INDIA SONG. M. Duras (1972)

«La lluvia disminuye. En su lugar una luz blanca, manchas lunares en las avenidas del parque. No sopla viento. Los tres cuerpos de ojos cerrados duermen»

«La historia de amor inmovilizada en el punto culminante de la pasión. En torno suyo, otra historia, la del horror -el hambre y la lepra mezcladas con la humedad pestilente del monzón-, inmovilizada también en su paroxismo cotidiano». La mujer, Ana María Stretter, es como si hubiera nacido de ese horror. Está en medio del horror con una gracia en la que todo se abisma, con un silencio inagotable». Cerca de esa mujer, fascinante por la dulce belleza con la que parece bailar en ese vértigo, giran unos cuantos hombres, entre el éxtasis y la parálisis.

Una sonrisa que no acaba da miedo. Entre adelfas y palmeras de un parque tropical, Duras nos narra la lentitud de los que no van a ningún lado, de aquellos que no pueden escapar, como en algunas pesadillas. Podríamos situar esta obra dentro de un teatro experimental afectado por la inmovilidad, tal vez no muy lejano de algunas composiciones de Beckett. Lentitud, cambios de escenario y luces, vértigo, cuerpos dormidos o bailando, voces y sombras… Voces, una dulzura perniciosa. Su delirio es la vez tranquilo y ardiente. Casi nadie alza la voz, en una constante suavidad que aumenta el espanto. La angustia se desenvuelve en un escenario de altura. Hasta parece que los enrejados de los campos de tenis son parte de esa angustia. Así como el cargo diplomático de casi todos los personajes en el ambiente exótico y miserable de la India.

El amor, también el que ella genera, no puede con el horror. Más bien lo acoge en su seno, lo prolonga hasta una dulzura extraterrestre. La lluvia no se ve. Solo se la puede oír. Como si lloviera en todas partes menos en ese parque excluido de la lluvia. De ahí esos personajes en suspenso, las escenas detenidas, agotadas por una historia anterior de la que poco más sabemos que de su cansancio.

La luz es distinta, parece venir de fuera. Es azul, lunar. Incluso los objetos, la bicicleta roja de Anna María, parecen dar miedo. Pero la música lo inunda todo, como si el conjunto fuera una partitura para interpretar y descifrar. Tal vez para resaltar un misterio de fondo, hay algo de mecánico en esas veladas diplomáticas, en esa coreografía colectiva de bailes, conversaciones entrecortadas y música, gente que entra y sale, que mira en una dirección u otra. Como si todo tuviera un sentido roto o fuera visto en el absurdo, empujadas las escenas que se superponen, las luces que cambian y los personajes y voces que se superponen, por un oculto resorte.

 

Gritan regularmente los mercaderes, hay ladridos de perros, llamadas lejanas. Los rumores de la gente, del viento, de la proliferación vegetal, ayuda a una mezcla onírica de realidad y sueño. Todo ello bajo la lentitud de pesadilla de los ventiladores que no consiguen aliviar un calor infernal. Los que hablan no son nunca los que se ven. Duras busca una discordia de los sentidos, que el horror que cuenta no pueda ni apoyarse en la continuidad de los sentidos. Todas son escenas dislocadas, sin correspondencia, en las que el espectador debe abismarse o poner su hilo. Además, las voces femeninas y masculinas producen un efecto de extrañamiento, de tal modo que nunca podemos descansar en ninguna situación. Hasta los mendigos parecen a veces sentir miedo, tal vez de una miseria moral mayor que el hambre o la lepra.

En realidad, la lepra parece brotar de los corazones de esta gente rica, que nada en una opulencia similar a su vacío. Solo el amor, tensado hasta el paroxismo, parece querer saltar por encima de esa inmovilidad, de esa lentitud que no va a ninguna parte. Finalmente, el amor aumenta la inmovilidad y no puede con nada. Los personajes ni pueden morir. Anna María, sencillamente, desaparece en lo que parece una evasión trágica, pero implícita.

La amo con deseo absoluto. No hay respuesta. Silencio. Cada escena, cada personaje funciona solo, aislado en pensamientos apenas susurrados. Parece que solo la desolación une a esos grumos de vida. Los personajes son expulsados de un obra anterior, El vicecónsul, lo cual tal vez aumenta su aislamiento, a la manera de calcomanías recortadas, pegadas en una superficie extraña. Están como solos. Les separa el cansancio de la noche. A veces hasta los criados cruzan las salas como si no vieran a los invitados. Hay una especie de ceguera, nuestro sentido mayor, que intenta ser suplida por los sonidos, los rumores, algunas frases sueltas, casi caídas.

La luz violeta en la niebla del Delta. Unos lugares se transmutan en otros, en una fluidez cromática y musical del mismo vacío. Con cambios continuos de luces, de músicas, de franjas horarias y de escenas. La opulencia obscena de los decorados, esas rosas traídas todo los días del Nepal, rezuma una desazón que perece duplicar el horror popular de la lepra y el hambre. De hecho, parece haber una complicidad oculta entre Anna María y esa mendiga que les sigue, desde hace diez años, entonando la canción de Savannakhet. Y sin embargo, puede que ese confort autista es el que hace de la India un abismo de indiferencia, donde Los leprosos estallan, como sacos de polvo.

Bruscamente, estallido de la inmovilidad. Una de las cosas que parecen perder a Anna María es que todos -el Joven Agregado, el Vicecónsul…- la adoren, sin nadie que le diga: AmaSal de tu noche (P. Verlaine).

Ella se da a quien quiere tomarla… Cristiana sin Dios. Anna es como una encarnación adorable del vacío. Entre otras mil, hay una frase que le encantaría a Lispector: El latir de tu corazón me da miedo. Pero Lispector, incluso en La hora de la estrella, lleva toda desolación a la carne, a una vida llena de vida. Marguerite Duras no, pues lo deja todo en suspenso. En cierto modo, el magnetismo de India Song, su despiadado vértigo, culmina el nihilismo de la laicidad francesa y europea. Hay una tensión aterradora. Pero nada rompe el tranquilo encanto de la muerte.

No se duerme, se espera la llegada de las tempestades. Me pregunto si, con toda su altura ética y estética, no hay en esta obra una cobardía en el hecho de no dar el giro final, que sí dan Lispector y Weil, hacia un desamparo vuelto hacia lo abierto, trasmutado en cierta inocencia. Hacia una dulzura pueril, que asuma todo el vértigo de vivir dentro y sin embargo no sea terrible. Como esas luces teatrales que cambian, pero hacia una día que acoge y hace fluir la noche. Tal vez la propia Duras reconoce algo de esto cuando al final dice: ¿Cuál es el mal? La inteligencia. Esto es, la inteligencia que no es capaz de volver a una imprescindible necedad.

Ignacio Castro Rey. Picón, 19 de abril de 2022

Cuando el milagro y la lluvia no llegan

Posfacio de Ignacio Castro Rey al libro El nacionalsocialismo como doctrina del rencor, de M. ter Braak

«El pasado lleva consigo un índice temporal mediante el cual queda remitido a la redención. Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes que nosotros, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos». W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia (§ 2).

 

«No sabemos nada de lo que vendrá después de un corto plazo, no sabemos si una seguridad petrificada será peor que la imperante inseguridad del salteador de caminos internacional», escribe Menno ter Braak en «La nueva élite» (1939), recogido en el volumen que el lector tiene en sus manos. Al margen de nuestros diarios escándalos raciales, estos días precisamente en Holanda, ¿seguro que la seguridad petrificada de este bienestar, con su indisimulable supremacismo tecnológico y social, no es el resultado de un triunfo democrático del ideal ario de elevación, aunque ahora hable inglés en el plano de una poderosa economía y de una espectacular cultura normativa? Sea cual sea la respuesta a esta pregunta, quizá exagerada e injusta, no podemos ocultarnos por más tiempo que hoy sabemos muy poco del nazismo, tópicos informativos aparte. De igual manera que tampoco recordamos nuestros escasos esfuerzos, teóricos y prácticos, para pararlo. Tal vez matando, al precio de matar algo infecto en nosotros mismos. Ni cuánta fue nuestra complicidad, nuestras dudas, nuestra cobardía al mirar para otro lado. Nuestra impotencia incluso cuando queríamos mirar de frente.

 

Mientras tanto, contra aquella desidia democrática que quizá se prolonga hasta hoy, destaca en los Países bajos la intensa labor provocadora de Menno ter Braak (1902-1940), agitador político y cultural, fundador de la revista Forum, editor del periódico liberal Het Vaderland y activista del Comité de Vigilancia van Haakzaamheid, ideado para denunciar la amenaza que supone el nacionalsocialismo. Quizá pocos imaginaban entonces hasta qué punto esa amenaza era total e inminente.

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Hacia el encuentro

Texto de Ada Naval que presentó Sexo y silencio, el lunes 22 de noviembre en Madrid.

Quiero comenzar la presentación del libro de Ignacio Castro con una pequeña anécdota: el sábado por la noche, a eso de las once, una hora después de ese momento en el que se dice que ya no pasa nada bueno, un chico rodeado de más chicos recibe una llamada. Responde con cierto fervor propio de haber bebido, también porque la persona que está al otro lado del teléfono es su pareja. La llamada está motivada por algo muy cercano a eso que Ignacio apunta en las primeras páginas del libro cuando escribe que “todo lo que nos importa y obsesiona […] linda con una noche”. La persona que llama dice necesitar hablar porque ya no puede más. Necesita hablar, a toda costa, superponiendo ese individualismo característico de la sociedad actual, que se critica a lo largo del libro que pretendo presentar. Si he querido comenzar con esta anécdota tan común, tan poco puntual, tan continua que deja de ser anecdótica para ser una problemática constante de las relaciones actuales, es porque ejemplifica de qué manera el silencio se ha ido a pasear a una noche mucho más oscura de lo que pudimos imaginar. Lo único que permanece en esa llamada es, creo que lo están intuyendo, el sexo.

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TUVE UN LIBRO EN LAS MANOS

A pleno pulmón, como los tísicos

 

Son inevitables las repeticiones en este texto, pues hay cosas tan difíciles que han de volver cien veces para que las creamos. No importa si tal o cual idea no es exactamente fiel a la intención del autor de Todos los días. Importa que esta lectura corra en paralelo y dé lugar a un encuentro. Para que eso ocurra, hubo que escoger y acentuar en una larga maraña.

 

Destituyendo al sujeto para que acontezca lo real, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único, trabajando el instante donde ocurren las cosas. De ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en esa jaula dorada de unas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. ¿Para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día?

 

El poeta se hace preguntas secretas, el filósofo se hace preguntas secretas. Todo el mundo se las hace, con más o menos discreción, con mayor o menor disimulo. Por miserable que sea, no hay hombre que no sepa algo del dios de las preguntas sin respuesta.

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Feria

(Ana Iris Simón, Círculo de Tiza, 2021)

 

«Comprenderás que lo que hay en su mirada cuando mueve la mano para despedirte se llama serenidad y se llama orgullo. Y no hay nada más bello que el orgullo que se permiten los humildes». Casi faltan palabras para expresar el torbellino de emociones que genera este libro. Hay en Feria una empatía con la fealdad popular, con la divina vulgaridad de esta humanidad que jamás sabremos qué es -a pesar de que Pasolini, el neorrealismo y mil esquinas más de nuestra vieja cultura le han dado muchas vueltas-, que subyuga. Ya llovió desde que no caía en las manos algo tan auténtico, tan rico en matices y tan valiente. Hace falta valor para decir las cosas que Feria, hija del ateísmo de izquierda, dice sobre el progreso, los padres, Dios, los señoritos, España y los humildes.

Confieso que amé a esta mujer mientras ella a la vez amaba y se peleaba con el mundo que atraviesa, día a día más desvaído. La alegría desaparece -dice ella- cuando todo se convierte en una feria, en la diaria feria de las vanidades. No obstante, a diferencia de muchos de nosotros, Ana Iris Simón vive y deja vivir. No se ahorra penetrantes y graciosas ironías sobre las escandalosas grietas de nuestra modernidad, sobre este moralismo que nos ha puesto en manos de otros amos tan soberbios como los anteriores. Pero todo ello sin veneno, con una ternura de fondo que tiñe incluso lo que rechaza. Toda una lección para los que nos pasamos media vida matando moscas a cañonazos.

 

Pongamos que Feria es una crónica de los últimos veinticinco años de una chica de pueblo que mantiene una vehemente fidelidad hacia la familia y las costumbres, la vulgaridad cotidiana y la España vacía, entre agropecuaria y poligonera. Todo entra en el molde de esta inteligencia del corazón, su padre «ateo monoteísta» y su madre ferianta, la abuela María Solo que la peina como nadie, su hermanito que, de puro sabio, nació viejo. Sus primas y toda una legión de parientes, el territorio naranja de La Mancha y un lenguaje popular que sigue lleno de una riqueza impensable. Simón encuentra un sextante en ese dédalo de palabras, personajes y besos en cadena, una sencillez manchada de verdades, cuidados y una generosidad sin testigos.

Ni por asomo se les ocurra pensar que estamos ante un libro ingenuo, fácil y sentimental, como una mera elegía de un mundo que se pierde. Es todo eso, pero también mucho más. Este libro hiere, y lo hace con una alegría de la que ya no teníamos memoria. Hay como una oda salvaje a una España que desaparece. Una rabia constantemente contenida, mezclada con el culto a los ancestros,  un relicario de saberes olvidados y unos seres poliédricos que vuelven, cada vez con distinto rostro.

Bendita procesión. Es como si la «España vacía», la que hemos vaciado con nuestra devoción paleta por la bisutería europeísta de esta época, se tomara la revancha asaltando nuestra conciencia con ojos un poco espantados. Hace falta valor para creer en un dios, en algo sagrado, desde una planicie de esparto sin grandiosas elevaciones. «La única hierofanía posible en La Mancha se produce si uno alza la vista y comprende que igual es sobria y austera en el suelo porque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley». Que es justamente lo que hoy se evita, ir más allá de uno mismo: no queremos ventanas, solo pantallas. Nuestra incredulidad religiosa es un problema de narcisismo, proviene de una creencia desesperada en el Yo y sus radiantes conexiones. Sobre todo esto Ana Iris es ferozmente sonriente.

Esta nación, que ha pasado sin solución de continuidad de ser católica de religión a ser católica de ideología -pero igualmente jerárquica y obediente- es de temer que tomará Fiesta por un libro nostálgico. Nada más lejos de la realidad. Lo que nos encontramos son ironías deliciosas sobre la Europa del Erasmus y la unión dinásticas  de las clases medias, con esa ilusión estándar de estudiar dos carreras y un máster en inglés. Encontramos también la grandeza impersonal de los nombres, una misteriosa procesión de figuras e intrincados vínculos familiares. Como si todos, pequeños y mayores, fueran hijos que portan una larga herencia. El artículo determinado «la» o «el» –la Ana Mari, la Vanesa- le da carácter de especie a cada individuo, como si cada quien fuera un universo inexpugnable. Hasta Cortázar decía, recuerden: Parece una broma, pero somos inmortales.

Es tal la ternura de esta mujer, su fidelidad a un tiempo que ella ama mientras los siente agonizar, que hasta hay una épica de las marcas de ayer: desfilan Thermomix, iPhone, Ikea, Burger King, Maxi-Cosi… Sin olvidarnos del puticlub del pueblo y de los niños que arrojan petardos, sin preocuparse de asustar a los perros. «Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto». El mayor logro del liberalismo, dice Simón, además de haberse hecho pasar por neutral ausencia de ideología, por lo normal y aséptico, es hacernos olvidar que en paralelo a su modelo económico corren también unos valores. No muerto, sino asesinado Dios «es el ocio el que es el opio del pueblo… Daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso».

Ahí es nada. Las ironías de Feria sobre esta «nueva nación-rotonda» son impagables, a mil años luz de la mitología de la que viven los neopijos que gestionan nuestra credulidad laica. «Nada nuevo bajo el sol: señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es». Como también son impagables, por poner otro ejemplo destacado, sus reflexiones sobre la deconstrucción de la masculinidad y hasta qué punto eso también deja insatisfechas a las mujeres. La flamante «moto que nos habían vendido con la incorporación de la mujer al mercado laboral como vía emancipatoria» deja a las mujeres abocadas al Satisfyer, para abrazar la precariedad también en lo sexual.

Este mundo se parece cada vez más a una competición de plañideras. «Sin horarios ni ninguna raíz salvo la que agarra en el corazón, sin más seguridad que la de no tener jamás una rutina». Éramos y somos unos mediocres y «a los mediocres no les gusta intuir nada que aspire a lo sublime o a lo épico». Así que trabajamos constantemente para destruir cualquier atisbo de ello. Por eso estamos tan ocupados, porque hay que deconstruir cada minuto de vida, con este empeño nuestro por desnaturalizar todo a fuerza de explicitarlo. «Ser niños es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo tiene que ser contado».

Hay un sinfín de cosas -el amor romántico, por ejemplo- que nunca debió existir, así que vivimos en una especie de genocidio retroactivo. Entre ironía e ironía, a veces de una ferocidad risueña, Simón mantiene un viaje poético a ras de tierra. Ella no lo dice, apenas lo insinúa, pero -aparte de fragmentos de una inusitada cultura- es obvio que no se puede describir así lo popular si no se tiene un pie fuera. Aunque los pueblos, a decir verdad, siempre han tenido un pie afuera, por ateos que fuesen.

Por más que algún pasaje sea melancólico, en ningún momento Simón arroja la toalla de una enérgica alegría popular. El mundo está lleno de Sanchos. Todos creen ser los más cuerdos, los más sensatos. «Lo que no saben es que, en su persecución del número, de lo conmensurable, de lo tangible, están cometiendo la insensatez de dejar de lado la obcecación, lo invisible y la intuición». Quedan ya pocos Quijotes, sigue desgranando Feria, pero es que realmente nunca hubo muchos. «Mientras la llama de su espíritu siga presente, y he visto el crepitar en sus miradas, iremos ganando la batalla».

Por en medio, Ana Iris no deja de reafirmar su regusto por lo popular, incluso por el reguetón: «Mi Lorna, a ti te encanta el mmm, que rico el mmm, sabroso mmm». Ay, dice ella, ese estar nadando en sopicaldo penevulvar. «Los chicos, los hombres, no pierden la capacidad de jugar… Pasada la adolescencia las mujeres dejamos de permitirnos jugar, se nos olvida cómo se juega. A los hombres no, y esa es una de las razones por la que me gustan los hombres».

«Aquello que realmente amas, escribió Ezra Pound, nunca te será arrebatado porque es tu verdadera esencia». Hay que embarrarse porque el barro, no solo según Pasolini, es materia pobre y por tanto pura. «Nos pasamos la adolescencia y la primera juventud deseando no parecernos a nuestros padres y cuando crecemos, o igual es que crecemos por eso, nos damos cuenta de que casi todo lo que tenemos de bueno no es nuestro, sino suyo».

Feria va por la quinta edición, pero no hay ninguna garantía de que la nueva brigada político-social, armada de una convicción normativa no menos erecta que la antigua, no la acabe enviando a la hoguera en la que hoy arde todo lo que está vivo y molesta.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 28 de febrero de 2021