impertenencia

Hola, J., buenos días,

Te escribo prácticamente “para nada”. Tuvo gracia el conjunto de la tarde-noche de ayer: el tráfico infernal, el aparcamiento imposible, las luces serenas de la sala más tarde. La música de Vivaldi, Bach y Telemann… Mis notas a la vez sobre cualquier otra cosa, mientras los sentidos van y vienen de la escena sonora.

Sobre todo la barra, Ch. y G., las tapas y los vinos en la mesa posterior. También el vino de antes, compartido con las bromas entre los que nos conocemos y con algunos curiosos que no conocemos, que son tan o más alucinantes que nosotros.

Pero destacaría sobre todo, resonando en alguno de mis órganos, una frase que dejaste caer en tu estilo, así, como si fueras de verdad pacifista y nada importara gran cosa. Me refiero a aquello de la conveniencia moral y médica de huir de la pertenencia, de desprenderse sobre todo (aunque uno tenga trabajo, móvil y casa) de esta cobertura de pertenecer en cuerpo y alma a alguna iglesia, la Derecha, el Atlético de Madrid o Podemos.

Hablaste algo de esto en relación con la tecnología oriental de desprenderse de ataduras y soltar lastre, como un globo que quiere ascender a su cielo, a la perfección de su imperfección. Y esto, te entendí, no para ser más individual, más narcisista todavía, sino para ser más elemental, para desprenderse de la prisión individualista del Yo, ese que siempre necesita un nosotros donde el narcisismo de la identidad pueda circular y ser compartido.

Por eso, por ese primer desprendimiento (al menos con una mano) de la identificación, de la pertenencia a una particularidad compartida, del sectarismo globalmente funcional, por eso hablaste de cierto vértigo de la no-pertenencia. ¿No es así?

De ahí mis bromas: a ti y a algunos nos cuesta el no. Tenemos dos manos. Con una debemos ser afectuosos, epicúreos, conectando a ser posible con cualquier escena. Con la otra debemos ser ascéticos, estoicos, afrontando lo trágico de la no pertenencia, la no parcialidad. E intentando afrontar esto, lo sé, no de una manera típicamente occidental, donde la tragedia ha de hacerse espectacular y rasgarse todas las vestiduras. Más bien de una manera pueril y zen, donde lo trágico ha de devenir un juego, una pequeña infancia, una comedia serena. Joyce dice en cierto momento de Finnegan’s wake: “Sonoro, cólmanos de miserias, mas adorna nuestras artes con risas suaves”. Es algo así, ¿no?

Normópata, bonita palabra que se le aplica a pocos. Pero mi duda es siempre cómo hacer compatible ese vértigo de la no pertenencia con el juego y la comunidad, con el necesario compromiso de ser parte (al menos pasajeramente) de algo: una situación, una noche, una conversación, una persona. Supongo que es una trabajo interminable, donde cada día partimos de cero. Entiendo que en todo caso este tipo de personas elementales tienen un poco difícil conciliar su modo de ser con algunas sagradas instituciones de este planetario democrático: la pareja, por ejemplo.

O sea, el problema es cómo mantener el imperativo moral de vivir solo (a solas con el misterio del mundo) y estar a la vez con toda la humanidad, con una comunidad elemental en la que nunca tiene importancia la pertenencia, la ideología y el partidismo que en general nos defiende de la apertura del mundo. Ese vértigo de ser individual y, a la vez, sentirse el universo entero.  La teología ayudaba antes en este tejido de extremos. Los que ahora queremos esta vía sin calzada lo tenemos un poco más difícil. Es el reto, se me ocurre, de una “santidad” sin atributos ni halo, sin altar ni identificación celeste posible. Todo esto le interesaría mucho, otra vez, a Ch.y G.

Nada, que a mí me hizo gracia aquella frase tuya y me llamó la atención la forma sencilla de expresarte, tan alejada de mi estilo wagneriano. Y me recordó la historia de mi vida, al menos en esta reencarnación, sus alegrías, su juego y sus angustias. Sólo era esto y quería compartirlo contigo. Perdona que esta mañana te haya usado como disculpa.

Como se diría antes en alguna provincia, gracias por ser así. Abrazos,

Ignacio

Madrid, 22 de marzo de 2015