IGNACIO CASTRO REY Diario Ruso  


Diario de verano en San Petersburgo

Ustedes los occidentales están muy solos. A. Sokurov

      Cuando en tardes de verano atraviesas la dulce campiña gallega por tierras de Xixirei, volviendo de tus clases de inglés con Estella y ese obsesivo Forever changes en la cabeza -¿qué queda en ti que ya no sea una obsesión?-, piensas escrutar Rusia con un lirismo fortalecido por los años, arrancar las costras del prejuicio y encontrar los tallos verdes en la nación de Chéjov, Trotsky y Solzhenitsyn. Más tarde, esperando la salida del avión en ese gigantesco acelerador de partículas que es la T4, se te ocurre un emblema: "Vivir en un mundo tan expandido que todo viaje sea bajar". Sin embargo, la dimensión de lo que encuentras en ese país de historia violenta de diez siglos y treinta grados bajo cero invernales, enseguida te perturba. La escenografía sombría de las afueras de la ciudad a las 7 de la mañana, recordando la legendaria monotonía del Este, el sueño, la barrera infranqueable del idioma, el joven taxista mudo en su coche destartalado, los primeros funcionarios inescrutables, todo esto pone a prueba desde el principio tu voluntad californiana de los años sesenta. Igual que la grandiosa extensión de San Petersburgo entrevista en el paseo de media hora larga entre Petrogradskaya Storona y Nevskiy, donde has quedado en tu primera cita.



I

      Por toda clase de razones uno quería viajar a Rusia, no a San Petersburgo. Quería viajar a un país mítico de la juventud, lejano y difícil, no a un organizado y seguro destino turístico. Se trató desde el principio de un viaje metafísico, no "cultural" en el sentido frívolo. Querías escarbar en el corazón de Rusia, en el alma rusa, sentimental y fuerte a la vez, que había producido a Dostoievsky y a Sokurov, La muerte de Iván Illich, la Revolución y la resistencia mortal a Napoleón y Hitler. No visitar un pequeño país que se ha rendido a nuestra demanda consumista, sino uno que se mantiene impertinentemente diferente y que, sin embargo, nos respeta y conoce. Viajar a Rusia también para poder vernos desde fuera, desde otra cultura igual de potente que la nuestra. Por eso la primera preocupación era escapar del parque temático de una ciudad famosa mundialmente. Enseguida se le sumó a esta voluntad el signo de tener que hacer el viaje en solitario, sin amigos y sin cámara fotográfica, para dejar que la retina guardase lo esencial.

      Después de varios intentos de encontrar compañía -alguien llegó a calificar tu aventura de "excéntrica"-, entiendes que si el viaje va a ser iniciático, como dices bromeando, puede ser a solas. Igual que escribes a solas, del mismo modo que duermes y sueñas solo. Esta ausencia de compañía tiene posiblemente algo que ver con el hecho de que desconfiamos de los eslavos y de que Rusia, después de una pequeña tregua, sigue estando en el altar de nuestros demonios. Al fin y al cabo, "esclavo" parece tener la misma raíz que "eslavo" en varios idiomas occidentales. En esto nos parecemos a Hitler, quien consideraba a los rusos un pueblo esclavo y bárbaro, no sabemos si más o menos que a los judíos. Él no podía saber todavía que los veinte millones de rusos muertos le pondrían, como en el caso de Napoleón, la puntilla al III Reich.

      Sin embargo, una vez en Rusia, cada vez que tropiezas con un policía que encuentra un fallo burocrático y tiene que hacer una llamada telefónica, todos tus fantasmas se despiertan. Zares, siervos, barro y lentitud, comunistas, burocracia implacable, nieve y hambruna, prostitución, ráfagas de Kalashnikov. Ruleta rusa, montaña rusa, mafia rusa: ¿se dan cuenta de hasta qué punto vinculamos a Rusia con una ensaladilla de tormento y confusión? Por si fuera poco todo esto, el alfabeto cirílico cierra enseguida el círculo de la incomprensibilidad en el laberinto eslavo. Con Putin, que desde su "democracia imperfecta" nos habla sin complejos en el único lenguaje que la comunidad internacional entiende, el de la fuerza, hemos comprendido por fin que Rusia nunca será como nosotros. O peor aún, que es precisamente como nosotros, pero situada enfrente. ¿Por cuánto tiempo?, preguntará en español nuestra amiga Irina. Por ahora, cuando oímos hablar de los rusos tenemos que echar mano de la pistola de los tópicos. Fíjense si no en cómo aparecen ellos en nuestras películas comerciales, y esto mucho antes de que en Osetia del Sur o Abjazia se hubiera disparado un solo tiro.

      Pobres Balcanes, la islamofobia y la eslavofobia se encabalgan. A pesar de aquella frase ambigua de Gorbachov que nos pareció mágica -"El proceso ha comenzado"- Rusia jamás será transparente. Es posible incluso que el autor de El choque de civilizaciones se haya quedado corto a la hora de considerar el orden compacto de las culturas, su mutua xenofobia e inconmensurabilidad. A pesar de los temores de Irina, a los rusos les salvará de la normalización occidental el hecho de caer durante mucho tiempo del lado del mal. Para empezar, por razones estratégicas, por constituir -y esto es lo peor- otra versión del alma europea. Solamente Rusia podría librar a Europa de la estupidez norteamericana. Hoy por hoy, sin embargo, no les perdonamos a los rusos que no se rindan al puritano individualismo de "Occidente" y no conviertan su historia y su carácter en el museo de una nación simplemente turística. Que se empeñen en mantener su pasado y su historia vivos, una política y una cultura propias, un armamento nuclear temible e independiente, roza para nosotros lo incomprensible.

      No es tanto que puedan o no tomar en serio a Dostoievsky, que sean o no sean comunistas, como que, simplemente, la relación que esta cultura mantiene con la irregularidad de la tierra -el complicado rito ortodoxo, la música y el alfabeto, los sentimientos, el vodka, el mando y la obediencia, la nieve y su tristeza- y la comunidad elemental que nace de ella, nosotros la tenemos desde hace mucho tiempo prohibida. De Texas a Baviera parece que hemos de ser "platónicos", vivir protegidos por una limpieza digital libre de las arrugas de la existencia. Por contra, hasta en el perfil del popular fusil Ak-47 encontramos una curvatura, una rugosidad inquietante.

      Señalando la duda metafísica propia de una identidad fronteriza, rasgo que le emparenta con España, la historia moderna de Rusia indica cierta voluntad de ser más occidentales que nadie. Traerse a los mejores arquitectos, realizar la ciudad más geométrica e ilustrada, materializar los experimentos sociales que se piensan en Occidente -Tolstoy ensayando a Thoreau-, realizar a Marx en la Revolución, pactar con Hitler y después destrozarlo. Como si desde la distancia asiática de sus estepas nos tomaran al pie de la letra, como si necesitasen demostrarse que son más europeos que los europeos. Y a lo mejor es cierto, a juzgar por la literatura, la ciencia y el cine. Las cúpulas doradas frenan una profunda melancolía. Aunque hoy algunos humanistas rusos, con razón, se quejen de la espectacular vía de poder y consumo que se ha abierto desde Moscú, se les podría decir para tranquilizarles que -un poco como en Japón, en China- el capitalismo y la tecnología rusos parecen seguir envueltos por una consistencia cultural que en el resto de Occidente hemos perdido.

      Modernizar es laminar, normalizar, aislar, tapando lo cualitativo con la agregación cuantitativa. En suma, sepultar en lo privado -hogar, vacaciones, Internet, psicólogo- todo lo que sea cualidad vital. ¿No es esto lo que llamamos Democracia y representación, delegar la violencia de vivir en la estadística social? Nada de sangre en las venas: Un hombre, un voto. Un hombre, un dígito: modernizar es normalizar la violencia, desplazarla fuera, delegarla en la actividad legal de las instituciones y el Estado. Y el "primitivismo" eslavo está aún muy lejos de esta mutilación, de esta hipocresía, de esta profiláctica separación de registros y de poderes. A pesar de ciertas similitudes -esa voluntad moderna de recomenzar desde cero-, a los rusos les diferencia radicalmente de la Norteamérica que dirige nuestro Occidente la relación con el virus de los sentidos, con la cultura de la tierra, con los hombres y la historia que han crecido de ella. Eliminados los indígenas, los EEUU se fundan en la doctrina puritana de la separación, en el individualismo feroz y su asociación masiva, con la eficacia técnica consiguiente. ¿Aceptaríamos que las cosas fueran distintas, que el mundo fuese dirigido por el "comunitarismo" ruso, por su intrincada complejidad? Bastaría, sin embargo, con que Europa fuera capaz de comprender a la vez la superficialidad norteamericana, sin duda necesaria, y la gravedad rusa, para que el mundo fuera distinto. Alemania también sería distinta, por cierto.



II

      El comunitarismo ruso se arraiga en el imperativo de supervivencia en un clima y una historia inclementes. La solidaridad entre eslavos se forja en las continuas luchas de unas tierras de paso con una historia turbulenta. En el caso de los eslavos del Sur, la solidaridad proviene de la lucha contra los turcos. En este punto conviene no olvidar que Rusia no necesitó tener un imperio exterior volcado hacia el Sur o el Oeste, al estilo de España, Francia o Inglaterra. Para abrirse camino entre Europa y Asia, la nación rusa nació en sí misma como un imperio, un territorio gigantesco sometido continuamente a conquista y reconquista, en pugna con los pueblos limítrofes. Cuando la Unión Soviética pierde catorce repúblicas en los años noventa -en total cien millones de personas- la Federación Rusa pasa solamente de ser la quinta parte de la tierra a ser la sexta. Entre los mongoles, los otomanos, los tártaros, los polacos, los suecos y los alemanes, Rusia ha mantenido su nación desde el siglo XIV en un estado de continua fluctuación y abarcando un territorio enorme que llega desde Minsk hasta las puertas de Japón. No le hacía falta ni podía extenderse en África o América, pues tenía su océano en Siberia, en las montañas de Mongolia y Kanchatka. Incluso se podría decir que los rusos tienen su gesto "americano" en el intento continuado de refundar la nación a través del despotismo ilustrado de algunos zares y de la Revolución bolchevique.

      Como se dice en algún lugar del mundo eslavo: "Cuanto más al sur, más triste". Ya la galería de rostros en la calle y en el metro, con esos físicos primarios y difíciles -aunque Pedro I haya terminado en su momento con las barbas- comparados con la estandarización del aspecto europeo o nórdico, no hace presagiar nada bueno y puede resucitar cualquier leyenda negra. Leyenda que parece revivir también en esos empleados enigmáticamente hoscos, ceñudos, indiferentes, tal vez amargados por el exiguo sueldo, una historia de decadencia y un turista pesado que no sabe ruso. Habría que ver incluso si la pasión que este país tiene por la geometría -del sueño imperial de los zares a la planificación comunista, de los iconos a los constructivistas- no proviene de una geografía temible, de un temor atávico a sus propios afectos desatados, de una profunda inmersión en el laberinto de las pasiones, en la intriga de los sentidos.

      Igual que el lenguaje en cirílico, toda la cultura rusa parece declinar de cien modos distintos cada situación, cada caso de la existencia, cada pauta de comportamiento. Lo de menos es el visado de entrada, lo de más es esta dificultad para entrar en una cultura intrincada, al mismo tiempo reservada y pasional. Las intrigas palaciegas de los zares y del estalinismo serían tal vez imposibles sin este tejido cultural. ¿Se imaginan una Galicia gigantesca con un carácter duro, con una población compleja, un Estado fuerte y armas atómicas? Pues bien, algo así. Lo que en Norteamérica es superficial, rápido y fluido -esa jovialidad autista de barras y estrellas-, aquí es lento y melancólico, abrupto, ritualizado, grave. Atmósfera que se presiente perfectamente en ese metro de San Petersburgo construido con una imaginería palaciega de los años cincuenta -los "palacios del pueblo" de Stalin-, ese metro pensado con funciones también estratégicas, donde sigue prohibido hacer fotos y del que se dice que en Moscú se acompaña de una auténtica ciudad paralela para utilizar en caso de guerra.

      Pero bajo estas diferencias culturales, hay otro motivo político-militar en nuestras reservas actuales ante Rusia. El terror de que la patria de Pushkin se una a Europa es la pesadilla de EEUU, quien hará todo lo posible -incluyendo envenenar la antigua Yugoslavia y la actual Georgia- para que ese acercamiento no se produzca. El Atlántico Norte debe compensar a toda costa el Mar Negro. Como representante de la solución americana, Inglaterra -antes que Alemania o Francia- debe contrarrestar el polo magnético que pueda ejercer Rusia. De manera que, en resumidas cuentas, no hay apenas noticias sobre los eslavos, aunque se trate de un desgraciado accidente, que no sea parte de nuestra propaganda. La antigua muralla ilustrada frente a mongoles, tártaros, turcos y chinos queda así congelada en la marisma de los prejuicios. ¿Qué poder sin embargo "salvará" a Europa si algún día se desbordase la muralla china? Es posible que, a pesar de todo, esta seguridad tácita siga funcionando en nuestra relación de amor-odio con la patria de Lenin.

      Durante días caminamos entre semblantes exóticos, cruzados de tártaros y bielorusos. Pelo azabache, pómulos amplios, ojos grises. Y también ese rubio desvaído tan característico de la Rusia blanca, con su piel cérea, su aire triste y desgarbado. Aunque Evguenia, nuestra profesora de ruso -Do you feel in a labyrinth with the Russian language? But I'm not the Minotaure-, niega que sus compatriotas tengan un particular sentido de lo trágico: "La gente aquí es igual que en todas partes, sólo hay pesimistas y optimistas". Pero no, tal vez no. Los ojos vidriosos, las caras rasgadas, pálidas y asiáticas, se cruzan en un melting pot que se adelantó en mucho al nuestro. Así como los angloamericanos, hasta ayer, no se han mezclado con los pueblos que someten, los rusos se mezclan desde siempre -el Centro de Estudios Orientales viene ya de una época muy anterior a la Revolución. Formales en el trato público, con un "usted" que difícilmente se pierde, íntimos y arrolladores en la tercera copa -insiste Sergio-, los rusos pueden ser reservados, inescrutables, antipáticos, tan vulgares como el que más. Nunca individualistas: su frecuente silencio es también una forma de estar juntos.

      De hecho, aún hoy en día subsisten las llamadas Comunalkas, antiguos pisos burgueses expropiados por la Revolución y que actualmente, compartidos por varias familias, esperan disolverse en las listas de pisos de protección oficial. Se reconocen por fuera en que sus ventanas son desiguales y permanecen sin arreglar. Tal vez por este comunitarismo de base, los rusos siempre han gozado del interés y la simpatía de Francia e Italia, de la antipatía de Inglaterra... Bajo la intoxicación informativa, en España, Italia, Francia o Alemania tendíamos a comprender a los rusos en lo que los diferencia de los wasp insularizados, de los nórdicos de correcta sangre fría. Aunque los angloamericanos, tengámoslo claro, han hecho todo lo posible para que ese acercamiento intuitivo a través del Dnieper no se traduzca políticamente.



III

      Una vez en el hábito de San Petersburgo, las cúpulas y campanarios orientan las interminables caminatas, las conversaciones, las bromas con las risueñas amigas madrileñas. La aguja del Almirantazgo une el abanico de las calles Nevskiy, Gorokhovaya y Voznesenskiy. La cúpula de San Isaac, las multicolores cúpulas acebolladas de la iglesia de la Sangre Derramada, el esbelto campanario dorado de la catedral de San Pedro y San Pablo, el encantador Palacio de Verano. Y sobre todo, una y otra vez, la atmósfera de fervor en Nuestra Señora de Kazán. Todo esto forma parte de los tópicos y es inolvidable. La inmensa ciudad está orientada por emblemas visibles desde cualquier lejanía, en los diez o doce kilómetros que alcanza la vista. Dulces espadañas y veletas de julio, emblemas de tu esperanza. Las agujas doradas aquietan el bullicio de las calles diseñadas por Rastrelli, Rossi, Quarenghi, Cameron. Como los zares se trajeron a los mejores arquitectos, cada edificio es un Kremlin, una fortaleza rodeada de canales y avenidas frente al resto. En la medida en que el visitante entra en los diversos palacios o iglesias, la ciudad parece perder la continuidad de las arterias principales.

      Te acercas a iglesias adorables que a veces podrían ser de imaginería católica italiana. Dentro, ante todo en Kazán, el oro de las columnas y los iconos, un intenso olor a cera, las devotas mujeres cubiertas que cuidan las velas. Lámparas refulgentes, luces tibias, imágenes planas y doradas. Los fieles, jóvenes y viejos, tradicionales y modernos, parecen más y mucho más devotos que en España. Después, otra vez el esplendor de las calles y el horizonte del agua. La calle Rossi, el canal Moyka, la misteriosa isla de Nueva Holanda, la claridad de las Linii en la isla Vasílievski y aquel delicioso café rockero. La torre esbelta del Almirantazgo, el bullicio de Nevskiy Prospekt, las bodas en los cuatro puentes. El río Fontanka, Petrográdskaya y el puente de la Trinidad, la calle Millionnaya, las orillas iluminadas del Neva, Gostiny Dvor, las caballerizas, Sennaya Plóshchad. Y siempre los patios entrevistos al cruzar, retirados, huidizos, susurrando lo que no sabes de la vida. Lo mejor de una ciudad es lo incontable que no figura en los mapas, las grietas de espacio y tiempo que robas al pasar.

      Si a través de las amplias perspectivas de la calle Sadovay, los jardines de Marte y el puente de la Trinidad, vuelves de noche a tu barrio modesto y a Malaya Posadskaya Ulitsa, recorres llanuras iluminadas con paseantes, patinadores, canales, puentes, agujas doradas con veletas en el horizonte. Después, el eco todavía de las noches blancas en la ventana, palpitando con un resplandor pálido. Atraviesas siempre una ciudad muy europea, donde las jóvenes pueden patinar a solas a la una de la madrugada. El Canal de Invierno, los puentes y canales de Kriúkov, Griboédov. Y el inolvidable paseo en barco por los canales, acompañado de los comentarios de Irina, a medias entre lo histórico y lo vivencial. Tanto o más que Roma, Londres y París, San Petersburgo es impresionante, todo el mundo lo sabe al poco de llegar allí. Es significativo que incluso una Revolución implacable haya respetado tantas muestras gloriosas del pasado.

      Como todas las ciudades monumentales, San Petersburgo tiene algo de maqueta teatral -no sólo en la calle Rossi- en cuyo envés podría muy bien no haber nada. Lo que ocurre es que en este caso el decorado es gigantesco, más que en París, y que detrás hay una vida que los turistas que hacen cola en el Ermitage, que recorren la estación Avtovo, los jardines de Petergof o Tsárskoye Seló, no se molestan en conocer. Si la ciudad fuera un decorado, como en cierto modo lo es Venecia o Santiago de Compostela, el visitante occidental no podría decirlo, pues apenas sale de los recorridos trazados por la seguridad del consumo. Si al menos se parasen a tomar el metro y mirar, a preguntarle a la gente, a recorrer las calles sin guía... Pero no, apenas encuentras visitantes en el barrio Dostoievsky, nadie en la calle Liteynyy o Nekrasova. Solamente enigmáticos lugareños en Kamennoostrovskiy Prospekt, más allá del Troitsky Most. La elite que habla inglés no entra en la ciudad real, se limita a rebotar de monumento en monumento, de terraza en terraza, de hotel en hotel, de palacio en palacio, de museo en museo. Del helicóptero al yate alquilado, de la fortaleza de San Pedro y San Pablo al Ermitage, nadie se adentra o se pierde en la ciudad. De hecho, el gusto clásico por la pintura o el teatro Mariinski casa demasiado bien con las conversaciones vulgares, con la música hortera que después se escucha en los locales de la Nevskiy Prospekt.

      ¿Es algo distinto en Berlín, Viena o Milán? En este punto sensible del turismo, San Petersburgo puede muy bien solamente confirmar nuestra mutua estupidez. Incluso a veces llevada al extremo, con ese espantoso gusto por las bodas en los puentes, con champán y descomunal limusina rosa. Una vez más piensas: ninguna clase es más temible que la de los desertores del arado que pueblan la aldea global.

      Como ovejitas guiadas, cada grupo de franceses, españoles o norteamericanos viaja en la burbuja de su propio idioma, en su contratada seguridad. Se deleita con su pintura nacional con un guía que les protege del país real -representado por esa silenciosa vigilante entrada en años- y les permite visitar cómodamente los tesoros acumulados por el imperio de los zares. Personificado en ese campesino gigantón vestido con ropas ridículas de verano, haciendo fotos sin parar como si eso le asegurase el saber -tal vez la prueba simple de que ha estado allí o la presunción ante amigos y familiares-, cierta clase de turismo es patético, una prueba más de la obsesión occidental por la seguridad, la realidad subtitulada y el racismo de la opulencia. Los lugareños devuelven esa moneda perversa del visitante, ese desprecio discreto, con la picardía, los precios altos y el engaño más o menos organizado. Pero esto, hoy por hoy, quizás vale más para Italia o Marruecos que para Rusia.

      En contra de los tópicos, ni una sola mujer te ha ofrecido sus servicios, apenas has visto mendigos, ni mafiosos, ni peligro en las calles. De cualquier manera, saboreas el obligatorio aburrimiento de lo que se llama Cultura en los museos y monumentos. Después, al salir, la calle y el cielo son más anchos. Paseas por salas repletas de cuadros y de gente, pisoteando el espíritu que creó esa pintura, cruzando frente a la silenciosa mujer que hace de guardia de seguridad, los ventanales abiertos a un exterior inmenso. El silencio en torno a Friedrich, Rembrandt, El Greco, Ribera. La vigilante mayor que, aburrida en su sala desierta y de pronto amable, te dice aproximadamente, "Siga, siga... al fondo está Kandinsky".

      Días más tarde te fijas en un pobre chico monstruosamente deforme que toma apuntes junto a dos compañeros en el Museo Ruso, inspirando la curiosidad, el pudor y la compasión de todos. ¿Qué haces aquí? Eres idiota, como los demás, pero al menos te intentas demorar en esquinas de pobreza, contemplas los cuadros de Rembrandt y Ribera en un silencio sin guía, te fijas en las misteriosas vigilantes y en la gente que mira los cuadros, preguntas en un inglés macarrónico cualquier cosa a los empleados para ver cómo reaccionan, cómo son sus ojos. Mientras recorres las salas, las galerías de cuadros y seres humanos, los ventanales a exteriores grandiosos, tu experimento antropológico y metafísico continúa, modestamente.



IV

      Y después esas calles marcianas otra vez, vistas por quien nunca ha estado allí y es probable que no vuelva. Patios desconocidos atisbados al pasar delante del portal, con árboles y ventanales un poco pobres. Lugares de severidad alemana, dirías tú, en general muy limpios. Dureza norteña, sombra de árboles, pasaje a otra ciudad. Ante esos rincones misteriosos donde la vida se esconde piensas otra vez en el amor, en la humanidad desconocida, en la muerte. Recuerdas: "Piensa en la muerte, lo demás vendrá por añadidura". A veces los patios son enormes, ricamente adornados en portales que incluso pueden tener chimenea y permitir el paso de unos a otros atravesando manzanas enteras, de canal a canal, al margen de las calles. Tampoco en esos pasajes te encuentras con turistas. ¡Ah, la geometría alargada de San Petersburgo en los interminables atardeceres de julio! Intensamente iluminada como una Nueva York del siglo XIX, piensas en Dostoievsky como el reverso de la geometría europeizante de los zares, derramando sobre la sociedad moderna su laberinto intrincado de crímenes, miserias y pasiones, la soledad paranoica del subsuelo.

      Sin dejar de poner esas enormes perspectivas zarinas en el alma y las emociones de un hombre cualquiera, lo mismo hace Madre e hijo. Una madre muere, un hijo no entiende la muerte: Sokurov coloca el esplendor, la enormidad del no saber en el misterio de un cuerpo, en el cara a cara de una piedad sin freno, en las praderas con abedules. ¿Cuál es el mal cuando hay demasiado amor?, se pregunta. Es como si ambos creadores pusieran esta pasión rusa por la distancia en la cercanía inescrutable de los rostros. De todo este maravilloso don tiene que haber, aunque no lo conozcamos, un formidable arte de vanguardia. Los rusos tienen la taiga dentro, siglos de lluvia asiática, el frío y el boscaje de la llanura. Por eso, por su elementalidad cultural, están a un paso de la modernidad. Sólo hace falta un pequeño viraje de centímetros para que de un místico reaccionario salga un Malévich, un Klimov, un Zvyagintsev.

      Es cierto que entre el clasicismo del San Petersburgo decimonónico y el estruendo idiota de los "40 principales" no parece haber lugar fácil en la Rusia actual para una vanguardia cosmopolita. Es posible que el país entero esté sufriendo la fascinación brutal por el consumo propia de las naciones que están en "vías de desarrollo". La mafia rusa se dice que organiza en Moscú una ciudad con más millonarios ya que en Nueva York. Aunque tal vez la "mafia rusa", como frase habitual, es otra expresión de nuestro racismo. La descongelación, la riqueza rápida ha producido una generación dudosa de millonarios. Pero después la administración actual ha obligado a toda esa gente a convertirse en empresarios. ¿No es esto el capitalismo? Igual que en Francia, la violencia queda ahora para el Estado. Por este camino, tras superar las recomendaciones bárbaras del FMI, la orgullosa nación que durante los años noventa tuvo que aceptar ropa regalada por Alemania, comprada al peso en las calles rusas, pasa ahora por momentos de vigor y expansión. Tanto, que hasta el pasado comunista es motivo de riqueza turística y Lenin preside un sinfín de sitios de moda. No sólo edificios históricos -Lenin se reunió aquí para preparar tal evento- sino que todo lo soviético es hoy un motivo cool. McLenin. El crucero Aurora, cuya salva fue la señal para el inicio de la Revolución, es ahora un venerado museo sobre cuya mole gris se puede vislumbrar a lo lejos el gigantesco neón azul de una conocida marca comercial.

      Tal vez por esta velocidad civil, aún más exagerada en Moscú, el ajedrez, como vocación casi popular, parece retroceder a pasos agigantados ante el espectacular dinamismo de la vida rusa contemporánea. Entre los coches potentes, la música a toda máquina y la lucha por la vida, queda poco tiempo para pararse ante un tablero abstracto y reflexionar, asegura Sergio. Igual que al jazz del antiguo Este soviético, reverso elegante y melancólico de aquella seguridad de la planificación, también al ajedrez le ha segado la hierba bajo los pies esta explosión de petróleo, rublos y turismo que se une al verano. En paralelo a la diversidad de posiciones sociales, se puede ver un parque móvil alucinante, sin término medio entre los destartalados coches de los setenta y las máquinas impresionante de hoy, BMW de 80.000 euros o gigantescos todoterreno sin marca, pues están hechos de encargo. Hay una pasión por el tamaño y la potencia muy parecida tal vez a la norteamericana y esto se nota en los coches imponentes, de lunas tintadas, que heredan en cierto modo el porte de los antiguos Zil de la nomenklatura soviética. Quitándose la espina de cuarenta años de congelación estalinista, los conductores se muestran agresivos y los peatones un poco indefensos.

      Aunque el tendido eléctrico en el cielo de las calles señala que Rusia todavía tiene que realizar cambios estilísticos y técnicos importantes, el país entero parece despertar, un poco brutalmente, de la monotonía de la planificación y el orden comunista. Orden que, sin embargo, la administración actual respeta. Un precioso cartel con la hoz y el martillo en estrella roja sobre un fieltro verde reza en el aeropuerto: Recordamos. Y esta reverencia pestañea en medio de coches a toda velocidad, helicópteros, vida social por doquier -incluido hockey sobre patines en las plazas-, motoras lanzadas por los canales, música tecno a pleno volumen. La desregulación más estrepitosa se codea con las perspectivas venerables. Durante siete días, alternando con el silencio de tu humilde habitación y algunas calles desiertas, vives rodeado del estrépito propio de los países que están saliendo de la estrechez. Entre limusinas alucinantes, maquillaje espectacular en las mujeres -que posan como estrellas de cine ante los monumentos-, minifaldas y escotes de vértigo, música de dudoso gusto a todo tren. También la televisión está volcada en las mismas majaderías que Occidente y peor aún, si cabe, hasta el punto de que uno puede llegar a sentir cierta nostalgia del “buen gusto” europeo. Pero cada nación debe encontrar su modo de corromperse, de participar en las majaderías del presente. Bajo ellas, la sorprendente diferencia rusa continúa.

      Engañosamente, la seriedad de las casas, los palacios, los árboles, los zaguanes -¡y los mosquitos!- son parecidos a los de Alemania o de otros sitios. Los árboles de San Petersburgo son los mismos que en Europa: abedules, álamos, fresnos, tilos, arces, robles... Prolongando esta impresión, Evguenia -I don't like the golden things but the dark ones- insiste, reaccionando a tu tendencia a mitificar: "La gente aquí es como la de cualquier otro sitio". Esto es cierto y hay que decirlo en todas partes como una reivindicación de la humanidad del lugar. Pero si fuera exactamente así, únicamente así, sólo unos pocos idiotas viajarían tan lejos. ¿O es que viajamos por viajar?: "Somos imbéciles, pero no hasta ese punto", decía con razón Beckett. Más bien has venido aquí a regenerarte con la lejanía, a limpiarte con la distancia. Mientras viajas, te reproduces, cambias por dentro y tiembla un poco tu identidad. A la vuelta de Rusia la humanidad no volverá a ser la misma, nunca ha sido la misma. Lo que por otra parte siempre han dicho el arte y la literatura, de Rilke a Turguéniev. No viajamos por viajar, sino porque intuimos que jamás conoceremos lo natal si no le concedemos la insólita oportunidad que nos ofrece lo extraño.

      En este punto Rusia ha jugado el papel que un país ya conocido y fácil no podía jugar. Como ese arduo libro de Tiqqun que te has traído, penosamente occidental, despiadado y sectario –hablan como si no existiera la naturaleza, como si el hombre no estuviera salvado por la muerte-, pero armado con la virtud mística de arrojar una total incertidumbre acerca del mundo en el que vives. De igual manera, la función de los viajes es mantener la alerta sobre lo que sea real, despertar la vigilante incertidumbre hacia lo inmediato, la desconfianza hacia el saber.

      Después de Rusia, hasta los abedules deben de ser un poco distintos. Por no hablar de una humanidad que se configura según lenguas, hábitos y culturas con frecuencia inconciliables. No puedes comprobar ningún carácter universal en nuestra famosa Democracia, arma blanca de nuestra no menos famosa xenofobia. En un viaje así sólo queda el universal del poder y, bajo él, una humanidad sin señas, desconocida, con las manos vacías. En Rusia la mezcla, las risas, la forma de mirar, de callar... es distinta. Hasta la vulgaridad es distinta. En la pintura rusa de los siglos dieciocho y diecinueve, no sólo en Repin, ya el ser humano aparece reconcentrado, melancólico, como si la infinitud de la estepa y lo intrincado del poder central les encerrase en sí mismos. Los rusos mantienen un gusto por lo elemental -la soledad, el sufrimiento- que les separa de nuestra anémica protección en lo complejo.

      Aunque conozcan poco en San Petersburgo de una lejana "Rusia profunda" que al extranjero pueda interesar, mantienen siempre una buena relación con la naturaleza. Hasta cuando diluvia, muchos jóvenes y mayores, incluso pijas bien vestidas, cruzan las calles mojándose con naturalidad. La misma Revolución no dejaba de expresar un gusto por la infraestructura de la verdad, una aversión hacia la complejidad que tal vez se prolonga hasta nuestros días. Siguiendo el gusto por lo elemental de los iconos, ¿no son las películas de Tarkovsky y Sokurov, las lujosas imágenes de ambos, de una prodigiosa simplicidad? Superficie y profundidad, poder político e impotencia metafísica. De ambos polos tienen hoy los rusos una versión propia, vigorosamente actualizada.



V

      Querrías hablar otra vez de la percepción paranormal que permite la distancia. ¿Has venido aquí por eso, para percibir los signos de lo familiar que has dejado atrás, que la inercia estaba a punto de perder? Por ejemplo, para absorber la estampa de esa mujer rubia abrumada por la vida que permanece inmóvil en la estación de metro Gorjovskaya. Durante dos segundos pareció una mujer más, una bella joven cansada, esperando. Después viste que se trataba de una pobre madre rusa -piel pálida, inexpresión total, gesto de cansancio y ojeras- pidiendo limosna con su hijo en brazos. Mejor dicho, aceptando limosna sin pedir nada. Ella preferiría no hacerlo, por eso apenas esboza una mueca triste cuando depositas una moneda en su mano. La mayoría de los pasajeros del metro ni se dan cuenta de su condición, tampoco de su belleza arrasada, pues ella está tan desesperada que apenas extiende la mano. Sólo se nota que acepta dinero en que permanece parada durante horas con su niño en brazos, mientras una mano con monedas sale disimuladamente bajo el pequeño cuerpo dormido. Congelada por la infelicidad como una estatua de sal, ella y su niño apenas salen de la noche, del borde de lo perceptible. ¡Ay, humanidad!, decía Melville en su Bartleby. Todo el lujo del Ermitage y de los jardines del Petergof se derrumba ante esta imagen perturbadora, apenas perceptible, extrañamente bíblica.

      Las cúpulas doradas esconden una irremediable melancolía. Ahora bien, ¿la sensibilidad hacia estas esquinas de desdicha nos condena fatalmente -también en San Petersburgo- a la rareza, a la periferia de una sociedad que se protege en la opulencia? Tal vez, pues la gente no quiere hoy que le recuerden esa tragedia, esa simplicidad de una vida mortal que no cambia. Los ciudadanos modernos pueden atender solidariamente la pobreza de exóticos habitantes de la lejanía, apadrinar niños en la India, pero no aceptar que algo llore aquí, en el centro.

      Italia, Londres, las montañas del Caurel, San Petersburgo son experimentos para conocerte a ti mismo, para poner a prueba tu compleja, difícil naturaleza. Tu afición al riesgo es la afición a una verdad enterrada, a una naturaleza remota cuyo mayor peligro es la inercia y el mito de la seguridad. Al fin y al cabo, siempre has estado harto de tu rareza, de tu "originalidad" de aire noble. Siempre has soportado todo eso al precio de ponerlo en tierra. Ahora lo sometes a la prueba humilde de una región extraña, querida y desconocida a la vez, con la consiguiente -dice Teté- descarga de adrenalina y contracultura. Durante días, aislado por un idioma del cual no entiendes nada, vives un crisol agotador de todos los semblantes posibles. Las mil caras que has conocido, todas las que has amado y odiado, incluso alguna que podría representar el amor que nunca has tenido.

      Caras, caras, caras. Si hay tantas es porque no hay ninguna, porque el ser humano será para siempre desconocido. Ninguna faz puede "reflejar" lo que es el alma. Los rostros ponen en esta ciudad la música a una canción para siempre muda. Has venido aquí, digamos, harto de transitar por caminos seguros, para no dominar. Te tratas incluso de "usted" durante unos días para facilitar esa posible transformación. Tu pasión por lo abrupto y rugoso te ha traído a Rusia. Incluso ves en esta nación, frente a la soberbia uniformidad de Occidente, una anomalía orgullosamente convertida en programa. Rusia tiene su propia música. ¿Por eso nadie te acompaña? Tal vez la gente no es tan "moderna" como para necesitar la forma actual de lo primario, como para superar la xenofobia democrática de estos tiempos y escarbar en la viveza del pasado, en la pobreza irremediable que nos toca en el presente.

      En Rusia el coro interminable de los rostros, con frecuencia inescrutables para quien no es de allí y deambula un poco temeroso, agota un poco. ¿Cómo será Moscú? Sobre todo, ¿cómo será la vida en esas aldeas perdidas que ninguno de tus amigos en Rusia parece conocer? Un viaje "iniciático", decías antes de la partida. ¿A qué, finalmente? Lo fue el de Carintia, con aquellas bayas de agosto, aquellos paisajes de maíz y montañas, con sus largas conversaciones y paseos compartidos. Aquí ha faltado la complicidad de Insa y su entorno para horadar las ciudades, las comarcas. Pero se ha producido una iniciación al planeta sin imagen, a la desolación del desierto del consumo. Sobre todo, a la humanidad desconocida que espera fuera de nuestro provincianismo. Te iniciaste a la multitud sin nombre después de aguantar su extrañeza, su no mirada, su brusquedad. A veces solamente ha quedado "el padre de Laura", sólo ese hilo de identidad tras esta tormenta silenciosa de los nombres, las caras, las calles desconocidas. Poco importa que nadie conozca Madre e hijo. ¿Puedes decir que no has sentido el rastro de Sokurov, de ese esplendor ruso de lo mortal, sin duda uno de los motivos de fondo de tu viaje? No exactamente, pues todo el rosario de siluetas, calles, campanarios dorados... ha sido como una pieza tocada en el rastro de esa sombra.

      Fuiste con la esperanza de que pasara algo y en cierto modo pasó, lenta, difícilmente. El viaje siempre está en una pequeña, casi imperceptible mutación de lo familiar, en la percepción de lo cercano. Al ir lejos compruebas que en cuanto al primer esquema de las cosas no hay salida, pues -salvo la costra turística, que no te interesa- el mundo es el mismo espacio de homogeneidad que marca la moda y la gente se interesa por las mismas bobadas: cocina y bailes regionales, historia y palacios, aburrimiento museístico, restaurantes caros, coches potentes, música fácil. En este plano cualquier viaje es un fracaso, pues apenas consigue perforar la costra estandarizada de los sitios. Y si estás dispuesto a ese ejercicio de coraje y piedad que consiste en percibir de otra manera lo inmediato, debes mantener ese insensato punto de partida durante todo trayecto.

      A la vuelta recuerdas a aquella antigua amiga tuya, también de origen ruso, que un día te espetó en tono burlón: "Siempre estás de paso, mirando lejos. ¿A dónde crees que vas?". Judío ibérico que se ha prohibido ninguna Tierra separada, entiendes la errancia como promesa, sin pueblos elegidos ni razas malditas. Y vuelves a querer a los rusos también por sus tonterías, por lo "normales" que son, por la fatalidad que te enseñan del mundo.

      Te ves caminando. Caminas, caminas, caminas. Con limpidez de lágrima te atraviesan chicas desconocidas, casas donde te gustaría vivir si la vida fuera posible, embrujados patios rojizos y verdes, árboles, portales, cúpulas lejanas, centelleo de canales, casas de madera desvencijada en las afueras. El que mira de alguna manera se hace invisible, mira y siente desde su más íntima invisibilidad. Con la desaparición en los ojos atraviesa la geografía, sufre la humanidad como si fuera un espectro, una dolencia extraterrestre. Dios de todos los hombres, cuida a nuestros hermanos del Este.


Picón, 22 de agosto de 2008.


Para Alexander Chernosvitov y Ana López, que facilitaron este viaje desde la Fundación Pushkin en Madrid.





   Cerrar Ventana