tecnología y monstruosidad

«Cazan sin hambre», dice un padre desesperado hablando de su hijo. El chico es bueno, educado y obediente, pero completamente apático, indolente e incapaz de esfuerzo sostenido, como si a sus 14 años ya estuviera de vuelta de todo. Éste es uno de los signos de la época, la función de llenado que ejercen la información, las facilidades técnicas y las pantallas portátiles donde todo parece servido a la mano. Si uno está lleno, sin hambre, ¿qué puede aprender todavía? Si los alumnos están colmados, casi de vuelta de todo, ¿qué puede enseñar una madre o un profesor? Se dice, y hay razones para tomarlo en serio, que hay jóvenes (no solo en Japón) que ya están devuelta del sexo, antes casi de haberlo experimentado, por saturación de imágenes y conexiones.

Se mire como se mire, es más bien dudoso que la penetración tecnológica sea neutral o solo divertida. Fijémonos en que las clásicas tecnologías corporales deconcentración (mirar, escuchar, leer, pensar, recordar, amar; incluso preocuparse o sufrir) están en entredicho, como en suspenso, al retroceder ante las tecnologías sociales de dispersión: chatear, enviar Whatsapp, cambiar de canal, divertirse y deslizarse sin parar. La deslocalización parece haber llegado al cuerpo, que ha externalizado buena parte de sus potencias. Si la tarifa es plana, los efectos personales también lo son: atención distraída, miradas abstractas, silencio ensimismado… Y también, hay que decirlo, precariedad en los afectos y las relaciones. ¿A qué vamos a serle fiel si estamos educados en el movimiento perpetuo? El surf, dice el humor negro de Deleuze, contamina todas las actividades.

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