un fiasco llamado “Roma”

Se presenta como una “carta de amor a las mujeres que le criaron”. A todas luces, a toda sombra, la película de Alfonso Cuarón es demasiado ambiciosa para lo que después cumple, casi nada. De estar solo creo que me habría largado, pero como estaba con Eugenio Castro (por primera vez en el cine), me limité a mirarle de reojo para intentar adivinar si sentía lo mismo que yo… o un servidor tenía una mala tarde, que le pasa a cualquiera.

 

Las deposiciones inaugurales del perro Borras, ensuciando sin cesar la entrada de la mansión de una familia adinerada de la colonia Roma, mierdas imposibles de recoger a tiempo para que el padre de familia no las pise, representan tal vez (en la intención de Cuarón) su heroico descenso a la suciedad de esta tierra. Pero parecen en realidad de plastilina marrón, y posiblemente encarnan la realidad de cartón piedra donde nuestro director vive. Los tiros al blanco de la opulenta familia estadounidense de Sofía están escandalosamente mal simulados; el incendio nocturno del bosque muy mal hecho… Me estoy imaginando a Federica Mogherini, alta representante europea de asuntos exteriores y seguridad, personaje que también lleva décadas sin bajar a la calle (la misma que mira con ojos tiernos a Pedro Sanchez y toda la cohorte de pijos que dominan, valga la redundancia, la izquierda hegemónica), subyugada por este derroche de solidaridad con un sufrimiento humano que solo han visto en diferido, pero con pantalla panorámica y en 3D.

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un habitar más fuerte que la metrópoli

Al menos en este país, uno nunca sabrá muy bien a qué se dedica la izquierda. Aparte, claro está, de esa eterna partida de dominó con distintas élites empoderadas. También entre ellas la lectura está en declive, como si el progresismo aspiracional tuviera suficiente con los clásicos de su santoral, que citan de memoria sin leerlos, y con la bendita “trampa de la diversidad”, aunque ese otro libro pocos (a pesar de las ventas) leerán. Por no salir de lo seguro, ni se atenderá a Fahrenheit 11/9, pues el documental es complejo y ideológicamente no alineado. No olvidemos que el capitalismo, en el sentido espiritual que decía M. Thatcher (para quien la economía era solo un medio), es precisamente una incansable ideología de selección que ignora lo que sea problemático y no esté en primera línea de la eficacia pública. No hay por tanto una crisis del papel, sino una crisis de la piel, del encuentro, de la búsqueda y la presencia misma, con todos sus fantasmas. Y la izquierda seguirá cómplice del sistema mientras se alimente de las mismas fuentessecundarias que “todo el mundo”, de esa rotación incansable de los comentarios, de revelaciones que no revelan nada, excepto más comentarios que serán desmentidos al día siguiente. Parece que cualquier cambio real será imposible mientras su vanguardia sea presa del índice de audiencia.

Muy lejos del confort de estas puertas giratorias de la ideología (al fin y al cabo, un subproducto degradado de la religión), siguen esperando algunos raros libros, algunos autores. Entre ellos, lo que emana de la órbita de Tiqqun y el Comité Invisible. Siguiendo este rastro conocimos hace meses Un habitar más fuerte que la metrópoli, un extraño y bello libro del Consejo Nocturno (Pepitas de calabaza ed.) que une a la desventaja de ser rotundo el hecho de estar pensado desde México, un país que, gracias al racismo de la información, imaginamos inundado de mariachis, turistas, feminicidios y narcos.

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urgente

No somos racistas, pero hay que reconocer que EEUU, en la imagen que nos brinda Moore, nos pone a prueba. Fahrenheit 11/9, el último de sus documentales, roza lo tétrico. Muy triste a veces, gracioso y provocador en otros momentos, inteligente y emotivo casi siempre, hace que salgamos de la sala con el corazón en un puño. En su potencia escalofriante, esta vez no vemos la demagogia. Sí, lo peor puede ocurrir entre nosotros. La aproximación que el autor de Roger & me hace al complejo fenómeno llamado Donald Trump se acerca ahora, con un uso muy efectivo de la cadencia sonora y visual, al género de terror. Lo que es peor, con figuras absolutamente cotidianas (también la muy desgarbada de Moore mismo) que nos aproximan otra vez a la banalidad del mal… y del bien.

Moore no solo confirma por qué muchos, que no somos xenófobos, jamás volveremos a la nación más policial del mundo: “inmisericorde”, dice una amiga atea. Este documental también sostiene que Trump es solo el epifenómeno de un horror mucho más profundo. Parte de este trabajo está dedicado a desentrañar cómo el Partido Demócrata preparó el terreno al millonario neoyorquino. No solo este nuevo Fahrenheitconfirma con detalle lo que ya sabíamos de Hillary Clinton y Obama, que son un par de gansters bien vestidos, sino que se atreve a decir lo que algunos ya deseamos pensando en el porvenir de México: el “pendejo” Donald tiene la ventaja de una infección crónica que al fin revienta. Con él le ponemos al fin cara y palabras a la enfermedad que ellos llaman USA. Una nación “construida sobre el genocidio”, recordaba Moore en un trabajo anterior.

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Si el colmo de la acción es la escucha

“Es encantador que la gran historia sea tan ciega, uniforme y mezquina, porque así nos deja descubrir, bajo su manto, los ‘primores de lo vulgar'”.
Isidoro Valcárcel Medina.

El “espectáculo obrero” de Pere Noguera solo se puede gozar si uno pertenece a cierta secta, compartiendo el aburrimiento terminal (y el alejamiento elitista de la ley de gravedad) que caracteriza a cierta atmósfera artística. Si uno vive todavía en algo parecido a la tierra poco hay que hacer en esos escenarios, aparte de pasar algo de vergüenza ajena. De la misma manera, ser exiliado por la fuerza policial de la Federación Rusa no autoriza a Pavlenski a tener nada nuevo que decir en el campo del arte, por mucho que se haya clavado el escroto en los adoquines de la plaza del Kremlin, mutilado además su oreja y quemado neumáticos en Moscú. Aunque después el artista explique a los medios que se trató de “una metáfora de la apatía, la indiferencia política y el fatalismo de la sociedad rusa”, y que insista en que la acusación de vandalismo no basta (“Quiero que mi acción sea reclasificada como terrorismo”), seguimos en el terreno del activismo social, el mismo que vacía de sentido común a los ámbitos culturales, para así mantener su elevación de clase y la provocación de su poder mediático. Pavlenski puede tener el mérito que se quiera como activista, igual que las chicas de Pussy Riot, pero contribuye poco a abrir espacios de encuentro no codificados, deteniendo la velocidad social que nos mantiene cautivos. Se trata, en este y otros casos, de la rentable obsesión de un cara a cara con el poder que eleva a unos cuantos a la categoría de transgresores oficiales y, de paso, prolonga hasta el infinito el espectáculo del poder. Cuando lo cierto es que (de Sokurov a Loznitsa) hay otros rusos actuales, tal vez menos “comprometidos políticamente”, que siguen dialogando con Chéjov, Tolstoi, Tarkovski y Dostoievski.

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Sobre el estado actual de los estudios filosóficos

Gracias a la coyuntura política, parecen prometerse mejores vientos para los estudios filosóficos en España. Pero no está claro que se deba ser muy optimista al respecto, ni con el despunte que se vislumbra en las vocaciones universitarias (alimentadas sin duda por “la crisis”, motor eterno de cualquier pregunta filosófica) ni con los probables cambios legales en el estatuto de la filosofía en Bachillerato.

Es necesario señalar el retroceso general de las humanidades en casi todos los países influidos por el implacable pragmatismo angloamericano. En este punto, como en otros, nuestro positivismo civil reproduce estrategias militares. Y es bien sabido que una buena relación con la duda, quintaesencia de la filosofía clásica, no es ventajosa cuando se trata de contener al enemigo. Hace mucho tiempo, sin embargo, que Occidente no vive más que de sus enemigos, de ahí que cierta caricatura de Kant sea a veces tan eficaz (para mostrar, pongamos por caso, la superioridad de Francia sobre Irán) como nuestras temibles armas de destrucción masiva.

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