El poder de las rotondas

No revelamos nada nuevo al decir que nuestro orden social climatizado funciona con la circulación perpetua. Nada debe detenerse para que no se vea su inanidad, su absurdo, su falsedad. En tal sentido, dándole una anchura de capital a cada antiguo cruce, las rotondas son un símbolo de nuestra fluidez espectacular, esta velocidad inyectada que permite que nadie se tenga que hacer cargo de un destino propio e intransferible.

Como nación de nuevos ricos, España es el país de las rotondas. Europa es el continente rotonda. Y esta es el no-lugar por excelencia, pues ahí apenas puedes detenerte, menos todavía morar. Las rotondas son grandes círculos reglamentados que señalan nuestra obligación de circular sin desmayo, de no detenerse nunca, de no aproximarse en realidad a nada. Puedes divisar un bar deseable a quinientos metros  y no encontrar el modo de acercarte, tal es el laberinto de obstáculos, de barreras,  muros y vías que impiden ningún acceso directo. El muro del Este ha caído para que los muros se multipliquen en el Oeste. A veces en una gran ciudad, o sus afueras, es una auténtica pesadilla llegar a un sitio en concreto, tal es el trenzado de dificultades urbanas y arquitectónicas. Igual que escaparte de una discoteca en Vigo o Majadahonda al anochecer. Puedes tirarte cerca de una hora antes de encontrar la ansiada fuga de vuelta hacia tu casa.

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