“Escribo para curarme del mal de vivir”

Entrevista en Culturamas
por Diego Marlasca
5 de octubre, 2020

1.- ¿Por qué escribe? ¿Qué ocurriría en su vida si no escribiera?
Escribo para curarme del mal de vivir. Creo que si no escribiera me volvería loco. Como decía hace poco una joven escritora, tal vez de no escribir acabaría matando a alguien. De Rilke a Lispector, se dijo hace tiempo que solo vale la pena escribir (y posiblemente leer) aquello que salió a la fuerza, que no pudo no ser hecho. Escribo para distanciarme de un mundo de cuya estupidez abomino. También para liberarme de mis fantasmas, asesinando lo que odio en mí. En tal sentido, escribir es una forma de intervenir en el mundo y a la vez retirarse de él. El frustrado hombre de acción que soy encuentra así una especie de monasterio, un campamento-base para cada día intentar un equilibrio difícil entre la cólera y la serenidad. Aunque no sé, en verdad, si puedo ser sincero sobre todo esto.

2.- En un mundo de ruidos, ¿para qué sirve la literatura?
Es un alivio de nuestro feroz pragmatismo. En la literatura podemos al fin respirar, nos sentimos menos miserables. Secundariamente, es obvio, la literatura sirve también para entretenernos, igual que una película bien hecha o cualquier clase de espectáculo. Y no hay que despreciar la importancia del entretenimiento en un mundo que, desde siempre y para siempre, es extremadamente cruel. Precisamente por esto hay otra función última de la literatura, tal vez un poco desesperada. Creo que nos da armas para sobrevivir en un mundo caótico e implacable. Es posible, quiero decir, que Borges haya salvado más vidas que Freud.
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Vencer el mal entrando en él

Reseña sobre el libro Lluvia Oblicua
por Lucia C. Suárez
(Galerista, historiadora del arte y gestora cultural)

La vida tiende a ser pendular, a llenarse de accidentes que escapan a nuestro alcance. Tomar conciencia de lo que el ser humano es capaz de controlar y lo que no, principio tan defendido por el estoicismo y el pensamiento filosófico de Nietzsche, se vuelve casi obligatorio.

Asumir nuestra naturaleza vulnerable y convertir el acontecimiento trágico en oportunidad es uno de los ejes en torno a los que gira el último ensayo de Ignacio Castro Rey. Lluvia oblicua defiende una pedagogía del impacto o choque, del hecho traumático, desde sus primeras páginas:

“Este libro querría ser un estuche de traumas. Ayudar al lector a armarse con un pensamiento que permita entrar y salir de nuestro conmovedor retiro con una impertinencia nueva, con el descarado humor de una franqueza hoy en desuso. La ternura no necesita doctrinas. Su bien sólo consiste en aceptar el mal que somos y darle forma“.

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¿De qué tenemos que emanciparnos todavía?

“Los cristianos, como los psicoanalistas, tienen horror de lo que les fue revelado. Y con mucha razón”. J. Lacan, Encore

 

Una primera cuestión. Para ser de algún modo libres habría que atreverse a ser optimistas y joviales en lo difícil, incluso en lo peor, e irónicamente pesimistas en cuanto a todas las facilidades que se nos sirven. Reservemos la empatía para el diablo. Simpatía con lo nouménico y enterrado que alienta en nosotros. Antipatía, hasta una pizca de crueldad, con lo fenoménico y civil que nos encadena. Prologando a una joven universitaria danesa que hacía su tesis doctoral sobre él, Lacan escribe: “Mis Écrits no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: son antitéticos por naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo”. Termina hablando de este modo de los discursos que intentan saquearle: “Interesarán para trasmitir lo que literalmente he dicho: iguales que el ámbar que preserva la mosca, para nada saber de su vuelo” [1]. En esas estamos: debido a un simple imperativo fisiológico, intentando día a día despertar para permanecer atentos a lo nuevo que surge en nosotros, con frecuencia bajo el signo del miedo, la sorpresa o el dolor. ¿Hay otra tarea, ya no solo ética sino carnal? Así leemos en Ecce homo: “Solo soy dueño de mí cuando estoy desprevenido”.

 

Emancipación progresista moderna, manumisión romana del esclavo, emancipación de las colonias británicas, de los pueblos originarios de la América Latina. Emanciparse es una vieja y nueva idea que tiene relación con una fatalidad histórica y ontológica que se repite: el hecho de que las autoridades instituidas -también el ecologismo de moda y el feminismo meanstream– y el poder que éstas imponen a la juventud, la mujer, los súbditos de un reino, los inmigrantes o las antiguas colonias, produce una conformidad pasmosa, rayana a veces con el hechizo. Algo tendrá que ver tal hechizo, generando una cohesión tribal, con la idea lacaniana de que al final la religión siempre triunfa.

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Escojo hablar de la belleza. Esther Peñas

Lluvia oblicua (Pre-Textos, 2020), de Ignacio Castro Rey, resulta un manglar de reflexiones impertinentes. Así como en el extenso poema que lleva –de manera fortuita- el mismo título, Pessoa se “alegra de oír la lluvia porque ella es el cuerpo encendido”, así cada uno de los lectores podrá sentir la alegría de adentrarse en este ensayo y ruborizarse, envilecerse, renovarse. Esta lectura nos sacude. No se trata de hacernos más buenos o mejores, sino de no engañarnos. Del mismo modo que la lluvia nos permite tomar conciencia del cuerpo al mojarlo, la lectura oblicua nos deja a la intemperie. Recibida con nobleza, se convierte en un don. En el don mismo de querer vivir. Condición indispensable para poder hacerlo.

De entre los territorios emocionales e intelectuales que fecunda esta lluvia oblicua escojo el de la belleza para hablarles de este libro. Acaso porque la belleza es un concepto que a día de hoy ni se pelea, ni se combate, a diferencia de otros que aún mantienen el pulso del envite, como Dios, o lo sagrado, si les incomoda menos. Quizás la belleza es un lujo insoportable en nuestros tiempos. Quizás porque el tiempo de la belleza no es cronológico, sino que el suyo es el instante de la revelación. Nos obliga a detenernos. A respirar, a retomar el resuello que nos hurta la velocidad que nos imprimen los días a los que asistimos, casi desde fuera. Y la velocidad genera una desarticulación, tarde o temprano.

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ETIQUETAS DEL YO

Lo que sigue es un comentario levemente crítico sobre el exitoso “La imposible dedicatoria”, de Paul B. Preciado (Revista de la Universidad de México, abril de 2020). Antes del coronavirus, Preciado nos cuenta que hablaba por videoconferencia con sus padres, residentes en Castilla, una vez cada dos meses. Ahora la llamada es diaria y, confiesa, una “bomba de oxígeno”. Tal vez heredó de su madre lo que él llama talento para el melodrama: “Mi padre tiene noventa años, es un hombre dinámico que antes del encierro caminaba cada día ocho kilómetros. Es también un hombre frío: un niño abandonado por su propio padre que creció sin afecto, pensando que el trabajo es su única razón de existir”. Sin embargo ahora Preciado, que confiesa que el afecto de su padre le desorientó en el último encuentro virtual, es fiel a la herencia paterna, pues también él parece creer que ser conocido gracias al “escándalo” de su cambio de sexo es su única razón de existir. Uno y otro parecen seguir una senda muy fija, aunque el padre (según el propio relato de Preciado) un poco más humana.

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