestión el carácter de «santuario de Al-Qaeda», que sirve de aval al bombardeo o el sentido exacto del término «precisión» aplicado al lanzamiento de veintiuna toneladas de explosivos sobre un barrio de Bagdad. No puede haberla porque el acceso al barrio está prohibido. Antes de lanzar una operación de limpieza –qué obsceno puede ser el lenguaje militar– el ejército estadounidense declara «zona cerrada» el área, barrio, aldea, ciudad, objetivo de su ataque. Y si un periodista armado de block y bolígrafo no puede entrar, cómo va a entrar una cámara. Así que tampoco hay imágenes. No hay cuerpos desmembrados, gritos de mujeres clamando al cielo, ancianos inmóviles en medio del caos y niños ensangrentados con la huella del espanto en sus ojos, allí donde caen las bombas que lanzan los aviones estadounidenses. Sin palabras que lo describan ni imágenes que lo muestren, el horror que otros viven no conmueve. No horroriza. Pero no por ello es menos real.

         No es cierto que aquello que no sale en los medios de comunicación es como si no existiera. Es sólo que existe para otros. La realidad no se ajusta a los márgenes de la pantalla del televisor. Ocurre fuera de esos márgenes. Y actúa fuera de esos márgenes. Aunque no lo veamos. O no sepamos verlo. O no queramos verlo.

         A veces una noticia es como una cebolla. Hay que ir destapando una a una sus capas hasta llegar al corazón de la realidad.

         Primera capa: «Al menos cuarenta personas han muerto en el ataque que el ejército de Estados Unidos ha lanzado este jueves contra presuntos combatientes extranjeros en territorio iraquí, cerca de la frontera con Siria».

         Segunda capa: «Las autoridades militares estadounidenses sostienen que la mayor parte de los muertos en esa acción fueron terroristas que se habían infiltrado en Iraq desde la vecina Siria. Los representantes locales aseguran, en cambio, que todas las víctimas eran civiles que participaban en una ceremonia de boda».

         Tercera capa: «Según fuentes policiales iraquíes, decenas de personas murieron en la madrugada de ayer en la aldea de Nas al-Din, junto a la frontera siria, cuando uno o varios helicópteros estadounidenses abrieron fuego sobre una boda. El bombardeo se produjo a las tres menos cuarto hora local y causó entre 42 y 45 muertos. De ellos, 10 son niños y 15 mujeres».

         Cuarta capa: «El ejército estadounidense rechaza las acusaciones sobre una presunta matanza de civiles que asistían a una boda en la aldea iraquí de Nas al-Din próxima a la frontera con Siria. El general de brigada, Mark Kimmitt, mantiene que la ofensiva fue contra un refugio de terroristas y estuvo dentro de los parámetros de las reglas de combate. "Recibimos fuego y lo respondimos", aseguró».

         Quinta capa: «Associated Press anunció ayer que ha obtenido una grabación que desmonta la versión del ejército estadounidense. El vídeo doméstico realizado por uno de los asistentes a la boda, un músico de Bagdad, que dice ser el único superviviente de un grupo musical de diez miembros, muestra hombres bailando, niños correteando por la zona y un músico tocando el órgano. El mismo músico aparece más tarde muerto junto a otros cadáveres envueltos en sábanas. El autor del vídeo, el batería Basem Ishab Mohamad, identifica al organista muerto como Mohamad, hermano de un conocido cantante de Bagdad, Hussein al-Ali, que también participaba en la fiesta de bodas y que también murió en el ataque de la aviación estadounidense».

         Ocurre, sin embargo, que las capas de la cebolla casi siempre permanecen intactas. Casi siempre, la única información de las operaciones del ejército estadounidense en Iraq es la que ofrece el ejército estadounidense. Rara vez se dan las circunstancias que permiten que la realidad de lo ocurrido asome a través de las grietas de la versión oficial. Rara vez hay un vídeo doméstico como prueba de cargo, rara vez el testimonio de unos aldeanos iraquíes llega a los medios de comunicación, rara vez los medios de comunicación llegan al lugar de los hechos.

         Y aún así, a veces, la verdad aflora.

* * *


La verdad es que nada ha sido como yo pensaba, quiero decir que uno cree que matar a alguien es ese tipo de experiencia que marca un giro en tu vida. Y después lo haces y no es nada, a otra cosa… maté a un tipo que no se detuvo cuando estábamos controlando el tráfico en un checkpoint y como si nada… Desde entonces matar a esta gente ha sido como aplastar una hormiga, quiero decir que matas a alguien y ya está, vale, vamos a tomar una pizza.



         Es un fragmento de la entrevista con el soldado Steven Green realizada por Andrew Tilgman, periodista empotrado de Stars and Stripes, una publicación de las Fuerzas Armadas estadounidenses. La entrevista tuvo lugar en el puesto militar de Mahmudiya en febrero de 2006. Aunque finalmente Tilgman no la incluyó en su reportaje, quizás porque no la consideró interesante. Entonces Steven Green no era sino un soldado más. Como cualquier otro.

         Dos semanas después, el 12 de marzo de 2006, el soldado Green y sus camaradas de patrulla, el oficial James P. Parker, el sargento Paul E. Cortez y los soldados rasos Jesse V. Spielman y Bryan L. Howard mataban el tiempo en una de las tiendas de la base, jugando a las cartas y bebiendo whisky de fabricación iraquí. Uno de ellos dijo: «¿Por qué no vamos a violar a la chica ?»

         La chica se llamaba Abir Qassim al-Janabi, tenía 14 años. Vivía en una pequeña granja a las afueras de Mahmudiya.

* * *


         El fuego alertó a los vecinos. Después, algunos dijeron que, aunque se temieron algo terrible, no se habían atrevido a acudir de inmediato a la casa por miedo. La granja de los Janabi estaba demasiado cerca del puesto militar estadounidense.

         Un pariente de la familia encontró los cuerpos. El de la joven Abir estaba desnudo con las piernas muy abiertas, quemado de cintura para arriba y con un disparo en el ojo derecho. Los cadáveres del padre, Qassim, la madre, Fikhriya, y la hermana pequeña, Hadil, de cinco años, estaban en otra habitación, acribillados a tiros.

         Después de la matanza los cinco militares se fueron a la cantina de la base. Comieron pollo frito.

         ¿De qué hablaron? ¿Del programa que había en la tele? ¿Del maldito calor que hace en este maldito país? ¿De la liga de baseball? ¿De comida? ¿De que el pollo está demasiado frito? ¿Tuvo alguno la ocurrencia de hacer una broma, algo del estilo de «este pollo no está frito, está chamuscado como los de la casa»? ¿Hablaron de lo que habían hecho? ¿Les oyeron los otros soldados de la base? Quizá es mejor imaginar que no hablaron. Quizá comieron en silencio sin mirarse a la cara.

         Durante dos meses, la versión de los mandos militares estadounidenses fue que la matanza de Mahmudiya había sido un episodio más de la violencia sectaria. Y hubiera podido mantenerse esta versión, si no fuera porque la realidad de lo ocurrido era difícil de ocultar, la sabía demasiada gente, los vecinos, la policía iraquí, los periodistas, sobre todo iraquíes, que acudieron al lugar de los hechos… El caso comenzó a ocupar titulares de prensa y la indignación de la población fue en aumento hasta adquirir dimensión de grave problema político. El gobierno de Nuri al-Maliki exigió o más bien suplicó – si dependes de otro difícilmente puedes exigirle algo– a sus protectores estadounidenses que tomasen medidas para castigar a los culpables.

         En mayo de 2006, el soldado Steven Green fue expulsado del ejército «por conducta antisocial». El 30 de junio fue detenido y acusado, junto a los militares James P. Parker, Paul E. Cortez, Jesse V. Spielman, Bryan L. Howard, de los delitos de violación, asesinato múltiple y fuego premeditado.

         La matanza de Mahmudiya alcanzó una resonancia inusual. Incluso ha inspirado una película calificada de antipatriótica por algún comentarista en Estados Unidos.

         Pero, una vez más, el escándalo resulta engañoso. A veces el impacto emocional del crimen no deja ver la auténtica dimensión del crimen. Lo que lo hizo posible y lo que hace que siga siendo posible. Y más que posible, probable.

         El horror de lo ocurrido ese 12 de marzo de 2006 en la granja de la familia Janabi venía gestándose en la cotidianidad de una base militar estadounidense en Mahmudiya.

En torno a una mesa de campaña sobre la que aún quedaban desperdigados los restos de la cena, el rostro anguloso del soldado de 21 años, natural de Tejas, permanecía impasible mientras me hablaba de matar iraquíes con despreocupada indiferencia.



         Así comienza el artículo que Andrew Tilgman publicó el 30 de junio de 2006, el mismo día en que se anunció la detención de los cinco militares acusados de la matanza. El soldado que habla con despreocupada indiferencia de matar iraquíes es por supuesto Steven Green.

         Las palabras del soldado que, en su momento, Tilgman no consideró de suficiente interés como para incluirlas en su reportaje, habían adquirido meses después un redoblado valor. Al fin y al cabo Steven Green ya no era un soldado como otro cualquiera, sino el principal acusado de la matanza de Mahmudiya.

         La tardía valoración que hace el periodista de lo que había visto y escuchado en la base de Mahmudiya en febrero de 2006, dos semanas antes de que se perpetrase el crimen, es reveladora. Lo significativo de esta historia, más allá de lo que presagia, es la nula atención que un periodista que trabaja para una publicación del ejército estadounidense, concede a los brutales comentarios del soldado Green.

Vine aquí a matar iraquíes, es de lo que va esta guerra ¿no?... Matar a esta gente ha sido como aplastar una hormiga.



         ¿Por qué no le parecieron, cuando menos, preocupantes, estas palabras? ¿Por qué no le sorprendieron?

         El mismo Tilgman da la respuesta: «En aquel momento la franqueza de aquel soldado me pareció un raro ejemplo de honestidad. Pensé que era uno de los pocos que se atrevía a decir lo que realmente pensaba.»

         Lo más estremecedor de la matanza de Mahmoudiya es que no fue la orgía de sangre de unos soldados en el fragor del combate, ni una venganza, ni un acto de locura. Fue una manera de pasar la tarde. Tan sencillo como aplastar una hormiga

         ¿Por qué no vamos a violar a la chica?

         Hay que prestar atención a esa frase. Imaginar cómo fue dicha en torno a una mesa en la un grupo de militares estadounidenses mataban su aburrimiento jugando a las cartas.

         La barbarie de la ocupación se expresa en la naturalidad con que fue dicha esa frase.

         ¿Por qué no vamos a violar a la chica?

         La chica era Iraq.


1. Término profesional que hace referencia al movimiento de una cámara de televisión en panorámica. (Nota de los editores.)

* Teresa Aranguren (Artziniega, Álava, 1944), periodista y escritora, es licenciada en Filosofía y Letras y Diplomada en Psicología y Antropología por la Universidad Complutense de Madrid. Su trayectoria profesional como periodista está estrechamente vinculada a la información en zonas de conflicto con especial dedicación al Oriente Próximo. Fue enviada especial en Beirut durante la invasión israelí de Líbano de 1982, en Teherán en 1987 durante la guerra Irán -Iraq y desde entonces ha viajado en numerosas ocasiones a la zona para informar de las sucesivas guerras del Golfo, el embargo contra Iraq y sobre todo el conflicto palestino-israelí. También ha destacado como corresponsal de guerra por su información desde Belgrado y Prístina de la campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia. Es autora de los libros Palestina: el hilo de la memoria y Olivo roto: escenas de la ocupación, publicados ambos por la editorial Caballo de Troya. Desde enero de 2007 y a propuesta de Izquierda Unida, es miembro del Consejo de Administración de RTVE.







Siempre quise ser un héroe

         Entrevista de Peter Handke publicada por la revista belgradense NIN en septiembre de 2007 y traducida del serbio por Víctor Quero para Semanario Serbio.

"Siempre quise ser un héroe"

         Cuando Haider ganó las elecciones, los franceses armaron un revuelo, como si en Austria no hubiera habido absolutamente nadie que no hubiese votado contra ese gobierno. En aquel momento, en una conversación para un periódico francés declaré: “Hace poco habéis bombardeado Belgrado, y ahora mismo estaríais dispuestos a bombardear también Viena”.

         Un conocido periodista alemán publicó la pasada semana en el diario Frankfurter Rundschau el excepcional contenido de una entrevista con Peter Handke. El escritor, nacido en Griffen, en la region austríaca de Carintia, desde el año 1966 –cuando en Frankfurt am Mein se representó su obra Insulto al público ("Publikumsbeschimpfung")– se incluye entre los autores en lengua alemana más valorados.

         Sus obras de teatro, relatos, novelas y ensayos se traducen y leen en todo el mundo. Ha escrito guiones de cine, realizado películas y traducido libros. Aunque Handke es, por lo tanto, uno de los mayores escritores vivos en lengua alemana, cada una de sus apariciones ante el público occidental requiere una mención. Así, esta entrevista comienza: «Una conversación con Peter Handke supone toda una prueba, un dilema. A uno le gustaría hablar con un poeta sobre el refinamiento refrescante y oculto de su poesía, sobre la profunda sensación que causa la búsqueda de palabras auténticas, o sobre un paseo por el bosque buscando esas setas que tanto le gusta recoger. Sin embargo, desde el momento en que se colocó al lado de Slobodan Miloševic –al que tan solo la muerte salvó de ser juzgado por crímenes de guerra–, sobre la imponente obra de este artista de la palabra se cernió una oscura sombra».

1.12.2007.

         Esto sirve de presentación a la entrevista que firma André Müller, que desde hace treinta años realiza entrevistas excepcionales y que ha entrevistado a casi todos los escritores significativos del ámbito lingüístico alemán, así como a otras famosas personalidades del mundo de la cultura y la política, tanto de Alemania como del resto del mundo. Basta tan sólo con que mencionemos algunos nombres: Salman Rushdie, Leni Riefenstal, Elfride Jelinek, Plácido Domingo, Jörg Haider, Ingmar Bergman, Klaus Peiman, Sofia Loren, Alberto Moravia, Reiner Fasbinder, Ernst Jünger… Las conversaciones con personalidades famosas fueron publicadas por Müller en el libro: "Über die Fragen hinaus, Gespräche mit Schriftstellern" (dtv, 1998). Ésta es su cuarta entrevista con Peter Handke.

         “Sentémonos en el jardín”, me propuso amablemente. El portal de entrada de su casa está pintado de azul. Él se agita un poco, con la cara algo arrugada. Se comporta como un muchacho envejecido. Lleva unos vaqueros y anda descalzo, y su cara está bronceada por el sol. Desde hace dieciséis años vive en la ciudad de Chaville, en el área metropolitana de París. Rodeado de ruidosos vecinos, vive aislado, de un modo casi humilde. Cada día pasea por el bosque. Eso le tranquiliza. El bosque comienza justo enfrente de su casa y se extiende hasta Versalles.

         Mientras enseña la extensión de su casa de una sola planta, me explica que se ha convertido en creyente de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Ha entrado en la Ortodoxia. Alguna vez asiste a la liturgia en París. Con orgullo, me enseña en el jardín un avellano que él mismo plantó y que ya ha crecido hasta sobrepasar el techo de la casa. Durante mucho tiempo no ha habido en las habitaciones nadie que las arreglara. Su segunda esposa, la actriz francesa Sofia Coønja Cemeh vive con su hija Leocadia en el centro de París. “Cada día hablamos por teléfono o quedamos en algún restaurante para comer juntos”, dice Handke.

         ¿Y qué hay de las amantes? Ya hace mucho que no se dedica a eso. Su última amante fue Katia Flint, y eso fue hace muchos años. “Los instintos sexuales se debilitan con los años, por suerte”, explica. Handke pone en la mesa una jarra con agua. Exprime un limón en la jarra. Después trajo un vino blanco a la mesa.

         Tratamos exhaustivamente el tema «Yugoslavia». Handke siguió de forma débil, casi serena, charlando sobre su viejo “enemigo” Marcel Reich-Ranicki, al que muchos consideran una máxima autoridad entre los críticos literarios alemanes. Durante decenios, Ranicki escribe críticas y reseñas negativas sobre los libros de Handke. En 1984 Handke publicó el libro “La enseñanza de Sainte-Victoire” ("Die Lehre der Sainte-Victoire"). En él comparó a Ranicki con un perro con la saliva goteando de los colmillos. Reich-Ranicki no sólo se sintió ofendido por ello, sino también amenazado. Esto puede leerse en la conversación que mantuve con Ranicki (andremuller.com-puter.com).

Müller : Hace veinte años, usted planeó que pasaría la vejez de tal modo que construiría un asilo en el que usted también viviría y en el que jugaría a cartas con los amigos, y de cuando en cuando echaría una mirada por la ventana y miraría cómo las chicas jóvenes cruzan la calle.

Handke : Quizás es aún demasiado pronto para ese plan.

Müller : En diciembre celebrará su sextuagésimo quinto cumpleaños.

Handke : Sí. Uno se siente... ¿Cómo llamarlo? Aquí, en esta tierra, hemos sido recibidos para un tiempo limitado. La vejez plantea cada vez más y más preguntas. Es una escéptica. No estoy seguro de que vaya a ser tan serena como antes imaginaba.

Müller : Para muchos, usted, desde el momento en que tomó posición a favor del presidente yugoslavo Miloševic, acusado de crímenes de guerra, se convirtió en un objeto de odio.

Handke : Me temía que usted empezaría con esa cuestión.

Müller : La gente le rehúye en la calle, cruzan al otro lado.

Handke : Así fue durante algún tiempo. También recibí cartas ofensivas, y cartas de librerías que me comunicaban que no venderían más mis libros. Pero no me quejo. Encuentro que es algo extraño. Nunca, sin embargo, me he sentido expulsado, maldito. Simplemente pensaba que estas cosas ocurren.

Müller : ¿Ha sido también atacado físicamente? ¿Le ha agredido alguien?

Handke : En el curso de la anterior promoción llegué a Frankfurt. Y allí tenía la intención de leer algo de mi libro. Pero ante el teatro de Frankfurt me esperaba un grupo de bosnios. Los llevaron allí para que protestaran contra mí. Llevaban ataúdes. Mi editor me aconsejó: ¡no vayas a ese teatro! De todas formas, fui. Hablé con aquella gente. Les propuse que me dejasen sus direcciones porque me gustaría visitarles. Esto, obviamente, no era lo que esperaban, y quedaron totalmente perplejos.

Müller : En una conversación para el diario croata “Globus”, usted declaró que tenía la intención de escribir una novela sobre Miloševic.

Handke : ¡Vaya tontería!

Müller : Viajó usted a Požarevac para estar presente en su entierro. Su intención era inspirarse con la atmósfera del lugar donde él nació.

Handke : ¡Una completa estupidez! Toda esa entrevista está inventada. La realidad es que se presentó una periodista, era bastante maja. Justo al principio de la conversación me hizo la pregunta de cómo pude estar de acuerdo con el plan de destruir Dubrovnik. Le respondí: bueno, Dubrovnik no fue destruido. Fueron alcanzadas las zonas periféricas de la ciudad. En la parte vieja de la ciudad no se rompieron más que algunas tejas de los tejados. Y eso es bastante extraño.

Müller : ¿Cuál fue el verdadero motivo de su visita a la tumba de Miloševic?

Handke : Sobre eso ya he hablado y puede leer mi respuesta.

Müller : Usted quería despedirse del país cuyo último presidente fue Miloševic.

Handke : Exacto.

Müller : En el discurso sobre su tumba, usted dijo: “Oigo. Siento. Recuerdo. Por eso estoy hoy presente, para estar cerca de Yugoslavia, cerca de Serbia, junto a Slobodan Miloševic.”

Handke : Me quedé horrorizado, furioso, cuando en los medios se informó sobre su muerte. Tuve que tener cuidado, aguantar para que mi rabia oculta no saliera de mí. Suficiente es con que recuerde, por ejemplo, lo que escribió Erik Fotorino. En aquel entonces él se había hecho editor de “Le Monde”. Fotorino se sirvió de una lectura del poeta portugés Fernando Pessoa. En El libro del desasosiego”, este portugués dice: «Si el corazón pudiera pensar, se detendría». La conclusión de Fotorino: «El corazón de Slobodan Miloševic debe de haber empezado a pensar en el instante en que, en una celda de La Haya, dejó de latir». En ese momento, pensé: utilizar a un gran poeta para cachondearse del cadáver de un hombre es lo peor que alguien puede hacer. Esa clase de personas, a las que les gusta representarse como amigos de la poesía, en realidad son sus mayores enemigos.

Müller : Sí, pero...

Handke : ...en esto no hay “peros” que valgan.

Müller : Usted se llama a sí mismo amigo de Serbia. Su libro de viaje por ese país lleva el subtítulo “Justicia para Serbia”. Sin embargo, el propio pueblo serbio reemplazó a Miloševic y lo entregó voluntariamente al Tribunal de La Haya para crímenes de guerra.

Handke : Él perdió las elecciones. Fue entregado a La Haya y ello quedará como una vergüenza eterna para Serbia.

Müller : La escritora serbia Biljana Srbljanovic asegura que usted no tiene ni idea. Miloševic organizó asesinatos de miembros de la oposición, y ello a plena luz del día, en plena calle.

Handke : Eso no se corresponde con la verdad. En Yugoslavia existía una total libertad de prensa. En contra de Serbia, sin embargo, se llevó a cabo un embargo económico. Así surgió la mafia y su estructura. La mafia hizo la guerra entre ella. ¿Cómo puede uno relacionar todo eso con Miloševic?

Müller : Yo sólo pregunto.

Handke : Afirmar algo así demuestra ser un gran sinvergüenza. Aquella chica recibió el encargo del periódico alemán Spiegel , –y ese periódico apoyó la guerra de la OTAN– de escribir un diario. En él, entre otras cosas, escribió –mientras las bombas caían sobre Serbia– que la guerra de la OTAN era totalmente inofensiva. Tan solo aquí y allá se rompen algunos cristales. La verdad es, sin embargo, que en la guerra de la OTAN murió alrededor de un millar de serbios. Esa mujer es la típica zorra al servicio de Occidente. Así la llamo.

Müller : Ella lamenta que usted no participase en el contra-míting de Belgrado y que no tuviera un silbato en los labios. Eso habría sido un signo de que Serbia no estaba de duelo. Pero no: usted acudió al entierro de Miloševic y allí hizo un discurso.

Handke : ¿Sabe qué?, esa tendría que coger su silbato y…

Müller : ¿Cómo, disculpe?

Handke : Nada.

Müller : ¿Por qué no ha pronunciado la frase hasta el final?

Handke : Da igual, ponga puntos suspensivos.

Müller : La mayoría de los serbios, en este tiempo, se ha distanciado de usted.

Handke : Bueno, eso es totalmente natural. En todos los países hay gente de uno y otro tipo.

Müller : ¿Cómo conoce usted tal información?

Handke : ¿Cuál?

Müller : Que Miloševic no es responsable de la muerte de aquella gente.

Handke : Pues porque yo también soy de la mafia. Me pagó el servicio secreto serbio.

Müller : Bromea.

Handke : No, en absoluto. Desde entonces me he comprado unos zapatos nuevos. ¡Sin embargo, ya es hora de que dejemos eso! Slobodan Miloševic no era un corrupto tan grande como lo representan. ¡Mire tan solo lo que el expresidente de Bosnia-Herzegovina, Izetbegovic, escribió en su libro La declaración islámica! Ahí planea un Estado islámico, creado por Dios. Sobre el expresidente croata Tudjman, ese fascista, existen documentadas cosas peores. Se trata de auténticos mamones y mala gente. Pero a ellos los apoyaba Occidente.

Müller : Usted asegura de que los verdaderos criminales son los políticos occidentales, y sobre todo Hans-Dietrich Genscher, quienes, con su política de reconocimiento a Eslovenia y Croacia, provocaron la desintegración de Yugoslavia.

Handke : Sí. Todavía me enfurezco cuando hablo sobre eso. En lo que se refiere a ese tema, hasta ahora todavía sigo ardientemente interesado en él, y de alguna forma yo mismo soy participante en ese drama. Esto es simplemente un hecho. Quizás es un tipo de enfermedad. Existen, sin embargo, peores enfermedades que mi enfermedad yugoslava.

Müller : Su ideal era la Yugoslavia socialista, que unió diferentes pueblos y religiones.

Handke : Casi se podría decir así. Me gusta utilizar la palabra “casi”. La cuestión es probablemente el ideal de cómo debería ser el aspecto de un Estado. Lo que pasa es que yo he sido, por así decirlo, educado de forma socialista. Tal vez la causa se encuentra en mi origen, ya que mis padres eran pobres. Otro motivo hay que buscarlo en el Partido Socialista Austríaco, que me dio una beca cuando era estudiante. En aquel entonces tomé aquello casi como un regalo. Era bastante pardillo, un tonto.

Müller : ¡Ciertamente!

Handke : Hasta el día de hoy, muchos no saben en absoluto que el socialismo yugoslavo era de una clase totalmente distinta al soviético. El yugoslavo tenía un carácter utópico. También bajo Tito se cometieron muchas injusticias. Sin embargo, de aquel sistema podría haber surgido algo nuevo, bueno, si no hubieran prevalecido los objetivos económicos, que son los que al final prevalecieron. El capitalismo simplemente venció. Realmente me gusta la cultura de Europa central; pero de la idea de Europa central se creó una idea política. Ahí se cometió un error. Ahora incluso muchos serbios quieren que continuamente suenen valses, desean pertenecer a esa Europa central. Eso es terrible. ¡Horrible!

Müller : Pero usted mismo dijo: “Me gusta la economía”.

Handke : Eso declaré para el Neue zürcher Zeitung .

Müller : ¿Se ha convertido usted en capitalista?

Handke : Si le gusta decirlo así… Pero eso no es verdad. Todos los substantivos que acaban en “-ista” no tienen nada que ver conmigo. Yo soy amigo de los verbos. Por lo tanto, cuanto más en mi contra utilice algún substantivo, tanto más se equivoca. Incluso puede usted borrar palabras como “autor” o “escritor”. Yo no soy escritor; mejor decir: yo escribo, he escrito, escribiré.

Müller : En la novela La pérdida de la imagen, describió usted el dinero como algo vivo.

Handke: Sí. Se trata de la compra y la venta, del cambio de dinero. Cuando, al final del día, al anochecer o a última hora de la tarde, me falta el aire, de alguna forma me obligo a comprar algo, digamos espuma de afeitar, crema Nivea, una cuerda, un hilo rojo…

Müller : Usted, entonces, ¿compra algo aunque realmente no le haga falta?

Handke : Suele ocurrir. Es una acción que me refresca, me revive, cuando me cae encima la melancolía.

Müller : ¿Sufre usted de depresión?

Handke : No. La melancolía es melancolía. Es una palabra que no se puede cambiar por ninguna otra palabra. Igual pasa con una rosa. Una rosa es una rosa.

Müller : La melancolía le acompaña toda la vida.

Handke : Sí. Así es mi naturaleza. Ya cuando era niño quería estar siempre melancólico. Por ejemplo, quería sentarme en una piedra y no levantarme nunca más. Pero hasta ahora no se me ha ido de las manos. Eso es porque la melancolía es algo distinto. Es temporal, algún tipo de parálisis de corta duración. Uno se queda paralizado durante un tiempo.

Müller : ¿Alguna vez ha intentado luchar contra la melancolía con la ayuda de pastillas?

Handke : Durante algún tiempo estuve tomando un medicamento que se llama Tranxilium. Me lo recetó un doctor de Salzburg. Entonces estaba escribiendo el libro “Langsame Heimkehr” (Lento regreso). Como tengo un defecto en el corazón, en aquel entonces tenía a menudo miedo a la muerte. Continuamente oía cómo latía mi corazón. Ese medicamento no me ayudó, pero por su causa mi consciencia dejó de ocuparse de ello. Sentía mi corazón, pero imaginaba que era el corazón de algún otro.

Müller : Usted no tiene sólo un defecto en el corazón…

Handke : ¿Qué más tengo?

Müller : Usted es daltónico. No diferencia los colores.

Handke : No diferencio el color rojo y el verde. El resto de colores –tal vez por eso– los veo con más intensidad.

Müller : En un mercado de Belgrado usted vio “otra clase de pasta amarilla.” Eso lo describió en el curso de su viaje en el año 1996.

Handke : Sí. El amarillo lo veo bien.

Müller : Sin embargo, ¿cómo pudo usted ver las fresas en las faldas de una colina cerca de Srebrenica, lugar que vivió el más crudo crimen de guerra desde la Segunda Guerra Mundial?

Handke : Estamos hablando de fresas balcánicas, que son de un color rojo especialmente brillante. En mi jardín crecen fresas silvestres y puedo inclinarme para verlas bien.

Müller : Describe usted la pasta y las fresas, y eso en un país en el que hay guerra. A causa de ello, después muchos le han criticado.

Handke : En efecto. Eso me sorprendió, me asombró. No estaba preparado para eso. En aquel tiempo existía sólo ese lenguaje periodístico totalitario que no va conmigo. Siempre se dice que el lenguaje poético es innatural, artificioso. Pero la verdad es que se trata del único lenguaje que no está acondicionado, preparado. El lenguaje poético contiene sentimiento. En el curso de aquel viaje ( nota del traductor Nikola Živkovic: por Serbia ), tuve –y eso representa una excepción– varias experiencias profundas.

Müller : A usted no se le rechaza por su poesía…

Handke : Se equivoca. Me critican por mis descripciones de huevos o pasta inusualmente amarillos, árboles que florecen, oscura miel de bosque…

Müller : Muchos se enfadaron también por el contenido de su libro de viaje.

Handke : A eso se llegó un poco más tarde.

Müller : Quizás habría hecho falta que usted…

Handke : ¿Ahora quiere darme algún consejo?

Müller : …habría hecho falta que hablase sobre los horrores.

Handke : No acepto ningún consejo que no haya buscado yo mismo.

Müller : Ya en 1979, con motivo de la entrega del premio “Franz Kafka”, dijo usted en su discurso: “Estoy dirigido hacia la belleza, a la cual llego esforzándome para, con la ayuda de la forma, alcanzar mi verdad. La belleza es, por lo tanto, agitada, y a ella se llega a través de la agitación.”

Handke : Ve usted, en mis discursos he mencionado de alguna forma mis planes, por lo tanto he hablado de forma programática. Ahora ya no hablaría así. Otros han sido mucho más contradictorios. Considere, por ejemplo, a Brecht. Si me comparo con Brecht, entonces sólo soy, como dirían en Austria “una tormenta en un vaso de agua”, por lo tanto, totalmente “inofensivo”.

Müller : La descripción de la belleza sigue representando hoy en día su programa.

Handke : Sí, pero se trata de aquello que es problemáticamente bello. Debe doler . ¿ Me comprende? Si lo bello no duele, entonces podemos comprarlo. En aquello sobre lo que escribo, uno debe sentir la realidad, la existencia, la vida y la muerte, la transitoriedad y la permanencia. Que algo es más bello, profundo y verdadero, cuanto más doloroso es. Así nos duele el conocimiento de que hemos de morir, que un día no podremos leer, o amar, o buscar setas en el bosque.

Müller : Quizás también haya setas en la vida de ultratumba.

Handke : ¡Qué estupidez! ¡Setas en el otro mundo!

Müller : En el curso de nuestra última conversación, me llamó usted “burro”, “tonto”.

Handke : No se merecía usted otra cosa.

Müller : Hoy sus ofensas ya no me afectan. Ahora sé que no piensa en serio cuando habla así.

Handke : Tiene usted razón. No pienso en absoluto de la misma manera como hablo. Existe en mí algo que puede llamarse alguna clase de sentimiento de fraternidad. Sabe usted, puesto que escribo constantemente, no estoy en condiciones de experimentar y vivir ese sentimiento hasta el final. Antes, cuando tenía treinta o cuarenta años, sabía que iba a tener unos momentos de lenguaje mordaz. En esos momentos no quería realmente humillar o atropellar a alguien, sino que ese alguien estuviera lo más lejos posible de mí. Y entonces, como resultado, a esa persona, con todo el derecho, le venían ganas de humillarme a mí.

Müller : ¿A quién se refiere en concreto?

Handke : Dejemos ya esa cuestión en paz…

Müller : ¿Piensa usted en Marcel Reich-Ranicki, su “enemigo en Alemania”?

Handke : Yo no tengo enemigos.

Müller : En su libro “Mi año en la Bahía de Nadie” ("Mein Jahr in der Niemandsbucht"), usted le llama justo así.

Handke : ¡Pero qué aburrido es esto! Déjeme en paz con esos pantalones ( nota del traductor Nikola Živkovic: en alemán, «Knickerbocker» son unos pantalones que llegan hasta debajo de la rodilla, y habitualmente los llevan los excursionistas; en sentido figurado, puede entenderse como “pequeño burgués” ). Estoy contento de no haber tenido que pensar en ese pobre hombre durante mucho tiempo.

Müller : Él cree que usted quiere matarle.

Handke : Nunca pronuncié la palabra “matar”. La verdad, no obstante, es que el escritor Rolf Dieter Brinkman –y eso fue hacia 1965– manifestó algo parecido. En el curso de una discusión con ese hombre, Brinkman dijo que le encantaría dispararle con un rifle automático.

Müller : Usted mismo dijo que no lo lamentaría cuando Reich-Ranicki muera.

Handke : Eso mismo sigo asegurando ahora.

Müller : ¿Y quizás él viva más que usted?

Handke : ¿Y por qué no? Le deseo lo mejor.

Müller : ¿Le conoce usted personalmente?

Handke : La última vez que estuve en la Feria del Libro de Frankfurt, me lo encontré. Pasó por mi lado y preguntó: “Señor Handke, ¿cómo le van sus asuntos?” Después de eso, yo también hago la misma pregunta a todas las personas con las que me encuentro.

Müller : Y esa pregunta yo también se la hago a usted ahora.

Handke : ¿Puede usted regalarme diez euros?

Müller : El año pasado, el jurado del premio literario “Heine” le otorgó un premio de cincuenta mil euros. Entonces intervino el ayuntamiento de Düsseldorf y protestó contra la decisión del jurado. Usted se defendió de inmediato.

Handke : Pues claro, quería ese premio.

Müller : ¿Le hace falta ese dinero?

Handke : Déjeme pensar…

Müller : En el semanario Spiegel , Matijas Matusek planteó la pregunta de si quizás usted no tiene ya “suficiente pasta”.

Handke : Eso me halaga.

Müller : ¿ Cómo?

Handke : Porque es bonito cuando alguien pasa hambre, ¿verdad? Pero ahora en serio. De niño y adolescente viví lo suficiente para saber lo que significa la pobreza. Por eso, el temor de que pueda volver a ser pobre desempeña un determinado papel en mi vida. No quiero resultar una carga para nadie, ni para mi mujer, ni para mi editor. No quiero tener el destino de, por ejemplo, Wolfgang Keppen. Cuando Keppen dejó de escribir, lo enviaron a ayudar a Siegfried Unseld. Cada vez que Unseld me visitaba, se quejaba –en realidad, de una forma jocosa aunque preocupada– de cómo debía soportar a Keppen. En esos momentos, pensaba para mí: “Yo no quiero acabar así”. Por eso he ahorrado un seguro de vida, de modo que, como he pasado de los sesenta años, recibo una pensión de mil euros mensuales. De esa forma puedo impedir lo peor: la pobreza.

Müller : Después del escándalo en relación al premio “Heine”, recibió un premio alternativo del teatro berlinés Berliner Ensemble . Así, de todas formas, recibió usted cincuenta mil euros. ¿Por qué no conservó ese dinero?

Handke : Eso estuvo claro desde el principio.

Müller : Entregó usted el dinero a un enclave serbio en Kosovo.

Handke : A todas luces, esas mismas personas que antes habían escrito que a mí ya sólo me importaban los premios económicos no se avergonzaron lo más mínimo de sus palabras cuando se enteraron de que yo había regalado toda la suma. Parece que en algunos periódicos, como, digamos, el Spiegel , no existe la vergüenza, si se me permite cambiar un poco la última frase de la novela de Kafka “El Proceso”.

Müller : Y en el 2005 declaró usted que, “en principio”, no quería recibir más premios. Nunca.

Handke : Sí. Exacto.

Müller : Pero entonces, ¿por qué admitió usted el premio “Heine”?

Handke : Probablemente yo deseaba de verdad ese dinero. Sin embargo, desde ahora me mantengo en mi anterior decisión. Nunca más admitiré ningún premio.

Müller : Quién sabe…

Handke : ¿Conoce usted alguno que yo sí admitiría?

Müller : El premio Nobel .

Handke : Estoy de acuerdo, pero bajo la condición de que se me otorgue simultáneamente el Nobel de Física, de la Paz y de la Literatura. Los tres a la vez. Eso sería genial. No, bromas aparte. Estoy convencido de que el premio Nobel, al menos en lo que concierne a la literatura, hace ya mucho tiempo que no tiene ningún valor. Es mejor que toda esa pasta se entregue directamente a la Fundación Nobel para que pueda fabricar armas. Así es, por lo demás, cómo se creó esa Fundación.

Müller : Usted bromea, pero en lo profundo del alma aún está resentido.

Handke : Oh vaya, ¿de verdad?

Müller : En el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), Frank Schirmacher calificó la decisión de que no se le otorgase el premio “Heine” como “forma extrema de desmantelamiento social”.

Handke : Sí, pero el Frankfurter Allgemeine Zeitung es también un periódico que generó todo un caso en torno a ese premio. Primero el periódico intervino para que no se me concediera el premio, y después se retiraron de la persecución contra mí, asegurando que no tenían ninguna relación con esa decisión y simulando democracia. Mi amigo, el editor Michael Krieger, no hace mucho me dijo: “Este periódico siempre quiere tener razón…”

Müller : ¡Igual que usted!

Handke (coge su taza y parece que la va a tirar en mi dirección, pero después la vuelve a dejar sobre la mesa): Con eso quería decir lo siguiente: ese periódico quiere tener siempre la razón, y con ello comete una injusticia tras otra.

Müller : Contra usted se posicionaron especialmente los “verdes”, y protestaron enérgicamente contra el hecho de que se le otorgara el premio “Heine”.

Handke : Naturalmente, porque no tienen ninguna cultura. Ninguno de ellos lee nada, casi nadie. O leen “estratégicamente”. Es decir, existen personas que leen libros y, justo en cuanto lo han leído, el libro desaparece. A juzgar por ellos, parece como si la lectura sirviera sólo para la acumulación, para la “filtración” de libros.

Müller : En una conversación para el periódico austríaco News , explicó usted a su manera una frase de Brecht: “El ala materna es aún fértil y él ( nota del traductor Víctor Quero: ‘él' se refiere al fascismo ) se arrastra desde ella”. Usted comentó entonces: “Los que ahora se arrastran no son los ultraderechistas, sino los ‘verdes' y los del tipo ‘del canciller federal y el ministro del bombardeo'”. Se refería usted a Gerhard Schröder y Joschka Fischer.

Handke : Lo hice por que los medios equiparaban a Miloševic con Hitler, y hablaban de los “campos de concentración serbios”. La Historia, sin embargo, no se repite. Las cosas que vuelven siempre toman nuevas formas. La fértil ala materna no incuba siempre a la misma gente. Hoy las cosas terribles están empaquetadas en palabras suaves, dulces y humanitarias. Al terror le encanta hoy en día utilizar constantemente la palabra “democracia” o la bella palabra “verde”. Eso intenté decir en aquella conversación.

Müller : ¿Considera usted que ha sido malinterpretado?

Handke : No es cuestión de simple incomprensión. Se trata de…

Müller : ¿Odio?

Handke : Sí. A los poetas los odian desde hace mucho tiempo.

Müller : Eso podría sonar bien como palabra conclusiva de nuestra conversación.

Handke : ¿Quiere usted beber conmigo un vaso de vino?

Müller : Quisiera explicarle algo sobre otra de mis experiencias en relación con el “enemigo en Alemania”, del cual ha hablado hace poco.

Handke : Mientras tanto, puedo escuchar cómo sopla el viento.

Müller : Hace unos años hablé con Marcel Reich-Ranicki. Tuve la impresión de que esperaba todo el tiempo que le hiciera una pregunta en concreto. Sin embargo, no fue inoportuno y no me interrumpió. Justo al final de nuestra entrevista, brotó de él un torrente de palabras. Me dijo: “En Alemania muchos me odian porque soy judío. Estoy rodeado de antisemitismo”. Probablemente le incluía también a usted entre esa gente.

Handke : ¿Ha terminado usted su frase?

Müller : No. Solo quería decir que es absurdo acusarle a usted de antisemitismo.

Handke : Naturalmente.

Müller : En su novela El chino del dolor, el protagonista de su libro mata a un neonazi porque éste dibuja con spray cruces gamadas sobre los árboles. Usted en esa parte escribe: “Ese símbolo representa la fealdad y es la causa de todas mis melancolías”.

Handke : Sí. El genocidio contra los judíos representa la conmoción fundamental, profunda, de mi vida. Quiero explicarle algo relacionado con una experiencia con una persona…

Müller : Se refiere a Reich-Ranicki…

Handke : …también es algo bastante parecido. Poco después de la publicación de mis libros sobre Yugoslavia, en las elecciones en Austria dos partidos políticos obtuvieron el gobierno: la ultraderecha del partido de Haider y el conservador Partido Nacional Austríaco. En Francia, donde vivo desde hace tiempo, inmediatamente afloró a la superficie la vieja enemistad con Austria. Existen enemistades entre pueblos que duran siglos. En este caso, en Francia, trasladaron su enemistad contra el gobierno de Austria a todo el pueblo austríaco. Los franceses armaron un revuelo, como si en Austria no hubiera habido absolutamente nadie que no hubiese votado contra ese gobierno. En aquel momento, en una conversación para un periódico francés declaré: “Hace poco habéis bombardeado Belgrado, y ahora mismo estaríais dispuestos a bombardear también Viena”. En ese momento, por lo tanto, me convertí en un patriota austríaco. Pero entre el patriotismo y el nacionalismo hay una diferencia. El patriota reacciona solo si su tierra es atacada.

Müller : Reaccionó usted a su manera propia, irónica.

Handke : No. Desde mí habló una furia determinada. Pensé para mí: estos franceses de mierda no tienen ni idea de nada. Ningún pueblo europeo sabe tan poco como los franceses, salvo, por supuesto, algunas excepciones. En ese momento sentí que yo, como austríaco, también llevo en mí un rasgo patriótico. Después de eso, sin embargo, me acusaron de ser aliado de Jörg Haider. Y eso es igual de ridículo que cuando alguien me considera antisemita.

Müller : Por lo visto, todo lo que usted declara siempre acaba por perjudicarle.

Handke : Sí, es sorprendente.

Müller : ¿Por qué cree usted que a Günter Grass –en lo que concierne a la venta de sus libros– ayudó más que perjudicó su reconocimiento de que, de joven, había servido en las unidades SS?

Handke : A esa pregunta debe responder usted.

Müller : El modo en que Grass reconoció ese hecho fue calificado por usted como “seguro de sí mismo”, porque él cree que solo él mismo tiene razón. Pero usted también le caracterizó como una “vergüenza para la literatura”.

Handke : Exacto. Pero alguna vez cultivé una gran simpatía hacia él. Con treinta años, Grass era genial, y yo no lo he sido nunca. Es algo muy excepcional que alguien pueda describir el mundo tan al vuelo. Podría decirse que el mundo volaba hacia él. Después de eso, sin embargo, simplemente repetía aquel primer vuelo. Y eso es peor que si hubiera dejado de escribir. Nunca ha cambiado. El artista es una persona auténtica solo cuando podemos, basándonos en su trabajo, reconocer cómo la vida pasa y cambia. El artista debe pasar por tres o cuatro cambios trabajosos. En el ejemplo de Goethe podemos examinar bien ese escenario. Con Grass, no hay nada que examinar. Gracias a su rápido éxito en Alemania, se convirtió en una figura pública. Después de eso no ha hecho ninguna otra cosa, sino que se ha imitado continuamente a sí mismo.

Müller : Usted ha huido de ese peligro.

Handke : Sí, he evitado eso. No soy una figura pública. Soy un idiota, pero en el sentido griego de esa palabra. Es decir, soy una persona que no se dedica a la política, que no pertenece al público. De ningún modo encuentro la forma de comportarme en lo relativo a mi existencia como un escritor, aunque el éxito también coqueteó conmigo hace tiempo. Y a causa de ello más bien me sentía culpable. En una carta al poeta Nicholas Born utilicé la palabra “disculpa”. Cuando por primera vez, con motivo de la promoción de mi libro, recibí mil marcos, casi me avergoncé.

Müller : No es usted arrogante.

Handke : No, yo sé cómo ser peligrosamente engreído durante un breve tiempo. Antes sabía que sufro delirios de grandeza y pensaba que soy algo irrepetible. Así, le dije una vez al conocido actor Bruno Ganz: “Soy un gran escritor”. Inmediatamente fui castigado, porque después de eso casi perdí la lengua. En una palabra, fui castigado muy rápidamente a causa de ello.

Müller : Su última obra teatral se llama Rastros de lo perdido ( “Spuren der Verirrten” ). En ella se encuentra el siguiente pensamiento: “Siempre quise ser un héroe… ¿Y en qué me he convertido? En un hombre al que le gusta pelearse, pero que no puede ni golpear. Un asesino que es demasiado cobarde para matar. Un hombre furioso que no molesta a nadie, un loco, un atrofiado, un buscabullas totalmente inofensivo”.

Handke : Sí, son exageraciones. Como escritor, uno tiene que exagerar. Esto se convierte entonces en alimento fácil para ser utilizado contra el autor, y eso de parte de algunos periodistas.

Müller : ¿Usted no quería convertirse en héroe?

Handke : Bueno, naturalmente que siempre quise ser un héroe.

Müller : “¿Acaso no soy un hombre que se adora a sí mismo?”, se pregunta usted en la parte autobiográfica de “Mis años en la Bahía de Nadie”.

Handke : Ése no es un libro autobiográfico. Se trata de una obra épica. Y cada manifestación épica supone un juego que se amplía, pero que al mismo tiempo se constriñe. Yo no soy Homero. No he escrito la Odisea ni la Ilíada. Yo sólo puedo escribir cosas problemáticas, que son intensas a su manera, o bien narrar el “epos” del mundo. ¿Me comprende? Una vez escribí una pieza que se llama Sobre las aldeas. En ella hay una frase totalmente estúpida: “El mundo eterno es poderoso”. Por un lado, se trata de una frase completamente idiota, pero por otro lado, siempre vuelvo otra vez a esa frase. Me resulta necesaria. De alguna forma voló hasta mí desde la oscuridad, como un fruto que me alimenta. La verdad es, realmente, que uno no puede pronunciar una frase así, y yo sólo la he dicho una vez. Mi forma de escribir no es directa, sino que es sinuosa. Soy una persona que constantemente domina la curvatura. Casi soy un tipo que empuja y derriba a los otros. Hago un gran rodeo en torno a la idea que quiero expresar, porque sé que no se puede decir como quisiera decirlo. Sin embargo, por una vez, lo dije así de todos modos.

Müller : ¿Como consuelo?

Handke : ¡No, por Dios! No me gusta en absoluto la palabra “consuelo”. La literatura no tiene para nada ninguna relación con el consuelo. Esa frase simplemente voló hasta mí. No hace mucho andaba por la calle vienesa Marijahilfe y he aquí lo que me ocurrió. Era por la mañana temprano y de pronto pensé qué bellas eran todas las personas que pasaban junto a mí y caminaban a mi encuentro. Tenían bellos ojos. Se trata justamente de la misma clase de tontería que aquella frase sobre el mundo eterno. Pero aquella frase simplemente me vino a la cabeza. Sólo tales fenómenos son importantes en literatura. Todo lo demás es sólo capricho.

Müller : Habla de forma tan decidida, implacable, sin condiciones…

Handke : ¿Quiere usted provocarme, hacerme caer en la trampa?

Müller : Cuando uno habla con usted, siempre teme decir algo erróneo.

Handke : ¡Pues espero que así sea! La verdad es que soy una persona muy susceptible. Mi susceptibilidad me hace enfadar. Eso puede llegar hasta el desprecio. Por otro lado, esa particularidad me hace estar abierto a la belleza, lo cual otros quizás no ven.

Müller : En una entrevista con Peter Ham, afirmó usted que un buen escritor debe ser también una buena persona.

Handke : Eso es verdad. O mejor decirlo así: el escritor debe hacer buenas obras. No debe hacer buenas obras incondicionalmente. Pero debe hacer el bien, en el sentido de que nos hace el bien algún fenómeno o cosa. Mi ideal es hacer buenas obras.

Müller : Pero no lo consigue.

Handke : No es correcto. Sí, hago buenas obras, ésa es mi ocupación.

Müller : Yo nunca podría decir qué es bueno para otros.

Handke : No hablo sobre usted. Sin embargo, usted no hace el bien…

Müller : ¿Puedo reírme?

Handke : Es usted una nadería sin importancia.

Müller : Me asombra que le consideren a usted una persona sin sentido del humor.

Handke : A mí también. Porque realmente no es verdad que no sé bromear. Lo mismo pasa con lo de que no soy una persona nada espiritual. Eso sería terrible. El verdadero humor es aquél que es tan sólo un fenómeno concomitante con la tragedia o la desesperación. Cuando el humor es sólo humor, entonces me pongo mortalmente triste.

Müller : ¿A usted le gusta vivir?

Handke : ¡Oh, sí!

Müller : ¿Siempre?

Handke : Cuando tengo la sensación de que vivo, entonces me gusta vivir. El hecho de vivir es sólo una obligación. Al menos yo así lo creo.

Müller : ¿Le gustaría vivir para siempre?

Handke : Por qué no, pero con la condición de que la mente, la vista y los sueños permanezcan presentes, sanos. ¿Por qué no? Así, uno no tendría que soportar una gran carga, ya que no tendría que torturarse con la pregunta de qué habrá después de esta vida. El último Papa, el polaco, murió ante los medios de comunicación, públicamente. En ese momento pensé si a ese Papa le habían sorprendido la enfermedad y la muerte. En su caso, sentí que él no creía en la vida después de la muerte, y que tras la muerte no hay nada. Pero con otras personas esa sensación puede ser diferente. Desaparecemos en azul, rojo o verde. El diablo lo sabe…

Müller : ¿Cómo querría usted morir?

Handke : Eso se lo puedo responder de una forma completamente clara: o bien sentado ante el escritorio, con la pluma en la mano, es decir, escribiendo, o bien en el curso de alguna acción en la cual intento salvar a alguien. Por ejemplo, sacando a alguien del fuego cuando se quema una casa.



Traducción del alemán: Nikola Živkovic
Traducción del serbio: Víctor Quero







¿Malestar íntimo o miseria social?
Conversación con el psiquiatra y escritor Guillermo Rendueles
(Fernando Alvarez-Uría y Julia Varela, Archipiélago nº 76, 2007)

Si te parece podríamos empezar por tu último libro. ¿Cómo surgió Egolatría y qué relación mantiene con alguno de tus otros libros anteriores, por ejemplo con El manuscrito encontrado en Ciempozuelos o con La locura compartida?

Creo que mi interés por escribir se despierta ante asuntos relacionados con la práctica clínica. Tengo poca capacidad para escribir sobre cuestiones abstractas que no me interroguen desde lo que hago cotidianamente. Al mismo tiempo me siento interpelado por objetos psiquiátricos extravagantes o marginales para las líneas dominantes de la investigación psiquiátrica actual. Por otro lado la escritura me distancia y cura del aburrimiento que producen a casi todos los psiquiatras (nada que ver con el síndrome del quemado) las masificadas consultas, por lo banal de las quejas, y por lo estereotipado de las respuestas psi. La escucha del paciente postmoderno nada tiene que ver con el discurso de los locos de antaño, plagado de culpas religiosas, de delirios complicados o de rituales obsesivos que exigían para cada caso una pericia cercana a la hermenéutica filosófica. A la consulta psiquiátrica llegan hoy multitud de pacientes que la utilizan a modo de muro de las lamentaciones en donde descargan malestares cotidianos que traducen una miseria sentimental y un sufrimiento generalizado, imposibles de solucionar desde los espacios psi. Son seudodepresiones y angustias reactivas a un malvivir urbano, a unas situaciones que los pacientes no pueden ni quieren cambiar. Estrés es el nombre que traduce al diagnostico psi trabajos agotadores, turnicidad, endeudamiento con el piso, malquereres domésticos, agobios que no causan la depresión sino que la constituyen. Los pacientes no piden interpretaciones de sus trastornos, ni estrategias para el cambio, sino palabras o píldoras que consuelen o hagan tolerables estas situaciones, dada su falta de coraje para intentar transformar sus condiciones de vida. Lo masificado de las consultas psiquiátricas, por las que llega a pasar el 30% de la población del área sanitaria, explicita la ruina psicológica de la multitud postmoderna, que traduce allí al intimismo lo inane y vacío de su cotidianidad, las miserias para las que no encuentra otras vías de cambio que la individuación psicológica.

La escritura desde y sobre estos márgenes psiquiátricos me sirve también a mí de muro de lamentaciones, pues la escritura ordena y confiere un poco de sentido a lo imposible de mi practica terapéutica.

Una de las cosas que mas me interesa de tu trabajo es que te sirves de los problemas que llegan a tu consulta, de la transferencia y la contratransferencia con los pacientes, como síntomas que tienen que ver con lo social, y lo mismo sucede cuando analizas las nosologías psiquiátricas, el DSM II o el DSM III, que también las pones en relación con el funcionamiento de determinados poderes. Esa doble dinámica es como un análisis sociológico del imaginario social.

Desde luego, esa es la aproximación que intento. Trato de descubrir, por un lado, esa ilusión biográfica, de la que hablaba Pierre Bourdieu, que transforma unas vidas determinadas por la Historia en pequeñas historias determinadas por la psique, y que termina responsabilizando exclusivamente al paciente de sus fracasos y de sus sufrimientos. Por otro lado, intento descubrir las funciones legitimadoras de la psiquiatría administrativa que obliga a cada psiquiatra del sector publico, al final de cada jornada, a reducir ese sufrimiento escuchado a etiquetas codificadas en la DSM III. De modo que la malaria obrera, o la violencia cotidiana, se neutralizan y traducen en diagnósticos tales como estrés, tasas de duelo, o acontecimientos vitales traumáticos, como si la etiología de los problemas psi radicase en agentes patógenos similares a los virus. En ese sentido la epidemiología psiquiátrica es una teoría terriblemente mistificadora de la enfermedad mental: el enfermo hace una depresión por los azares y coincidencias de unas situaciones estresantes, y la vulnerabilidad de su personalidad de base es exactamente igual que una alergia o una infección, de tal modo que la Historia queda totalmente al margen de las historias clínicas.

Y sin embargo, aunque partes de la práctica, tu perspectiva alternativa de análisis es posible, en buena medida, porque tienes una formación teórica muy sólida, y no solo en psiquiatría, ya que eres un lector empedernido de sociología, literatura, filosofía... Creo que ese análisis te permite ir más allá de los hechos en bruto para realizar una inscripción social de los síntomas, de modo que te aproximas a las lamentaciones, como tu dices, a partir de un marco conceptual crítico específico.

Bueno el autodidacta en sociología, al habitar en la frontera entre dos gremios, vive en carne propia aquel problema del lector de La Nausea que solo se sabía hasta la M de la Enciclopedia. Se produce así un cierto extrañamiento del gremio psiquiátrico sin poder al mismo tiempo penetrar en la academia sociológica, más que de la mano de amigos como vosotros. Pero la decisión de abandonar mi campo natural nace de que la llamada literatura psiquiátrica, a partir de los años setenta, es un horror. López Ibor, al lado de los que escriben ahora desde la DSM III, era un erudito de lenguaje psiquiátrico refinado. Había leído a Jaspers, distinguía la tristeza vital de la psicológica, clasificaba los sufrimientos humanos en procesos-desarrollos según su inteligibilidad biográfica, o diferenciaba las alucinaciones de las pseudoalucinaciones, mientras que los catedráticos norteamericanos son empleados a sueldo de empresas farmacológicas y servidores del poder que intentan reducir cualquier delirio a síntomas tratables con nuevos psicofármacos. Lo sorprendente es que ese discurso simplificador, elementalista, reduccionista, ha triunfado ya en el gremio psi. En el ultimo congreso de la Asociación Española de Psiquiatría participé en una ponencia sobre los enfermos mentales y la cárcel, y percibí claramente mi extraterritorialidad respecto al gremio: donde yo hablaba del par presos-carceleros ellos hablaban de internos-funcionarios, y todo el discurso antaño critico contra el encierro, se convertía en neutras mediaciones de la mala comunicación entre los actores del conflicto.

Decía un viejo campesino gallego que los laboratorios van a acabar con la humanidad. Por lo que cuenta John Le Carré en su novela El jardinero fiel las multinacionales de los fármacos tienen un poder enorme y utilizan de cobayas de laboratorio a los enfermos terminales del Africa negra.

La psiquiatrización del 30% de la población, y el deseo de mejorar las edades del hombre con psicofármacos, constituyen un mercado ideal para la industria que ve en cada niño hiperquinético, o en cada viejo amnésico, a un cliente potencial de unas medicinas como las neoanfetaminas o los antialzheimerianos que cuestan precios astronómicos y tienen dudosos efectos. Por otro lado la ansiedad generalizada hace que los ansiolíticos sean las píldoras mas vendidas en cualquier farmacia urbana española.

El manejo de estas necesidades reales y artificiales por el lobby farmacéutico ha cambiado drásticamente. Antes los laboratorios subvencionaban investigaciones y publicaciones en las revistas psiquiátricas, o privilegiaban líneas teóricas en las cátedras. Ahora pagan la edición y regalan todas las revistas psiquiátricas, y recurren a premios Nóbel de farmacología para redactar su propaganda. No hay ningún psiquiatra cuyo sueldo le permita acudir a un congreso importante sin la invitación de un laboratorio. En España la industria farmacéutica va a encargarse de financiar la formación de los médicos residentes, tras lograr un acuerdo con la Administración en virtud del cual ésta no baja el precio de los medicamentos. Aceptar esa contrapartida supone algo así como poner a la zorra a vigilar el gallinero.

Para hacerse una idea del tipo de negocio que está detrás de los psicofármacos, basta saber que el tratamiento con haloperidol cuesta menos de mil pesetas al mes, mientras que el tratamiento con risperdal, que ha barrido del mercado al haloperidol sin que existan pruebas científicas de que presenta una actividad antipsicótica mayor, cuesta veintiocho mil pesetas al mes y no es el tratamiento más caro. Si se multiplica esa cantidad por el número de “esquizofrénicos” que siguen ese tratamiento de forma continuada, a veces desde los 18 años hasta que se mueren, estamos ante una de las primeras fuentes de negocios a escala mundial.

Los laboratorios manejan además las falsas necesidades de los consumidores, como sucede en el resto del mercado, y sacan fármacos con indicaciones orientadas a esas pseudoenfermedades. Por ejemplo, el prozac va a ser substituido por un psicofármaco indicado para la depresión con dolores físicos, debido a la epidemia de fibromialgia. El nuevo fármaco, dos veces más caro que el prozac, está recomendando por los laboratorios con esas indicaciones, pese a que su perfil farmacológico lo acerca a un antidepresivo clásico. De hecho son los gerentes económicos de los grandes grupos farmacológicos quienes diseñan esas indicaciones, y la bioquímica maquilla los usos clínicos de un fármaco polivalente del que la propaganda privilegia la indicación que puede ser más vendida. Al risperdal, si la enfermedad en alza fuese el spleen, seguro que le encontrarían pronto un efecto antispleen.

La realidad en psiquiatría es que no hay ningún descubrimiento farmacológico importante en los últimos 20 años. Los nuevos fármacos, si los comparamos con los antiguos, no producen una mejora de la depresión o la esquizofrenia. No son comparables, por ejemplo, con cualquier antivirásico que permite a un enfermo llevar una buena vida padeciendo SIDA. Los psicofármacos postmodernos – tanto los antidepresivos como los antipsicóticos - se limitan a mejorar un poco los efectos secundarios, y a fomentar esa mejora como un valor de cambio propagandístico que va dirigido a veces directamente a los usuarios. En ese sentido el psicofármaco es una mercancía ideal: mientras un antidiabético debe demostrar que mejora, lo que se traduce en un dato objetivo cuantificable en el análisis de sangre del paciente, los neurolépticos solo muestran su eficacia porque los médicos rellenan unos cuestionarios en los que el paciente dice algo tan subjetivo como que se encuentra algo mejor. La lógica de la industria de los psicofármacos no se contenta con manipular estas falsas necesidades, sino que progresa hacia una hybris tan extrema que habla ya del “país prozac” para designar a aquel grupo de personas que quieren vivir sus vidas mejoradas por tomar prozac como si se tratase de una prótesis o de un cosmético. Esas pretensiones constituyen un nuevo apartado de pseudoética similar al dopaje en las pruebas deportivas. ¿Es licito para un opositor a cátedras tomar un fármaco que, diseñado contra el alzheimer, mejora la memoria de los sanos? ¿Cuándo se debe cancelar un duelo tomando prozac?

Frente a esta mercantilización, el precio de las materias primas del psicofármaco es ínfimo y su tecnología sencilla como demuestran claramente los genéricos. Y si no fuese por los chantajes de desabastecer el mercado si se violan los derechos de patentes los gastos sanitarios disminuirían en progresión geométrica. De hecho, cuando yo estaba en la mili, la armada fabricaba antibióticos y antiinflamatorios. Una monja y un farmacéutico en un hospital gaditano, hacían aspirinas, y les imprimían un ancla para que se viese que eran de fabricación propia. De hecho mejoraban a la Bayer pues las aspirinas estaban hechas a mano.

Volviendo a lo que decía antes Fernando tu trabajo intenta poner en conexión las transformaciones que han tenido lugar en el mundo social con las transformaciones del mundo de la identidad personal. Te sitúas, en cierto sentido, en una línea de trabajos que podemos considerar clásicos, como por ejemplo los de los frankfurtianos, pero también los realizados por sociólogos e historiadores norteamericanos como Richard Sennett y Christopher Lasch. Se perciben también los planteamientos críticos de Michel Foucault, pasando por toda una tradición de antipsiquiatras como la de Franco Basaglia. ¿Te reconoces en esta tradición?

Sí. Yo hice la tesina de licenciatura en medicina sobre la izquierda freudiana. Me centré en la polémica de Marcuse con el revisionismo de Erich Fromm. Leí entonces a todos los pensadores radicales de la diáspora nazi que cayeron en mis manos, a los llamados por algunos los hijos renegados de Heidegger. Herbert Marcuse me sigue pareciendo un pensador que al estudiar los mecanismos de la desublimación represiva, la represión sobrante, o al insistir en los análisis freudianos sobre las relaciones del dinero con la mierda acumulada y el carácter anal, ilumina el aspecto subjetivo de la ecuación marxista sobre la relación venta de vida y tiempo de trabajo, una ecuación plenamente vigente en la actualidad.

Por eso cuando Giddens mete en el mismo saco a toda la izquierda freudiana, incluidos Foucault y Sartre, y cuando los caricaturiza desde el fracaso de la revolución sexual de Reich, me parece que está intentando un falso jaque mate al pensamiento radical. Giddens sostiene que en la vida cotidiana no se produjo la revolución sexual que soñaba esa izquierda, pero tampoco pervivió la represión patriarcal porque se estaba produciendo ante los ojos miopes de esa izquierda una revolución sentimental. Su opinión prepotente y rotunda me parece un juicio similar al del fin de la historia de Fukuyama. El intimismo dirigido desde una vanguardia feminista impuso efectivamente unas relaciones personales presididas por el sentimiento puro que permite la libertad postmoderna y renegó de las ilusiones revolucionarias sobre la centralidad de la transformación del trabajo para la liberación. Pero esa visión pastoril de Giddens sobre la historia me parece un sofisma: acierta en lo superficial y establece una convincente genealogía de cómo el amor sentimental iniciado por las escritoras protofeministas va ganando el mundo social imponiendo un intimismo emotivo que hoy domina un imaginario que dirige el interés utópico hacia lo subjetivo. Pero Giddens narra esa marginación de lo social como un suceso espontáneo, como una evolución natural, cuando el intimismo es el resultado de toda una serie de derrotas en las luchas por forzar la historia y las relaciones de trabajo hacia la libertad. El refugio en las relaciones puras es un amor a palos tras haber destruido el mundo del trabajo como productor de subjetividades, o haber hecho desaparecer las formas de convivencia en el barrio como espacios de vida solidaria. Es sobre esa ausencia de los antiguos espacios de soporte social, sobre las ruinas de las escuchas espontáneas del patio de vecinos, o la taberna, donde se reclutan los clientes de los centros de salud mental. Hay que buscar escuchas mercenarias y profesionales cuando esa relación intima se quiebra y ya no hay un grupo natural en el que apoyarse. El refugio psi para un mundo despiadado es mejor que nada, pero no sin la nostalgia por un mundo piadoso. Ese reproche al mundo cruel falta en el panegírico de Giddens sobre las relaciones puras y la libertad postmoderna.

Sin duda lo que planteas acerca de que el compromiso sigue siendo importante, y de que hay que educar, elaborar el deseo, para que sea posible una cierta estabilidad personal y social, para que no todo se desvanezca en el aire, me parece muy pertinente. Uno de los problemas de Las transformaciones de la intimidad de Giddens, que fue discípulo de Norbert Elías, y que, aunque no puede, quiere hacer un libro a lo Elías, es que no se plantea en serio algo que se planteó Elías y te planteas también tú: ¿cómo hacer compatible el nosotros con el yo? Pero cuando tu hablas de la necesidad de una ética social, cuando te refieres al compromiso personal, me parece que quizás habría que matizar más. Aún a riesgo de generalizar excesivamente, creo que tradicionalmente fueron, y todavía siguen siendo hoy, las mujeres las que hicieron un mayor esfuerzo para mantener esa estabilidad, para mantener las redes sociales, en definitiva, para mantener el equilibrio social. Históricamente las mujeres en nuestras sociedades desarrollaron toda una serie de actividades de cuidados, y por tanto de protección social. Pero eso podría implicar, por decirlo rápidamente, que esa sobreimplicación de las mujeres hiciese que su yo se viese más presionado en una dirección, y que su libertad personal estuviese más coaccionada que la de los varones. Se producía así un desequilibrio entre el nosotros y el yo que les afectaba a ellas especialmente. En la actualidad hay un mayor equilibrio de poder entre los sexos pero hay una crisis de atención y cuidados. El altruismo ha entrado en crisis, pues adultos y jóvenes hoy en día no parecen estar muy dispuestos a sacrificarse por los demás porque están en una pseudoafirmación del yo, en un mundo en el que el placer inmediato parece está sobrevalorado. Retorna en estos tiempos una especie de carpe diem.

Sí. De hecho Giddens elogia con acierto el discurso del sentimentalismo romántico de las escritoras y lectoras de finales del siglo XIX, pues a su juicio fue un factor central en la revolución sentimental que preside nuestra libertad postmoderna. Pero, creo que cuando idealiza hasta la caricatura ese logro de escoger amores sin ataduras se falsea aquel discurso que incluso en el folletín enfatizaba las desgracias del amor de la heroína pobre a cuenta de la posición social de su amado que tornaba imposible la unión. En las grandes novelas de ese tiempo, - Orgullo y prejuicio de Jane Austen, por ejemplo -, se ve bien como el dinero decide el destino de las parejas por encima de cualquier sueño de las almas bellas. Giddens pasa a suprimir esa determinación, esa coacción de poderes, y pretende que hoy vivimos libres de las determinaciones económicas o de las tradiciones, que vivimos en relaciones flotantes presididas por la libertad sentimental, como sucede en la película Pretty Woman en la que el millonario y la prostituta pueden encontrarse por azar y casarse. Esa descripción me parece tramposa en el sentido de que los sentimientos y su gestión desde la infancia siguen estando hoy cautivos de unas disciplinas tan férreas como las antiguas.

Por otro lado ¿cómo pueden los sentimientos convertirse en cemento social? Permaneceré contigo mientras mi sentimiento me una a ti, me parece una formula suicida para cualquier relación. Creo que hay que instituir un tipo de crianza que genere obligaciones morales, que se base en promesas y en sentimientos de deuda con la generación anterior. Conviene articular la vida como un coger el testigo de nuestros antepasados porque ahora cualquier tipo de obligación es vivido como represión, y eso está generando una educación sentimental que, prometiendo el hedonismo, genera una infelicidad generalizada de inestabilidades y rupturas que de nuevo crean pseudonecesidades psiquiátricas.

Curiosamente esa inestabilidad generalizada de los vínculos amorosos se está viendo sobre todo en la clase obrera, donde la ruptura de los matrimonios supera ya el 60% entre los que tienen entre 20 y 30 años, pues la norma de estar en pareja solo mientras se está bien es ya un seguro de ruptura. En las paginas de divulgación psicológica del dominical de el diario El País se decía, como si se tratase de un axioma matemático, que el amor dura un máximo de 5 años y que luego se convierte en hábito. Si a eso se suma un trabajo inestable, una vivienda en malas condiciones, y un mercado inmobiliario prohibitivo para los jóvenes, se generan unos saltos continuos de relaciones que en dos generaciones conducen a un caleidoscopio familiar que trastoca incluso la nomenclatura de las relaciones familiares clásicas. De hecho Giddens se pregunta quien es el abuelo de una familia en la que se han casado tres veces y se crían hijos de varias parejas sucesivas. Una rutina de la consulta psiquiátrica consistía en hacer el árbol genealógico, pero cada día es más difícil hacerlo, pues los propios pacientes se sitúan mal en sus historias familiares, y parece que tienen que inventar su identidad desde un lugar en ninguna parte, construyendo novelas familiares bastante fantásticas.

En la genealogía del nosotros el trayecto clásico que combinaba el ethos, - entendido como el conjunto de tradiciones que se integraban en una filiación -, con la autorreflexión que construía el proyecto biográfico, ha explotado, y ese vacío ha dejado paso a la necesidad de orientar en solitario las identidades sucesivas a partir del deseo y de la búsqueda de la autenticidad. Sé fiel a tu deseo, defiéndelo de lo inauténtico (en este caso los inauténtico son las convenciones sociales), es un discurso que condena a mis prójimos a ser simples constructos de mis sentimientos: el otro se convierte en un fantasma actualizado únicamente por mi amor proyectivo hacía él. El nosotros postmoderno es solo la suma de mis objetos de deseo: un mundo que cancelo cuando les retiro mi afecto.

Volvamos a Giddens para poner en cuestión la psicologización que introduce en ese libro sobre la intimidad, algo a lo que Fernando y yo también nos hemos referido en un artículo que se publicó en Archipiélago. Cuando Giddens se refiere a lo que él denomina la relación pura, quizás yo no lo vea como tu. Ese arquetipo de relación, al que posiblemente únicamente puedan acercarse algunas parejas de determinados grupos sociales, sean del sexo que sean, plantea la necesidad de introducir la negociación para tomar decisiones, lo que puede interpretarse como cierta necesidad de democratizar las relaciones interpersonales. De hecho, aunque comienza a haber cambios, en la mayoría de las parejas, incluidas las de la burguesía, cada uno sigue teniendo roles diferenciados, a veces complementarios, y no siempre se comparten decisiones relativas a la vida cotidiana, ni tampoco, con frecuencia, decisiones relativas a las grandes cuestiones.

Bueno, yo creo que sí, que con el paso de la sociedad antigua a la moderna se fue ganado en ese equilibrio de poder, pero conviene que no nos dejemos cegar por el progreso. En la Tesis doctoral Una pareja, dos salarios de Sandra Moreno, de la que tu formaste parte del tribunal, se comprueba un desequilibrio de poder a favor del varón en la toma de decisiones sobre el gasto de las parejas estables: el cambio y elección de coche o electrodomésticos es cosa de hombres, y solo sobre el dinero menudo de la compra decide la mujer para procurar ahorrar. Por otro lado el concepto de micromachismos desarrollado por Bonino me parece pertinente para describir el repliegue del viejo poder masculino, o incluso la violencia de una intimidad presidida por el secreto. Frente a esa persistencia de los poderes reales de lo masculino el miedo en Giddens a la dependencia, a que una de las partes de la pareja termine en una especie de masoquismo moral que aguante cualquier sevicia por amor de tal forma que haga imposible la relación pura, me parece una traslación de los problemas de los profesores oxonienses a la vida del común que no puedo compartir. Y es que entre las parejas trabajadoras un cierto grado de dependencia y compromiso no solo es algo normal sino necesario para no levantarse cada mañana deshojando la margarita del ¿me quiere todavía? o ¿yo ya no la quiero? Hemos pasado del hasta que la muerte nos separe al hasta que el sentimiento nos una. El salto va de un extremo al otro. Nada me parece más ridículo que el lloroso abrazo de Bertrand Russell a una de sus múltiples esposas para confesarle que en el paseo matutino de antes del desayuno ha descubierto que ya no la quiere y deben divorciarse. Entre esos extremos quizás haya que introducir alguna promesa mínimamente estabilizadora, porque de otro modo es como la profecía que se cumple a si misma: si la relación se basa en la actualidad del deseo, la autorreflexión crea una inseguridad automática.

Sí, quizás entre la gente más joven las cosas sean así. Pero yo sigo viendo entre gente de nuestra generación, entre la gente que se suele denominar generación del 68 con autonomía económica y formación cultural, que sobre todo los colegas masculinos casados suelen hablar sin rebozo de que tienen amantes. Nosotros solemos tomarles el pelo diciéndoles que sus abuelos no se comportaban de forma muy diferente, y que si ya no les es grato vivir con sus mujeres por qué no se separan. Pero ellos dicen que eso no les conviene ni económica ni afectivamente, que su situación tal y como está es perfecta. Así que hay que ver en qué consiste esa promesa estabilizadora, porque se puede seguir manteniendo un desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, algo que no era el ideal de igualdad que nos prometíamos cuando éramos jóvenes.

Desde luego los vínculos estables no se corresponden con esa complacencia en ponerse los cuernos mutuamente, que es como el Manifiesto Comunista describe a la familia burguesa. Una de las criticas más justas planteadas a Freud es su indiferencia ante Dora - una adolescente angustiada ante la promiscuidad de su padre y su tolerancia a las agresiones sexuales que ella está sufriendo - etiquetándola de histerica por no excitarse al ser besada por un amigo de su padre. Tampoco la relación basada en vínculos estables tiene que ver con esa separación entre amor tierno y amor sexual que Freud describe como especifico de las dos fuentes del Edipo en la pubertad. Freud afirma que el objeto erótico debe ser lo más lejano del amor materno y que comporta relaciones con la prostituta para el sexo y con la virgen para el matrimonio. Justamente la necesidad de fusionar sexo y ternura ejemplifica lo hipócrita y lo imposible de esa doble relación de la que hablas. El sexo, en su materialidad física, con la edad, también se convierte en un bien escaso y difícilmente repartible entre dos relaciones.

En todo caso las rupturas entre las parejas jóvenes de la clase obrera son más impulsivas y faltas de tiempo de reflexión o negociación, pues como tienen pocos bienes materiales y simbólicos que conservar y transmitir al primer conflicto se rompen. Las rupturas, en esas parejas de jóvenes trabajadores, se producen por motivos banales. La cosa se enfrió entre nosotros, me decía por toda justificación una paciente divorciada a los 18 meses de casarse. Lo mismo que se cambia de trabajo, de ciudad, o de amigos, se cambia de relación. Por otra parte el tópico de la madre sacrificada por los hijos y la casa, ya no funciona. En las clases populares cuando hay una ruptura a los niños los cuidan las abuelas, y los jóvenes se emparejan de nuevo rápidamente sin que transcurra un periodo de duelo. Y a veces bajo el mismo techo viven familias recombinadas, con niños procedentes de varias relaciones, en una babel de sentimientos con implicaciones judiciales e invasión de asistentes sociales que vigilan “el contexto de maltrato”.

Me interesa lo que planteas acerca de la crisis de los espacios de seguridad, no solo el de la familia, que era una especie de refugio en un mundo muy duro, sino también el del trabajo fijo, o el de las relaciones de amistad sólidas, pues cada vez más la gente cambia de trabajo, de amistades, e incluso de ciudad. Entonces, en esa especie de flotación de los sujetos, puede haber el peligro de una búsqueda de un tipo de seguridad autoritario, la necesidad de que alguien te ordene la vida. ¿Percibes esa necesidad en la consulta, esa demanda que supone la renuncia a una cierta autonomía, y que puede referirse tanto al ámbito personal, como al político?

La búsqueda del amo y el miedo a la libertad son temas clásicos del análisis de la familia autoritaria, como pusieron de relieve los frankfurtianos. A mi juicio estos temas se actualizan en las asociaciones de enfermos mentales que empiezan a tener influencia y a ser tentadas por el dinero de la industria farmacéutica. Algunas asociaciones de familiares de enfermos exigen cada vez más una función de tutela autoritaria de los enfermos psicóticos. Exigen unidades de psiquiatría cerradas, tratamientos neurolépticos obligatorios por ley, y aspiran a transformarse en una especie de cuidadores delegados. Consideran al psiquiatra como una especie de director de conducta que tiene la obligación de proporcionarles las recetas para tratar a su hijo o a su marido en la vida cotidiana. Esta petición de control privilegia un neoconductismo interpersonal, y convierte la casa en una especie de institución total presidida por la disciplina y la tutela familiar respaldada por el psiquiatra. ¡Si no obedeces llamo al psiquiatra y te aumenta la medicación o te ingresa! Así se podría formular una amenaza corriente en nuestros días contra los enfermos mentales. Yo a veces tengo problemas cuando me piden esa guía conductista que transforma la vida familiar en un espacio técnico dirigido por estrategias aprendidas. Se ha pasado de la familia esquizofrenógena, de la que hablaba la antipsiquiatría, a calificar de patológica a la familia sobreimplicada en los cuidados del paciente.

Por otro lado, la función de guía emocional de los psi, de gerentes de lo intimo, se visualiza mejor en el tratamiento de los síndromes psiquiátricos menores. Pacientes que solicitan dirección vital para decidir sobre amores y rupturas, prácticas de cuidados familiares, de control de vicios que antes se transmitían de generación en generación, ahora se pierden y exigen pericia técnica: cómo criar a los niños, cómo cuidar a los viejos, cómo negociar cada crisis de pareja, cómo ser padres, cómo jubilarse sin traumas… De todo lo que concierne a la vida surgen peticiones al psiquiatra de ayuda y guía vital. Pero los caminos de servidumbre son masivos, y se percibe también entre los hooligans, cuando buscan recrear los sentimientos de pertenencia a la ciudad o la lealtad a los compañeros con la brutalidad de la violencia futbolera dirigidos por algún boss fascista. La nostalgia del hogar, la búsqueda de seguridad en la tierra, que llevó a Heidegger, y a tantos otros, a pactar con el fascismo, renace hoy en las multitudes.

Los obreros preservaron el taller como espacio propio: cuando llegaba el ingeniero caían piezas desde el techo, y reinaba en aquel espacio todo un sistema de sabotajes benévolos que hacía huir a los extraños. Entre los obreros existían unos saberes secretos para el extraño – soldar una piqueta hasta que brotaba un fuego azul que le daba la dureza óptima - que constituían rituales cercanos a las antiguas maestrías medievales de las que el obrero moderno ha sido desposeído. Hoy el panóptico y la presión de la individualización en el salario es tan fuerte que se fragmenta al grupo obrero. Un amigo que trabajaba en la naval como soldador, y que ahora trabaja en la Suzuki, me explicaba el cambio cotidiano: pasar de rituales colectivos de trabajo a una disciplina que exige pedir permiso para ir al baño, o a tener que mantener el taller sin un solo papel por el suelo, o a tener que anotar el tiempo empleado en elaborar cada pieza con el pelota y chivato de turno vigilándote. La mecanización de la cadena de producción, que solo exige atención robotizada sin habilidad alguna, convierte al nuevo trabajo en un infierno. Antes podía haber accidentes, mientras que en el nuevo trabajo hay una seguridad absoluta, pero varios de sus compañeros de la naval han hecho delirios de persecución - el peligro amarillo - en el nuevo trabajo.

Sí, eso lo ejemplificas muy bien en Egolatría cuando hablas del moobbing, cuando analizas cómo esos cambios en el trabajo y en la conciencia de clase llevan a que se produzcan otros síntomas, a tener la insoportable sensación de que van a por ti. La ausencia de las antiguas redes sociales, la individualización tan fuerte que hay ahora en el trabajo, introducida por la nueva economía y sus formas de control, producen en los trabajadores un agravamiento de la tensión psicológica. Antes había trabajos enormemente duros, pero los trabajadores encontraban cierto escape en ese tejido social que caracterizaba al trabajo de fábrica, en esas relaciones densas que se establecían entre los compañeros, mientras que ahora esas dificultades se personalizan de tal forma que los trabajadores creen que existe un complot dirigido directamente contra ellos. No encuentran formas colectivas de escape, formas de resistencia. El dolor es real, pues el trabajo es en muchos casos un tiempo de sufrimiento que incluye el atasco automovilístico de cada mañana y tarde, que alarga el horario, pero, al personalizarse, se ha transformado en sufrimiento intimo transformado en necesidad de tratar el estrés.

Sí. Antes el trabajo daba significado a la vida de varias formas. Articulaba las edades del hombre en el transcurrir del tiempo: aprendiz, trabajador, jubilado. Era un medio de ganar dinero, pero también había la perspectiva de llegar a algún tipo de maestría que era respetada en el barrio, al tiempo que el imaginario de clase creaba utopías lejanas (cuando llegue nuestro día) y resistencias cotidianas o espacios de poder obrero invisibles al patrón. Además existía una continuidad entre vida y trabajo. Los obreros vivían en los mismos barrios, las familias se conocían, y las redes solidarias protegían a los compañeros y excluían a los esquiroles y trepas que a veces no podían ni acudir al lavadero o a la taberna. De ahí que el taller y el comedor fabril fuesen una continuación de la casa, y un verdadero consultorio sentimental (bastante machista por cierto). Ahora el trabajo teóricamente es un espacio higienizado donde toda esa cultura de resistencia ha desaparecido. No hay categorías colectivas desde las que contarse el trabajo, y cuando surge sufrimiento por las relaciones de explotación, ese dolor se personaliza, y eso es muy destructivo porque en lugar de buscar al grupo o las tradiciones para soportarlo – tradiciones que en el antiguo sistema incluían la automutilación para dejar el trabajo una temporada – se interpreta la situación en clave de autorreferencias persecutorias. Se substituye la figura del explotador por la del perseguidor y la lógica de la paranoia substituye al análisis del conflicto de clases. Se está produciendo así una patologización masiva de la condición de trabajador y las bajas médicas por acoso son un reducto de tolerancias a la baja laboral contra la persecución del absentismo laboral que preside los nuevos convenios colectivos…

Desde el punto de vista de las alternativas políticas la tradición marxista planteaba prepararse en el tiempo para la toma del poder, mientras que la tradición libertaria, desde Proudhon, planteaba sobre todo la transformación de los espacios cotidianos: crear ámbitos acogedores autogestionados. En ese sentido me parece que fue un tanto catastrófico que en el reparto del patrimonio sindical no se les devolviesen a la CNT los locales que en justicia le correspondían, pues los libertarios siempre fueron asociativos y pusieron en marcha espacios acogedores, espacios de socialización en la resistencia y la libertad. En ese sentido Basaglia, y una parte de la antipsiquiatría, conectaban bastante con esa vieja tradición libertaria.

Absolutamente, y los ateneos obreros en los que se transmitía una salud alternativa a la oficial, basada en el naturismo, fueron uno de los modelos de los centros de día creados por la antipsiquiatria como espacios libres que substituían al espacio y al tiempo manicomial. En idéntico sentido la idea de cooperativas autogestionadas por expacientes como alternativa a la laborterapia conecta con el modelo libertario. También la asamblea de enfermos y trabajadores como lugar de toma de decisiones no determinadas por las relaciones de saber y de poder procede de tradiciones importadas de la revuelta estudiantil. Recuerdo que Bassaglia contaba que cuando llegó al manicomio de Trieste su olor le recordó al de la cárcel, y que inmediatamente incorporó estrategias de resistencia similares a las que el había vivido como preso político. La derrota de la experiencia comenzó con la profesionalización de las terapias ocupacionales, la jerarquización del personal y la quiebra de las asambleas.

Esa tradición se ha abandonado, pese a que está en relación con el cambio de las instituciones y con la defensa de las instituciones públicas.

Efectivamente. En los hospitales, con la reciente dictadura de los gerentes, ya los jefes de servicio no discuten los criterios de distribución y mejora del trabajo. El saber gerencial determina objetivos burocráticos - disminuir listas de espera para la primera consulta aunque la segunda se retrase cinco meses -, y reparte incentivos económicos personalizados si se cumplen los planes sanitarios que desarticulan cualquier resto del espíritu de equipo en favor de la cuantificación productiva (curar 15 locos al día) y cumplir los rituales burocráticos de rellenar hojas estadísticas.

No hay participación de los agentes sociales, y aunque en algunos países se está poniendo por parte de los ayuntamientos en marcha el presupuesto participativo aquí los ciudadanos no deciden nada sobre sus ciudades ni sobre sus instituciones. No hay vías de participación de la gente, algo que parece clave para que exista un país mínimamente articulado y democrático.

Sí, esa observación es muy inteligente porque en algunos hospitales los principales enemigos de una reforma psiquiátrica que exigía flexibilidad, y que todo el mundo cambiase sus roles, fueron los sindicalistas que insistían en la peligrosidad de los pacientes para cobrar un plus de peligrosidad, y nunca dejaron de vestir bata sanitaria. Manuel Desviat, que dirigió la reforma psiquiátrica en Madrid, cuenta que cada vez que le vienen con los estatutos de los trabajadores en la mano se sube por las paredes porque, los celadores, por ejemplo, tienen tan reglamentado su trabajo que si se cumple al pie de la letra la reglamentación se impide el trabajo real, pues el convenio dice que no pueden levantar más de veinte kilos de peso, con lo cual el enfermo que necesita ayuda y pesa 60 queda indefenso. O no pueden llevar una historia clínica al piso de arriba porque según el convenio su labor no obliga a salir de la planta. El héroe sindical se parece al escribano Bartleby que ante cualquier demanda respondía impertérrito: ¡prefería no hacerlo!

Conocemos algunos casos de trabajadores que trabajan para CC OO, es decir, en el propio sindicato, y este no les reconoce los derechos sindicales que los sindicatos exigen a las empresas. Por ejemplo, les suspenden el contrato de trabajo en el verano, y después de un tiempo se lo renuevan o no en función de su docilidad a la empresa. Utilizan los mismos mecanismos que cualquier empresario duro: contrato de tres meses, castigos si protestan. No se entiende como se pueden producir estas paradojas tan fuertes cuando se supone que los sindicatos están precisamente para que estas cosas no sucedan.

En los psiquiátricos la quiebra del asambleismo libertario se propició por la creación de esta aristocracia obrera de la que hablamos, que dejaron de trabajar y comenzaron a cobrar horas sindicales a precios de ejecutivos. No es anormal en la sanidad publica la trepa de sindicalistas hacia puestos de gerencia, ni de líderes de la reforma a consejeros de sanidad, con lo cual el desencanto y la sospecha ante cualquier proyecto solidario (¿qué buscara este?) predominan hoy en los hospitales públicos que están llenos de taifas. Yo fui representante en sanidad de la Corriente Sindical de izquierdas, y duré un año. Existía una coalición perversa entre peticiones demagógicas de los de abajo, y concesiones igualmente demagógicas por parte de la gerencia que imposibilitaban cualquier acción transformadora que siempre exige trabajo voluntario. La situación de la conciencia obrera postmoderna me parece muy bien ilustrada por Simone Weil cuando decía que después de trabajar unos meses en la Renault si le mandaban levantarse en el autobús o la insultaban consentía sin resistencia por lo humillada que ya salía de la fabrica. Weil decía también que solo leía el Vogue porque era mas anestésico que el opio.

Muchos jóvenes universitarios, antes de entrar a trabajar, piensan que en el llamado trabajo flexible hay toda una serie de ventajas, pues ha calado bastante la ideología de la elección personal para ser uno mismo. El neoliberalismo ha conseguido, en parte, a través de la publicidad, hacer pensar en el cambio como algo positivo. Y no sirve de nada, por ejemplo, que, en la Facultad de Ciencias de la Información, los estudiantes vean como algunos de sus compañeros son explotados por algunos medios de comunicación en los que empiezan a trabajar.

La mayoría de los chavales creo que perdieron a la vez las nociones que articulaban el trabajo como vocación, como aporte de afectos solidarios, y como resistencia a la explotación. Han pasado a aceptar el empleo como puro ganapán, y entonces les da un poco lo mismo aceptar cualquier condición laboral porque ya van al tajo derrotados y dispuestos a recibir los azotes. Ninguna sevicia les indigna, y responden ante todo autocompadeciéndose como ocurre en la zarzuela en la que se canta Pobres chicas las que tienen que servir. Y cuando ya no aguantan más van al psiquiatra. Pero la novedad en la vivencia del sufrimiento laboral es la personalización de la explotación, porque la queja no es ya que el horario o el ritmo de trabajo sean infernales, y que tienen que asociarse con los otros para limitar la explotación, sino más bien que el jefe tiene un carácter insoportable y que lo trata a él peor que a los demás. La individuación resulta aquí de una miopía aterradora, y la definición del moobing reafirma ese proceso. El dolor del explotado pasa así a metamorfosearse en algo íntimo, y, por tanto, a convertirse en un sufrimiento no colectivizable. La necesidad real de crear un comité de defensa de la dignidad en el trabajo se sustituye por la farsa de un psiquiatra.

Sí, eso está relacionado con lo que decías sobre el buen terapeuta que es aquel que a la vez que sabe escuchar es un buen mediador, es decir, alguien que es capaz de insertar a los sujetos en redes sociales para romper su aislamiento. En todo caso su función no consiste en seguir con más personalización...

La idea freudiana de que el análisis es un proceso interminable, lo ejemplifica bien el caso de El Hombre de los Lobos en el que biografía y tratamiento se superponen. Se produce así la llamada cronicidad de los trastornos mentales. En mi consulta de salud mental hay cientos de pacientes que llevan más de 20 años en tratamiento. Para ellos la figura del psiquiatra es la única relación estable. Cuando todo lo sólido - trabajo, familia, iglesia- se disuelve, allí está el psiquiatra que siempre proporciona bálsamos para el agobio. La mera posibilidad de dar de alta al paciente genera una nueva crisis. El terapeuta que no quiera ser por siempre ese lenitivo de lo real debe mediar para que esas personas encuentren grupos naturales y relaciones no profesionales que les proporcionen esos vínculos serenos que antes poblaban lo social, y facilitaban el adiós al psiquiatra. La idea de que los individuos solo pueden vencer sus angustias en el marco de unos vínculos y un ethos de afectos protectores heredados procede de Bolwy, un psiquiatra que observó como lo natural en la soledad infantil es la angustia, y como las madres, que son capaces de frenarla y generar serenidad, son aquellas que pueden desaparecer sin que los hijos teman al extraño porque saben que ella o algún otro cuidador los protegerá. La figura del apego sereno, la buena madre, transfiere confianza en el grupo natural y convence al niño que solo en ese marco de una comunidad acogedora, basada en el derecho y el deber de cuidar a los demás, se pude florecer. Hoy las psicoterapias ofrecen un modelo opuesto: la buena madre es la que prepara al niño para un mundo indiferente, hostil. Y el sujeto maduro es aquel que se separa de cualquier objeto - dependencia no, gracias –, para afirmarse en el egotismo de su deseo, sin sentirse en deuda con los demás. El terapeuta aconseja sobre inversiones afectivas, consuela en los duelos, protege de las culpas. Por eso la figura de El hombre de los lobos es interesante, porque es muy real: solo los bálsamos de la psicoterapia permiten sobrevivir a los horrores de la Historia o de las historias familiares tan espantosas que le tocaron vivir a Sergio.

¿Y está comprobado que cuando la gente con problemas se inserta en redes sociales mejora de sus dolencias?

Sin duda. La psicoterapia no es habitualmente el proceso de esclarecimiento que descubre oscuros dramas edipianos o que ilumina traumas inconscientes, como acontecía en los grandes casos de Freud, sino un espacio de escucha, de aceptación incondicional y de confirmación de experiencias. Alcohólicos Anónimos es un buen ejemplo de terapia silvestre: cuando los padres fundadores pierden la esperanza en las curas profesionales descubren la autoayuda grupal que ha reparado miles de vidas. El diálogo psicoterapéutico pudo ser reproducido por sistemas cibernéticos porque es una de las interacciones más simples: cuando el programa detecta la palabra padre, madre, la maquina terapéutica dice: “hábleme de eso”. Muchos de esos grupos que primero nacen entre mujeres, y luego se extienden por toda la población para hacer yoga o bailes de salón, tienen esa función de terapia silvestre: más allá de una tarea trivial se tejen redes de escucha, confirmación y apoyo mutuo. Lo malo es que suelen limitarse a ser grupos frágiles y transitorios que no articulan un discurso moral que se salga de los gustos comunes, y por ello aparecen y desaparecen sin dejar otras huellas en sus componentes, si se exceptúa alguna relación a dos. Son redes efímeras que nacen sin futuro, que proveen de unas mini-identidades limitadas, y por ello no articulan esa confianza básica en el cuidado que tenían las redes naturales de sociabilidad existentes en el barrio o en el trabajo estable.

Cuando dices que la consulta del psiquiatra es como una especie de coche escoba que va recogiendo los casos perdidos y abandonados por otros profesionales, ¿se podría decir que es algo así como la imagen invertida de El Corte Inglés, cuyo lema es, somos especialistas en ti?

Los terapeutas son, por un lado los que escuchan a los que nadie quiere escuchar, (a mí me han llegado pacientes enviados por su confesor), y, por otro, quienes dan esperanzas (casi siempre falsas) a los desesperados. A la consulta psiquiátrica se llega por muchas vías, pero siempre parten de un fracaso: el niño con problemas escolares enviado por el pediatra, el trabajador incompetente o protestón al que el médico de empresa envía para quitárselo de encima, la mujer implicada en conflictos familiares... Es como la sección de reclamaciones de El Corte Inglés, por seguir con la comparación. Son dramas relativamente sencillos, fracasos de comunicación enredados en rencores familiares, duelos no resueltos, resentimientos por fracasos laborales acumulados. La psiquiatría es el coche escoba en el sentido de que recoge a aquellos que consienten con el dictado que sentencia que su dolor no tiene solución cambiando su situación real: vaya a un territorio psiquiátrico, aséptico y lejano, cambie allí sus adentros para volver aquí a vivir de nuevo con buen animo la misma vida. Ante la derivación psiquiátrica no se plantea la crisis institucional, pues el sujeto psiquiatrizado asume su fracaso en tanto que alumno, trabajador, o madre y esposa, y acude a un taller de reparación de la subjetividad para ver si un experto puede hacerle volver “a su sitio” sin los conflictos que producen sus síntomas. La imagen de la psiquiatría, como ocurre con la mano invisible de la postmodernidad, incide en el mismo imaginario: reducir cualquier conflicto a sus repercusiones intimas y reparar esos interiores. A las consultas psiquiátricas empiezan a llegar niños, y sobre todo adolescentes, que son verdaderos monstruos morales, que apalean a los emigrantes sudamericanos, y que cometen todo tipo de tropelías, En vez de hacer frente al racismo de esos chicos, e imponerles normas morales, se les dice que no tienen empatía con la gente de color, y se los reenvía al terapeuta. La violencia femenina comienza a mimetizar a las bandas masculinas, y de nuevo se psicologiza: victimas y verdugos terminan en el mundo psi bajo nombres de acoso escolar. Pero es en el otro extremo de las edades del hombre, en la vejez y la muerte, en donde se perciben mejor las falsas promesas del intimismo. Cerrar la casa para ir a vivir y morir a un asilo, es el porvenir que espera a una parte importante de nuestra generación. El abismo entre esa muerte anónima, acompañada, en el mejor de los casos, por extraños compasivos, y la muerte de antaño, rodeado de los próximos, descubre la miseria postmoderna. Reafirmar grupos naturales, recrear vínculos estables, cultivar la memoria y la pertenencia a colectivos con sentido del deber, supone cuidar a los otros, requiere reconocernos dependientes, y perder la hybris de la autonomía emocional y del egoísmo postmoderno.

Guillermo Rendueles Olmedo es psiquiatra y profesor de psicopatología en el Centro Asociado de la UNED en Asturias. Ha publicado, entre otros libros, El manuscrito encontrado en Ciempozuelos (1989), Las esquizofrenias (1990), La locura compartida (1993) y Egolatría (2005).


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56234






“EL CORO QUE LLEVAMOS EN LA CABEZA”



      Si digo que era un ángel, creo que no se podría decir nada más estúpido de él. ¿Un ángel pintado por Cosimo Tura? No. ¡Hay un San Jorge de Tura que es su vivo retrato! Le horrorizaban los santos oficiales y los ángeles beatíficos. Entonces, ¿por qué decirlo? Porque su habitual e inmensa tristeza le permitía compartir bromas, y la expresión de su rostro afligido repartía carcajadas adivinando quién las necesitaba más. Y cuanto más íntimo era su contacto, más lúcido se volvía. Podía hablarle a la gente con suaves susurros sobre las cosas terribles que le pasaban y, en cierta manera, sufría un poco menos. "... porque nuestra desesperación nunca está exenta de un poquito de esperanza". "Disperazione senza un po di speranza". Pier Paolo Pasolini (1922-1975).

      Creo que dudaba mucho sobre sí mismo, pero nunca de su don profético, que quizá fuera lo único de lo que le habría gustado dudar. Sin embargo, al ser profético, viene en nuestra ayuda para interpretar nuestras vivencias actuales. Acabo de ver una película de 1963. Es asombroso que nunca se distribuyera. Llega como un mensaje providencial que, cuarenta años después, es arrastrado a nuestra playa dentro de una botella.

      En 1962 la televisión italiana tuvo una brillante idea: la de invitar a un director de cine a responder a la pregunta: ¿por qué en todo el mundo se teme a la guerra? El director tendría acceso a los archivos de los informativos televisivos del periodo 1945-1962 y podría editar el material que quisiera y redactar un comentario para acompañarlo. El programa sería de una hora. La pregunta era "candente" porque, en ese momento, el miedo a otra guerra mundial cundía realmente por doquier. La crisis de los misiles nucleares entre Cuba, Estados Unidos y la URSS había tenido lugar en octubre de 1962.

      La televisión preguntó a Pasolini, que ya había realizado Accattone, Mamma Roma y La ricotta, y que era una figura polémica habitual en los titulares. Y éste aceptó. Rodó la película y la tituló La rabbia [La rabia].

      Cuando los productores la vieron, les entró miedo e insistieron en que otro director, el periodista Giovanni Guareschi, bien conocido por sus ideas derechistas, hiciera una segunda parte y que ambas películas se presentaran como si fueran una sola. Al final, ninguna de las dos se emitió.

      Yo diría que La rabbia no se inspira en la cólera, sino en un feroz sentido del aguante. Pasolini observa lo que ocurre en el mundo con una lucidez inquebrantable. (Hay ángeles dibujados por Rembrandt que tienen la misma mirada). Y lo hace porque la realidad es lo único que podemos amar. No hay nada más.

      Su rechazo de las hipocresías, medias verdades y falsedades de los codiciosos y los poderosos es total, porque alimentan y fomentan la ignorancia, que es una forma de ceguera frente a la realidad. También porque profanan la memoria, incluso la memoria del propio lenguaje, que es nuestro principal patrimonio.

      Sin embargo, la realidad que amaba no podía asumirse sin más, porque en ese momento representaba una decepción histórica demasiado profunda. Las antiguas esperanzas que florecieron y se ampliaron en 1945, después de la derrota del fascismo, habían sido traicionadas.

      La URSS había invadido Hungría. Francia había iniciado su guerra cobarde contra Argelia. El acceso a la independencia de las antiguas colonias africanas era una farsa macabra. Lumumba había sido liquidado por los títeres de la CIA. El neocapitalismo ya estaba planificando su toma del poder mundial.

      Sin embargo, pese a todo, lo que se nos había legado era demasiado precioso y demasiado problemático como para abandonarlo. O, dicho de otra manera, era imposible dejar a un lado las tácitas y ubicuas exigencias de la realidad. La exigencia que había en la forma de llevar un chal. En el rostro de un muchacho. En una calle llena de gente exigiendo menos injusticia. En la carcajada de sus expectativas y en la temeridad de sus bromas. De ahí surgía su cólera frente al aguante.

      La respuesta de Pasolini a la pregunta planteada inicialmente era sencilla: la lucha de clases explica la guerra.

      El filme termina con un soliloquio imaginario de Gagarin, que, después de observar la Tierra desde el espacio exterior, comenta que todos los hombres, vistos desde esa distancia, son hermanos que deberían abjurar de las sangrientas prácticas del planeta.

      Sin embargo, lo esencial es que la película contempla experiencias que tanto la pregunta como la respuesta dejan de lado. La frialdad del invierno para los indigentes. La calidez que el recuerdo de los héroes revolucionarios puede reportar, el carácter irreconciliable de la libertad y del odio, el aire campesino del papa Juan XXIII, cuya mirada sonríe como una tortuga, las culpas de Stalin, que eran las nuestras, la diabólica tentación de pensar que las luchas han terminado, la muerte de Marilyn Monroe y la belleza, que es lo único que queda de la estupidez del pasado y el salvajismo del futuro, la naturaleza y la riqueza, que son la misma cosa para las clases pudientes, nuestras madres y sus lágrimas hereditarias, los hijos de los hijos de los hijos, las injusticias que surgen incluso de una noble victoria, el pequeño pánico en los ojos de Sofía Loren al observar a un pescador abrir con las manos una anguila en canal...

      Los comentarios que se super ponen a la filmación en blanco y negro los hacen dos voces anónimas, que en realidad son las de dos amigos suyos: el pintor Renato Guttuso y el escritor Giorgio Bassani. Una es como la voz de un comentarista apresurado y la otra como la de alguien medio historiador y medio poeta, la voz de un adivino. Entre las principales noticias figuran la revolución húngara de 1956, la candidatura de Eisenhower para una segunda legislatura como presidente de Estados Unidos, la coronación de la reina Isabel de Inglaterra o la victoria de Castro en Cuba.

      La primera voz nos informa y la segunda nos recuerda. ¿El qué? No exactamente lo olvidado (es más astuta), sino más bien lo que hemos decidido olvidar, y con frecuencia esas decisiones comienzan en la infancia. Pasolini no olvidó nada de su infancia: de ahí que en su búsqueda coexistan siempre el dolor y la diversión. Se nos avergüenza por nuestro olvido.

      Las dos voces funcionan como un coro griego. No pueden influir en el resultado de lo que se nos muestra. No interpretan. Cuestionan, escuchan, observan y dan voz a lo que el espectador puede estar sintiendo, con más o menos incapacidad para expresarlo. Y lo logran porque son conscientes de que el lenguaje, al compartirlo los actores, el coro y los espectadores, es el depositario de una antiquísima experiencia común. El propio lenguaje es cómplice de nuestras reacciones. No se le puede engañar. Las voces se alzan, no para rematar un argumento, sino porque, dada la longitud de la experiencia y el dolor humanos, sería vergonzoso que no dijeran lo que tienen que decir. Si no se dijera, nuestra capacidad para ser humanos se vería algo reducida.

      En la Grecia antigua el coro no se componía de actores, sino de ciudadanos varones, elegidos para ese año por el director del coro, el choregus. Representaban a la ciudad, venían del ágora, del foro. Sin embargo, al ser el coro se convertían en las voces de varias generaciones. Cuando hablaban de lo que el público ya había reconocido, eran abuelos. Cuando daban voz a lo que el público sentía pero había sido incapaz de expresar, eran los no nacidos.

      Todo esto lo hace Pasolini sin ayuda de nadie por medio de sus dos voces, mientras aprieta el paso rabioso entre el mundo antiguo, que desaparecerá con el último campesino, y el mundo futuro del cálculo feroz.

      En varias ocasiones el filme nos recuerda los límites de la explicación racional y la frecuente vulgaridad de términos como optimismo y pesimismo.

      Anuncia que los mejores cerebros de Europa y de Estados Unidos explican teóricamente lo que significa morir (luchar junto a Castro) en Cuba. Pero lo que realmente significa morir en Cuba -o en Nápoles o en Sevilla- sólo puede decirse con compasión, a la luz del canto o las lágrimas. ¡En otro momento nos propone a todos que soñemos con el derecho a ser como eran algunos de nuestros antepasados! Y después añade que sólo la revolución puede salvar el pasado.

      La rabbia es una película sobre el amor. Su espíritu está muy cerca del comentario que hace Simone Weil en La pesanteur et la grace de Simone Weil: "Amar a Dios más allá de la destrucción de Troya y Cartago, y sin consuelo. El amor no es consuelo, es luz".

      O, por decirlo de otro modo, su lucidez es como la del aforismo de Kafka: "En cierto sentido, el Bien es inconsolable".

      Por eso digo que Pasolini era como un ángel.

      La película sólo dura una hora, una hora ideada, medida y editada hace cuarenta años. Y contrasta tanto con los noticiarios que vemos y con la información que nos ceban en la actualidad que, al terminar la hora, te dices que hoy en día no sólo están desapareciendo y extinguiéndose especies animales y vegetales, sino prioridades humanas que, una tras otra, están siendo sistemáticamente rociadas, no de pesticidas, sino de eticidas: agentes que matan la ética y, por consiguiente, cualquier idea de historia y de justicia. Especialmente atacadas se ven aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad humana de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza. Y los medios informativos de masas nos rocían día y noche con eticidas.

      Puede que los eticidas sean menos efectivos, menos rápidos de lo que los controladores esperaban, pero sí que han logrado enterrar y esconder el espacio imaginario que cualquier foro público central representa y precisa (nuestros foros están por todas partes, pero, por el momento, son marginales). Y Pasolini, en el erial de los foros ocultos (que recuerdan al páramo en el que fue asesinado por los fascistas), se une a nosotros con su Rabbia y su duradero ejemplo de cómo llevar el coro en la cabeza.

John Berger (BABELIA 26-08-2006)





¿Estado de excepción permanente?


Slavoj Zizek
EL PAÍS

      La conmemoración del quinto aniversario del 11-S ha coincidido con el estreno de dos películas de Hollywood: United 93, de Paul Greengrass, y World Trade Center, de Oliver Stone. Estas dos películas han intentado distanciarse al máximo del modelo hollywoodiense: se centran en el coraje de la gente ordinaria, sin recurrir a las grandes estrellas, a los efectos especiales o a actos heroicos grandilocuentes, ofreciendo sencillamente una representación realista y lacónica de gente ordinaria en una situación extraordinaria. En estas películas hay, sin duda, un toque de autenticidad, y la mayoría de la crítica ha celebrado la sobriedad y la mesura de su estilo, el hecho de haber renunciado a todo sensacionalismo. Sin embargo, es este toque de realismo auténtico lo que suscita algunas cuestiones controvertidas.

      La consecuencia de este realismo es que las dos películas no sólo impiden que adoptemos un punto de vista político sobre los hechos que narran, sino también que podamos describir el contexto más amplio en que se sitúan estos hechos. Ni los pasajeros de United 93 ni los policías y bomberos de World Trade Center tienen una visión global de la situación: se encuentran de repente en una situación terrorífica y tienen que salir de ella lo mejor que puedan. Esta ausencia de "cartografía cognitiva" es crucial: las dos películas representan a personas ordinarias afectadas por la intrusión brutal y repentina de la Historia como causa ausente, afectadas por el impacto de lo real invisible. Resulta entonces que el mensaje político de las dos películas radica en el hecho mismo de que se abstienen de dar un mensaje político explícito: lo que transmiten es una confianza tácita en el Gobierno: "Cuando nos atacan, sólo tenemos que cumplir con nuestro deber".

      Aquí, sin embargo, empieza el verdadero problema. La amenaza invisible y omnipresente del terror legitima las medidas defensivas demasiado visibles. La guerra contra el terror se distingue de las precedentes luchas mundiales del siglo XX, como la guerra fría, por el hecho de que si en estas últimas el enemigo estaba claramente identificado como el imperio comunista realmente existente, la amenaza terrorista es constitutivamente espectral, está desprovista de centro visible. La potencia que se presenta como estando continuamente amenazada y que afirma estar simplemente defendiéndose de un enemigo invisible corre el peligro de convertirse en un poder manipulador. ¿Podemos realmente confiar en esa potencia o apela a esa amenaza sólo para imponernos una disciplina y para controlarnos? Hay que extraer la siguiente lección: en el combate contra el terror, es más indispensable que nunca el que la política de Estado sea democráticamente transparente.

      Desgraciadamente, estamos pagando hoy el precio por todas las mentiras y manipulaciones de los Gobiernos norteamericano y británico en estos últimos diez años, que llegaron a su punto culminante con la tragicomedia en torno a las armas de destrucción masiva en Irak. Recordemos la alarma, en el mes de agosto, a propósito del atentado terrorista frustrado que tenía que hacer explotar en pleno vuelo una docena de aviones entre Londres y Estados Unidos: la alarma era sin lugar a dudas real, afirmar lo contrario sería excesivamente paranoico. Sin embargo, no podemos evitar pensar que todo ese asunto era un espectáculo puesto en escena a conciencia para acostumbrarnos al estado de emergencia permanente, al estado de excepción convertido en estilo de vida. ¿Qué margen ofrecen estos acontecimientos a la manipulación, cuando las únicas cosas públicamente visibles son las mismas medidas antiterroristas? ¿No será que piden demasiado a los ciudadanos ordinarios que somos todos, un grado de confianza al que los dirigentes habían renunciado hacía tiempo?

      ¿Cuál es entonces el sentido histórico del 11-S? Doce años antes, el 9 de noviembre de 1989, caía el muro de Berlín. La debacle del comunismo era vista en todas partes como el fracaso de las utopías políticas: hoy, después de haber aprendido, no sin dolor, que las utopías políticas nobles se convierten en terror totalitario, vivimos en una época posutópica de administración pragmática. Sin embargo, tenemos que señalar de inmediato que a este supuesto fracaso de las utopías le ha sucedido el reinado durante una década de la última gran utopía: la utopía de la democracia liberal capitalista a escala mundial.

      El 9 de noviembre de 1989 anunciaba los felices años 90, el sueño del fin de la historia previsto por Francis Fukuyama. El 11-S es el gran símbolo del fin de esta utopía, una vuelta a la historia real: los felices años 90 de la presidencia de Clinton ya han pasado; se anuncia una época en la que se levantan nuevos muros por todas partes, entre Israel y la franja de Gaza, alrededor de la Unión Europea, en la frontera entre Estados Unidos y México, entre España y Marruecos, sustituyendo así el muro de Berlín. Una época con nuevas formas de apartheid y de tortura "legal".

      Tal como afirmó el presidente George W. Bush inmediatamente después del 11-S, Estados Unidos está en guerra. Ahora bien, el problema está precisamente en que Estados Unidos evidentemente no está en guerra; al menos no en el sentido convencional del término (para la mayoría de la población, la vida cotidiana sigue su curso, y la guerra es asunto exclusivo del ámbito estatal). De este modo, la distinción misma entre el estado de guerra y la paz queda alterada. Entramos en una época en la que la misma paz puede coincidir con el estado de excepción.

      En su glorificación del deseo ardiente e irrefrenable de libertad en los países poscomunistas, George Bush lo comparó a un "fuego en los espíritus". La ironía involuntaria de esta afirmación está en que utilizó una frase de Los Demonios de Dostoievski, en la que éste califica de despiadada la acción de los anarquistas radicales que incendiaron un pueblo: "El fuego está en los espíritus, y no en las casas". Lo que el señor Bush no ha entendido es que el 11 de septiembre de 2001 los habitantes de Nueva York ya veían y olían el humo de este fuego.

      Slavoj Zizek es filósofo esloveno y autor de Irak. La tetera prestada. Traducción de Martí Sampons.



Entrevista


Peter Handke : "Escribo para abrir la mirada”

Aqui : http://www.lemonde.fr/web/article/0,1-0,36-768082,0.html

LE MONDE DES LIVRES | 04.05.06 | 18h04 • Mis à jour le 05.05.06 | 07h50


         Hace dieciséis años que vive aquí, en estos Hauts-de-Seine que plasmó magníficamente en El año que pasé en la bahía de nadie. Dieciséis años que escribe más a menudo fuera, « al sol, al viento, en los bosques frondosos » - « mi ideal ». Es ahí que sólo, en el silencio de la ausencia de los demás, entra en lo que Wittgenstein llamaba « la atmósfera poética ». Peter Handke ha aceptado hablarnos. De sus « Cuadernillos » - que acaban de parecer en las ediciones Verdier – de su trabajo y de la última polémica que le rodea.

      Nacido en 1942 en un pueblo del Karst, Griffen (Carintia), Peter Handke pasa sus primeros años en Berlín Este. Su madre, de origen esloveno, se casa, poco antes de dar a luz, con un sub-oficial de la Wehrmacht, tal como lo cuenta en Desgracia impeorable. En 1966, su obra Insulto al público y su primera novela Los abejones, llaman de inmediato la atención. Cuatro años más tarde, Peter Handke realiza Crónicas de los acontecimientos corrientes, un largometraje para televisión. En 1978, él mismo adapta su novela La mujer zurda. Más tarde escribirá sobre todo Las alas del deseo, para Wim Wenders.


      ¿Tuvo siempre sus cuadernillos? Y ¿por qué tuvo el deseo de publicar estas “Notas, percepciones, reflexiones y preguntas”?

      Empecé con un cuadernillo cuando entré en el hospital en 1975. Hasta entonces, sólo anotaba cosas para construir mis libros. Hoy prácticamente no tomo ninguna nota: no deseo ser demasiado metódico. Sin embargo, cuando volví a leer estos cuadernillos, me excité mucho. Encontraba en ellos una forma: era el mundo rítmico, con espacios intermedios.


      Sin embargo «podó» mucho – las tres cuartas partes del texto primero.

      Si, sobre todo cuando había demasiadas descripciones o citas, para no molestar a los lectores con mi cultura, para que el viento pueda entrar en la página.


      "El lugar da el relato « escribe Ud. Dos términos que vuelven a menudo bajo su pluma.

      Es cierto, estoy muy ligado con el espacio, el lugar, los meandros de un río, la perspectiva entre dos árboles. Un lugar estremece mi corazón y un relato comienza. Casi siempre trabajé de esta forma. Pienso que es el espacio el que crea las frases – mirad la literatura rusa o americana: da ganas de vivir en un país grande.


      Justamente, ¿son los rusos y americanos – encabezados con Faulkner, Anderson – quienes le iniciaron en la vía de la narración?

      Y que me devuelven aún, y siempre, hacia ella. El relato – más que el teatro, más que la poesía (pero escribir un poema por año es ya una gran suerte) – es mi ideal.


      ¿Es Ud. un gran lector?

      Leo mucho para concentrarme y purificarme. Para sentirme transparente y al mismo tiempo fuerte. Para descifrar, más que para consumir. Me aireo el cerebro gracias al trabajo sobre el lenguaje. Ahora mismo, por ejemplo, traduzco poesía árabe.


      De hecho, Ud. ha traducido mucho. Sólo citaré a los franceses: Patrick Modiano, Francis Ponge, René Char. Gracias a René Char, Ud. escribió « Me di cuenta que no había aprendido a leer. Tenía tendencia a devorar las páginas, en lugar de ralentizar para contemplar una simple combinación de palabras ».

      Es con Virgilio, Hölderlin y Char que realmente aprendí a leer, a ver. Era como entrar dentro de una montaña y descubrir que hay otra luz: la luz del lenguaje.


      Aún cuando suprimió Ud. la mayoría de los puntos de vista, aún cuando Ud. se impone “no caracterizar, no tipificar”, ya que, según sus palabras, en cuanto uno empieza a emitir un juicio sobre la gente, a juzgarlos, “la poesía cesa”, Ud. no se puedo impedir maltratar a los burgueses, estos “cacareantes maestros del mundo”.

      Es cierto. Cada día es una batalla contra el asco. Sin embargo, creo que la opinión impide escribir. Desde hace diez o quince años, he diferido de ese modo el trabajo de la escritura de la mañana hacia la tarde, ya que a menudo es en este momento del día que me dejaba llevar por el mal humor y las opiniones. Pero, cuando trabajo, todo desaparece. Trabajo hasta el cansancio. Y cuando estoy cansado, ya dejo de tener opiniones.


      ¿Escribir para intervenir o sólo para mostrar lo que es?

      Escribir para abrir la mirada. A veces, se desea sólo esclarecer un problema: hay que contornearlo con las frases, y así se dibuja el problema.


      Con el tiempo, sus frases se han vuelto más largas, más amplias…

      En la época de El miedo del portero ante el penalti, podía aún escribir frases cortas. Es un texto muy concentrado que deseaba acabar antes del nacimiento de mi primer hijo. ¡Lo terminé dos días antes! Me sentía entonces –y me sigo sintiendo- como un obrero: era grandioso estar cansado de esa manera. Con la edad, uno se da cuenta de que hacer frases como flechas tiene un lado un poco vacilón. Pero sobre todo, lo que uno ve y lo que uno vive como realidad es mucho más complejo. Hace falta dar muchas vueltas al lazo para capturar al animal: ya uno no puede contentarse con lanzar flechas. Y sin embargo tengo el deseo –casi la nostalgia- de escribir frases cortas, pero, como me dejan insatisfecho, vuelvo a las frases largas que dejan pasar más cosas, que dan cuenta de realidades distintas. Entonces, me dejo ir, pero teniendo mucho cuidado. Siempre tengo que luchar contra el lirismo de mi prosa. A este nivel mis estudios de derecho me ayudaron mucho.


      En El año que pasé en la bahía de nadie, el narrador, Gregor Keushnig, ya presente en La Hora de la sensación verdadera, había abandonado su oficio de abogado para ser escritor. Este libro es casi una epopeya...

      Era un proyecto épico. ¡Yo soy un épico lírico que tiene unos accidentes dramáticos!


      En este mismo texto, se podía leer: “Soy demasiado brusco por ser protagonista en la vida social. Como héroe en los asuntos del día, soy un peligro público (…) En la escritura, al aislarme de los demás y como héroe de mis libros, podía actuar de otra manera, sobre todo con más constancia”…

      Cuando escribo, soy más justo que cuando hablo. Oso la profundidad (me atrevo a la profundidad). Oso la mística, como pudo hacerlo Wittgenstein en su filosofía. El narrador es él que abre, como en La Crónica de Travnik, de Ivo Andric (escritor yugoslavo, muerto en 1975 en Belgrado, Premio Nobel de literatura en 1961). El narrador deja ver, el cronista cierra el espacio intermedio, el tiempo. Cuando el cronista se transforma en narrador, esto es lo ideal.


      ¿Cuál es su relación con la lengua alemana?

      El alemán es un idioma magnifico. Es una lengua mística, muy precisa, peligrosa, es fácil perderse.


      ¿Corrige Ud. mucho sus textos?

      ¡Es terrible! Puede haber hasta cuatro pruebas y tengo un gran respeto hacia mis editores, que aceptan estos manuscritos que, a veces, son, como fue el caso de La Pérdida de la imagen, un verdadero campo de batalla. A veces corrijo hasta perder el ritmo del primer trayecto. Cuando cambio demasiado, es horrible. Dejo de ver la luz. Me encuentro demasiado cerca de las palabras. Estoy devorado por las palabras. No hay más aire. Pero Flaubert y otros ya han hablado demasiado de esta impotencia para que añada más.


      La literatura es el reino del centro: el reino de la justicia”, escribió Ud. en La Historia del lápiz...

      Exactamente, pero una justicia que no condena. Cuando escribo, juzgo, al mismo tiempo que, por otra parte, me juzgo a mí mismo y a los personajes. Pero, al final, hay que absolverles. No tengo ninguna gana de condenar en la escritura.





Nunca tuve una posición negacionista.

Aqui : http://www.lemonde.fr/web/article/0,1-0,36-768083,0.html

LE MONDE DES LIVRES | 04.05.06 | 18h04


         El 18 de marzo, Peter Handke asistía al entierro de Slobodan Milosevic, el ex presidente de Serbia, muerto el 11 de marzo mientras era juzgado por genocidio y crímenes de guerra en el Tribunal penal internacional de La Haya. En contestación a un artículo corto publicado en Le Nouvel Observateur, - que Peter Handke decidió atacar por difamación – el administrador general de la Comédie française, Marcel Bozonnet, decidía retirar del programa la obra de Peter Handke Viaje al país sonoro o el arte de la pregunta, cuya puesta en escena estaba prevista para enero-febrero del 2007 en el Vieux Colombier por Bruno Bayen.

      “Asqueado” por este asunto, Peter Handke acepta hoy hablar de aquello, aún cuando su voz, hasta ahora tan tranquila, se acelera, las palabras son cada vez más duras y se encoleriza en cuanto hace –y se disculpa de ello - “de político”.

      En 1996, cuando apareció en el Süddeutsche Zeitung, el gran periódico alemán, el texto que se transformaría en Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, Peter Handke recuerda haber sido cualificado de “terrorista”, de “abogado proserbio”. Incluso el periódico español El País lo tachó de aprobar la masacre de Srebenica. “Nunca tuve una posición negacionista, se subleva Peter Handke. ¿Por qué no abren este libro, mis libros, en lugar de acusarme? He escrito sobre las víctimas serbias, ya que nadie lo había hecho, sin dejar de pensar también en las víctimas croatas, en los musulmanes”. Partido al país de los “agresores” – término que rechaza- Peter Handke decide dar a leer una realidad más compleja que la proporcionada por “las hordas de los revueltos a distancia que confunden su oficio que es escribir, con el oficio de un juez e incluso de un demagogo”. Lo que quería entonces, dice, era “escuchar, dar que ver y que pensar. Sin juzgar.


CON LOS SERBIOS

      “Narro los refugiados serbios. Nadie habla de esto. ¿ Porque los periódicos no realizan grandes reportajes sobre esto?” se pregunta, añadiendo: “Vuelvo de Kosovo. Sólo quedan dos o tres pueblos serbios, literalmente copados. ¿ Se sabe que se tiran piedras a los autobuses que han conservado las inscripciones cirílicas? ¿En qué piensan los padres albaneses para dejar a sus hijos actuar de esa manera? Hace falta hablar de esto, contarlo”.

      El que “admiró” a Yugoslavia (“Es el primer país de Europa que se liberó casi él solo: expulsaron a los alemanes”) dice haber estado “realmente furioso contra François Mitterand por haber cedido frente a Helmut Kohl cuando Croacia y Eslovenia reclamaron su independencia. A partir de este momento la guerra era inevitable. Todo esto en nombre de la presunta amistad franco-alemana. ¡Aunque para mí, una amistad que destroza un gran Estado, no vale nada!

      Para mostrar su oposición a la participación de Alemania a la guerra, Peter Handke devuelve el premio Georg-Büchner (equivalente del premio Goncourt) en 1999. Este mismo año, abandona la iglesia católica después de su aprobación del bombardeo de Serbia por la OTAN y de la beatificación, por Juan Pablo II, del cardenal de origen croata Alojzije Stepinac, acusado de apoyo al régimen “ustachi”, milicia croata responsable de la exterminación de centenares de miles de judíos y cíngaros, así como de sangrientas masacres de serbios. El mismo año, Claudio Magris intentaba en las columnas del periódico italiano Il Corriere della Sera, entender a Handke. El escritor italiano veía en ello “una reacción a la información unilateral que denuncia, sin cese, los crímenes cometidos por los hombres de Milosevic, pero silencia los perpetrados por los hombres del croata Tudjman y del musulmán Izetbegovic. Numerosos y atroces, sin embargo estos últimos, a diferencia de los primeros, no se han introducido en la conciencia occidental”.

      ¿Pero, por qué ir a Pozarevac ante la tumba de Milosevic? “Lo decía en las pocas palabras que pronuncié en esta ocasión: el mundo, el presunto mundo, lo sabe todo sobre Slobodan Milosevic. El presunto mundo conoce la verdad. Es por esto que el presunto mundo hoy está ausente, y no sólo hoy y no sólo aquí (…). No conozco la verdad. Pero miro. Oigo. Siento. Recuerdo.Pregunto. Es por esto que estoy presente hoy”. Aún hoy en día, rechaza el término dictador: “ha sido elegido”. Y afirma no estar “para” sino siempre “con” los serbios y “con” Serbia, aún cuando añade, en ningún caso se trata de “insultar a otro pueblo”.

      “Estoy solo y, cuando uno vive solo, tiene tendencia a sentirse culpable (es la tendencia Kafka) o magnífico. Son los dos peligros. No soy ni culpable, ni héroe. Soy el tercer hombre”, añade por fin.


Emilie Grangeray

Article paru dans l'édition du 05.05.06

Traducción de Danielle Steffen






¡Fóllate a tu madre!*

Coches quemados y no al referéndum son las fases de una misma revuelta todavía inacabada.

Jean BAUDRILLARD
QUOTIDIEN: viernes 18 de noviembre de 2005


     
Será necesario que quemen en una sola noche 1.500 coches, después, en orden decreciente, 900, 500, 200, hasta a acercarse a la “normalidad” cotidiana, para que nos apercibamos de que cada noche ardían 90 coches como media en nuestra dulce Francia. Una suerte de llama perpetua, como la del Arco del Triunfo, ardiendo en homenaje al inmigrante desconocido. Hoy reconocido, el tiempo de una revisión desgarradora, pero toda una engañifa.

      Una cosa es segura: la excepción francesa, que había comenzado con Tchernobil, está caduca. Nuestra frontera ha sido violada por la nube radioactiva, y el “modelo francés” se derrumba antes nuestros ojos. Pero, tranquilicémosnos, no es el modelo francés el único que se derrumba, es el modelo occidental entero el que se desintegra, no sólo bajo el golpe de una violencia externa (la del terrorismo o los africanos tomando por asalto las alambradas de Melilla), sino incluso desde el interior mismo.

      La primera conclusión – y ésta anula todos los sermones y los discursos actuales – es que una sociedad, ella misma en vías de desintegración, no tiene ninguna oportunidad de poder integrar a sus inmigrantes, puesto que son al mismo tiempo el resultado y el analizador salvaje de esta desintegración. La realidad cruel es que si los inmigrantes están virtualmente fuera de juego, nosotros, nosotros estamos sumidos en una profunda orfandad y en busca de identidad. La inmigración y sus problemas no son más que los síntomas de la disociación de nuestra sociedad enfrentada consigo misma. Aún más: la cuestión social de la inmigración no es más que una ilustración más visible, más tosca, del exilio del Europeo en su propia sociedad. La verdad inaceptable está ahí: somos nosotros los que no integramos ni siquiera nuestros propios valores y, por esto, por no asumirlos, no nos queda más remedio que pasárselos a los demás por las buenas o por las malas.

      Ya no estamos en posición de proponer cualquier cosa en términos de integración – además, ¿la integración a qué? – somos el triste ejemplo de una integración “lograda”, la de un modo de vida totalmente trivializado, técnico y confortable, sobre el cual nos cuidamos mucho de no hacernos más preguntas. Por tanto, hablar de integración en nombre de una definición de Francia imposible de encontrar es, para los franceses, simplemente soñar desesperadamente con su propia integración.

      Y no se avanzará ni una línea mientras no nos conciencemos de que es nuestra sociedad la que, por su proceso mismo de socialización, segrega y continúa segregando todos los días esta discriminación inexorable de la que los inmigrantes son las víctimas designadas, mas no las únicas. Es el balance de un intercambio desigual de la "democracia". Esta sociedad debe afrontar una prueba mucho más terrible que la de fuerzas adversas: la de su propia ausencia, la de una pérdida de realidad tal que pronto no tendrá ya otra definición que la de los cuerpos extranjeros que deambulan en su periferia, los que ella ha expulsado y que, ahora, la expulsan de sí misma, pero cuya interpelación violenta revela a la vez lo que se desintegra en ella y despierta una suerte de toma de conciencia. Si lograra integrarlos, dejaría definitivamente de existir ante sus propios ojos.

      Pero, además, esta discriminación a la francesa no es más que el micromodelo de una fractura mundial que continúa, bajo el signo precisamente de la globalización, enfrentando a dos universos irreconciliables. Y el mismo análisis que hacemos de nuestra situación puede repercutir a nivel global. Sabido es que el terrorismo internacional no es otra cosa que el síntoma de la disociación del poder mundial enfrentado consigo mismo. En cuanto a buscar una solución, el error es el mismo en los diferentes niveles, ya sea el de nuestros suburbios o el de los países islámicos: es la ilusión total de que, elevando el resto del mundo al nivel de vida occidental se habrá resuelto la cuestión. Ahora bien, la fractura es mucho más profunda, y aunque lo quisieran verdaderamente todas las potencias occidentales reunidas (de lo que hay todas las razones del mundo para dudar), no podrían reducir esta fractura. Es el propio mecanismo de su supervivencia y de su superioridad lo que se lo impide ? mecanismo que, a través de todos los discursos piadosos sobre los valores universales, no hace más que reforzar este poder, y fomentar la amenaza de una coalición antagonista de fuerzas que la destruirán o sueñan con destruirla.

      Afortunada o desafortudamente, ya no tenemos la iniciativa, ya no tenemos, como lo hemos tenido durante siglos, el dominio de los acontecimientos, y sobre nosotros planea una sucesión de “retornos de la llama” imprevisibles. Se puede deplorar retrospectivamente este fracaso del mundo ccidental, pero "Dios se ríe de los que ve denunciar los males que ellos mismos han causado".

      Ese “retorno de la llama” de los suburbios está por tanto directamente ligado a una situación mundial; pero también lo está – sobre lo que extrañamente nadie se hace preguntas – a un episodio reciente de nuestra historia, cuidadosamente ocultado desde entonces, sobre el mismo modo de desconocimiento que el de los barrios de la periferia, es decir, el suceso del no al referendum. Porque el no de los que lo han votado sin saber muy bien por qué, simplemente porque no querían participar en ese juego, en el cual a menudo se habían sentido atrapados, porque ellos mismos también rechazaron el ser integrados sin remedio en ese maravilloso de una Europa "llave en mano", ese no era la expresión de los olvidados del sistema de la representación, de los exiliados de la representación – a imagen y semejanza de los inmigrantes, exiliados del sistema de socialización. La misma inconsciencia, la misma irresponsabilidad en ese acto de sabotear Europa, que la de los jóvenes inmigrantes que queman sus propios barrios, sus propias escuelas, como los negros de Watts y de Detroit en los sesenta.

      Una buena parte de la población vive, cultural y políticamente, como inmigrante en su propio país, que ya no puede ofrecerle una definición de su propia pertenencia nacional. Todos desafiliados, según el término de Robert Castel**. Ahora bien, de la desafiliación al desafío, no hay distancia. Todos esos excluídos, esos desafiliados, ya sean de la periferia, africanos o franceses “de pura cepa”, hacen de su desafiliación un desafío, y pasan al acto en un momento u otro. Es su única manera, ofensiva, de no sentirse ya humillados, ni olvidados, ni siquiera protegidos socialmente. Porque no estoy seguro – y éste es otro aspecto del problema, enmascarado por una sociología política "doméstica”, la de la inserción, del empleo, de la seguridad ?, no estoy seguro de que realmente sientan, como nosotros lo esperamos, deseos de ser integrados ni protegidos socialmente. Sin duda, en el fondo consideran nuestro modo de vida con la misma condescendencia, o la misma indiferencia, con que consideramos su miseria. Tal vez incluso prefieran quemar los coches antes que circular dentro de ellos – a cada uno sus placeres. No estoy seguro de que su reacción ante una solicitud demasiado calculada no sea instintivamente la misma que ante la exclusión y la represión.

      La cultura occidental no se mantiene más que del deseo del resto del mundo de acceder a ella. Cuando aparece el menor signo de rechazo, la menor disminución del deseo, no solamente pierde toda superioridad, sino que pierde todo su poder de seducción ante sí misma. Ahora bien, es precisamente todo lo mejor que tiene que ofrecer, los coches, las escuelas, los centros comerciales, lo que es incendiado y saqueado. ¡Las escuelas de infancia! ¡Precisamente todo por lo que se querría integrarlos, acogerlos!... "Fóllate a tu madre" es, en el fondo, su eslogan. Y cuanto más se intente cuidarlos y protegerlos, tanto más follarán a sus madres. Más nos valdría revisar nuestra sicología humanitaria.

      Nada impedirá a nuestros políticos e intelectuales ilustrados considerar estos acontecimientos como meros incidentes en el camino hacia una reconciliación democrática de todas las culturas – todo lleva a considerar, al contrario, que son las fases sucesivas de una revuelta cuyo fin no está cerca.

      Me hubiera gustado mucho una conclusión un poco más alegre – pero, ¿cuál?

Traducción de Coro Acarreta
Ültima obra publicada: “Les exilés du dialogue avec Enrique Valiente Noailles” (Galilée, 2005).


Viernes 18 de noviembre de 2005.



* Traducción literal de “Nique ta mère”. Es, además, el nombre de un controvertido grupo de rap hardcore de los noventa que tuvo que cambiarlo por N.T.M. (N. de la T.)

** Sociólogo. Director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. (N. de la T.)




”FRANCIA VIOLENTA. LA SOCIEDAD DE RIESGO”

Slavoj Zizek.

Diario “Clarín”. Suplemento cultural.


      Lo que hay que resistir cuando se nos presentan crónicas e imágenes de autos que arden en los suburbios de París, es la "tentación hermenéutica", la búsqueda de un significado o mensaje más profundo oculto en esos estallidos. Lo más difícil de aceptar es, precisamente, su extrema ausencia de sentido: más que una forma de protesta, constituyen un “passage a l'acte” que testimonia no sólo la impotencia de los perpetradores, sino, sobre todo, la falta de lo que Frederic Jameson llamó "mapa cognitivo", la incapacidad para inscribir la experiencia de su situación en un todo significativo. La verdadera pregunta, entonces, es: ¿cuáles son las raíces de esa desorientación?

      A los teóricos sociales les gusta repetir que la sociedad actual es completamente "reflexiva": no hay naturaleza ni tradición que proporcione una base firme en la que se pueda descansar. Hasta nuestros impulsos más profundos (la orientación sexual) se viven cada vez más como algo que se elige. Cómo alimentar y educar a un niño, cómo proceder en la seducción sexual, cómo y qué comer, cómo descansar y divertirse. Todas esas esferas son objeto de una creciente "colonización" por parte de la reflexión, se las experimenta como algo a aprender y sobre lo cual decidir. Sin embargo, la principal traba de la sociedad de riesgo reside en la brecha entre saber y decisión: nadie "sabe en verdad" qué hacer, la situación es por completo "indecidible", pero de todos modos hay que decidir. El problema, entonces, no es el de la elección compulsiva (tengo libertad de elección con la condición de que tome la decisión correcta), sino lo opuesto: la elección es libre, y por ese motivo se la experimenta como más frustrante.

      Nos encontramos permanentemente en la posición de tener que decidir sobre cuestiones que afectarán nuestra vida, pero sin una base de conocimiento adecuada. Lejos de experimentársela como liberadora, esa compulsión a decidir libremente se experimenta en consecuencia como una apuesta obscena y angustiante, una suerte de inversión irónica de la predestinación: se me hace responsable de decisiones que me vi obligado a tomar sin un conocimiento adecuado de la situación. La libertad de decisión de la que goza el sujeto de la "sociedad de riesgo" no es la libertad de alguien que puede elegir con libertad su destino, sino la libertad angustiante de alguien que se ve constantemente impelido a tomar decisiones sin tener conciencia de sus consecuencias.

      Nada asegura que la politización democrática de las decisiones cruciales, la activa participación de miles de individuos comprometidos, necesariamente vaya a mejorar la calidad y la exactitud de las decisiones y que, por lo tanto, los riesgos vayan a disminuir. Es tentador evocar aquí la respuesta de un católico devoto ante el reproche de un liberal ateo de que los católicos son tan estúpidos como para creer en la infalibilidad del Papa: "Nosotros, los católicos, por lo menos creemos en la infalibilidad de una y sólo una persona. ¿Acaso la democracia no se basa en un concepto mucho más arriesgado, en que la mayoría de las personas, millones de ellas, son infalibles?"

      El sujeto, entonces, se encuentra en la situación kafkiana de ser culpable, pero ni siquiera saber de qué es culpable (si es que lo es): me desvela la idea de que ya tomé decisiones que me pondrán en peligro, a mí y a mis seres queridos, pero que, en el mejor de los casos, sólo sabré la verdad al respecto cuando ya sea demasiado tarde. Recordemos la figura de Forrest Gump, ese "mediador evanescente" perfecto, lo opuesto al maestro (el que registra simbólicamente un acontecimiento al nombrarlo, al inscribirlo en el gran otro). Se presenta a Gump como un espectador inocente que, limitándose a ese papel, desencadena sin saberlo un cambio de proporciones históricas. Cuando visita Berlín para jugar al fútbol y sin darse cuenta lanza la pelota del otro lado del muro, inicia así el proceso que derrumba el muro; cuando visita Washington y se le da una habitación en el complejo Watergate, en plena noche advierte que pasan cosas extrañas en las habitaciones de enfrente, llama al guardia y da comienzo a los hechos que culminaron con la caída de Nixon. ¿No es la máxima metáfora de la situación a la que apuntan los que proponen la "sociedad de riesgo", una situación en la que nos vemos obligados a dar pasos cuyas consecuencias están más allá de nuestro alcance?

      Nos encontramos en el centro nervioso de la ideología liberal: la ideología dominante trata de vendernos la misma inseguridad que provocó el desmantelamiento del Estado Benefactor como la oportunidad de nuevas libertades. ¿Hay que cambiar de trabajo todos los años y depender de contratos breves en lugar de contar con un puesto estable y a largo plazo? ¿Por qué no verlo como la liberación de las limitaciones de un empleo fijo, como la oportunidad de reinventarse una y otra vez, de tomar conciencia de las posibilidades ocultas de la propia personalidad y de concretarlas? ¿Ya no se puede depender del seguro médico y el plan de jubilación habituales y hay que optar por una cobertura adicional por la que hay que pagar? ¿Por qué no percibirlo como una oportunidad más de elegir: una vida mejor ahora o seguridad a largo plazo? Y si esta prédica genera angustia, el ideólogo posmoderno o de la "segunda modernidad" nos acusará de no ser capaces de asumir una completa libertad, de "huir de la libertad", o de aferrarnos de manera inmadura a viejas formas estables...

      El programa televisivo más popular en Francia en el otoño de 2002, cuya audiencia duplicaba la del famoso Gran Hermano, era “C'est mon choix”(“Es mi elección”). Los invitados al programa eran personas comunes que habían tomado una decisión peculiar que había determinado toda su vida: uno de ellos decidió que nunca usaría ropa interior, otro intentaba encontrar un compañero sexual más adecuado para sus padres. La extravagancia estaba permitida, incluso se la buscaba, pero con la explícita exclusión de las opciones que pudieran perturbar al público (por ejemplo, una persona cuya elección fuera ser y actuar como racista, quedaba excluida a priori). ¿Es posible imaginar mejor predicamento de lo que la "libertad de elección" significa en nuestras sociedades liberales?

      Podemos seguir haciendo nuestras pequeñas elecciones, "reinventándonos", con la condición de que tales elecciones no perturben de forma grave el equilibrio social e ideológico. En lo que respecta a “C'est mon choix”, lo verdaderamente drástico habría sido concentrarse en las elecciones "perturbadoras": invitar, por ejemplo, a racistas, vale decir, a personas cuya elección (cuya diferencia) significara una diferencia. Ese es también el motivo por el que en la actualidad la "democracia" es una cuestión cada vez más falsa, un concepto tan desacreditado como consecuencia de su uso predominante, que tal vez deberíamos correr el riesgo de abandonarlo al enemigo.

      ¿Dónde y cómo se toman las grandes decisiones relacionadas con los temas sociales globales? ¿Quiénes las toman? ¿Se toman en el espacio público, con la participación comprometida de la mayoría? Si la respuesta es sí, sólo tiene una importancia secundaria que el Estado tenga un sistema unipartidario, etcétera. Si la respuesta es no, tiene una importancia secundaria que tengamos una democracia parlamentaria y libertad individual de elección.

      Etienne Balibar propuso la idea de la crueldad excesiva, no funcional, como característica de la vida contemporánea: una crueldad cuyas figuras van desde el racismo "fundamentalista" y/o las masacres religiosas hasta los estallidos de violencia "sin sentido" de adolescentes e indigentes en nuestras megalópolis, una violencia que no tiene motivos utilitarios ni ideológicos. No debe engañarnos lo que se dice sobre que los extranjeros nos roban el trabajo o sobre la amenaza que éstos representan para nuestros valores occidentales: un análisis más minucioso pronto demuestra que todo eso que se dice proporciona una racionalización secundaria superficial. La respuesta que en última instancia nos da un skinhead es que golpear a los extranjeros le hace sentir bien, pues su presencia le molesta.

      ¿En qué se relacionan esos estallidos con el hecho de que vivimos en una "sociedad de riesgo" de elecciones permanentes? En todo: esos estallidos de violencia "excesivos" e "inútiles", que sólo dan muestra de un odio puro y desnudo ("no sublimado") hacia la otredad, son el anverso de la "reflexivización" de nuestra vida cotidiana. En ningún plano resulta más evidente que en el destino de la interpretación psicoanalítica. En la actualidad, las configuraciones del inconsciente (desde los sueños hasta los síntomas histéricos) perdieron su inocencia y se encuentran reflexivizadas: las "asociaciones libres" de un típico analizado educado consisten en su mayor parte en intentos de brindar una explicación psicoanalítica a sus perturbaciones, de modo que muy bien podría decirse que no sólo tenemos interpretaciones jungeanas, kleinianas, lacanianas... de los síntomas, sino síntomas jungeanos, kleinianos, lacanianos..., vale decir, cuya realidad comprende una referencia implícita a alguna teoría psicoanalítica.

      Lo que pasa en el tratamiento psicoanalítico es algo estrictamente homólogo a la reacción del skinhead neonazi que, presionado a dar razones de su violencia, de pronto empieza a hablar como los asistentes sociales, sociólogos y psicólogos sociales, y menciona la disminución de la movilidad social, la creciente inseguridad, la desintegración de la autoridad paterna, la falta de amor materno en su primera infancia: la unidad de la práctica y su inherente legitimación ideológica se desintegra en violencia descarnada y en su interpretación ineficaz e impotente. El resurgimiento de la violencia "irracional", impermeable e insensible a la interpretación reflexiva, es el necesario anverso de la reflexividad universalizada que proclaman los teóricos de la sociedad de riesgo. Así, cuanto más proclama la teoría social el fin de la naturaleza y/o la tradición y el ascenso de la "sociedad de riesgo", más atraviesa nuestro discurso cotidiano la referencia implícita a la "naturaleza". Incluso cuando no hablamos del "fin de la historia", ¿no transmitimos el mismo mensaje cuando afirmamos que estamos ingresando a una era pragmática "postideológica", que es otra forma de decir que estamos entrando a un orden pospolítico en el que los únicos conflictos legitimados son los conflictos étnicos/culturales?

      Algo característico del discurso político y crítico actual es que el término "trabajador" desapareció de nuestro vocabulario y se lo sustituyó y/u obliteró por "inmigrantes/trabajadores inmigrantes: argelinos en Francia, turcos en Alemania, mexicanos en EE.UU.". De esa manera, la problemática de clase de la explotación de los trabajadores se transformó en la problemática multiculturalista de la "intolerancia a la otredad", etcétera, y la excesiva inversión de los liberales multiculturalistas en la protección de los derechos étnicos de los inmigrantes sin duda extrae energías de la dimensión de clase "reprimida". Si bien la tesis del "fin de la historia" de Francis Fukuyama pronto cayó en desgracia, seguimos asumiendo en silencio que el orden global capitalista liberal-democrático es de alguna manera el régimen social "natural" que por fin descubrimos; seguimos pensando de forma implícita que los conflictos que tienen lugar en el Tercer Mundo son una subespecie de las catástrofes naturales, algo así como estallidos de pasiones violentas cuasi naturales o conflictos que se basan en la identificación fanática con las propias raíces étnicas. ¿Y qué es aquí "lo étnico" sino un nuevo término en clave para designar a la naturaleza?

      Hay una anécdota sobre Picasso durante la Segunda Guerra Mundial: un oficial alemán visitó su estudio, vio el Guernica y, asombrado ante la confusión modernista de la pintura, le preguntó: "¿Usted hizo eso?". Picasso le contestó con calma: "¡No, ustedes lo hicieron!". Hoy, y ante los estallidos de violencia en los suburbios de París, muchos liberales nos preguntan a nosotros, los pocos izquierdistas que seguimos confiando en una drástica transformación social: "¿No lo hicieron ustedes? ¿Esto es lo que quieren?". Y nosotros deberíamos contestar como Picasso: "¡No, ustedes lo hicieron! ¡Este es el verdadero resultado de su política!"

Traducción de Joaquín Ibarburu.




El espíritu del terrorismo

Jean Baudrillard. Le Monde, 2 de noviembre 2001


      Acontecimientos mundiales ya habíamos tenido, desde la muerte de Diana al mundial de fútbol -acontecimientos violentos y reales, guerras genocidas. Pero no un acontecimiento simbólico de envergadura mundial, es decir, no sólo de difusión mundial, sino uno que haga fracasar la mundialización en sí misma. A lo largo de este estancamiento de los años 90 vivimos la "huelga de los acontecimientos" (según la expresión del escritor argentino Macedonio Fernández). Pues bien, la huelga terminó. Los acontecimientos han cesado de hacer huelga. Nos encontramos incluso, con los atentados de Nueva York y las Torres Gemelas, con el acontecimiento absoluto, con la "madre" de todos los acontecimientos, con el acontecimiento puro que concentra en sí todos los acontecimientos que jamás han ocurrido.

      Todo el juego de la historia y del poder ha sido trastocado, así como también las condiciones del análisis. Es preciso tomarse un tiempo. En cuanto los acontecimientos estaban estancados era necesario anticiparse y correr más que ellos. Cuando se aceleraron hasta este punto, se hace preciso ir más lento. Sin dejarse sin embargo engullir bajo la confusión del discurso y la nube de la guerra, guardando completamente intacta la fulguración inolvidable de las imágenes.

      Todos los discursos y comentarios traicionan una gigantesca abreacción del acontecimiento mismo y de la fascinación que ejerce. La condena moral, la unión sagrada contra el terrorismo se encuentran a la misma altura del júbilo prodigioso de ver destruir esta superpotencia mundial, incluso de verla de algún modo destruirse a ella misma, suicidándose bellamente. Pues es ella quien, por su insoportable poder, ha fomentado toda esta violencia infundida por el mundo y por consiguiente esta imaginación terrorista que (sin saberlo) vive en nosotros.

      Que hayamos soñado con este acontecimiento, que todo el mundo sin excepción haya soñado con él, que nadie pueda evitar soñar con la destrucción de un poder que ha llegado a ser hasta tal punto hegemónico, eso es inaceptable para la conciencia moral occidental. Y sin embargo es un hecho, y este hecho se mide justamente con la violencia patética de todos los discursos que quieren borrarlo.

      En el límite, son ellos quienes lo han hecho, pero somos nosotros quienes lo hemos querido. Si no se tiene esto en cuenta, el acontecimiento pierde toda dimensión simbólica y se convierte en un accidente puro, un acto puramente arbitrario, la fantasmagoría homicida de algunos fanáticos que bastaría con suprimir. Ahora bien, nosotros sabemos que no es así. De ahí todo el delirio contra-fóbico del exorcismo del mal, lo que constituye por todas partes un oscuro objeto del deseo. Sin esta complicidad profunda, el acontecimiento no tendría el eco que ha tenido y, en su estrategia simbólica, los terroristas saben sin duda que pueden contar con esta complicidad inconfesable.

      Lo cual sobrepasa de lejos el odio que, hacia la potencia mundial dominante, se mantiene entre los desheredados y los explotados, entre los que han caído del lado malo del orden mundial. Este maligno deseo se encuentra también en el corazón de los que comparten los beneficios. La alergia a todo orden definitivo, a toda potencia definitiva, es felizmente universal, y las dos torres del World Trade Center encarnan a la perfección, en su gemelidad justamente, este orden definitivo.

      No hay necesidad de una pulsión de muerte o destrucción, ni tampoco de un efecto perverso. Es muy lógico, e inexorable, que el ascenso del poder exacerbe la voluntad de destruirlo. Y él es cómplice de su propia destrucción. Cuando las dos torres se han derrumbado teníamos la impresión de que respondían al suicidio de los aviones con su propio suicidio. Se ha dicho: "Dios mismo no puede declararse la guerra". Vale. Pero Occidente, en posición de Dios (de toda potencia divina y legitimidad moral absoluta), se convierte en suicida y se declara la guerra a él mismo.

      Las innumerables películas de catástrofes testimonian este fantasma, que ellas evidentemente conjuran por la imagen, ahogándolo con la imagen de los efectos especiales. Pero la atracción universal que esos films ejercen, al igual que la pornografía, muestra que el paso al acto es siempre próximo -la veleidad de denegación de todo sistema es tanto más fuerte cuanto más se aproxima a la perfección su potencia.

      Por otra parte, es completamente cierto que los terroristas (¡no más que los expertos!) no habían previsto el hundimiento de las Torres Gemelas, cosa que fue, mucho más que el golpe al Pentágono, el choque simbólico más fuerte. El derrumbamiento simbólico de todo un sistema se ha producido por una complicidad imprevisible, como si, al hundirse ellas mismas, suicidándose, las torres hubiesen entrado en el juego para consumar el acontecimiento.

      En un sentido, es el sistema entero quien, por su fragilidad interna, echa una mano a la acción inicial. Cuanto más se concentra mundialmente el sistema, no constituyendo en el límite más que una sola red, más llega a ser vulnerable en un solo punto (ya un solo pequeño hacker filipino había logrado, desde el fondo de su ordenador portátil, lanzar el virus "I love you", quien había dado la vuelta al mundo, devastando redes enteras). Aquí, son dieciocho kamikazes quienes, gracias al arma absoluta de la muerte, multiplicada por la eficiencia tecnológica, desencadena un proceso catastrófico global.

      Cuando la situación está tan monopolizada por la potencia mundial, cuando uno tiene relación con esta formidable condensación de todas las funciones, por la automatización tecnocrática y el pensamiento único, ¿qué otra baza hay para cambiar la situación que no sea terrorista? Es el sistema mismo quien ha creado las condiciones objetivas de esta confusión brutal. Recogiendo para sí mismo todas las cartas, el sistema fuerza al Otro a cambiar las reglas del juego. Y las nuevas reglas son feroces porque el tablero es feroz. En un sistema del cual los excesos de poder proponen incluso un desafío insoluble, los terroristas responden con un acto definitivo, del cual la salida también es imposible. El terrorismo es el acto que restituye un singularidad irreductible en el corazón de un sistema de intercambio generalizado. Todas las singularidades (las especies, los individuos, las culturas), que han pagado con su muerte la instalación de una circulación mundial regida por un único poder, se vengan hoy con esta transferencia terrorista de la situación.

      Terror contra terror -ya no hay ideología detrás de todo esto. En lo sucesivo estamos más allá de la ideología y la política. La energía que alimenta el terror: ninguna ideología, ninguna causa, ni siquiera islámica, puede dar cuenta de eso. El terrorismo ni siquiera apunta a transformar el mundo. Se dirige (como las herejías en su tiempo) a radicalizarlo por el sacrificio, mientras que el sistema apunta a realizarlo por la fuerza.

      El terrorismo, como el virus, está por todas partes. Hay una repercusión mundial del terror, que es como la sombra que acompaña a todo el sistema de dominio, presta por todas partes a despertarse como un agente doble. Ya no hay línea de demarcación que permita comprenderlo, pues está en el corazón mismo de esta cultura que lo combate, y la fractura visible (y el odio) que contrapone en el plano mundial a los explotados y los subdesarrollados con el mundo occidental, se une secretamente con la fractura interna en el sistema dominante. Éste puede hacer frente a todo antagonismo visible. Pero contra el otro, de estructura viral -como si todo aparato de dominio segregase su antidispositivo, su propio fermento de desaparición-, contra esta forma de reversión casi automática de su propio poder, el sistema no puede nada. Y el terrorismo es la honda de choque de esta reversión silenciosa.

      No es por lo tanto un choque de civilizaciones, ni de religiones, pues esto sobrepasa de lejos al Islam y a América, sobre los cuales se intenta focalizar el conflicto para darse la ilusión de un enfrentamiento visible y de una solución de fuerza. Se trata más bien de un antagonismo fundamental, pero que designa, a través del espectro de América (que es quizás el epicentro, pero de ningún modo la encarnación de la mundialización misma) y a través del espectro del Islam (que tampoco es la encarnación del terrorismo), que la mundialización triunfante lucha contra sí misma. En este sentido, se puede hablar de una guerra mundial, pero no de la tercera, sino de la cuarta y la única verdaderamente mundial, puesto que tiene por tablero la mundialización misma. Las dos primeras guerras mundiales respondían a la imagen clásica de la guerra. La primera puso fin a la supremacía de Europa y de la era colonial. La segunda puso fin al nazismo. La tercera, que ha tenido lugar bajo forma de guerra fría y de disuasión, puso fin al comunismo. De la una a la otra, cada vez hemos ido más lejos, hacia un orden mundial único. Hoy éste, virtualmente llegado a su término, se encuentra en conflicto con las fuerzas antagonistas, por todas partes difundidas, hasta el corazón mismo del mundo, en todas las convulsiones actuales. Guerra fractal de todas las células, de todas las singularidades que se sublevan bajo forma de anticuerpos. Enfrentamiento de tal modo inasible que es preciso de vez en cuando salvar la idea de la guerra por puestas en escena espectaculares, tales como las del Golfo u hoy la de Afganistán. Pero la cuarta guerra mundial se libra en otra parte. Presiona con fuerza en todo el orden mundial, en toda la dominación hegemónica -si el Islam dominase el mundo el terrorismo se levantaría contra el Islam, ya que es el mundo quien se resiste a la mundialización.

      El terrorismo es inmoral. El suceso del World Trade Center, este desafío simbólico, es inmoral, y responde a una globalización que es ella misma inmoral. Seamos nosotros mismos inmorales y, si queremos comprender algo en todo esto, intentemos ver un poco más allá del Bien y del Mal. Por una vez que tenemos un acontecimiento que desafía, no solamente la moral, sino toda clase de interpretación, tratemos de tener la inteligencia del Mal. El punto crucial está justamente aquí: en el contrasentido total de la filosofía occidental, la de las Luces, en cuanto a la relación del Bien y del mal. Nosotros creemos ingenuamente que el progreso del Bien, su poderoso ascenso en todos los dominios (ciencias, técnicas, democracia, derechos del hombre) corresponde a un derrota del Mal. Nadie parece haber comprendido que el Bien y el Mal ascienden en poder al mismo tiempo, y según el mismo movimiento. El triunfo de uno no arrastra la aniquilación del otro, sino lo contrario. Se considera el Mal, metafísicamente, como una rebaba accidental, pero este axioma, de donde proceden todas las formas maniqueas de lucha del Bien contra el Mal, es ilusoria. El Bien no reduce al Mal, ni por otra parte lo opuesto: son a la vez irreductibles el uno al otro y su relación es inextricable. En el fondo, el Bien no podría hacer fracasar al Mal más que renunciando a ser el Bien, puesto que, apropiándose del monopolio mundial del poder, arrastra por allí una llamarada de violencia proporcional.

      En el universo tradicional, había aún una balanza del Bien y del Mal, según una relación dialéctica que aseguraba de alguna manera la tensión y el equilibrio del universo moral -un poco como en la guerra fría el cara a cara de los dos poderes aseguraba el equilibrio del terror. Por lo tanto, no había supremacía del uno sobre el otro. Este equilibrio está roto a partir del momento en el cual se da una extrapolación total del Bien (hegemonía de lo positivo sobre cualquier forma de negatividad, incluida la muerte, sobre toda fuerza adversa de poder- triunfo de lo valores del Bien en toda línea). A partir de esto, el equilibrio está roto, y es como si el Mal retomase una autonomía invisible que se desarrollará en lo sucesivo de una manera exponencial.

      Salvadas la distancias, es un poco lo que se produce en el orden político con la aniquilación del comunismo y el triunfo mundial del poder liberal: es entonces cuando surge un enemigo fantasmal, flotando sobre todo el planeta, filtrándose por todas partes como un virus, y surgiendo de todos los intersticios del poder. El Islam. Pero el Islam no es más que el frente móvil de cristalización de este antagonismo. Este antagonismo está por todas partes, y está en cada uno de nosotros. Por lo tanto, terror contra terror. Pero un terror asimétrico. Y es esta asimetría quien deja a la entera potencia mundial completamente desarmada. Vuelta sobre sí misma, no puede más que hundirse en su propia lógica de relación de fuerzas, sin poder actuar sobre el terreno del desafío simbólico y de la muerte, del cual ella no tiene ninguna idea, puesto que lo ha tachado de su propia cultura.

      Hasta aquí, este poder integrante ha logrado largamente absorber y reabsorber toda crisis, toda negatividad, creando en ello incluso una situación profundamente desesperante (no solamente para los condenados de la tierra, sino para los ricos y privilegiados también, en su confort radical). El suceso fundamental es que los terroristas han cesado de suicidarse inútilmente y ponen en juego su propia muerte de manera ofensiva y eficaz según una intuición estratégica que es simplemente la de la inmensa fragilidad del adversario, la de un sistema llegado a su cuasi-perfección y de golpe vulnerable a la menor chispa. Ellos han logrado hacer de su propia muerte un arma absoluta contra un sistema que vive de la exclusión de la muerte, cuyo ideal es el del cero muertos. Todo sistema de cero muertos es en suma nulo. Y todos los medios de disuasión y destrucción no pueden nada contra un enemigo que ya ha hecho de su muerte un arma contraofensiva. "¡Que importan los bombardeos americanos! ¡Nuestros hombres tiene tantas ganas de morir como los americanos de vivir!". De donde la falta de equivalencia de los 7.000 muertos conseguidos de un solo golpe en un sistema de cero muertos.

      Así pues, aquí todo se juega sobre la muerte, no solamente por la irrupción brutal de la muerte en directo, en tiempo real, sino por la irrupción de una muerte mucho más que real: simbólica y sacrificial -es decir, el acontecimiento absoluto y sin aviso.

      Tal es el espíritu del terrorismo.
      No atacar jamás al sistema en términos de relación de fuerzas. Eso es el imaginario (revolucionario) que impone el sistema mismo, que no sobrevive más que de llevar sin cesar a los que le atacan a combatir sobre el terreno de la realidad, que es por siempre el suyo. Debemos desplazar la lucha a la esfera simbólica, donde la regla es la del desafío, de la reversión, de la puja. De tal modo que a la muerte no se la pueda responder más que por una muerte igual o superior. Desafiar al sistema por un don al que no se puede responder si no es por su propia muerte y su propio derrumbamiento.

      La hipótesis terrorista es que el sistema mismo se suicida en respuesta a los desafíos múltiples de la muerte y del suicidio. Pues ni el sistema ni el poder escapan a la obligación simbólica -y es sobre esta trampa donde reposa la única oportunidad de su catástrofe. Este círculo vertiginoso del intercambio imposible de la muerte, la del terrorista, es un punto infinitesimal, pero que provoca una aspiración, un vacío, una convección gigantescas. Alrededor de este punto ínfimo, todo el sistema, el de lo real y el del poder, se densifica, se tanatiza, se recoge sobre él mismo y se abisma en su propia sobreeficacia.

      La táctica del modelo terrorista es provocar un exceso de realidad y hacer hundirse el sistema bajo ese exceso. Toda la hilaridad de la situación, al mismo tiempo que la violencia movilizada del poder, se vuelven contra él, pues los actos terroristas son a la vez el espejo desorbitante de su propia violencia y el modelo de una violencia simbólica que le es prohibida, de la única violencia que él no puede ejercer: la de su propia muerte.

      Por lo tanto, toda el poder visible no puede nada contra la muerte ínfima, pero simbólica, de algunos individuos.

      Es preciso rendirse a la evidencia de que un nuevo terrorismo ha nacido, una forma de acción nueva que juega el juego y se apropia de sus reglas para perturbarlas mejor. No solamente aquellas gentes luchan con armas iguales sino que ponen en juego su propia muerte, a la que no hay respuesta posible ("son unos cobardes") porque se han apropiado de todas las armas del poder dominante. El dinero y la especulación bursátil, las tecnologías informáticas y aeronáuticas, la dimensión espectacular y las redes mediáticas: ellos han asimilado todo de la modernidad y de la mundialización, pero sin cambiar de objetivo, que es destruirlas.

      En el colmo de la astucia, ellos han incluso utilizado la banalidad de la vida cotidiana americana como máscara y doble juego. Durmiendo en sus extrarradios, leyendo y estudiando en familia, antes de despertarse de un día para otro como si fueran bombas retardadas. La maestría sin fallo de esta clandestinidad es casi tan terrorista como el acto espectacular del 11 de septiembre. Pues ella arroja la sospecha sobre no importa qué individuo: ¿cualquier ser inofensivo no es un terrorista en potencia? Si aquellos han podido pasar inadvertidos, entonces cada uno de nosotros es un criminal inadvertido (cada avión llega a ser él también sospechoso), y en el fondo es quizá verdad. Esto corresponde tal vez a una forma inconsciente de criminalidad potencial, enmascarada y cuidadosamente rechazada, pero siempre susceptible, si no de resurgir, al menos de vibrar secretamente en el espectáculo del mal. Así el acontecimiento se ramifica hasta el detalle -fuente de un terrorismo mental más sutil todavía.

      La diferencia radical es que los terroristas, disponiendo completamente de las armas del sistema, disponen además de una arma fatal: su propia muerte. Si ellos se contentasen en combatir el sistema con sus propias armas, serían inmediatamente eliminados. Si ellos no le opusiesen más que su propia muerte, desaparecerían rápidamente en un sacrificio inútil -lo que el terrorismo ha hecho casi siempre hasta aquí (así los atentados suicidas palestinos), por lo que estaba destinado al fracaso.

      Todo cambia desde el momento en que ellos conjugan todos los medios modernos disponibles con este arma altamente simbólica. Ésta multiplica hasta el infinito el potencial destructor. Es esta multiplicación de factores (que a nosotros nos parecen irreconciliables) lo que les da tal superioridad. La estrategia del cero muertos, por el contrario, la de la guerra "justa" tecnológica, deja precisamente de lado esta transfiguración del poder real por el poder simbólico.

      El logro prodigioso de tal atentado crea un nuevo problema y para comprender algo de él es preciso liberarnos de nuestra óptica occidental para ver lo que ocurre en su organización y en la cabeza de los terroristas. Una tal eficacia supondría en nosotros un máximo de cálculo, de racionalidad, que nos cuesta imaginar en los otros. E incluso en este caso, siempre habría habido, como en cualquier organización racional o servicio secreto, fugas y deserciones.

      Por tanto, el secreto de tal éxito está en otra parte. La diferencia es que no se trata, entre ellos, de un contrato de trabajo, sino de un pacto y de una obligación sacrificial. Una obligación así se encuentra al abrigo de todo defecto y de toda corrupción. El milagro es haberse adaptado a la red mundial, al protocolo técnico, sin perder nada de esta complicidad entre la vida y la muerte. En el reverso del contrato, el pacto no alía a los individuos -incluso su "suicidio" no es heroísmo individual, sino un acto sacrificial colectivo sellado por una exigencia ideal. Y es la conjugación de los dos dispositivos, el de una estructura operacional y el de un pacto simbólico, lo que ha hecho posible un acto de tal envergadura.

      Nosotros ya no tenemos ninguna idea de lo que es un cálculo simbólico, como en el póker o el potlatch: entramado mínimo, resultado máximo. Exactamente lo que han obtenido los terroristas en el atentado de Manhattan, cosa que ilustraría bastante bien la teoría del caos: un choque inicial que provoca consecuencias incalculables, mientras que el despliegue gigantesco de los americanos ("Tempestad del desierto") no tiene más que efectos irrisorios -el huracán que termina por así decir en un aleteo de mariposa.

      El terrorismo suicida era un terrorismo de pobres, éste es un terrorismo de ricos. Es esto lo que nos da verdaderamente miedo: los que han devenido ricos (y ellos tienen para esto todos los medios) no dejan de querer nuestra perdición. Ciertamente, según nuestros sistema de valores, ellos hacen trampas: no está en juego el poner en cuestión la propia muerte. Pero ellos de eso no tienen cura, y las nuevas reglas del juego ya no nos pertenecen.

      Todo vale para desacreditar sus actos. Así, tratarlos de "suicidas" y de "mártires". Para añadir inmediatamente que el martirio no prueba nada, que no tiene nada que ver con la verdad y que es incluso (citando a Nietzsche) el enemigo número uno de la verdad. Ciertamente, su muerte no prueba nada, pero no hay nada que probar en un sistema en el cual la verdad misma es inalcanzable -¿o es que somos nosotros quienes pretendemos apresarla? Por otra parte, este argumento altamente moral se invierte solo. Si el martirio voluntario de los kamikazes no prueba nada, entonces el martirio involuntario de las víctimas del atentado tampoco prueba nada, y hay algo de inconveniente y obsceno en hacer de ello un argumento moral (esto no prejuzga en nada su sufrimiento y su muerte).

      Otro argumento de mala fe: estos terroristas intercambian su muerte por un lugar en el paraíso. Su acto no es gratuito, por tanto no es auténtico. Sería gratuito solamente si ellos no creyesen en Dios, si la muerte ocurriera sin esperanza, como ocurre en nosotros (sin embargo, los mártires cristianos solamente confiaban en aquélla equivalencia sublime). Por consiguiente, aún en esto ellos no luchan con armas iguales, puesto que tienen derecho a la salvación, de la cual nosotros no podemos ni siquiera concebir la esperanza. Así, nosotros hacemos de nuestra muerte un luto, mientras que ellos pueden hacer de ella un envite de muy alta definición.

      En el fondo, todo esto, la causa, la prueba, la verdad, la recompensa, el fin y los medios, es una fórmula de cálculo típicamente occidental. Incluso la muerte, nosotros la evaluamos en tasas de interés, en términos de relación calidad-precio. Cálculo económico que es un cálculo de pobres y que ni siquiera tiene el coraje de poner un precio.

      ¿Qué puede ocurrir -aparte de la guerra, que es ella misma una pantalla de protección convencional? Se habla de bioterrorismo, de guerra bacteriológica o de terrorismo nuclear. Pero nada de todo eso es del orden del desafío simbólico, sino del de la aniquilación sin nombre, sin gloria, sin riesgo, del orden de la solución final.

      Ahora bien, es un contrasentido ver en la acción terrorista una lógica puramente destructiva. Parece más bien que su propia muerte es inseparable de su acción (es justamente lo que hace de ello un acto simbólico) y en absoluto la eliminación impersonal del otro. Todo está en el desafío y en el duelo, es decir, en una relación dual, personal, con el poder adverso. Es él quien os ha humillado y es él quien debe ser humillado. Y no simplemente exterminado. Es preciso hacerle perder la cara. Y esto no se obtiene nunca por la fuerza pura y por la supresión del otro. Éste debe ser visualizado y aplastado en plena adversidad. Fuera del pacto que liga a los terroristas entre sí hay algo de pacto dual con el adversario. Así pues, es exactamente lo contrario de la cobardía de la que se les acusa. Y es exactamente lo contrario de lo que hacen, por ejemplo, los americanos en la guerra del Golfo (y lo que están repitiendo en Afganistán): diana invisible, liquidación operacional.

      De todas estas peripecias nosotros guardamos por encima de todo la visión de las imágenes. Y debemos guardar esta pregnancia de imágenes y su fascinación, pues ellas son, queramos o no, nuestra escena primitiva. Y los acontecimientos de Nueva York, al mismo tiempo que han radicalizado la situación mundial, han radicalizado también la relación de la imagen con la realidad. Mientras teníamos que ver con una profusión ininterrumpida de imágenes banales y con una marea ininterrumpida de sucesos simulados, el acto terrorista de Nueva York resucita a la vez la imagen y el acontecimiento.

      Entre otras armas del sistema que ellos han vuelto contra él, los terroristas han explotado el tiempo real de las imágenes, su difusión mundial instantánea. Se la han apropiado con el mismo derecho que la especulación bursátil, la información electrónica o la circulación aérea. El papel de la imagen es altamente ambiguo. Porque al mismo tiempo que exalta el acontecimiento lo toma como rehén. Juega como multiplicación al infinito y al mismo tiempo como diversión y neutralización (esto fue ya así para los sucesos de 1968). Lo que se olvida siempre cuando se habla del "peligro" de los media. La imagen consume el acontecimiento, en el sentido que lo absorbe y lo da a consumir. Ciertamente, ella le da un impacto inédito hasta aquí, pero en tanto que acontecimiento-imagen.

      ¿Qué es del acontecimiento real cuando por doquier la imagen, la ficción, lo virtual taladran la realidad? En el caso presente, se ha creído ver (con un cierto alivio quizá) un resurgir de lo real y de la violencia de lo real en un universo pretendidamente virtual. "¡Se acabaron todas las historias de lo virtual -esto es real!". Asimismo, hemos podido ver en ello una resurrección de la historia más allá de su fin anunciado. ¿Pero la realidad sobrepasa verdaderamente la ficción? Si parece hacerlo es porque ha absorbido su energía y porque ella misma adviene ficción. Se podría casi decir que la realidad tiene celos de la ficción, que lo real está celoso de la imagen... Es una especie de duelo entre ellos para ver a quién pertenecerá lo más inimaginable.

      El desmoronamiento de las Torres Gemelas es inimaginable, pero esto no basta para hacer de ello un acontecimiento real. Un aumento de violencia no basta para alcanzar la realidad. Porque la realidad es un principio, y es este principio el que se ha perdido. Real y ficción son inextricables, y la fascinación del atentado es ante todo la de la imagen (las consecuencias, a la par jubilosas y catastróficas, son ellas mismas ampliamente imaginarias).

      En este caso, pues, lo real se añade a la imagen como una prima de terror, como un estremecimiento más. No solamente es aterrador, sino que además es real. Más que la violencia de lo real esté ahí en primer término, y se le añada el escalofrío de la imagen, la imagen está ahí primero y a ello se añade el escalofrío de lo real. Algo así como una ficción añadida, una ficción que sobrepasa la ficción. Ballard (después de Borges) hablaba así de reinventar lo real como la última y la más temible ficción.

      Esta violencia terrorista no es pues un rebufo de la realidad, no más que de la historia. Esta violencia terrorista no es "real". Es peor, en un sentido: es simbólica. La violencia en sí puede ser perfectamente banal e inofensiva. Solamente la violencia simbólica es generadora de singularidad. Y en este acontecimiento singular, en este film catastrófico de Manhattan se conjugan hasta el más alto nivel los dos elementos de fascinación de masas del siglo XX: la magia blanca del cine y la magia negra del terrorismo. La luz blanca de la imagen y la luz negra del terrorismo.

      Se busca después del golpe imponerle cualquier sentido, encontrarle cualquier interpretación. Pero no la hay, y es la radicalidad del espectáculo, la brutalidad del espectáculo, la única original e irreductible. El espectáculo del terrorismo impone el terrorismo del espectáculo. Y contra esta fascinación inmoral (incluso si ella desencadena una reacción moral universal) el orden político no puede nada. Es nuestro teatro de nuestra crueldad, lo único que nos queda -extraordinario en reunir la más alta cima de lo espectacular y la más alta cima del desafío. Es al mismo tiempo el micromodelo fulgurante de un nudo de violencia real con una cámara de amplificación maximal -consecuentemente, la forma más pura de lo espectacular- y un modelo sacrificial que opone al orden histórico y político la forma simbólica más pura del desafío.

      Cualquier matanza le sería perdonada si tuviese un sentido, si pudiera interpretarse como violencia histórica -tal es el axioma moral de la buena violencia. Cualquier violencia le sería perdonada, si no hubiese sido relevada por los medios ("El terrorismo no sería nada sin los medios"). Pero todo esto es ilusorio. No hay buen uso de los medios. Los medios forman parte del acontecimiento, forman parte del terror y actúan en uno u otro sentido.

      El acto represivo recorre la misma espiral imprevisible del acto terrorista, nadie sabe dónde va a pararse ni las vueltas que va a generar. No hay distinción posible al nivel de las imágenes y de la información entre lo espectacular y lo simbólico, no hay distinción posible entre el "crimen" y la represión. Es este desencadenamiento incontrolable de la reversibilidad la verdadera victoria del terrorismo. Victoria visible en las ramificaciones y en las infiltraciones subterráneas del acontecimiento -no solamente en la recesión directa, económica, política, bursátil y financiera del conjunto del sistema, y en la recesión moral y psicológica que resulta de ello, sino en la recesión del sistema de valores, de toda la ideología de libertad, de libre circulación, etc., que era el orgullo del mundo occidental y del cual se vale para imponer su empresa sobre el resto del mundo.

      Hasta el punto que la idea de libertad, idea nueva y reciente, está ya borrándose de las costumbres y de las conciencias, y que la mundialización liberal está realizándose bajo la forma exactamente inversa: la de una mundialización policial, de un control total, de un terror asegurador. La desregularización termina en un máximo de imposiciones y de restricciones iguales a las de una sociedad fundamentalista.

      La flexibilización de la producción, del consumo, de la especulación, del crecimiento (¡no ciertamente de la corrupción!): todo ocurre como si el sistema mundial operara un repliegue estratégico, una revisión desgarradora de sus valores -en reacción defensiva parece un impacto del terrorismo, pero respondiendo en el fondo a las complicidades secretas- regulación forzada surgida del desorden absoluto, pero que él se impone a sí mismo, interiorizando de algún modo su propia derrota.

      Otro aspecto de la victoria de los terroristas es que todas las otras formas de violencia y de desestabilización del orden actúan en su favor: terrorismo informático, terrorismo biológico, terrorismo del ántrax y del rumor, todo se le imputa a Ben Laden. Se podría incluso reivindicar en su activo las catástrofes naturales. Todas las formas de desorganización y de circulación perversa se aprovechan de él. La estructura incluso del intercambio generalizado actúa en favor del intercambio imposible. Es como una escritura automática del terrorismo, realimentada por el terrorismo involuntario de la información. Con todas las consecuencias pánicas que resultan de ello: si, en toda esta historia del ántrax, la intoxicación actúa ella misma como por una cristalización instantánea, como una solución química al simple contacto de una molécula, es que todo el sistema ha alcanzado una masa crítica que le hace vulnerable a cualquier agresión.

      No hay solución en esta situación extrema, sobre todo a través de la guerra, que no ofrece más que una situación de algo déjà-vu, con el mismo torrente de fuerzas militares, de información fantasma, de matracas inútiles, de discursos pérfidos y patéticos, de despliegue tecnológico y de intoxicación. En resumen, como la guerra del Golfo, un no acontecimiento, un acontecimiento que no ha tenido verdaderamente lugar.

      Es por otra parte su razón de ser: sustituir un verdadero y formidable acontecimiento, único e imprevisible, por un pseudo-acontecimiento repetitivo y ya visto. El atentado terrorista correspondía a una precesión del acontecimiento sobre todos los modelos de interpretación, mientras que esta guerra tontamente militar y tecnológica corresponde inversamente a una precesión del modelo sobre el acontecimiento, consiguientemente, a un envite fáctico y a un no lugar. La guerra como prolongación de la ausencia de política por otros medios.


Traducción: Carmen López y Ignacio Castro Rey.
(Microfisuras, nº16, Vigo, 2001; Power Inferno, Arena, Madrid, 2003)




Velo

Alain Badiou

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.


      1. Amables republicanas y republicanos arguyeron un día que hacía falta una ley para prohibir cualquier velo sobre los cabellos de las chicas. Primero en la escuela, después en otros sitios, en todas partes si es posible.¿Qué digo, una ley? ¡Una Ley! El presidente de la República era un político tan limitado como insumergible. Elegido totalitariamente por el 82% de los electores, todos los socialistas entre ellos, personas entre las que se encontraban muchos amables republican(a)os en cuestión, asintió con la cabeza: una ley, sí, una Ley contra las escasas mil chicas que se ponen dicho velo sobre los cabellos. ¡Pelonas, sarnosas!¡Musulmanas además! Así es como, una vez más, en la línea de la capitulación de Sedan, de Pétain, de la guerra de Argelia, de las bribonadas de Mitterrand, de las leyes perversas contra los obreros sin papeles, Francia sorprendió al mundo. Después de las tragedias, la farsa.

      2. Sí, Francia ha encontrado por fin un problema a su medida: el velo en la cabeza de algunas chicas. Podemos decirlo: se ha detenido la decadencia de este país. La invasión musulmana, diagnosticada hace mucho por Le Pen, confirmada hoy por incuestionables intelectuales ha encontrado interlocutor. La batalla de Poitiers fue una menudencia; Charles Martel, un segundón. Chirac, los socialistas, las feministas, los intelectuales de la Luces afectados de islamofobia ganarán la batalla del velo. De Poitiers al velo, la consecuencia es buena y el progreso, considerable.

      3. A causa grandiosa, argumentos de nuevo cuño. Por ejemplo: el velo debe ser proscrito por lo que tiene de símbolo del poder masculino (el padre, el hermano mayor) sobre estas chicas o mujeres. Por lo tanto, se excluirá a las que se obstinen en llevarlo. En resumen: estas chicas o mujeres están oprimidas. Por tanto, serán castigadas. Es un poco como si dijéramos: "Esta mujer ha sido violada, que se la meta en la cárcel". El velo es tan importante que merece una lógica con axiomas renovados.

      4. O al contrario: ¡son ellas, las rebeldes y pillinas, las que quieren llevarlo libremente, el maldito velo ese! Por lo tanto, serán castigadas. Escuchad: ¿ acaso no es el símbolo de una opresión masculina?¿No tienen nada que ver en esto el padre y el hermano mayor? Entones, ¿de dónde sale que haya que prohibir este velo? Es que es ostensiblemente religioso. Estas pillinas ostentan sus creencias. ¡Pues a la picota!

      5. O es el padre y el hermano mayor, y el velo debe ser feministamente arrancado. O es la propia chica según sus creencias, y debe ser laicamente arrancado. No hay velo bueno. Cabeza desnuda, ¡en todas partes! Que, como se decía antes -hasta los no- musulmanes lo decían- todo el mundo salga a cabeza descubierta.

      6. La República de hoy: ¡a quitarse el sombrero!

      7. Fíjense bien que el padre y el hermano mayor de la chica del velo no son simples comparsas paternos. Se insinúa con frecuencia, a veces se declara: el padre es un currante embrutecido, un pobre tipo llegado directamente del campo y empleado en las cadenas de Renault. Un arcaico. Pero estúpido. El hermano mayor trapichea costo. Un moderno. Pero corrupto. Suburbios patibularios. Clases peligrosas.

      8. A las taras de otras religiones la religión musulmana añade ésta, gravísima: en este país [Francia], es la religión de los pobres.

      9. Velo, visto desde este punto de vista: unos pobres oprimen a otros pobres bajo la mirada de un Dios pobre. "¡Asqueroso!", dice el pequeño burgués, cuya situación acomodada ya sólo cree en su propia perpetuación.

      10. Uno que conoce bien este asunto y con el que hace ya muchos años discutía acerca del velo: "Entonces, ¿tú querrías que el cabello fuera un símbolo sexual y que a este título hubiera que ocultarlo?" Yo no quiero nada. Pero, vaya, recordemos, Baudelaire:

     ¡Oh, melena encrespada sobre el escote!
     ¡Oh, bucles!¡Oh, perfume cargado de indolencia
     ! ¡Éxtasis!¡Para poblar esta noche la oscura alcoba
     de los recuerdos que duermen en esta cabellera,
     quiero agitarla al aire como un pañuelo!
     ¡Diablos, una fantasmagoría de musulmán!

      11. He conocido la época en la que una mujer se soltaba el pelo (¡ah, dulce caída impalpable sobre los hombros!) para indicar su consentimiento amoroso. ¿Era esto una afrenta a la laicidad?¿Un encarcelamiento de la feminidad? Quizá, quizá...

      12. Imaginemos al director de un instituto, seguido de una cuadrilla de inspectores armados de centímetros, de tijeras, de libros de jurisprudencia: se va a verificar a las puertas del establecimiento si los velos, kippas y otros tocados son "ostentatorios".¿ Este velo del tamaño de un sello de correos posado sobre un moño? ¿Esta kippa como una moneda de dos euros? Sospechoso, muy sospechoso. Lo minúsculo podría muy bien ser ostentación de lo mayúsculo. Pero, ¿qué veo? ¡Cuidado!¡Una chistera!¡Ay! Mallarmé lo dijo al ser preguntado sobre la chistera: "Quien se ha puesto algo parecido no se lo puede quitar. El mundo acabará, el sombrero no". Ostentación de eternidad.

      13. La laicidad. ¡Un principio inoxidable! El instituto de hace tres o cuatro décadas: prohibición de mezclarse los sexos en la misma clase, pantalón prohibido a las chicas, catecismo, capellán. La comunión solemne, con los mozos con un brazalete blanco y las mozas bajo un velo de tul. Un verdadero velo y no un pañuelo. ¿Y quieren ustedes que yo considere criminal este pañuelo?¿Este signo de un desfase, de una agitación, de un enmarañamiento temporal?¿Qué haya que excluir a estas señoritas que agradablemente mezclan ayer y hoy? Venga, dejen hacer a la trituradora capitalista. Sean cuales sean las idas y las vueltas, los arrepentidos, las crecidas obreras desde lejos, ella sabrá sustituir a los dioses muertos de las religiones por el gordo Moloc de la mercancía.

      14. Por lo demás, ¿acaso la del comercio no es la verdadera religión masiva, al lado de la cual los musulmanes convencidos pasan por minoría ascética?¿Acaso no es el signo ostentatorio de esta religión degradante lo que podemos leer en los pantalones, en las deportivas, en las camisetas: Nike, Chevignon, Lacoste ...?¿No es aún más mezquino ser en la escuela la mujer-sandwich de un trust que la fiel de un Dios? Sabemos qué hace falta para dar en pleno blanco: una ley contra las marcas. A trabajar, Chirac. Prohibamos sin vacilar los signos ostentatorios del Capital.

      15. ¿Cómo? ¿Lo obligatorio es que vayan desnudas? ¿El muslo imperativamente descubierto?¿Lo mismo la teta?¿El ombligo atravesado por clavos legalmente al aire? En la piscina de una ciudad de provincias, algunas horas estaban reservadas a las mujeres. De ahí baños y risas de damas piadosas ordinariamente encerradas. El alcalde le ha puesto fin con este argumento de peso: " El cuerpo de las mujeres no se debe ocultar a las miradas" ¡Ya lo creo que sí! ¡Todas en cueros!¡Y bien rápido!

      16. Que me lo aclaren. ¿Qué es la racionalidad republicana y feminista de lo que se enseña y de lo que no se enseña del cuerpo en diferentes lugares y en épocas diferentes? Que yo sepa, aun en nuestro días, y no sólo en las escuelas, no se enseña el extremo de los senos ni el vello del pubis ni la verga. ¿Tendría que enfadarme porque estas partes se "oculten a las miradas"?¿Sospechar los maridos, los amantes, los hermanos mayores? Hace poco en nuestros campos, todavía hoy en Sicilia y en otros lugares, las viudas llevan pañoletas negras, medias oscuras, mantillas. Para ello no hace falta ser la viuda de un terrorista islámico.

      17. Pero veo que la obligación tendencial es el desnudo. Los periodistas de Libération siempre han saludado la llegada de la minifalda como signo infalible de la caída inminente de los totalitarismos. La golondrina del vestido-corto hace el verano de los derechos humanos. Toda envoltura excesiva del cuerpo humano es sospechosa. La batalla de los senos desnudos en las playas se ganó por K.O. Sólo se pueden vender, sólo se saben vender coches, canarios enjaulados, hormigoneras o bigudíes bajo la imagen de mujeres abiertamente descubiertas. Brassens, que hace veinte años se creía "el pornógrafo del fonógrafo" parece hoy más pudibundo que una rata de sacristía. ¡Y aún así! Dichas ratas exigen hoy, a cual más, el derecho al matrimonio homosexual de sus sacerdotes.

      18. Se ha pasado de la consigna feminista "mi cuerpo es mío" a la consigna prostitucional "mi cuerpo es de todos". La propiedad, inmanente a lo primero, llevó, mala consejera, a lo segundo. De la propiedad a la subasta, la consecuencia es buena.

      19. Curiosa, la ira reservada por tantas damas feministas (en Elle, por ejemplo) a algunas chicas con velo, hasta el punto de suplicar al presidente Chirac, el soviético del 82%, que actúe con severidad en nombre de la Ley, cuando el cuerpo femenino prostituido está en todas partes, la pornografía más humillante se vende universalmente, los consejos de exposición sexual de los cuerpos se prodigan a toda página en las revistas para adolescentes. ¿Hemos visto a estas damas feministas exigir al presidente una ley contra estos escaparates de carnaza femenina? ¡Desde luego que no! Tendrían demasiado miedo de pasar por pudibundas o de ser acusadas de reestablecer la censura. Pero contra un puñado de chicas un poco cubiertas, ¡guerra sin cuartel!

      20. Una única explicación: una chica debe enseñar lo que tiene en venta. Debe exponer su mercancía. Debe indicar que a partir de ahora la circulación de mujeres obedece al modelo generalizado y no al intercambio restringido.¡Malditos sean los padres y hermanos mayores barbudos!¡Viva el mercado planetario! El modelo es el top- model(o).

      21. Creíamos haber comprendido que un derecho femenino intocable es el de desnudarse sólo delante de el (o la) que ella quiera. Pero no. Es imperativo esbozar a cada momento la acción de desnudarse. Quien mantiene a cubierto lo que pone en venta no es un comerciante honesto.

      22. A propósito de barbas. Se sabe que Luc Ferry, el ministro emplumado, ha considerado el reprimir las barbas de los hermanos mayores. Justo punto de vista igualitario: si se obliga a las chicas a enseñar sus cabellos, ¿por qué no forzar a los chicos cortarse los pelos? Desde el momento en que la pilosidad es un asunto de Estado...No sería desdeñable el beneficio sindical: toda una jerarquía nueva, los Barberos de Escuela, escondidos dentro de las aulas, con el jabón constantemente preparado. El descubrimiento de las chicas no promete algo tan jugoso. ¿Unos Descubridores? ¿Unos Desvestidores? ¿Unos Stripteasedores sindicados? No, verdaderamente es imposible. Qué lástima.

      23. Se mantendrá esto, que es bastante curioso: una ley sobre el velo es una ley capitalista pura. Ordena que se exponga la feminidad. En otras palabras, que bajo el paradigma mercantil sea obligatoria la circulación del cuerpo femenino. Prohíbe cualquier reserva en la materia -y entre las adolescentes, punto sensible de todo el universo subjetivo.

      24. Desde hace tiempo en las películas y declaraciones de una cineasta notoria se discierne un auténtico odio obsceno al erotismo, una feroz indiferencia sexual, un puritanismo de enterrador. Todo ello camuflado, como es necesario hoy en día, de provocaciones supurantes, de ostentación de modelos de referencia. Al oficiar en contra del velo esta "artista" decía en esencia: "Entonces, convertiríamos el lóbulo de la oreja en una nueva zona erógena". ¿Y por qué no, querida cineasta del sexo? ¡He aquí, por fin, una buena noticia para los erotómanos que somos: la creación, o recreación, de una zona erógena!

      25. Un poco en todas partes se dice que el "velo" es el intolerable símbolo del control de la sexualidad femenina. ¿Es que ustedes se piensan que hoy no está controlada la sexualidad femenina en nuestras sociedades? Esta ingenuidad haría desternillarse de risa a Foucault. Nunca se ha cuidado de la sexualidad femenina con tanto esmero, con tantos consejos sabios, tantas discriminaciones asestadas entre su buen tono y su mal uso. El placer se ha convertido en una siniestra obligación. La exposición universal de los trozos supuestamente excitantes, en un deber más rígido que el imperativo moral de Kant. A fin de cuentas, Lacan estableció hace mucho la isomorfía entre el ¡"Gozad, mujeres"! de nuestras gacetas y el imperativo "¡No gocéis"! de nuestras bisabuelos. El control comercial es más constante, más seguro, más masivo de lo que nunca haya podido ser el control patriarcal. La circulación prostitucional generalizada es más rápida y más fiable que los dificultosos encierros familiares, cuyo maltrato, entre la comedia griega y Moliere, ha hecho reír durante siglos.

      26. En la visión nómada del mundo, en la que uno se alegra de la circulación y del continuo intercambio de cuerpos, está claro que una moneda está autorizada a creerse lo más libre del mundo: es la que más circula.

      27. La mamá y la puta. En algunos países se hacen leyes reaccionarias para la mamá y contra la puta; en otros, leyes progresistas para la puta y contra la mamá. Sin embargo, lo que habría que recusar es la alternativa.

      28. Sin embargo, no por medio del "ni, ni", que no hace más que perpetuar en terreno neutro (¿en el centro, como Bayrou?) aquello que pretende discutir. Eso de "ni mamá, ni puta" es tristón. Como "ni puta, ni sumisa" que, a fin de cuentas, es absurdo: ¿acaso una "puta" no es generalmente sumisa? ¡Y cuánto! Respetuosas se las llamaba antiguamente. Sumisas públicas, en suma. Por lo que se refiere a "sumisas", quizá sólo son putas privadas.

      29. Siempre se vuelve a ello: el enemigo del pensamiento hoy es la propiedad, el comercio, cosas como almas, y no la fe. Más bien se dirá que lo que más falta es la fe (política). El "ascenso de los integrismos" no es más que el espejo en el que los saciados occidentales consideran con pavor la devastación de las conciencias que ellos dirigen. Y singularmente la ruina del pensamiento político, que tratan de organizar en todas partes, unas veces bajo cobertura democrática, otras con gran cantidad de paracaidistas humanitarios. En estas condiciones la laicidad, que se pretende al servicio de los saberes, sólo es una regla escolar de respeto de la competencia, de adiestramiento a las normas "occidentales" y de hostilidad hacia toda convicción. Es la escuela del consumidor "tranqui", del comercio blando, del propietario libre y del votante desengañado.

      30. Las religiones están tan desamparadas desde la muerte de Dios que en vez de exterminarse entre ellas, como desde siempre han hecho a las órdenes de sus respectivos dioses (que estaban tanto más rabiosos cuanto más eran trascendentalmente el Mismo) han tenido que decidirse a ayudarse unas a otras. Al Arzobispo no le gusta que se taquine a la Mezquita. El Imán, el Pastor y el Cura mantienen melancólicos conciliábulos. Incluso el Rabino y el Pope se suman a ellos. Mucho más que en la guerra de religiones y de civilizaciones -esta fantasmagoría que disimula complots de poderes y de petrodólares- creo en la internacional de los credos moribundos.

      31. De ahí que, evidentemente anti-musulmana, la Ley sobre el velo apene a todos los diputados de derecha que deben una parte de sus prebendas a electores católicos de las provincias profundas. Para dar el pego han inventado que habría que prohibir los signos ostentatorios... ¡de la política!¿Cuáles, por ejemplo? ¿Los hay?¿Es de creer que incluso en lo más profundo de los pueblos más tenebrosos se va a hacer en los tiempos que corren, aunque fuera en los terroríficos suburbios, una incautación de hoces y martillos? Stalines ostentatorios, velos en los que se imprime el rostro del Gran Timonel: no me parece que los patios de escuela ofrezcan universalmente este espectáculo. Lo lamento profundamente, pero es así. A veces yo mismo he ido a dar mi gran seminario público con una chapa, unas veces de Lenin, otras de mi querido Mao. ¡Pues bien: nadie se ha dado cuenta!

      32. Uno nunca se extasiará suficientemente con la trayectoria de esta singular feminista que, entregada a que las mujeres fueran libres, hoy sostiene que esta "libertad" es tan obligatoria que exige que se excluya a las chicas (y no a un solo chico) exclusivamente por su vestimenta. ¡Sorprendente!

      33. Toda la jerga social sobre las "comunidades" y el combate tan metafísico como furioso entre "la República" y "los comunitarismos" es una estupidez. Que se deje a la gente vivir como quiera, o como pueda, comer lo que tienen costumbre de comer, llevar turbantes, vestidos, velos, minifaldas o chanclas, prosternarse a cualquier hora ante dioses cansados, fotografiarse unos a otros haciendo zalemas o hablar jergas pintorescas. Este tipo de "diferencias" ni entorpece el pensamiento ni lo sustenta al no tener el menor alcance universal. Por lo tanto, no hay ninguna razón ni para respetarlas ni para vilipendiarlas. Que "el Otro" -como después de Levinas dicen los amantes de la teología discreta y de la moral portátil- viva un poquito de otra manera, he aquí una constatación que no come pan.

      34. La diversidad de costumbres y de creencias es todo lo más un testimonio superviviente de lo barroco del animal humano, algo que atrae nuestra atención como la atraen los loros blancos o las ballenas, porque la fuerza multiforme de la vida nos intriga y nos encanta.

      35. Respecto al hecho de que los animales humanos se reagrupen según su procedencia, es una consecuencia natural e inevitable de las condiciones generalmente miserables de su llegada. El único que puede, volens nolens, acogerte en el hogar de Sait Ouen l´Aumone es el primo, o el paisano del pueblo. Hay que ser obtuso para molestarse porque el chino vaya ahí donde ya hay chinos. A menos que se vuelva a las directrices del Partido Comunista Francés de hace treinta años: reparto igualitario del fardo de emigrantes entre todos los suburbios, ya sean de derecha o de izquierda. "¡Los árabes", decían en resumidas cuentas estos camaradas internacionalistas y proletarios "los árabes, todos nos los envían a nuestros ayuntamientos!"

      36. Para contener el comunitarismo y velar por la integración de los musulmanes hoy hay que ir más lejos de lo que antes fue el difunto PC Francés. Exijamos que por cada gran conjunto urbano haya como mucho dos familias marroquíes -y solo una de ellas numerosa-, una sola familia moderada de malianos, un soltero turco y medio tamil.

      37. El único problema concerniente a estas "diferencias culturales" y a estas "comunidades" no es, desde luego, su existencia social, de hábitat, de trabajo, de familia o de escuela. Es que sus nombres son vanos ahí donde aquello de lo que se trata es una verdad, ya sea arte, ciencia, amor o, sobre todo, política. Que mi vida de animal humano esté repleta de particularidades es la ley de las cosas. Que las categoría de esta particularidad se pretendan universales, y así se tome en serio al Sujeto, esto es lo que es regularmente desastroso. Lo que importa es la separación de los predicados. Puedo hacer matemáticas en pantalón de montar a caballo amarillo y puedo militar por una política sustraída a la "democracia" electoral con una cabellera de rasta. Ni el teorema es amarillo (o no-amarillo) ni la consigna que nos une tiene trenzas. Tampoco más que ausencia de trenzas.

      38. Inversamente: una verdad, política o de cualquier otro tipo, se reconoce en que el principio del que ella es una instancia particular no tiene él mismo nada de particular. Vale perfectamente para que cualquiera acceda a la situación a propósito de la cual se enuncia su instancia. De ahí que los militantes políticos, lo mismo que quienes demuestran un teorema o imaginan una obra de teatro o viven el encantamiento de un amor, creen todos ellos un pensamiento singular, que comparten a partir de soportes corporales y mentales completamente dispares. La particularidad, étnica, psicológica, religiosa, lingüística, sexual, ni entra como tal en el proceso de una verdad ni lo obstaculiza. Como ya decía San Pablo, antes de que lo volviera a decir Saint-Just: la particularidad no importa desde el momento en que está en juego una verdad.

      39. Que la escuela esté, dicen, tan amenazada por una particularidad tan insignificante como el velo de algunas chicas lleva a sospechar que de lo que se trata nunca es de la verdad sino de opiniones, bajas y conservadoras. ¿No hemos visto a políticos e intelectuales afirmar que la escuela está ahí en primer lugar para "formar ciudadanos"? Sombrío programa. En nuestros días el "ciudadano" es un pequeño vividor amargo aferrado a un sistema político del que ha prescrito toda apariencia de verdad.

      40. ¿No se estará preocupado, en las altas y bajas esferas, porque muchas chicas de origen argelino, marroquí, tunecino, con el moño bien recogido, el semblante austero, entregadas al trabajo, sean las temibles primeras de la clase junto con algunas chinas no menos volcadas al universo familiar? Hace falta en nuestros días no poca abnegación para ello. Y podría ser que la Ley del soviético Chirac diera como resultado la escandalosa exclusión de algunas alumnas excelentes.

      41. "Gozar sin trabas", esta majadería sesentaiochesca nunca ha hecho trabajar a pleno rendimiento el motor de los saberes. Cierta dosis de ascetismo voluntario, desde Freud conocemos la razón profunda de ello, no es ajeno al entorno de la enseñanza y de al menos algunos rudos fragmentos de verdades efectivas. De modo que, al fin y al cabo, puede servir un velo. Ahí donde a partir de ahora falta completamente el patriotismo, este alcohol fuerte de los aprendizajes, cualquier idealismo, aunque sea de pacotilla, es bien recibido. Por quien al menos supone que la escuela es otra cosa que la "formación" del ciudadano-consumidor.

      42. Máximas de los anti-velo: "Que peligre la escuela antes que mi laicidad"."Más vale una analfabeta con la cabeza descubierta que una velada genial".

      43. En verdad la ley del velo sólo expresa una cosa: el miedo. Los occidentales en general, y los franceses en particular, no son más que un tembloroso puñado de miedosos. ¿De qué tienen miedo? De los bárbaros, como siempre. De los del interior, los "jóvenes de los suburbios"; de los del exterior, los "terroristas islamistas". ¿Por qué tienen miedo? Porque son culpables aunque se proclaman inocentes. Culpables de, desde los años ochenta, haber renegado de y tratado de aniquilar toda política de emancipación, toda razón revolucionaria, toda auténtica afirmación de todo aquello que sea diferente de lo que existe. Culpables de aferrarse a sus miserables privilegios. Culpables de no ser más que niños viejos que juegan con lo que ellos se compran. Pues sí, "se les ha hecho envejecer en una larga infancia". Así, tienen miedo de todo aquello que es un poco menos viejo que ellos. Por ejemplo, una señorita testaruda.

      44. Pero sobre todo, los occidentales en general, los franceses en particular, tienen miedo a la muerte. Ni siquiera pueden imaginar que una Idea pueda merecer que se acepte correr ciertos riesgos por ella. "Cero muertos" es su deseo principal. Ahora bien, ellos ven en todo el mundo millones de personas que no tienen motivo alguno de tener miedo a la muerte. Y de ellos, muchos mueren casi cada día en nombre de una Idea. Para el "civilizado" esto es el origen de un terror íntimo.

      45. Y sé bien que las Ideas por las que hoy se acepta morir no valen, en general, mucho. Convencido de que hace mucho que todos los dioses han renunciado, me aflige que hombres y mujeres jóvenes despedacen sus cuerpos en horribles masacres bajo la fúnebre invocación de lo que hace ya mucho tiempo no existe. Sé además que estos temibles "mártires" son utilizados por conspiradores poco discernibles de aquellos que pretenden abatir. Nunca se repetirá lo bastante que Ben Laden es una criatura de los servicios americanos. No soy tan ingenuo como para creer en la pureza, ni en la grandiosidad, ni siquiera en ningún tipo de eficacia de estas matanzas suicidas.

      46. Pero yo afirmo que este precio atroz se paga en primer lugar en la destrucción minuciosa de toda racionalidad política por los dominantes de Occidente, empresa que sólo ha hecho tan ampliamente practicable la abundancia, especialmente en Francia, de las complicidades intelectuales y populares. ¿Desean ustedes encarnizadamente liquidar hasta el recuerdo la Idea de revolución?¿Desarraigar cualquier uso, incluso alegórico, de la palabra "obrero"? No se queje del resultado. Apriete los dientes y mate a los pobres. O haga que los maten sus amigos americanos.

      47. Se tienen las guerras que se merecen. En este mundo transido por el miedo, los grandes bandidos bombardean sin piedad países exangües. Los bandidos intermedios practican el asesinato selectivo de aquellos que les molestan. Los bandidos pequeñitos hacen leyes contra los velos.

      48. Se dirá que es menos grave. Sí, es verdad, desde luego. Evidentemente. Es menos grave. Ante el difunto Tribunal de la Historia, lo que nos hace las veces de país obtendrá las circunstancias atenuantes: "Especialista en tocados, sólo ha desempeñado en el asunto que nos ocupa un papel pequeño".

      49. ¿Consolados?


*Alain Badiou es filósofo y escritor. Es profesor de la École Normale Supérieur.