un habitar más fuerte que la metrópoli

Al menos en este país, uno nunca sabrá muy bien a qué se dedica la izquierda. Aparte, claro está, de esa eterna partida de dominó con distintas élites empoderadas. También entre ellas la lectura está en declive, como si el progresismo aspiracional tuviera suficiente con los clásicos de su santoral, que citan de memoria sin leerlos, y con la bendita “trampa de la diversidad”, aunque ese otro libro pocos (a pesar de las ventas) leerán. Por no salir de lo seguro, ni se atenderá a Fahrenheit 11/9, pues el documental es complejo y ideológicamente no alineado. No olvidemos que el capitalismo, en el sentido espiritual que decía M. Thatcher (para quien la economía era solo un medio), es precisamente una incansable ideología de selección que ignora lo que sea problemático y no esté en primera línea de la eficacia pública. No hay por tanto una crisis del papel, sino una crisis de la piel, del encuentro, de la búsqueda y la presencia misma, con todos sus fantasmas. Y la izquierda seguirá cómplice del sistema mientras se alimente de las mismas fuentessecundarias que “todo el mundo”, de esa rotación incansable de los comentarios, de revelaciones que no revelan nada, excepto más comentarios que serán desmentidos al día siguiente. Parece que cualquier cambio real será imposible mientras su vanguardia sea presa del índice de audiencia.

Muy lejos del confort de estas puertas giratorias de la ideología (al fin y al cabo, un subproducto degradado de la religión), siguen esperando algunos raros libros, algunos autores. Entre ellos, lo que emana de la órbita de Tiqqun y el Comité Invisible. Siguiendo este rastro conocimos hace meses Un habitar más fuerte que la metrópoli, un extraño y bello libro del Consejo Nocturno (Pepitas de calabaza ed.) que une a la desventaja de ser rotundo el hecho de estar pensado desde México, un país que, gracias al racismo de la información, imaginamos inundado de mariachis, turistas, feminicidios y narcos.

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Ética del desorden. ¿Un índice necesario?

Queridos amigos,

A pesar de su abundante aparato crítico y sus más de cuatrocientas notas, la clave de Ética del desorden estriba en un intento de afrontar de nuevo las cosas directamente, como si éstas -sean la percepción, el espacio, la muerte o el lenguaje- todavía pervivieran en estado salvaje, libres de la inmensa capa de juicios históricos que ha caído sobre ellas desde hace mucho tiempo. No es extraño que este intento haya de ser largo, tanto como agotadora es la cobertura de mediaciones que hoy nos impide un contacto vivo con la inmediatez.

Para facilitar el acceso del lector, y una lectura más libre, he confeccionado esta guía. Para algunos, es posible que el intento de articular un índice temático de Ética del desorden sea una torpeza -incluso en relación al título del libro- y éste se explique mejor solo, sin ninguna guía que seleccione los signos enterrados que contiene.

Con esta duda, ahí va. Se ha trabajado a fondo, no sé si más para los lectores de filosofía o para los ajenos a nuestro peculiar medio. Tal vez este “mapa” ayude a situarse en esas más de cuatrocientas cincuenta páginas. Y tal vez sea un buen instrumento de verano, facilitando la lectura selectiva y desordenada de un libro que, al fin y al cabo, debe estar entero en cada parte.

Abrazos,

Ignacio Castro Rey

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Ética del desorden es un libro nacido de la amistad, de un haz muscular de relaciones que sólo parcialmente se refleja en las abundantes citas y en la lista final de agradecimientos. El libro surgió del hábito en una comunidad afectiva que incluye una relación moral con lo no humano. La prueba de la amistad es la ambivalencia de lo impersonal, lo desconocido que no tiene amigos ni es susceptible de organizar aparte. Por sí sola, la amistad ya piensa, pues se ve obligada a ordenar su hospitalidad hacia vínculos inesperados, que arriesgan nuestra seguridad estratégica.

Si Roxe de sebes fue la crónica de un áspero retiro, éste es un libro de entrada -no menos ardua- en nuestra cotidianidad urbana, mundialmente compartida. Se trata de un libro básicamente afirmativo, donde la crítica debe ocupar un lugar secundario. De ahí que no sea exactamente un tratado de ética. El título Ética del desorden juega con el encabezamiento de un libro mítico en la modernidad, una Ética demostrada según el orden geométrico(Spinoza) que tampoco es un libro específicamente moral. En él la exterioridad, el orden contingente de lo que ocurre, es el índice del ethos humano.

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Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Miguel Ángel Hernández Saavedra

LA CABAÑA PENSANTE

A propósito de Roxe de Sebes, de Ignacio Castro Rey

Y a modo de Carta

Recuerdo que, siendo yo niño, dibujaba muy bien. Mis compañeros del colegio me lo decían con la boca muy abierta, y hasta me admiraban aquellos maestros que, todavía por aquella época, no se obstinaban en ser profesores. Con cuatro o cinco años, elaboré un cómic (entonces eran simplemente tebeos). No sé por qué elegí este motivo: Cristóbal Colón. No tengo idea del porqué. Me recuerdo en el patio de la casa pobre de mis abuelos, que para mí era un palacio, en el madrileño y suburbial barrio de Usera, dibujando carabelas y, en su interior, marineros a punto de perder toda esperanza; todo ello enmarcado en viñetas repartidas sobre cartulinas blancas. De repente, el vigía exclamaba: ¡tierra! No tenía conocimiento, aquel hombrecillo, de lo que descubría; solamente atisbaba. Y yo me atisbaba también en esa manera mía, infantil a más no poder, de dar forma a una historia consabida. Como recibía la bendición de mis mayores, el producto de mi acción me compensaba del cumplimiento de las obligaciones que, como todo niño, empezaba a interiorizar con fastidio por esos años y en esas fechas. Los años son los de todos, en tanto que hemos pasado por ellos; las fechas son mías.

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Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Gustavo Dessal

Dada mi amistad y mi confianza con el autor del libro, no omitiré decir que mi ausencia esta noche es un acto fallido. Prueba de que, aunque geográficamente localizable del otro lado del Atlántico, estoy en verdad en el registro del inconsciente. Que ello pueda tener un sentido, y que ese sentido sea comunicable, poco importa. Es la división misma, el efecto de sorpresa, el estupor de mi lapsus, lo que basta para reconocer el inconsciente.

Pero estos trucos de psicoanalista no me parecen suficientes, y por ello he querido escribir estas líneas, para hacerme presente de alguna manera.

Roxe de Sebes es un libro difícil, tan hermoso en su poética como duro de leer. Diré más: por momentos impenetrable. Ignacio ha logrado que el espíritu de la montaña (aterrador para alguien como yo, a quien no mil, sino cien días fuera de la urbe bastarían para liquidarme) se transfiera a su escritura. La belleza de su prosa, algo a lo que ya estoy acostumbrado en sus escritos, envuelve a la vez un núcleo sólido que es preciso horadar volviendo una y otra vez a las frases, puesto que la mayoría de ellas constituyen una reflexión filosófica concentrada, un nanopensamiento que juega con el misterio, la confesión autobiográfica, y la ideas.

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comunidad y asociación

Como tantas obras que después serán canónicas, el libro de F. Tönnies (Gemeinschaft und Gesellschaft, 1887) causó enseguida una gran polémica y fue pronto, sigue siendo todavía, objeto de múltiples controversias. Sin embargo, al margen incluso del inmenso trabajo aclaratorio de Tönnies durante el primer tercio del pasado siglo, la distinción entre comunidad y asociación -o sociedad– se puede enfocar en la actualidad de manera casi intuitiva, referida a la experiencia actual de esta humanidad estresada.

I

Llamaremos comunidad (Gemeinschaft) a lo que aparece primero en la vida del hombre, un tipo de grupo humano que se corresponde con lo que se ha llamado “socialización primaria”. La familia, la comunidad de amigos, tal vez una iglesia -o una secta-, pertenecen a este tipo de grupos sociales. Se caracterizan por no estar dirigidos por una voluntad racional encaminada a fines utilitarios -las notas escolares; el lucro económico; los intereses profesionales, sindicales o deportivos-, sino por limitarse a cubrir las necesidades afectivas del individuo. La comunidad no tiene más fin que dotar al hombre de carne y hueso de un mundo primario de relaciones anímicas y corporales.

Las comunidades -el ejemplo típico es la familia- son forzosamente pequeñas, pues en ellas es clave que las relaciones sean personales, cara a cara. Si no se diera esto apenas tendría sentido distinguir una comunidad de una sociedad, puesto que las primeras basan su consistencia -su carácter orgánico, llega a decir Tönnies- en cubrir las necesidades afectivas del hombre a través de vínculos directos, no mediados por instituciones exteriores ni por la Ley. La ley en la Gemeinschaft es el afecto, el compromiso personal inmediato, natural o pre-racional. De ahí los tópicos: por un hijo “se da la vida”, por un amigo “se pone la cara”.

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