Lo que arde

O que arde (Oliver Laxe, 2019) es una película que hay que ver. Aunque solo sea porque tiene “poco que ver” con las facilidades que corren por estos pagos, tanto de factura nacional como extranjera. Se podría decir casi, como ocurre en Paterson y algunas otras obras, sean de Guerín, Lois Patiño o Mercedes Álvarez, pero muy distinta a todas ellas, que la de Laxe es una película sobre nada, acerca de la niebla lenta que es la vida humana. Esto obliga a una atención constante para no perderse ningún detalle, aspectos a veces insignificantes en los que se juega el conjunto de la historia. Si es que se puede hablar de historia en este caso, dado que lo narrado roza de continuo lo inane, el ser lento de la especie humana y de la tierra.

Leer más

Tedio de hazañas bélicas (1917, Sam Mendes, 2019)

Uno escribió hace poco algo así: “Solamente dura lo que se atreve a romper con la cárcel de la fama” (Lluvia oblicua). De maneras tan distintas, Pasolini, Lennon y Lispector estaban en esto, sin abandonar nunca la humilde ley de la gravedad y una comunidad elemental de la supervivencia que nos permite seguir, como creadores y como humanos. Es más una decisión ética (casi animal) que estética, dicho sea de paso. La creación artística no es un resultado de la alta cultura, sino de la más baja necesidad. Uno escribe, decía hace poco una escritora, “porque de otro modo me vería obligada a matar”. A su vez, Rilke sugiere: No pregunte a nadie por la calidad de sus versos, pregúntese si podría vivir sin ellos.

Es una maldita suerte que enseguida tengamos confirmación de esta fatalidad, la que opone tenazmente los focos del éxito a la clandestinidad de la creación, a través de nuestro otrora admirado Sam Mendes. Su último trabajo, 1917, que le hará todavía más millonario (recordemos que, entre otras, tanto American Beauty como Revolutionary road fueron un éxito rotundo de taquilla), es simplemente un inteligente paquete de consumo destinado de antemano a arrasar, con una inversión millonaria y unos beneficios, ya a la vista, más que multimillonarios.

La película de Mendes, tan rodeado por el éxito que ya no puede tocar el suelo (aunque ahora pretenda recrearse en el lodo), no tiene nada que contar, absolutamente nada distinto a lo que vemos todos los días en las pantallas: lo malos que son los malos y lo buenos que son las víctimas. Pero esta nulidad del contenido, sumada al ingenio narrativo, será la condición masiva de su éxito. Estamos otra vez ante la redundancia onanista de la información, aunque esta vez adornada con una fina sentimentalidad y una policromía escénica lograda.

Leer más

JOKER: ¿Retrato de la violencia que viene?

Retrato más bien de cierta dulzura anómala. O de la compasión que viene, pues Todd Philips, en esta película que no deja indiferente a nadie, habla ante todo del sufrimiento del ser humano, un tormento del perdedor que podría ser cualquiera de nosotros. Cuando el protagonista vacía la nevera y se mete dentro, después de un sinfín de humillaciones, está indicando que querría retirarse de la presión incansable de este orden social que llamamos piadosamente capitalismo, como si fuera solo un régimen de economía ajeno a nuestra alma.  En realidad, ¿quién no ha sentido la urgencia de esconderse, tal vez para siempre, de un régimen social omnipresente y cruel (en su indiferencia) como pocos?

Lo que no vale la pena es insistir en la “impresionante actuación” de J. Phoenix, que las ha tenido tan buenas o mejores (¿nadie ha visto María Magdalena?). Tampoco tiene mucho sentido volver a insistir en la magnífica “paleta de colores” y el uso calibrado de la banda sonora. Todo eso es cierto, pero se ha repetido cien veces, ya forma parte de los tópicos y es lo más estándar de la película. Como tampoco es estimulante volver otra vez sobre las comparaciones, sea con Taxi driver, con anteriores trabajos de Todd Philips u otras versiones de Joker, las de Heath Ledger o las de Jack Nicolson.

Leer más

El miedo del día al susurro

(Texto de Ignaco Castro Rey publicado en FronteraD)

Cuando cayó la primera nieve nos empezamos a conocer mejor (M. Crnjanski). Justicia para Serbia.

 

Lo de menos son los escándalos sexuales que el año pasado salieron a la luz en la Academia Sueca. Los perdonaríamos, ya que al menos indicarían que estos señores son humanos y les queda todavía algo de sangre en las venas. Lo asombroso es la pretensión de mantener a nivel mundial “motivos estrictamente literarios” que cubran el planeta y seleccionen en él el canon literario de lo que vale y lo que no. Es esto lo aberrante, probablemente tan dañino como la legión de muertos que ha dejado tras sí la invención de la dinamita por el venerado ingeniero de armamento Alfred B. Nobel. El propio Handke, en una de las peores entrevistas que le recordamos (El País, 10/10), está casi genial ante la decena de periodistas que, después de años de ignorarlo e insultarlo, por fin le esperan en grupo: “No sé cómo celebrarlo”. Dice haber nacido culpable, pero al fin sentirse libre. Aunque durante un tiempo no lo será, ya no lo es ante la nube de preguntas estúpidas: “¿En qué va a gastar el dinero?” (Vaya, esto no es muy sutil, ironiza Handke). Enseguida se recupera: “¿Tras el Nobel? Hay que continuar como si nada. Es uno de mis motivos en la vida: hacer como si nada”. Cierto, pronto todo volverá a su cauce: el de la clandestinidad. Afortunadamente, igual que la historia no sabe lo que hace, los periodistas no tienen ninguna memoria (salvo cuando, con intenciones policiales, tiran de hemeroteca). Sobre todo para quien, como todos los clásicos, es un hombre de una sola idea que ha de extenderse en todos los campos posibles: novela, teatro, ensayo, cine o poesía. Y en varios idiomas, incluido el español. Todo demasiado complejo para hacer de ello crónicas fáciles, salvo que estén premiadas por un gran Premio.

  Leer más

un fiasco llamado “Roma”

Se presenta como una “carta de amor a las mujeres que le criaron”. A todas luces, a toda sombra, la película de Alfonso Cuarón es demasiado ambiciosa para lo que después cumple, casi nada. De estar solo creo que me habría largado, pero como estaba con el escritor y poeta Eugenio Castro (por vez primera en el cine), me limité a mirarle de reojo para intentar adivinar si sentía lo mismo que yo… O un servidor tenía una mala tarde, que le pasa a cualquiera.

 

Las deposiciones inaugurales del perro Borras, ensuciando sin cesar la entrada de la mansión de una familia adinerada de la colonia Roma, mierdas imposibles de recoger a tiempo para que el padre de familia no las pise, representan tal vez (en la intención de Cuarón) su heroico descenso a la suciedad de esta tierra. Pero las enormes cacas parecen en realidad de plastilina marrón, y posiblemente encarnan la realidad de cartón piedra donde nuestro director vive. Los tiros al blanco de la opulenta familia estadounidense de Sofía están escandalosamente mal simulados; el incendio nocturno del bosque muy mal hecho… Me estoy imaginando a Federica Mogherini, alta representante europea de asuntos exteriores y seguridad, personaje que también lleva décadas sin bajar a la calle (la misma mujer que mira con ojos tiernos a Pedro Sanchez y toda la cohorte de pijos que dominan, valga la redundancia, la izquierda hegemónica), subyugada por este derroche de solidaridad con un sufrimiento humano que solo han visto en diferido, pero con pantalla panorámica y en 3D.

  Leer más