SEXO Y SILENCIO. Presentación de Manuel Fernández Blanco

Agradezco a mi amigo Ignacio Castro el honor de proponerme presentar su último libro. No soy filosofo, soy psicoanalista. Por esto, me siento un poco abrumado porque es difícil, para mí, estar a la altura de la empresa. Sexo y silencio es una obra monumental que desborda erudición. En sus casi doscientas cincuenta páginas no hay una sola en la que no encontremos un destello que produzca el despertar. Por eso, a pesar de la extensión y profundidad, su lectura es ligera.

En su dedicatoria personal del libro, Ignacio me dice que «bajo la proliferación de las páginas» confía que encuentre la «sencilla seriedad» que esconden. Es una posible guía para mi presentación: referirme a algunos de esos destellos para vislumbrar la tesis a la que apuntan. Todo esto, espero, como invitación a una conversación.

Entre el Prólogo y el Epílogo encontramos once capítulos. Ya desde el inicio se sitúa una característica central de la época: «La obsesión actual por el diseño de identidades» y la pretensión de un sexo saludable. Esto lo encuadraríamos dentro de una alianza entre una pretendida pedagogía sexual liberadora y el discurso médico-científico.

Desde el comienzo, se apunta a una cuestión fundamental: «Fluido, hetero, homo o trans, nuestro sexo multinormativo es el escudo ideal ante cualquier vínculo físico». Es decir, el sexo supuestamente liberado es una defensa ante lo real del goce más singular. Disculpará Ignacio, abuso de su amistad, una traducción lacaniana de sus palabras en las que no tiene por qué estar de acuerdo, para así poder establecer una conversación, con el texto y con todos ustedes. El sexo, supuestamente un constructo cultural, tendría que ser deconstruido para, paradojas de la vida, construirlo a voluntad. Un sexo performativo, de identidades paródicas. Frente a esta supuesta emancipación a la carta, Sexo y silencio propone una «inmediatez recobrada». En lo que yo interpreté como una apertura a la contingencia del encuentro.

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«El virus que debilita a la humanidad es el miedo»

Entrevista publicada en O Sil y en Tercera Información
por María Rodríguez
12 de abril 2022

Pregunta: – En una sociedad global, dominada por la tecnología, por lainteligencia artificial, por el consumismo, con continuas crisissocioeconómicas y políticas, ¿qué lugar debería ocupar la filosofía?Respuesta: – La filosofía debería ser, desde cierta distancia solitaria, elreverso de nuestro espectáculo obsceno, discutiéndole a los medios laversión de lo que es la actualidad. Mejor dicho, hablando de un presente queno cabe en esta caricatura que llamamos «actualidad». Se trata de leer elpresente entre líneas, adivinando lo que está enterrado en el batiburrillode una sociedad que funciona en circuito cerrado, girando sobre su odio alafuera. Pero me temo que hay tantas filosofías como periódicos, así que cadauna tiene su visión de lo que es real. Y muchas veces, en ausencia de esadistancia atávica con nuestra velocidad colectiva, la filosofía parece soloun eco «intelectual» de la misma ceguera de los medios. En mi caso, y en elde algún filósofo que admiro como Agamben o Badiou, discutiría la simpleidea de «sociedad global», que en realidad solo es válida en el círculovicioso de los temas de moda, dentro de nuestra redundancia viral.Realmente, ¿qué es «global»? Poco más que la uniformidad del consumoinformativo y el endiosamiento de las modas, un conductismo de masas queentretiene a una décima parte de la humanidad. Todo esto es una engañifa,pues en la misma Europa buena parte de la Francia, la España o la Italiareales viven sumergidas bajo esa superficie espectacular. Pero lo que ocurreen un día y un lugar cualquiera resulta invisible para nuestroimpresionismo, de origen autista. Tras la corteza de su ideología política,un ser humano tiene problemas y potenciales soluciones muy secretos, casiinconfesables. Aunque el trabajo de un carpintero se vea afectado por laguerra en Ucrania, debido al coste del material, del combustible y losportes, él tiene que buscar una solución local. Donde está la ley generalsiempre hemos de buscar una fuga, una trampa vital. Pienso que vivimos en unabsoluto local que se debate con el peligro. La vida y la muerte, latranquilidad y la inquietud, tienen siempre una base singular y personal.Con frecuencia, el resto solo es un barullo para enredarnos. Nuestradependencia de la mitología global es enfermiza, endeuda el alma y loscuerpos. No digo que tengamos que volver a otro individualismo, que yafunciona en demasía. Digo que tenemos que buscar soluciones elementales quehan de tener un sesgo común, libre de una «interdependencia» que estádirigida por expertos que ni nos conocen. Tus propias preguntas, pienso,brotan de un suelo de vivencia que nunca tiene cobertura planetaria. Tantoen la pasada pandemia como en la actual guerra, sobran respuestas «globales»y faltan preguntas vitales, distintas. Nuestros orgullosos valoresuniversales son, desde hace décadas, una disculpa para la sordera y laagresión.P: – Hoy el hecho de pensar, ¿resulta más difícil que antes? La sociedadactual, ¿está perdiendo esa capacidad, la de ser crítica ante los poderes?Desde su experiencia de profesor, ¿cómo ve a las nuevas generaciones?R: – Pensar siempre fue difícil. Si hoy resulta más difícil que antes es talvez por dos razones. Primera, porque se trata de pensar nuestro presente,que es envolvente, no un pasado sobre el que guardemos una cómoda distancia.Segunda, porque el poder de contaminación mental de la llamada sociedad delconocimiento es inmenso, tanto o más opresivo que el de una mitologíamedieval. Desde mi experiencia como profesor, y como adulto rodeado dejóvenes, no sé muy bien qué pensar de las nuevas generaciones. Pervive unaadorable energía juvenil, un coraje y una generosidad intactos, atemporales.Al mismo tiempo, hay toda una moda joven, mimada por el sistema, que es casilo peor de este mundo. Ser joven nunca fue garantía de nada: los neonazisson jóvenes. A cualquier edad la juventud es un don, una actitud de aventuraque nunca debimos perder. Pero hoy existe una trampa mortal con cara juvenilen la conexión masiva, dirigida en la sombra por cerebros seniles. Nuestradiversión obligada esconde una especie de fascismo emocional manejado porexpertos muy maduros. Bajo la costra novedosa de estar al día buena parte delo que el sistema nos ofrece es reiterativo y viejuno. Si un cambioverdadero fuese posible, tendría que venir de una alianza, en cada uno denosotros, entre el corazón y la cabeza. Entre una jovialidad muscular, quenunca debemos perder, y un cierto temple anímico. La verdad, no sé si esecambio se puede sentir muy próximo.P: – En su obra ha analizado la sociedad y el mundo actuales. Durante lapandemia escribió En espera y Sexo y silencio. ¿Que ha supuesto parausted el Covid y cómo se ha reflejado la experiencia en estos libros, en suforma de afrontar el momento? ¿Qué pretende con ello?R: – Escribí mucho en estos últimos años, madrugando incansablemente paraapartarme de la histeria colectiva y seguir pensando sin pánico, al margendel estado de excepción permanente que difunde el Estado-mercado. Lapandemia fue también un experimento temible de gobernanza basado en laobediencia masiva. Intenté librarme de todo eso y seguir afrontando una vidacomún que siempre fue mortal y nunca debe sentirse segura. Ni tampoco cederante el miedo al peligro, unos accidentes externos que son inevitables. Esosdos libros, muy distintos, tienen en común el himno al coraje de una viejalibertad. Actualizan también una ironía crítica sobre los grandes mitosgregarios de este momento histórico, unos titulares que nos hacen esclavosde una percepción falsa y masiva de la realidad. Pienso que nos hace faltaun nuevo realismo, que tendrá que volver al suelo y atreverse a ser sucio,muy poco correcto.P: – Realmente, ¿es el Covid el virus que más ha debilitado física ymentalmente a la humanidad?R: – No, el virus que más está debilitando a la actual humanidad es elmiedo. Y la consiguiente depresión, que le da la espalda incluso a latristeza. Lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. Parece queesto lo sabe muy bien el poder y sus expertos aliados, que se pasan la vidaasustando a la gente para que así dependa de la solución global que ellosmanejan. El miedo es necesario, sobre todo en la medida en que nosdespierta, pero tenemos que modularlo. En el fondo, cada uno de nosotrosestamos bastante solos, como hace mil años. Igual que entonces, hay quemorir un poco cada día para poder ser eternos e inventar un modo deinsolencia con el pánico inducido por el poder de turno.P: – Cuando estamos a punto de recuperarnos de la pandemia y de su crisissanitaria, social y económica, se produce la invasión rusa, un conflictolarvado que justamente estalla ahora. ¿Es una casualidad?R: – No lo creo. Una cosa y otra tienen en común la histeria ante lo otro,un pánico infinitamente manipulable. Tal como lo encaramos y lo provocamos,pienso que no es ninguna casualidad este conflicto con los rusos. Parece quelos gobernantes, y un «cuarto poder» que casi siempre es cómplice de lacasta política, buscan mandar desde la excepción, desde una catástrofeinminente que mantiene al público cautivo y lleva las poblaciones a unaobediencia bovina. Tal vez por esta razón el comando estadounidense denuestra indignación, tan unánime como sorda, no tiene ningún interés enacortar el conflicto de Ucrania.P: – ¿Qué opina del papel que están teniendo los medios de comunicación ylas redes sociales en esta espiral?R: – Esta es la palabra clave: espiral. Los medios y las redes se dedican aalimentar una dependencia viral, en bucle. El sistema busca que nadie tengaimpresiones propias, libres de la empresa política y el inmenso negocio dela percepción masivamente guiada. La función de los medios es adelantarse alas sensaciones populares, lograr que la más elemental percepción estéregida por los grandes grupos de opinión y los modelos políticos sectarioscon los que debemos encarar el mundo. Este colectivismo ilustrado,personalizado a la carta para que cada uno tenga un papel de espectadorinteractivo, es un sistema tan despótico como el viejo feudalismo. Pero máseficaz, pues se apodera de las almas con una violencia autista, vegana. Poreso tanta gente parece abducida. El derecho de pernada se cambió por elderecho de mirada, donde cada uno puede aportar su opinión en una vigilanciaintensiva. La libertad de expresión es el cebo que hace invisible nuestranula libertad de acción.P: – La dinámica en la que estamos muestra retrocesos y síntomas de lo quealgunos autores consideran una medievalización. ¿Qué piensa usted?R: – No estoy lejos de ese diagnóstico, aparte de que hoy no sabemos casinada de una Edad Media sistemáticamente injuriada. Parece ser que todo loque permanece en la sombra implica hoy un déficit. Por todas partes funcionauna especie de feudalismo horizontal, inclusivo y transparente, que no nosdeja respirar. También la coacción es horizontal y dispersa. Hasta en lasalud, en la orientación sexual y en la alimentación, tenemos que seguir lasmodas dictadas por el Estado-mercado. Como se ha dicho, somos prisionerospolíticos del terrorismo de la actualización, de un entretenimientoviolentamente inclusivo.P: – ¿Qué se podría hacer para rebelarse contra esta dinámica de retroceso yquién podría o debería hacerlo, teniendo en cuenta que también la políticaestá en crisis?R: – La política es parte de este espectáculo de entretenimiento que tienela función de mantener apretadas las filas, detrás de nuestros líderes ynuestras tropas. Esto no quiere decir que no debamos elegir con cuidadoentre las distintas alternativas: en este conflicto con Rusia, Corbyn oMélenchon no son lo mismo que Biden o Johnson. Lo mismo ocurre con ScottRitten, Pablo Iglesias o John Mearsheimer frente al automatismo maquilladode una Ursula von der Leyen. De Pedro Sánchez ni hablo, pues es un simplecamarero de la corrección europea, de nuestro servilismo ante un delirioestadounidense que cree hablar en nombre del bien universal. Ahora bien,estas elecciones políticas, entre ideologías tan distintas, dependen de unainsurrección personal que debemos mantener contra viento y marea. Nadie va abrindar cobertura a la vida de cada uno, a nuestra común soledad. Solo apartir de ella podemos encontrar nuevas comunidades que resistan a lainfamia global, en realidad muy sectaria.P: – ¿Tiene en proyecto algún nuevo libro ahora mismo?R: – Ninguno, por ahora me los he prohibido. Estoy muy ocupando en defendery explicar esos dos libros que, modestia aparte, considero tan necesarios,Sexo y silencio y En espera.P: – En alguna ocasión me ha comentado que tiene una mentalidad«apocalíptica» ante los desafíos actuales. ¿Cómo ve el futuro de lasociedad, cuando menos la europea? Supongo que Galicia está dentro de estecontexto general. ¿O ve alguna particularidad en nosotros?R: – La palabra «apocalipsis», etimológicamente, recuerda la idea de revelaralgo desde lo oculto. Pienso que solo una nueva sacudida anímica puedesalvarnos, librándonos también de una envolvente legión de salvadoresprofesionales. Para eso habría que atreverse, en algún momento crucial, aestar solos. ¿Cómo ser optimista en el momento actual, cuando los poderesestablecidos consiguieron una obediencia de masas tan perfecta, sin límitesaparentes? En este punto, no sé si la obediencia toma en España nivelesparticularmente apocalípticos. Siento decir que Galicia casi siempre pareceun reflejo melancólico del miedo incrustado en el resto del estado. Elfamoso «sentidiño» podría ser una versión hipocondríaca de la servidumbreque se vende en toda Europa desde el norte, envasada especialmente para lospaíses vicarios del sur. En pocas partes la obediencia fue tan unánime comoaquí, donde las voces discordantes son tachadas rápidamente de negacionistaso «hijas de Putin». Es como si la positividad triunfante fuese una verdadreligiosa que solo puede tener herejes, aunque hoy no se les lleve al fuego,que nos apesta, sino a la invisibilidad y la cancelación. El silencio al quese condenan las voces disidentes es la cara siniestra y oculta de ladiversión espectacular, conseguida con una alianza temible de mayorías yminorías, de derecha e izquierda. ¿Se puede dar algún cambio importante eneste panorama de servidumbre interactiva? No parece fácil, pero quién sabe.La gente vive como hechizada, inmersa en una especie de automatismo anímico,pero a la vez podría estar aguardando algo. Lo cierto es que hoy en díaapenas conocemos a los vecinos, así que mejor preservar un fondo de dudaoptimista.

EL SEXO QUE HABLA AL PIE DE LA LETRA

Reseña de Pablo Perera
(Acerca de Sexo y silencio de Ignacio Castro)

 

Las extravagancias carnales más inmundas son engendradas por el puro deseo de lo imposible, por la aspiración etérea de la soberana alegría. Desconozco que quieren decir las palabras alma y cuerpo, dónde acaba la una y dónde empieza la otra, solo hay fuerzas, eso es todo.

Flaubert

1.

Hay una pulsión común que se comparte según una trama diferente en los últimos discursos filosóficos acerca del amor y el sexo, que pretenden convivir con todo lo dulce y amargo que trae Eros consigo, de Badiou a Jean-Luc Nancy, de Zizek a Chul Han. Es la puesta en evidencia de cómo Eros agoniza entre nosotros, en el presente que nos ha tocado vivir, y la necesidad, mediada por el pensamiento filosófico, de volver a abandonar nuestra existencia al dulce amargor de Eros, que nos arrebata, que nos perfora, que nos tritura, y encontrar ahí, en esta turbación del sentido, un acto de resistencia y un empuje nuevo para el pensamiento. Pero esta pulsión donde filosofía y Eros van de la mano, desde los albores mismos de la conciencia occidental, se dan entre nosotros bajo unas condiciones diferenciales que se llevan fraguando desde hace al menos medio siglo. La manera en que tramamos nuestras relaciones con el sexo y el amor, con el amor y el sexo, no son comprensibles al margen de los procesos de liberación sexual en los que las sociedades contemporáneas les gusta encontrar uno de sus espejos preferidos. La liberación sexual pretendió rescatarnos de todos esos montajes dramáticos, donde el sexo quedaba vinculado a la obsesión y al exceso. El sexo se identificó con un conjunto de prácticas establecidas de las que nos tenemos que necesariamente ocupar para dar un sentido pleno a nuestras vidas. Emancipadas de las constricciones civiles y religiosas, no dependientes sino de disposiciones y elecciones personales, las sexualidades, porque ya no hay sexo, sino sexualidades por las que definirnos, o permanecer en la indefinición, serían análogas a las preferencias deportivas o turísticas. Qué duda cabe de que esta liberación fue positiva, como todas las liberaciones, y todos los discursos filosóficos a los que nos hemos referido son deudores de ella, aunque a menudo parezcan querer dar un paso atrás, por lo demás imposible a no ser que sea para saltar más hacia delante todavía. Pero también sucede que, esta liberación, como pasa con otras, no sabe realmente de qué se ha liberado o con qué objetivo lo ha hecho, más allá de sus desencadenamientos contingentes. Nos hemos liberado de todo aquello que reprimía, enmascaraba, confundía al sexo, pero también de aquello que constituía su sentido y lo integraba en un orden dado, aunque a menudo fuera misterioso e inquietante, y ambos procesos están oscuramente intrincados. Y el diagnóstico que resulta de este doble proceso, el diagnóstico acerca de nuestras relaciones presentes con el sexo y el amor, la mayor parte de las veces se presenta tan elemental como previsible. Del slogan inicial que nos invitaba a “gozar sin trabas”, en una pretendida puesta al desnudo de la experiencia sexual más allá de cualquier condición, hemos llegado al punto en que el sexo se presenta como una realidad elemental entregada a la discreción de la máquina técnico-económica que identificamos como biopoder o sociedad del espectáculo.

Ciertamente, este diagnóstico de nuestro presente, como todo diagnóstico que opera por abstracción, es demasiado simplificado. Todo desnudamiento contingente señala a un desnudamiento mayor, acaso más íntimo e inalcanzable. El gran control general al que somete la actividad sexual, todavía bajo la coartada de la liberación, como se denuncia en estos discursos, antes que nada, es testimonio, una vez más, de las posibilidades de desordenamiento que el sexo y el amor traen siempre consigo. Las reacciones éticas, políticas, estéticas, ante la liberación sexual, tal vez no sean sino “reacciones” ante este fondo sin fondo. Muestra de ello, como ya expuso Foucault, es la febrilidad con que nuestras sociedades se afanan en promocionar un sexo que, a pesar de todo, no deja de mostrarse frágil, delicado, complejo y escurridizo. La cuestión es hasta qué punto la manera en que una cierta forma de hacer filosofía es capaz de ir más allá de estos análisis tan simplificadores y cuidar como su bien propio esta fragilidad constituyente del sexo y del amor donde nuestra existencia no deja de reconocerse en su radical abandono.

Es ante esta cuestión donde hay que situar Sexo y silencio (Pre-textos, 2021), la reciente obra de Ignacio Castro Rey. Es una obra que trata, como en las referencias antes citadas, de volver a tramarse en las encrucijadas del deseo ante la normalización que nos caracteriza donde Eros agoniza entre nuestras experiencias sexuales confortables y gratificantes, o desesperantes y desoladoras. Y como toda obra que encuentra su impulso primero y último, en cuanto pulsión no moldeable sin más, en la inmediatez que vincula a la filosofía con el sexo, los riesgos que corre, en forma de acusación lacerante, son más que evidentes. La intemperancia ética o el peligro antropológico podrían ser los más comunes, bajo el dedo acusador que señala un nuevo proyecto de liberación sexual que vuelve a ser la coartada perfecta para la destrucción del amor y su sombra, el sexo, en la que nos empleamos incansablemente. Desde la acusación de Montaigne a Platón por quedarse atrapado en las cuestiones del sexo y del amor, donde el abrazo con el otro se debilita, donde la fuerza del pensamiento se torna en sacudida grotesca, en glotona avidez que embrutece y animaliza toda la filosofía que hay en él, se puede medir el riesgo que se corre, que corre también Ignacio Castro, al sostener su escritura en el vilo donde filosofía y sexo se dan en una extraña síntesis que pretende destituir todo ordenamiento de nuestra sexualidad. En todo caso, hay que decir, frente a Montaigne, que ni Platón ni la filosofía se lamentan por ello, Ignacio Castro tampoco. “Una sociedad moralista, obsesionada por el sexo por mera impotencia vital, jamás logrará entender las ambivalencias del afecto”, escribe Ignacio Castro. “Ni hasta qué punto esa zona de penumbra establece una barrera muy fina entre la generosidad del cuidado y la lujuria, entre el amor más limpio y la lascivia” (pág. 23). Ya Freud, punto de acceso decisivo para todos estos discursos, puso en evidencia la deshiscencia que atraviesa toda transferencia sexual y todo discurso que se pretende llevar a cabo acerca de ella, cuando distingue entre Daimon y Tyché. Sus análisis de la configuración sexual de nuestra personalidad se desenvuelven en el ámbito de Tyché, en la dimensión circunstancial, histórica, epocal, por la que se caracteriza nuestras personalidades sexuales. Es en esta dimensión donde opera la crítica de nuestra razón sexual, como un telón de fondo necesario, de Ignacio Castro, como en Chul Han o Badiou. Mientras que del Daimon Freud afirma no tener que ocuparse, porque es lo que hemos sabido siempre, acaba diciendo, lo propio de toda existencia, que remite a esa pulsión singular de donde emerge antes de reconocerse como tal. Es lo demoníaco que Eros trae consigo, objeto de demonización continua, aún hoy día, aunque se pretenda lo contrario. Y que es donde sucede el encuentro entre filosofía y Eros, donde el sexo como pulsión, impulso que turba, concierne al ser o la existencia. No otra es la vía donde se encamina la obra de Ignacio Castro, sometido a la posibilidad de una demonización continua, como cuando a la metapsicología freudiana se le acusaba, y acusa todavía, de una reducción en clave sexual de todo pensamiento antropológico. Porque, en la obra de Ignacio Castro, no se trata de una reducción sino de una extensión, de una amplificación y exploración del deseo, cuyo tenor ontológico es estar siempre fuera de sí, y no otra ha sido la relación de la filosofía con el sentido, desde siempre. Es el desafío de lo que llamamos sexo en un sentido que precede y excede la “función sexual”, que es lo que hemos sabido siempre, como dice Freud, pero que, por ello mismo, permite todavía decir algo nuevo, como pretende Ignacio Castro, o traer a la luz lo nuevo contenido en todo decir. Un regreso hacia lo que en el sexo no se halla liberado sino expuesto a un pensamiento o empuje nuevo.

El Eros del que se ocupa Ignacio Castro no es en modo alguno un Dios, sino más bien un demonio que nos desafía al enfrentarnos con una energía imposible de captar y de atribuir, una fuerza tan impetuosamente libre (no liberada) como imperiosamente atrayente y fatal. Es el Eros de Sócrates, instruido por Diotima, que suscita el deseo, la excitación furiosa del amante, el delirio que le aparta del curso normal de las cosas, y es este delirio el que no deja de organizar y desorganizar continuamente la escritura de Ignacio Castro, y que, entre sus obras principales publicadas estos últimos años (Ética y desorden, 2017, y Lluvia oblicua, 2020), señala en Sexo y silencio el impulso mismo que su pensamiento es, un trato con una razón que es antes que nada pulsión, pujanza, impulso, deseo incondicionado, un frenesí filosófico que destituye de principio cualquier conjetura acerca de una insensible verdad. Cierto es que en el Eros socrático instruido por Diotima la feminidad de Sócrates en cuanto amante arrebatado por la presencia singular del amado, que se trama en el “hay” imposible de la relación sexual, se ha trascendido hacia la masculinidad platónica que nos impulsa hasta las más ideales bellezas. Pero en el Fedro, donde esta feminidad de Sócrates se trama más libremente en sus novelas, se nos pone ante una evidencia que perseguirá siempre al impulso filosófico: si la tensión activa y deseante donde el pensamiento se encuentra consigo mismo a través del arrebato amoroso, esa acuidad de pensamiento que se reconoce en forma de discernimiento, de phronesis, “ofreciera a la mirada una imagen sensible que fuera clara”, esta suscitaría tan “tremendos amores” que no sería capaz ni tendría ninguna necesidad de ir más allá de sí. Nos estamos refiriendo a una erótica, en parte la nuestra, dominada por el conflicto entre el apetito inmediato y del deseo de belleza, entre la femininidad de Sócrates y la masculinidad de Platón, que es donde la filosofía se encuentra confrontada consigo misma. Ignacio Castro, desde luego, se queda del lado de Sócrates (de ahí, ese capítulo del libro titulado “De una cuestión preliminar a la paradoja de la mujer en la historia”, que tan mal puede ser leído), pero solo para evitar que se dialectice el conflicto mismo. No se trata de que el placer erótico haga olvidar esa animalización de la que se quejaba Montaigne, por el contrario, esta última es la que place, y place de verdad, permitiendo que se adivine en su extremo que el arrebato que nos acerca al gruñido animal transporta también a una beatitud sublime. No es una dialéctica, no, sino un paso al límite en que nada es negado para ser superado, sino que se instala en él arrebatado y extático, como un momento de ser. Porque ese goce o beatitud no es culminación, no es susceptible de ser consumido sin más, sino que es impulso renovado, que nos saca de quicio, una y otra vez. Porta consigo un secreto que no descubren ni la filosofía ni la metapsicología, porque siempre está ahí, como lo ya experimentado, y entre ambas solo se trata de perpetuar la naturaleza de su secreto, como aquello que ilumina en la medida que es el origen mismo de la luz. Porque no se trata de la “contención de la carne” allí donde el sexo se ha convertido en objeto de consumo y el amor agoniza en un sujeto narcisista que solo sale al encuentro el otro para volver a sí mismo, sino, antes bien, de una liberación o ascensión de la carne respecto a la tiranía del goce retribuido, donde la imposibilidad de la relación sexual se efectúe en cada nuevo encuentro, donde el amor sea tanto deseo del otro como deseo de sí donde los sujetos se deshacen y vuelven a hacer en una comunidad inconfesable.

 

2.

Pero ¿por qué sexo y silencio? ¿Por qué Ignacio Castro titula así su obra? Antes que nada, para salvar al sexo del parloteo incesante de la bulimia de las sexualidades múltiples que lo hace desaparecer entre nosotros mientras Eros agoniza en su rincón distanciado. Y sobre todo para volver a vincular al sexo con el lenguaje, nuestra existencia con la palabra que nos dice. El sexo se escribe al pie de la letra, y esto Ignacio Castro lo sabe bien, por eso continuamente retiene el vuelo de su discurso al borde de las experiencias sexuales que desde la literatura se hacen cuerpo en su texto. Los amantes lo saben bien. Del mismo modo en que nosotros sabemos que la palabra dice siempre, en su borde, que fuera de ella, pero solo accesible a través de ella, hay un grito que se ahoga en silencio, y que cuando sus cuerpos, los cuerpos de los amantes, se traman en el haber imposible de la relación sexual, un grito o un canto también sale de ellos, de ese abrazo donde se confunden, indistintamente distintos, una exclamación jadeada en un umbral de éxtasis o expiación. Ignacio Castro no intenta transmitir ningún saber acerca del sexo, faltaría más, sino que pone en juego un conocimiento que es, antes que nada, encuentro y turbación. No se ofrece un contenido en Sexo y silencio que pueda ser conservado en un tratado, de ahí el gran problema de reseñar su libro, tramado en la experiencia turbada de la escritura, sino una experiencia, una penetración en lo desconocido, donde la razón misma que se pone en juego pervive, en cada página del libro, como una pura pulsión que se entrega a las fuerzas de lo incondicionado. Y basta dejar caer unas gotas de antropología en las cañerías perforadas de nuestra función sexual para encontrarnos con la vulnerable y también turbada existencia donde nos deshacemos. Y se dirá: el sexo y el lenguaje constituyen el doble elemento según el cual nos existimos como especie humana, y lo son porque en ellos se excede de principio todo orden dado, sea natural o vivo. Y se volverá a decir: la excepción que portan tanto el uno como el otro reside en que, en cuanto funciones, función lingüística y función sexual, se toman a sí mismas como fines al mismo tiempo que operan como medio de comunicación o reproducción. Es bien sabido, tomándose como fin en sí misma, la función no funciona igual, la excepción constituye la condición de su exceso, y, sin embargo, y esto es lo que más nos confunde, y la filosofía se precipita en ello, la escritura de Ignacio Castro también, todo procede de la naturaleza y de la vida, que, al cabo, no pueden ser sostenidas según el modelo de una legalidad determinista. Mientras que el lenguaje saca al exterior la idealidad del sentido como materialidad sonora, el sexo expresa fuera de un ser vivo el apetito de la vida, el que la vida tiene, el que la vida es, ese apetito que corre a raudales entre las frases de su libro como una excedencia de ser. El lenguaje sueña con gozar, engendrar la cosa misma, el sexo por transportarse como idea, en forma de alegría, amor, éxtasis.

No hay consenso sexual, insiste Ignacio Castro. “Un verdadero matrimonio es una asociación ilícita”. El sexo solo se puede dar al margen de todo consenso. Eros agoniza en estos tiempos donde el beso se ha transformado en urgente orgasmo, en la bulimia que tanto hastía de las sexualidades múltiples, en el goce reducido a la disciplina del consumo. Los consensos, todos los sabemos bien, son creados por un rechazo a soportar la complejidad, la indecibilidad, la inminencia de lo imposible. Todo ello que el sexo es. Procuran evitar el sufrimiento, pero también la belleza. No, de ningún modo hay consenso sexual, insiste Ignacio Castro. “Se está disolviendo así lo que el amor sexual tiene de intenso y terrenal, lo que lo diferencia de un mero dispositivo histórico” (pág.107). Cada deseo debe soportarse o desistir de sí. Y eso es lo que pretende disimular la euforia eroticista que nos publicita. Siempre hemos llevado mal que el sexo secreto se exhiba, que el lenguaje claro y comunicativo se vuelva oscuro o silencioso, que el sexo se diga rozando el silencio donde nos encontramos desalojados de nosotros mismos. Por eso, sí, sexo y silencio.

Ya escribimos en otra parte como, frente a la reducción del sexo a un simple juego de poder, uno de los motivos de crítica principales del libro, o a las políticas del género que nos caracterizan, la trascendentalización de la diferencia sexual es una inercia común que comparten Badiou, Zizek o Han. Son presentadas como el más claro ejemplo del tipo de sexualidad propia de un “mundo malvado” como el nuestro, en palabras de Zizek, un mundo sin amor. De esta manera la diferencia máxima, la “diferencia trascendental” que es la “diferencia sexual” y que fundamenta la identidad humana misma se convierte en objeto de manipulación e incluso de negocio. La actividad sexual ideal de este sujeto transgénero, que es el espejo donde todos nos vemos, es la masturbación, en cuanto que cualquier encuentro con la alteridad del otro está neutralizada en un mundo como el nuestro, malvado, donde la diferencia trascendental que nos separa para abrirnos al encuentro radical con el otro se resuelve empíricamente en el mercado de la elección de género y en el uso disciplente de los placeres. Es necesario también leer sexo y silencio en relación con este problema. No hay más que un solo sexo, un solo fenómeno sexual que recorre las páginas de la obra de Ignacio Castro. Y una resistencia, a veces complacida, a veces amarga, a una trascendentalización que nos impida hacernos en la experiencia de su absoluta contingencia. La proliferación de sus aspectos, giros, modos, tanto individuales como sociales y culturales, que se multiplican según un régimen de sexualidades, de los que la “teoría del género” no serían más que una indicación abreviada, lo que pone en evidencia antes que nada es la multiplicidad real en la que el sexo se da. “Después de que la teoría del género ha logrado una subdivisión un tanto carcelaria, los movimientos no binarios han podido pretender diluir esa fijeza para hacerla más plástica y compleja, pero sin cuestionarla de raíz”, afirma Ignacio Castro (pág.149). Y en este cuestionamiento donde su obra se emplea incansablemente. La inagotable pluralidad no solo de las orientaciones sexuales sino de los gustos o los ascos, de las atracciones y las repulsiones, las inquietudes, obsesiones, juegos o manías, esos “grumos de singularidad”, que con tanto esmero cuida su escritura, es donde se expone, al margen también de cualquier determinación trascendental, que el sexo solo existe con sus tonos, acentos, entonaciones. De por sí no es uno ni unificado ni unitario, se despliega en múltiples circunstancias y registros. “Cualquier sexualidad es transversal a la idea de género”, afirma Ignacio Castro. “También a la idea de género no binario”. “Es en sí misma transgénero porque posee una pulsión única, obligada en cada caso a una metamorfosis sin modelo” (pág.106).

Gozar, dejarse llevar, escaparse, desprenderse, prenderse del desprendimiento. Recibir en el goce la escapada misma como encuentro con lo otro que también se escapa. Un deseo que tiembla por encontrarse como deseo. “La sexualidad es un tipo de salvación que consiste en aferrar de una vez nuestra irremediable perdición, hacerla otro cuerpo, por eso los amantes pasan de la excitación a quedarse después como detenidos”, vuelve a escribir Ignacio Castro (pág.69). El goce sexual atraviesa la piel, intercambia afuera y adentro, tiembla por sentirse desvanecer. El encuentro incendiado entre los amantes no es la satisfacción, sino la estupefacción, estupor ante la huida que se desliza entre la ausencia y la presencia, entre ser y no ser. El sexo siempre es confusión, identidad indecisa y diferencia mal discernible, identidad y diferencia de la continuidad y la discontinuidad. El sexo es relación: eso que no es un ser ni un sujeto sin ser tampoco una cualidad, ni una acción, sino una venida de los unos a los otros, una venida en la cual los unos exceden a los otros. “Nos hemos encontrado/ nada se ha perdido/nos ponemos perdidos/vamos a probarlo”, copiaba Jean- Luc Nancy.

Pero ¿cómo se retorna? El después, ese después donde los amantes, tras haberse quedado detenidos, tienen que ponerse de nuevo en movimiento, y reencontrarse con los cauces sociales donde son reconocidos, ese después no es sencillo. “El amor no suele llevarse bien con la vida de mierda que llevamos”. Uno no sabe por qué sigue vivo. Ya Badiou en su momento, también dijimos en otro lugar, siempre muy dado a diferenciar e identificar pensamientos con gestos más o menos precisos, calificaba la relación con el dulce amargor de Eros como un “ultraizquierdismo de lo negativo y de la alteridad” de Han. Lo que parece justamente pedir nuestra sociedad del cansancio. Es una solución demasiado encantada con la locura del amor. ¿Es cierto, se pregunta literalmente Badiou, que a la concepción consumista y contractual de nuestras relaciones con el otro solo se le puede oponer “la sublimidad casi inaccesible de la abolición del yo para abrir el acceso al otro”, tan deudora por otra parte, según él, del amor mítico de Dios? Muerto Dios, es necesario abandonar este camino. El propio Han no deja de titubear entre su fascinación por el dispositivo que trata de sacralizar el erotismo en Bataille y la resolución también hegeliana del amor loco del surrealismo de Breton. Frente a ello, Badiou nos habla de construir un mundo a partir del Dos que se pone en juego en el amor. Un mundo que no es ni mío ni del otro, sino un mundo como proyecto que, desde el nosotros dos singular que somos, se abra hacia un mundo para todos. Frente a la sublimidad de lo negativo, tan loca que difícilmente puede volver a la ciudad, mejor la fidelidad amorosa, laboriosa, trabajada, nada loca por tanto, de dos olvidos combinándose en beneficio de una realidad compartida con voluntad de universalidad. El amor vuelve a la ciudad. ¿Dónde podríamos situar Sexo y silencio de Ignacio Castro, si es que es necesario hacerlo? Desde luego, no en la senda trazada por Badiou, los amantes de Ignacio Castro no abandonan el loco amor para pasear por las calles con el secreto de un nuevo contrato. Pero tampoco cae en las trampas todavía hegelianas de Bataille que no dejan de fascinar, con razón, por qué no, a Han. Habría que volver a sus obras anteriores para reencontrarnos con la experiencia que se trama en ellas desde “la muerte de dios”, que ahora no podemos. Como igualmente, y de ello también hablamos en otro momento, de ese no querer, después de haber retornado de sus “mil días”, olvidarse del olvido que hace que el mundo que nos rodea nos resulte siempre familiar a y salvo de cualquier peligro y que no deja de poner en evidencia el heroísmo del hombre ordinario que se trama en la lucha discreta que le lleva a salvar a los fenómenos cotidianos de su parálisis normativa. Una nueva economía de la vida, siempre se da entre los escritos de Ignacio Castro, como en los textos de Breton acerca del amor loco. Y Sexo y silencio tal vez sea su versión más extrema y necesaria. “Ser receptivos a un inesperado punto de partida, a una llamada telefónica, a un mensaje imprevisto, a la aparición de una cara, un tono de voz y una sonrisa, lo es todo, la máxima heroicidad que día a día podemos realizar” (pág.65).

Hacia el encuentro

Texto de Ada Naval que presentó Sexo y silencio, el lunes 22 de noviembre en Madrid.

Quiero comenzar la presentación del libro de Ignacio Castro con una pequeña anécdota: el sábado por la noche, a eso de las once, una hora después de ese momento en el que se dice que ya no pasa nada bueno, un chico rodeado de más chicos recibe una llamada. Responde con cierto fervor propio de haber bebido, también porque la persona que está al otro lado del teléfono es su pareja. La llamada está motivada por algo muy cercano a eso que Ignacio apunta en las primeras páginas del libro cuando escribe que “todo lo que nos importa y obsesiona […] linda con una noche”. La persona que llama dice necesitar hablar porque ya no puede más. Necesita hablar, a toda costa, superponiendo ese individualismo característico de la sociedad actual, que se critica a lo largo del libro que pretendo presentar. Si he querido comenzar con esta anécdota tan común, tan poco puntual, tan continua que deja de ser anecdótica para ser una problemática constante de las relaciones actuales, es porque ejemplifica de qué manera el silencio se ha ido a pasear a una noche mucho más oscura de lo que pudimos imaginar. Lo único que permanece en esa llamada es, creo que lo están intuyendo, el sexo.

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Entrevista de Pedro Ferrández sobre el libro «Sexo y silencio»

«Preguntas sobre Sexo y silencio de Pedro Ferrández».
Somos unos paletos ante el secreto, y eso nos convierte en sexualmente impotentes.

¿Es Sexo y silencio el libro más difícil que has escrito? No lo sé, es posible. Tal vez tenga para mí y para nosotros la dificultad de lo que es corporal, impúdico e inmediato. Detrás hay un largo recorrido, una antigua lluvia mojando -valga la metáfora- un terreno empapado. Aunque el libro fue pensado en pleno invierno pandémico, en cierto modo para compensarlo, sufrí mucho. Tuvo el tormento, digamos, de hacer un libro donde, más aún que en otros, te implicas mucho personalmente, repasas tu vida entera, todavía con más turbulencias de confesión que en los anteriores. Esto no quiere decir que se trate de un libro autobiográfico. Por el contrario, pocas veces he realizado un esfuerzo así por ser descriptivo, realista y «sucio».

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