¿qué significa pensar?

Se puede definir como “la capacidad de analizar, comprender y resolver problemas de forma creativa”. Pero entonces parece que sin la existencia de problemas no existiría ninguna inteligencia. Estamos pues, de nuevo, ante la importancia de las contingencias, los accidentes terrenales, para la racionalidad de los hombres. Además de probables factores hereditarios, la inteligencia tiene que ver con los sucesos que vivimos y con la habilidad que tenemos para afrontarlos. Para poder desarrollar nuestra inteligencia tenemos que vivir, y esto significa atravesar irregularidades reales, fuera de la fluidez de las “pantallas planas” de la vida fácil que por todas partes se nos vende. De ahí que el instinto de algunos padres, profesores, instituciones y programas de formación sea el de empujar a los jóvenes a situaciones nuevas, no rutinarias, para obligarles así a desarrollar su inteligencia.

En suma, ¿nos forman más los cursos de formación o las deformaciones a las que nos empuja la vida? Lo que Aristóteles decía sobre la filosofía, insistiendo en que el asombro es el origen del pensamiento, vale para la inteligencia en general. Pensamos sobre las anomalías que nos sorprenden, lo que llama nuestra atención, nos da miedo o nos amenaza. La inteligencia es también la capacidad de penetración, de infiltrarnos en lo nuevo. La famosa capacidad de “adaptación”, como signo de inteligencia, es a veces solamente un camuflaje, una actuación que hace parecer que estamos adaptados. Y no lo estamos; simplemente estamos retirados, escondidos y esperando nuestra oportunidad.


Evidentemente hay muchos tipos de inteligencia, algunos difícilmente detectables: puede ser intuitiva, espacial, lógico-matemática, emocional, cinestésica (relativa al movimiento), musical… También existe la inteligencia social o interpersonal. Son demasiados tipos de inteligencia como para encuadrarlos en un solo bloque. De ahí el carácter tan dudoso, tan poco “objetivo”, de los test. Se puede ser inteligente en unas cosas y no serlo tanto, o no serlo en absoluto, para otras. Una persona no tiene por qué destacar en todo. Alguien puede ser muy torpe en matemáticas y ser casi genial en literatura. Y después está el carácter, que modula la inteligencia, la disfraza; alguien muy reservado no dejará ver fácilmente su intelecto.

Es cierto sin embargo que la inteligencia tiene a expandirse y manifestarse en todos los terrenos, en campo abierto: quien es inteligente, lo es hasta en la forma de ocultar sus torpezas. Debido a esta apertura, difícil de cuantificar por un profesional especializado, los test de inteligencia son discutibles y no muy fiables. El mejor test puede equivocarse, al ser la inteligencia algo tan fluctuante. En cuanto a parcialidad de las pruebas, es clásico el ejemplo de los tests estadounidenses a los que la población Wasp sometía a los “negros”. Al ser hechos por blancos, y a veces de mentalidad puritana y racialmente estricta, los test no estaban enfocados de forma medianamente imparcial a una población muy diferente en temperamento, cultura y nivel educativo, a la mayoría blanca. Lo mismo podría decirse de Francia, Alemania o Inglaterra, con sus encuestas urbanas sobre su población rural profunda o inmigrante.
Otra definición de inteligencia tendría relación con la capacidad de empatizar, de acercarse a los otros o a distintos entornos. Esto incluiría la posibilidad de crear conceptos a golpe de experiencia sensitiva, sobre la marcha, improvisando en las contingencias diarias. Nuestra inteligencia dependería de la potencia para adaptarnos a las variaciones de lo que nos influye. Por tal razón, es probable que personas que han sido revolucionarias en algún campo no tengan una biografía normal, sino que su vida haya estado marcada por oscilaciones anómalas. En ellas, a veces casi invisibles (soledad, timidez…), se habrían entrenado cierta inteligencia. Ésta dependería entonces de la curiosidad, y la honestidad, de hacernos algunas preguntas; dependería de la capacidad de sentir, cosa hoy tan difícil debido a la anestesia del confort.

Es cierto que la inteligencia está relacionada con la capacidad de adaptación, de integrarse y sobrevivir en entornos cambiantes. Pero la “adaptación” también es algo ambiguo, pues hay muchas formas de adaptarse a una situación nueva. Y está también lo contrario a la adaptación: la inteligencia para resistir, para esquivar, ocultarse o defenderse de los peligros que nos rodean. De ahí que algunos, con cierto humor negro, lleguen a decir: “Si la inteligencia fuese solamente la capacidad de adaptación, sería algo propio de esclavos”.

Podemos suponer incluso que la inteligencia es independiente de la resistencia o la adaptación. Puede estar relacionada con la capacidad de abstraerse, de tomar distancia con las situaciones y pensar en términos generales, elevándose por encima de los detalles que nos coaccionan. Pero si la inteligencia es la capacidad para lo abstracto, para extraer datos implícitos y latentes, también en este punto resulta difícil de medir. Con frecuencia esas inteligencias destacadas serán inadaptadas y torpes en un entorno medio o “normal”.

Algunas inteligencias poseen una potencia de invención que rechaza instintivamente las versiones, las explicaciones de segunda mano. Tienen más bien una capacidad de lo nuevo, directo y anómalo. Esta inteligencia tiene una íntima relación con la curiosidad, un poco infantil, hacia lo desconocido. Se trataría de un cierto valor intelectual para la indefinición, para las sombras: para ver caminos en el vacío y crear conceptos ex-nihilo, “desde la nada”. Por esto no es tan extraño que, desde las normas habituales, algún profesor le diga a los padres de Einstein que su hijo no valía para estudiar.

Recordad a Steve Jobs: “Aunque tú todavía no lo sepas, hay algo en ti que lo sabe”. La inteligencia, la “cabeza” (cuando decimos “mantener la cabeza fría”) no siempre es cerebral. A pesar de nuestra mitificación evolucionista, el cerebro está demasiado separado del suelo: en este aspecto, es casi siempre demasiado masculino. Como ejemplo, entre mil, están las Cartas a un joven poeta. En este libro, aprovechando la cercanía de la privacidad, Rilke es libre pensando con todo el cuerpo, con toda su experiencia. Se da la paradoja de que la abstracción es un rasgo primario. Cada vez que pensamos radicalmente, lo hacemos con lo más primitivo de nosotros mismos, sin tópicos ni convenciones estándar. Por esto Nietzsche comenta: “Con frecuencia nuestro egoísmo no es suficientemente inteligente ni nuestra inteligencia suficientemente egoísta”.

descargar texto.pdf