Romanticismo empotrado

San Valentín encarna un estado de excepción efusivo, acompañado de sonrisas y lágrimas. Es una ocasión ideal, venida del Norte, que sella entre dos nuestra separación individualista del resto del mundo. Cada uno, casado con su imagen, tiene además un amante más o menos oficial para las fiestas, los polvos extra y el postureo. Y esta tierna ternura, que de vez en cuando no hace daño, complementa de perlas la ferocidad de toda la semana. Entre proyecto y proyecto, de lunes a viernes, ella o él estimulan la inteligencia emocional que permiten sentirnos todavía humanos.

 

La obsesión occidental por el cerebro, ese gran ordenador central que corona una exitosa evolución -ya no somos monos, ni colombianos; tampoco rusos o árabes-, encuentra así su corazoncito una vez al año. Tenemos un cuerpo, incluso con órganos. La división mundial del trabajo culmina entonces una musculatura bien organizada que actualiza sus fluidos y sentidos. De mañana, la estrategia implacable de la cabeza; en la tarde, daremos el resto con las emociones y el cuerpo, hasta llegar a los riñones.

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