Últimas banalidades del mal

Perdona mi “desencanto” de ayer, un poco agrio. Perdona también si fui un poco mordaz contigo. Eres una santa, cariño, al menos conmigo.

Además de esa hora tardía y el cansancio consiguiente, ocurre que me había pasado el día “interactuando” con muchos personajes, o sea, rebotando entre “Ivonnes”, “Abelardos” y “Toñitos”. En resumidas cuentas, entre gente que no tiene ni alma ni sangre en las venas. Personas que ni te quieren ni te odian. Ni siquiera te odian.

Simplemente te utilizan, aprovechando tu primaria buena fe. Y a veces ni siquiera eso, ni siquiera “te utilizan” expresa o directamente. Solamente te usan como rumor de fondo para confirmar su narcisismo y la cantidad de “seguidores” que tienen.

A veces pienso que he logrado una mezcla letalmente explosiva de ingenuidad y ambición. Quiero decir, una mezcla mortal de generosidad y, a la vez, ambición de presencia. Esa mezcla es posiblemente letal, condenada necesariamente al fracaso, pues no ha llevado a otro lugar que a la inexistencia. En el limbo de zombis en el que vivimos, nadie sabe conmigo qué pretendo, desde qué tribu hablo y para qué tribu hablo.

Esto es de lo más grave en mi caso: negarse a pertenecer a ninguna tribu. Mis explosiones imprevistas de cólera tienen que ver con la impotencia que provoca ese campo indefinido, perpetuamente indeciso. Mis explosiones extemporáneas de erotismo desmedido, incluso con la serie de pornografía consiguiente, también tiene que ver con esa impotencia profunda y la necesidad intuida de encontrar cuerpos y almas, por algún lado.

No te preocupes, mi amor, hoy será otro día.

Sabes cómo te quiero. Besos,

Ignacio

Madrid, 24 de junio de 2016