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IGNACIO CASTRO REY | Complicidades | ![]() |
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Entrevista: Antonio López García, pintor y escultor. P. Expone junto al Greco y Velázquez. ¿Cómo le plantearon este proyecto? R. No sé exactamente cuál es el argumento. Querían completar la exposición del XVII con un artista contemporáneo y pensaron en mí. Vieron que había algo que estética y armónicamente tenía que ver con todo aquello. Ese museo exhibe una donación de unos coleccionistas neoyorquinos de arte figurativo del siglo XX en la que hay mucha obra española reciente. Tienen unas 12 obras mías en su colección. P. ¿Tiene algo que ver con la que hace un año programó el Reina Sofía a propósito del Premio Velázquez de Pintura y que finalmente fue cancelada? R. No tiene nada que ver. Aquélla no se hizo porque no había tiempo para prepararla. Tendría que haberse hecho con obra posterior a 1993, fecha de la anterior y ser una prolongación de aquélla. No iba a acarrear todo lo que ya había sido visto en el mismo sitio de la misma ciudad. En Boston se exhibirá mi trabajo desde que merece la pena mostrarse. He participado en la selección, aunque faltan obras que no me han prestado porque ya lo han hecho muchas veces. P. ¿Hay alguna ausencia que le duela especialmente? R. No quiero dar nombres, pero la verdad es que me hubiera gustado que estuviera el de la niña jugando en la terraza. No ha podido ser. P. ¿Viajan obras inacabadas? R. Claro. Además, ¿qué significa sin acabar? Nadie lo sabe. Cuando hay una sustancia lo suficientemente densa, la obra está acabada. P. En el sótano de su casa, donde guarda esos lienzos inacabados, estaba la pintura que inspiró a Víctor Erice El sol del membrillo. R. El membrillo se vendió. Durante el rodaje de la película, que duró tres meses, hice un dibujo y una pintura. Y ambas se vendieron. Inacabada fue la pintura. El dibujo sí se terminó. P. ¿Qué recuerdo guarda de aquella película? R. Quedó maravillosa. Una gran historia sobre este mundo. Mucho mejor que la de Picasso que hizo Henri-Georges Clouzot [El misterio de Picasso, de 1956]. P. ¿No le han vuelto a tentar con un proyecto similar? R. Ha habido alguna cosa, pero con una vez basta. P. No ha sucedido así con sus exposiciones en el extranjero, que se repiten con cierta frecuencia. Trabajar para una galería como Marlborough habrá influido en esa proyección. R. No sé. Ha salido así. Estuve entre 1960 y 1970 con Juana Mordó, que lo programaba todo fuera de su galería, en Italia, Francia, Nueva York. No había estrategia. Así ha sido mi recorrido, bastante atípico. P. Atípico, pero sin altibajos. ¿Nunca ha sentido parálisis? R. De manera prolongada, no. Tengo tanta fe en mi trabajo y en mí mismo que aquí sigo. Tengo 72 años y he llegado al estudio para hacer la entrevista directamente de la fundición. Sigo con la misma ilusión. En los momentos difíciles, que los he tenido como todo el mundo, siempre he seguido trabajando. P. Tampoco se han percibido cambios bruscos en su forma de crear. R. No estoy de acuerdo. No ha habido un cambio radical, pero cambios hay. Y muchos. ¿Sabe cuál es el artista que ha cambiado más sin que se hable de esos cambios? Velázquez. Lo aprecias cuando contemplas la obra en su totalidad. Desde los cuadros oscuros sevillanos hasta Las meninas y Las hilanderas, esas glorias de luz y de color, notas todo el recorrido extenso y profundo que ha hecho. Se habla de las mutaciones de Picasso, de Goya, pero nadie ha cambiado tanto como Velázquez. Sin pretenderlo, sino porque, sencillamente, la vida le cambió a él. En mi caso, igual. Te tiene que cambiar la vida. Hay cambios tan profundos que solamente sabiendo que son de verdad puedes valorar su esencia. P. Su pintura ha sido especialmente bien acogida entre los coleccionistas estadounidenses. R. Eso ha sido así en Nueva York, ciudad que yo considero que es EE UU y donde yo expongo de una forma regular. Expuse allí por primera vez en 1965 y luego en el 68. En esos años se producía el nacimiento del pop, el realismo que surge en América en ese momento. La gente estaba muy sensible al lenguaje figurativo, le interesaba comparar el movimiento pop con el realismo europeo que yo representaba en ese momento. Pero yo lo supe por las críticas, porque hasta 1985 no viajé a Nueva York. Conocía la ciudad por verla en mil películas, pero yo no había estado allí. P. Y al fin entró en la película. R. No tuve esa sensación. No me impresionó. Me pareció pequeña. Todo era provisional. Al volver años después, me ocurrió lo mismo, nada. Puede que esté harto de las ciudades grandes. P. No le interesan... R. Estoy harto. Me interesa Madrid. Es uno de mis grandes temas. Pero lo hago más por interés que porque me guste la ciudad. P. Es el personaje principal de su obra. R. Es como el Purgatorio para Dante. Los grandes temas suelen ser algo subyugador para nuestra vida. Madrid lo es para mí y en cambio jamás podría serlo Nueva York. Sin conocer EEUU, sí le digo que me gustaría conocer esa América más pequeña, eso que se llama la América profunda. P. Usted, que es amante del cine, habrá visto cómo se retrata esa América terrible y profunda. R. Claro. Ya en las películas del Oeste empezamos a ver ese retrato que ha acabado en un cine perfectamente trabajado como No es país para viejos, de los Coen. La gran ciudad se retrató de forma genial en el cine negro. Los americanos tienen una gran ventaja a la hora de retratar sus ciudades: su historia es muy reciente, está en el XIX y XX. Y no olvidemos el gran talento de sus cineastas, que no han contado con un arte anterior, pintura o escultura, que les pueda desorientar. Fíjese en lo que es en Europa, en el neoclásico; el volver a los griegos. Los americanos no han tenido eso. Por eso tienen un arte tan vivo. P. ¿Más vivo o más pobre? R. Es muy directo y eso me parece extraordinario para el arte en todas sus manifestaciones: pintura, escultura, literatura, cine. Puede que no tenga todos los sedimentos y raíces profundas. Es su gran ventaja respecto a nosotros. P. ¿Qué artistas contemporáneos le interesan ahora? R. No sé qué es lo contemporáneo. Ocurre que aquí llega con mucha dificultad... P. ¿Por razones del mercado? R. Primero tiene que saturarse Estados Unidos y cuando rebosa, las cosas salen fuera. P. A usted no le ha gustado mucho viajar. R. Mi generación no viajaba aunque lo necesitáramos. No teníamos cómo hacerlo. Mi trabajo me ha anclado mucho a un lugar concreto. De todas formas, yo viajo mucho, cojo mucho el metro. Pienso como esos que dicen que conociendo a una mujer bien, se conoce a la mujer. Pues conociendo bien un lugar, Madrid en mi caso, se conocen todos los lugares. Lo creo sinceramente, aunque yo no lo haya decidido. Yo no he decidido mi vida, tengo esa sensación. He sido como obediente a algo que me ha hecho hacer las cosas de una determinada manera. Es la sensación que tengo. P. Rafael Azcona decía que a las más grandes o miserables situaciones se llega de una manera ajena a la decisión del hombre. R. Nuestra generación se movía en el espacio que encontrábamos. Los que nos han seguido se han podido mover en un espacio inabarcable. Nosotros, no. Hay que aceptar lo que cada época da a los que nacen en ella. Es una circunstancia que no nos ha dado nada. Ni bueno ni malo. P. ¿Ningún poso de insatisfacción? R. En absoluto. Viví una infancia maravillosa. He comido bien, he trabajado muy a gusto, he conocido a gente fantástica y he vivido una vida muy libre. ¿Qué puedo pedir? P. Poco más. ¿En qué trabaja? R. Mi última salida ha sido en el metro rumbo a la Gran Vía. Tengo empezadas seis vistas de la Gran Vía. Desde que nace en Alcalá hasta su final en la plaza de España. Son seis puntos desde el exterior y uno desde un interior. Y ahora tengo que rematar las cabezas que he hecho para Atocha. Tienen unos tres metros de altura. Representan la cabeza de mi nieta, que ahora tiene tres años y cuando empecé con ellas tenía uno. En una duerme y en la otra está despierta. Son un encargo de Fomento para la estación de Atocha. En un mes y medio estarán instaladas en el vestíbulo de acceso a las vías de alta velocidad. P. ¿Y cómo lleva ese cuadro suyo de la familia real que lleva más de una década pintando? R. Avanza. Pero no quiero tratarlo como a un encargo. Quiero que queden vinculadas al tipo de trabajo que he hecho siempre. No quiero forzar nada. P. Eso quiere decir que no avanza nada. R. Le he puesto una fecha, octubre. P. Habrá que ver... R. Bueno, cosas más difíciles he hecho. Dejé de fumar en 1993 y no he vuelto. Sueño que fumo... Tal como está todo, lo importante es que las cosas queden bien. Reconstruir ese tema, el retrato colectivo real, es un esfuerzo grande. Tiene que transmitir sinceridad y ser entendido por todos. No sé cómo me atreví a aceptarlo. No han posado prácticamente nada y yo no trabajo así. Está hecho a partir de unas fotografías. Francisco y Julio López y yo lo hicimos con las esculturas de Valladolid, pero el lenguaje de la pintura es otro. Tienes que retomar un tema tratado por la fotografía. P. Decía antes que ahora no se valoran las cosas bien hechas... R. La aportación tiene que tener un interés que cubra las expectativas de lo contemporáneo. Si no tiene ese interés, todo lo que se entiende como bien hecho, como dominio del oficio, sirve para poco. P. ¿A qué expectativas se refiere? R. Tiene que tener un lenguaje cuya aportación sea nueva para la figuración. Un cuadro de ahora, no se puede parecer al de otras épocas. Tiene que tener un elemento espiritual, ético, estético, un conjunto de cosas que justifique que se haga en un momento en el que se trabaja por lo general fuera de ese territorio. Sólo ahí tiene espacio la figuración. Y naturalmente, tiene que estar muy bien hecho, como también lo tiene que estar la abstracción. Pero ya no se habla de lo bien hecho, sino de lo que pueda sorprender. El gran arte de todas las épocas siempre ha necesitado que el contenido tenga hondura y que el espectáculo de su lenguaje sea atractivo. No me parece difícil, lo que hace falta es que te dejen hacer las cosas. Si te dan patadas desde que empiezas, vamos mal. P. Su figuración no ha sido siempre bien entendida. R. No tengo esa sensación. Mi primera exposición fue en 1955. Entonces éramos modernos, como los no figurativos. La ruptura con todo lo tradicional se hacía desde la figuración y la abstracción. Los coleccionistas y los galeristas eran los mismos para todos. Incomprensión hay siempre. Me ha pasado a mí, a Barceló, a Picasso. Estoy harto de Picasso, y eso no quiere decir nada. P. ¿Harto de Picasso? R. Estoy hasta las narices. Me parece que ha abusado de demasiadas cosas. Todo evoluciona. Me aburre tanto como hablar de la figuración y de la abstracción. Teresa Aranguren * Los movimientos de los soldados que giran sobre sí mismos con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y el fusil en ristre a la altura de sus caras, sugieren los pasos de una danza ritual. La patrulla registra la planta baja de un edificio semidestruido. El paneo de la cámara[1] que los sigue de cerca –en realidad forma parte del grupo– nos muestra la estancia que es amplia y aún lo parece más porque los boquetes que los proyectiles han abierto en los muros rompen la línea de lo de adentro y lo de afuera. Hay varios cadáveres en el suelo, los soldados van de uno a otro sin dejar de apuntar al aire y se mueven con sigilo, empujando los bultos con el pie hasta darles la vuelta y comprobar que ya sólo son bultos. Pero hay dos que aún se mueven, uno está medio recostado en la pared y parece implorar por su vida, el otro, tendido en el suelo, intenta incorporarse gimiendo; el soldado llega a su lado y apenas se detiene a mirarlo mientras le descerraja el tiro, con el fusil de costado, como al desgaire. La escena se vio en las televisiones del mundo. Forma parte de lo poco que se vio del asalto a Faluya en el otoño de 2004. En realidad lo más significativo de esas imágenes es su absoluta normalidad. El carácter rutinario, casi mecánico, de la actuación de los militares. La presencia de la cámara no les inhibe. No es una imagen robada. Los soldados estadounidenses no consideran que lo que están haciendo sea algo que no conviene mostrar, nada que no forme parte de lo que hacen habitualmente cada día. Rematar a los heridos es la norma, no la anécdota. Como en las fotografías de las torturas a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, donde lo más aterrador es la risa de los soldados que posan junto a sus víctimas. La mujer de uniforme, –logro de la igualdad de sexos, el ejército estadounidense es un ejército moderno–, mira sonriente a la cámara mientras exhibe el dolor sin nombre del iraquí desnudo al que arrastra con una correa amarrada a su cuello; también sonríe el soldado con gafitas que posa con su cara pegada a la del cadáver, conservado entre bloques de hielo, del iraquí que ha muerto, la nariz aplastada, la cuenca de un ojo vacía, en la sesión de tortura. Todos sonríen. Y es esa risa lo que provoca espanto. La normalidad de esas risas. No hay odio en esas escenas, al fin y al cabo el odio es un sentimiento esencialmente humano y dirigido a humanos, sino insensibilidad, ceguera, incapacidad de ver al otro como sujeto de dolor; la cándida crueldad del adolescente que prende fuego al rabo del perro callejero, despelleja viva a la rana, clava alfileres en los ojos del gatito o asesina a papá y después se va a tomar una hamburguesa con sus amigos. Desapasionada brutalidad. Pobre de aquel que cae en sus manos. Las imágenes de Abu Ghraib y de Faluya provocaron protestas y cierto escándalo. Pero el escándalo resulta hipócrita, da a entender una cierta sorpresa, cómo es posible, quién lo iba a pensar… Sólo si se acepta el supuesto de que el crimen de guerra no es consustancial con la invasión de Iraq puede uno sorprenderse con las fotografías de Abu Gharib o las imágenes de soldados estadounidenses rematando iraquíes en Faluya. «Todo ser vivo, todo lo que camine, hable o respire, será considerado combatiente enemigo». Esas eran las órdenes que, según el testimonio del soldado estadounidense Jeff Englehart, recibieron de sus mandos antes de iniciar el asalto a Faluya. Lo que ocurrió allí, dice Englehart, «fue una campaña masiva para asesinar a cuanto árabe pudiéramos matar». Estas declaraciones aparecen en el documental Faluya, la masacre oculta, realizado por el periodista italiano Sigfrido Ranucci. El documental se exhibió casi un año después de los hechos que narra, que corresponden a noviembre de 2004, y las imágenes y testimonios que en él se recogen dejan poco margen de duda respecto a lo que ya habían denunciado médicos, personal humanitario y habitantes de Faluya: la utilización de fósforo blanco en los masivos bombardeos del ejército estadounidense sobre la ciudad. El caso provocó cierto revuelo y el Pentágono se vio forzado a reconocer lo que ya era imposible negar. Aunque añadió una cínica apostilla: sí, habían empleado bombas de fósforo blanco pero «sólo para iluminar el escenario de los combates» Fue preciso un documental italiano para lograr lo que las víctimas y los testigos del crimen –¿Quién hace caso de las denuncias de un iraquí?– no podían lograr: hacer visible lo que no vemos. Al menos en parte. Al menos durante unos días. El fósforo blanco es una sustancia altamente inflamable que hace combustión cuando entra en contacto con el oxígeno y continúa ardiendo hasta que lo consume. Entre sus efectos está el de quemar la piel y derretirla hasta llegar al hueso, puede no afectar a las ropas lo que explica la extraña apariencia de muchos de los cadáveres de Faluya, osamentas ennegrecidas pero con su vestimenta casi intacta, el plástico también lo derrite por eso las máscaras antigás no protegen sino que aumentan su efecto letal. El fósforo blanco utilizado para bombardear zonas habitadas es un arma de exterminio o dicho en términos que nos resultan familiares un arma de destrucción masiva. En la operación de asalto a Faluya, que llevó el hollywoodiano nombre de «Furia Fantasmal», el 75 por ciento de los edificios de la ciudad fueron destruidos; hubo más de 200.000 desplazados; el número de civiles muertos, según fuentes hospitalarias, estaría entre 4000 o 6000. Pero no hay cifras comprobadas. Hay muertos que no conviene contar. Cuando la ofensiva contra Faluya se dio por concluida, otra operación similar se puso en marcha en la ciudad de Ramadi, capital de la provincia de al-Anbar, la diferencia es que de ese asedio y de ese asalto apenas se vieron imágenes y apenas hubo noticias. Tampoco de los asaltos a al-Qaim, Tal Afar, Husaiba, Karabila, Rummana, Hadiza, al-Dulaiyah… El bloqueo informativo apenas tiene fisuras. En junio de 2006, año y medio después, del asalto a Faluya, los periodistas Dahr Jamail y Ali Fadhil de la agencia IPS describían así la situación en la ciudad:
Durante el primer año de ocupación la información que llegaba de Iraq, aunque escasa y sometida a control, aún dejaba entrever algo de lo que ocurría en las operaciones que el ejército estadounidense, de vez en cuando también el británico, llevaba a cabo a diario. Los informativos de las televisiones mostraban imágenes de los soldados irrumpiendo de noche en las casas, llevándose –¿sería más exacto decir secuestrando?– a los hombres de la familia, camiones repletos de prisioneros encapuchados circulando por las calles de Bagdad, helicópteros bombardeando un barrio, campos de detención – ¿sería más exacto decir de concentración? – en medio del desierto... Recuerdo una fotografía en uno de esos campos: el hombre está sentado en el suelo detrás de una alambrada de espino, una especie de caperuza rígida, que parece de latón o de plástico, le cubre la cabeza y recostado en su regazo un niño de unos cuatro años al que el prisionero rodea con sus brazos. La expresión del pequeño sugiere desconsuelo, la del hombre debemos imaginarla porque no podemos ver su rostro sino la ominosa máscara negra que lo envuelve. Pero sí podemos ver el gesto amoroso de su mano que cubre la frente del niño como si quisiera borrar con el contacto de su piel las imágenes del horror impresas en la mente del hijo. La fotografía mereció el premio World Press Photo del año 2003. Su autor, Jean Marc Bouju, fotógrafo que acompañaba a las tropas estadounidenses como «periodista empotrado» –curioso término y curiosa modalidad de periodismo que la ocupación de Iraq ha puesto en boga– narraba en una entrevista el momento en que captó esta imagen:
La historia que cuenta el fotógrafo trasmite un mensaje reconfortante: el gesto compasivo del soldado nos dice que incluso en medio de la atrocidad de la guerra puede haber destellos de humanidad. El problema es que esa es la historia de cómo se captó la imagen, no la historia que hay en esa imagen. Y lo que hay en esa imagen es un niño de cuatro años prisionero del ejército más poderoso del mundo. Y podemos suponer, no es mucho suponer si uno recuerda que en Guantánamo había prisioneros de doce y trece años, que en Iraq hay otros niños como el de la fotografía, prisioneros del ejército más poderoso del mundo. Y podemos suponer, no es mucho suponer, que no siempre hay un soldado compasivo que desate las manos del padre para que pueda calmar el desconsuelo del hijo, y que quizás no hay padre o madre o hermano al lado del niño prisionero para calmar su espanto. Ni un fotógrafo para retratarlo. A veces las cosas son lo que parecen. Por eso a veces conviene que no aparezcan para que no parezcan lo que son. En un mundo donde la realidad se mide por la frecuencia con la que se muestra en las pantallas de los televisores, lo que ocurre en Iraq o siendo más exactos en Bagdad se diría que está muy presente. Es raro el día en el que no asistimos al horror de los cuerpos desmembrados por el coche bomba con la firma de Al-Qaeda. Vemos la desesperación de los transeúntes que deambulan con la camisa ensangrentada, los gritos de las mujeres que alzan los brazos clamando al cielo, la expresión de infinito cansancio del anciano inmóvil en medio del caos, la mirada desconsolada del niño aferrado a las faldas de la madre, y nos decimos: qué barbarie, se han vuelto locos, pobre gente. La compasión es reactiva, necesita estímulos. También el juicio. Nos indigna lo que vemos, no lo que no vemos. Deberíamos preguntarnos por aquello que ocurre en Iraq y no vemos y porqué no lo vemos.
Esta noticia se publicó en algunos diarios nacionales el 11 de enero de 2008. La escueta información del bombardeo, exactamente las cinco líneas de agencia reproducidas en el párrafo anterior, revela que su única fuente es el comunicado del mando militar. No hay descripción de los efectos de las bombas, ni declaraciones de los testigos, los heridos o los familiares de las víctimas, no hay crónica sobre el terreno que pueda poner en cuestión el carácter de «santuario de Al-Qaeda», que sirve de aval al bombardeo o el sentido exacto del término «precisión» aplicado al lanzamiento de veintiuna toneladas de explosivos sobre un barrio de Bagdad. No puede haberla porque el acceso al barrio está prohibido. Antes de lanzar una operación de limpieza –qué obsceno puede ser el lenguaje militar– el ejército estadounidense declara «zona cerrada» el área, barrio, aldea, ciudad, objetivo de su ataque. Y si un periodista armado de block y bolígrafo no puede entrar, cómo va a entrar una cámara. Así que tampoco hay imágenes. No hay cuerpos desmembrados, gritos de mujeres clamando al cielo, ancianos inmóviles en medio del caos y niños ensangrentados con la huella del espanto en sus ojos, allí donde caen las bombas que lanzan los aviones estadounidenses. Sin palabras que lo describan ni imágenes que lo muestren, el horror que otros viven no conmueve. No horroriza. Pero no por ello es menos real. No es cierto que aquello que no sale en los medios de comunicación es como si no existiera. Es sólo que existe para otros. La realidad no se ajusta a los márgenes de la pantalla del televisor. Ocurre fuera de esos márgenes. Y actúa fuera de esos márgenes. Aunque no lo veamos. O no sepamos verlo. O no queramos verlo. A veces una noticia es como una cebolla. Hay que ir destapando una a una sus capas hasta llegar al corazón de la realidad. Primera capa: «Al menos cuarenta personas han muerto en el ataque que el ejército de Estados Unidos ha lanzado este jueves contra presuntos combatientes extranjeros en territorio iraquí, cerca de la frontera con Siria». Segunda capa: «Las autoridades militares estadounidenses sostienen que la mayor parte de los muertos en esa acción fueron terroristas que se habían infiltrado en Iraq desde la vecina Siria. Los representantes locales aseguran, en cambio, que todas las víctimas eran civiles que participaban en una ceremonia de boda». Tercera capa: «Según fuentes policiales iraquíes, decenas de personas murieron en la madrugada de ayer en la aldea de Nas al-Din, junto a la frontera siria, cuando uno o varios helicópteros estadounidenses abrieron fuego sobre una boda. El bombardeo se produjo a las tres menos cuarto hora local y causó entre 42 y 45 muertos. De ellos, 10 son niños y 15 mujeres». Cuarta capa: «El ejército estadounidense rechaza las acusaciones sobre una presunta matanza de civiles que asistían a una boda en la aldea iraquí de Nas al-Din próxima a la frontera con Siria. El general de brigada, Mark Kimmitt, mantiene que la ofensiva fue contra un refugio de terroristas y estuvo dentro de los parámetros de las reglas de combate. "Recibimos fuego y lo respondimos", aseguró». Quinta capa: «Associated Press anunció ayer que ha obtenido una grabación que desmonta la versión del ejército estadounidense. El vídeo doméstico realizado por uno de los asistentes a la boda, un músico de Bagdad, que dice ser el único superviviente de un grupo musical de diez miembros, muestra hombres bailando, niños correteando por la zona y un músico tocando el órgano. El mismo músico aparece más tarde muerto junto a otros cadáveres envueltos en sábanas. El autor del vídeo, el batería Basem Ishab Mohamad, identifica al organista muerto como Mohamad, hermano de un conocido cantante de Bagdad, Hussein al-Ali, que también participaba en la fiesta de bodas y que también murió en el ataque de la aviación estadounidense». Ocurre, sin embargo, que las capas de la cebolla casi siempre permanecen intactas. Casi siempre, la única información de las operaciones del ejército estadounidense en Iraq es la que ofrece el ejército estadounidense. Rara vez se dan las circunstancias que permiten que la realidad de lo ocurrido asome a través de las grietas de la versión oficial. Rara vez hay un vídeo doméstico como prueba de cargo, rara vez el testimonio de unos aldeanos iraquíes llega a los medios de comunicación, rara vez los medios de comunicación llegan al lugar de los hechos. Y aún así, a veces, la verdad aflora.
Es un fragmento de la entrevista con el soldado Steven Green realizada por Andrew Tilgman, periodista empotrado de Stars and Stripes, una publicación de las Fuerzas Armadas estadounidenses. La entrevista tuvo lugar en el puesto militar de Mahmudiya en febrero de 2006. Aunque finalmente Tilgman no la incluyó en su reportaje, quizás porque no la consideró interesante. Entonces Steven Green no era sino un soldado más. Como cualquier otro. Dos semanas después, el 12 de marzo de 2006, el soldado Green y sus camaradas de patrulla, el oficial James P. Parker, el sargento Paul E. Cortez y los soldados rasos Jesse V. Spielman y Bryan L. Howard mataban el tiempo en una de las tiendas de la base, jugando a las cartas y bebiendo whisky de fabricación iraquí. Uno de ellos dijo: «¿Por qué no vamos a violar a la chica ?» La chica se llamaba Abir Qassim al-Janabi, tenía 14 años. Vivía en una pequeña granja a las afueras de Mahmudiya. El fuego alertó a los vecinos. Después, algunos dijeron que, aunque se temieron algo terrible, no se habían atrevido a acudir de inmediato a la casa por miedo. La granja de los Janabi estaba demasiado cerca del puesto militar estadounidense. Un pariente de la familia encontró los cuerpos. El de la joven Abir estaba desnudo con las piernas muy abiertas, quemado de cintura para arriba y con un disparo en el ojo derecho. Los cadáveres del padre, Qassim, la madre, Fikhriya, y la hermana pequeña, Hadil, de cinco años, estaban en otra habitación, acribillados a tiros. Después de la matanza los cinco militares se fueron a la cantina de la base. Comieron pollo frito. ¿De qué hablaron? ¿Del programa que había en la tele? ¿Del maldito calor que hace en este maldito país? ¿De la liga de baseball? ¿De comida? ¿De que el pollo está demasiado frito? ¿Tuvo alguno la ocurrencia de hacer una broma, algo del estilo de «este pollo no está frito, está chamuscado como los de la casa»? ¿Hablaron de lo que habían hecho? ¿Les oyeron los otros soldados de la base? Quizá es mejor imaginar que no hablaron. Quizá comieron en silencio sin mirarse a la cara. Durante dos meses, la versión de los mandos militares estadounidenses fue que la matanza de Mahmudiya había sido un episodio más de la violencia sectaria. Y hubiera podido mantenerse esta versión, si no fuera porque la realidad de lo ocurrido era difícil de ocultar, la sabía demasiada gente, los vecinos, la policía iraquí, los periodistas, sobre todo iraquíes, que acudieron al lugar de los hechos… El caso comenzó a ocupar titulares de prensa y la indignación de la población fue en aumento hasta adquirir dimensión de grave problema político. El gobierno de Nuri al-Maliki exigió o más bien suplicó – si dependes de otro difícilmente puedes exigirle algo– a sus protectores estadounidenses que tomasen medidas para castigar a los culpables. En mayo de 2006, el soldado Steven Green fue expulsado del ejército «por conducta antisocial». El 30 de junio fue detenido y acusado, junto a los militares James P. Parker, Paul E. Cortez, Jesse V. Spielman, Bryan L. Howard, de los delitos de violación, asesinato múltiple y fuego premeditado. La matanza de Mahmudiya alcanzó una resonancia inusual. Incluso ha inspirado una película calificada de antipatriótica por algún comentarista en Estados Unidos. Pero, una vez más, el escándalo resulta engañoso. A veces el impacto emocional del crimen no deja ver la auténtica dimensión del crimen. Lo que lo hizo posible y lo que hace que siga siendo posible. Y más que posible, probable. El horror de lo ocurrido ese 12 de marzo de 2006 en la granja de la familia Janabi venía gestándose en la cotidianidad de una base militar estadounidense en Mahmudiya.
Así comienza el artículo que Andrew Tilgman publicó el 30 de junio de 2006, el mismo día en que se anunció la detención de los cinco militares acusados de la matanza. El soldado que habla con despreocupada indiferencia de matar iraquíes es por supuesto Steven Green. Las palabras del soldado que, en su momento, Tilgman no consideró de suficiente interés como para incluirlas en su reportaje, habían adquirido meses después un redoblado valor. Al fin y al cabo Steven Green ya no era un soldado como otro cualquiera, sino el principal acusado de la matanza de Mahmudiya. La tardía valoración que hace el periodista de lo que había visto y escuchado en la base de Mahmudiya en febrero de 2006, dos semanas antes de que se perpetrase el crimen, es reveladora. Lo significativo de esta historia, más allá de lo que presagia, es la nula atención que un periodista que trabaja para una publicación del ejército estadounidense, concede a los brutales comentarios del soldado Green.
¿Por qué no le parecieron, cuando menos, preocupantes, estas palabras? ¿Por qué no le sorprendieron? El mismo Tilgman da la respuesta: «En aquel momento la franqueza de aquel soldado me pareció un raro ejemplo de honestidad. Pensé que era uno de los pocos que se atrevía a decir lo que realmente pensaba.» Lo más estremecedor de la matanza de Mahmoudiya es que no fue la orgía de sangre de unos soldados en el fragor del combate, ni una venganza, ni un acto de locura. Fue una manera de pasar la tarde. Tan sencillo como aplastar una hormiga ¿Por qué no vamos a violar a la chica? Hay que prestar atención a esa frase. Imaginar cómo fue dicha en torno a una mesa en la un grupo de militares estadounidenses mataban su aburrimiento jugando a las cartas. La barbarie de la ocupación se expresa en la naturalidad con que fue dicha esa frase. ¿Por qué no vamos a violar a la chica? La chica era Iraq. 1. Término profesional que hace referencia al movimiento de una cámara de televisión en panorámica. (Nota de los editores.) * Teresa Aranguren (Artziniega, Álava, 1944), periodista y escritora, es licenciada en Filosofía y Letras y Diplomada en Psicología y Antropología por la Universidad Complutense de Madrid. Su trayectoria profesional como periodista está estrechamente vinculada a la información en zonas de conflicto con especial dedicación al Oriente Próximo. Fue enviada especial en Beirut durante la invasión israelí de Líbano de 1982, en Teherán en 1987 durante la guerra Irán -Iraq y desde entonces ha viajado en numerosas ocasiones a la zona para informar de las sucesivas guerras del Golfo, el embargo contra Iraq y sobre todo el conflicto palestino-israelí. También ha destacado como corresponsal de guerra por su información desde Belgrado y Prístina de la campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia. Es autora de los libros Palestina: el hilo de la memoria y Olivo roto: escenas de la ocupación, publicados ambos por la editorial Caballo de Troya. Desde enero de 2007 y a propuesta de Izquierda Unida, es miembro del Consejo de Administración de RTVE. | ||||||
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Entrevista de Peter Handke publicada por la revista belgradense NIN en septiembre de 2007 y traducida del serbio por Víctor Quero para Semanario Serbio. "Siempre quise ser un héroe" Cuando Haider ganó las elecciones, los franceses armaron un revuelo, como si en Austria no hubiera habido absolutamente nadie que no hubiese votado contra ese gobierno. En aquel momento, en una conversación para un periódico francés declaré: “Hace poco habéis bombardeado Belgrado, y ahora mismo estaríais dispuestos a bombardear también Viena”. Un conocido periodista alemán publicó la pasada semana en el diario Frankfurter Rundschau el excepcional contenido de una entrevista con Peter Handke. El escritor, nacido en Griffen, en la region austríaca de Carintia, desde el año 1966 –cuando en Frankfurt am Mein se representó su obra Insulto al público ("Publikumsbeschimpfung")– se incluye entre los autores en lengua alemana más valorados. Sus obras de teatro, relatos, novelas y ensayos se traducen y leen en todo el mundo. Ha escrito guiones de cine, realizado películas y traducido libros. Aunque Handke es, por lo tanto, uno de los mayores escritores vivos en lengua alemana, cada una de sus apariciones ante el público occidental requiere una mención. Así, esta entrevista comienza: «Una conversación con Peter Handke supone toda una prueba, un dilema. A uno le gustaría hablar con un poeta sobre el refinamiento refrescante y oculto de su poesía, sobre la profunda sensación que causa la búsqueda de palabras auténticas, o sobre un paseo por el bosque buscando esas setas que tanto le gusta recoger. Sin embargo, desde el momento en que se colocó al lado de Slobodan Miloševic –al que tan solo la muerte salvó de ser juzgado por crímenes de guerra–, sobre la imponente obra de este artista de la palabra se cernió una oscura sombra». 1.12.2007. Esto sirve de presentación a la entrevista que firma André Müller, que desde hace treinta años realiza entrevistas excepcionales y que ha entrevistado a casi todos los escritores significativos del ámbito lingüístico alemán, así como a otras famosas personalidades del mundo de la cultura y la política, tanto de Alemania como del resto del mundo. Basta tan sólo con que mencionemos algunos nombres: Salman Rushdie, Leni Riefenstal, Elfride Jelinek, Plácido Domingo, Jörg Haider, Ingmar Bergman, Klaus Peiman, Sofia Loren, Alberto Moravia, Reiner Fasbinder, Ernst Jünger… Las conversaciones con personalidades famosas fueron publicadas por Müller en el libro: "Über die Fragen hinaus, Gespräche mit Schriftstellern" (dtv, 1998). Ésta es su cuarta entrevista con Peter Handke. “Sentémonos en el jardín”, me propuso amablemente. El portal de entrada de su casa está pintado de azul. Él se agita un poco, con la cara algo arrugada. Se comporta como un muchacho envejecido. Lleva unos vaqueros y anda descalzo, y su cara está bronceada por el sol. Desde hace dieciséis años vive en la ciudad de Chaville, en el área metropolitana de París. Rodeado de ruidosos vecinos, vive aislado, de un modo casi humilde. Cada día pasea por el bosque. Eso le tranquiliza. El bosque comienza justo enfrente de su casa y se extiende hasta Versalles. Mientras enseña la extensión de su casa de una sola planta, me explica que se ha convertido en creyente de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Ha entrado en la Ortodoxia. Alguna vez asiste a la liturgia en París. Con orgullo, me enseña en el jardín un avellano que él mismo plantó y que ya ha crecido hasta sobrepasar el techo de la casa. Durante mucho tiempo no ha habido en las habitaciones nadie que las arreglara. Su segunda esposa, la actriz francesa Sofia Coønja Cemeh vive con su hija Leocadia en el centro de París. “Cada día hablamos por teléfono o quedamos en algún restaurante para comer juntos”, dice Handke. ¿Y qué hay de las amantes? Ya hace mucho que no se dedica a eso. Su última amante fue Katia Flint, y eso fue hace muchos años. “Los instintos sexuales se debilitan con los años, por suerte”, explica. Handke pone en la mesa una jarra con agua. Exprime un limón en la jarra. Después trajo un vino blanco a la mesa. Tratamos exhaustivamente el tema «Yugoslavia». Handke siguió de forma débil, casi serena, charlando sobre su viejo “enemigo” Marcel Reich-Ranicki, al que muchos consideran una máxima autoridad entre los críticos literarios alemanes. Durante decenios, Ranicki escribe críticas y reseñas negativas sobre los libros de Handke. En 1984 Handke publicó el libro “La enseñanza de Sainte-Victoire” ("Die Lehre der Sainte-Victoire"). En él comparó a Ranicki con un perro con la saliva goteando de los colmillos. Reich-Ranicki no sólo se sintió ofendido por ello, sino también amenazado. Esto puede leerse en la conversación que mantuve con Ranicki (andremuller.com-puter.com). Müller : Hace veinte años, usted planeó que pasaría la vejez de tal modo que construiría un asilo en el que usted también viviría y en el que jugaría a cartas con los amigos, y de cuando en cuando echaría una mirada por la ventana y miraría cómo las chicas jóvenes cruzan la calle. Handke : Quizás es aún demasiado pronto para ese plan. Müller : En diciembre celebrará su sextuagésimo quinto cumpleaños. Handke : Sí. Uno se siente... ¿Cómo llamarlo? Aquí, en esta tierra, hemos sido recibidos para un tiempo limitado. La vejez plantea cada vez más y más preguntas. Es una escéptica. No estoy seguro de que vaya a ser tan serena como antes imaginaba. Müller : Para muchos, usted, desde el momento en que tomó posición a favor del presidente yugoslavo Miloševic, acusado de crímenes de guerra, se convirtió en un objeto de odio. Handke : Me temía que usted empezaría con esa cuestión. Müller : La gente le rehúye en la calle, cruzan al otro lado. Handke : Así fue durante algún tiempo. También recibí cartas ofensivas, y cartas de librerías que me comunicaban que no venderían más mis libros. Pero no me quejo. Encuentro que es algo extraño. Nunca, sin embargo, me he sentido expulsado, maldito. Simplemente pensaba que estas cosas ocurren. Müller : ¿Ha sido también atacado físicamente? ¿Le ha agredido alguien? Handke : En el curso de la anterior promoción llegué a Frankfurt. Y allí tenía la intención de leer algo de mi libro. Pero ante el teatro de Frankfurt me esperaba un grupo de bosnios. Los llevaron allí para que protestaran contra mí. Llevaban ataúdes. Mi editor me aconsejó: ¡no vayas a ese teatro! De todas formas, fui. Hablé con aquella gente. Les propuse que me dejasen sus direcciones porque me gustaría visitarles. Esto, obviamente, no era lo que esperaban, y quedaron totalmente perplejos. Müller : En una conversación para el diario croata “Globus”, usted declaró que tenía la intención de escribir una novela sobre Miloševic. Handke : ¡Vaya tontería! Müller : Viajó usted a Požarevac para estar presente en su entierro. Su intención era inspirarse con la atmósfera del lugar donde él nació. Handke : ¡Una completa estupidez! Toda esa entrevista está inventada. La realidad es que se presentó una periodista, era bastante maja. Justo al principio de la conversación me hizo la pregunta de cómo pude estar de acuerdo con el plan de destruir Dubrovnik. Le respondí: bueno, Dubrovnik no fue destruido. Fueron alcanzadas las zonas periféricas de la ciudad. En la parte vieja de la ciudad no se rompieron más que algunas tejas de los tejados. Y eso es bastante extraño. Müller : ¿Cuál fue el verdadero motivo de su visita a la tumba de Miloševic? Handke : Sobre eso ya he hablado y puede leer mi respuesta. Müller : Usted quería despedirse del país cuyo último presidente fue Miloševic. Handke : Exacto. Müller : En el discurso sobre su tumba, usted dijo: “Oigo. Siento. Recuerdo. Por eso estoy hoy presente, para estar cerca de Yugoslavia, cerca de Serbia, junto a Slobodan Miloševic.” Handke : Me quedé horrorizado, furioso, cuando en los medios se informó sobre su muerte. Tuve que tener cuidado, aguantar para que mi rabia oculta no saliera de mí. Suficiente es con que recuerde, por ejemplo, lo que escribió Erik Fotorino. En aquel entonces él se había hecho editor de “Le Monde”. Fotorino se sirvió de una lectura del poeta portugés Fernando Pessoa. En El libro del desasosiego”, este portugués dice: «Si el corazón pudiera pensar, se detendría». La conclusión de Fotorino: «El corazón de Slobodan Miloševic debe de haber empezado a pensar en el instante en que, en una celda de La Haya, dejó de latir». En ese momento, pensé: utilizar a un gran poeta para cachondearse del cadáver de un hombre es lo peor que alguien puede hacer. Esa clase de personas, a las que les gusta representarse como amigos de la poesía, en realidad son sus mayores enemigos. Müller : Sí, pero... Handke : ...en esto no hay “peros” que valgan. Müller : Usted se llama a sí mismo amigo de Serbia. Su libro de viaje por ese país lleva el subtítulo “Justicia para Serbia”. Sin embargo, el propio pueblo serbio reemplazó a Miloševic y lo entregó voluntariamente al Tribunal de La Haya para crímenes de guerra. Handke : Él perdió las elecciones. Fue entregado a La Haya y ello quedará como una vergüenza eterna para Serbia. Müller : La escritora serbia Biljana Srbljanovic asegura que usted no tiene ni idea. Miloševic organizó asesinatos de miembros de la oposición, y ello a plena luz del día, en plena calle. Handke : Eso no se corresponde con la verdad. En Yugoslavia existía una total libertad de prensa. En contra de Serbia, sin embargo, se llevó a cabo un embargo económico. Así surgió la mafia y su estructura. La mafia hizo la guerra entre ella. ¿Cómo puede uno relacionar todo eso con Miloševic? Müller : Yo sólo pregunto. Handke : Afirmar algo así demuestra ser un gran sinvergüenza. Aquella chica recibió el encargo del periódico alemán Spiegel , –y ese periódico apoyó la guerra de la OTAN– de escribir un diario. En él, entre otras cosas, escribió –mientras las bombas caían sobre Serbia– que la guerra de la OTAN era totalmente inofensiva. Tan solo aquí y allá se rompen algunos cristales. La verdad es, sin embargo, que en la guerra de la OTAN murió alrededor de un millar de serbios. Esa mujer es la típica zorra al servicio de Occidente. Así la llamo. Müller : Ella lamenta que usted no participase en el contra-míting de Belgrado y que no tuviera un silbato en los labios. Eso habría sido un signo de que Serbia no estaba de duelo. Pero no: usted acudió al entierro de Miloševic y allí hizo un discurso. Handke : ¿Sabe qué?, esa tendría que coger su silbato y… Müller : ¿Cómo, disculpe? Handke : Nada. Müller : ¿Por qué no ha pronunciado la frase hasta el final? Handke : Da igual, ponga puntos suspensivos. Müller : La mayoría de los serbios, en este tiempo, se ha distanciado de usted. Handke : Bueno, eso es totalmente natural. En todos los países hay gente de uno y otro tipo. Müller : ¿Cómo conoce usted tal información? Handke : ¿Cuál? Müller : Que Miloševic no es responsable de la muerte de aquella gente. Handke : Pues porque yo también soy de la mafia. Me pagó el servicio secreto serbio. Müller : Bromea. Handke : No, en absoluto. Desde entonces me he comprado unos zapatos nuevos. ¡Sin embargo, ya es hora de que dejemos eso! Slobodan Miloševic no era un corrupto tan grande como lo representan. ¡Mire tan solo lo que el expresidente de Bosnia-Herzegovina, Izetbegovic, escribió en su libro La declaración islámica! Ahí planea un Estado islámico, creado por Dios. Sobre el expresidente croata Tudjman, ese fascista, existen documentadas cosas peores. Se trata de auténticos mamones y mala gente. Pero a ellos los apoyaba Occidente. Müller : Usted asegura de que los verdaderos criminales son los políticos occidentales, y sobre todo Hans-Dietrich Genscher, quienes, con su política de reconocimiento a Eslovenia y Croacia, provocaron la desintegración de Yugoslavia. Handke : Sí. Todavía me enfurezco cuando hablo sobre eso. En lo que se refiere a ese tema, hasta ahora todavía sigo ardientemente interesado en él, y de alguna forma yo mismo soy participante en ese drama. Esto es simplemente un hecho. Quizás es un tipo de enfermedad. Existen, sin embargo, peores enfermedades que mi enfermedad yugoslava. Müller : Su ideal era la Yugoslavia socialista, que unió diferentes pueblos y religiones. Handke : Casi se podría decir así. Me gusta utilizar la palabra “casi”. La cuestión es probablemente el ideal de cómo debería ser el aspecto de un Estado. Lo que pasa es que yo he sido, por así decirlo, educado de forma socialista. Tal vez la causa se encuentra en mi origen, ya que mis padres eran pobres. Otro motivo hay que buscarlo en el Partido Socialista Austríaco, que me dio una beca cuando era estudiante. En aquel entonces tomé aquello casi como un regalo. Era bastante pardillo, un tonto. Müller : ¡Ciertamente! Handke : Hasta el día de hoy, muchos no saben en absoluto que el socialismo yugoslavo era de una clase totalmente distinta al soviético. El yugoslavo tenía un carácter utópico. También bajo Tito se cometieron muchas injusticias. Sin embargo, de aquel sistema podría haber surgido algo nuevo, bueno, si no hubieran prevalecido los objetivos económicos, que son los que al final prevalecieron. El capitalismo simplemente venció. Realmente me gusta la cultura de Europa central; pero de la idea de Europa central se creó una idea política. Ahí se cometió un error. Ahora incluso muchos serbios quieren que continuamente suenen valses, desean pertenecer a esa Europa central. Eso es terrible. ¡Horrible! Müller : Pero usted mismo dijo: “Me gusta la economía”. Handke : Eso declaré para el Neue zürcher Zeitung . Müller : ¿Se ha convertido usted en capitalista? Handke : Si le gusta decirlo así… Pero eso no es verdad. Todos los substantivos que acaban en “-ista” no tienen nada que ver conmigo. Yo soy amigo de los verbos. Por lo tanto, cuanto más en mi contra utilice algún substantivo, tanto más se equivoca. Incluso puede usted borrar palabras como “autor” o “escritor”. Yo no soy escritor; mejor decir: yo escribo, he escrito, escribiré. Müller : En la novela La pérdida de la imagen, describió usted el dinero como algo vivo. Handke: Sí. Se trata de la compra y la venta, del cambio de dinero. Cuando, al final del día, al anochecer o a última hora de la tarde, me falta el aire, de alguna forma me obligo a comprar algo, digamos espuma de afeitar, crema Nivea, una cuerda, un hilo rojo… Müller : Usted, entonces, ¿compra algo aunque realmente no le haga falta? Handke : Suele ocurrir. Es una acción que me refresca, me revive, cuando me cae encima la melancolía. Müller : ¿Sufre usted de depresión? Handke : No. La melancolía es melancolía. Es una palabra que no se puede cambiar por ninguna otra palabra. Igual pasa con una rosa. Una rosa es una rosa. Müller : La melancolía le acompaña toda la vida. Handke : Sí. Así es mi naturaleza. Ya cuando era niño quería estar siempre melancólico. Por ejemplo, quería sentarme en una piedra y no levantarme nunca más. Pero hasta ahora no se me ha ido de las manos. Eso es porque la melancolía es algo distinto. Es temporal, algún tipo de parálisis de corta duración. Uno se queda paralizado durante un tiempo. Müller : ¿Alguna vez ha intentado luchar contra la melancolía con la ayuda de pastillas? Handke : Durante algún tiempo estuve tomando un medicamento que se llama Tranxilium. Me lo recetó un doctor de Salzburg. Entonces estaba escribiendo el libro “Langsame Heimkehr” (Lento regreso). Como tengo un defecto en el corazón, en aquel entonces tenía a menudo miedo a la muerte. Continuamente oía cómo latía mi corazón. Ese medicamento no me ayudó, pero por su causa mi consciencia dejó de ocuparse de ello. Sentía mi corazón, pero imaginaba que era el corazón de algún otro. Müller : Usted no tiene sólo un defecto en el corazón… Handke : ¿Qué más tengo? Müller : Usted es daltónico. No diferencia los colores. Handke : No diferencio el color rojo y el verde. El resto de colores –tal vez por eso– los veo con más intensidad. Müller : En un mercado de Belgrado usted vio “otra clase de pasta amarilla.” Eso lo describió en el curso de su viaje en el año 1996. Handke : Sí. El amarillo lo veo bien. Müller : Sin embargo, ¿cómo pudo usted ver las fresas en las faldas de una colina cerca de Srebrenica, lugar que vivió el más crudo crimen de guerra desde la Segunda Guerra Mundial? Handke : Estamos hablando de fresas balcánicas, que son de un color rojo especialmente brillante. En mi jardín crecen fresas silvestres y puedo inclinarme para verlas bien. Müller : Describe usted la pasta y las fresas, y eso en un país en el que hay guerra. A causa de ello, después muchos le han criticado. Handke : En efecto. Eso me sorprendió, me asombró. No estaba preparado para eso. En aquel tiempo existía sólo ese lenguaje periodístico totalitario que no va conmigo. Siempre se dice que el lenguaje poético es innatural, artificioso. Pero la verdad es que se trata del único lenguaje que no está acondicionado, preparado. El lenguaje poético contiene sentimiento. En el curso de aquel viaje ( nota del traductor Nikola Živkovic: por Serbia ), tuve –y eso representa una excepción– varias experiencias profundas. Müller : A usted no se le rechaza por su poesía… Handke : Se equivoca. Me critican por mis descripciones de huevos o pasta inusualmente amarillos, árboles que florecen, oscura miel de bosque… Müller : Muchos se enfadaron también por el contenido de su libro de viaje. Handke : A eso se llegó un poco más tarde. Müller : Quizás habría hecho falta que usted… Handke : ¿Ahora quiere darme algún consejo? Müller : …habría hecho falta que hablase sobre los horrores. Handke : No acepto ningún consejo que no haya buscado yo mismo. Müller : Ya en 1979, con motivo de la entrega del premio “Franz Kafka”, dijo usted en su discurso: “Estoy dirigido hacia la belleza, a la cual llego esforzándome para, con la ayuda de la forma, alcanzar mi verdad. La belleza es, por lo tanto, agitada, y a ella se llega a través de la agitación.” Handke : Ve usted, en mis discursos he mencionado de alguna forma mis planes, por lo tanto he hablado de forma programática. Ahora ya no hablaría así. Otros han sido mucho más contradictorios. Considere, por ejemplo, a Brecht. Si me comparo con Brecht, entonces sólo soy, como dirían en Austria “una tormenta en un vaso de agua”, por lo tanto, totalmente “inofensivo”. Müller : La descripción de la belleza sigue representando hoy en día su programa. Handke : Sí, pero se trata de aquello que es problemáticamente bello. Debe doler . ¿ Me comprende? Si lo bello no duele, entonces podemos comprarlo. En aquello sobre lo que escribo, uno debe sentir la realidad, la existencia, la vida y la muerte, la transitoriedad y la permanencia. Que algo es más bello, profundo y verdadero, cuanto más doloroso es. Así nos duele el conocimiento de que hemos de morir, que un día no podremos leer, o amar, o buscar setas en el bosque. Müller : Quizás también haya setas en la vida de ultratumba. Handke : ¡Qué estupidez! ¡Setas en el otro mundo! Müller : En el curso de nuestra última conversación, me llamó usted “burro”, “tonto”. Handke : No se merecía usted otra cosa. Müller : Hoy sus ofensas ya no me afectan. Ahora sé que no piensa en serio cuando habla así. Handke : Tiene usted razón. No pienso en absoluto de la misma manera como hablo. Existe en mí algo que puede llamarse alguna clase de sentimiento de fraternidad. Sabe usted, puesto que escribo constantemente, no estoy en condiciones de experimentar y vivir ese sentimiento hasta el final. Antes, cuando tenía treinta o cuarenta años, sabía que iba a tener unos momentos de lenguaje mordaz. En esos momentos no quería realmente humillar o atropellar a alguien, sino que ese alguien estuviera lo más lejos posible de mí. Y entonces, como resultado, a esa persona, con todo el derecho, le venían ganas de humillarme a mí. Müller : ¿A quién se refiere en concreto? Handke : Dejemos ya esa cuestión en paz… Müller : ¿Piensa usted en Marcel Reich-Ranicki, su “enemigo en Alemania”? Handke : Yo no tengo enemigos. Müller : En su libro “Mi año en la Bahía de Nadie” ("Mein Jahr in der Niemandsbucht"), usted le llama justo así. Handke : ¡Pero qué aburrido es esto! Déjeme en paz con esos pantalones ( nota del traductor Nikola Živkovic: en alemán, «Knickerbocker» son unos pantalones que llegan hasta debajo de la rodilla, y habitualmente los llevan los excursionistas; en sentido figurado, puede entenderse como “pequeño burgués” ). Estoy contento de no haber tenido que pensar en ese pobre hombre durante mucho tiempo. Müller : Él cree que usted quiere matarle. Handke : Nunca pronuncié la palabra “matar”. La verdad, no obstante, es que el escritor Rolf Dieter Brinkman –y eso fue hacia 1965– manifestó algo parecido. En el curso de una discusión con ese hombre, Brinkman dijo que le encantaría dispararle con un rifle automático. Müller : Usted mismo dijo que no lo lamentaría cuando Reich-Ranicki muera. Handke : Eso mismo sigo asegurando ahora. Müller : ¿Y quizás él viva más que usted? Handke : ¿Y por qué no? Le deseo lo mejor. Müller : ¿Le conoce usted personalmente? Handke : La última vez que estuve en la Feria del Libro de Frankfurt, me lo encontré. Pasó por mi lado y preguntó: “Señor Handke, ¿cómo le van sus asuntos?” Después de eso, yo también hago la misma pregunta a todas las personas con las que me encuentro. Müller : Y esa pregunta yo también se la hago a usted ahora. Handke : ¿Puede usted regalarme diez euros? Müller : El año pasado, el jurado del premio literario “Heine” le otorgó un premio de cincuenta mil euros. Entonces intervino el ayuntamiento de Düsseldorf y protestó contra la decisión del jurado. Usted se defendió de inmediato. Handke : Pues claro, quería ese premio. Müller : ¿Le hace falta ese dinero? Handke : Déjeme pensar… Müller : En el semanario Spiegel , Matijas Matusek planteó la pregunta de si quizás usted no tiene ya “suficiente pasta”. Handke : Eso me halaga. Müller : ¿ Cómo? Handke : Porque es bonito cuando alguien pasa hambre, ¿verdad? Pero ahora en serio. De niño y adolescente viví lo suficiente para saber lo que significa la pobreza. Por eso, el temor de que pueda volver a ser pobre desempeña un determinado papel en mi vida. No quiero resultar una carga para nadie, ni para mi mujer, ni para mi editor. No quiero tener el destino de, por ejemplo, Wolfgang Keppen. Cuando Keppen dejó de escribir, lo enviaron a ayudar a Siegfried Unseld. Cada vez que Unseld me visitaba, se quejaba –en realidad, de una forma jocosa aunque preocupada– de cómo debía soportar a Keppen. En esos momentos, pensaba para mí: “Yo no quiero acabar así”. Por eso he ahorrado un seguro de vida, de modo que, como he pasado de los sesenta años, recibo una pensión de mil euros mensuales. De esa forma puedo impedir lo peor: la pobreza. Müller : Después del escándalo en relación al premio “Heine”, recibió un premio alternativo del teatro berlinés Berliner Ensemble . Así, de todas formas, recibió usted cincuenta mil euros. ¿Por qué no conservó ese dinero? Handke : Eso estuvo claro desde el principio. Müller : Entregó usted el dinero a un enclave serbio en Kosovo. Handke : A todas luces, esas mismas personas que antes habían escrito que a mí ya sólo me importaban los premios económicos no se avergonzaron lo más mínimo de sus palabras cuando se enteraron de que yo había regalado toda la suma. Parece que en algunos periódicos, como, digamos, el Spiegel , no existe la vergüenza, si se me permite cambiar un poco la última frase de la novela de Kafka “El Proceso”. Müller : Y en el 2005 declaró usted que, “en principio”, no quería recibir más premios. Nunca. Handke : Sí. Exacto. Müller : Pero entonces, ¿por qué admitió usted el premio “Heine”? Handke : Probablemente yo deseaba de verdad ese dinero. Sin embargo, desde ahora me mantengo en mi anterior decisión. Nunca más admitiré ningún premio. Müller : Quién sabe… Handke : ¿Conoce usted alguno que yo sí admitiría? Müller : El premio Nobel . Handke : Estoy de acuerdo, pero bajo la condición de que se me otorgue simultáneamente el Nobel de Física, de la Paz y de la Literatura. Los tres a la vez. Eso sería genial. No, bromas aparte. Estoy convencido de que el premio Nobel, al menos en lo que concierne a la literatura, hace ya mucho tiempo que no tiene ningún valor. Es mejor que toda esa pasta se entregue directamente a la Fundación Nobel para que pueda fabricar armas. Así es, por lo demás, cómo se creó esa Fundación. Müller : Usted bromea, pero en lo profundo del alma aún está resentido. Handke : Oh vaya, ¿de verdad? Müller : En el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), Frank Schirmacher calificó la decisión de que no se le otorgase el premio “Heine” como “forma extrema de desmantelamiento social”. Handke : Sí, pero el Frankfurter Allgemeine Zeitung es también un periódico que generó todo un caso en torno a ese premio. Primero el periódico intervino para que no se me concediera el premio, y después se retiraron de la persecución contra mí, asegurando que no tenían ninguna relación con esa decisión y simulando democracia. Mi amigo, el editor Michael Krieger, no hace mucho me dijo: “Este periódico siempre quiere tener razón…” Müller : ¡Igual que usted! Handke (coge su taza y parece que la va a tirar en mi dirección, pero después la vuelve a dejar sobre la mesa): Con eso quería decir lo siguiente: ese periódico quiere tener siempre la razón, y con ello comete una injusticia tras otra. Müller : Contra usted se posicionaron especialmente los “verdes”, y protestaron enérgicamente contra el hecho de que se le otorgara el premio “Heine”. Handke : Naturalmente, porque no tienen ninguna cultura. Ninguno de ellos lee nada, casi nadie. O leen “estratégicamente”. Es decir, existen personas que leen libros y, justo en cuanto lo han leído, el libro desaparece. A juzgar por ellos, parece como si la lectura sirviera sólo para la acumulación, para la “filtración” de libros. Müller : En una conversación para el periódico austríaco News , explicó usted a su manera una frase de Brecht: “El ala materna es aún fértil y él ( nota del traductor Víctor Quero: ‘él' se refiere al fascismo ) se arrastra desde ella”. Usted comentó entonces: “Los que ahora se arrastran no son los ultraderechistas, sino los ‘verdes' y los del tipo ‘del canciller federal y el ministro del bombardeo'”. Se refería usted a Gerhard Schröder y Joschka Fischer. Handke : Lo hice por que los medios equiparaban a Miloševic con Hitler, y hablaban de los “campos de concentración serbios”. La Historia, sin embargo, no se repite. Las cosas que vuelven siempre toman nuevas formas. La fértil ala materna no incuba siempre a la misma gente. Hoy las cosas terribles están empaquetadas en palabras suaves, dulces y humanitarias. Al terror le encanta hoy en día utilizar constantemente la palabra “democracia” o la bella palabra “verde”. Eso intenté decir en aquella conversación. Müller : ¿Considera usted que ha sido malinterpretado? Handke : No es cuestión de simple incomprensión. Se trata de… Müller : ¿Odio? Handke : Sí. A los poetas los odian desde hace mucho tiempo. Müller : Eso podría sonar bien como palabra conclusiva de nuestra conversación. Handke : ¿Quiere usted beber conmigo un vaso de vino? Müller : Quisiera explicarle algo sobre otra de mis experiencias en relación con el “enemigo en Alemania”, del cual ha hablado hace poco. Handke : Mientras tanto, puedo escuchar cómo sopla el viento. Müller : Hace unos años hablé con Marcel Reich-Ranicki. Tuve la impresión de que esperaba todo el tiempo que le hiciera una pregunta en concreto. Sin embargo, no fue inoportuno y no me interrumpió. Justo al final de nuestra entrevista, brotó de él un torrente de palabras. Me dijo: “En Alemania muchos me odian porque soy judío. Estoy rodeado de antisemitismo”. Probablemente le incluía también a usted entre esa gente. Handke : ¿Ha terminado usted su frase? Müller : No. Solo quería decir que es absurdo acusarle a usted de antisemitismo. Handke : Naturalmente. Müller : En su novela El chino del dolor, el protagonista de su libro mata a un neonazi porque éste dibuja con spray cruces gamadas sobre los árboles. Usted en esa parte escribe: “Ese símbolo representa la fealdad y es la causa de todas mis melancolías”. Handke : Sí. El genocidio contra los judíos representa la conmoción fundamental, profunda, de mi vida. Quiero explicarle algo relacionado con una experiencia con una persona… Müller : Se refiere a Reich-Ranicki… Handke : …también es algo bastante parecido. Poco después de la publicación de mis libros sobre Yugoslavia, en las elecciones en Austria dos partidos políticos obtuvieron el gobierno: la ultraderecha del partido de Haider y el conservador Partido Nacional Austríaco. En Francia, donde vivo desde hace tiempo, inmediatamente afloró a la superficie la vieja enemistad con Austria. Existen enemistades entre pueblos que duran siglos. En este caso, en Francia, trasladaron su enemistad contra el gobierno de Austria a todo el pueblo austríaco. Los franceses armaron un revuelo, como si en Austria no hubiera habido absolutamente nadie que no hubiese votado contra ese gobierno. En aquel momento, en una conversación para un periódico francés declaré: “Hace poco habéis bombardeado Belgrado, y ahora mismo estaríais dispuestos a bombardear también Viena”. En ese momento, por lo tanto, me convertí en un patriota austríaco. Pero entre el patriotismo y el nacionalismo hay una diferencia. El patriota reacciona solo si su tierra es atacada. Müller : Reaccionó usted a su manera propia, irónica. Handke : No. Desde mí habló una furia determinada. Pensé para mí: estos franceses de mierda no tienen ni idea de nada. Ningún pueblo europeo sabe tan poco como los franceses, salvo, por supuesto, algunas excepciones. En ese momento sentí que yo, como austríaco, también llevo en mí un rasgo patriótico. Después de eso, sin embargo, me acusaron de ser aliado de Jörg Haider. Y eso es igual de ridículo que cuando alguien me considera antisemita. Müller : Por lo visto, todo lo que usted declara siempre acaba por perjudicarle. Handke : Sí, es sorprendente. Müller : ¿Por qué cree usted que a Günter Grass –en lo que concierne a la venta de sus libros– ayudó más que perjudicó su reconocimiento de que, de joven, había servido en las unidades SS? Handke : A esa pregunta debe responder usted. Müller : El modo en que Grass reconoció ese hecho fue calificado por usted como “seguro de sí mismo”, porque él cree que solo él mismo tiene razón. Pero usted también le caracterizó como una “vergüenza para la literatura”. Handke : Exacto. Pero alguna vez cultivé una gran simpatía hacia él. Con treinta años, Grass era genial, y yo no lo he sido nunca. Es algo muy excepcional que alguien pueda describir el mundo tan al vuelo. Podría decirse que el mundo volaba hacia él. Después de eso, sin embargo, simplemente repetía aquel primer vuelo. Y eso es peor que si hubiera dejado de escribir. Nunca ha cambiado. El artista es una persona auténtica solo cuando podemos, basándonos en su trabajo, reconocer cómo la vida pasa y cambia. El artista debe pasar por tres o cuatro cambios trabajosos. En el ejemplo de Goethe podemos examinar bien ese escenario. Con Grass, no hay nada que examinar. Gracias a su rápido éxito en Alemania, se convirtió en una figura pública. Después de eso no ha hecho ninguna otra cosa, sino que se ha imitado continuamente a sí mismo. Müller : Usted ha huido de ese peligro. Handke : Sí, he evitado eso. No soy una figura pública. Soy un idiota, pero en el sentido griego de esa palabra. Es decir, soy una persona que no se dedica a la política, que no pertenece al público. De ningún modo encuentro la forma de comportarme en lo relativo a mi existencia como un escritor, aunque el éxito también coqueteó conmigo hace tiempo. Y a causa de ello más bien me sentía culpable. En una carta al poeta Nicholas Born utilicé la palabra “disculpa”. Cuando por primera vez, con motivo de la promoción de mi libro, recibí mil marcos, casi me avergoncé. Müller : No es usted arrogante. Handke : No, yo sé cómo ser peligrosamente engreído durante un breve tiempo. Antes sabía que sufro delirios de grandeza y pensaba que soy algo irrepetible. Así, le dije una vez al conocido actor Bruno Ganz: “Soy un gran escritor”. Inmediatamente fui castigado, porque después de eso casi perdí la lengua. En una palabra, fui castigado muy rápidamente a causa de ello. Müller : Su última obra teatral se llama Rastros de lo perdido ( “Spuren der Verirrten” ). En ella se encuentra el siguiente pensamiento: “Siempre quise ser un héroe… ¿Y en qué me he convertido? En un hombre al que le gusta pelearse, pero que no puede ni golpear. Un asesino que es demasiado cobarde para matar. Un hombre furioso que no molesta a nadie, un loco, un atrofiado, un buscabullas totalmente inofensivo”. Handke : Sí, son exageraciones. Como escritor, uno tiene que exagerar. Esto se convierte entonces en alimento fácil para ser utilizado contra el autor, y eso de parte de algunos periodistas. Müller : ¿Usted no quería convertirse en héroe? Handke : Bueno, naturalmente que siempre quise ser un héroe. Müller : “¿Acaso no soy un hombre que se adora a sí mismo?”, se pregunta usted en la parte autobiográfica de “Mis años en la Bahía de Nadie”. Handke : Ése no es un libro autobiográfico. Se trata de una obra épica. Y cada manifestación épica supone un juego que se amplía, pero que al mismo tiempo se constriñe. Yo no soy Homero. No he escrito la Odisea ni la Ilíada. Yo sólo puedo escribir cosas problemáticas, que son intensas a su manera, o bien narrar el “epos” del mundo. ¿Me comprende? Una vez escribí una pieza que se llama Sobre las aldeas. En ella hay una frase totalmente estúpida: “El mundo eterno es poderoso”. Por un lado, se trata de una frase completamente idiota, pero por otro lado, siempre vuelvo otra vez a esa frase. Me resulta necesaria. De alguna forma voló hasta mí desde la oscuridad, como un fruto que me alimenta. La verdad es, realmente, que uno no puede pronunciar una frase así, y yo sólo la he dicho una vez. Mi forma de escribir no es directa, sino que es sinuosa. Soy una persona que constantemente domina la curvatura. Casi soy un tipo que empuja y derriba a los otros. Hago un gran rodeo en torno a la idea que quiero expresar, porque sé que no se puede decir como quisiera decirlo. Sin embargo, por una vez, lo dije así de todos modos. Müller : ¿Como consuelo? Handke : ¡No, por Dios! No me gusta en absoluto la palabra “consuelo”. La literatura no tiene para nada ninguna relación con el consuelo. Esa frase simplemente voló hasta mí. No hace mucho andaba por la calle vienesa Marijahilfe y he aquí lo que me ocurrió. Era por la mañana temprano y de pronto pensé qué bellas eran todas las personas que pasaban junto a mí y caminaban a mi encuentro. Tenían bellos ojos. Se trata justamente de la misma clase de tontería que aquella frase sobre el mundo eterno. Pero aquella frase simplemente me vino a la cabeza. Sólo tales fenómenos son importantes en literatura. Todo lo demás es sólo capricho. Müller : Habla de forma tan decidida, implacable, sin condiciones… Handke : ¿Quiere usted provocarme, hacerme caer en la trampa? Müller : Cuando uno habla con usted, siempre teme decir algo erróneo. Handke : ¡Pues espero que así sea! La verdad es que soy una persona muy susceptible. Mi susceptibilidad me hace enfadar. Eso puede llegar hasta el desprecio. Por otro lado, esa particularidad me hace estar abierto a la belleza, lo cual otros quizás no ven. Müller : En una entrevista con Peter Ham, afirmó usted que un buen escritor debe ser también una buena persona. Handke : Eso es verdad. O mejor decirlo así: el escritor debe hacer buenas obras. No debe hacer buenas obras incondicionalmente. Pero debe hacer el bien, en el sentido de que nos hace el bien algún fenómeno o cosa. Mi ideal es hacer buenas obras. Müller : Pero no lo consigue. Handke : No es correcto. Sí, hago buenas obras, ésa es mi ocupación. Müller : Yo nunca podría decir qué es bueno para otros. Handke : No hablo sobre usted. Sin embargo, usted no hace el bien… Müller : ¿Puedo reírme? Handke : Es usted una nadería sin importancia. Müller : Me asombra que le consideren a usted una persona sin sentido del humor. Handke : A mí también. Porque realmente no es verdad que no sé bromear. Lo mismo pasa con lo de que no soy una persona nada espiritual. Eso sería terrible. El verdadero humor es aquél que es tan sólo un fenómeno concomitante con la tragedia o la desesperación. Cuando el humor es sólo humor, entonces me pongo mortalmente triste. Müller : ¿A usted le gusta vivir? Handke : ¡Oh, sí! Müller : ¿Siempre? Handke : Cuando tengo la sensación de que vivo, entonces me gusta vivir. El hecho de vivir es sólo una obligación. Al menos yo así lo creo. Müller : ¿Le gustaría vivir para siempre? Handke : Por qué no, pero con la condición de que la mente, la vista y los sueños permanezcan presentes, sanos. ¿Por qué no? Así, uno no tendría que soportar una gran carga, ya que no tendría que torturarse con la pregunta de qué habrá después de esta vida. El último Papa, el polaco, murió ante los medios de comunicación, públicamente. En ese momento pensé si a ese Papa le habían sorprendido la enfermedad y la muerte. En su caso, sentí que él no creía en la vida después de la muerte, y que tras la muerte no hay nada. Pero con otras personas esa sensación puede ser diferente. Desaparecemos en azul, rojo o verde. El diablo lo sabe… Müller : ¿Cómo querría usted morir? Handke : Eso se lo puedo responder de una forma completamente clara: o bien sentado ante el escritorio, con la pluma en la mano, es decir, escribiendo, o bien en el curso de alguna acción en la cual intento salvar a alguien. Por ejemplo, sacando a alguien del fuego cuando se quema una casa. Traducción del serbio: Víctor Quero | ||||||
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Conversación con el psiquiatra y escritor Guillermo Rendueles (Fernando Alvarez-Uría y Julia Varela, Archipiélago nº 76, 2007) Si te parece podríamos empezar por tu último libro. ¿Cómo surgió Egolatría y qué relación mantiene con alguno de tus otros libros anteriores, por ejemplo con El manuscrito encontrado en Ciempozuelos o con La locura compartida?
Creo que mi interés por escribir se despierta ante asuntos relacionados con la práctica clínica. Tengo poca capacidad para escribir sobre cuestiones abstractas que no me interroguen desde lo que hago cotidianamente. Al mismo tiempo me siento interpelado por objetos psiquiátricos extravagantes o marginales para las líneas dominantes de la investigación psiquiátrica actual. Por otro lado la escritura me distancia y cura del aburrimiento que producen a casi todos los psiquiatras (nada que ver con el síndrome del quemado) las masificadas consultas, por lo banal de las quejas, y por lo estereotipado de las respuestas psi. La escucha del paciente postmoderno nada tiene que ver con el discurso de los locos de antaño, plagado de culpas religiosas, de delirios complicados o de rituales obsesivos que exigían para cada caso una pericia cercana a la hermenéutica filosófica. A la consulta psiquiátrica llegan hoy multitud de pacientes que la utilizan a modo de muro de las lamentaciones en donde descargan malestares cotidianos que traducen una miseria sentimental y un sufrimiento generalizado, imposibles de solucionar desde los espacios psi. Son seudodepresiones y angustias reactivas a un malvivir urbano, a unas situaciones que los pacientes no pueden ni quieren cambiar. Estrés es el nombre que traduce al diagnostico psi trabajos agotadores, turnicidad, endeudamiento con el piso, malquereres domésticos, agobios que no causan la depresión sino que la constituyen. Los pacientes no piden interpretaciones de sus trastornos, ni estrategias para el cambio, sino palabras o píldoras que consuelen o hagan tolerables estas situaciones, dada su falta de coraje para intentar transformar sus condiciones de vida. Lo masificado de las consultas psiquiátricas, por las que llega a pasar el 30% de la población del área sanitaria, explicita la ruina psicológica de la multitud postmoderna, que traduce allí al intimismo lo inane y vacío de su cotidianidad, las miserias para las que no encuentra otras vías de cambio que la individuación psicológica. La escritura desde y sobre estos márgenes psiquiátricos me sirve también a mí de muro de lamentaciones, pues la escritura ordena y confiere un poco de sentido a lo imposible de mi practica terapéutica.
Una de las cosas que mas me interesa de tu trabajo es que te sirves de los problemas que llegan a tu consulta, de la transferencia y la contratransferencia con los pacientes, como síntomas que tienen que ver con lo social, y lo mismo sucede cuando analizas las nosologías psiquiátricas, el DSM II o el DSM III, que también las pones en relación con el funcionamiento de determinados poderes. Esa doble dinámica es como un análisis sociológico del imaginario social.
Desde luego, esa es la aproximación que intento. Trato de descubrir, por un lado, esa ilusión biográfica, de la que hablaba Pierre Bourdieu, que transforma unas vidas determinadas por la Historia en pequeñas historias determinadas por la psique, y que termina responsabilizando exclusivamente al paciente de sus fracasos y de sus sufrimientos. Por otro lado, intento descubrir las funciones legitimadoras de la psiquiatría administrativa que obliga a cada psiquiatra del sector publico, al final de cada jornada, a reducir ese sufrimiento escuchado a etiquetas codificadas en la DSM III. De modo que la malaria obrera, o la violencia cotidiana, se neutralizan y traducen en diagnósticos tales como estrés, tasas de duelo, o acontecimientos vitales traumáticos, como si la etiología de los problemas psi radicase en agentes patógenos similares a los virus. En ese sentido la epidemiología psiquiátrica es una teoría terriblemente mistificadora de la enfermedad mental: el enfermo hace una depresión por los azares y coincidencias de unas situaciones estresantes, y la vulnerabilidad de su personalidad de base es exactamente igual que una alergia o una infección, de tal modo que la Historia queda totalmente al margen de las historias clínicas.
Y sin embargo, aunque partes de la práctica, tu perspectiva alternativa de análisis es posible, en buena medida, porque tienes una formación teórica muy sólida, y no solo en psiquiatría, ya que eres un lector empedernido de sociología, literatura, filosofía... Creo que ese análisis te permite ir más allá de los hechos en bruto para realizar una inscripción social de los síntomas, de modo que te aproximas a las lamentaciones, como tu dices, a partir de un marco conceptual crítico específico.
Bueno el autodidacta en sociología, al habitar en la frontera entre dos gremios, vive en carne propia aquel problema del lector de La Nausea que solo se sabía hasta la M de la Enciclopedia. Se produce así un cierto extrañamiento del gremio psiquiátrico sin poder al mismo tiempo penetrar en la academia sociológica, más que de la mano de amigos como vosotros. Pero la decisión de abandonar mi campo natural nace de que la llamada literatura psiquiátrica, a partir de los años setenta, es un horror. López Ibor, al lado de los que escriben ahora desde la DSM III, era un erudito de lenguaje psiquiátrico refinado. Había leído a Jaspers, distinguía la tristeza vital de la psicológica, clasificaba los sufrimientos humanos en procesos-desarrollos según su inteligibilidad biográfica, o diferenciaba las alucinaciones de las pseudoalucinaciones, mientras que los catedráticos norteamericanos son empleados a sueldo de empresas farmacológicas y servidores del poder que intentan reducir cualquier delirio a síntomas tratables con nuevos psicofármacos. Lo sorprendente es que ese discurso simplificador, elementalista, reduccionista, ha triunfado ya en el gremio psi. En el ultimo congreso de la Asociación Española de Psiquiatría participé en una ponencia sobre los enfermos mentales y la cárcel, y percibí claramente mi extraterritorialidad respecto al gremio: donde yo hablaba del par presos-carceleros ellos hablaban de internos-funcionarios, y todo el discurso antaño critico contra el encierro, se convertía en neutras mediaciones de la mala comunicación entre los actores del conflicto.
Decía un viejo campesino gallego que los laboratorios van a acabar con la humanidad. Por lo que cuenta John Le Carré en su novela El jardinero fiel las multinacionales de los fármacos tienen un poder enorme y utilizan de cobayas de laboratorio a los enfermos terminales del Africa negra.
La psiquiatrización del 30% de la población, y el deseo de mejorar las edades del hombre con psicofármacos, constituyen un mercado ideal para la industria que ve en cada niño hiperquinético, o en cada viejo amnésico, a un cliente potencial de unas medicinas como las neoanfetaminas o los antialzheimerianos que cuestan precios astronómicos y tienen dudosos efectos. Por otro lado la ansiedad generalizada hace que los ansiolíticos sean las píldoras mas vendidas en cualquier farmacia urbana española. El manejo de estas necesidades reales y artificiales por el lobby farmacéutico ha cambiado drásticamente. Antes los laboratorios subvencionaban investigaciones y publicaciones en las revistas psiquiátricas, o privilegiaban líneas teóricas en las cátedras. Ahora pagan la edición y regalan todas las revistas psiquiátricas, y recurren a premios Nóbel de farmacología para redactar su propaganda. No hay ningún psiquiatra cuyo sueldo le permita acudir a un congreso importante sin la invitación de un laboratorio. En España la industria farmacéutica va a encargarse de financiar la formación de los médicos residentes, tras lograr un acuerdo con la Administración en virtud del cual ésta no baja el precio de los medicamentos. Aceptar esa contrapartida supone algo así como poner a la zorra a vigilar el gallinero. Para hacerse una idea del tipo de negocio que está detrás de los psicofármacos, basta saber que el tratamiento con haloperidol cuesta menos de mil pesetas al mes, mientras que el tratamiento con risperdal, que ha barrido del mercado al haloperidol sin que existan pruebas científicas de que presenta una actividad antipsicótica mayor, cuesta veintiocho mil pesetas al mes y no es el tratamiento más caro. Si se multiplica esa cantidad por el número de “esquizofrénicos” que siguen ese tratamiento de forma continuada, a veces desde los 18 años hasta que se mueren, estamos ante una de las primeras fuentes de negocios a escala mundial. Los laboratorios manejan además las falsas necesidades de los consumidores, como sucede en el resto del mercado, y sacan fármacos con indicaciones orientadas a esas pseudoenfermedades. Por ejemplo, el prozac va a ser substituido por un psicofármaco indicado para la depresión con dolores físicos, debido a la epidemia de fibromialgia. El nuevo fármaco, dos veces más caro que el prozac, está recomendando por los laboratorios con esas indicaciones, pese a que su perfil farmacológico lo acerca a un antidepresivo clásico. De hecho son los gerentes económicos de los grandes grupos farmacológicos quienes diseñan esas indicaciones, y la bioquímica maquilla los usos clínicos de un fármaco polivalente del que la propaganda privilegia la indicación que puede ser más vendida. Al risperdal, si la enfermedad en alza fuese el spleen, seguro que le encontrarían pronto un efecto antispleen. La realidad en psiquiatría es que no hay ningún descubrimiento farmacológico importante en los últimos 20 años. Los nuevos fármacos, si los comparamos con los antiguos, no producen una mejora de la depresión o la esquizofrenia. No son comparables, por ejemplo, con cualquier antivirásico que permite a un enfermo llevar una buena vida padeciendo SIDA. Los psicofármacos postmodernos – tanto los antidepresivos como los antipsicóticos - se limitan a mejorar un poco los efectos secundarios, y a fomentar esa mejora como un valor de cambio propagandístico que va dirigido a veces directamente a los usuarios. En ese sentido el psicofármaco es una mercancía ideal: mientras un antidiabético debe demostrar que mejora, lo que se traduce en un dato objetivo cuantificable en el análisis de sangre del paciente, los neurolépticos solo muestran su eficacia porque los médicos rellenan unos cuestionarios en los que el paciente dice algo tan subjetivo como que se encuentra algo mejor. La lógica de la industria de los psicofármacos no se contenta con manipular estas falsas necesidades, sino que progresa hacia una hybris tan extrema que habla ya del “país prozac” para designar a aquel grupo de personas que quieren vivir sus vidas mejoradas por tomar prozac como si se tratase de una prótesis o de un cosmético. Esas pretensiones constituyen un nuevo apartado de pseudoética similar al dopaje en las pruebas deportivas. ¿Es licito para un opositor a cátedras tomar un fármaco que, diseñado contra el alzheimer, mejora la memoria de los sanos? ¿Cuándo se debe cancelar un duelo tomando prozac? Frente a esta mercantilización, el precio de las materias primas del psicofármaco es ínfimo y su tecnología sencilla como demuestran claramente los genéricos. Y si no fuese por los chantajes de desabastecer el mercado si se violan los derechos de patentes los gastos sanitarios disminuirían en progresión geométrica. De hecho, cuando yo estaba en la mili, la armada fabricaba antibióticos y antiinflamatorios. Una monja y un farmacéutico en un hospital gaditano, hacían aspirinas, y les imprimían un ancla para que se viese que eran de fabricación propia. De hecho mejoraban a la Bayer pues las aspirinas estaban hechas a mano.
Volviendo a lo que decía antes Fernando tu trabajo intenta poner en conexión las transformaciones que han tenido lugar en el mundo social con las transformaciones del mundo de la identidad personal. Te sitúas, en cierto sentido, en una línea de trabajos que podemos considerar clásicos, como por ejemplo los de los frankfurtianos, pero también los realizados por sociólogos e historiadores norteamericanos como Richard Sennett y Christopher Lasch. Se perciben también los planteamientos críticos de Michel Foucault, pasando por toda una tradición de antipsiquiatras como la de Franco Basaglia. ¿Te reconoces en esta tradición?
Sí. Yo hice la tesina de licenciatura en medicina sobre la izquierda freudiana. Me centré en la polémica de Marcuse con el revisionismo de Erich Fromm. Leí entonces a todos los pensadores radicales de la diáspora nazi que cayeron en mis manos, a los llamados por algunos los hijos renegados de Heidegger. Herbert Marcuse me sigue pareciendo un pensador que al estudiar los mecanismos de la desublimación represiva, la represión sobrante, o al insistir en los análisis freudianos sobre las relaciones del dinero con la mierda acumulada y el carácter anal, ilumina el aspecto subjetivo de la ecuación marxista sobre la relación venta de vida y tiempo de trabajo, una ecuación plenamente vigente en la actualidad. Por eso cuando Giddens mete en el mismo saco a toda la izquierda freudiana, incluidos Foucault y Sartre, y cuando los caricaturiza desde el fracaso de la revolución sexual de Reich, me parece que está intentando un falso jaque mate al pensamiento radical. Giddens sostiene que en la vida cotidiana no se produjo la revolución sexual que soñaba esa izquierda, pero tampoco pervivió la represión patriarcal porque se estaba produciendo ante los ojos miopes de esa izquierda una revolución sentimental. Su opinión prepotente y rotunda me parece un juicio similar al del fin de la historia de Fukuyama. El intimismo dirigido desde una vanguardia feminista impuso efectivamente unas relaciones personales presididas por el sentimiento puro que permite la libertad postmoderna y renegó de las ilusiones revolucionarias sobre la centralidad de la transformación del trabajo para la liberación. Pero esa visión pastoril de Giddens sobre la historia me parece un sofisma: acierta en lo superficial y establece una convincente genealogía de cómo el amor sentimental iniciado por las escritoras protofeministas va ganando el mundo social imponiendo un intimismo emotivo que hoy domina un imaginario que dirige el interés utópico hacia lo subjetivo. Pero Giddens narra esa marginación de lo social como un suceso espontáneo, como una evolución natural, cuando el intimismo es el resultado de toda una serie de derrotas en las luchas por forzar la historia y las relaciones de trabajo hacia la libertad. El refugio en las relaciones puras es un amor a palos tras haber destruido el mundo del trabajo como productor de subjetividades, o haber hecho desaparecer las formas de convivencia en el barrio como espacios de vida solidaria. Es sobre esa ausencia de los antiguos espacios de soporte social, sobre las ruinas de las escuchas espontáneas del patio de vecinos, o la taberna, donde se reclutan los clientes de los centros de salud mental. Hay que buscar escuchas mercenarias y profesionales cuando esa relación intima se quiebra y ya no hay un grupo natural en el que apoyarse. El refugio psi para un mundo despiadado es mejor que nada, pero no sin la nostalgia por un mundo piadoso. Ese reproche al mundo cruel falta en el panegírico de Giddens sobre las relaciones puras y la libertad postmoderna.
Sin duda lo que planteas acerca de que el compromiso sigue siendo importante, y de que hay que educar, elaborar el deseo, para que sea posible una cierta estabilidad personal y social, para que no todo se desvanezca en el aire, me parece muy pertinente. Uno de los problemas de Las transformaciones de la intimidad de Giddens, que fue discípulo de Norbert Elías, y que, aunque no puede, quiere hacer un libro a lo Elías, es que no se plantea en serio algo que se planteó Elías y te planteas también tú: ¿cómo hacer compatible el nosotros con el yo? Pero cuando tu hablas de la necesidad de una ética social, cuando te refieres al compromiso personal, me parece que quizás habría que matizar más. Aún a riesgo de generalizar excesivamente, creo que tradicionalmente fueron, y todavía siguen siendo hoy, las mujeres las que hicieron un mayor esfuerzo para mantener esa estabilidad, para mantener las redes sociales, en definitiva, para mantener el equilibrio social. Históricamente las mujeres en nuestras sociedades desarrollaron toda una serie de actividades de cuidados, y por tanto de protección social. Pero eso podría implicar, por decirlo rápidamente, que esa sobreimplicación de las mujeres hiciese que su yo se viese más presionado en una dirección, y que su libertad personal estuviese más coaccionada que la de los varones. Se producía así un desequilibrio entre el nosotros y el yo que les afectaba a ellas especialmente. En la actualidad hay un mayor equilibrio de poder entre los sexos pero hay una crisis de atención y cuidados. El altruismo ha entrado en crisis, pues adultos y jóvenes hoy en día no parecen estar muy dispuestos a sacrificarse por los demás porque están en una pseudoafirmación del yo, en un mundo en el que el placer inmediato parece está sobrevalorado. Retorna en estos tiempos una especie de carpe diem.
Sí. De hecho Giddens elogia con acierto el discurso del sentimentalismo romántico de las escritoras y lectoras de finales del siglo XIX, pues a su juicio fue un factor central en la revolución sentimental que preside nuestra libertad postmoderna. Pero, creo que cuando idealiza hasta la caricatura ese logro de escoger amores sin ataduras se falsea aquel discurso que incluso en el folletín enfatizaba las desgracias del amor de la heroína pobre a cuenta de la posición social de su amado que tornaba imposible la unión. En las grandes novelas de ese tiempo, - Orgullo y prejuicio de Jane Austen, por ejemplo -, se ve bien como el dinero decide el destino de las parejas por encima de cualquier sueño de las almas bellas. Giddens pasa a suprimir esa determinación, esa coacción de poderes, y pretende que hoy vivimos libres de las determinaciones económicas o de las tradiciones, que vivimos en relaciones flotantes presididas por la libertad sentimental, como sucede en la película Pretty Woman en la que el millonario y la prostituta pueden encontrarse por azar y casarse. Esa descripción me parece tramposa en el sentido de que los sentimientos y su gestión desde la infancia siguen estando hoy cautivos de unas disciplinas tan férreas como las antiguas. Por otro lado ¿cómo pueden los sentimientos convertirse en cemento social? Permaneceré contigo mientras mi sentimiento me una a ti, me parece una formula suicida para cualquier relación. Creo que hay que instituir un tipo de crianza que genere obligaciones morales, que se base en promesas y en sentimientos de deuda con la generación anterior. Conviene articular la vida como un coger el testigo de nuestros antepasados porque ahora cualquier tipo de obligación es vivido como represión, y eso está generando una educación sentimental que, prometiendo el hedonismo, genera una infelicidad generalizada de inestabilidades y rupturas que de nuevo crean pseudonecesidades psiquiátricas. Curiosamente esa inestabilidad generalizada de los vínculos amorosos se está viendo sobre todo en la clase obrera, donde la ruptura de los matrimonios supera ya el 60% entre los que tienen entre 20 y 30 años, pues la norma de estar en pareja solo mientras se está bien es ya un seguro de ruptura. En las paginas de divulgación psicológica del dominical de el diario El País se decía, como si se tratase de un axioma matemático, que el amor dura un máximo de 5 años y que luego se convierte en hábito. Si a eso se suma un trabajo inestable, una vivienda en malas condiciones, y un mercado inmobiliario prohibitivo para los jóvenes, se generan unos saltos continuos de relaciones que en dos generaciones conducen a un caleidoscopio familiar que trastoca incluso la nomenclatura de las relaciones familiares clásicas. De hecho Giddens se pregunta quien es el abuelo de una familia en la que se han casado tres veces y se crían hijos de varias parejas sucesivas. Una rutina de la consulta psiquiátrica consistía en hacer el árbol genealógico, pero cada día es más difícil hacerlo, pues los propios pacientes se sitúan mal en sus historias familiares, y parece que tienen que inventar su identidad desde un lugar en ninguna parte, construyendo novelas familiares bastante fantásticas. En la genealogía del nosotros el trayecto clásico que combinaba el ethos, - entendido como el conjunto de tradiciones que se integraban en una filiación -, con la autorreflexión que construía el proyecto biográfico, ha explotado, y ese vacío ha dejado paso a la necesidad de orientar en solitario las identidades sucesivas a partir del deseo y de la búsqueda de la autenticidad. Sé fiel a tu deseo, defiéndelo de lo inauténtico (en este caso los inauténtico son las convenciones sociales), es un discurso que condena a mis prójimos a ser simples constructos de mis sentimientos: el otro se convierte en un fantasma actualizado únicamente por mi amor proyectivo hacía él. El nosotros postmoderno es solo la suma de mis objetos de deseo: un mundo que cancelo cuando les retiro mi afecto.
Volvamos a Giddens para poner en cuestión la psicologización que introduce en ese libro sobre la intimidad, algo a lo que Fernando y yo también nos hemos referido en un artículo que se publicó en Archipiélago. Cuando Giddens se refiere a lo que él denomina la relación pura, quizás yo no lo vea como tu. Ese arquetipo de relación, al que posiblemente únicamente puedan acercarse algunas parejas de determinados grupos sociales, sean del sexo que sean, plantea la necesidad de introducir la negociación para tomar decisiones, lo que puede interpretarse como cierta necesidad de democratizar las relaciones interpersonales. De hecho, aunque comienza a haber cambios, en la mayoría de las parejas, incluidas las de la burguesía, cada uno sigue teniendo roles diferenciados, a veces complementarios, y no siempre se comparten decisiones relativas a la vida cotidiana, ni tampoco, con frecuencia, decisiones relativas a las grandes cuestiones.
Bueno, yo creo que sí, que con el paso de la sociedad antigua a la moderna se fue ganado en ese equilibrio de poder, pero conviene que no nos dejemos cegar por el progreso. En la Tesis doctoral Una pareja, dos salarios de Sandra Moreno, de la que tu formaste parte del tribunal, se comprueba un desequilibrio de poder a favor del varón en la toma de decisiones sobre el gasto de las parejas estables: el cambio y elección de coche o electrodomésticos es cosa de hombres, y solo sobre el dinero menudo de la compra decide la mujer para procurar ahorrar. Por otro lado el concepto de micromachismos desarrollado por Bonino me parece pertinente para describir el repliegue del viejo poder masculino, o incluso la violencia de una intimidad presidida por el secreto. Frente a esa persistencia de los poderes reales de lo masculino el miedo en Giddens a la dependencia, a que una de las partes de la pareja termine en una especie de masoquismo moral que aguante cualquier sevicia por amor de tal forma que haga imposible la relación pura, me parece una traslación de los problemas de los profesores oxonienses a la vida del común que no puedo compartir. Y es que entre las parejas trabajadoras un cierto grado de dependencia y compromiso no solo es algo normal sino necesario para no levantarse cada mañana deshojando la margarita del ¿me quiere todavía? o ¿yo ya no la quiero? Hemos pasado del hasta que la muerte nos separe al hasta que el sentimiento nos una. El salto va de un extremo al otro. Nada me parece más ridículo que el lloroso abrazo de Bertrand Russell a una de sus múltiples esposas para confesarle que en el paseo matutino de antes del desayuno ha descubierto que ya no la quiere y deben divorciarse. Entre esos extremos quizás haya que introducir alguna promesa mínimamente estabilizadora, porque de otro modo es como la profecía que se cumple a si misma: si la relación se basa en la actualidad del deseo, la autorreflexión crea una inseguridad automática.
Sí, quizás entre la gente más joven las cosas sean así. Pero yo sigo viendo entre gente de nuestra generación, entre la gente que se suele denominar generación del 68 con autonomía económica y formación cultural, que sobre todo los colegas masculinos casados suelen hablar sin rebozo de que tienen amantes. Nosotros solemos tomarles el pelo diciéndoles que sus abuelos no se comportaban de forma muy diferente, y que si ya no les es grato vivir con sus mujeres por qué no se separan. Pero ellos dicen que eso no les conviene ni económica ni afectivamente, que su situación tal y como está es perfecta. Así que hay que ver en qué consiste esa promesa estabilizadora, porque se puede seguir manteniendo un desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, algo que no era el ideal de igualdad que nos prometíamos cuando éramos jóvenes.
Desde luego los vínculos estables no se corresponden con esa complacencia en ponerse los cuernos mutuamente, que es como el Manifiesto Comunista describe a la familia burguesa. Una de las criticas más justas planteadas a Freud es su indiferencia ante Dora - una adolescente angustiada ante la promiscuidad de su padre y su tolerancia a las agresiones sexuales que ella está sufriendo - etiquetándola de histerica por no excitarse al ser besada por un amigo de su padre. Tampoco la relación basada en vínculos estables tiene que ver con esa separación entre amor tierno y amor sexual que Freud describe como especifico de las dos fuentes del Edipo en la pubertad. Freud afirma que el objeto erótico debe ser lo más lejano del amor materno y que comporta relaciones con la prostituta para el sexo y con la virgen para el matrimonio. Justamente la necesidad de fusionar sexo y ternura ejemplifica lo hipócrita y lo imposible de esa doble relación de la que hablas. El sexo, en su materialidad física, con la edad, también se convierte en un bien escaso y difícilmente repartible entre dos relaciones. En todo caso las rupturas entre las parejas jóvenes de la clase obrera son más impulsivas y faltas de tiempo de reflexión o negociación, pues como tienen pocos bienes materiales y simbólicos que conservar y transmitir al primer conflicto se rompen. Las rupturas, en esas parejas de jóvenes trabajadores, se producen por motivos banales. La cosa se enfrió entre nosotros, me decía por toda justificación una paciente divorciada a los 18 meses de casarse. Lo mismo que se cambia de trabajo, de ciudad, o de amigos, se cambia de relación. Por otra parte el tópico de la madre sacrificada por los hijos y la casa, ya no funciona. En las clases populares cuando hay una ruptura a los niños los cuidan las abuelas, y los jóvenes se emparejan de nuevo rápidamente sin que transcurra un periodo de duelo. Y a veces bajo el mismo techo viven familias recombinadas, con niños procedentes de varias relaciones, en una babel de sentimientos con implicaciones judiciales e invasión de asistentes sociales que vigilan “el contexto de maltrato”.
Me interesa lo que planteas acerca de la crisis de los espacios de seguridad, no solo el de la familia, que era una especie de refugio en un mundo muy duro, sino también el del trabajo fijo, o el de las relaciones de amistad sólidas, pues cada vez más la gente cambia de trabajo, de amistades, e incluso de ciudad. Entonces, en esa especie de flotación de los sujetos, puede haber el peligro de una búsqueda de un tipo de seguridad autoritario, la necesidad de que alguien te ordene la vida. ¿Percibes esa necesidad en la consulta, esa demanda que supone la renuncia a una cierta autonomía, y que puede referirse tanto al ámbito personal, como al político?
La búsqueda del amo y el miedo a la libertad son temas clásicos del análisis de la familia autoritaria, como pusieron de relieve los frankfurtianos. A mi juicio estos temas se actualizan en las asociaciones de enfermos mentales que empiezan a tener influencia y a ser tentadas por el dinero de la industria farmacéutica. Algunas asociaciones de familiares de enfermos exigen cada vez más una función de tutela autoritaria de los enfermos psicóticos. Exigen unidades de psiquiatría cerradas, tratamientos neurolépticos obligatorios por ley, y aspiran a transformarse en una especie de cuidadores delegados. Consideran al psiquiatra como una especie de director de conducta que tiene la obligación de proporcionarles las recetas para tratar a su hijo o a su marido en la vida cotidiana. Esta petición de control privilegia un neoconductismo interpersonal, y convierte la casa en una especie de institución total presidida por la disciplina y la tutela familiar respaldada por el psiquiatra. ¡Si no obedeces llamo al psiquiatra y te aumenta la medicación o te ingresa! Así se podría formular una amenaza corriente en nuestros días contra los enfermos mentales. Yo a veces tengo problemas cuando me piden esa guía conductista que transforma la vida familiar en un espacio técnico dirigido por estrategias aprendidas. Se ha pasado de la familia esquizofrenógena, de la que hablaba la antipsiquiatría, a calificar de patológica a la familia sobreimplicada en los cuidados del paciente. Por otro lado, la función de guía emocional de los psi, de gerentes de lo intimo, se visualiza mejor en el tratamiento de los síndromes psiquiátricos menores. Pacientes que solicitan dirección vital para decidir sobre amores y rupturas, prácticas de cuidados familiares, de control de vicios que antes se transmitían de generación en generación, ahora se pierden y exigen pericia técnica: cómo criar a los niños, cómo cuidar a los viejos, cómo negociar cada crisis de pareja, cómo ser padres, cómo jubilarse sin traumas… De todo lo que concierne a la vida surgen peticiones al psiquiatra de ayuda y guía vital. Pero los caminos de servidumbre son masivos, y se percibe también entre los hooligans, cuando buscan recrear los sentimientos de pertenencia a la ciudad o la lealtad a los compañeros con la brutalidad de la violencia futbolera dirigidos por algún boss fascista. La nostalgia del hogar, la búsqueda de seguridad en la tierra, que llevó a Heidegger, y a tantos otros, a pactar con el fascismo, renace hoy en las multitudes. Los obreros preservaron el taller como espacio propio: cuando llegaba el ingeniero caían piezas desde el techo, y reinaba en aquel espacio todo un sistema de sabotajes benévolos que hacía huir a los extraños. Entre los obreros existían unos saberes secretos para el extraño – soldar una piqueta hasta que brotaba un fuego azul que le daba la dureza óptima - que constituían rituales cercanos a las antiguas maestrías medievales de las que el obrero moderno ha sido desposeído. Hoy el panóptico y la presión de la individualización en el salario es tan fuerte que se fragmenta al grupo obrero. Un amigo que trabajaba en la naval como soldador, y que ahora trabaja en la Suzuki, me explicaba el cambio cotidiano: pasar de rituales colectivos de trabajo a una disciplina que exige pedir permiso para ir al baño, o a tener que mantener el taller sin un solo papel por el suelo, o a tener que anotar el tiempo empleado en elaborar cada pieza con el pelota y chivato de turno vigilándote. La mecanización de la cadena de producción, que solo exige atención robotizada sin habilidad alguna, convierte al nuevo trabajo en un infierno. Antes podía haber accidentes, mientras que en el nuevo trabajo hay una seguridad absoluta, pero varios de sus compañeros de la naval han hecho delirios de persecución - el peligro amarillo - en el nuevo trabajo.
Sí, eso lo ejemplificas muy bien en Egolatría cuando hablas del moobbing, cuando analizas cómo esos cambios en el trabajo y en la conciencia de clase llevan a que se produzcan otros síntomas, a tener la insoportable sensación de que van a por ti. La ausencia de las antiguas redes sociales, la individualización tan fuerte que hay ahora en el trabajo, introducida por la nueva economía y sus formas de control, producen en los trabajadores un agravamiento de la tensión psicológica. Antes había trabajos enormemente duros, pero los trabajadores encontraban cierto escape en ese tejido social que caracterizaba al trabajo de fábrica, en esas relaciones densas que se establecían entre los compañeros, mientras que ahora esas dificultades se personalizan de tal forma que los trabajadores creen que existe un complot dirigido directamente contra ellos. No encuentran formas colectivas de escape, formas de resistencia. El dolor es real, pues el trabajo es en muchos casos un tiempo de sufrimiento que incluye el atasco automovilístico de cada mañana y tarde, que alarga el horario, pero, al personalizarse, se ha transformado en sufrimiento intimo transformado en necesidad de tratar el estrés.
Sí. Antes el trabajo daba significado a la vida de varias formas. Articulaba las edades del hombre en el transcurrir del tiempo: aprendiz, trabajador, jubilado. Era un medio de ganar dinero, pero también había la perspectiva de llegar a algún tipo de maestría que era respetada en el barrio, al tiempo que el imaginario de clase creaba utopías lejanas (cuando llegue nuestro día) y resistencias cotidianas o espacios de poder obrero invisibles al patrón. Además existía una continuidad entre vida y trabajo. Los obreros vivían en los mismos barrios, las familias se conocían, y las redes solidarias protegían a los compañeros y excluían a los esquiroles y trepas que a veces no podían ni acudir al lavadero o a la taberna. De ahí que el taller y el comedor fabril fuesen una continuación de la casa, y un verdadero consultorio sentimental (bastante machista por cierto). Ahora el trabajo teóricamente es un espacio higienizado donde toda esa cultur |