IGNACIO CASTRO REY En torno a Votos de riqueza  


Entrevistas a Ignacio Castro Rey

Ya puede descargar la entrevistas a Ignacio Castro Rey por su nuevo libro Votos de Riqueza


Entrevista en "El Faro de Vigo"
Entrevista en la revista “El Faro de Vigo”.

Entrevista en Ladinamo
Entrevista en Ladinamo.

Entrevista en Radio 3
Entrevista en Radio 3 en el programa "La ciudad invisible".

Entrevista en Radio Cervantes
Entrevista en Radio Cervantes el 30 de noviembre de 2007.
Entrevistador: David Arranza.


Entrevista en Radio Obradoiro
Entrevista en Radio Obradoiro en el programa "El sábado libro" el 8 de diciembre de 2007.
Entrevistador: J. Miguel Giráldez.






Genealogía del consumo
Ignacio Castro, Votos de riqueza. La multitud del consumo y el silencio de la existencia, Antonio Machado Libros, Madrid, 2007, 266 páginas.



         No parece posible hoy (pero, ¿acaso lo fue nunca?: la diferencia —sin duda no banal— entre nosotros y los pensadores del pasado se reduce, a este respecto, al grado de conciencia con que unos y otros efectuamos idéntico gesto) escribir filosofía sin tener aguda conciencia del peso de la tradición. Pero hay dos modos de relacionarse con ésta. Está, por un lado, la filosofía universitaria, cuyo empeño es preservar, en forma de comentario inmanente, textos que disfrutan ya, o pronto lo lograrán, del prestigio de lo clásico. Para bien o para mal, acompaña a ese trabajo hermenéutico un designio endogámico, propio de una filosofía de biblioteca. Más mundana que académica, y más crítica que meramente interpretativa, la segunda forma de filosofar nace de un comercio distinto con el Olimpo del pensamiento: sus obras, por venerables que puedan ser, no constituyen tanto el objeto de una exégesis precisa, filológicamente atenta a reconstruir el sentido y sus avatares interpretativos, como una caja de herramientas a disposición del filósofo-usuario, quien selecciona del archivo histórico-filosófico aquellos elementos que, en función del propósito actual, adquieran valor estratégico. Beneficiaria allí de piadosa conservación y minuciosa lectura, la biblioteca filosófica es víctima, aquí, de una razzia sin otro respeto hacia los clásicos que el derivado de las urgencias de una crítica del presente: donde el filósofo académico contempla un interpretandum sólo alcanza a ver —mejor: empuñar— el filósofo mundano las armas de la crítica.

         Resultaría aventurado, no obstante, sentenciar quién es más fiel al legado de la tradición, a la muda exigencia proveniente de los grandes pensadores. En cualquier caso, sí resulta claro en cuál de esas tribus filosóficas milita Ignacio Castro Rey, el autor de Votos de riqueza. Frecuentemente invocado en el libro, Nietzsche es el maestro al que debe su inspiración esencial, tanto a través del propio corpus nietzscheano como de sus mayores epígonos contemporáneos, ante todo Foucault y Deleuze. Si el asunto de Votos de riqueza, la sociedad de consumo, es plenamente actual, su infraestructura categorial exhibe una innegable impronta, intempestiva, del gran genealogista. Se trata de reproducir, respecto a nuestro universo social (neocapitalista, mediático, atomizado, liberal,… globalizado), el gesto con que Nietzsche declaró la guerra a su época y a la cultura de Occidente en su conjunto: rastrear tras la rutilante tabla de valores (lo verdadero, lo santo y lo bueno), en la que el europeo condensa su orgullosa superioridad, una negatividad encubierta, una violenta exclusión de la que nacería la inmensa patología platónico-cristiana; es decir, evidenciar el no cruel y resentido, la más abrumadora negación de la vida jamás albergada por la historia, que la presunta afirmación (sí filosófico a la verdad del concepto; sí religioso a la divinidad trascendente; sí ético a los valores del esclavo) apenas logra velar.

         Pero el análisis genealógico ya no aborda el espíritu de Occidente tal cual lo encarna, en una grandeza pese a todo visible en la decadencia, la fe en la Verdad, la Santidad y el Bien, sino en una figura mucho más prosaica y cercana: una sociedad, la nuestra, nucleada en torno al consumo de objetos producidos industrialmente. Situación social que de suyo no es ajena a la posteridad del platonismo: «En este libro se critica la cultura del consumo por su monstruosa perfección metafísica, no por sus imperfecciones técnicas» (p. 14). En esa medida, la proliferación de mercancías, fabricadas técnicamente y envueltas por el halo publicitario, reafirma, en nuestro presente tardocapitalista, la vieja voluntad de sustraerse a la singularidad sensible en devenir, imponiéndose el consumo «como una forma dinámica del odio» (p. 13).

         Con lo que están sentadas las bases para una crítica genealógica que denuncia en el cotidiano hechizo del mercado la milenaria ilusión de Occidente. Peculiaridad de Votos de riqueza: atrapar esa fantasmagoría en el escenario de nuestra cotidianidad, diseccionando con rigor analítico, y brillantez de escritura (la prosa de Castro sabe alternar el continuum expositivo, que confiere al texto cohesión discursiva, con el flash aforístico que condensa en un enunciado deslumbrante un itinerario conceptual), la trama oculta de nuestra vida como ciudadanos (o súbditos) de la ciudad consumista: «Se ensaya un acceso a tal o cual sector cotidiano en busca de la existencia que ahí es sistemáticamente excluida, para intentar localizar la coacción implícita a ese orden determinado» (p. 17). Eso ofrecen los diferentes capítulos, abordando cuestiones como el anti-tabaquismo, el predominio de materiales sintéticos en la construcción, la función del ídolo mediático, la ambigüedad de la edad juvenil, el poder de las marcas, la religión del deporte o el dispositivo sexual.

         Así pues, micro-lectura de la existencia consumista, pero también teorización crítica de un sistema donde se confunden seducción del mercado y coerción del Estado, respectivamente ello y super-yo de un dominio insidioso (el antiguo poder soberano se ha vuelto micro-físico, según el dictum foucaultiano) a través de la dosificación de satisfacción y miedo: «Todo ocurre como si cada uno de nosotros fuese el funcionario de un Estado portátil y electrónicamente presente, fundido con la pulsación del mercado y a la caza de la más mínima diferencia exterior» (p. 57). Publicidad y ley, guiadas por una común voluntad normalizadora, habrían logrado poner en pie «cierto totalitarismo democrático, sonriente, personalizado» (p. 13). Tal sería la siniestra verdad de la autoproclamada sociedad abierta: la clausura en una inmanencia sin límites cuyo lema (pseudo-)salvífico es extra mercatum, nulla salus.

         La heterofobia es pulsión dominante en ese universo. Dos son sus referentes fundamentales: la exterioridad de la naturaleza en su radical heterogeneidad respecto a lo humano y las formas de humanidad (a la vez despreciadas —el hombre no consumista es sólo figura de una humanidad atrasada— y temidas —el otro como amenaza terrorista—) ajenas al arquetipo antropológico del occidental contemporáneo. Sobre ese oscuro y dúplice trasfondo se ejerce una presión que es tanto negación (aniquilación industrial y urbanística de la naturaleza, incluso en la forma blanda de un ecologismo que hace de ella objeto de conservación, olvidando —nos recuerda Castro— que es ella quien nos conserva; pero también explotación de poblaciones tercermundistas y guerra santa contra el ubicuo terrorista) como demonización de una alteridad salvaje que, en calidad de fuente inagotable de temor, cohesiona el interior civilizado: «El interior global de nuestra sociedad se teje constantemente con la demonización de un exterior letal que es indispensable como algo vírico, criminal, fundamentalista» (p. 64). Ni siquiera hacia dentro cabe una genuina experiencia de la alteridad, dado que nuestro orgulloso individualismo no es sino alianza de solipsismo (insularización o atomización del yo) y comunicación (conexión, prótesis mediática mediante, de lo previamente separado). Ausencia, en cualquier caso, de una comunidad en las antípodas de la interacción comunicacional: «Pues eso es la comunicación: la conexión del aislamiento» (p. 80).

         El lector advertirá que, bajo una crítica sin concesiones de la banalidad imperante en nuestro mundo, late un compromiso ontológico de largo aliento (y que es lo que mejor define la personalidad espiritual —no sólo intelectual o literaria— de Ignacio Castro). Su núcleo esencial es la reivindicación, alimentada de decepción y nostalgia, de una experiencia que, siendo nuclear en la historia de nuestra especie (y no del todo ausente en áreas culturales todavía no fagocitadas por el dispositivo científico-técnico-político europeo), parece haberse esfumado en el desierto contemporáneo. No es fácil decir de qué se trata. Y no porque ese fondo irrepresentable esté ausente del discurso de Votos de riqueza; muy al contrario, es profusamente nombrado, pero siempre de manera alusiva (digamos que más por vía simbólico-estética que discursivo-conceptual): «indefinición común»; «tierra»; «existencia sin esencia»; «vértigo de la finitud»; «lo natal»; «singularidad sin equivalencia»; «común vida mortal»; «lo incomunicable, lo desconectado»; «heterogeneidad en la que siempre estamos y que siempre negamos»; «envés de nuestra transparencia»; «exterior desconocido»; «parpadeo de lo inconsumible»; «el infinito en acto que es la vida»; «potencia vital»; «corriente de las fuerzas elementales»; «vibración secreta de las cosas»; «misterio de lo elemental»; «impureza de lo real, su mezcla intolerable con la muerte»; «lo inconsumible»; «existencia desnuda»; «amenazante latido del tiempo»; «lo aeconómico de una comunidad no competitiva»; «profundidad selvática de la carne»… Lo prolijo de esa acumulación de sintagmas (que, como el lector de Votos de riqueza comprobará, no es exhaustiva) es indicio inequívoco de la importancia —en primer término ontológica y, desde ahí, gnoseológica, estética, ético-política… y aun religiosa— de la cosa en la economía interna de este pensamiento. Pero la alusión lírica no debe ahorrar el esfuerzo categorial, máximo allí donde se trata, aporéticamente, de traer a presencia lo irrepresentable. Con ello se anticipa un trabajo futuro, el de explicitar en un discurso ontológico una oscura intuición (a fin de cuentas, religiosa, aunque más ctónico-telúrica que uránico-trascendente). La empresa cautivará también al lector que se adentre en las páginas de este magnífico ensayo de crítica del presente.


Alberto Sucasas.







A la “bajura” del presente
Votos de riqueza. La multitud del consumo y el silencio de la existencia, Ignacio Castro, Mínimo Tránsito (Antonio Machado Libros), 2007, 266 páginas, 20 euros.



         Se diría que desde que Walter Benjamin tirara del freno de mano de la locomotora de la historia para adecuar su peculiar marxismo a una coyuntura histórica desenfrenada, el pensamiento crítico ha ido abandonando las seductoras metáforas de la movilización, la vanguardia y la levedad para privilegiar las relacionadas con la detención, la retaguardia y el peso de la tierra. Es en este escenario voluntariamente adusto, casi desolado, nada fluido, donde cabe ubicar el último libro de Ignacio Castro: Votos de riqueza. Y no sólo porque, como se dice en un momento de la obra, ”dime cómo te paras y te diré quién eres”, sino porque a lo largo de su lectura el autor busca poner el dedo en la llaga de las mil bajezas —los ruines movimientos cotidianos— que pueblan nuestra existencia: de la obsesión vigoréxica por la salud al fantasma del terror, de la dormidera del consumo al sexo gimnástico que ignora su valor como “templo de lo otro”…

         Siguiendo la estela de autores como Debord, Agamben, Baudrillard o Badiou —el hueco humanismo victimista de “la ética”—, la obra busca diseccionar este invernadero profiláctico, este “parque” vitalista paradójicamente cadavérico, sin desdeñar la lente más sociológica. Es precisamente esta aproximación casi sismológica “a la bajura” de la actualidad la que dota de mayor interés al libro. Partiendo de las pequeñas exclusiones de nuestro horizonte biopolítico, ese poder que, no interesado ya en reprimirnos o alienarnos, nos “hace vivir” a pesar nuestro —brillante el capítulo dedicado a la intolerancia hacia el “humo”—, Castro trata, quizás, de reflexionar sobre una existencia, la nuestra, que, ya no habituada a medirse con la alteridad, sólo se ha habituado a amar la vida sin más. Es esta crítica a la estupidez biopolítica, a su obscena ruindad, la que despierta la indignación de un filósofo que, interpelado por su actualidad, significativamente, se siente cada vez más a gusto vistiendo los ropajes del moralista. No es casual la importancia de figuras como Houellebecq o Beigbeder en estas páginas. La rareza de Castro en el panorama filosófico español radica en que, a diferencia de sus colegas académicos, sí que acepta intoxicarse con las sustancias nocivas que desprende su presente.

         Más allá de esto, sin embargo, Castro se hace eco indirectamente de una cuestión filosóficamente más decisiva. Votos de riqueza analiza cómo en el momento en el que se derrumban los antiguos soportes metafísicos aún afirmativos, la vida o, mejor dicho, una vida cortada bajo el patrón de un mero metabolismo biológico, deviene el último trascendental, el último valor decisivo. El puritanismo expulsado por la puerta metafísica entra por la ventana médica de la seguridad. Como se dice en un momento de la obra con una sorna terrible: “Si los nazis no han ganado la guerra, ¿por qué todo el mundo quiere ser rubio?”.

         Ciertamente, el mundo que presenta Castro no acierta ya a legitimarse y definirse sino en términos negativos, reactivos. Huelga decir que ésta nueva “ideología” obsesivamente preservadora no puede ser sino conservadora: entre otras razones, porque desde su lógica inmunitaria individualista, definida siempre como evitación de un ámbito de peligro cada vez más hipostasiado, toda voluntad colectiva de aproximarse a un determinado horizonte positivo de bienes siempre aparecerá como intolerable riesgo (o posibilidad de recaer en un posible Mal). Es en esta posible apertura política —¿impolítica?— donde el diagnóstico de Castro, decididamente apegado a una lectura de la singularidad de ciertos ecos existencialistas, debería tal vez seguir desarrollándose. Pues, ¿hasta qué punto este ángulo crítico genuinamente ontológico ha de ser complementado con un programa político positivo para no recaer en la impotencia? ¿O es precisamente esta impotencia la única opción que ha de posibilitar intempestiva, pero sigilosamente —“con pies de paloma”—, la comunidad que viene?


Germán Cano.







Votos de riqueza
La multitud del consumo y el silencio de la existencia

Ignacio Castro Rey. Mínimo Tránsito–Antonio Machado Libros. Madrid 2007.



         Se trata de hacer un libro como una “deriva”. No pasearse por el mundo que nos toca con el fin de encontrar las condiciones de nuestra experiencia presente. Sino, al modo del situacionismo de Guy Debord, emplearse en un paseo rápido por nuestros espacios urbanizados, dejándonos guiar por las atracciones del terreno, como si con ello se volvieran a descomponer y recomponer, en una suerte de creación segunda carente de intención, los hábitos establecidos, más allá de cualquier condición. Es en este sentido que Ignacio Castro se aproxima en la continua deriva que es esta obra a los diferentes modos a través de los cuales nuestro mundo se presenta, donde el mundo mismo y nuestra existencia que lo acompaña devienen consumibles para un deseo que, siempre separado de sí, se bifurca en infinitos brazos que mantienen (el) todo a la justa distancia que impida que nos pueda alcanzar. Desde la prohibición del humo y del alcohol a la artistización de nuestro mundo donde todo, incluida nuestra vidas y sus cuerpos, son objetos susceptibles de diseño y de consumo, transitando también por los reinos de las marcas, de la alimentación envasada, de los materiales de nuestra permanente desconstrucción, así como por las nuevas formas desterritorializadas del ecologismo, del trato con la infancia y la juventud, con nuestra siempre futura ancianidad, para acabar con la dialéctica que vincula al sexo con la obscenidad y el puritanismo. Todo ello en el exacto sentido en que debe ser medida la creación de una “situación construida” al modo debordiano, es decir, despojada de las resoluciones culturales del pensamiento, de su comprensión como un momento reflexivo privilegiado, que pretenda dotarnos de una experiencia más rica y elaborada de nuestro vivir. El propio Ignacio Castro lo sugiere: “la crítica ha de corroer los perfiles de la reificación actual para al mismo tiempo ser solidaria con su objeto, acompañándolo en su crisis, que es la nuestra” (pág.18). Es en este sentido que este libro se presenta como una deriva, incapaz de recorrer nuestro mundo desde el punto de vista de alguna perspectiva privilegiada que dirija sus pasos hacia el acaecer de un juicio determinante que afirme lo que nos pasa para abrir el camino de la reflexión acerca de lo que nos tendría que pasar. “Todo el mundo va al supermercado, lee revistas, tiene un televisor, un contestador automático... No consigo superar este aspecto de las cosas, escapar a esa realidad; soy terriblemente permeable al mundo que me rodea”, afirma Ignacio Castro haciendo suyas unas palabras de Houellebecq. La verdadera naturaleza de esta deriva crítica sólo puede ser comprendida, al contrario, a través del proceso de autodestrucción de nuestra cultura en su propio nombre, así como a través del paso de la vida por la experiencia del nihilismo, que no es sino la pérdida de la experiencia. Siendo solidaria con su objeto, acompañándolo en su crisis, hemos leído hace un momento. Y sólo así el paseo devenido deriva excede la economía negativa del juego representativo de la ausencia y la presencia que se resuelve en la proposición de una forma de vida más auténtica que se haga cargo de una cierta condición humana.

         El derivista, Ignacio Castro en este caso, en su pasearse por nuestros espacios y entre nuestros objetos, siempre reificados por las estrategias del diseño, topándose con nuestros cuerpos, con la pérdida del sentido de sus edades y de la diferencia sexual, con su deseo hiperrealizado en las diferentes formas de la obscenidad, se expone en una experiencia que no pasa ni puede pasar por el teatro de la identidad. Sólo en este sentido es carencia de experiencia, despojada de cualquier resolución experimental que la positive, la pobreza de la experiencia en que nuestro mundo se precipita, como diría Walter Benjamín. De ahí que todas las afirmaciones contenidas en el texto acerca de un trato no reificado con la existencia, que se presentan como el punto de fuga de cada una de sus derivas, sean a lo sumo afirmaciones no positivas que devienen inasibles a toda asignación de esencia. Porque, como ya ocurría con Debord, en el proceso de la deriva lo que antes que nada pone en juego es la propia vida como un movimiento inmanente que coexiste sin coincidir nunca con la vida individual, determinada social e históricamente, que también todos somos y que nos hace pertenecer a un mundo. Mundo diseñado, mundo consumible, mundo virtualizado, acorazado contra el estallido y el astillado de lo “real”, que Ignacio Castro describe implacablemente, para exponiéndonos asediados por sus estrategias rizomáticas de control, sin embargo, poder asistir y asistirnos del movimiento inmanente que es nuestra vida que sólo se expresa como un existir empobrecido, carente de esencia. Y sólo así, en este vértigo de la inmanencia, que es el vértigo de la deriva, haciéndonos sensibles y receptivos a la psicografía existente de un ambiente urbano cualquiera, de un cierto trato con los objetos y con los cuerpos, con el espacio y el tiempo, se recompone el ser habituado que siempre devenimos en la contingencia absoluta de su singularidad, entre el individuo que somos y la vida que no nos pertenece. Porque, en definitiva, frente a los “votos de riqueza” donde se desfundamentan los haceres de nuestro mundo devenido postmoderno, esta pobreza de la experiencia que con ellos más que nunca se pone al desnudo, tal vez permita apuntar, pero sólo apuntar, a una noción de “uso” de nuestra existencia que, carente del sentido de la propiedad, esté vinculada, al contrario de lo dicho, a “votos de pobreza” que, desde los escépticos clásicos hasta los franciscanos, son postulados como un arma de resistencia frente a una cierta comprensión de la civilidad que nos quiere obligar a todos. De la pobreza de la experiencia a la experiencia de la pobreza. Después de la lectura de un libro como éste que no queden dudas de que en el mundo todo permanecerá igual. Es cierto, sólo que despojado de su identidad, y ésta, como bien sabemos, es la única transformación que podemos esperar y que esperamos.


Pablo Perera Velamazán.







Votos de riqueza
La multitud del consumo y el silencio de la existencia

Ignacio Castro Rey. Mínimo Tránsito–Antonio Machado Libros. Madrid 2007.



         Como si no estuviese previamente invitado, Ignacio Castro escoge en esta ocasión el papel del intruso para realizar un periplo por nuestra epistéme contemporánea: postmodernidad, globalización, complejidad. La voz del intruso parece adecuada para acceder a la existencia desnuda, a través de lo cotidiano, y constatar así su permanente exclusión de las vidas de los hombres. Su intrusión prescinde de toda metodología que provenga del exterior y rebasa desde el principio los metalenguajes y la supersticiosa fascinación que la época siente por los puntos de vista especializados. Se propone así “pensar desde la indefinición común y buscar la expresión de lo observado desde su temblorosa relación con la heterogeneidad” que nos sostiene. El intruso conquista de este modo un punto de vista libre de las coacciones que operan sobre los invitados y lo cuenta con un estilo que parecería afín al de Baudrillard o Houellebecq.

         Este libro constituye una aportación que se sitúa en los márgenes de la producción editorial nacional. Votos de riqueza se organiza como un relato asistemático e intenso que transita la vastedad del veloz presente en el momento del derrumbe de los significados que sostenían el mundo occidental hasta la fecha. En simultaneidad perfecta con la instauración del mercado mundial, Castro experimenta un pensamiento guiado básicamente por su intuición, que salta libremente de la evidencia empírica a la autoridad de los relatos, con el propósito declarado de resistir el hechizo que evidencia el creciente malestar de nuestro mundo. Un vistazo a la producción cultural del (bío)poder establecido descubre la acelerada transformación que se ha impuesto a la vida de los hombres: lo natal se ha convertido en lo social, lo común en tecnológico, lo concreto en deslocalizado. Los rasgos totalitarios se perfilan de entre una ilimitada cortina de ruido. Los individuos son ahora la materia prima de esta “titánica” industria terciaria que dirige el mundo en los comienzos del siglo XXI.

         La complejidad del objeto que se propone esta indagación impide su clasificación bajo un género, al tiempo que le priva de todas las facilidades que ello conllevaría para su autor. Así pues, se obliga a construir un género propio para la ocasión, a escoger una voz de entre todas las que surgen desde su interior, una voz que transita entre el presente y la historia, entre la sociología y el rock&roll, entre el informe y la premonición. Una voz apta para transmitir el actual estado de vértigo social e histórico abierto ante todos nosotros.

         El relato es abierto, ágil y obligadamente fragmentario. Amparado en su capacidad para la ironía y la comunicación, el autor ejerce su condición de intruso observador y es capaz de mantener la tensión hasta el final. Transita libremente entre el poder, el consumismo y las ideologías de los medios de comunicación, la juventud y sus idolatrías, el cuerpo y sus sexos, el terrorismo, el interior y los exteriores, el humo, la publicidad, la comunidad, las deconstucciones, los otros, el presente fatal y el final de la historia, la economía globalizada, la televisión o las deslocalizaciones. Se apoya ocasionalmente en los trabajos de otros autores (Marx, Freud, Heidegger, Foucault) o se refleja en las observaciones de sus contemporáneos (Badiou, Deleuze, Agamben, Virilio y, en especial, Baudrillard). El eje progreso-consumo-globalización parece el bajo continuo que recorre el texto y que reaparece como argumentación. La genealogía del consumo lleva al autor a encontrar su antecedente en el ilustrado concepto de progreso puesto en marcha en el siglo XVIII, que propuso la dominación de la naturaleza mediante el progreso técnico, lo que pondría al servicio de los individuos un ilimitado capital de tiempo. Esta idea de progreso, dirigida desde sus albores por el capitalismo, ha desembocado doscientos años después en la religión del consumo que, aliado de la tecnología, declara una pretensión totalizadora sin precedentes. El consumo “introduce una transformación antropológica, lenta y sutil” y “se conforma como una oferta de separación múltiple” e irrechazable. Esta “monstruosa perfección metafísica” que ha alcanzado el consumo a partir de su origen capitalista (del capitalismo como cultura de separación higiénica del que hablaba Weber) supone una permanente amenaza a la existencia desnuda, a su singularidad, a todo lo no susceptible de dominación y amenaza con reducir a los seres humanos a la condición de mercancía.

         Ignacio Castro evita avanzar una hipótesis, proponer alguna terapia o extraer conclusiones. El libro concluye repentinamente, sin epílogo ni recapitulaciones, pero con un aire de interrogación: ¿hemos terminado por ser víctimas de nuestra propia mitología?; ¿cómo pensar desde aquí nuestra relación con los otros?; ¿aún cabe lo comunitario?; ¿es la separación comunicada y generalizada nuestro futuro? Quizás Castro esté recomendando veladamente a sus lectores la resistencia, el ejercicio de la lucidez y una relación afectuosa con lo primario que nos sustenta, con “una nueva politicidad que nazca de lo impolítico de la existencia”. El relato de su experiencia parece confirmar antiguas premoniciones de otros ilustres intrusos como Nietzsche, Jünger o Debord. Pero el sordo sentimiento de saberse ante un agotamiento o un confín del sentido no cesa de recorrer los silencios de este libro: ¿acaso resulta que sólo encontramos sentido en referencia a un afuera con el que ya hemos terminado? Unas palabras de Nancy (El sentido del mundo) nos podrían servir para ilustrar este sentimiento: “No se trata solamente del fin de una época del mundo y de una época del sentido, porque es el fin de una época tan larga como Occidente y, en cierta manera, también tan larga cono la historia, que ha determinado por completo el mundo y el sentido, y ha extendido esta determinación al mundo entero”.


Roberto Díez. Madrid, 2 de diciembre de 2007.







Radiografía de nuestro integrismo



         Duro en lo ontológico y provocador en lo político, así es el contenido de Votos de riqueza (La multitud del consumo y el silencio de la existencia), el libro de Ignacio Castro Rey que recientemente ha llegado a las librerías. Se trata de un volumen cuyo núcleo roza constantemente nuestras prohibiciones, invitándonos a vivir y pensar de otra manera el tiempo, la vida que late bajo el estruendo de lo histórico y, consecuentemente, la misma muerte.

         En un orden social que se presume inmanente, dotado de una exultante fluidez biopolítica, localizar un punto ajeno al pragmatismo social triunfante, con la ideología que sea, es ya algo potencialmente subversivo. Ese punto, ese afuera, se desarrolla aquí en múltiples campos: los medios de comunicación de masas, la moda, la nueva obsesión por la celebridad… Pero Votos de riqueza va también va del tiempo regulado hasta el cuerpo sexuado, del bullicio juvenil a la organización del miedo, al terrorismo como género.

         Con el fin de descubrir la coacción implícita a este orden social determinado, Castro abre en cada capítulo vías de acceso a diversos sectores de la vida cotidiana, a la caza de la existencia que ahí es, una y otra vez, excluida. Podríamos afirmar que todo ocurre como convergencia en una simple pregunta de cuño foucaultiano: ¿qué se ha de dejar fuera para que nosotros, los modernos, nos constituyamos como epistéme, como campo global?

         Autor de libros como Trece ocasiones (2002) y Crítica de la razón sexual (2002) e influido por la heterodoxia del pensamiento occidental que va de Nietzsche a Deleuze, Ignacio Castro lleva años creando conceptos en territorios tan diversos como la sexualidad, el cine, el arte contemporáneo, la filosofía, la tecnología.

         Ante todo, en Votos de riqueza se percibe la potencia de un pensamiento propio, de un método que hace filosofía abordando directamente el exterior no filosófico, lejos de lo que entendemos por filosofía académica. Un pensamiento, pues, que hace ontología poniendo en crisis lo óntico. En este sentido, una misma fuerza comunica y abraza todos los capítulos del libro: el coraje de no recular ante lo peor. El reto, heredado de Nietzsche, de afirmar el pensamiento en el temblor mismo de la finitud, ese demonio de la modernidad ante el que todas las categorías metafísicas se quiebran, pues el hombre se las tiene que ver a solas con lo irreparable.

         Profundamente permeable al mundo que nos envuelve, nuestro autor muerde la pulpa del presente con la actitud de los clásicos. No porque se dedique a repetir lo que ellos han dicho, sino porque hace lo que ellos hicieron: escarbar en los problemas que hace temblar el presente. En este aspecto, Castro lleva a cabo un constante abordaje del sentido real que brota de lo imposible. Nada, pues, de cortar y pegar: toda la erudición está puesta al servicio de algo central no conocido, un delirante sentido común que, por lo demás, siempre ha sido el campo de batalla de la filosofía.

         Un concepto crítico recorre obsesivamente el texto: la separación. Encarnada ahora en el consumo, la nueva religión de una separación múltiple religa el cuerpo social. En su versión contemporánea, la separación supone mantener un acelerado recambio de referencias que posibilite librarse de cualquier relación con la existencia, una existencia que no tiene ninguna esencia que la redima de su finitud, de su singularidad sin equivalencia.

         Así sucede con las mercancías, donde la separación es inherente a la forma misma del objeto, que se escinde en valor de uso y valor de cambio, convirtiéndose en un fetiche inaprensible. Todo aquello que es actuado, producido y vivido, es dividido de sí mismo y dislocado en una esfera separada, que ya no define ninguna referencia sustancial y en la que todo uso se vuelve verdaderamente imposible. Y aquello que no puede ser usado, es, como tal, consignado a la esfera del consumo o a la exhibición espectacular.

         Si hoy los consumidores no parecemos felices, no es sólo porque consumamos objetos que llevan incorporados en sí su propia imposibilidad de uso, sino, sobre todo, porque creemos ejercer nuestro derecho de propiedad sobre ellos. En este sentido, en la página 106 se nos dice: “El fetichismo de la mercancía tal vez reside en su promesa suprasensible de circulación, que aparentemente supera el mundo mortal, al facilitar la reproducción, la equivalencia, la fluidez sin fin”.

         Ignacio Castro defiende el “uso libre de lo propio”, lo cual supone dos cosas: una relación afirmativa con la muerte, con lo inconsumible de lo real, y una esquiva del “tú a tú” con un poder planetario que, en el plano estrictamente histórico, ya no tiene afuera. En definitiva, Votos de riqueza nos recuerda que Dios ha muerto solamente si, desde su desnudez, resucita la existencia.


Gonzalo Paz. Barcelona, 1 de diciembre de 2007.







Votos de Riqueza
(Ignacio Castro Rey, Antonio Machado Libros, Madrid, 2007)



         Estamos ante un nuevo libro de Ignacio Castro en el cual, a partir de una voluntad analítica y de múltiples sospechas del autor, se nos pretende suministrar un instrumento iluminador de nuestro presente. Se diseña un perturbador caleidoscopio, cargado de ironía y contundencia, que martillea una contemporaneidad caracterizada por la oscilación entre “La multitud del consumo y el silencio de la existencia”.

         Castro cuestiona un sistema político que deviene necesariamente espectacular en un intento de anestesiar a los individuos hasta el tedio, una sociedad donde la libertad y el pluralismo se configuran como apariencia formal de una profunda mutilación de la libertad de acción. Este monoteísmo del mercado no sería más que el receptáculo de un universo consumista en el cual todo es cuestionable a excepción del espacio mercantil en el que se sustenta dicho proyecto, un ámbito donde “la libertad de pensamiento vive bajo una sola condición: que no tenga ninguna consecuencia; ninguna que ponga en cuestión la alianza de transparencia pública y opacidad privada, de escándalo informativo y pragmatismo económico, que constituye la pulpa del presente”.

         Votos de riqueza se adentra en una crítica radical de la democracia, entendida como simulacro totalizador, en la que “no deja de ser inquietante el avance de nuestra voluntad normalizadora”. El autor nos advierte de una lógica constitutiva del Occidente contemporáneo en el que “a veces todo aparece apuntar en la dirección de cierto totalitarismo democrático”, modelo político en el que convergerían, en profunda complicidad, tanto una derecha asocial enquistada en el pragmatismo del mercado, como una izquierda que haría pivotar su política en torno a una sacralización de la cultura del consenso.

         A través de una extraordinaria ligereza formal, el pensador irrumpe en sendas no trilladas, en caminos resbaladizos que fácilmente podrán dar lugar a equívocos… Pero no son otros los riesgos del pensamiento. Él mismo nos avisa: “no debería haber en este ensayo un rechazo frontal, en bloque, que caiga en la uniformidad que se denuncia. Nuestra tentativa implica más bien un compromiso con los meandros del presente, pues reconoce la necesidad ontológica de una costra histórica sin la cual lo que amamos, lo abierto, no sería nada”. En suma, pasión por un presente que no deja de ser el espacio vital del autor que, moviéndose en una tensión reformista/apocalíptica, afirma que “La crítica ha de corroer los perfiles de la reificación actual para al mismo tiempo ser solidaria con su objeto, acompañarlo en su crisis, que es la nuestra”.

         El compromiso ontológico que recorre el texto se nutre de un aliento poético impregnado de tensión existencial, de un vitalismo que pone su acento en lo abierto, en una vocación de autenticidad que alguien podría confundir con una plegaria esencialista a la tierra, o identificarlo con un despliegue conceptual que no resultaría ajeno a cierta cosmovisión romántica cuyo sustrato nos habría legado una herencia reaccionaria. Pero el texto de Ignacio Castro, como los de Schopenhauer o el Nietzsche menos manido, se mueve en una radicalidad de otro orden, que no deja duda: “Que nadie se inquiete aquí si hablamos de tierra. Nos referimos a la existencia que no tiene ninguna esencia que la salve del vértigo de su finitud, de su singularidad sin equivalencia”.

         Aunque es evidente la deuda del filósofo con la figura del emboscado jüngeriano, ésta es metamorfoseada en la figura del intruso, un genealogista biopolítico que “ensaya un acceso a tal o cual sector cotidiano, en busca de la existencia que ahí es sistemáticamente excluida, para intentar localizar la coacción implícita en ese orden determinado”.

         El propósito del texto, en diálogo con una tradición crítica anterior, podría enmarcarse en las preocupaciones que son comunes a una determinada estirpe de pensadores que va de Foucault a Deleuze, de Baudrillard a Virilio, o al Houellebecq de “El mundo como supermercado”. No se preocupe el lector, pues basta con asomarnos al índice onomástico del libro para darnos cuenta de que este potente overbooking francés solo es aparente. Encontraremos otras huellas, otras marcas, distintos autores en rebelión contra la yatrogénesis social, contra la forma de opresión que es cada época. De Nietzsche a Benjamin, de Cioran a Canetti, la idea es que la historia es siempre la pesadilla actual de la que debemos despertar.

         Ignacio Castro “critica la cultura del consumo por su monstruosa perfección metafísica, no por sus imperfecciones técnicas”. Intuye que el modelo neoliberal del fin de la historia se concentra en una siniestra ecuación: productividad + competitividad + publicidad = consumo. Éste es el inflexible orden social, garante de toda felicidad posible, del que no nos podemos desviar ni un milímetro. Turbio proyecto socializador, pues el precio a pagar es la más absoluta planicie existencial: “En la democracia occidental la gente ya no es ni siquiera malvada, sino simplemente neutra, silenciosa, reservada. La primera línea de la violencia se haya en esta discreción de la normalización, en el abandono de la singularidad de lo vivido, en la cultura del consumo infinito”. En palabras de Baudrillard: “Es el integrismo de lo vacío, pero justo por ello mucho más feroz”.

         Votos de riqueza se alinea con Walter Benjamin cuando éste afirma que “la humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como goce estético”. Como Debord, Castro es consciente, aunque el crecimiento económico haya liberado a las sociedades occidentales de la presión natural en su lucha por la supervivencia, de que esta sociedad no se ha liberado de su liberador, de la reificación de un crecimiento económico insostenible, del consumo. La economía habría transformado el mundo, pero ahora éste solo es considerado como mercado, como mundo económico: todo es mercancía. Afirmación que está lejos de ser un guiño chusco a determinada referencia histórica, sino que es el axioma de los nuevos teólogos de la economía, visionarios que hacen de ésta el único valor absoluto. Todo ello a pesar de que la economía consumista occidental ha impregnado el ambiente de una fuerte sensación de fragilidad estructural, hasta el punto de haber cuajado la idea de que vivimos en una sociedad de riesgo en la que se expone a los hombres ante hechos consumados, con una técnica dirigida a garantizar una aprobación retroactiva de todo tipo de aventuras/crímenes, en defensa del mejor de los mundos posibles. Esta técnica de alienación, adobada con cosméticos de modernidad, se convierte en un cínico instrumento de poder que genera una paranoia ilimitada hacia cualquier tipo de enemigo externo, convirtiendo en sospechosas a todas las sociedades no conformes con el modelo consumista de mercado o de democracia formal: “se trata de un perfeccionado dispositivo para inyectar una permanencia suprasensible sobre la marea de la existencia. Es el medio ideal de reproducir el poder occidental de la Historia sobre la vida, del tiempo teleológico del progreso sobre el tiempo irregular de las cosas mortales… De ahí el conocido comentario de Marx: A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilizas metafísicas y sutilezas teológicas”.

         La crisis continua de nuestra sociedad exige invariablemente, hasta dejarnos exhaustos, otra vuelta de tuerca consumista, anulando cualquier proyecto humanizador y situando el pragmatismo económico por encima de una ética posible. Todo está sometido al puro empirismo de las circunstancias de cada día, una corrupción social embutida en una densa retórica de superhumanización. Lo ha visto con evidente perspicacia un autor tan poco sospechoso de radicalismo situacionista como Jiménez Lozano: “Y quizás sucedan así las cosas: lo que no se sabe es como la banalización y trivialización de lo humano, y luego su desaparición, van a aminorar un ápice el horror de la historia. Todo lo más que pueden hacer es justificarlo y racionalizarlo para hacérselo tragar a los hombres como necesidad o incluso bondad. Porque todo se hará para nuestro bien incluso idiotizarnos” (Segundo abecedario). La política huele a cloroformo.

         En definitiva, siguiendo a Debord, Ignacio Castro intenta deconstruir “el mal sueño de la sociedad moderna encadenada, que no expresa en última instancia más que su deseo de dormir”, de vivir anestesiada frente a todo exterior desconocido. Anemia vital que parecería cumplir la enigmática ley enunciada por Elías Canetti al comienzo de Masa y poder: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido”.

         No son fáciles de rumiar todas las evocaciones transgresoras de este texto. Alguien podría reprocharle su silencio hacia otras formas de alienación en el seno de las sociedades exteriores. Incluso algunas lecturas podrían sentirse incómodas por el desplazamiento conceptual con el que se construyen algunas imágenes: expandir la metáfora concentracionaria, caracterizar de una especie de solución final la ley española antitabaco, mostrar una pequeña esperanza en los bárbaros exteriores, comparar el gaseado nazi con la voluntad de reciclaje infinito de nuestra sociedad…. Evocaciones que, tal vez muy debordianamente, sólo pretenden inquietar las conciencias, insistir en que la verdad de esta sociedad pasa por atravesar la negatividad que esta sociedad segrega.

         En tal sentido este libro, como escribió del suyo el clásico situacionista, “ha de leerse tomando en consideración que se escribió deliberadamente contra la sociedad espectacular. Sin exageración alguna”.


Rafael Varela Nogueiras.Santiago de Compostela, noviembre de 2007.



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