La gran Belleza, (Paolo Sorrentino, 2013)

En una sala atestada de público ruidoso, el espesor del silencio se podía cortar con un cuchillo a los pocos minutos. A primera vista, La gran belleza es una ambiciosa y exuberante entrega, sobre todo visual y sonora, con unas imágenes y una música que –tanto por el lado coral refinado, como por el lado hortera, la repetición techno o la atmósfera chill out– pueden llevar al trance o al agotamiento de los sentidos. En realidad, la película de Sorrentino, repleta de frases memorables, es también una amarga reflexión sobre el sentido que todavía tiene respirar, llegar a amar u odiar en nuestros escenarios ultra-iluminados. Entre otros cien, recordamos este momento: “Me gustan estos ‘trenes’ de nuestras fiestas, con la serpiente de gente bailando, me gustan porque no van a ninguna parte”.

Ninguna parte. ¿Cómo la vida misma, como este espectáculo diurno y nocturno que es el esplendor de Roma, de toda capital que se precie y quiera atraer la vorágine mundial de turistas y de capitales?

El director, Paolo Sorrentino, también el personaje principal, Jep Gambardella (Toni Servillo), podrían estar de acuerdo en una idea: somos necesariamente histriónicos porque –a diferencia de la tierra que nos rodea- tememos al vacío, al sinsentido, al silencio de vivir. Hubo un tiempo en que se inventó un Dios para que Él supiera de ese significado inescrutable, mientras los mortales se afanaban en sus tareas anónimas. Ahora, sin Él, el sinsentido del ocio y del trabajo cae sobre nuestras espaldas mojadas bajo la luz permanente de los focos. De ahí el frenesí de la vida social, no sólo en Roma y no sólo nocturno. Hace poco tiempo, encontrábamos en Shame una indagación similar en versión neoyorquina. Si cabe, y cabe, la versión romana de Sorrentino –que, sin imitarlas, no olvida nunca el drama barroco de Roma y La dolce vita– va más lejos a la hora de “acompañar toda esa densidad” que mezcla lilas con cadáveres parlantes.

¿Una metafísica del desecho? Sí, no todos los días vemos una performance que consiste en estrellarse de cabeza contra un supuesto muro antiguo; o una liturgia masiva –con ritual casi religioso- donde un gurú de la estética hace pequeños implantes a precios de oro; o una fiesta frenética donde la cantante oriental se contorsiona, escayolada, en una camilla de hospital. Esta Europa lleva siempre el horror más lejos, pues aquí mezclamos la brutalidad con la cultura, la violencia con el discurso ético. No sólo Fellini, otros nombres venerables –Pasolini, Antonioni, Visconti- fueron maestros en esa hipótesis italiana acerca de las complicidades íntimas del mal y el bien.

Y sin embargo, el sabor agridulce de La gran belleza proviene de una cámara que se pasea por todo ese pasillo radiante de los horrores con una mezcla indecidible de dulzura y espanto. Jep no es un moralista, no se pierde nada, casi nunca dice que no a una oportunidad, pero le salva asistir con una cierta distancia a ese desfile divino y repugnante. Lo que no soporta es que además le suelten discursos que maquillen la triste realidad. Por eso le canta las cuarenta a su amiga Stefanía, que en medio de la putrefacción intenta mantener un discurso crítico y progresista. Estamos completamente degradados, dice Jep, y sólo nos queda acompañarnos mutuamente, procurando cierta benevolencia mientras cotilleamos sobre banalidades.

No obstante, su único misterio es simple: Gambardella no sabe cómo vivir. Sus amigos le aprecian no tanto por ser ingenioso y divertido, o exactamente irresistible, sino porque a veces sabe pararse. Pararse y hablar, con unas palabras que brotan, en medio de toda la degeneración imaginable, de un inmenso amor por la vida, un amor infantil y erótico a la vez. El pensamiento y las palabras de Jep son como las de un animal que sabe que no podrá jamás salir de la espesura. De un modo u otro, siempre piensa con la soga al cuello, pero con una sonrisa. El cinismo le defiende de la degeneración total, también del desencanto que empuja al suicidio a algunos, tal vez los más honestos.

Volver a casa de madrugada, lento, agotado, un poco borracho, mientras el resto de la ciudad se despereza. Hay un momento –mañana o tarde, es difícil distinguir- en el que un hombre desde una barcaza mira a Jep –que no es exactamente homosexual- como una aparición erótica en medio de la nada decorada que son nuestras ciudades. Lo que destaca en el protagonista de La gran belleza es que él nunca excluye nada, ni la misma nada. No excluye ningún gesto de ternura dentro de su fortaleza, ni siquiera su propia desaparición. Entre otros rasgos, esta elementalidad “popular” de Jep se manifiesta en la manera llana en la que él, rico y famoso, trata a su criada hispana: “granuja”, se dicen mutuamente, con la complicidad de dos seres que no pertenecen a ninguna parte.

Lo que hace humano a Jep no es su lengua acerada, su relativa apostura, sus múltiples contactos mundanos. Sus amigos le quieren, más bien, por una extraña sinceridad, por un tranquilo sentido común en medio del delirio, por el hecho de que siempre vuelve en él una escena primaria. Y cierta indefensión de fondo, que le impide abandonar el coraje de cierto descaro en los momentos límite. Hace falta valor para acercarse a un cardenal, el antiguo exorcista que hoy está obsesionado con el escaparate culinario, y confesarle sus dudas espirituales en medio de un encuentro esperpéntico.

Hace falta moral para abandonar a una insinuante millonaria en su lujosa mansión, mientras ella va a buscar las fotografías que continuamente se hace a sí misma. Hace falta entereza para no intentar hacer el amor con Ramona (Sabrina Ferilli), para acompañarla y finalmente escuchar su confesión: “Gasto mi dinero en intentar curarme”. Hace falta valor, el de cierta inocencia, para llorar de vez en cuando, en público y contra todo pronóstico. Y sobre todo, esa escena borrosa que vuelve, con el primer amor, el primer y último pudor –dice Óscar Brox- en el borde nocturno del agua.

Sin que nadie lo sepa, Ramona se muere, pero no puede dejar de actuar hasta el final, incluso trabajando con un dudoso número erótico en el club de su padre. Y todo para pagarse una curación que sólo prolongará su sonrisa irónica, su inteligencia de despedida, más bien triste. Es Ramona quien asiste a uno de los mil momentos culminantes de la película, cuando Jep intenta recordar el sentido de aquella escena primitiva, el instante donde una joven semidiosa llamada Elisa se vuelve hacia él, bajo el brillo de un mar nocturno, y dice… “Y dice… Y entonces ella dice”… Pero Jep –ante el estupor de Ramona, que no tiene mucho tiempo- no puede seguir, prendado de esa escena sublime e insignificante que explicaría su vida. Elisa, tardaremos tiempo en olvidar el breve lapso de su aparición, nos recuerda que nada hay más afrodisíaco que la ambivalencia.

Sorrentino, al menos en esta película, trabaja la alianza soterrada del cielo y el infierno. En cada minuto, una música celestial y una música grotesca; una humanidad adorable y enseguida abominable. Y a veces es la misma persona, con un pequeño cambio de gesto. En cada minuto, escenas sublimes y perfiles dantescos. El mismo personaje que puede ser execrable ahora, es un poco después un monumento de sabiduría, como la enana que dirige la revista de la que Gambardella vive.

También la infancia –personificada en una furiosa niña artista, pero no sólo en ella- puede ser aberrante. Entre la furia de algunos niños, otros que observan el silencio de los jardines, y la decrepitud de la sabiduría anciana –esa Santa que apenas puede expresarse-, los adultos crepitan día tras día en la parrilla de un limbo. Finalmente, Jep sólo saldrá de esa parálisis cuando acepte los límites terrenales, ese sentido absurdo de vivir que un ilusionista le enseña. Como la magia, también la literatura es un truco para crear una ilusión de desaparición dentro de una trampa gigantesca, rodeada de niños que no pueden crecer.

Parece evidente que la película de Sorrentino no es exactamente alegre, pero la áspera sobriedad que alienta tras su escenografía extravagante constituye un reto para los meses que vienen. Lo que permite que Jep vuelva a escribir, sin abandonar nada de ese radiante decorado infernal, es aceptar que no hay salida y sólo queda aprender a tener un pie fuera, en el estribo desde el que toda esa estupidez es casi bella.

 

¿Tiene que ver con el amor este último giro de La gran belleza? Probablemente. Se trata de amar aquello que no se puede cambiar; de aceptarlo para comprenderlo, sin destrozarlo. Cuando –en una de las escenas más fellinianas- un bando de flamencos emigrantes se posan en la terraza de Jep a descansar, la Santa que sigue allí hospedada, antes de despedirlos, afirma que se sabe sus nombres, el de cada uno de esos misteriosos animales. El amor te llama por tu nombre, decía Cohen.

Antes, Jep nos brindó indicios de una liberación que sólo consiste en amar el mapa de la trampa. En la noche que recorre los tesoros escondidos de los palacios romanos, acompañados de un hombre de confianza que guarda todas las llaves. Antes, en la ensoñación repetida del mar verde azulado de su juventud, palpitando en el techo de su habitación. Sobre todo, en ese primer amor indeciso que una y otra vez vuelve, aunque Gambardella no recuerde con precisión los detalles de su escena cenital, ni si fue él quien dejó a Elisa, o ella a él. Ya no hay forma de saberlo. No importa, basta con poder narrar su claroscuro, la leve influencia de aquel aroma del cuello, del pelo al caer.

Aunque no tuviéramos preocupaciones teológicas –quizás hay que tenerlas, al menos para defenderse de la comunicación-, es probable que el último trabajo de Sorrentino pueda ser entendido como una demostración laica de la existencia de un dios, en medio precisamente de la inmundicia. O de su inexistencia, en medio precisamente del esplendor. O ni una cosa ni otra, sino una reflexión agnóstica sobre la hipótesis de que Dios ni siquiera pueda ser inconsciente. Impotente para entender las penúltimas mutaciones de sus criaturas, ha huido.

Sodoma y Gomorra aún podían tener un modelo de comprensión, en el frenesí del vicio por el vicio. Nosotros, chapoteando en un libertinaje que al mismo tiempo se atormenta con un discurso ético bajo los focos, profundamente infelices en medio de nuestra falta de límites, somos incomprensibles para cualquier creador exnihilo. No sabemos qué opinaría Walter Benjamin, pero La gran belleza es suficientemente compleja para que casi toda conjetura final sea plausible, a la vez que dudosa. Quedan los ojos rasgados; los oídos, un poco ensordecidos. Y este rumor de duermevela en nuestras cabezas. Gracias por el insomnio.

Ignacio Castro Rey, Madrid, 19 de enero, 2014

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