IGNACIO CASTRO REY Controversias  


         Esta sección la constituyen cartas privadas que no han visto la luz hasta ahora. Escritas a amigos, se apoyan en la espontaneidad de un comentario, una cólera o un desacuerdo contextualizados en la actualidad. También en la confianza, en el afecto, en la intención de ser atentos con lo ajeno. Algunas tienen un tono un poco desesperado, pero como uno es así no se puede pedir una especial piedad por ello.

         Lo escrito tiene muchos defectos, pero no quizá el de dejar por alto la ocasión de decir algo, de pronunciarse, de tomarse en serio las cosas, sean "históricas" o "privadas". Se ensaya en ellas la posibilidad de ser solidarios con el acontecimiento, con la novedad de lo que ocurre, no con la sacrosanta ideología que nos ha formado. La misma, además, que cede una y otra vez en lo diario con la coartada-pedigree de ser de izquierdas "de toda la vida".

         Lejos de esa seguridad, precisamente porque se piensa a partir del afecto, aquí se busca la confrontación, el fragor de un pequeño combate ("¿qué es lo excluido para que nosotros nos constituyamos como campo?"). Ya ocurre tal vez en los otros textos "teóricos", pero ahora, a golpe de comunicación personal. La idea, en el fondo, es muy sencilla: intentar corroer los ídolos consagrados para que brille al otro lado una tierra incierta, sus espectros. La alianza de cólera y serenidad debe romper el consenso estable en nombre del acuerdo provisional sobre las contingencias. Que esto incluya o no, en ese justo instante, tener que odiar lo que habitualmente se llama Filosofía es algo que se deja al criterio del lector.



I. Sexo, religión y conformidad

         Querido J.:

         Tu escrito es largo, sincero, lleno de ideas muy distintas y con un toque de confesión personal que -justamente porque te permite poner en orden tu experiencia- le deja a uno un poco desarmado. Como te permites el lujo de hacer muchas afirmaciones generales, y haces muy bien, no me resisto a la tentación de llevarte la contraria en algún punto, de paso que agradezco tu honestidad, la confianza que depositas en mí, y ordeno un poco mis ideas y mi biografía.

         Primero, a propósito de las leyendas y los cuentos infantiles, antes de meterme en otros campos, te diré que me parece vital y éticamente obligatorio no perder la inmadurez, la relación mítica con una infancia que es insuperable, como una sombra que nos siguiese. Hablo de la capacidad para asombrarse, para tratarse con el no saber, con los espectros que recorren el día. Un temblor infinitamente adolescente que, como dice un autor de nuestra época, debe hacernos vacilar en el umbral de cada decisión. Estoy a favor de concebir la infancia -y la juventud- no como una etapa cronológica que se puede dejar atrás, sino como una “zona cero” que siempre nos acompaña, el punto de fuga de cualquier edad. Esta es una cuestión clave hoy en día, mantener la relación con las sombras, con lo más "subdesarrollado" que hay en nosotros. De otro modo, lo reprimido a la luz del día vuelve en forma letal y clandestina, tomando caminos perversos. Por ser modernos y expulsar los fantasmas de nuestra hábitat, por expulsar la relación con el violento enigma de vivir, la gente en Occidente ha de engancharse a la violencia espectacular. Mientras buscamos víctimas por todas partes -la información es eso- y cualquier clase de borde morboso, necesitamos de vez en cuando volver a localizar un "eje del mal" -Irán en el punto de mira- y preparar el bombardeo de lejanos y raros países que no hablan inglés. Estoy en contra de esta mentalidad bárbara, aunque esté cargada de un odio normalizado, digital.

         ¿Crecer y separarse de las leyendas infantiles? No, gracias, no me parece bueno, pues acabamos cambiando unas leyendas por otras, mucho más criminales. De los Reyes Magos pasamos a los Comunicadores y a los Expertos. Entre San Pablo y Bill Gates, me quedo con el primero, que además sabía hablar y escribir.

         Me parece, por otro lado, que no hay nada más afrodisíaco que la inocencia. Lo mismo diría de la incultura o de la ignorancia: el encanto de una persona se mide en cómo se relaciona con lo no sabido, con lo más primario de su deseo. ¿Recuerdas a Sócrates? Para mantener el amor al saber -el saber como camino, no como punto fijo de llegada- es necesario mantener la relación con la ignorancia, ese lecho sombrío que siempre será más latente que patente. Me parece peligrosísima nuestra voluntad fascista de transparencia global. Me recuerda a una "solución final" al espectro de lo real. Somos dignos herederos de los nazis, lo sé, pero creo que eso nos hace más infelices, incluso nos deja más solos. Un ser humano está solo desde el momento en que rompe los lazos con la noche, lo desconocido que pisamos. Te parecerá romántico, pero yo -tiene gracia, siendo heterosexual- pienso aproximadamente así. Escuchando ayer una canción reciente de Nick Cave -es preciosa, pero no sé el título-, arreglada con una fondo turbio de interferencias bajo la base rítmica, pensé: claro, si no hay fantasmas, irregularidades, apariciones que pulsen en el fondo, no hay vida, ni su emoción ni su peligro. Ni música ni vivencia.

         Y aquí es donde se arraiga una relación intuitiva o "natural" con la religión, quiero decir, en la extrañeza de la inmediatez, del aquí y ahora singular, algo que siempre está más cercano de lo que se llamaba "milagro" que de lo que se llama "ley". Claro que tienes razón, la Iglesia es patética, cuando no directamente criminal. Exactamente igual que todas las instituciones, pues lo mismo pasa con el sagrado Estado, el sagrado Mercado, la sagrada Información, la sacrosanta Filosofía y, supongo, también las triunfantes asociaciones de homosexuales. Si no distinguimos la institución Iglesia, encadenada para siempre a vínculos de poder, de la experiencia religiosa del enigma de cada ser -al fin y al cabo, en todas las religiones, "Dios" es tal vez una metáfora del misterio que es el mismo individuo, cualquiera- no distinguimos la vida de la historia, y esto nos deja desarmados en todos los campos. Tenemos dos lados, dos manos, dos hemisferios cerebrales: es necesario tener un lado en el dios menor de la vida para manejar desde ahí al Dios mayor del César. Que lo grande y espectacular sea un juguete en manos de lo pequeño, lo que se atiene a sus límites: una buena idea cristiana. En otras palabras, mantener una simpatía por el diablo de lo minoritario, lo que no cabe siquiera en las minorías instituidas, que enseguida lo traicionarán. A veces parece incluso que el juego de la mayoría biempensante -popular o socialista, demócrata o republicana- y las minorías "radicales" es el juego perfecto en Occidente para cerrar la coacción de lo social sobre la existencia, de la historia sobre la vida. Odio nuestra constante Operación Triunfo. Esto, me temo, es también muy cristiano. Qué se le va a hacer.

         ¿Creer en Dios por miedo? A ver, vayamos por partes. Frente a la religión judaica de la Ley, que sostenía -simplificando- al Dios de la cólera, el cristianismo escandaliza al orbe de judíos y paganos al inaugurar una religión de la Gracia, de la Piedad, del Amor. Como recuerda Vattimo en ese libro que te comenté, el cristianismo es condenado a muerte por pensar un Dios que debe sufrir, acompañando al hombre en su finitud. Un Dios que duda, que puede ser abofeteado y escupido, que puede morir, que se le puede mirar de frente -no sólo "de espaldas"-, que puede hacer confidencias de amigo. Se dirige a lo inculto que hay en nosotros, lo que de niño, de mujer, de endemoniado hay en nosotros. El cristianismo comienza por la lógica de la encarnación, produce una metamorfosis de la carne con la relación íntima del Padre de allá y el hijo de acá, de infinitud y finitud, de cielo y tierra. No sé, no me parece poco en este mundo, tal como está.

         Te quejas de que el Estado español atienda a la Iglesia. Es que el Estado, aunque mire para otro lado, sabe que -además de los votos católicos- la religión está arraigada en la condición mortal, en la inminencia de la muerte, a pesar de todas las tecnologías y aunque tuviéramos 15 años. No sólo es que los viejos llenen las iglesias... es que los hoy jóvenes "laicos" algún día serán viejos. No hay nada malo en temerle a la muerte, por el contrario, es lo natural. Ni siquiera sabemos qué es eso, sólo sabemos que arroja una duda radical sobre lo que sea la vida. El hombre siempre es -se ha dicho- suficientemente viejo para morir, como si de antemano supiera de la muerte. Al mismo tiempo, siempre es demasiado joven para morir, pues la muerte es un escándalo y su inminencia hace que una vida entera parezca un soplo, una brizna de hierba. Ésta es la tarea, mantenerse joven ante la muerte, una muerte siempre inminente, siempre inmanente. En este punto clave la experiencia de la religión ofrece una tecnología punta -de inversión o reversión de la muerte- frente a la cual todas las otras tecnologías son penosamente analógicas, secundarias.

         Valle de lágrimas o colina de euforia, nuestra vida es irremediablemente un tránsito, imposible de concluir -en ningún destino- con nuestro conocimiento, incluida la tecnología más puntera. Entonces, ¿por qué no la religión como un pensamiento clave, instrumento de una existencia siempre débil para alcanzarse a sí misma? En último término sólo nos ayuda, sólo nos "salva" una tecnología punta de la existencia desnuda, algo que sea capaz de revertir la muerte y encontrar una necesidad en nuestra contingencia, una universalidad en nuestra extraña individualidad, una brizna de eternidad en nuestra dolorosa condición mortal.

         Y después está el tema del pecado. Te confieso que me gusta la palabra, como todas las palabras antiguas, sin ver en ella un tinte primeramente represivo. Además, el cristianismo comienza reivindicando la necesidad de atravesar el pecado. Confundes en este punto catolicismo con protestantismo, y son dos cosas muy distintas. Este último, sobre todo en su versión calvinista, ha practicado una furiosa aversión al cuerpo y al mundo de los sentidos que el cristianismo del Sur sólo ha practicado episódicamente, por ejemplo, en el franquismo. El pecado original, incluso, no deja de ser una metáfora de la necesidad primaria de errar, de caer en el lapsus, en los actos fallidos donde se manifiesta más la verdad que en el Programa Verdadero que los occidentales siempre tenemos en la cabeza. La verdad como crisis del Saber, como virus informático. Creo en ella, como en todos los virus. Me parece viva, emocionante, peligrosa, atrevida, provocadora. ¿Recuerdas otra vez a Sócrates y su ironía contra lo que creía haber llegado a puerto seguro? Es necesario, una vez que nos sentimos en puerto, volver a abrirse al mar. Volver a abrir las compuertas a la marea, a los demonios exteriores. Un poco agotador, de acuerdo, pero a la larga más saludable -y descansado- que amurallarse, que blindarse en el autismo, al estilo de nuestra querida America.

         Claro, Dios hizo "imperfecto" al hombre para que se pueda rebelar, para que pueda incluso querer ser "como los dioses", tal como lo intentaron los nazis -furiosamente anticristianos, por cierto-, o ahora las prodigiosas tecnologías de moda. En el fondo de las religiones, que no son otra cosa que parábolas, "Dios" no es más que la perfección que está al otro lado de la imperfección, la santidad que está al otro lado del pecado, después de atravesarlo... Se puede ser cristiano y ser anticlerical, por supuesto. Pero a mí la forma más divertida de ser anticlerical, hoy, la encuentro en perseguir el puritanismo imbécil de lo social, el moralismo represivo de la casta de los nuevos sacerdotes, periodistas, profesores, expertos, comunicadores y su Santa Alianza contra la naturaleza mortal, quiero decir, contra la potencia afirmativa de la muerte común. Me gusta sobre todo este fantasma. Frente a él, la religión democrática -la conversión en agresivo dogma global de lo que es sólo un modesto instrumento parcial- me parece algo profundamente racista y reaccionario. Patético, además, pues es una batalla -la de luchar contra el sentido de lo mortal- que no podemos ganar, cuya sola empresa nos hace más infelices. Nos pasamos el día hablando -en el fondo, con orgullo- de todos los que llegan exhaustos a nuestras costas. Ahora bien, ¿quién habla de los que se fugan de aquí, la escandalosa lista de suicidios, desapariciones voluntarias, depresiones? ¿Recordamos el volumen de consumo de ansiolíticos y antidepresivos? ¿Y los cristales que tapian el puente sobre la calle Segovia?

         Someterse a Dios, dices, hacer lo que él quiere para que no nos castigue. Dicho así -no sé si es justo- no suena muy bien. ¿Pero es que acaso la Sociedad hace otra cosa con nosotros? La democracia ha inventado la forma más perversa y perfecta de obediencia: todo el mundo finge estar contento mientras marca el paso. Al final, decía Lacan, la religión -entendida como la voluntad gregaria de obedecer- siempre triunfa. Siguiendo a Pasolini, mi propuesta es vencer a la religión instituida -la del mercado- con la experiencia de lo religioso. Lo cual significa, insisto, atravesar la muerte, mantener una buena relación con la violencia de vivir, con el diablo de las afueras, lo que nunca será socializable. Como institución, la Iglesia es una secta porque utiliza el miedo al exterior. Pero, ¿y el conjunto de Occidente, no utiliza el miedo contra la tierra, contra la vida atrasada? Somos una secta. No olvidemos, se dice, que el 75% de la humanidad jamás ha hecho una llamada telefónica... y lo bueno –je, je- es que le importa un comino, ni siquiera sabe de qué estamos hablando.

         La religión sólo lleva al extremo la fe que hoy, sumergidos en este mundo de zombies indiferentes, necesitamos para sacar un pie de la cama. Yo creo, tú crees, ella cree. No hay forma de salir de este círculo vicioso de las creencias. Todo son creencias… y la afirmación "Dios existe" no es más dogmática ni eclesiástica que la contraria, "Dios no existe". En todo caso, son dos afirmaciones no tanto sobre "Dios" como sobre la existencia. ¿Qué hay en la existencia -ahí, afuera- que nos lleva a hablar de Dios, aunque sea para negarlo? Por otro lado, la "complejidad" teledirigida de la Información ha multiplicado la necesidad de creer en algo porque ha convertido la incertidumbre en global. Ya no sabes si estás deprimido o estás estresado de euforia, si todo te va mal o si sólo necesitas cambiar la decoración. En el momento en que la información alcanza el extremo del planeta, tu cuerpo se resiste a la información con las alergias o con el cáncer, cuando un grupo de células han perdido la relación con el programa. Creer: ¡recuerda que millones de estadounidenses creen que su gobierno jamás llegó a la luna, que todo es un montaje!

         La creencia es fundamental en cualquier terreno. Crees o no crees en mí, crees o no crees en tal compositor, aunque a veces te decepcione. Y no hay nada que esté de una vez por todas demostrado. Hasta para percibir -una película, un paisaje, un programa de televisión, los matices de una persona- es necesario creer en una posibilidad más alta que la visualización, que el logo de lo evidente. Creemos siempre -en Dios o en lo que sea- teniendo presente los límites del conocimiento y el miedo, claro. Aunque el cristianismo grita ¡No tengáis miedo! (Mt., 1, 20), hoy no debemos perder algunos miedos. El miedo es el índice de nuestra relación con todo lo que no conocemos... y lo que no conocemos está en el centro, latente. La gente que no tiene miedo es peligrosa, pues no sabe nada de los límites. Para ocultarlos, nuestra sociedad se pasa el día infundiéndonos miedos inyectados: los virus, el sida, el terrorismo, la gripe aviar, Al Qaeda, el cambio climático... ¿Qué sería de nuestra democracia sin esa lista de enemigos temibles? No daría ni dos pasos, pues todo su negocio de control y comunicación, basado en el miedo y el aislamiento individualista, desaparecería. Consumir es obedecer al miedo social, encerrarse en una acumulación de marcas, seguridades, técnicas avaladas. Frente a esto, algunos defendemos la necesidad de reírnos de esos miedos que tapan el miedo a la vida misma que no tiene enemigos… más que su naturaleza mortal. Un miedo religioso, en suma, que tiene en lo que no conoce el primer interlocutor.

         Al menos, diría lo que dice en algún lugar el escritor Thomas Bernhard: "Soy absolutamente religioso, sin necesidad de creer en nada en particular". En dirección contraria está nuestra obsesión puritana por "salir del armario", como si la vida que hay por debajo de toda identidad reconocible no fuera siempre un armario, una zona de sombra donde no se ve bien lo que hay, lo que es de uno y lo que no, lo que es heredado y lo que es elegido. En una sociedad donde al prójimo no puedes contaminarle con tu humo, ni con tu humor, sin embargo sí puedes echarle encima la idiotez de tu identidad reconocida, tu elección estética, sexual, etc. Cuando en realidad, no queremos recordar que elegimos siempre desde el fondo de lo no elegido: la forma de mis orejas, mi tono de voz, mi lengua natal. Somos libres, si los somos, labrando continuamente la fatalidad que no hemos elegido. El "armario" es algo que continuamente debemos arrastrar, no se puede ni se debe salir de él. Simplemente, debemos darle forma. Es lo que tenemos en común con un chino, un ruso, un judío: somos una voz que resuena desde un armario, desde un absoluto que no hemos elegido. Este es el problema de ser individual, que no te has elegido y nunca sabrás definitivamente quién eres. Bendito sea ese secreto que nos precede siempre, que nos da vida y nos asusta.

         Lo que pasa es que estar contra la religión -ya sé que no es tu caso- da juego, porque parece que nos hace más racionales, más modernos. Con frecuencia, la guerra contra lo religioso -también esa guerrilla que los socialistas libran en la ESO- es la batalla cobarde que se inventa la izquierda contra un enemigo fácil cuando, en realidad, en todo lo fundamental la izquierda cede al capitalismo, a su imperativo de fluidez total. Estoy a favor de lo opaco que resiste a nuestra cadavérica flexibilidad, sea de izquierda o de derecha, dos categorías bastante ridículas hoy. Por eso me interesan Rusia y Michael Moore, Peter Handke y China, Sokurov y Naomi Klein, Camarón y unos cuantos Papas.

         ¿Prohibido prohibir? No puedo estar con este emblema ingenuamente "anarquista", que además no se cumple por ningún lado. Estamos rodeados de prohibiciones, muchas de ellas invasivas y estúpidamente moralistas. Está prohibido correr en carretera, fumar, ser castos, ser incorrectos, hablar de la muerte, no ver la televisión, ser provocativos, desconectar de la Sociedad, estar en contra de la Información como dogma de la época, reírse del cambio climático, de la hipocondría social ante la hilera de enemigos fantásticos, etc. Por el tipo de experiencia infantil que tuve, feliz pero un poco solitaria, lo más peligroso del mundo -para "madurar", como tú dirías- me parece la falta de autoridad, quiero decir, de una autoridad justa, medida, inteligente, a ser posible piadosa con aquello que gobierna.

         No puedo compartir contigo esa alergia al no, a la prohibición, a la "zapatilla". Sin una especie u otra de "zapatilla" -aunque sea en la ironía, en el gesto- la palabra no es nada. La palabra misma es una zapatilla: hay palabras que hieren, que coaccionan, que acarician. Si la palabra, que es fundamental en todo momento -hasta en la condena a muerte- no va seguida de actos, de hechos, de amenazas y de noes, es un papel mojado. Ya lo decía Emerson sobre la educación y los padres: "El ruido de lo que hacemos tapa el sonido de lo que decimos". No hay nada bueno que pueda funcionar sin una prohibición asociada. Hasta los asesinos las tienen -por eso golpean a los pedófilos. Todos nosotros en algún momento clave -tú mismo, recuerda aquel estupendo debate- utilizamos palabras que son zapatillas, puños, puñales.

         En cierto modo, la dictadura de Franco que sufrí a fondo -incluyendo dos temporaditas en la cárcel- me parece naïf comparada con esta coacción perpetua e intersticial del pluralismo postmoderno, este interactivo Estado-mercado que puede ser dirigido por mujeres o por homosexuales. Quien mande da igual, pues ninguna sociedad deja de ser autoritaria. Si se levanta la mano sobre esto, es para bajarla sobre lo otro. Si antes estaba prohibido el sexo, ahora es obligatorio. Aunque no es precisamente mi elección, ¿por qué no va a ser buena la castidad, una opción sexual como otra cualquiera si brota desde dentro y sirve para mantener la relación del pensamiento con el cuerpo, algo siempre difícil? Al fin y al cabo, promiscuidad y castidad, heterosexualidad y homosexualidad, son instrumentos, mediaciones para acercarnos lentamente al enigma de uno mismo, de una identidad que jamás dominaremos.

         Ninguna sociedad, y menos que ninguna la nuestra, puede vivir sin reprimir, sin marcar un grupo de "judíos" a los cuales es correcto machacar. Que le pregunten si no a los gitanos, a los serbios, a los rusos, a los árabes, a los homosexuales, a los palestinos, etc. Mis amigos, en general, se contentan con estar contra el PP o contra los "fascistas". Qué triste, qué falso, qué aburrido. Cuando el "fascismo" hoy es el de la transparencia global, el de la comunicación instantánea y continua, este consenso democrático que mantiene al individuo aislado de su fondo sombrío y perfectamente conectado a la sociedad. Todo ello, gracias a la ágil alternancia de izquierda y derecha. Pasolini decía en los años 70: "También a mí me gustaría aislar a la oveja negra, pero es mentira, no se puede". Además, ¡con lo ameno que resulta hoy resucitar una relación mítica con lo real, con el sentido de las sombras terrenales! Y desde ahí, criticar el conjunto global como algo normalizadamente cruel, discretamente criminal. En esta línea crítica, y no es casualidad, están unos cuantos homosexuales destacados del siglo XX, incluidos el tímido Pasolini y el menos tímido Foucault, además de Vattimo o Gore Vidal actualmente. No es casualidad, decía, pues la homosexualidad ha sido una fuga minoritaria de la sexualidad obligatoria encadenada al consumo y a la máquina familiar. Sin embargo, cuando la homosexualidad, el feminismo o el ecologismo se convierten en algo reconocido y previsible, que reivindican y conquistan sus derechos, empiezan a ser parte del negocio mayoritario y tan peligrosos como la más furiosa homofobia. Es significativo al respecto que el ejército norteamericano, para aumentar la potencia democrática de su movilidad destructiva, haya liberalizado su actitud en cuanto a las mujeres y los homosexuales. Si las bombas las arroja una rubia neoyorquina, perecen efectivamente más correctas. Si las bombas las arroja un gay refinado que sabe leer, resultarán más inteligentes, aunque sigan reventando mujeres y niños. Hace mucho tiempo que la izquierda, en este sentido, ha hecho un infame favor a la máquina militar de Occidente. ¿Y qué es Occidente sin su máquina militar? Con frecuencia nuestra liberación sexual -bastante patética- la utilizamos básicamente como nuevo motivo de discriminación entre nosotros, los liberados, y ellos, los atrasados. Nosotros y ellos: en esto consiste básicamente la democracia. Como decía hace poco un general estadounidense, olvidando que hasta ayer maltrataba a la suya: es divertido disparar contra gente que maltrata a las mujeres. Ésta es la idea que necesitamos tener de los musulmanes. Es una estupidez, pero funciona.

         La derecha ya no cree en Dios. La izquierda ya no cree en el Estado. Las dos partes creen sólo en el mercado global, esto es, en el tándem aislamiento-comunicación y la opinión pública que genera. Individualismo, globalización: un hombre, un dígito. Los dos lados de la alternancia convergen en descreer del hombre, de lo desconocido que habita en él. Es más, nuestra cultura ya no cree en lo real, por eso tiene que verlo todo en pantalla. La estupidez del individualismo estadounidense -money talks- está penetrando todos los rincones. Me parece terrorífico. Y me alegra que haya gente que resista, armada hasta los dientes y con el pelaje ideológico que sea.

         Como ves, estamos en desacuerdo en algunos puntos. No veo que esto sea ningún motivo, todo lo contrario, para no continuar la conversación y nuestro mutuo aprecio. Te agradezco mucho tu voluntad socrática de saber, tu honestidad de ser coherente y hablar claro, de expresar en voz alta tus dudas, tus pensamientos, tus desacuerdos. A ellos les debo esta carta en voz alta, tal vez un poco larga, que me ha permitido ordenar mis sentimientos.

         Hasta pronto. Un abrazo

         Ignacio.



II. Cultura y soledad

         Gracias por tu carta tan original, J. Creo que intuyes que tu estilo me resulta un poco difícil, un poco solemne, quizás un poco recargado, pero gracias de verdad por tu descripción tan minuciosa del “panorama” de Málaga y sobre todo por esa última, insólita pregunta a cerca de cuál es el lazo que me une a ti. Eres sencillamente increíble. Y me lo he tomado muy bien, por cierto.

         En cuanto a lo del encuentro de Málaga, por empezar por lo primero, te diré que soy un poco alérgico ese tipo de eventos… donde además, para más INRI, no suelen invitarme. Tanta figura suelta, tanta estrella destacada, tanto papanatismo de escucharse unos a otros, de sentirse juntos, de sentirse elegidos. Y siempre con temas elegidos: Nietzsche, Derrida, Celan, Heidegger. ¡Puaf! En fin, es difícil ya distinguir, dentro de esta empresa global del nombre propio y del autismo privado, distinguir si los temas, aunque sea “Nietzsche”, son otra cosa que palancas para reforzar la identidad privada en este estruendo de lo indiferente… en este mundo profundamente indiferente porque sólo está lleno de blindajes particulares y sus respectivas camarillas. Por lo que me cuentas, francamente, no me perdí mucho. Aunque es cierto que siempre se puede conocer a alguien y, sobre todo, hacer el gamberro en sitios así.

         Además, el tema Nietzsche, destacado como emblema, suele dar lugar a los peores engolamientos, a los peores dislates… aprovechando que el pensador de Sils Maria tiene una inmerecida fama de literato atormentado, maldito genial que ha dicho prácticamente cualquier cosa que pudiera ser impactante, escandalosa, indescifrable. Hace ya 25 años uno estaba cansado de ese teatro, en realidad tontamente wagneriano y muy poco nietzscheano. Para mí Nietzsche es un hombre de ciencia, el pensador riguroso del ser, de la singularidad real. Oigo en él, por tanto, el Aristóteles del siglo XXI: alguien más difícil de entender que Hegel, dicho sea de paso. En este aspecto, siento fáciles náuseas en presencia del nietzscheanismo y antinietzscheanismo más o menos oficiales.

         Pero ya digo, lo peor de todo fue que no me invitaron… y hace tiempo que me prometí no ir de comparsa a ningún sitio de esos y su teatro barato. Por lo demás, si en algunos de los personajes que por ahí pululan hay algo, algo distinto al caciquismo, se verá mejor por fuera, cuando toque hablar de la soledad de la gente, de la ferocidad de la empresa, de nuestras abyectas formas culturales de poder, del aburrimiento, de las guerras justas, de la barbarie interna y externa de Occidente. La cuestión es hablar desde Nietzsche y no más sobre él, sobre todo cuando el personaje está ya tan sobreactuado, dado que todo el mundo -también él mismo- se permitió toda clase de licencias sobre su pensamiento y su figura.

         Después, en cuanto a nuestra relación, qué quieres que te diga. Reconocerás que la pregunta, tomada en serio, es un poco extraña, tal vez un poco adolescente. Yo te podría contestar, ya que a ti te preocupa, con el típico: “¿Y tú, cómo las ves tú?”. O quizás yo no entiendo bien la pregunta, por falta de costumbre. O no entiendo nada de nada, como me ocurre tantas veces, por costumbre.

         Lo cierto es que, recuperado de la sorpresa, me tomo esa pregunta con cariño. Me parece tierna, te lo digo completamente en serio. Y además como una deferencia por tu parte en un mundo donde nadie te pregunta nunca nada de verdad, donde nadie te dice nada personal ni manifiesta ninguna duda que realmente le duela.

         Tú no sólo lo dices, sino que además preguntas, com si tuviéramos 20 años: ¿Qué vínculo te une a mí? ¿Te une alguno? Hace falta valor, pues no creo que sea despiste. Lo cierto es que medio te contestas, pues parte de lo que dices después es cierto. En efecto, uno tiene el cupo un poco lleno. En efecto, uno es un poco pudoroso, un poco remiso, un poco reservado. E incluso, en efecto, es un poco dudoso que uno tenga -¿qué sé yo?- auténticos amigos, embarcado como se está en esta batalla cargada de amor y odio hacia el mundo… y también, por qué no decirlo, en esta batalla por el nombre propio, por hacerse un lugar bajo este sol radiante del espectáculo total.

         Ya ves las cosas que me haces decir. Pero te repito que tu impertinente pregunta está muy bien. En realidad, soy muy poco reservado, muy poco remiso. Tal vez me retrae en ti una cierta ansiedad por no estar ya más solo, por saber de una vez quién es de los tuyos. Una excesiva prisa también por saber quién está a la altura, quién es coherente personalmente con su obra… si es que parece que hay una obra. También me preocupa en ti un cierto “fundamentalismo” del rigor, de la integridad autodidacta, de la exigencia aristocrática. Y yo, aunque soy idiota -y hablo completamente en serio-, no creo en mí, no creo tampoco en nosotros. Soy completamente imbécil, narcisista hasta límites inconcebibles, pagado de mí mismo hasta niveles patéticos, pero realmente amo la llanura común, la estupidez común, la soledad común. Creo en lo común, en la potencia de la vida más simple. Y desde ahí siento una instintiva desconfianza hacia las sectas, los elegidos, la cultura, las camarillas… y las personas que se sienten de alguna manera, en serio, distintas.

         Me pasaba un poco con María -¿recuerdas?- y me pasa en parte contigo. Tal vez. Esto aparte de que nos vemos muy poco, de que estamos ambos muy ocupados, de que hay problemas por en medio de formación y de lenguaje, etc. Por todo esto, lo reconozco, es posible que me equivoque completamente en cuanto a lo poco que creo saber de ti.

         Pero en fin, aunque en principio me irritó un poco, tu pregunta está muy bien. Tanto… que tiene que quedar en el aire. Lo que tenemos que hacer de una vez es vernos, tomar unos vinos juntos, hablar de cualquier cosa. El resto, vendrá por añadidura.

         Voy a estar el puente de mayo en Santiago. Te llamaré, la intención es llamarte, pero si me despisto –madre, hija, familia-, por favor, no te ofendas y llama tú.

         Hasta pronto.

         Un abrazo.






III. Earthen beauty

         He corrido al ordenador al llegar a casa, nada más verte y saber de ti. Te encontré absolutamente encantadora, tal como te recordaba. Pero me temo que no entendí mucho. Para empezar, francamente, me sorprendió que te acordaras tanto de mí, oírte decir incluso que he influido en tu vida. Muy halagado, de verdad, pero un poco sorprendido, no estoy habituado a eso. Después, me pareció entender que tu tentación de viajar tanto era para escapar de algo, un agobio vinculado a la Universidad, tus estudios, tu vida en Madrid. ¿Es así?

         Por favor, dime, escríbeme. Yo sigo viviendo, luchando: mi hija, mi pensamiento, mi escritura, mi extraña percepción del mundo (que yo no he decidido), mi familia y mis amigos. No me quejo, pero vivo en un mundo inestable. Y, dicho sea de paso, no estoy muy seguro de ser “feliz”, de sentirme “realizado”. Aunque supongo que tengo casi todo lo que se puede tener y me quejo de vicio. Lo cierto es que siempre espero (aunque no sé si esto es buena señal) un acontecimiento, un milagro. Y tú lo fuiste esta mañana.

         No me aburres en absoluto, M. Suena muy bien esa historia del viaje improvisado a la playa como modelo para romper con la inercia de lo correcto, de hacer continuamente lo que está mandado, lo que se debe. Lo que siempre acaba en la muerte a plazos de la trinidad trabajo-casa-coche. Sí, tenemos que romper, abandonar, traicionar. Tenemos que viajar e ir lejos para encontrarnos debido a que lo propio, lo familiar, es siempre una sombra que va delante. El eje de nuestra identidad es algo que en absoluto hemos elegido ni conocemos.

         Sobre todo, suena de maravilla eso de que buscas en el “voluntariado” extraer la fórmula de la felicidad de los que no viven en la opulencia, como nosotros, ese brillo en los ojos del instante que fascina a Ricky en American beauty, el que Lester sólo ve poco antes de su muerte. ¿Recuerdas la grabación favorita de Ricky, aquella escena de la bolsa entre hojas de otoño girando al viento en una esquina cualquiera, poco antes de que nieve, como un niño que quiere jugar? Si hubiera un Dios, tendría que ver con eso, con esa inmensa humildad que gira.

         Tengo un libro entero contra la opulencia, a favor de quitarse los zapatos y pisar el barro de la tierra: Votos de riqueza. Y una página web donde, de diversas maneras, defiendo tu viaje incesante para vivir a flor de piel, tu heroica voluntad de andar descalza.

         Pero, por favor, ten cuidado. Ten cuidado al salirte de lo que "se debe" hacer, de la protección de ese eje de inercia. Fuera esperan descubrimientos inolvidables, pero también peligros para los que no siempre estamos preparados.

         Mientras, quería seguir con nuestra conversación. El viaje que os conté en clase, al que te referías ayer, fue a la selva cercana a Puerto Ordaz, en Venezuela, allá por 1992. Aluciné bastante con todo, sobre todo al comprobar (como siempre me ocurrió en la Galicia profunda) cómo la gente puede vivir sin casi nada de lo que nosotros, clonados por el confort, consideramos imprescindible. En realidad, creo que os comenté también que, a pesar de que ellos casi vivían con los animales en sus chozas y que cazaban con fusiles de 1920, el único que parecía enfermo en las fotos era yo, una especie de homeless desahuciado. Jamás olvidaré esa experiencia, que se depositó sobre lo que siempre he vivido en el campo del interior español.

         En cuanto a tu conmovedora confesión de que siempre habías hecho "lo que se debe", hasta aquella obra de teatro que te llevó de repente a viajar para ver el amanecer en la playa, te diré que tiene mucha gracia. Al final, todo se ajusta. Mi experiencia es justo la contraria. Desde los 15 años, yo empecé por hacer lo que deseaba, salvajemente libre y en contra de las normas que me rodeaban, encarnadas en la España de los 70, en mis padres (bastante liberales) y en mis hermanas. Diría que empecé por la anarquía hasta que, harto del vértigo de una libertad sin contenido, volví a un fundamentalismo del deber, del compromiso, del "yo debo". Así hasta que finalmente tuve que irme a la montaña a encontrar una disciplina propia, una autoridad indiscutible, pues todas las externas se me quedaban cortas. Ya ves, empieces por donde empieces, al final todo se ajusta… y parece que del Deber no se libra nadie que tenga corazón.

         Te veía muy bien antes, en aquella aniñada obediencia tímida, y te veo muy bien ahora, en esta generosa desenvoltura de quien tiene que buscarse la vida. Al César (el de lo social) lo que es del César y a Dios (el de la vida) lo que es de Dios. Tenemos dos lados, dos manos, y siempre se trata de que un lado, el que toca al dios de lo pequeño, envuelva a lo grande, a lo social y espectacular. Vas muy bien, no te apresures.

         Después, hay otra cosa que también tiene gracia y que has dicho muy bien. Hoy la protección trabajo-casa-coche se ha incrustado en la piel. Por eso nadie vive nada a flor de piel, por eso nadie anda “descalzo” por la vida y casi nadie dice lo que piensa. Todo son estrategias. Incluso desnuda, incluso en una fiesta, la gente sigue vestida, enfundada en una máscara. De ahí el empeño de uno (¿recuerdas?), que ha nacido tímido, en ser un poco sarcástico, un poco provocador y terrorista para arrancar las máscaras. ¿Recuerdas las clases aquellas? Tu "voluntariado" civil y el mío, un poco "militar" (no soy pacifista), son en este sentido hermanos, aunque se encarnen en tácticas muy distintas.

         Fue estupendo por eso el reencuentro de mi “aberrante inmadurez” con tu “aberrante madurez”.

         Besos


Madrid, 15 de enero de 2008.




IV. Sonar y pensar

         Querido J.:

         Como siempre, a parte de que la paciencia no es lo mío, el entorno conspira para quitarme la poca calma que podría quedarme. Te anoto a vuelapluma unas pocas ideas sobre "Repetición, música e subxectividade", leído con sólo tres meses de retraso:

1. El texto no necesita ninguna corrección, pues (aparte de estar escrito en gallego) basta como inicio de un trabajo académico: está bien escrito, tiene ideas, buenas referencias modernas, etc. Las observaciones mías están en otro plano, pensando en un texto tuyo, que te sirviese para ordenar tu experiencia sonora, para ser leído por un posible cualquiera, para que me sirviese a mí, etc.

2. En este plano encuentro, como te decía, que tiene demasiadas citas, demasiadas referencias conocidas (Deleuze, Baudrillard) y pocos prejuicios tuyos, poca pasión tuya, sombras propias que violenten todas las referencias y hagan al texto menos "académico", más durable.

3. Hay un uso un poco "maniqueísta", a mi juicio, de Deleuze, un poco "alternativo", como si la inmanencia se pudiese oponer a la trascendencia, el ateísmo a la creencia, etc. Lo minoritario solamente es una mutación de la mayoritario, una crisis que únicamente puede darse en el seno de una molicie, aberración mayoritaria en la que siempre tenemos un pie y con la que es necesario mantener un compromiso. La fuga solamente puede darse dentro de una trampa sin salida que es la historia, un mueble que continuamente desplazamos.

4. En este sentido, hay siempre un fondo de "derechas" en toda ontología que se pretenda subversiva, de "izquierdas". Muy particularmente, la música existe como corrosión interna del tiempo dentro de la historia, apertura de otro tiempo dentro del tiempo. Las canciones de los presos negros que dan lugar al Blues y a los Espirituales son indicativas de esto: estamos en la cárcel, siempre (la Historia es la pesadilla de la que es necesario continuamente despertar), y la salida sólo consiste en trazar un mapa de la cárcel, hacer otro uso de la cárcel. Esta es la idea de Agamben, la política del "como no": siempre hay una maldición de partida (eres bajo, tímido, feo, gallego, etc.) y la Revolución debe comenzar por empuñar esa maldición para convertirla en viñedo, como dice Auden, hacer otro uso de esa maldición irreparable.

5. Otra cosa, aunque creo que me repito. Es posible que cites demasiado a nuestros ídolos, particularmente a Deleuze. Para los que no los conocen, te presentas invocando una autoridad externa. Para los que los conocemos, sobran las referencias y se hacen un poco reiterativas. Además, ya ha habido toda una ortodoxia deleuziana en ese sentido, bastante cansina. Creo que deberías intentar que la autoridad emane del texto, de tu vivencia de los materiales que tratas, para dejar las referencias como algo externo, secundario, en notas de las que se puede prescindir. O sea, citar a Deleuze o a Baudrillard solamente después de la autoridad de lo común. ¿Cuál es la autoridad de la común, en este caso?: la música como configuración del silencio. Lo cual significa aproximadamente tomar en serio a Deleuze cuando decía (¿Qué es la filosofía?) que no se trata de decir lo que los clásicos dijeron sino de hacer lo que ellos hicieron, reventar la costra que impide que fluya el presente.

6. A veces, corres demasiado y haces afirmaciones que habría que explicar... si suponemos que nos puede leer alguien que no esté en nuestra onda. Por ejemplo: "La Ilustración es totalitaria". La idea me cae simpática, pero no sé si lo explicas lo suficiente después, en ese párrafo. Sobre todo, esa relación que estableces entre diferencia e indiferencia. Es crucial, es extremadamente simple y por ello está en el borde de lo que podemos pensar. Agamben, por ejemplo, habla en La comunidad que viene de una "individuación por indeterminación", referida al cualsea de la existencia. Como si en la época del poder mundial biopolítico lo único que queda fuera sea la indeterminación que hace igual a lo singular y lo universal, la universalidad de lo intempestivo. Asimismo Deleuze trata la cuestión en la introducción de Diferencia y repetición. Pero el asunto está en el filo de lo que podemos pensar y creo que no se debe dejar así.

7. ¿Cómo la singularidad es la singularización de un "fondo sombrío" universal que escapa al hombre? ¿Cómo el máximo de individuación se alcanza cuando el individuo abraza la inmediatez de lo indeterminable, por eso el individuo no tiene equivalencia externa? ¿En qué sentido esto significa un concepto de máxima comprensión y mínima extensión, igual a 1? ¿En qué sentido esto recupera para el pensamiento (Spinoza) el terreno de la religión? ¿El individuo es algo distinto a lo que los antiguos llamaban Dios? En fin, estos son algunos de los deberes para los próximos años.

8. Vinculado con ello, y ya termino, la música como configuración extrema del tiempo, crisis interna del tiempo, introducción en la Historia de los hombres de la potencia del Devenir. La música hace audible y visible el Tiempo en estado puro, su flexibilidad. Es como el reencuentro con un tiempo instantáneo que es más grande que el otro tiempo, el cronológico. Este es tal vez el tema de fondo que recorre las distintas músicas, de Wagner a Cage, de Nico a Wyatt, de Antonio Molina a Nick Cave. Como si cada "transgresor" (Eyeless in Gaza) fuera la variación minoritaria, al borde mismo de lo inaudible, de una mayoría en la que siempre estamos, protegidos. En este sentido, el “romanticismo” es la única forma posible de leer a los clásicos sin traicionarlos, de serle fiel a una tradición que no puede tener continuidad lineal ni Tradición, pues ha de leer en el silencio continuamente, en las crisis que nos rehacen.

         Perdona esta reiteración de cosas ya conocidas por ti, de sobra conocidas. Cuando además, mi problema con tu texto, como te dije, es que está muy bien hecho y no tengo nada que decir. A lo mejor estas líneas básicamente este puto instinto de ejercer una especie de "derecho a la autoridad". Como te llevo unos años y pertenezco a una generación heroica. En fin.

         Un abrazo


Galicia, 29 de diciembre de 2007.




V. Hasta otra

         Queridos amigos:

         Tenía que haberos escrito antes, pero las “múltiples ocupaciones” de uno… en fin. También me ha frenado, tengo que decirlo, cierta desgana. Como algunos recordaréis, este próximo lunes debíamos terminar el libro de Agamben. Me tocaba precisamente a mí presentar el último texto, el Umbral o Tornada de El tiempo que resta. Pues bien, y creo que esta no es una noticia dramática para nadie, no va a haber sesión. Ya me he puesto de acuerdo con M. M., nuestro amable anfitrión y una de las almas del seminario. No va a haber sesión –suponiendo que mañana viniese alguien- porque yo, sobre quien más o menos ha descansado el peso del seminario, he terminado aproximadamente harto.

         No sólo es que en la última sesión, hace quince días, rozásemos –al menos para mí- la vergüenza, al haber un mínimo de asistentes en la Jornada que le tocaba presentar a R. R. –cuya franqueza nunca agradeceré lo bastante. No sólo es que el seminario haya ido perdiendo, cual furgoneta averiada, piezas a medida que traqueteaba por el camino. Antes que esto, desde mi punto de vista, se trata más bien de que, desde el comienzo, las discusiones no han estado a la altura del libro. Por un lado, El tiempo que resta roza las prohibiciones del oscurantismo de izquierda propio del “intelectual” medio español, oscurantismo para el cual la religión, el cristianismo, San Pablo, el mesianismo… y buena parte de los temas de Agamben –por no decir esa posibilidad de resurrección a través de la muerte- son sencillamente “pecado”, o algo que roza la incomprensible, aunque nunca se diga así.

         Por otro lado, los de filosofía nos hemos enredado casi desde el comienzo en una serie de discusiones complejísimas y eruditas que para nada han contribuido a hacer el libro atractivo a la gente de fuera del gremio. Nuestro “hegelianismo generalizado”, aunque sea a través de Heidegger y Derrida, nos resta casi cualquier posibilidad para entrar en el núcleo de un libro que roza continuamente nuestras prohibiciones al invitarnos a vivir y pensar de otra manera el tiempo, la vida que palpita bajo la historia, la misma muerte.

         ¿Qué sabemos de todo esto nosotros cuando estamos –yo el primero- completamente tramados con este tiempo profano, con esta religión de lo social que además nosotros hemos creado y sostenemos?

         Posiblemente El tiempo que resta –no como “libro”, sino como “caja de herramientas” para vivir y pensar de otro modo- estuvo desde el comienzo fuera de nuestros intereses y, por tanto, de nuestra capacidad de comprensión. Aun habiendo momentos magníficos en las discusiones –en buena medida provocados por los pocos que no eran “de filosofía”-, aun relativizando las puntuales descalificaciones globales del texto, que también las hubo, creo que nunca hemos estado en el terreno que Agamben plantea la discusión: la posibilidad de que haya otra manera de vivir la inevitable y más o menos infame partición óntica del tiempo de los hombres. Si releyésemos ahora el texto de presentación que uno mismo hizo para “animar” el comienzo de este seminario, bueno, es como para morirse de risa. Casi todos nosotros, los filósofos, tenemos en realidad muy pocas dudas y apenas preguntas. Casi todos nosotros hemos llegado ya -¿para qué somos de filosofía?- y estamos demasiado satisfechos con este tiempo profano para que podamos tomarnos en serio la simplicidad de la propuesta de Agamben, que simplemente invita a vivir en dos tiempos distintos e invertir nuestra valoración de uno y otro.

         En fin, no pasa nada, de verdad. Ha sido un placer intentarlo.

         Un abrazo a todos y hasta pronto.


Madrid, 10 de junio de 2007.




VI. Maneras

         Querido J.:

         Como siempre, el viernes pasado me impresionó tu viveza al exponer el problema del formato y las maneras de la filosofía, tu energía en las múltiples relaciones que abrías, tu dominio en tantos cruces, nombres, conceptos. Al cabo de media hora, ya podrías haber parado, pues todos teníamos suficiente material para rumiar en un debate en torno a lo que dijiste.

         Pero los problemas para mí comienzan, precisamente, con ese dominio tuyo. Después de que llegaste tarde, me dio un poco de rabia tu poca cortesía para dejar un espacio de discusión, tu desparpajo -se podría decir "autismo", perdona la expresión- para no atender a la impaciencia y el cansancio de, al menos, parte de los allí presentes.

         Entiendo que en Polemos hay que hablar claro, tomarse la filosofía al pie de la letra, como tú dices. En un curso sobre "las maneras de la filosofía" no es precisamente un argumento ad hominem, sino un argumento sobre la argumentación, decirte que eché de menos en tu enérgica exposición la duda, el titubeo, la tentación -preciosa expresión tuya- de lo que viene sin ser llamado. Mantuviste una exposición "brillante", en efecto, pero con el brillo un poco metálico de lo que está cristalizado sobre su hueso, sin conceder ninguna posibilidad a la piel de los barrios. Tu férrea voluntad de, a cada vez, tener que decirlo todo remarca la desconfianza en lo que pueda surgir de la exterioridad de tu aparato, lo que pueda venir del afuera que en ese momento nos rodea. ¿La potencia pensante de la experiencia (Foucault), del no-pensamiento? Todos nosotros tenemos problemas con ese cualsea, como si le quitara no se sabe qué exclusiva a la filosofía. Pero los que tienes tú, querido J., llaman la atención. De una manera feroz, no dejas-ser a la posibilidad de una situación, a su acontecimiento. No dejas que obre esa desobra siempre latente

         En suma, dejas poco margen a que ocurra algo, en primer lugar en quien está tomando la palabra, que es donde primero se debe vivir el pensamiento como experimento. Con lo cual, lo que es inicialmente una magnífica muestra de pensamiento se acaba convirtiendo en un monótono itinerario que discurre por carriles seguros. Carriles, en realidad, bastante dogmáticos, bastante académicos y dependientes de todo aquello que dejas de lado. Cuando además, por lo visto, esto no puede hacerse sin clasificar a todos los otros -"quincalla", "melaza", "gelatina"- con metáforas gastronómicas de algo listo para ser devorado, dejado rápidamente de lado. Francamente, se confirma la impresión de que estamos ante una filosofía que, en un sentido un poco periodístico, se limita a defender una posición, aunque ésta no se explicite. Por cierto, no me diste tiempo a comprobar si tu querido Gustavo Bueno -maestro de este método excluyente- entraba en la taxonomía que estabas minuciosamente estableciendo.

         ¿Cuánto tiempo la filosofía va a seguir siendo el ejercicio narcisista de los colegas que entendemos los guiños? Quiero decir, ¿cuánto tiempo la filosofía va a seguir siendo una forma sofisticada de defender la empresa de la especialización, la del nombre propio? Con demasiada frecuencia, el tuyo parece un pensamiento aparatoso donde lo secundario -la cita erudita, el chiste, la alusión, la clasificación despectiva- acaba tapando lo elemental, el lugar desde dónde se interroga, la pregunta que se defiende, el itinerario que se está trazando. Tal vez por esta razón no es extraño que te entusiasme Zizek, en quien tantas veces las ramas tapan el bosque, y que tiendas a orillar a Deleuze, quien con frecuencia emplea una impertinente simplicidad, casi diría "extrafilosófica".

         A veces, querido amigo, me recuerdas a esa imagen estereotipada del filósofo al que le preguntas la hora y te abruma con una larguísima perorata sobre el tiempo. Pero el tiempo, desde hace mucho, se acaba. En su incansable acabarse, sería todavía oro si lo dejáramos descansar en su sombra, en ese desierto central que lo puebla y del cual brota el pensamiento. Cuando hablabas ayer del lenguaje y el pensamiento como "tecnologías" para producir distancia y espacios vacíos, para establecer interruptores -a la comunicación total, supongo-, ¿no debería comenzar eso por que en nuestras exposiciones pese el tiempo en estado "puro", quiero decir, el tiempo contaminado por todo lo atemporal? ¿No podíamos hacer algo para que de vez en cuando se precipite, se haga presente esa ausencia espectral de lo real?

         La primera vez que te oí, hablando en Polemos después de una exposición de Jorge Alemán, ya ocurrió esto: los primeros tres minutos, magníficos; los siguientes diez, por su ambición totalizadora, resultaron confusos, descorteses, descalificadores, cansinos. El ruido del sistema acabó matando el sentido de la irrupción... y la cortesía inicial de haber tomado la palabra. No es extraño que el orador de turno aquella tarde, Jorge Alemán, se sintiese molesto por la descalificación global en la que caíste... cuando la tarde no era tuya. El viernes lo era, pero creo que debiste hacer un poco más para que fuera de cualquiera, quiero decir, un poco más de esa existencia cualsea que está detrás de toda identificación, también la tuya. Las constantes promesas tipo "ya termino" -promesas que en hora y media no se cumplieron- supongo que indican que eres vagamente consciente de ese problema de método. Pero sólo vagamente, pues sigues con la lección magistral, indiferente a otra cosa que no sea la exposición del bloque completo. Un poco juvenil, perdona que te lo diga, un poco decimonónico también.

         Juvenil y senil. Pues no deja de ser un excluyente ejercicio de poder, propio de ejemplares más vetustos que nosotros, más apoltronados que nosotros en esa envolvente Universidad tan Particular, lo de hablar dos horas con cien citas por medio. Un ejercicio de poder que tiene la primera función "objetiva" de apabullar al lego en filosofía, de excluir el exterior de la filosofía que siempre ha sido la materia prima de la filosofía -¡incluso cuando el profesor está en primer plano, como en Heidegger y Derrida! ¿El hábito deconstructivo que la corriente principal de la filosofía hereda va a consistir en esto, en una perpetua deconstrucción de la densidad ontológica del exterior no filosófico para que así engorde mejor el gremio, el sindicato vertical de los filósofos? No puedo creerlo. A lo mejor peco de optimista, pero creo que hasta los profesores Heidegger y Derrida se sentirían un poco incómodos en esta trinchera.

         Tal como seguí tu charla, y a todos nos costó un poco, las diversas contaminaciones que defiendes para la filosofía podrían simplemente ser entendidas como concesiones de segundo orden, alteraciones de segundo orden -¿el dogmático Bueno retocado por el postmoderno Derrida?- que la Filosofía concede después de tener su capital asegurado en una gloriosa tradición, en esa tradición que el viernes me pareció que defendías como punto de partida insoslayable. Por el contrario, pienso -quería decirlo allí, pero no pude- que la filosofía tiene siempre un gesto crucial en partir del vacío, en proseguir la senda inmanente del pensamiento poniendo en suspenso -epojé- la tradición de la Filosofía. ¿No es esto el inicio y el final de Descartes, de Kant, de Heidegger? Por no hablar de Nietzsche, que según Deleuze siempre está por el medio.

         ¿Por qué un pensamiento sin Docta Ignorantia? ¿Por qué sin nostalgia de lo abierto, de esa indeterminación espectral que constituye la materia prima del pensamiento? ¿No es éste el socrático terreno -sin tierra- al que continuamente vuelven Leibniz, Schelling, Nietzsche o Benjamin? No creo que el hecho de que siempre tengamos un pie en la historia -a veces los dos- le quite la razón a Nietzsche en esa idea de que cualquier creación brota del halo de lo ahistórico, de una quiebra más o menos clandestina en el adoquinado de las normas, las reglas, la tradición. En este sentido, la filosofía abre una línea de brujería, bebe en el desierto de la exterioridad y reproduce ese desierto. Cada sistema filosófico, podríamos decir, es una manera de abrir esa zona de indeterminación central que permite el encuentro del pensamiento con el no-pensamiento, de la Historia con el Devenir. En efecto, esa preciosa palabra tuya del viernes: tentación. El pensamiento es el resultado de ser tentados por el diablo del desierto. Como decía nuestro maestro, el demonio es el más antiguo amigo del conocimiento. Y aquí convendría apartarse de un excesivo wagnerismo, pues el diablo sólo es la "idiotez" del cualsea, esa posibilidad de no ser que silenciosamente implora nuestra atención.

         Ya sé que no es así, pero podría pensarse que en tu filosofía faltan preguntas elementales, preguntas sin solución, que duelan. En ese caso, ¿para qué pensar? ¿Por qué hablas de un más allá, o acá, de la pregunta y la animadversión? ¿Hay algo más simple que una pregunta, hay otra manera de mantener el amor al saber -un saber imposible, un amor también imposible- que la pregunta? Estamos rodeados de respuestas, nadie hace preguntas que no incluyan ya la respuesta. Es cierto que la parcialidad, la posición patológica es inevitable, pues pensar es excluir, abrir tajos (Foucault). En palabras de Badiou, ¿qué es un pensamiento que no divide a los hombres? Solamente deberíamos procurar un difícil equilibrio entre la cólera y la serenidad de la afirmación. La cólera-animadversión hacia lo reificado es indispensable para que, al menos por un momento, tintinee la pregunta-serenidad. Para no ponerse bajo el imperio de nuevos ídolos, la inevitable crítica de los ídolos debería estar al servicio de lo-pequeño-por-venir, ese sentido de la tierra que perpetuamente regresa con su a lo más incierto, ese devenir-niño que reconcilia la singularidad y lo universal.

         La primera función de la filosofía, estoy de acuerdo contigo, es abrir vacío, establecer distancias, interrumpir. Entristecer, decía Deleuze, interrumpir al beneplácito general, abrir vacuolas de no comunicación en el esplendor de la comunicación sin fin. Pero si el vacío -sus preguntas- llega siempre a las ocho de la tarde, después de un largo y fatigoso recorrido que deja al pensamiento cualsea fuera, llega demasiado tarde, como un lujo que la filosofía se concede fuera de su Torreón, sólidamente asentado. Hay que hacer lo posible, pienso, para precipitar la interrupción, para precipitar la "enajenación" desde el principio. Solamente así recorre el plano de inmanencia, el del medio. La ontología no es una exótica posibilidad a la cual la reificación reinante se asoma el fin de semana. Debe nacer -como la mala hierba- en medio de lo óntico, poniendo en crisis lo óntico, acompañando a lo óntico en su duelo y su posibilidad. No después de que lo óntico -la Filosofía- haya asentado firmemente su reinado. Esta es la estrategia mayoritaria: la filosofía y el arte como complementos de lujo de la economía, aparatos vanguardistas del consumo. En este plano, a veces parece que el papel de la erudición filosófica es el correlato "ontológico" del primado general de la información sobre el pensamiento. Durante la semana disciplinados, aislados y eficaces. El fin de semana, virtuales estado de excepción, complejos paraísos artificiales. No sé por qué extraña razón algunos nos resistimos a esta dicotomía tan funcional. ¡Con lo divertido que resulta ser precisamente delirante, un poco romántico, un poco terrorista a las diez de la mañana! Hablo de acercarnos al virus de la sombra en pleno mediodía, no a la caída de la tarde. La tarea de la filosofía -más presente en Nietzsche y Kierkegaard que en Hegel- es quebrantar, aunque sea momentáneamente, lo general. Dejar paso a un instante mínimo en magnitud, máximo en dignidad. Como en Sokurov, pero imagino que también a la manera del tiempo mesiánico en Benjamin y Agamben.

         Perdona esta larga y pesada carta. Comprendo que es una forma precipitada y harto sumaria -hasta la injusticia- de decir unas pocas cosas sobre tu compleja ponencia, pero el otro día, que lo habría hecho de otro modo, no pudo ser. No importa. Habrá abundantes ocasiones de proseguir el debate. Te reitero mi admiración por el curso de tu pensamiento, por su energía y su generosidad organizadora. Estoy básicamente de acuerdo contigo en muchas cosas. Sólo en esos detalles, en esos pequeños detalles del formato, de las maneras... En fin.
         Un abrazo.


Madrid, 25 de febrero de 2007.




VII. Heidegger y el negocio de la filosofía

         Queridos C. y P.:

         ¡Enhorabuena por la futura e inesperada -para mí- descendencia! El tema de la infancia y la descendencia, de tomar tierra, me viene de perlas para comentaros algo que me ronda otra vez desde esos estupendos días del curso en Bellas Artes, que sé que os costaron más de un sudor. Lo pasé en grande, me encantó reencontrarme con los amigos, me gustaron los debates, sus desencuentros y sus convergencias, ese ángel que a veces pasa cuando alguien dice algo no previsto. Me gustó también el silencio atento del público, el misterio de las caras que uno no conoce, la sala llena y medio vacía, las caras a veces inexpresivas, a veces sonrientes, a veces aburridas. Pero hubo alguna cosa, lo sabéis, que me escandalizó ligeramente. Y para darle forma, una vez más, ya no me preocupa en este punto parecer un conservador.

         Me impresionó de nuevo lo poco que puede estar presente en nuestros conceptos la vida, la vida común para la cual no hace falta ningún saber especializado, la vida en la que tenían -ahora lo dudo un poco- una absoluta superioridad ontológica las mujeres, esas que callan en nuestras pesadas reuniones de filósofos.

         Si no hay naturaleza, ni afuera, ni exterioridad, pues todo es Historia y Occidente. Si la naturaleza ha desaparecido, pues es un producto cultural de la "sociedad reflexiva", todo nuestro feminismo es un ardid genial de la razón masculina para que el "machismo" de Occidente se haga eterno. Me refiero a ese sutil machismo que, incluso bajo ademanes gay o deconstructivos, se caracteriza por odiar la existencia como sentido, la tierra como sentido, es decir, aquel jugar con el abismo donde Nietzsche ponía la "naturaleza" del niño como figura más alta del conocimiento.

         Si por encima "la existencia no existe", como un eminente profesor puede decir en público, aunque esto escandalice a algunos -pocos- jóvenes del auditorio, la lección es filosófica y políticamente muy grave. Como señalaba Arendt al comienzo de La condición humana, resulta entonces que la gente de a pie, la existencia cualquiera, esa que no está -o que calla- en nuestras doctas reuniones, es expropiada de lo único que tenía, de la fuerza de su existencia, del sentido de su "patología" -la bíos de su zoé, como diría Agamben.

         Y, se me ocurre, ¿hay algo más que patología? ¿El arte o el pensamiento son otra cosa que una configuración de la patología, de la infancia de la humanidad, en suma, un reconociendo de universalidad allí donde sólo parecía haber particularidad privada? ¿No es ésta la razón por la que el arte cura, porque abre la particularidad hacia una singularidad que es comunicable por su simple persistir irremediable, incomunicable? En fin, ¿no tenemos siempre la sensación de que el artista lo es porque ha conseguido darle forma a algo que ya habíamos vivido antes, mudos, niños, sin palabras?

         La consecuencia, por el contrario, en esa otra vía habitual de nuestra ideología falocéntrica, es que las vidas quedan en manos de los especialistas en existencia, sean filósofos, artistas o comunicadores. Especialistas que exigirán un duro peaje a quienes quieran seguirlos. No sólo el peaje de pasar por esta o aquella escuela, por una nomenclatura, una erudición cuya exclusiva ellos controlan, sino ante todo el peaje de abandonar la esencia (femenina) de la existencia, la vida como palabra, la tierra como sentido.

         El mensaje desde las tribunas parece ser: "Abandone usted cuanto antes el núcleo romántico de su vida, guárdeselo en lo privado y pase todo lo que pretenda saber a la circulación homologada, reconocible. A cambio, yo le avalaré, le titularé, le dirigiré la tesis, le habilitaré". De paso que la filosofía y el arte se convierten así en el doble ontológico del imperio de los medios, del mensaje de la mediación infinita, el mundo queda en manos de una nueva elite que, vendiendo la "jerga de la inautenticidad", vende al mismo tiempo el poder de su auténtica gestión, su exclusiva sobre el sentido. Exclusiva escrita además en una jerga que la gente corriente apenas entiende ni puede contestar.

         Francamente, me indigna este ejercicio caciquil de poder, particularmente agudo en esta finca latifundista llamada España. Creo que incluso la base mínima de lo que, con todas las reservas, podíamos llamar democracia, queda lesionada con este procedimiento habitual.

         La vida como experiencia y como concepto, lo ahistórico nietzscheano -esa "vacuola de no comunicación" que permite que la gente tenga algo que decir, una historia que hacer- está más en Benjamin que en Heidegger -línea Agamben- o más en Deleuze que en Derrida. Existe por el contrario, hay que decirlo, un efecto política y vitalmente perverso de la filosofía de cuño heideggeriano-derridiano, mucho más extendida de lo que dirían sus fidelidades expresas. Parece finalmente que esa filosofía siempre conspira para reforzar este sutil machismo que, incluso bajo ademanes deconstructivos, se caracteriza por apartarse de cualquier existencia que amenace con llegar al sentido.

         Tomar las elegantes distancias que permiten criticar "a la vez" la ideología socio-técnica de la mediación infinita y la nostalgia de un regreso a la inmediatez, como hacen nuestros filósofos oficiales, es una trampa grosera. Primero, porque la ideología social no está en absoluto en peligro y ejerce más bien un dictado mundial sobre cualquier inmediatez. Segundo, porque la nostalgia de esa inmediatez inmaculada se la inventan ellos. Nadie con dos dedos de frente defiende el regreso a no se sabe qué paraíso "natural", a una naturaleza que nunca existió. Los hippies, como nuestra actual ideología verde, siempre fueron una vanguardia urbana más.

         Una cosa es que la exterioridad sea la anomalía puntual, siempre minoritaria, que resalta en un paradigma histórico en el que estamos como lo mayoritario que nos rodea. Otra, muy distinta, es que esa distinción -el afuera existencial y el adentro social- sean entre dos términos equivalentes, simétricos, una dicotomía más de nuestra "metafísica". Nadie, y menos que nadie Nietzsche, habla de una tierra externa, naturalista, que se contraponga simplemente a la historia. Por el contrario, en toda una línea de pensamiento, un polo -la historia- es la emanación del otro -la existencia, la infancia-, que ya tiene toda la alteridad dentro, una relación afirmativa con la muerte. El mismo Rousseau, menos naturalista de lo que parece, hablaba de un "estado de naturaleza" que no es que haya existido "alguna vez", sino que acompaña como una sombra al estado civil y que es necesario pensar, como categoría metodológica, para poder repensar lo actual de otro modo. Estado de naturaleza, infancia, mínima en magnitud -puede sólo manifestarse en segundos-, pero máxima en dignidad, pues toda creación viene de obedecer a su ley.

         Pero en la cultura postmoderna, de la cual la filosofía deconstructiva es su vanguardia natural, parece que se trata de impedir precisamente esa parada de la existencia en su sombra, esa distancia crítica, redoblando el efecto de los medios. Tal vez el ejemplo más patético y más policial de esto es Rorty, pero casi todos los filósofos le siguen.

         Por este camino Heidegger se convierte en la excepción cultural del Lager multimedia, el suplemento finisemanal de la biogenética diaria. De pastor del ser, el profesor de filosofía se convierte en pastor del ente, o sea, guardián de la cosificación reinante. Francamente, habíamos entendido la filosofía de otro modo. Poner en crisis lo óntico, ésta sería la primera y tal vez única función de la ontología. Entristecer, como dice Deleuze con su maravillosa simplicidad. Deprimir, limitar el poder de lo histórico para que, al menos por un instante, vuelva ese relampagueo de lo otro.

         La tarea es, con o sin hijos, descender, saber caer, moverse con el ritmo de las cosas mudas -que no hablan, igual que los niños. Todo lo que no sea eso, aunque se llame Arte o Filosofía, no deja de ser el ejercicio de poder de siempre, la reacción narcisista de siempre. Típicamente masculina, pues no se atreve a escuchar a una vida que no es "culta", que no está homologada, y de cuya incultura proviene sin embargo cualquier acontecimiento.

         Precisamente si nuestros clásicos del arte y la filosofía son necesarios es para ayudarnos remontar a toda esa legión de mediocres conceptuales que nos separan de la vida. Necesitamos a Sokurov, a Hütte y a Snyder, solamente porque el mundo está lleno de revendedores que convierten a la cultura en una cuña que nos separa de la existencia. Los autores que amamos nos permite deconstruir la medianía cultural y volver a una posibilidad, al aire abierto de lo contingente. Tal vez por esta razón siempre sentimos que los creadores están más cerca de la gente "corriente" que de los especialistas en metalenguajes.

         Sé que estáis en esta vereda. Enhorabuena otra vez por la noticia de vuestra descendencia, que volverá a andar ese camino.
         Un abrazo.
         Ignacio.


Madrid, 29 de octubre de 2006.




VIII. De Márgenes y Centro

         Estimado J.:

         Me abruma un poco el tono de confesión de tu carta y no sé si estaré a la altura de esa pasión. Con un estilo a veces un poco barroco, defiendes muy bien lo que ha sido y es mi línea principal, incluso lo que es la estructura de mi posición ante el mundo. En cuanto me descuido, estoy completamente de acuerdo contigo. Persiste sin embargo un "pero", el mismo que tenemos cuando alguien nos retrata tan bien que sentimos enseguida la necesidad de zafarnos.

         Empecemos por la idea de ser marginales. Marginal es algo que tenemos asegurado, hagamos lo que hagamos. Basta que pongas el pensamiento en el plano de los sentidos, para que ya seas un marginal en la aldea de la circulación global, donde la singularidad no circula. Lo único que es radicalmente externo a la actual cultura del capitalismo es la parada, aquello que reposa, sin terror, en sus límites, manteniendo una relación buena con la violencia de la condición mortal. En este sentido, la singularidad, que reposa en su finitud, no circula.

         Y hablamos además, como diría Camus, de una marginalidad a la "que se llega por la vida, no por las ideas". El no ya lo tememos, como dicen en Galicia. ¿Por qué no intentar entonces un comunismo negativo, una comunicación de la marginalidad, que al fin y al cabo afecta a todos los seres? ¿Un tono más jovial, a partir de esa tragedia, que ponga en juego la energía de esa tragedia? Después de todo, diría Nietzsche, somos pesimistas por la fuerza, por un exceso de fuerza. Ése es nuestro atletismo. De paso que huimos de este esplendor de lo idéntico, buscamos un arma. De paso que buscamos nuevas armas, debatimos con nosotros mismos.

         ¿La tarea política no es, con Morey y con Deleuze, con Agamben y con Houellebecq (¡menuda mezcla, sí!), llevar el sufrimiento del margen al centro, tal y como intentan hacer alguna literatura y algún cine? Tal y como hace la filosofía que viene en la línea Nietzsche, Kierkegaard, Unamuno... De Camus a Sartre, de Bataille a Jaspers, todo el existencialismo ha intentado eso. De acuerdo en que, cercanos en el tiempo a Houellebecq, nuestro existencialismo ha de ser post-nuclear, o más bien post-genético.

         Esa "política oficial" que nos rodea hay que asaltarla. Mi propia escritura es un modesto intento por hacer salir del armario mi irremediable marginalidad anímica, por volcarla en el exterior. Volcar la ontología en la crisis de lo óntico, fuera de la onanista autosatisfacción de las minoría reconocidas, los gremios constituidos: el arte radical, la queja existencial, la filosofía postmoderna, etc. Prefiero, como tú, a Nietzsche, tan libre que ni siquiera tiene que sentirse "filósofo", y menos aún "alemán". Pero nos vale incluso como modelo el profesor Heidegger, mucho menos honesto que el autor de Más allá del bien y del mal.

         De acuerdo en que los votos -ese encierro del ciudadano-consumidor en la urna, igual que en el supermercado global- no sirven de mucho. Pero el pueblo es siempre otra cosa en relación al pueblo, y una lucha civil, como las que estallan aquí o allá, no es una votación. Ese pueblo, siempre por venir, siempre minoritario, nos invita a una política negativa que, desde Foucault y Deleuze, se resiste a una visión global. Se contenta con arrancarle constantemente parcelas de poder al Estado. Parcelas que una y otra vez, seguro, volverán a ser integradas, convertidas en minoría reconocibles que habrá que abandonar. Sí, es un poco agotador eso, pero también es divertido. Y nos ahorra gimnasio y psicoanalista.

         Sin esa "vocación pedagógica" -desde luego peligrosa, pues podemos hacer fácilmente el ridículo-, ¿a dónde vamos más que a dónde ya estábamos, el filosófico y narcisista "cuidado de sí"? Además, otra cuestión. Somos marginales, pero la gente que va en tercera nos ven como señoritos. ¿Qué pasa aquí, por qué se repite esto? La noche de aquella cena en Barrantes no eras cualquier marginal. Nuestro elegante espíritu aristocrático -el de Tolstoy-, al cual yo tampoco renuncio, ha de ponerse a prueba campo a través, en la llaneza de un pueblo que no sabe nada de títulos. ¿No es esto lo moderno, el reto del presente?

         Hablo de ser solitarios y solidarios, no con la propia y sagrada ideología, menos aún con el sindicato vertical de los nuestros, sino con el acontecimiento que viene sin ser llamado. Con la singularidad de lo nuevo que irrumpe, en cuanto, al menos por un momento, rompe con lo establecido. Hay que cabalgar esa ola, creo, para enseguida pasar a otra. Un poco cansado, como decíamos. El mismo Nietzsche -antes ya del Zaratustra, ese libro para todos y para ninguno- revienta justamente por eso, por esa vocación de poner a prueba, de comunicar su filosofía extremadamente trágica al común de los mortales. Si él se conformase con ser un filósofo para filósofos, no pasaría nada. Pero su filosofía seguiría siendo demasiado humana, demasiado moderna.

         La tragedia sólo es lo primero, un incipit. Lo primero, si quieres, y lo último, pues tal vez nos espera detrás de cualquier vuelta de la fortuna. Una vez más, eso es lo garantizado. Ahora bien, por en medio, ¿qué hacer? ¿No habrá que dar algún paso para contaminarnos con la estupidez general, para comprometernos con lo que en las masas hay de refractario a la transparencia global, como diría Baudrillard?

         Un poco a contrapelo de tus temores, que son los míos, hablo precisamente de interactuar con "aquellos que desconocen lo que son". Claro, porque, ¿qué sabemos nosotros? Tiene que haber algo de afirmativo en el no saber de la gente, sobre todo en una sociedad donde la voluntad de saber devora el horizonte. Esas "múltiples figuras de la repetición" que cruzan la calle, como tan bien lo expresas, esconden algo que nos es crucial. El caballero de la fe de Kierkegaard -muy cerca al "como no" de San Pablo, a ese uso distinto de lo propio-, puede pasar por un dominguero cualquiera. Igual que el Niño de Nietzsche, ya no necesita rugir, atacar, ser León, pues está muy cerca de una metamorfosis invisible que confunde el ser con el devenir, el ser con el juego.

         Jugar. ¿Hay otra cosa, sobre todo para los que nos consideramos trágicos?
         "Rabia ciega", dices también. Algunos contamos con ella, siempre. El problema es, también desde el punto de vista médico, cómo hacer para que no nos devore, cómo combinarla con la serenidad, con una jovialidad que nos permita salir de nosotros mismos, jugando incluso aparentemente al juego de todos.

         De hecho, estamos en el barco de todos, nosotros no somos mejor que ellos. El "beneficio de la duda por lo difuso de las fronteras", en efecto. Houellebecq señala una y otra vez que ninguna generación ha diseñado el horror cotidiano como la nuestra, la del 68... Te recomiendo vivamente El mundo como supermercado. Es un libro que no tiene desperdicio para esta época, todo un "manual de heteroayuda" para comprobar cómo hemos ampliado el campo de batalla. De la anterior lucha de clases a un cuerpo a cuerpo que incluye el sexo.

         Así pues, mi propuesta podría consistir en modular la tragedia con la comedia. Un poco de jovialidad, de espíritu deportivo. De otro modo, Unamuno no conecta con Ortega -los dos son magníficos-, se aleja de la superficie del presente... y las cosas siguen como estaban. Presente en el cual, de todas todas, estamos. En el cual, lo queramos o no, participamos. Incluso aunque huyéramos a una isla desierta, esa fuga tendría sentido para este mundo, se vería como un mensaje para este presente.

         Ponernos "los guantes", como dices, suena en este sentido un poco, perdona lo forzado de la imagen, un poco como esos cuerpos humanitarios que en nuestro nombre socorren a los inmigrantes con mascarilla y guantes. Extranjeros a los que debemos acoger -como nuevos esclavos- pero en espacios esterilizados. Y además porque son víctimas, el modelo de humanidad preferido por nosotros. No podemos esperar a que la gente sea una víctima que nos pide ayuda para conectar con ellos. Habría que buscar más bien lo que en la gente hay de no víctima, de posible independencia o violenta soberanía, aunque no entendamos nada de lo que está diciendo, porque tal vez su cultura es otra. Habría que pringarse con el prójimo, no como víctima, sino como prójimo, con su mugre. Me atrevo a decir ahora que, así como hay que redescubrir a Nietzsche, también hay que redescubrir el cristianismo primitivo, más próximo a Nietzsche de lo que parece.

         Defiendo un amor por la humanidad que tiene sus manos vacías, que permanece plena en sus manos vacías. Un amor idiota por supuesto, como el de Pasolini. Hablo de volver a pensar el Cristianismo, de otro modo, sopesando qué pueda ser eso de un tiempo mesiánico, de una encarnación de la infinitud en la finitud. Y desde aquí, el parentesco con el Islam -nuestro gran reto, una geometría tan curva como la misma tierra- y con el Judaísmo. Pensar el nudo semítico que emparenta a las tres religiones. No creo, francamente, que esto tenga el peligro de aumentar la sangre derramada en el mundo.

         Digamos que defiendo, por disparatar del todo, un comunismo de los sentidos, del afecto. Un comunismo negativo, pues no puede sustantivarse en ninguna alternativa histórica. Cierto, su reino no es "de este mundo", pero es que el eje de este mundo está fuera del mundo. Una política engarzada a lo impolítico, pues, a una teología negativa de la singularidad. Un ontología mínima, que sólo puede afirmar lo imposible de la singularidad sin equivalencia. Sólo ese retorna eternamente, con una eternidad que pulsa en la más breve duración. Una eternidad que no es metafísica, típicamente occidental, pues es igual a la incorruptible caducidad de lo que está ahí, inobservado. Más cerca del milagro que de la ley, dice Deleuze.

         Estoy defendiendo, me temo, el fin de la ilusión política occidental, allí donde hemos condensado nuestra metafísica superadora, separadora, dominadora. Todo esto suena un poco raro, de acuerdo, pero es debido a que es extremadamente simple. Ahí reside su dificultad, tal como somos nosotros.

         Como ves, me estoy labrando un futuro radiante. Tú tienes suerte de tener un testigo, sin duda, cosa que no le ocurre a cualquiera. Cuídalo, porque además es compatible con seguir buscando cómplices en la exterioridad. No creo que haya ningún problema en tener testigos seguros, fiables. Un amigo es eso. Aunque en San Mateo, según recuerda Pasolini, se diga algo así como "aquel que no abandone a los suyos, no podrá seguirme". Menos apocalítico, me conformo simplemente con que conciliemos nuestro confort doméstico con incursiones un poco guerreras en las costas desconocidas que aún que nos rodean.

         En fin, perdona el rollazo, pero es evidente que te he utilizado para aclararme yo mismo. Te lo agradezco. Estoy encantado de cruzar estas palabras contigo. Que se prolongarán, seguro. Hasta la próxima.

         Un abrazo.
         Ignacio.


Madrid, 13 de octubre de 2006.




IX. Mesianismo y Filosofía

         Querido J.:

         Para ser de ese género menor llamado filosofía, tu librito está muy bien. Cuidado y pulcro, atento a la pequeñez de cualquier ser, prosigues la senda inmanente de ese esencialismo tachado -no separa el ser de ninguna existencia ente- donde se juega el porvenir del pensamiento desde hace siglos, al menos desde Kierkegaard y Nietzsche. La esencia del Dasein está en su existencia: ésta es la idea, un rebasamiento de la filosofía tradicional a manos de un pensamiento atento al no-pensamiento, a esa ciencia imposible del ser único, del ente que en cada caso es, ahí, mudo y sin lamento.

         Hasta la presentación material de Mesianismo y melancolía, tan cuidada y minuciosa como la de un manuscrito medieval, es atenta al álgebra de esta ontología menor, esta ontoteología negativa que se juega toda la profundidad en el parpadeo de las superficies. Enhorabuena. Me siento extrañamente implicado en el hecho de que me hayas elegido para leerlo. Espero que esto no signifique solamente un guiño de aislamiento a aislamiento.

         Tal vez -pero sólo tal vez- sobran unos cuantos paréntesis y comillas, esas trincheras que ponemos para cortar la fluidez no filosófica de un texto, recordando el fatigoso rigor -odio la palabra, que me recuerda al rigor mortis- heideggeriano, como si tuviéramos miedo a una afirmación simple de sentido. Esa bahía hacia la cual, sin embargo, tu texto navega, hacia la idea -pre y post filosófica- de una caducidad incorruptible, de una individuación por indeterminación. Como si, en suma, estuviéramos aún demasiados pegados a Hegel, a ese Hegel del que, al decir de Deleuze, Heidegger jamás llega a despegarse.

         Pero, en fin, tu libro me gusta porque se propone, Über die Linie, pensar el ser en el estupor y la estupidez de lo ente, pensar de modo no negativo el afuera que es eje de todo adentro-ente. Sigo creyendo que soplaría muy a tu favor la lectura de Deleuze -Conversaciones, ¿Qué es la filosofía?-, con su trabajo tan poco eurocéntrico. Él rompe con el dique hegeliano-heideggeriano usando de otro modo a Nietzsche, igual que Agamben lo hace con Benjamin. Es posible que sea muy buena idea que Benjamin, místico y judío, nos salve de Heidegger como último profesor de filosofía, tan demasiado alemán, diría Nietzsche, tan empeñado en una Historia de la Metafísica que para salvarle a él ha de falsificar a clásicos y contemporáneos que no entiende.

         Odio lo que se llama filosofía. No veo por qué ésta no puede ser una proposición ontológica fundamental. No sólo estoy harto de la erudición filosófica, doble "ontológico" del primado general de la información sobre el pensamiento; no sólo harto de Heidegger, sus etimologías, su cobardía moderna y su eterno "no, así no"; no sólo de la pesadez escolar de tantos profesores, sino en general de la filosofía como máquina sutil de represión del pensamiento, ese decir cosas simples por sí mismo en lo cual Nietzsche sigue siendo el maestro. De acuerdo en que, llegados a cierto grado de corrupción, quizás la mía y la tuya, la filosofía -Benjamin, Deleuze, Agamben- es la única manera de librarnos de la filosofía.

         Bueno, a todo esto no sé si en la página 23 hay un cambio de tono demasiado brusco, con esa irrupción de la primera persona ("me estoy haciendo viejo"). Pero tal vez no, pues todo el texto gira en torno a un uso distinto de lo ente, de lo más inmediato, de lo más propio. En torno, pues, a una piedad -judaica y cristiana- que reconoce lo más lejano en lo más cercano, la mayor profundidad en lo más idiota. Como dice Agamben, la piedad de un pensamiento que sólo quiere hacerse cargo del "no-ver-la-alondra-lo-abierto". O algo así.

         De cualquier manera, sí, afirmación de la singularidad, negación de la negación. Que cada segundo sea la pequeña puerta por la que podría entrar el Mesías. Un Mesías que jamás -tampoco después del socorrido "Auschwitz"-llegará del todo porque su ser es venir, estar en camino, como un enigma que retorna eternamente. En relación a pensar el ser como un nuevo uso de lo ente ("un uso libre de lo propio"), existe una preciosa propuesta de Agamben en una entrevista final del libro La administración de la vida, compilado por Javier Ugarte en Anthropos. Agamben dice que siempre hay un "marrón" encima, una maldición, un punto de partida fatídico: eres puta, esclava, gallego, tartamudo. Y si eres hombre afortunado, alto y guapo, aun así siempre habrá un estigma por donde puede entrar todo el veneno del mundo. Pues bien, en esa entrevista Agamben plantea lo que llama, tomado de San pablo, una biopolítica menor del como no. Aunque seas esclavo o prostituta, dale la vuelta desde dentro a esa condición, busca un punto de fuga que permita otro uso, el regreso a la ambigüedad de una bienaventuranza común. Auden creo que lo dijo así: "Haz de tu maldición un viñedo". Esto no tiene nada que ver con ningún conformismo, sino con un modo muy inteligente de subversión que le concede a cada cosa, a cada caso del Dasein, una posibilidad de abandono a lo incorruptible de su caducidad. Como el niño de Nietzsche, el caballero de la fe de Kierkegaard "quebranta lo general" al mantener una relación absoluta con la paradoja. Puede así pasar desapercibido y apenas se tiene por qué distinguirse de un burgués endomingado.

         Toda la primera parte de Diferencia y repetición está dedicada a ese nuevo uso, a ese pensar lo universal de la singularidad sin equivalencia -más cercana "al campo del milagro que al de la ley". No sé -p. 17- si esto es compatible con un querer salvarlos "a todos" los clásicos de la filosofía. Con Platón lo veo más o menos claro. Con Kant, mucho menos: nos tapa demasiado a Leibniz, a Schelling. Como judío, me escandalizo.

         Sí, por qué no, unir Grecia con la tradición mesiánica en un intento paralelo al de los románticos alemanes, buscando refundir Grecia con el cristianismo. Hay un libro actual, que vuelve a mostrar la superioridad del pensamiento no filosófico, un libro de Houellebecq que se llama El mundo como supermercado, que es una preciosa expresión de esta posibilidad. He encontrado en él más fidelidad a esa caducidad incorruptible, a esa "eternidad que coexiste con la más breve duración" (Deleuze), que en todo lo que nuestro sindicato vertical llama filosofía.

         Vencer el mal abrazándolo, querer la dulzura natural de la zoé como forma extrema de bíos. Sólo este regresa eternamente. Este estar-desamparados vuelto hacia lo abierto, esta diferencia-vuelta-ente. Esta es la singularidad sin concepto, que nos exige liberarnos con cierta urgencia de toda ontología. Nos exige entender a Heidegger y Agamben en el vientre de Nietzsche y a éste en el vientre de un sentido inmediato que siempre ha sido el referente allí donde hubo filosofía: en Spinoza y Leibniz mucho más que en Kant. He defendido esto, sin mucho éxito, en otros sitios. Tu libro me parece un excelente ejercicio filosófico en esta dirección. Gracias por él. Le deseo los mejores augurios y haré todo lo que esté en mi mano para que se cumplan.

         Pues los míos son sólo comentarios a un libro que debía estar publicado ya, que debía estar en circulación, expuesto a ese afuera no filosófico con el que se debate línea a línea. En resumidas cuentas, creo que no deberías cambiar nada de Mesianismo y melancolía. Todo lo que he hecho aquí son notas al margen que no dañan un texto cuya vocación es nacer dañado. De todas formas, esta preciosa textura que me envías es sólo para los amigos... o para un editor amigo. Yo creo -aun a riesgo de que pierda parte de su encanto- que debías pasarlo cuanto antes a ordenador, expresión máxima de la dóxa actual, intentando conservar esas distintas grafías, esa minuciosa tipografía que distingue unos pasajes de otros.

         Un abrazo y que tengáis un verano tan venturoso con el aire que cruza este libro. Como diría un poeta gallego que ahora no recuerdo, tu obrita es ahora, en esta mesa, como esas inesperadas "froliñas ventureiras nun ermo de perguiza".
         Vuestro Ignacio.


O Picón, 8 de xulio do 2006.




X. Luto y alivio

         Querido R.:

         Me impresionó tu carta simple, emotiva, desgarrada. Es curioso la comunicación que facilitan las cartas, tal vez por el tiempo diferido en el que actúan. Ya el simple hecho de que te preocupe esa falta de "abismo", esa especie de banalidad ritual en torno a tu padre, que te impide sentir intensamente nada, te absolvería de indiferencia con respecto a él, de desafecto.

         Te agradezco tus confidencias, aunque no sé si me pillas en los mejores días. Con esa confianza que depositas en mí, me atrevo a decir algunas cosas, más que nada por la ventaja que te llevo en esa experiencia. Como recordarás, mi padre murió en 1990. Y tal vez sobre todo, la muerte de Sandra, que sabes que viví a fondo.

         "Tengo la impresión aberrante de no haber aprendido nada con la muerte de mi padre". Pero nunca se sabe, nunca se sabe tampoco lo que se sabe. Y menos que nada, lo que se ha aprendido en algún momento crucial, donde falta toda distancia. A cada giro del día, a cada frase captada al vuelo, Roxe de Sebes o Matilde, por ejemplo, siguen girando en mi cabeza, con un perfil un poco distinto.

         Creo, decía, que tu preocupación por esa falta de épica en el duelo te absuelve de indiferencia -esa indiferencia de la que acusan al protagonista de El extranjero, ¿recuerdas?, cuando en el juicio alguien dice, a falta de pruebas, que no pareció sentir nada en la muerte de su madre. De cualquier manera, los que vivimos la muerte al minuto, en cada giro de la vida -para bien y para mal, a ti y a mí nos pasa algo de eso- nos cuesta hacer de la muerte de alguien querido el fin del mundo. Tampoco dejó de ser un poco chocante, sin ir más lejos, la forma en que yo llevé la muerte de Sandra, que sin embargo sabes que sigue pesando, dando vueltas en mis sueños insomnes.

         No sé, quizá tu padre era menos "profundo" que el mío, menos "viril", más "egoísta", como tú dices -en el pasado hemos hablado de esto. Supongamos que es así. Pero como cada uno es hijo de un ser único, y desciende de una existencia inconfesablemente traumática, el dolor no tiene fácilmente modelos. No tiene por qué ser menor, adopte la forma que adopte. Cada uno sufre desde la rama desgajada que le ha formado.

         Es posible que la relación con tu madre, tan activa ella, tan locuaz, tan atenta a los detalles pintorescos y silenciosos de la personalidad de R., te tape el drama de su desaparición. Porque además, tienes que atenderla a ella, por encima de todo. Tal vez todo eso te dificulte comprender a tu padre, bajo esa costra de manías en la que quizás le recordáis en los últimos años. Como llevábais muchos años soportando su envejecimiento, su enclaustramiento en rituales, es posible que el personaje os tape a la persona y que tengáis que recuperar el Dasein que latía bajo esa costra neurótica, una neurosis que todos padecemos.

         Tu padre, de cualquier manera, no dejará de regresar. Apenas ha empezado a morir. Dale tiempo. La labor de duelo -creo que el luto eran tres años por un padre- es una cosa que no termina nunca. Y en vuestro caso está demasiado cerca, era una muerte demasiado temida y esperada. Habéis sentido además un alivio, por lo poco cruento que fue dentro de lo posible, que os impide penetrar en ese drama. Tanto tú como yo volveremos a revivir en la muerte de la madre, la mía probablemente más cercana, otra vez la muerte del padre. Y en cien giros de la vida.

         Enterrar, dar sepultura sólo es la señal de partida para que un espectro empiece a regresar. ¿Recuerdas el evangelio?: "Él ya no está aquí" es la señal de partida para un peregrinaje. O bien: "Si yo no me voy, no recibiréis el espíritu", un espíritu que a partir de entonces sopla donde quiere. Este peregrinaje posiblemente tiene algo que ver con esta misteriosa pregunta que, entre otras cien, Laura me hace una noche: "¿Entonces, mamá ya no puede morir más?".

         “¿Hay una autoridad más allá de la presencia?”, preguntas. Yo diría que si algo o alguien tiene autoridad, viene de un más allá del aquí. Mucho antes de la primera muerte, la vida ya estaba herida, y salvada, por una ausencia que ocupa sus nervios. Por eso durante la vida la tarea es, como dice Graves, lograr que la muerte no sea "nada, sólo el plomo que sella un frasco repleto".

         En fin, espero no haber agrandado tu desazón con estas palabras. Lo más escandaloso de la muerte es lo normal que resulta, lo sabida que es. Pero el mundo, para ser mundo, de algún modo no puede admitir su sentido. Después de una muerte cercana, durante días nos rebelamos contra la idea de que el mundo siga su marcha. Aunque, bajo cuerda, en ese proseguir el ruido mundano la muerte acompaña como una sombra, con la fidelidad a todos los muertos. Poco a poco aprendemos a compaginar la trivialidad diaria con las oraciones inaudibles por los que se fueron.

         No sigo pontificando. A ver si se me pasa de una vez esta pequeña muerte de la voz, este silencio obligado -me hace un poco más grave de lo habitual- y somos más expresivos otro día, con una copa en la mano.
         Un abrazo.


Madrid, 28 de mayo de 2006.




XI. Impresiones sobre un expresionista

         A ver, querida C. Yo llevo años diciendo que Slavoj Zizek es interesantísimo, casi "genial". Llevo años diciendo también que había algo en él que me llevaba a desconfiar. Justamente por esa proliferación genial, esa falta de sobriedad, esa cantidad de libros, esa voluntad de "epatar", esa forma tan chirriante de estar al día. Él es listísimo, sin duda... pero yo estoy en contra de las estrellas, más aún en el campo del pensamiento. Uno, son todas gilipollas. Dos, ya estaba Madonna (que también es gilipollas).

         Zizek es presentado así, como una "estrella del pensamiento contemporáneo". Después de esto, aunque a lo mejor él no tenga toda la culpa de esta estupidez periodística, ¿qué más hace falta para escuchar todo lo que diga entre paréntesis? Además, la entrevista casualmente sale en España cuando se publican aquí cuatro (!) libros a la vez. Estoy harto del negocio editorial, de la lista incansable de best-sellers, tan aburrida y, en el fondo, tan represora de lo que habría que leer. Por ejemplo, a los maestros de Zizek, Badiou y Lacan, infinitamente más pensadores que él. Y también, al otro Zizek, el que no es una estrella: entre otros textos, al pensador de "El malestar en la democracia formal".

         Después, me hace desconfiar que este hombre tenga respuestas ingeniosas para casi todo, desde Irak a la biogenética y la ética, todos ellos temas de moda. Esto lo digo reconociendo que la entrevista no tiene desperdicio (por ejemplo, esa primera frase acerca de la "vocación alternativa": aunque no lo dice, para conseguir ser un intruso en cada campo). Pero no sé a dónde va, no sé qué defiende, no sé desde dónde habla. Entonces, ¿dónde está el pensamiento? Cae un poco en el error que cuenta a través del chiste iraquí sobre la tetera, que es muy bueno, que consistiría (como no te crees ninguna de tus afirmaciones), hacerlas todas, no cerrar ninguna vía de escape.

         Pero el pensamiento es otra cosa: es selección, exclusión, el "sistema" que brota de un solo "prejuicio".

         Finalmente, amparado en su impunidad de estrella, se permite el lujo de decir, como una novedad, lo que dice todo el mundo, sandeces que ya había dicho mi prima (no tengo tal prima). Por ejemplo, la irresponsabilidad acerca de los chistes sobre Mahoma (¿quién no se ríe del Islam entre nosotros?)... seguido inmediatamente de cosas interesantes sobre el Islam. Zizek no cierra ningún camino. Por ejemplo, la bárbara "boutade", que hará estragos entre los seguidores de PRISA, acerca del bombardeo sobre Serbia, que causó miles de muertes inocentes (las mujeres y los niños primero) y logró una auténtica "limpieza étnica" en toda la zona. Venga de donde venga, estoy en contra de este pensamiento ocurrente que no desperdicia nada y acaba santificando lo que ya circulaba como moneda corriente.

         En fin, no te canso más. Brillante, hay que leerlo, pero no me fío. Y cada día se parece más a una campaña de mercadotecnia. Baudrillard, entre otros, tiene nada que ver con eso. Despreciaría todo eso como "Cultura", esto es, la superestructura brillante del momento, no tan brillante.



XII. De una buena relación con la violencia

         Querida T.:

         Me apenó el otro día no poder quedarme a discutir, pero Laura estaba en un estado delicado (ahora parece estar mejor) y yo seguía preocupado. Digo que me apenó porque, con tu exposición, suscitaste sobre todo una pregunta. Las tardes son misteriosas, las salas con sus luces, las personas. Tú, yo, las mentes y su estado en una hora del día, es algo misterioso. Lo cierto es que poco a poco vi cómo se formulaba una interrogación, una pregunta en la estela de tus comentarios. Uno se siente completamente responsable de ella, por supuesto, pero lo gracioso es que lo eres mientras asistes en tu cabeza a su martilleo, como si fueras sólo un testigo.

         La idea era la siguiente. La metafísica es violencia, de acuerdo. Lo es porque se pasa la vida oponiendo a la existencia de las cosas, a su ser-ahí, valores elevados, platónicos, suprasensibles, opuestos. Valores, en suma, que no dejan-ser a las cosas. Mi pregunta tiene que ver con si, de todas todas, precisamente para "superar" la metafísica, es necesario mantener "una" buena relación con la violencia. Me explico.

         Creo que en definitiva la violencia de la metafísica estriba en querer huir de la violencia del mero existir. La violencia del platonismo, su venganza, consiste en no poder pensar afirmativamente la finitud ("el tiempo y su 'fue'"), en no poder querer con el pensamiento la riada brutal, no antropomórfica, de la existencia. Por lo tanto, la metafísica occidental, con su sistemática de oposiciones negadoras, huye en realidad de la violencia del devenir. Al hacerlo, reduplica la violencia, la convierte en odio larvado: el que hemos extendido por el mundo, sobre todo Nosotros. Todo lo mortal rechazado retorna letalmente para nosotros, se expande en formas virales para los otros.

         Entonces, habría que afrontar de una vez la violencia para atenuar la violencia. Habría que pensar afirmativamente lo peor, la finitud, para huir de la huida metafísica. Y lo más violento del mundo es la singularidad, el mudo ser-ahí de las cosas, su estólido ser-a-la-vez en el presente, en ese "Jeztzeit" que es tan caro a Benjamin. Tú misma lo dijiste de modos distintos estos días: pensar la fuerza política del amor (que implica una relación no negativa con el no-ser), pensar a la vez pasado, presente y futuro. Aunque tú, en el Círculo, hablaste de una "afirmación de la afirmación", me imagino que te referías a la negación de la negación de Deleuze, esto es, a mantener una relación afirmativa con lo que no puede ser positivable, con lo que es "negativo" para el platonismo occidental.

         Así, librarnos de la metafísica nos exigiría afrontar de una vez la cuestión de la violencia, de la violencia que reposa en el mero existir. La violencia del reposo esencial a la existencia, cuando "no pasa nada", violencia de cuya negación todos los otros "pasos al acto" espectaculares y destructores son un efecto de rebote.

         Pensar esa violencia del tiempo, la esencia de la existencia, no es ya metafísica, ni siquiera una "inversión" de la metafísica (como el a veces tramposo Heidegger ha dicho de Nietzsche), sino abrirse a otro modo de pensar que siempre ha estado latente por doquier, incluso en Occidente. Es lo que tú un día ponías en boca de un último Derrida: confiar en lo peor, vencer el mal abrazándolo, invirtiéndolo desde dentro de su infección. Algo, por cierto, que tiene tantos acentos judaizantes, y cristianos, como nietzscheanos. No veo muy claro ningún horizonte "post" en este reto.

         El caso es que tampoco entendí muy bien cómo en tu esquema de la filosofía del presente encajaban los pensadores que uno entiende que están hoy en esta línea, la de pensar "a la vez" lo universal y lo singular, el ser y el ente, el Bien y el Mal. Me refiero a Agamben, a Baudrillard, a Nancy, a Badiou, entre otros. Sí lo vi mejor, y me parece valeroso que tú lo reivindiques, cuando hablas del pensamiento trágico hispano: Zambrano, Trías, supongo que García Calvo... supongo que Unamuno.

         En fin, totalmente de acuerdo (y también eres de las pocas personas que lo dicen) en que para pensar esa "caducidad incorruptible" de Agamben es imprescindible Deleuze como el gran ontólogo de "después" de Heidegger. Me pregunto incluso si no habría que entender siempre al profesor Heidegger (tan generoso con los poetas y tan poco generoso con los otros pensadores) en el vientre de Nietzsche, esto es, en el vientre de Deleuze. Porque de otro modo es posible que el profesor Heidegger gane al pensador Heidegger y la filosofía siga siendo con él, como a veces parece, esa sutilísima máquina de represión del pensamiento que Deleuze ha denunciado. Quiero decir, represión de un pensar que se atreve a decir cosas simples (lo más difícil del mundo es lo simple) por sí mismo, sin preocuparse de su acuerdo o no con la erudición especializada. En momentos clave (por ejemplo, a la hora de tomar en serio a Nietzsche), Heidegger ha jugado ahí un papel harto extraño. Comprendo la incomodidad de Deleuze con él.

         Pero, en fin, comprendo también que todo esto es para una larga sesión. Algún día habría que hacerla.

         Gracias por suscitar estas cuestiones en mí. Y otras.
         Un beso y hasta pronto.


XIII. Dos cartas sobre el caso Amina

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         Queridos amigos, os lo digo cariñosamente, alucino:

         O sea, resulta que "Amina" va a ser lapidada, después de que miles de mujeres han sido salvajemente asesinadas por nosotros en Serbia, en Afganistán, en Irak, cientos de miles de mujeres sin nombre, y ahora hay que movilizarse por "Amina". Al menos ella tiene dos meses para "despedirse de su bebé", al menos ella va a morir (que no creo) a manos de las leyes de su propia cultura, igual que las reas de Texas mueren a manos de la suya (igual que las niñas francesas con velo son castigadas por las leyes de la sagrada República). Pero los miles de mujeres que estamos reventando por ahí, mujeres cuyo nombre nunca hemos querido saber, cuyo rostro nunca hemos querido ver [1], no han tenido tiempo de despedirse de sus bebés ni contaron (ni siquiera post morten) con esta magnífica campaña de Amnistía Internacional, conocida además por su exquisita ecuanimidad y por la elección elegante de sus nombres propios.

         No sé, pero juraría que el país al cual pertenece "Amina" es musulmán. Dado que esos miles de mujeres que hemos reventado eran también en gran parte ratas musulmanas, sospecho que una campaña (la militar-mata-moras) y la otra (la cívica-salva-moras) son parte de la misma ofensiva. Porque, claro, lo que no puedo creer es que lo que nos movilice en el caso de "Amina" sea que vaya a morir lapidada, en vez de fulminada correctamente por carísimas armas de tecnología punta. Me cuesta creerlo, pero tampoco descarto que eso sea posible en este mundo de maravillosa alternancia de izquierda y derecha.

         Que se me entienda, si viene al caso. Me parece muy bien que intentemos salvar a "Amina": no sé por qué, creo que es más que probable que lo consigamos. ¿No? Lo que parece indignante es nuestra hipocresía, nuestra manera de lavar democráticamente la conciencia. Que esto lo haga Amnistía Internacional, pase. Al fin y al cabo están para eso y hace mucho tiempo que las ONG como ella no son más que el flanco humanista de los mismos gobiernos que asesinan a mansalva. Lo que me parece más asombroso es el automatismo de nuestra ideología, nuestra complicidad, desde tantos puntos de vista, con los correctos señores de la guerra que mantienen el orden del mundo.

         Sin más, un abrazo. Tenéis mi permiso para enviar esto a dónde queráis.
         Hasta el viernes.


Madrid, 7 de febrero de 2005.


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         Querida C.:

         Perdona la tardanza en contestar: niña, trabajo, cansancio... y la larga cadena de eslabones que trenzan mi bloqueo. Esto por no hablar de cierto tedio. Por encima de él, vamos allá.

         "Repulsa ante determinadas leyes islámicas". Bonita frase. Suponiendo que conozcamos algo de las leyes islámicas, vuelvo a escandalizarme con nuestro doble rasero: ¿no deberíamos estar suficientemente ocupados con nuestras propias leyes, con el reguero de cadáveres que imponen sobre el mundo? Al fin y al cabo, ni Hitler, ni Reagan, ni Clinton, ni Solana, ni Sharon, ni Bush son "islámicos". ¿Sabes cuántas mujeres han muerto en Irak, lentamente, en medio del más espantoso sufrimiento? Calcúlalo tú misma admitiendo como bueno el dato que los hijos de puta del Pentágono (con muchas mujeres en plantilla) han dado de los muertos estimados hace ya cuatro meses: "entre 100 y 200 mil". Calcúlalo para una "guerra" del tipo de la de Irak, sin frente. Calcúlalo incluso olvidando que en los diez años anteriores a la invasión, el 5% de la población fue literalmente diezmado por la combinación de bloqueo industrial y bombardeos selectivos.

         Pero no, hay que seguir con el choque de civilizaciones decretado desde la costa Este y Oeste. En su beneficio, la izquierda y los sectores democráticos manifiestan su "repulsa" ante leyes que jamás han intentado comprender (el etnocentrismo es esto) mientras los halcones preparan el próximo bombardeo. Por en medio, la extrema derecha hará el trabajo sucio (¡Bélgica!) que la mentalidad democrática ha preparado.

         En realidad, me quedé corto en el envío anterior. No es que "Amina" o "Safiya" sean los bonitos nombres que ocultan la masa anónima de mujeres masacradas. Es que preparan nuestra buena conciencia, nuestra insensibilización, ante la matanza que ya está en curso y las siguientes en la lista.

         Y esto sin salirnos del género sexual en alza, el políticamente correcto. Esto sin recordar que "la mujer" no existe, que es una abstracción de los alienígenas del Norte, imposible de contabilizar como elemento atómico desarraigado de su entorno familiar, menos aún en países donde subsiste una fuerte comunidad "atrasada". Por eso es casi imposible fotografiar, en Serbia o en Irak, mujeres destrozadas que no estén acompañadas del reguero de sus hombres. Sus niños, jóvenes, viejos.

         ¿El velo, "símbolo de sumisión"? No tenemos ni puta idea, salvo las que proporciona el viejo racismo antiárabe que está de nuestro lado. ¿Alguien se ha tomado la molestia de leer Velo, de A. Badiou? Aunque él sea un hombre, es al fin y al cabo francés, no un sucio musulmán. Pero no, no necesitamos leer nada distinto debido a que el relevo de los argumentos "femeninos" en el racismo típicamente masculino de Occidente es genial, perfecto. En este punto tiene gracia que sigamos hablando de "violencia masculina". ¿No te fijaste en la maravillosa paridad de fotos de mujeres torturando en Abu Ghraib? En efecto, el hogar era muy aburrido, muy alienante. ¡Bienvenidas por tanto al ojo del huracán! Gracias a la democracia, dentro de poco habrá en Occidente tantos asesinos de un género como de otro.

         Insisto en que es reconfortante la eficacia de los argumentos "femeninos" en las sucesivas guerras justas. Por esta razón hace poco podíamos escuchar a un general del Pentágono decir en una conferencia universitaria que era "divertido" disparar a los cobardes que pegan a sus mujeres en casa por no llevar el velo. De este modo la justicia occidental accede a una economía inmediata, y el mismo que juzga (olvidando que él pegaba a su propia mujer hasta ayer) es el que también da la orden de disparar.

         Nos horroriza la lapidación de una mujer. Como diría Badiou, que me lo expliquen. ¿Qué es eso comparado con la cremación en vivo de cientos de mujeres al mes, sin siquiera la farsa de un juicio previo? Aunque tal vez Badiou no ha previsto un detalle: es posible que "Amina", como "Safiya", haya sido acusada de un delito sexual. Y el Sexo es el gran relato que le queda a Occidente para seguir sintiéndose superior, con la facultad de discriminar.

         La indudable buena fe, el automatismo terrible de tus argumentos me confirman que la mujer ha tomado efectivamente el relevo en el viejo racismo masculino de Occidente. Y la eficacia de esta nueva alianza es incomparable a la torpeza del antiguo poder patriarcal. Lo saben muy las espaldas quemadas de ambos sexos en media geografía del globo.

         Mientras tanto, en paralelo a la precisión ario-digital de las nuevas armas, seguimos con nuestras campañas humanitarias. Tanto, tan imparablemente, que uno desistiría de discutir nada con nadie. ¿Para qué? Desistiría si no fuera tal vez porque dejar de hacerlo le da la razón automáticamente a "Bin Laden" cuando el mismo día, a la misma ahora, aprieta el disparador sobre el aparato militar del Pentágono y sobre la industria cultural de las Torres Gemelas... que incluye A.I.

         Por motivos fisiológicos, me gusta sentirme fuera de ese tándem. Por ejemplo, para tomarnos de una vez esos vinos. No cambiará la situación, pero ayudará a creernos en un compás de espera, como si no todo estuviera decidido.
         Hasta entonces, un beso.


Madrid, 5 de marzo de 2005.


1. Se puede consultar un aspecto de los daños de la Otan en Serbia en: http://www.balkan-archive.org.yu/kosovo_crisis/destruction/white_book/ (1º parte); http://www.balkan-archive.org.yu/kosovo_crisis/destruction/white_book2/ (2º parte). Ustedes mismos pueden intentar contar las mujeres muertas entre los amasijos de cadáveres y edificios destrozados.



XIV. Acerca del bienestar en la izquierda

Queridos amigos:

         El motivo de esta pequeña misiva es aclarar lo que intenté decir hace unos días a raíz de la perplejidad que me creó la presentación de vuestro libro colectivo, que confieso que todavía no he leído. Mea culpa.

         Por un lado os decía que no estoy contra las sectas, los círculos conspirativos o como le queramos llamar a eso que ocurre cuando nos juntamos más de tres. Es inevitable que esa reunión, sin la cual no se puede incidir en la generalidad reinante, tenga un tufillo de mundo aparte, autoelegido, un poco narcisista y paranoico, etc. Sin esa toma de distancias, un poco "fundamentalista", toda incidencia en el presente es imposible y el presente mismo se vuelve algo mucho más aburrido de lo que inevitablemente tiene que ser. Además, para más inri, todo el sistema de la supuesta transparencia democrática se basa en criptas más o menos clandestinas que toman decisiones.

         Hasta aquí bien. Lo que me incomodó de vuestra puesta en escena, y esto ocurre años después de asistir a muchas de vuestras cosas, fue vuestro maniqueísmo, perfectamente mimético, aunque invertido, del que practica el poder global. Ahora el eje del Mal son ellos, los que se proclaman el eje del Bien: "nuevo Moloc", "miseria de la vida cotidiana", etc. Y el eje del Bien somos nosotros, para confirmar lo cual está esa proliferación un tanto ridícula de calificativos que cortan la respiración: "encantatorio", "exultante", "exaltante", "maravilloso", etc. Todo esto ahorrándoos las explicaciones, como si habláseis ya para convencidos, para conversos, como si os importase un comino lo que piense la poca gente sin carnet que pueda estar ahí a ver si ocurre algo. Al no ocurrir absolutamente nada, nada más que el ritual masturbatorio habitual, esa gente se fue gradualmente de la sala. Pero eso no pareció importaros en absoluto, pues de lo que se trataba era de que los elegidos nos mantuviéramos unidos frente a la perfidia del sistema. En realidad, olvidando que nosotros no podemos dejar de ser parte del sistema (así nos vería la gente de "a pie") y que, al obrar así, estamos utilizando el sistema a fondo para colocarnos en él como su ala izquierda, como el circuito alternativo que lo hace autoalimentarse eternamente.

         En fin, todo bastante pueril, bastante onanista. Soy vuestro amigo, lo sabéis, incluso vuestro compañero de viaje, pero me pareció penosa la imagen que dábais de conformismo, de conformismo "radical" con la supuesta tradició