El dios de las bestias

Para Jazmín Rincón

“No quiero ser adoptada en ningún ambiente, no deseo habitar en un medio en el que se diga ‘nosotros’ y ser parte de ese ‘nosotros’, no quiero encontrarme como en mi casa en ningún medio humano, sea cual fuere. Al decir ‘no quiero’ me estoy expresando mal, pues, en realidad, bien lo querría. Todo eso es maravilloso, pero siento que no me está permitido. Siento que me es necesario, que me está prescrito, encontrarme sola, extranjera y exiliada respecto a cualquier medio humano sin excepción”.

Simone Weil.

 

No hace falta que lo afirme Lacan hablando de Duras. La literatura y la música siempre han ido por delante de la ciencia y la filosofía a la hora de diagnosticar la salida de una época: vale decir, la conversión de los síntomas de su mal en formas de lenguaje, en un bien potencial, al menos implícito. Buscando a tientas una solución sin general, dice Deleuze bromeando con nuestros emblemas, la literatura y la música encarnan la cura a través del mismo veneno que nos amenaza, con una metamorfosis del infierno de vivir en un limbo habitable. Además de uno de los libros de pensamiento más densos del pasado siglo, Aprendizaje es algo así como una novela de formación (Bildunsgsroman) invertida, o sea, vertida en un universo post-nuclear. Vale decir, un documento de la deformación traumática que nos rehace: forzosamente, narra algo que ocurre bastante más allá de la adolescencia y la juventud. Lo que se debate entre Lori y Ulises es cómo reconstruir la vida desde la madurez de la muerte, desde la muerte en vida. En este aspecto, además de una crónica existencial con apuntes de teología negativa, Aprendizaje es una reivindicación del trauma fundamental para el que se supone que hoy tenemos cobertura. Manual de heteroayuda, ofreciendo el cuidado que viene de la intemperie, de la perdición irremediable que a los progresistas nos aterra. Es posible que la madurez otorgue, como a Lori y Ulises, la libertad soberana de una juventud que nunca hemos tenido, un momento de gracia entre la vida y la muerte [1].

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La soledad de un violador de fondo

“La vida rugosa, áspera y casi siempre mezquina, y de tiempo en tiempo un rayo de luz”

Conocí a Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) por una entrevista reciente contra la corrección política y el arte infame que genera. Con ese breve bagaje entré en lo último que encontré de ella, Degenerado (Anagrama, 2019). Con una actitud inicial un tanto escéptica, dada la desconfianza que a algunos nos produce el éxito, enseguida nos topamos con un lenguaje muy rico y conciso para narrar, precisamente, la extrema miseria de nuestro mundo. Algunos dirían que puede haber desde el comienzo concesiones a lo que se ha llamado pornomiseria, pero el foco de Harwicz no se fija en los otros, en los de siempre, sino en nuestro mal. Pronto conmueve la sequedad de su escritura, de una crueldad sobria, minuciosa, plegada paso a paso a los escenarios de la vida más oscura. Tal vez esto no se puede fingir. De manera que la trabajosa construcción de Degenerado ni siquiera parece una “construcción”, de apretada que está a los intersticios de un sufrimiento innombrable.

Es tal vez secundario si el laberíntico monólogo de su protagonista sin nombre, acusado de violar y matar a una niña, le hace finalmente inocente o culpable. Lo que parece crucial en esta historia, y es lo que más duele, es la furia hipócrita de una sociedad que estimula por doquier la perversión para después regodearse en su castigo.

Al principio podría pensarse que Harwicz usa la carnaza de moda, con un “manoseo” que ya parece en la cuarta línea y un registro de sórdidos abusos que se mantiene. Aparentemente, ningún tema de moda en nuestro apocalipsis es ajeno a sus poco más de cien páginas: la pedofilia, los viejos verdes, los padres aberrantes, el aparente horror sórdido que son los adultos, particularmente el varón. Y los pobres hijos, “ventrílocuos de papá y mamá”. Hasta aparece, muy pronto, el sufrimiento judío y el tímido intento de boicot al actual estado de Israel. Degenerado no deja ninguna de las pistas que puede hacer un libro muy vendible. Pero esto Harwicz lo hace muy bien, con toda la crudeza del mundo, con autenticidad y sin vergüenza, como acaso solo una mujer puede atreverse: “Las niñas saborean que les metan mano y más cuando se trata de un chico que les gusta… muchas se hacen las inocentes pero en el fondo son mujeres y les puede gustar tanto un chiquito como un señor, lo salvaje no distingue” (p. 95). ¿Qué hombre se atrevería a escribir algo así, aún poniéndolo en boca de otro? Si el autor fuese masculino, probablemente saldría despedido de la visibilidad y el éxito hacia las cloacas de la más irreversible condena.

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Estrategias Fetales

“La producción técnica es la organización de la separación”. M. Heidegger: “¿Y para qué poetas?, Holzwege.

 

Toda la violenta incomodidad de este hombre, cuyo estilo a veces roza para nosotros la filigrana incomprensible, proviene de un orden histórico que ha conseguido totalizar un viejo sueño de la humanidad: la furiosa aversión a la vida común y la esperanza de una prisión ideal que nos salve de ella, como ya pronosticara Nietzsche hace cerca de siglo y medio. No se puede entender casi nada del pensador de Las estrategias fatales sin tomar en serio esta escandalosa afirmación nietzscheana: la fuerza decadente de Occidente proviene de una aversión a la finitud, el suelo mortal en el que vivieron nuestros antepasados y en el que siguen viviendo la mayoría de los habitantes de la tierra. Y hay que insistir en que de esta voluntad de separación proviene un poder temible, el que detentan los que han conseguido elevarse y desde ahí se erigen en vanguardia histórica, imbuida de una misión trascendente.

 

De este orden social mayúsculo, de su espíritu de organización sin precedentes, proviene, como su envés, la energía caliente de Baudrillard. En correspondencia con una separación día a día más portátil, la analítica de Baudrillard (retomando una tradicional distinción de Eco) lograría un pensamiento apocalíptico integrado, incrustado en esta normalización total que ya corre por nuestras venas. En tal aspecto el pensamiento de tantos libros, a pesar de su fama de cinismo político, es insobornable en su resistencia ontológica y cultural. Pocos como él han mantenido el sur de una trágica referencia real que nos convierte a nosotros, los elegidos por la urbanización norteña, en una cabina artificial muy frágil, siempre a punto de depresurizarse. Baudrillard no quiere además que nadie se parezca a nosotros porque ya nosotros no nos parecemos a nosotros mismos, solo a una caricatura de la estirpe que fuimos. Critica al orden occidental por su voluntad total de despegue y perfección, no por sus defectos parciales. Se puede volver a hablar aquí de elitismo, pero solo si se ignora la desvitalización, el maltrato microfísico al que Baudrillard se enfrenta.

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¿Por qué odiamos tanto a Maradona? – Marcelo Barros – Psicoanalista

Texto de Marcelo Barros

“Violador, pedófilo, putero y maltratador” fue la descripción que la futbolista española Paula Dapena hizo de Diego Armando Maradona. Mientras su propio equipo homenajeaba al fallecido, ella hizo valer su protesta en el Día internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, demostrando a la vez el estatuto viril del esprit de corps. La fecha del 25 de noviembre conmemora la muerte de las hermanas Mirabal, asesinadas por sicarios del dictador Rafael Trujillo de la República Dominicana. Era más que esperable la desazón de muchas mujeres que trabajan, militan o se preocupan para tratar de prevenir o reparar la violencia que aqueja a tantas otras o a ellas mismas. Sintieron que el valor de esa fecha era opacado por la abrumadora atención que convocó la muerte del ídolo popular. Peor todavía, -y es lo fundamental- un ídolo que era un referente de una masculinidad no “des-construida”, y que cargaba con una dilatada lista de deméritos “machistas”. Sin embargo, nadie ignora que Maradona fue algo más que un jugador de fútbol. Fue un símbolo ambivalente que pasó a la leyenda. Muchos lo amaron y otros tantos lo odiaron. Y hay que resaltar que ese odio se hizo explícito sobre todo en dos sectores de la sociedad argentina: los liberales y las feministas.

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LEJOS DE RUSIA, CON AMOR

Ustedes los occidentales están muy solos.
A. Sokurov

Cuando en tardes de julio atraviesas la dulce campiña gallega por tierras de Xixirei, volviendo de tus clases de inglés con Estella y ese obsesivo Forever changes en la cabeza -¿qué queda en ti que ya no sea una obsesión?-, piensas escrutar Rusia con un lirismo fortalecido por los años, arrancar las costras del prejuicio y encontrar los tallos verdes en la nación de Chéjov, Tolstoi y Limónov. Más tarde, esperando la salida del avión en ese gigantesco acelerador de partículas que es la T4, se te ocurre un emblema: “Vivir en un mundo tan expandido que todo viaje sea bajar“. Sin embargo, la dimensión de lo que encuentras en ese país de historia violenta de diez siglos, y treinta grados bajo cero invernales, enseguida te perturba. La escenografía sombría de las afueras de la ciudad a las 7 de la mañana, recordando la sombría monotonía del Este, el sueño, la barrera infranqueable del idioma, el joven taxista mudo en su coche destartalado, los primeros funcionarios inescrutables, todo esto pone a prueba desde el principio tu viajera voluntad californiana de los años setenta. Igual que la grandiosa extensión de San Petersburgo entrevista en el paseo de media hora larga entre Petrogradskaya Storona y Nevskiy, donde has quedado en tu primera cita.

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