Taller: El vértigo de tener un cuerpo

El problema comienza con el verbo tener. No tenemos un cuerpo como tenemos un utensilio cualquiera. Tal vez Platón no se equivocaba cuando insistía en que el cuerpo nos tiene. Nadie nace en un cuerpo equivocado. Cualquier significado que seamos capaces de alcanzar se debe a un archipiélago de influencias que surge a través de un receptáculo corporal que no controlamos ni elegimos. Desconocemos lo que quieren decir las palabras alma y cuerpo, dónde acaba una y dónde comienza el otro. Solo hay fuerzas, eso es todo. Toda dolencia en el cuerpo es señal de que algo en el alma no va bien. Incluso las extravagancias carnales más inconfesables son engendradas por la aspiración espiritual a una independencia soberana. A la inversa, no hay ninguna necesidad corporal que no sea a la vez un deseo de mundo, de un cambio.

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Dejar todo como estaba

Homenaje al último debate del taller «Decálogo para salir del invierno».

Dondequiera que vayamos nos acompaña un poder amniótico que nos mantiene sujetos, como si estuviéramos hechizados. Es el poder del todos juntos, donde nadie de los nuestros debe quedarse atrás. Una clave de este poder acéfalo, envés invisible de la visibilidad, es el control a distancia del tiempo. El poder de lo numérico, del tiempo contado, no el de una localización espacial que solo opera en emergencias policiales o militares. De hecho, gracias a las tecnologías portátiles nos pasamos el día entero ilocalizables, como si esta fuera la única forma de escapar a un orden inmanente, disperso y sin centro. Para la fibra óptica del control civil es indiferente dónde estemos, pues en la cobertura móvil que nos sigue -es la gran mascota- todo son escenarios de un tiempo sometido a la ficción social. ¿Es extraño que la ficción tenga tanto éxito en el sistema?

Si la precariedad laboral es soportable es porque estamos empleados a perpetuidad como consumidores de la banda audiovisual que nos acompaña, precediéndonos como un cielo protector. Ya no salimos de ninguna fábrica, de ninguna prisión. Trabajamos el día entero como espectadores del tiempo libre que nos deja el fin del trabajo clásico.

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ARIEL. Sylvia Plath

(Quinta sesión del taller «Decálogo para salir del invierno»)

Me temo que estamos ante la crueldad de otro de esos libros «sádicos» que decía alguien. Ariel. La etimología arroja demasiados rastros, de los griegos a Shakespeare, de lo demónico a lo poético-lunar, para que nos detengamos en alguno de ellos. Creo que es la primera vez que encaramos en este taller un libro de poesía. Pero no importa. Se ha dicho que la poesía es la verdad de la prosa del mundo, su quintaesencia por fin desvelada, salvada. En tal caso, estaríamos ante un libro de alquimia, un concentrado de la sabiduría del mundo, de esas verdades que solo se dicen a media voz pero que todo el mundo entiende, pues ha pasado por ellas. En nuestras horas furtivas: antes en lo que en nuestro corazón queda de vulgo, de pueblo, que en lo que tenemos de doctos especialista.

Destituyendo momentáneamente la fortaleza del sujeto para que acontezca la vida, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único. Trabaja el instante donde ocurren las cosas: de ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por el corazón de la gente y la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en la jaula dorada de esas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. Tal vez para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día. Ahora bien, ¿cómo, quien vive el instante de esta manera, va a sobrevivir en una sociedad cuya religión es precisamente la cronología que no deja hablar al instante?

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