Dudosos recuerdos ante un puente dorado

Cuando yo muera no se lo digas a nadie, / que todo siga igual / el verano con su rueda feliz / los niños jugando un victorioso partido.
M. A. Bernat.

Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una mean stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York -dos joyas de la menos tosca America-, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

Por en medio, es cierto, mil detalles humanos, incluida la dulzura de una negritud persistente. Naturalmente, también allí hay dioses. Una mujer de color llamada Joan nos da amablemente toda clase de explicaciones; acompañándonos y guiándonos, casi nos cuenta su vida. Así como dos viejecitos de origen hispano que nos regalan sus monedas para el autobús. Lo mismo la venerable Heidi -“Si tienen más preguntas, aquí estaré a la hora del desayuno”-, la pareja de judío y católica de S. Louis, el encantador arquitecto jubilado que lee en su atril en una cantina de North Beach. Y un largo etcétera. Hasta la simpatía contagiosa del joven afroamericano que nos sirve en un encantador lugar de Laurel Heights, sencillo pollo ahumado y cerveza, participa de un calor “americano” que te acoge y te otorga un lugar, seas quien seas. Como norma, igual que ocurre en casi todas partes, la gente mayor será más atenta y demorada que los jóvenes. Acelerados y simplificados, aunque hablen español, ellos corren siempre para ocupar un lugar bajo el sol de esta infinita distribución social de papeles. La juventud vive inmersa en la urgencia de la actualización, por muy progresista y alternativa que sea, igual que en Madrid, Berlín u Oporto. Pero aquí, con este giro americano hacia las barras y estrellas de una superficie radiante, mantiene un progresismo de elite que trata bien, como visitante o empleado, a quien -en el fondo de una sonrisa perpetua- se considera un simpático marciano.

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Reflejos en un puente dorado. Sombras de un primer mundo en San Francisco

Cuando yo muera no se lo digas a nadie,

que todo siga igual

el verano con su rueda feliz

los niños jugando un victorioso partido… 

M. Á. Bernat

 

Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San Francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una main stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York –dos joyas de la menos tosca America–, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

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Trump como compuesto genérico

Lo dijimos algunos y lo volvemos a repetir. Es de agradecer en Trump que, sin ningún tipo de reparo ni educación, muestre la fuerza unilateral y la brutalidad que siempre ha sido el primer argumento en el poder mundial de la “mayor democracia”. Las diatribas actuales contra los hispanos o los musulmanes es la perfecta expresión de un racismo cosmopolita -valga la contradicción- que los USA siempre han mantenido ante el resto de la humanidad, incluyendo su propia población indígena y afroamericana. Naturalmente, se ha exceptuado de esta rabia al planeta de Su Majestad, que habla inglés, y, más tardíamente, a los elegidos por excelencia, ese Estado multimillonario que se expande en la antigua Palestina.

Rebajando la originalidad de Trump en su vuelta enérgica al proteccionismo, Soledad Loaeza comenta en su artículo “Donald Trump y el gigante egoísta”: “Como si la historia de los Estados Unidos hubiese sido otra cosa”. Y así es, pues en la nación que basa su modernidad en un genocidio oculto -no solo según N. Chosmky o M. Moore-, intervencionismo y proteccionismo son dos caras de la misma moneda. Dentro de esa lógica implacable, es una escarnio que los EEUU acusen al resto del mundo, particularmente a México, de aprovecharse de ellos, como si fuesen inocentes hermanitas de la caridad desarmada.

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