Desactivar la cercanía

Es más que probable que el cine no naciese en principio para representar a la inculta tierra silente, a la vida en general, sino más bien a la vertiginosa acción moderna. ¿Es casual que uno de sus géneros clásicos sea el western? Glorificándola, el cine nace como un mecanismo para reforzar la endogamia creciente de la sociedad industrial, el antropocentrismo que le es implícito. Es el invento propio de un colectivo que cada vez más se mira y se interpreta a sí mismo, poniéndose enfrente la imagen especular que hace las veces de paisaje{1}. De ahí que acaso el cine sea, en conjunto, algo inevitablemente norteamericano, al fin y al cabo USA representa la versión más fluida (eso es el sueño del Nuevo Mundo) de la empresa occidental de despegue de la tierra. Al menos, recuerda Deleuze, el cine se hace norteamericano cuando toma como objeto el esquema sensomotor, esto es, la acción que establece la continuidad entre interior y exterior; así como el neorrealismo italiano nos presenta personajes que se hallan en situaciones que no pueden prolongarse en acciones{2}.

Film significa película, capa, velo (thin skin). Es difícil no relacionar esta palabra con el rocío caído de las luces modernas, bañando los objetos con una luz joven, libre tal vez de lentitud y dolor, del turbio vaho ahistórico que siempre ha alimentado la vasta presencia real. De cualquier modo, el cine fascina con la imagen antropomorfa de un orbe adelgazado, aligerado a medida de la necesidad moderna de romper con la sangre del pasado, con la densidad del presente{3}. La idea de enlatar lo pretérito, de filmarlo, está dirigida contra la persistencia bruta de su espesor en el presente. La película fotográfica aligera la realidad y su hondura, incluso las referencias literarias, como condición sine qua non para que después el cinematógrafo dinamice la totalidad de ese mundo. No parece por eso caprichosa la relación entre el cine y la circulación rodada{4}. En los dos casos, encontramos una exclusión de la profundidad que se asocia al mundo antiguo (sólo puede correr lo que es ligero). Si la propia fotografía periodística se mostró como movilidad estereotipada, y no precisamente como quietud, en íntima complicidad con esa congelación la «caja mágica» levanta la ilusión de que se puede reconstruir el devenir abandonado mediante la sucesión de instantes momificados de tiempo. Cortando la película de las vivencias en fotogramas aislados, dividiéndola, pegándola, montándola, el motor cinematográfico debe descomponer el día en planos manejables.

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BAYAS DE AGOSTO

Jirones de memoria desde un viaje en el sur de Austria

Me impresionó el cuidado, la piedad hacia lo pequeño durante esos días, en todo Kärnten (Carintia) y en los diez personajes de este viaje. En tus padres: las setas, las flores, las mermeladas, el jardín, el cuidado de las comidas. Sus atenciones hacia mí, que no soy “pequeño”, pero podría ser ignorado. En ti: tu primor en la atención a tus padres, a la pequeña Katia y el no menos pequeño Hans, en medio de una sociedad que crecientemente recluye a los viejos porque son lentos, torpes. Tu oído musical para los niños, para los acentos y las emociones de cada cual, para la traducción minuciosa del alemán al español. La atención a los matices de la gente, a tu vecina Beate, a mí como marciano en Kärnten. Sí, definitivamente, creo que te interesa lo extraterrestre de la tierra. En este sentido, también tú eres siempre extranjera, y un poco religiosa.

En Markus: los juegos de lenguaje, su inglés “minoritario” sin método, los parentescos de palabras, sus deliciosos American spirit, sus cafés. En Beate: el interés por los desconocidos, su forma ansiosa de mirar de soslayo, sus niños (también su niño-marido, Rudi), su relación con el misterio del cristianismo, su fe en otras vidas que laten en ésta. En Ida: sus licores y sopitas, los animales que alimenta en invierno, sus libros, las anécdotas que cuenta, sus recuerdos de infancia en Diex. En Helga: su sonrisa, sus silencios, su dulzura, su genau (exacto). Sus recuerdos de madrugadas, miedo y escuela; su infancia tan difícil en KleinWöllmiss, los zapatitos nuevos que nunca tuvo, los animales que gritaban al morir; su comida vegetariana actual. Finalmente, en el otro Hans: sus dobles sentidos, su sonrisa burlona, el movimiento de sus manos, sus misterios y su repentina seriedad (“¿qué piensas de la pornografía?”). Y casi me olvido de Rudi: su susceptibilidad por mil pequeños detalles, sus giros de lenguaje un poco naïf, su habilidad para arreglar toda clase cacharros… Cinco mujeres y cinco hombres, latiendo con el verano de Carintia. ¿No está mal para una pequeña obra de teatro, no? Lo pequeño, al borde de la ruina, configura la cultura que he visto esos días, incluso en el amor por aquellos tractores viejos que se reunían en Eory.

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Dudosos recuerdos ante un puente dorado

Cuando yo muera no se lo digas a nadie, / que todo siga igual / el verano con su rueda feliz / los niños jugando un victorioso partido.
M. A. Bernat.

Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una mean stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York -dos joyas de la menos tosca America-, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

Por en medio, es cierto, mil detalles humanos, incluida la dulzura de una negritud persistente. Naturalmente, también allí hay dioses. Una mujer de color llamada Joan nos da amablemente toda clase de explicaciones; acompañándonos y guiándonos, casi nos cuenta su vida. Así como dos viejecitos de origen hispano que nos regalan sus monedas para el autobús. Lo mismo la venerable Heidi -“Si tienen más preguntas, aquí estaré a la hora del desayuno”-, la pareja de judío y católica de S. Louis, el encantador arquitecto jubilado que lee en su atril en una cantina de North Beach. Y un largo etcétera. Hasta la simpatía contagiosa del joven afroamericano que nos sirve en un encantador lugar de Laurel Heights, sencillo pollo ahumado y cerveza, participa de un calor “americano” que te acoge y te otorga un lugar, seas quien seas. Como norma, igual que ocurre en casi todas partes, la gente mayor será más atenta y demorada que los jóvenes. Acelerados y simplificados, aunque hablen español, ellos corren siempre para ocupar un lugar bajo el sol de esta infinita distribución social de papeles. La juventud vive inmersa en la urgencia de la actualización, por muy progresista y alternativa que sea, igual que en Madrid, Berlín u Oporto. Pero aquí, con este giro americano hacia las barras y estrellas de una superficie radiante, mantiene un progresismo de elite que trata bien, como visitante o empleado, a quien -en el fondo de una sonrisa perpetua- se considera un simpático marciano.

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Feria

(Ana Iris Simón, Círculo de Tiza, 2021)

 

“Comprenderás que lo que hay en su mirada cuando mueve la mano para despedirte se llama serenidad y se llama orgullo. Y no hay nada más bello que el orgullo que se permiten los humildes”. Casi faltan palabras para expresar el torbellino de emociones que genera este libro. Hay en Feria una empatía con la fealdad popular, con la divina vulgaridad de esta humanidad que jamás sabremos qué es -a pesar de que Pasolini, el neorrealismo y mil esquinas más de nuestra vieja cultura le han dado muchas vueltas-, que subyuga. Ya llovió desde que no caía en las manos algo tan auténtico, tan rico en matices y tan valiente. Hace falta valor para decir las cosas que Feria, hija del ateísmo de izquierda, dice sobre el progreso, los padres, Dios, los señoritos, España y los humildes.

Confieso que amé a esta mujer mientras ella a la vez amaba y se peleaba con el mundo que atraviesa, día a día más desvaído. La alegría desaparece -dice ella- cuando todo se convierte en una feria, en la diaria feria de las vanidades. No obstante, a diferencia de muchos de nosotros, Ana Iris Simón vive y deja vivir. No se ahorra penetrantes y graciosas ironías sobre las escandalosas grietas de nuestra modernidad, sobre este moralismo que nos ha puesto en manos de otros amos tan soberbios como los anteriores. Pero todo ello sin veneno, con una ternura de fondo que tiñe incluso lo que rechaza. Toda una lección para los que nos pasamos media vida matando moscas a cañonazos.

 

Pongamos que Feria es una crónica de los últimos veinticinco años de una chica de pueblo que mantiene una vehemente fidelidad hacia la familia y las costumbres, la vulgaridad cotidiana y la España vacía, entre agropecuaria y poligonera. Todo entra en el molde de esta inteligencia del corazón, su padre “ateo monoteísta” y su madre ferianta, la abuela María Solo que la peina como nadie, su hermanito que, de puro sabio, nació viejo. Sus primas y toda una legión de parientes, el territorio naranja de La Mancha y un lenguaje popular que sigue lleno de una riqueza impensable. Simón encuentra un sextante en ese dédalo de palabras, personajes y besos en cadena, una sencillez manchada de verdades, cuidados y una generosidad sin testigos.

Ni por asomo se les ocurra pensar que estamos ante un libro ingenuo, fácil y sentimental, como una mera elegía de un mundo que se pierde. Es todo eso, pero también mucho más. Este libro hiere, y lo hace con una alegría de la que ya no teníamos memoria. Hay como una oda salvaje a una España que desaparece. Una rabia constantemente contenida, mezclada con el culto a los ancestros,  un relicario de saberes olvidados y unos seres poliédricos que vuelven, cada vez con distinto rostro.

Bendita procesión. Es como si la “España vacía”, la que hemos vaciado con nuestra devoción paleta por la bisutería europeísta de esta época, se tomara la revancha asaltando nuestra conciencia con ojos un poco espantados. Hace falta valor para creer en un dios, en algo sagrado, desde una planicie de esparto sin grandiosas elevaciones. “La única hierofanía posible en La Mancha se produce si uno alza la vista y comprende que igual es sobria y austera en el suelo porque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley”. Que es justamente lo que hoy se evita, ir más allá de uno mismo: no queremos ventanas, solo pantallas. Nuestra incredulidad religiosa es un problema de narcisismo, proviene de una creencia desesperada en el Yo y sus radiantes conexiones. Sobre todo esto Ana Iris es ferozmente sonriente.

Esta nación, que ha pasado sin solución de continuidad de ser católica de religión a ser católica de ideología -pero igualmente jerárquica y obediente- es de temer que tomará Fiesta por un libro nostálgico. Nada más lejos de la realidad. Lo que nos encontramos son ironías deliciosas sobre la Europa del Erasmus y la unión dinásticas  de las clases medias, con esa ilusión estándar de estudiar dos carreras y un máster en inglés. Encontramos también la grandeza impersonal de los nombres, una misteriosa procesión de figuras e intrincados vínculos familiares. Como si todos, pequeños y mayores, fueran hijos que portan una larga herencia. El artículo determinado “la” o “el” –la Ana Mari, la Vanesa- le da carácter de especie a cada individuo, como si cada quien fuera un universo inexpugnable. Hasta Cortázar decía, recuerden: Parece una broma, pero somos inmortales.

Es tal la ternura de esta mujer, su fidelidad a un tiempo que ella ama mientras los siente agonizar, que hasta hay una épica de las marcas de ayer: desfilan Thermomix, iPhone, Ikea, Burger King, Maxi-Cosi… Sin olvidarnos del puticlub del pueblo y de los niños que arrojan petardos, sin preocuparse de asustar a los perros. “Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto”. El mayor logro del liberalismo, dice Simón, además de haberse hecho pasar por neutral ausencia de ideología, por lo normal y aséptico, es hacernos olvidar que en paralelo a su modelo económico corren también unos valores. No muerto, sino asesinado Dios “es el ocio el que es el opio del pueblo… Daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso”.

Ahí es nada. Las ironías de Feria sobre esta “nueva nación-rotonda” son impagables, a mil años luz de la mitología de la que viven los neopijos que gestionan nuestra credulidad laica. “Nada nuevo bajo el sol: señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es”. Como también son impagables, por poner otro ejemplo destacado, sus reflexiones sobre la deconstrucción de la masculinidad y hasta qué punto eso también deja insatisfechas a las mujeres. La flamante “moto que nos habían vendido con la incorporación de la mujer al mercado laboral como vía emancipatoria” deja a las mujeres abocadas al Satisfyer, para abrazar la precariedad también en lo sexual.

Este mundo se parece cada vez más a una competición de plañideras. “Sin horarios ni ninguna raíz salvo la que agarra en el corazón, sin más seguridad que la de no tener jamás una rutina”. Éramos y somos unos mediocres y “a los mediocres no les gusta intuir nada que aspire a lo sublime o a lo épico”. Así que trabajamos constantemente para destruir cualquier atisbo de ello. Por eso estamos tan ocupados, porque hay que deconstruir cada minuto de vida, con este empeño nuestro por desnaturalizar todo a fuerza de explicitarlo. “Ser niños es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo tiene que ser contado”.

Hay un sinfín de cosas -el amor romántico, por ejemplo- que nunca debió existir, así que vivimos en una especie de genocidio retroactivo. Entre ironía e ironía, a veces de una ferocidad risueña, Simón mantiene un viaje poético a ras de tierra. Ella no lo dice, apenas lo insinúa, pero -aparte de fragmentos de una inusitada cultura- es obvio que no se puede describir así lo popular si no se tiene un pie fuera. Aunque los pueblos, a decir verdad, siempre han tenido un pie afuera, por ateos que fuesen.

Por más que algún pasaje sea melancólico, en ningún momento Simón arroja la toalla de una enérgica alegría popular. El mundo está lleno de Sanchos. Todos creen ser los más cuerdos, los más sensatos. “Lo que no saben es que, en su persecución del número, de lo conmensurable, de lo tangible, están cometiendo la insensatez de dejar de lado la obcecación, lo invisible y la intuición”. Quedan ya pocos Quijotes, sigue desgranando Feria, pero es que realmente nunca hubo muchos. “Mientras la llama de su espíritu siga presente, y he visto el crepitar en sus miradas, iremos ganando la batalla”.

Por en medio, Ana Iris no deja de reafirmar su regusto por lo popular, incluso por el reguetón: “Mi Lorna, a ti te encanta el mmm, que rico el mmm, sabroso mmm”. Ay, dice ella, ese estar nadando en sopicaldo penevulvar. “Los chicos, los hombres, no pierden la capacidad de jugar… Pasada la adolescencia las mujeres dejamos de permitirnos jugar, se nos olvida cómo se juega. A los hombres no, y esa es una de las razones por la que me gustan los hombres”.

“Aquello que realmente amas, escribió Ezra Pound, nunca te será arrebatado porque es tu verdadera esencia”. Hay que embarrarse porque el barro, no solo según Pasolini, es materia pobre y por tanto pura. “Nos pasamos la adolescencia y la primera juventud deseando no parecernos a nuestros padres y cuando crecemos, o igual es que crecemos por eso, nos damos cuenta de que casi todo lo que tenemos de bueno no es nuestro, sino suyo”.

Feria va por la quinta edición, pero no hay ninguna garantía de que la nueva brigada político-social, armada de una convicción normativa no menos erecta que la antigua, no la acabe enviando a la hoguera en la que hoy arde todo lo que está vivo y molesta.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 28 de febrero de 2021

El dios de las bestias

Para Jazmín Rincón

“No quiero ser adoptada en ningún ambiente, no deseo habitar en un medio en el que se diga ‘nosotros’ y ser parte de ese ‘nosotros’, no quiero encontrarme como en mi casa en ningún medio humano, sea cual fuere. Al decir ‘no quiero’ me estoy expresando mal, pues, en realidad, bien lo querría. Todo eso es maravilloso, pero siento que no me está permitido. Siento que me es necesario, que me está prescrito, encontrarme sola, extranjera y exiliada respecto a cualquier medio humano sin excepción”.

Simone Weil.

 

No hace falta que lo afirme Lacan hablando de Duras. La literatura y la música siempre han ido por delante de la ciencia y la filosofía a la hora de diagnosticar la salida de una época: vale decir, la conversión de los síntomas de su mal en formas de lenguaje, en un bien potencial, al menos implícito. Buscando a tientas una solución sin general, dice Deleuze bromeando con nuestros emblemas, la literatura y la música encarnan la cura a través del mismo veneno que nos amenaza, con una metamorfosis del infierno de vivir en un limbo habitable. Además de uno de los libros de pensamiento más densos del pasado siglo, Aprendizaje es algo así como una novela de formación (Bildunsgsroman) invertida, o sea, vertida en un universo post-nuclear. Vale decir, un documento de la deformación traumática que nos rehace: forzosamente, narra algo que ocurre bastante más allá de la adolescencia y la juventud. Lo que se debate entre Lori y Ulises es cómo reconstruir la vida desde la madurez de la muerte, desde la muerte en vida. En este aspecto, además de una crónica existencial con apuntes de teología negativa, Aprendizaje es una reivindicación del trauma fundamental para el que se supone que hoy tenemos cobertura. Manual de heteroayuda, ofreciendo el cuidado que viene de la intemperie, de la perdición irremediable que a los progresistas nos aterra. Es posible que la madurez otorgue, como a Lori y Ulises, la libertad soberana de una juventud que nunca hemos tenido, un momento de gracia entre la vida y la muerte [1].

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