INCÓGNITA TIERRA (Pablo Perera Velamazán, Shangrila)

A pesar del aburrimiento programado en serie, vivimos rodeados de seísmos ocultos. No solo un mar embravecido rodea la rutina inconsciente de las ciudades, también un océano se agita todavía en cada ser humano. La ciudad nos defiende del volcán que somos, pero este prohibicionismo civil no garantiza más que un aplazamiento, desarmando la hora inevitable de volver a una penumbra natal. No es fácil viajar con un muerto en vida, de acuerdo. Con alguien que, además, sobrevive a su desaparición. Pero no hacerlo así no sería viajar, pues la desnuda cuantificación diurna nos aparta del espectro que habita en la magia de los lugares.

Así pues, bendita sea la barbarie de unos cuerpos que jamás sabrán de sí mismos. Están poseídos, incluso en sus rutinas, por una lejanía que no pueden gobernar. Un accidente en el baño. Una huella ensangrentada de la mejilla en las baldosas blancas. Cualquier accidente sirve para que comience una historia, la narración que suspenda el sentido. Sin un dolor imprevisto, rayano en lo intolerable, no habría mucho que contar. Aunque comenzásemos con una ficticia acción, de cuya organización serial estamos ahítos, la interrupción de la acción ha sido el origen secreto de toda novela.

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