NOTAS SOBRE UNA TRANSFILIA INDUCIDA

Ayer hablé con un amigo que está en tránsito. Sentí en Antonio, ahora Pilar, lo mismo de siempre, un parecido humor amargo, similar sufrimiento y hasta un timbre de voz familiar, aunque afinado «en femenino» por la ingestión de hormonas. Si todo va bien, y es de desear que así sea, Pilar acabará alcanzando una nueva y cálida comunidad humana. Será pronto el ser humano de siempre, con semejantes dudas, parecida angustia y similar humor, entre jovial y negro. Algún día morirá, como todos nosotros. Es un deber moral amar su eternidad mortal, su modo de ser, su manera manantial.

1. Al margen de la piedad obligada hacia todos los seres que sufren, es difícil no vincular la mercadotecnia del cuerpo «trans», de cuya fobia podemos hoy acusar a cualquiera que argumente valores morales de reserva, con nuestra vocación contemporánea de liquidar todo lo que sea referencia natural, herencia natal. Se dijo ya hace tiempo que la nuestra es una cultura del tránsito y el desarraigo, del aplazamiento perpetuo y la deconstrucción de cualquier intensidad real. Este es el motivo de fondo de la posverdad y la deconstrucción: el complot gregario contra lo «asocial», lo impolítico que late en la vida de los cuerpos.

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Cuando el milagro y la lluvia no llegan

Posfacio de Ignacio Castro Rey al libro El nacionalsocialismo como doctrina del rencor, de M. ter Braak

«El pasado lleva consigo un índice temporal mediante el cual queda remitido a la redención. Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes que nosotros, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos». W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia (§ 2).

 

«No sabemos nada de lo que vendrá después de un corto plazo, no sabemos si una seguridad petrificada será peor que la imperante inseguridad del salteador de caminos internacional», escribe Menno ter Braak en «La nueva élite» (1939), recogido en el volumen que el lector tiene en sus manos. Al margen de nuestros diarios escándalos raciales, estos días precisamente en Holanda, ¿seguro que la seguridad petrificada de este bienestar, con su indisimulable supremacismo tecnológico y social, no es el resultado de un triunfo democrático del ideal ario de elevación, aunque ahora hable inglés en el plano de una poderosa economía y de una espectacular cultura normativa? Sea cual sea la respuesta a esta pregunta, quizá exagerada e injusta, no podemos ocultarnos por más tiempo que hoy sabemos muy poco del nazismo, tópicos informativos aparte. De igual manera que tampoco recordamos nuestros escasos esfuerzos, teóricos y prácticos, para pararlo. Tal vez matando, al precio de matar algo infecto en nosotros mismos. Ni cuánta fue nuestra complicidad, nuestras dudas, nuestra cobardía al mirar para otro lado. Nuestra impotencia incluso cuando queríamos mirar de frente.

 

Mientras tanto, contra aquella desidia democrática que quizá se prolonga hasta hoy, destaca en los Países bajos la intensa labor provocadora de Menno ter Braak (1902-1940), agitador político y cultural, fundador de la revista Forum, editor del periódico liberal Het Vaderland y activista del Comité de Vigilancia van Haakzaamheid, ideado para denunciar la amenaza que supone el nacionalsocialismo. Quizá pocos imaginaban entonces hasta qué punto esa amenaza era total e inminente.

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SEXO Y SILENCIO. Presentación de Manuel Fernández Blanco

Agradezco a mi amigo Ignacio Castro el honor de proponerme presentar su último libro. No soy filosofo, soy psicoanalista. Por esto, me siento un poco abrumado porque es difícil, para mí, estar a la altura de la empresa. Sexo y silencio es una obra monumental que desborda erudición. En sus casi doscientas cincuenta páginas no hay una sola en la que no encontremos un destello que produzca el despertar. Por eso, a pesar de la extensión y profundidad, su lectura es ligera.

En su dedicatoria personal del libro, Ignacio me dice que «bajo la proliferación de las páginas» confía que encuentre la «sencilla seriedad» que esconden. Es una posible guía para mi presentación: referirme a algunos de esos destellos para vislumbrar la tesis a la que apuntan. Todo esto, espero, como invitación a una conversación.

Entre el Prólogo y el Epílogo encontramos once capítulos. Ya desde el inicio se sitúa una característica central de la época: «La obsesión actual por el diseño de identidades» y la pretensión de un sexo saludable. Esto lo encuadraríamos dentro de una alianza entre una pretendida pedagogía sexual liberadora y el discurso médico-científico.

Desde el comienzo, se apunta a una cuestión fundamental: «Fluido, hetero, homo o trans, nuestro sexo multinormativo es el escudo ideal ante cualquier vínculo físico». Es decir, el sexo supuestamente liberado es una defensa ante lo real del goce más singular. Disculpará Ignacio, abuso de su amistad, una traducción lacaniana de sus palabras en las que no tiene por qué estar de acuerdo, para así poder establecer una conversación, con el texto y con todos ustedes. El sexo, supuestamente un constructo cultural, tendría que ser deconstruido para, paradojas de la vida, construirlo a voluntad. Un sexo performativo, de identidades paródicas. Frente a esta supuesta emancipación a la carta, Sexo y silencio propone una «inmediatez recobrada». En lo que yo interpreté como una apertura a la contingencia del encuentro.

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«El virus que debilita a la humanidad es el miedo»

Entrevista publicada en O Sil y en Tercera Información
por María Rodríguez
12 de abril 2022

Pregunta: – En una sociedad global, dominada por la tecnología, por lainteligencia artificial, por el consumismo, con continuas crisissocioeconómicas y políticas, ¿qué lugar debería ocupar la filosofía?Respuesta: – La filosofía debería ser, desde cierta distancia solitaria, elreverso de nuestro espectáculo obsceno, discutiéndole a los medios laversión de lo que es la actualidad. Mejor dicho, hablando de un presente queno cabe en esta caricatura que llamamos «actualidad». Se trata de leer elpresente entre líneas, adivinando lo que está enterrado en el batiburrillode una sociedad que funciona en circuito cerrado, girando sobre su odio alafuera. Pero me temo que hay tantas filosofías como periódicos, así que cadauna tiene su visión de lo que es real. Y muchas veces, en ausencia de esadistancia atávica con nuestra velocidad colectiva, la filosofía parece soloun eco «intelectual» de la misma ceguera de los medios. En mi caso, y en elde algún filósofo que admiro como Agamben o Badiou, discutiría la simpleidea de «sociedad global», que en realidad solo es válida en el círculovicioso de los temas de moda, dentro de nuestra redundancia viral.Realmente, ¿qué es «global»? Poco más que la uniformidad del consumoinformativo y el endiosamiento de las modas, un conductismo de masas queentretiene a una décima parte de la humanidad. Todo esto es una engañifa,pues en la misma Europa buena parte de la Francia, la España o la Italiareales viven sumergidas bajo esa superficie espectacular. Pero lo que ocurreen un día y un lugar cualquiera resulta invisible para nuestroimpresionismo, de origen autista. Tras la corteza de su ideología política,un ser humano tiene problemas y potenciales soluciones muy secretos, casiinconfesables. Aunque el trabajo de un carpintero se vea afectado por laguerra en Ucrania, debido al coste del material, del combustible y losportes, él tiene que buscar una solución local. Donde está la ley generalsiempre hemos de buscar una fuga, una trampa vital. Pienso que vivimos en unabsoluto local que se debate con el peligro. La vida y la muerte, latranquilidad y la inquietud, tienen siempre una base singular y personal.Con frecuencia, el resto solo es un barullo para enredarnos. Nuestradependencia de la mitología global es enfermiza, endeuda el alma y loscuerpos. No digo que tengamos que volver a otro individualismo, que yafunciona en demasía. Digo que tenemos que buscar soluciones elementales quehan de tener un sesgo común, libre de una «interdependencia» que estádirigida por expertos que ni nos conocen. Tus propias preguntas, pienso,brotan de un suelo de vivencia que nunca tiene cobertura planetaria. Tantoen la pasada pandemia como en la actual guerra, sobran respuestas «globales»y faltan preguntas vitales, distintas. Nuestros orgullosos valoresuniversales son, desde hace décadas, una disculpa para la sordera y laagresión.P: – Hoy el hecho de pensar, ¿resulta más difícil que antes? La sociedadactual, ¿está perdiendo esa capacidad, la de ser crítica ante los poderes?Desde su experiencia de profesor, ¿cómo ve a las nuevas generaciones?R: – Pensar siempre fue difícil. Si hoy resulta más difícil que antes es talvez por dos razones. Primera, porque se trata de pensar nuestro presente,que es envolvente, no un pasado sobre el que guardemos una cómoda distancia.Segunda, porque el poder de contaminación mental de la llamada sociedad delconocimiento es inmenso, tanto o más opresivo que el de una mitologíamedieval. Desde mi experiencia como profesor, y como adulto rodeado dejóvenes, no sé muy bien qué pensar de las nuevas generaciones. Pervive unaadorable energía juvenil, un coraje y una generosidad intactos, atemporales.Al mismo tiempo, hay toda una moda joven, mimada por el sistema, que es casilo peor de este mundo. Ser joven nunca fue garantía de nada: los neonazisson jóvenes. A cualquier edad la juventud es un don, una actitud de aventuraque nunca debimos perder. Pero hoy existe una trampa mortal con cara juvenilen la conexión masiva, dirigida en la sombra por cerebros seniles. Nuestradiversión obligada esconde una especie de fascismo emocional manejado porexpertos muy maduros. Bajo la costra novedosa de estar al día buena parte delo que el sistema nos ofrece es reiterativo y viejuno. Si un cambioverdadero fuese posible, tendría que venir de una alianza, en cada uno denosotros, entre el corazón y la cabeza. Entre una jovialidad muscular, quenunca debemos perder, y un cierto temple anímico. La verdad, no sé si esecambio se puede sentir muy próximo.P: – En su obra ha analizado la sociedad y el mundo actuales. Durante lapandemia escribió En espera y Sexo y silencio. ¿Que ha supuesto parausted el Covid y cómo se ha reflejado la experiencia en estos libros, en suforma de afrontar el momento? ¿Qué pretende con ello?R: – Escribí mucho en estos últimos años, madrugando incansablemente paraapartarme de la histeria colectiva y seguir pensando sin pánico, al margendel estado de excepción permanente que difunde el Estado-mercado. Lapandemia fue también un experimento temible de gobernanza basado en laobediencia masiva. Intenté librarme de todo eso y seguir afrontando una vidacomún que siempre fue mortal y nunca debe sentirse segura. Ni tampoco cederante el miedo al peligro, unos accidentes externos que son inevitables. Esosdos libros, muy distintos, tienen en común el himno al coraje de una viejalibertad. Actualizan también una ironía crítica sobre los grandes mitosgregarios de este momento histórico, unos titulares que nos hacen esclavosde una percepción falsa y masiva de la realidad. Pienso que nos hace faltaun nuevo realismo, que tendrá que volver al suelo y atreverse a ser sucio,muy poco correcto.P: – Realmente, ¿es el Covid el virus que más ha debilitado física ymentalmente a la humanidad?R: – No, el virus que más está debilitando a la actual humanidad es elmiedo. Y la consiguiente depresión, que le da la espalda incluso a latristeza. Lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. Parece queesto lo sabe muy bien el poder y sus expertos aliados, que se pasan la vidaasustando a la gente para que así dependa de la solución global que ellosmanejan. El miedo es necesario, sobre todo en la medida en que nosdespierta, pero tenemos que modularlo. En el fondo, cada uno de nosotrosestamos bastante solos, como hace mil años. Igual que entonces, hay quemorir un poco cada día para poder ser eternos e inventar un modo deinsolencia con el pánico inducido por el poder de turno.P: – Cuando estamos a punto de recuperarnos de la pandemia y de su crisissanitaria, social y económica, se produce la invasión rusa, un conflictolarvado que justamente estalla ahora. ¿Es una casualidad?R: – No lo creo. Una cosa y otra tienen en común la histeria ante lo otro,un pánico infinitamente manipulable. Tal como lo encaramos y lo provocamos,pienso que no es ninguna casualidad este conflicto con los rusos. Parece quelos gobernantes, y un «cuarto poder» que casi siempre es cómplice de lacasta política, buscan mandar desde la excepción, desde una catástrofeinminente que mantiene al público cautivo y lleva las poblaciones a unaobediencia bovina. Tal vez por esta razón el comando estadounidense denuestra indignación, tan unánime como sorda, no tiene ningún interés enacortar el conflicto de Ucrania.P: – ¿Qué opina del papel que están teniendo los medios de comunicación ylas redes sociales en esta espiral?R: – Esta es la palabra clave: espiral. Los medios y las redes se dedican aalimentar una dependencia viral, en bucle. El sistema busca que nadie tengaimpresiones propias, libres de la empresa política y el inmenso negocio dela percepción masivamente guiada. La función de los medios es adelantarse alas sensaciones populares, lograr que la más elemental percepción estéregida por los grandes grupos de opinión y los modelos políticos sectarioscon los que debemos encarar el mundo. Este colectivismo ilustrado,personalizado a la carta para que cada uno tenga un papel de espectadorinteractivo, es un sistema tan despótico como el viejo feudalismo. Pero máseficaz, pues se apodera de las almas con una violencia autista, vegana. Poreso tanta gente parece abducida. El derecho de pernada se cambió por elderecho de mirada, donde cada uno puede aportar su opinión en una vigilanciaintensiva. La libertad de expresión es el cebo que hace invisible nuestranula libertad de acción.P: – La dinámica en la que estamos muestra retrocesos y síntomas de lo quealgunos autores consideran una medievalización. ¿Qué piensa usted?R: – No estoy lejos de ese diagnóstico, aparte de que hoy no sabemos casinada de una Edad Media sistemáticamente injuriada. Parece ser que todo loque permanece en la sombra implica hoy un déficit. Por todas partes funcionauna especie de feudalismo horizontal, inclusivo y transparente, que no nosdeja respirar. También la coacción es horizontal y dispersa. Hasta en lasalud, en la orientación sexual y en la alimentación, tenemos que seguir lasmodas dictadas por el Estado-mercado. Como se ha dicho, somos prisionerospolíticos del terrorismo de la actualización, de un entretenimientoviolentamente inclusivo.P: – ¿Qué se podría hacer para rebelarse contra esta dinámica de retroceso yquién podría o debería hacerlo, teniendo en cuenta que también la políticaestá en crisis?R: – La política es parte de este espectáculo de entretenimiento que tienela función de mantener apretadas las filas, detrás de nuestros líderes ynuestras tropas. Esto no quiere decir que no debamos elegir con cuidadoentre las distintas alternativas: en este conflicto con Rusia, Corbyn oMélenchon no son lo mismo que Biden o Johnson. Lo mismo ocurre con ScottRitten, Pablo Iglesias o John Mearsheimer frente al automatismo maquilladode una Ursula von der Leyen. De Pedro Sánchez ni hablo, pues es un simplecamarero de la corrección europea, de nuestro servilismo ante un delirioestadounidense que cree hablar en nombre del bien universal. Ahora bien,estas elecciones políticas, entre ideologías tan distintas, dependen de unainsurrección personal que debemos mantener contra viento y marea. Nadie va abrindar cobertura a la vida de cada uno, a nuestra común soledad. Solo apartir de ella podemos encontrar nuevas comunidades que resistan a lainfamia global, en realidad muy sectaria.P: – ¿Tiene en proyecto algún nuevo libro ahora mismo?R: – Ninguno, por ahora me los he prohibido. Estoy muy ocupando en defendery explicar esos dos libros que, modestia aparte, considero tan necesarios,Sexo y silencio y En espera.P: – En alguna ocasión me ha comentado que tiene una mentalidad«apocalíptica» ante los desafíos actuales. ¿Cómo ve el futuro de lasociedad, cuando menos la europea? Supongo que Galicia está dentro de estecontexto general. ¿O ve alguna particularidad en nosotros?R: – La palabra «apocalipsis», etimológicamente, recuerda la idea de revelaralgo desde lo oculto. Pienso que solo una nueva sacudida anímica puedesalvarnos, librándonos también de una envolvente legión de salvadoresprofesionales. Para eso habría que atreverse, en algún momento crucial, aestar solos. ¿Cómo ser optimista en el momento actual, cuando los poderesestablecidos consiguieron una obediencia de masas tan perfecta, sin límitesaparentes? En este punto, no sé si la obediencia toma en España nivelesparticularmente apocalípticos. Siento decir que Galicia casi siempre pareceun reflejo melancólico del miedo incrustado en el resto del estado. Elfamoso «sentidiño» podría ser una versión hipocondríaca de la servidumbreque se vende en toda Europa desde el norte, envasada especialmente para lospaíses vicarios del sur. En pocas partes la obediencia fue tan unánime comoaquí, donde las voces discordantes son tachadas rápidamente de negacionistaso «hijas de Putin». Es como si la positividad triunfante fuese una verdadreligiosa que solo puede tener herejes, aunque hoy no se les lleve al fuego,que nos apesta, sino a la invisibilidad y la cancelación. El silencio al quese condenan las voces disidentes es la cara siniestra y oculta de ladiversión espectacular, conseguida con una alianza temible de mayorías yminorías, de derecha e izquierda. ¿Se puede dar algún cambio importante eneste panorama de servidumbre interactiva? No parece fácil, pero quién sabe.La gente vive como hechizada, inmersa en una especie de automatismo anímico,pero a la vez podría estar aguardando algo. Lo cierto es que hoy en díaapenas conocemos a los vecinos, así que mejor preservar un fondo de dudaoptimista.

Taller: El vértigo de tener un cuerpo

El problema comienza con el verbo tener. No tenemos un cuerpo como tenemos un utensilio cualquiera. Tal vez Platón no se equivocaba cuando insistía en que el cuerpo nos tiene. Nadie nace en un cuerpo equivocado. Cualquier significado que seamos capaces de alcanzar se debe a un archipiélago de influencias que surge a través de un receptáculo corporal que no controlamos ni elegimos. Desconocemos lo que quieren decir las palabras alma y cuerpo, dónde acaba una y dónde comienza el otro. Solo hay fuerzas, eso es todo. Toda dolencia en el cuerpo es señal de que algo en el alma no va bien. Incluso las extravagancias carnales más inconfesables son engendradas por la aspiración espiritual a una independencia soberana. A la inversa, no hay ninguna necesidad corporal que no sea a la vez un deseo de mundo, de un cambio.

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