Estrategias fetales

Intentamos analizar un genérico de distribución masiva, idolatrado por todas partes. Se trata de una media algebraica juvenil que no existe exactamente en ningún cuerpo ni en ningún estadio determinado. Desde luego, no en el hombre de carne y hueso que, joven o no, siempre permanece abierto a potencias de las que poco sabe. Acaso esta juventud es solo un peligro tendencial en todos nosotros, conviviendo a la vez con tendencias contrapuestas. Sería entonces, solamente, un peligro que exageramos para intentar definirlo.

Cada edad, no hace falta decirlo, tiene su tontería, unas taras que se curan o se pudren con el tiempo. La infancia, junto a su percepción anómala y una inocencia que habría que proteger, se arma de un despotismo del que más vale defenderse. La juventud, junto a sus sueños comunitarios y su generosa rabia contra la hipocresía mundo, siempre ha padecido un sectarismo injusto, cierta apresurada soberbia. Asociada al peso de su experiencia, pero también al de la sociedad civil y el Estado, la madurez camina -aunque en Elogio del amor Godard sea más optimista- cerca de una creciente reserva, una prudencia a veces miserable. Por su parte la vejez, junto a su generosidad afable y curiosa, a una ocasional probidad y un humor desenvueltos, mantendría el natural egoísmo de la despedida, la amargura de los que decaen. Entre todas las edades del hombre, tal vez la ancianidad es la que no tiene ninguna tara, aparte del pecado mortal de una memoria que nos recuerda el ser lento que somos. ¿Es por esta razón por la que hoy los abandonamos?

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Algunos errores de izquierda que ayudaron a Ayuso

Conmueve la perplejidad progresista ante los abrumadores resultados madrileños, pero este asombro depresivo proviene en parte de un narcisismo cuyas gafas ahumadas impiden ver lo que es obvio. No solo en Madrid, la gente está harta, muy cansada y queriendo volver a vivir. A pesar de la fácil repetición del tema del coronavirus en los medios, la población ha acabado sintiendo muchas otras pandemias: las restricciones a la vida y a la libertad de movimientos, el paro, el aburrimiento y la tristeza, la ruina económica… Los bares no son en España solo “pan y circo”, que ya no es poco, sino también uno de los escenarios antropológicos donde se organiza la vida común, afectiva y económica. Si no hay terrazas, ni bares ni cafeterías, la gente tampoco toma un taxi, no va tan fácilmente de compras, no se divierte y discute de deporte y política, no hace negocios ni emprende tantas iniciativas. Tampoco, por supuesto, se desahoga después del trabajo, a la salida de un estrés laboral que esta bendita sociedad de mileuristas ha llevado hasta niveles de paroxismo.

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Desactivar la cercanía

Es más que probable que el cine no naciese en principio para representar a la inculta tierra silente, a la vida en general, sino más bien a la vertiginosa acción moderna. ¿Es casual que uno de sus géneros clásicos sea el western? Glorificándola, el cine nace como un mecanismo para reforzar la endogamia creciente de la sociedad industrial, el antropocentrismo que le es implícito. Es el invento propio de un colectivo que cada vez más se mira y se interpreta a sí mismo, poniéndose enfrente la imagen especular que hace las veces de paisaje{1}. De ahí que acaso el cine sea, en conjunto, algo inevitablemente norteamericano, al fin y al cabo USA representa la versión más fluida (eso es el sueño del Nuevo Mundo) de la empresa occidental de despegue de la tierra. Al menos, recuerda Deleuze, el cine se hace norteamericano cuando toma como objeto el esquema sensomotor, esto es, la acción que establece la continuidad entre interior y exterior; así como el neorrealismo italiano nos presenta personajes que se hallan en situaciones que no pueden prolongarse en acciones{2}.

Film significa película, capa, velo (thin skin). Es difícil no relacionar esta palabra con el rocío caído de las luces modernas, bañando los objetos con una luz joven, libre tal vez de lentitud y dolor, del turbio vaho ahistórico que siempre ha alimentado la vasta presencia real. De cualquier modo, el cine fascina con la imagen antropomorfa de un orbe adelgazado, aligerado a medida de la necesidad moderna de romper con la sangre del pasado, con la densidad del presente{3}. La idea de enlatar lo pretérito, de filmarlo, está dirigida contra la persistencia bruta de su espesor en el presente. La película fotográfica aligera la realidad y su hondura, incluso las referencias literarias, como condición sine qua non para que después el cinematógrafo dinamice la totalidad de ese mundo. No parece por eso caprichosa la relación entre el cine y la circulación rodada{4}. En los dos casos, encontramos una exclusión de la profundidad que se asocia al mundo antiguo (sólo puede correr lo que es ligero). Si la propia fotografía periodística se mostró como movilidad estereotipada, y no precisamente como quietud, en íntima complicidad con esa congelación la «caja mágica» levanta la ilusión de que se puede reconstruir el devenir abandonado mediante la sucesión de instantes momificados de tiempo. Cortando la película de las vivencias en fotogramas aislados, dividiéndola, pegándola, montándola, el motor cinematográfico debe descomponer el día en planos manejables.

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BAYAS DE AGOSTO

Jirones de memoria desde un viaje en el sur de Austria

Me impresionó el cuidado, la piedad hacia lo pequeño durante esos días, en todo Kärnten (Carintia) y en los diez personajes de este viaje. En tus padres: las setas, las flores, las mermeladas, el jardín, el cuidado de las comidas. Sus atenciones hacia mí, que no soy “pequeño”, pero podría ser ignorado. En ti: tu primor en la atención a tus padres, a la pequeña Katia y el no menos pequeño Hans, en medio de una sociedad que crecientemente recluye a los viejos porque son lentos, torpes. Tu oído musical para los niños, para los acentos y las emociones de cada cual, para la traducción minuciosa del alemán al español. La atención a los matices de la gente, a tu vecina Beate, a mí como marciano en Kärnten. Sí, definitivamente, creo que te interesa lo extraterrestre de la tierra. En este sentido, también tú eres siempre extranjera, y un poco religiosa.

En Markus: los juegos de lenguaje, su inglés “minoritario” sin método, los parentescos de palabras, sus deliciosos American spirit, sus cafés. En Beate: el interés por los desconocidos, su forma ansiosa de mirar de soslayo, sus niños (también su niño-marido, Rudi), su relación con el misterio del cristianismo, su fe en otras vidas que laten en ésta. En Ida: sus licores y sopitas, los animales que alimenta en invierno, sus libros, las anécdotas que cuenta, sus recuerdos de infancia en Diex. En Helga: su sonrisa, sus silencios, su dulzura, su genau (exacto). Sus recuerdos de madrugadas, miedo y escuela; su infancia tan difícil en KleinWöllmiss, los zapatitos nuevos que nunca tuvo, los animales que gritaban al morir; su comida vegetariana actual. Finalmente, en el otro Hans: sus dobles sentidos, su sonrisa burlona, el movimiento de sus manos, sus misterios y su repentina seriedad (“¿qué piensas de la pornografía?”). Y casi me olvido de Rudi: su susceptibilidad por mil pequeños detalles, sus giros de lenguaje un poco naïf, su habilidad para arreglar toda clase cacharros… Cinco mujeres y cinco hombres, latiendo con el verano de Carintia. ¿No está mal para una pequeña obra de teatro, no? Lo pequeño, al borde de la ruina, configura la cultura que he visto esos días, incluso en el amor por aquellos tractores viejos que se reunían en Eory.

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Dudosos recuerdos ante un puente dorado

Cuando yo muera no se lo digas a nadie, / que todo siga igual / el verano con su rueda feliz / los niños jugando un victorioso partido.
M. A. Bernat.

Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una mean stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York -dos joyas de la menos tosca America-, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

Por en medio, es cierto, mil detalles humanos, incluida la dulzura de una negritud persistente. Naturalmente, también allí hay dioses. Una mujer de color llamada Joan nos da amablemente toda clase de explicaciones; acompañándonos y guiándonos, casi nos cuenta su vida. Así como dos viejecitos de origen hispano que nos regalan sus monedas para el autobús. Lo mismo la venerable Heidi -“Si tienen más preguntas, aquí estaré a la hora del desayuno”-, la pareja de judío y católica de S. Louis, el encantador arquitecto jubilado que lee en su atril en una cantina de North Beach. Y un largo etcétera. Hasta la simpatía contagiosa del joven afroamericano que nos sirve en un encantador lugar de Laurel Heights, sencillo pollo ahumado y cerveza, participa de un calor “americano” que te acoge y te otorga un lugar, seas quien seas. Como norma, igual que ocurre en casi todas partes, la gente mayor será más atenta y demorada que los jóvenes. Acelerados y simplificados, aunque hablen español, ellos corren siempre para ocupar un lugar bajo el sol de esta infinita distribución social de papeles. La juventud vive inmersa en la urgencia de la actualización, por muy progresista y alternativa que sea, igual que en Madrid, Berlín u Oporto. Pero aquí, con este giro americano hacia las barras y estrellas de una superficie radiante, mantiene un progresismo de elite que trata bien, como visitante o empleado, a quien -en el fondo de una sonrisa perpetua- se considera un simpático marciano.

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