Al diablo con las buenas intenciones

Discurso de Ivan Illich frente al CIASP (Conference on InterAmerican Student Projects) en Cuernavaca, Morelos, México.20 de Abril de 1968.

 

En las conversaciones sostenidas hoy me impresionaron dos cosas que quiero comentarles antes de presentarles mi discurso. Me impresionó que reconocieran que la motivación de los voluntarios estadounidenses en otros países proviene en su mayor parte de sentimientos y conceptos muy alienados. De igual manera, me impresionó lo que llamo un paso hacia adelante entre los que quieren ser voluntarios como ustedes: están abiertos a la idea de que lo único por lo que se puede ser voluntario en America Latina es la falta de poder voluntaria, presencia voluntaria como receptores, y como tales esperamos que estén amados o adoptados, sin ninguna posibilidad de devolver el regalo.

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Compasión programada,crueldad organizada

Las emociones vuelven: ¿alguna vez se habían ido? La compasión, la tristeza, el asco, la ira, el miedo o la alegría encarnan la violencia del alma, de tener un alma. Sin embargo, oímos, es necesario saber gestionar nuestras emociones. Ahora bien, solo se gestionan cadáveres, vivencias previamente troceadas, diseccionadas, arrancadas de su suelo corporal de verdad. Ciertamente, la “liquidación de existencias” en curso ha de comenzar por la carne. Un buen ciudadano del primer mundo no debe tener sangre en las venas; solo perfil, currículum, circuitos de influencia y estrategias urbanas. En resumen, esa fusión de impotencia real y prepotencia virtual que le hará visible, ágil y competente. Como se dice al comienzo de La caída del imperio americano (D. Arcand, 2018), tener una inteligencia pragmática, castrada en su singularidad, es indispensable para sobrevivir en un capitalismo cuya esencia solo puede consistir en correr, vendiendo quincalla. Tal vez podría verse el giro hacia el espectáculo del penúltimo capitalismo como un intento desesperado de conquistar el sur, integrando en un enfriamiento programado a esa población (obreros y campesinos, niños, mujeres, viejos, inmigrantes) antes reluctante a economizar sus pasiones diarias. No es la llamada inteligencia artificial, al fin y al cabo una ilusión de élite, lo que amenaza a esta civilización. Las vidas están coaccionadas desde dentro por una masiva emoción artificial, un secuestro masivo de una sensibilidad corporal desde la que todavía podríamos vivir y pensar por cuenta propia.

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Incluso las redes, supuesta alternativa a la información clásica, viven de arder con lo que sea que pueda difundirse, correr. Dominados como estamos por un impresionismo informativo que se multiplica en red, obsesionado por una cobertura viral que no deja respiro, existe un problema en nuestros escenarios solidarios. Hay en el narcisismo grupal de nuestros contenidos, también en la media aritmética de nuestra solidaridad a distancia, una lógica implícita que deja la compasión real a los pocos seres marginales que se atreven a sentir por cuenta propia, con su cuerpo, sin estar pendientes de la alarma social de turno.

Fijémonos en el racismo de nuestros focos y cámaras. Se puede grabar con detalle cómo se ahogan lentamente una madre y su hijo en el Mediterráneo, pues son perfectas víctimas “profesionales” para alimentar nuestro bienestar de seres de primera clase. De ningún modo se haría eso con gente blanca de Utah, Ámsterdam o Cáceres. Lo que señalamos a veces como “malas prácticas” periodísticas es solo la punta de iceberg de un sutil racismo informativo, práctico y teórico, que debe realimentar los muros simbólicos del bienestar en la llamada sociedad internacional, esta gigantesca secta liberal que pretende dirigir el mundo. Es ya casi imposible, por ejemplo, imaginar otra África distinta a ese infecto “anti piso-muestra” (Beigbeder) de horrores a cuya vuelta el personal de las empresas punteras de Francia, Italia o España se sentirá más a gusto, más conformada a su servidumbre social. Esa África logra aliviar el leve escozor de nuestra confortable muerte a plazos en la parrilla de la macroeconomía. Vista así la información, volcada sobre todo en los horrores ajenos, es la punta estadística del entretenimiento, de un turismo barato y diario por unas sucias afueras que, de rebote, sedan casi cualquier malestar. Mi vida es dudosa, como todas, pero después del telediario ya parece otra vez normal. Y afortunada: al menos “puedo elegir”, se dice.

Este racismo perceptivo se prolonga en el conjunto casi infinito de lo que se llama cobertura o actualidad. El asesinato de una mujer española en EEUU es tratado de un modo cuidadoso y prudente. Si se produce en un estado mexicano, al crimen le seguirán días y días de imágenes, datos e “informaciones” sobre el infierno mexicano y el holocausto de feminicidios incesantes. Etcétera. Como si uno de los problemas principales de México, igual que el de todos los países en vías de desarrollo, no fuera la mezcla explosiva de crímenes de lesa humanidad con el genocidio lento por sobrecarga de trabajo, desilusión, soledad y aburrimiento. Según su “nivel de desarrollo” en todas las naciones se mezclan en distintas proporciones crueldades de sangre abierta, potencialmente visibles, con la violencia económica de un lenta degradación a plazos. No obstante, para esta última no hay película sensible ni visibilidad, pues vive mezclada con la más ansiada y habitual normalidad.

No nos cuesta nada, todo lo contrario (satisface nuestra egoteca), tener víctimas lejanas a nuestro cargo, oscuros inmigrantes que piden ayuda y están deseando arribar a nuestras radiantes y democráticas costas. Sería delicioso escuchar a Ivan Illich hablar de la información como lo hizo de la enfermedad que es la medicina contemporánea. Pero tenemos al Baudrillard de La agonía del poder: “Éstas son la indiferencia y la abyección que planteamos como reto a los otros: el desafío de envilecerse a su vez, de negar sus propios valores, de mostrarse al desnudo, de confesarse y admitirnos; en definitiva, de responder mediante un nihilismo como el nuestro. Procuramos arrancarles todo esto a la fuerza, mediante la humillación en las celdas de Abu-Ghraib o la prohibición del velo en las escuelas. Pero eso no nos asegura la victoria: es preciso que vengan por su propio pie, que se autoinmolen en el altar de la obscenidad, de la transparencia, de la pornografía y la simulación mundiales; que pierdan sus defensas simbólicas y emprendan por sí  mismos el camino del orden liberal, la democracia y el espectáculo integrales”.

El problema no está en las fake news, que son finalmente una cortina de humo, sino en el conjunto de la información que consideramos seria. Esta es la cabeza buscadora de un radar social que, para que la gente no estalle al entregar su vida al genocidio consensuado de la economía, debe localizar sistemáticamente el mal fuera. Por ejemplo, de ningún modo vamos a intentar comprender el sufrimiento humano de los que han sido declarados malvados oficiales en nuestra incesante guerra justa, esta interminable película en blanco y negro que rueda en nuestras cabezas la sagrada alianza político-informativa: los serbios en el conflicto de los Balcanes, los sirios leales al régimen de Assad (al fin y al cabo, como Irak o Libia, solo una dictadura frente al caos que allí hemos alimentado), la población simpatizante de Rusia en Ucrania… A las otras víctimas, no elegidas e incómodas, cuyo rostro nunca vemos, les llamamos (como en el bombardeo de los Balcanes) daños colaterales.

El propio fondo binario (0/1) de la tecnología indica algo de nuestro dogmático dualismo de base. La inquina actual contra el Nobel concedido a Handke demuestra que nuestra compasión está masivamente programada por intereses políticos abyectos (liquidar cualquier cultura que resista, balcanizar el mundo) y no se apea fácilmente de los carriles bélicos por los que discurre. Hay un fondo de estrategia militar tras casi todas nuestras iniciativas civiles, por solidarias, feministas o verdes que se presenten. La misma Greta Thunberg, con su aire de inocencia mutante, no deja de obedecer a nuevos intereses parciales, no menos siniestros y crueles que los anteriores.

¿No hay salida entonces, está todo infectado por la corrupción global? Sí hay salida, pero comenzaría por lo que en principio no estamos dispuestos a emprender: limitar drásticamente la cobertura informativa en nuestras vidas y atrevernos a sentir y pensar por cuenta propia. Solo desde una nueva soledad, la de cada uno de nosotros con su más íntimo laberinto, podría reiniciarse otra comunidad, compasiva con el ser humano y los entornos reales.

El problema es que cuando la mayoría de los escritores o intelectuales de éxito toman la palabra, lo normal es que pronto nos sitúen de lleno en la meseta del maniqueísmo y la victimización habituales. Los malos, la falta de compasión y la crueldad están en los otros, los violentos, los taurinos, los miembros de la derecha extrema, los machistas, los rusos o los agentes chinos. No en nosotros, intelectuales, profesores, periodistas, hipsters y neopijos de izquierda que habitualmente llenamos las salas oficiales y alternativas de la solidaridad, confortablemente enmoquetadas en su aire climatizado. Nosotros, los progresistas, nunca somos el mal. Nosotros, los que somos capaces de decir sin despeinarnos que no existe el Otro, puesto que el Otro (sic) “soy yo”. Ahí queda eso.

Bajo este estatismo continuo y polimorfo, residiendo en sus escenarios maniqueos, es difícil empezar a hilar por fuera sin parecer estar sufriendo (incluso ante los amigos) cierto desvarío paranoico. O cierta colonización cultural que habría que reeducar, como se dijo de las 100 firmantes del vilipendiado manifiesto francés contra MeToo. La primera crueldad nuestra es que nos pasamos la vida ocultando la simple dureza de ser. Existir siempre es una singularidad sin equivalencia, sin posible igualación. Tal vez al nacer yo, inmediatamente, destroné a mi hermana, que acaso sufrió durante años. Existir como persona singular significa pisar a otros, irremediablemente. Esta fatalidad se podría suavizar con el afecto, el humor, la amabilidad, la buena educación. Pero no. Estamos tan encantados de habernos conocido que no reparamos en los detalles de lo que ocurre alrededor. Cada uno de nosotros lleva años juzgando, ninguneando, anatemizando, dando caña, criticando, discriminando… ¿Nosotros (mujeres, profesores, periodistas, profesionales progresistas) solo somos víctimas, no somos culpables de ninguna crueldad? Vamos, por favor. La voluntad desesperada de ser alguien, para compensar este escenario global de la indiferencia, nos hace con frecuencia sordos a todo lo que tenemos que pisar para avanzar. Escuchar, percibir se ha vuelto una tecnología punta improbable, asediados como estamos por una “libertad de expresión” que arde en red. El estrés de emitir continuamente para ser visibles, reenviando las balas rebotadas que hemos recibido en nuestras pantallas, nos salva de la escucha, de habitar una tierra común con una humanidad inevitablemente atrasada.

La crueldad de ser, alimentada por el peso de haber nacido distinto y tener que morir singularmente, es siempre el punto de partida, por muy progresistas que seamos. Negar esto es ejercer un maniqueísmo propio del B/N de una vieja película de vaqueros: el indio malo (violento, inculto, cazador, taurino, derechista, machista…) de un lado; el vaquero bueno, ahora ecofeminista, del otro lado. Una crueldad frecuente consiste en considerar que el otro, el que no es como nosotros (sea mujer africana o china, varón ruso o boliviano), es necesariamente una víctima que está deseando escapar de su infierno. Claro, el pobre otro no tiene democracia ni recicla la basura, no goza de Derechos Humanos, tecnología punta de tarifa plana ni Liga de fútbol. Es normal entonces que desee fugarse de su maldición natal para escaparse con nosotros, donde al menos el crimen y la ablación no son groseramente analógicos: es decir, ocurren fuera de campo y son anímicos. Anímicos también quiere decir que nuestra crueldad se ejerce a través del control férreo del tiempo de las vidas, no en visibles espacios de encierro. Hasta en nuestro favorito espacio de encierro, la empresa, la tortura media es a través de la dictadura líquida de la cronología.

Es así que detrás de la frecuente comprensión progresista hacia los inmigrantes (a veces por parte de alguien que, al vivir en una urbanización vallada de Pozuelo, nunca los va a sufrir cerca) está el racismo de pensar que el otro-otro es infecto, vive en una cultura de mierda y con condiciones miserables que claman por una vida mejor, lo más parecida posible a la nuestra. Detrás de la compasión programada digitalmente, la crueldad de un oculto desprecio analógico, real.

Casualmente, buena parte de nuestras campañas de solidaridad (en torno a la ablación de las niñas africanas, la situación de las mujeres en Irán o Irak, la de los niños en Siria, los jóvenes alternativos de Rusia o la juventud de Hong Kong) coinciden con la ofensiva militar de un Occidente liberal que ha bombardeado toda nación que no hablase inglés o no estuviera armada hasta los dientes. No podemos quejarnos de que algunos países, no solo la famosa Corea del Norte, no se fíen de las bondades democráticas de la sociedad internacional. Es curioso, por ejemplo, que el tema palestino esté casi sistemáticamente excluido de nuestra conmovedora compasión digital. Es posible que esa cuestión toque los intereses de esos otros Elegidos que pesan mucho en la empresa informativa, víctimas ejemplares del Holocausto de ayer (una y otra vez reactualizado en pantalla panorámica) y actual vanguardia en el racismo democrático que ejercemos en Oriente medio.

Lo que se llama alegremente cultura no nos salva, incluso cuando es de élite, del beligerante esquematismo informativo. De hecho, es significativo que la celebrada crítica se desarrolle con frecuencia en edificios que hace veinte años eran cuarteles. La cinta blanca, por ejemplo. Dicho sea de paso, ¿no es el éxito europeo de Haneke la expresión de lujo que a los elegidos de este maniqueísmo nos blanquea anímicamente? Dejaremos el tema para más adelante.

Como sea, con la solidaridad y la compasión teledirigidas hemos montado un inmenso negocio que lava nuestras conciencias y cualquier posible complejo de culpa. El mensaje subliminal es: Hemos sido muy malos antaño, pero ahora nos estamos corrigiendo con la crítica y la autocrítica. Para muestra, esta inmensa cadena de desdichas que enseñamos a diario. A la vuelta de la panorámica informativa sobre la cadena de desastres diarios que nos rodean, los esclavos de la macroeconomía se sentirá un poco más a gusto, al fin y al cabo han vuelto a comprobar que fuera se vive mucho peor. ¿No es esta percepción media en sí misma racista? El lenguaje políticamente correcto, que oculta en un pacto de silencio lo que en verdad hacemos, acaba por confirmar el limbo virtual en el que vivimos. Comparado con este trastorno bipolar, ¿no era un juego de niños la hipocresía católica de antaño?

Inmenso negocio, el de la ayuda, que genera además miles de puestos de trabajo y nuevas formas de corrupción. No hace falta recordar las tropelías de los soldados de la ONU o las orgías sexuales, con prostitutas baratas, de nuestras ONG punteras. Como se dijo del cáncer: más viven de la tragedia del Mediterráneo de los que mueren en sus aguas. Esto puede sonar mal, incluso a las consignas de esa extrema derecha que todos hemos contribuido a alimentar. Pero el problema político es justamente el inverso: es la impiedad real de nuestro progresismo ideológico, sea oficial u alternativo, lo que alimenta las ideologías que decimos que no nos gustan, tanto en Europa como en América. Por poner un ejemplo nimio, casi nadie de la izquierda que ha logrado ocupar su escaño bajo el nuevo sol ecofeminista se acercará a mirar con detalle de qué manera Moore muestra en Fahrenheit 11/9 el siniestro parentesco de Obama con las groserías de Trump. Nos indigna la brutalidad de este último, no la progresiva americanización del mundo, una dialéctica aislamiento real/espectáculo virtual que nos ha convertido en zombis indiferentes.

Good news, no news. La información, religión indiscutible de la época (vive del oscurantismo de confundir el presente con la actualidad de la cobertura), se ha convertido en un inmenso dispositivo para blanquear nuestra mala conciencia. Según nuestros despiadados baremoss, tenemos un nivel de vida incomparable al de los pobres habitantes del Tercer Mundo. Por debajo, sin embargo, nuestra depresión larvaria, nuestra desvitalización (pronto no podremos ni ligar sin GPS o una aplicación de móvil) se ha convertido en crónica. Así, al abrir los informativos de la compasión programada y asomarnos, entre café y whisky, a la vida horrenda que llevan los otros, víctimas indefensas de un sistema del cual nosotros no somos parte, lavamos automáticamente nuestra mala conciencia.

¿Supremacismo progresista? Nosotros somos el sistema, tal vez lo peor de él, pues nos creemos absueltos por haber leído por encima a Foucault. Al participar además en cientos de masivas campañas solidarias, borramos cualquier sombra de pecado. Bajo cuerda, vivimos sin embargo de lo que se ha llamado industria de la agonía (S. Marai). Viendo a diario lo mal que le va a los demás, al otro lado de la pantalla, automáticamente nuestras dudosas vidas se sienten realzadas. Nuestro débil malestar, que nunca deja de amenazarnos, se difumina. La libertad de expresión, enredada en una alarma social vociferante, es la mejor forma de reprimir la verdad. Y también la compasión real, que solo puede nacer de lo que hay de subdesarrollado en nosotros, que es único o intransferible en cada cual.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 21 de diciembre de 2019

Agamben y Greta

De la rúbrica «Una voce» de Giorgio Agamben en el sitio web de Quodlibet, 18 de noviembre de 2019.

 

El tema del fin del mundo ha aparecido muchas veces en la historia de la cristiandad y cada vez han surgido profetas que anunciaban como cercano el último día. Es singular que hoy en día esta función escatológica, que la iglesia ha dejado caer, haya sido asumida por los científicos, que cada vez más a menudo se presentan como profetas, que predicen y describen con absoluta certeza las catástrofes climáticas que conducirán al fin de la vida en la tierra. Singular, pero no sorprendente, si se considera que en la modernidad la ciencia sustituyó la fe y asumió una función propiamente religiosa — es, de hecho, en todos los sentidos, la religión de nuestro tiempo, aquello en lo que los hombres creen (o, al menos, creen creer).

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El miedo del día al susurro

(Texto de Ignaco Castro Rey publicado en FronteraD)

Cuando cayó la primera nieve nos empezamos a conocer mejor (M. Crnjanski). Justicia para Serbia.

 

Lo de menos son los escándalos sexuales que el año pasado salieron a la luz en la Academia Sueca. Los perdonaríamos, ya que al menos indicarían que estos señores son humanos y les queda todavía algo de sangre en las venas. Lo asombroso es la pretensión de mantener a nivel mundial “motivos estrictamente literarios” que cubran el planeta y seleccionen en él el canon literario de lo que vale y lo que no. Es esto lo aberrante, probablemente tan dañino como la legión de muertos que ha dejado tras sí la invención de la dinamita por el venerado ingeniero de armamento Alfred B. Nobel. El propio Handke, en una de las peores entrevistas que le recordamos (El País, 10/10), está casi genial ante la decena de periodistas que, después de años de ignorarlo e insultarlo, por fin le esperan en grupo: “No sé cómo celebrarlo”. Dice haber nacido culpable, pero al fin sentirse libre. Aunque durante un tiempo no lo será, ya no lo es ante la nube de preguntas estúpidas: “¿En qué va a gastar el dinero?” (Vaya, esto no es muy sutil, ironiza Handke). Enseguida se recupera: “¿Tras el Nobel? Hay que continuar como si nada. Es uno de mis motivos en la vida: hacer como si nada”. Cierto, pronto todo volverá a su cauce: el de la clandestinidad. Afortunadamente, igual que la historia no sabe lo que hace, los periodistas no tienen ninguna memoria (salvo cuando, con intenciones policiales, tiran de hemeroteca). Sobre todo para quien, como todos los clásicos, es un hombre de una sola idea que ha de extenderse en todos los campos posibles: novela, teatro, ensayo, cine o poesía. Y en varios idiomas, incluido el español. Todo demasiado complejo para hacer de ello crónicas fáciles, salvo que estén premiadas por un gran Premio.

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Crónica de una depresión anunciada*

Crónica de una depresión anunciada*

 

“El asunto de que aquí se trata es previo a la política y pertenece a su subsuelo… Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”. José Ortega y Gasset (reproducido por el Comité Invisible).

 

Con el reto de una enorme finitud que late en el centro, porque jamás será nuestra, lo real sigue aquí. En el fondo, muy a pesar de esta amedrentada cultura, no habríamos perdido nada. Sigue entre nosotros el murmullo de un desierto común que es también una encrucijada (Rilke) de la que parten todos los caminos, incluido el de buscar una forma de muerte propia. Somos nosotros, occidentales progresistas, los que soñamos con retirarnos a un limbo donde, armados de una estrategia de apartheid permanente, se liquidaría la aventura en la que todavía podría ocurrir algo.

 

I

Gracias a la coyuntura política parecían prometerse mejores vientos para los estudios filosóficos en España. Pero no está claro que debamos ser optimistas al respecto, ni con el despunte que se vislumbra en las vocaciones universitarias, alimentadas por una crisis que es el motor de cualquier pregunta filosófica, ni con las improbables mejoras legales que permitiría la enseñanza europea actual. Una Europa en realidad insularizada, anglo-clonada (de ahí el psicodrama del Brexit), donde el aislamiento existencial de las vidas es la base de una comunicación virtual acelerada, que solo multiplica la indiferencia.

 

A pesar de la devoción elitista hacia cierta caricatura de Foucault, si el ideal español es una normalización social que sigue el modelo puritano del norte, poco se puede esperar de una hipotética resurrección del pensamiento. Nos queda más bien el aburrimiento de cinco días de civilidad kantiana, más el simulacro de una fiebre de sábado noche a golpe de Žižek. Pero no hay ningún posible efecto especial que nos arranque de una catatonia que ya está empotrada en las venas. Abominamos de D. Trump, pero el autismo espectacular que la cultura de America representa nos ha capturado por dentro, en este miedo neoilustrado a las sombras que se ha convertido en empresa personal y colectiva.

 

Si hoy en día nadie debe hacer el amor sin ser consciente de estar haciendo el amor, ni bailar en una terraza tecno sin ser consciente de su imagen. Si nadie debe dar una conferencia sin ser a cada minuto consciente de estar dándola, pegado al guión, entonces en este Occidente enfermo de conciencia, atenazado por la metástasis de algo que eufemísticamente llamamos cerebro, la filosofía (bajo sus capas de grasa departamental) no puede dejar de ser anémica, por no decir vegana. En este elitista empoderamiento virtual que es la cara externa de una impotencia real, de lo que se trata es de eliminar cualquier gota de sangre en las venas, sea en la generosidad personal, en el valor de la franqueza o en cualquier amabilidad del corazón. No digamos, es obvio, en cualquier posible heroísmo del pensamiento. Esto último, en una democracia que se ha construido como un tormento para las almas sencillas, queda para las puntas estadísticas de unas series caníbales, epítome del bucle en nube que cubre nuestras cabezas. El velo islámico es un juego de niños comparado con esta inmensa cobertura uterina, uniendo con barras de pasión rosada el sueño solipsista de cada estrella estampada. Ni Warhol pudo imaginar hasta qué punto la fama serviría al narcinismo de cualquiera, igual que las pizzas se sirven a domicilio.

 

En el planetario de nuestra transparencia obligada el fantasma no es ya la caza o los toros, el tabaco, la carne o los riesgos del sexo anal. Se trata más bien, para la deconstrucción global que es la única ideología del sistema, este puritanismo disperso llovido del norte, de erradicar integralmente cualquier gesto vital que dialogue con la muerte[1]. Si este sonriente prohibicionismo correcto puede permitirse el lujo de ahorrarse grandes discursos y prescindir de ideología es porque su ideario es transideológico, viviendo ya infiltrado en el hábito cotidiano de nuestros tejidos. El cielo del actual sueño progresista es que no quede entre nosotros nada de intensidad sanguínea, una pasión de vivir que hemos de transferir a nuestros ídolos de ficción, autorizados a una serie de aberraciones que confirman nuestra limpieza ética, o a la humanidad victimaria que sale en las noticias. También a nuestros precariados alternativos, sean los jóvenes explotados o los inmigrantes subempleados. Si la corrupción es nuestro envés obsesivo, señaló hace años Baudrillard, es debido a la furia de esta corrección delirante. Nada de pasión en el centro, a las 11 de la mañana, aunque necesitamos en los bordes la sangre fresca de algunas bestias sin freno. Ellos son los protagonistas de nuestra masiva ficción de éxito. ¿Escribirán además la filosofía que pronto se consumirá en el metro? Tiempo al tiempo.

 

II

Contra esta desvitalización de cuño democrático y postindustrial, buscando tal vez un contraefecto jovial y trágico ante los restos depresivos de una movida que para algunos de nosotros fue un hedonismo muy blando, se levantó algo que después de muchas discusiones, enfados y tardes gloriosas de alcohol se llamó Cruce. Pronto imbuido de un enorme despliegue de energía, antes incluso de aquella inauguración que bloqueó durante dos horas el tráfico de la calle Argumosa, esta generosa alianza de fuerzas dispares permitió que cientos de seres escondidos, en la resaca de una anterior fiebre del oro, saliesen otra vez de su agujero[2]. Parece evidente que tras cinco o seis años, precisamente por su propia intensidad excepcional, se desdibujó aquel arriesgado campo de batalla que había forjado amistades y enemistades inquebrantables.

 

Vaya por delante un infinito agradecimiento a todos los que, sin pensarlo dos veces, se apuntaron a aquel incierto banderín de enganche. Queda de él ésta sumergida guerra de guerrillas, poco más que un archipiélago de reservas indias que mantienen algo de humo en fogatas dispersas. Naturalmente, sin contar ya a las personas (tal vez las mejores) que, por aquella misma intensidad de una búsqueda anómala, han tenido que desaparecer y ahora mismo cuesta recordar. Con adorables personajes abruptos que después prolongaron su pasión por otros medios (Marysol García y Manolo Quejido; Jaime Aledo, Fernando Carbonell, Pilar Novo, Evaristo Bellotti y un servidor; Vicente Llorca y Alicia Murría…) Cruce nació para, en la órbita del arte y el pensamiento, lograr una hibridación que mantuviese a raya la escolástica institucional reinante, desde hacía tiempo más kantiana que tomista o nietzscheana. A pesar de que media España filosófica, y alguna figura extranjera, pasó por sus distintos seminarios, debates, conferencias y encuentros, es obvio que los que apostamos (digámoslo así) por un socratismo de la exterioridad que mezcló bien a Deleuze con Jünger, que se atrevió incluso a criticar a Nauman, hemos perdido la batalla. Y no la de la hegemonía o la visibilidad, sino la de una forma impolítica, ni progresista ni conservadora (tampoco marginal), de percibir el mundo.

 

Desde entonces, existencial y conceptualmente, todo ha vuelto a un nuevo cauce civil, con frecuencia miserablemente político. Aunque últimamente adornado con la promesa pijopopulista de no se sabe qué cielo con cargos que todavía podríamos asaltar. La alegría contagiosa de Sandra Rodríguez, Dios la tenga en su gloria, y la de algunos de los que nos mantuvimos pegados a su estado de gracia, fue el signo de una energía que después pasó a la triste dispersión de un registro encriptado. Por no decir al mutismo, la amargura o la autodestrucción que acepta un fin a plazos. Dejando de lado el oportunismo de los tibios, ¿qué ganamos hoy con ocultar esta decepción compartida, una caída que fue dramática para los que pusimos entonces toda la carne en el asador? Algunos dijimos entonces, sin conseguir mucha audiencia, que la muerte a tiempo es la eternidad. Lennon y sus Beatles, no estos patéticos Rolling que todavía se arrastran.

 

III

Nostálgicas amarguras aparte, ninguna, conviene recordar el retroceso general de las humanidades en casi todos los países influidos por el implacable pragmatismo angloamericano. Roca Barea, aunque ya sabéis que no conviene leerla (descubre la hispanofobia actual que se oculta tras nuestra acéfala imperiofilia), tiene páginas muy divertidas al respecto[3]. En este punto, y posiblemente en otros, este histérico positivismo civil que tanto preocupa a Han (pero él es también un apestado en el excelso nivel del particularismo universitario) reproduce, aunque con frecuencia en clave ecofeminista, estrategias militares que han tenido tanto éxito en el control de las poblaciones. Es bien sabido que una buena relación con el vértigo de la duda, quintaesencia de la filosofía de Platón a Nietzsche, no es muy ventajosa cuando se trata de contener al enemigo, a una supuesta barbarie exterior (el Islam, la Derecha, los Rusos: el cómic de nuestros miedos se repite) que hoy, según la hipocondría de la sociedad internacional, parece amenazarnos por doquier. Así pues, todos los radicales actuales corean: ¡más Butler y menos Agamben, más Laclau y menos Badiou! ¿Más Hume y menos Berkeley? No, no se llega a tanto porque hoy nada se sabe de Berkeley. De nuevo, gracias a Kant.

 

Del Comité invisible ni idea (no digamos Camille Paglia), aunque a la vez se les parasite en patéticos encuentros internacionales[4]. Resumiendo un poco, nuestra actual receta cultural se queda en el clásico Más Prozac y menos Platón. Hace mucho tiempo que Occidente, que no tiene nada real que ofrecer, no puede vivir (no es solo Debord quien lo dice) más que de sus supuestos enemigos, convenientemente satanizados. De ahí que cierta caricatura fenoménica del Kant más ingenuamente ilustrado sea a veces tan eficaz (para mostrar, pongamos por caso, la superioridad de Francia sobre Irán) como nuestras más temibles armas de destrucción masiva.

 

En esta Europa clonada, que no olvida sin embargo su racismo ilustrado, la radiante mentalidad neoindustrial hace tiempo que desprecia la voz de los ancestros y el rumor oscuro de las lenguas muertas. Abominamos de unas intrincadas reflexiones filosóficas que, a los fanáticos de la velocidad, siempre les han parecido tocadas por el tufillo laberíntico de un pasado que es necesario liquidar. Y esto ya viene de Marx, de su eficaz giro de la ideología alemana a la ideología inglesa. Entre otras razones, este giro positivo busca que nuestro impresentable presente, tramado en una insularización (Foucault) de cuño angloamericano, no tenga a la vista un referente que le pueda avergonzar. En otras palabras, un espejo barroco que haga ver su esperpento. Multiplicamos las pantallas espectaculares para tapar los posibles espejos elementales.

 

Entreverado, gravita implícitamente en nosotros un indisimulable odio Wasp al pensamiento abstracto, a su difícil, lenta y dudosa utilidad. Para una mirada pragmática la filosofía, de Agustín a Leibniz, de Schelling a Heidegger, siempre ha padecido unas pretensiones no contextuales, ni históricas ni simplemente civiles, que la han hecho bastante risible… Cuando no sospechosa de toda clase de atavismos arcaizantes. En resumidas cuentas, hace tiempo que la famosa navaja ya no es de Ockham. El bisturí, a veces incluso usando el nombre de Lacan en vano, lo hemos extendido progresivamente a los mil recortes anímicos que hacen falta para que el Primer Mundo sea más veloz y laminado, más obediente a la normalización que nos permite sentirnos elegidos. En este punto Marx también se equivocó… y quizás Lacan fue un poco condescendiente con él. Igual que la ideología, que carece de sustancia propia, la sacrosanta economía moderna fue siempre un medio para otro objetivo de fondo, prácticamente negativo. La auténtica infraestructura del capitalismo, por eso su imperio acéfalo recorre el entero arco parlamentario de la ideología, consiste en una transformación profunda de las almas que ha logrado romper con cualquier fidelidad a la común finitud, aquello que Weber llamó cultura de los sentidos[5].

 

Cabría preguntarse, sin embargo: ¿qué puede salir de ese espíritu de normalización integral más que una indiferencia expandida, una imparable dialéctica de aislamiento real y conexión virtual? En resumidas cuentas, nos queda este mutismo envolvente de un prójimo iluminado sin cesar por una lejanía en pantalla. Pereza mental y obesidad mórbida de clase media, más la erudición vacía que es el abecé de la nulidad universitaria, corren en la misma cinta transportadora de infinitos comentarios sobre comentarios e investigaciones que no revelan nada[6]. Toda esta espuma expresa una precarización que si no es trágica es por haber invadido también las últimas esquirlas del pensamiento. La paperización de la Universidad nada sabe de todo esto. El estamento universitario está demasiado encantado de haberse conocido y, sobre todo, demasiado ocupado en mantener la marcha en la carrera por la visibilidad y los magros sueldos. Así que ha decidido no atender a nada que no corra por los pasillos en busca de tramos de investigación y sexenios. No es tan extraño que en este Lager burocrático nos encontremos a veces profesores de Secundaria que están, ontológicamente, más vivos que las eminencias universitarias.

 

IV

Para más Inri, y esto es definitivamente genial, nuestra querida España (mucho antes de los separatismos, recuerdan hace un siglo Ortega y Unamuno) ha padecido un secular complejo de culpa, una timidez política que la convierte en mimética de los modelos occidentales de alta velocidad. Esto ha funcionado en varias bandas, sea con la admiración izquierdista hacia Francia o con la admiración derechista hacia Alemania, Inglaterra o Estados Unidos. Una nación que se precie tiene en la educación el primer frente exterior, la primera línea de su ambición de defenderse en este planeta culturalmente darwinista. Pero no es precisamente nuestro caso, que se conforma con ser un encantador país turístico plagado de servicios terciarios. Si esta España acomplejada (Barea dixit) convierte la educación en constante arma arrojadiza del sectarismo partidista es porque teme cualquier iniciativa independiente y resuelta, dispuesta a salir al campo abierto en la liza implacable de las naciones. En tal sentido, la Leyenda Negra nos sigue viniendo de perlas, pues nos permite dimitir de cualquier iniciativa vernácula (Illich) que se atreva a tener una ambición mundial. Tal vez solo Cuba, ni siquiera un gigante como México, es una excepción en esta dimisión política que recorre el mundo hispano posterior al Imperio.

 

Mejoraremos la soltura de nuestro inglés, esta castrada lengua de una nivelación que nos viste de simpáticos camareros, difícilmente mejoraremos el conocimiento histórico de nuestro pasado mundial. Es el presente español el que es humillante, no un pasado que ni siquiera logramos entender, sepultado como está bajo los tópicos de un auto-desprecio secular. Esta nación católicamente laica, por la izquierda y por la derecha, donde el halago de lo reconocido institucionalmente es nuestra arma favorita de destrucción masiva, odia cualquier debate abierto que ponga en riesgo los dogmas que nos convierten en cultura vicaria[7].

 

Late además en el planeta occidental, invadido hace tiempo por el autismo de la comunicación sin hilos (esta invisible alianza de aislamiento carnal y conexiones virtuales), una cuestión muy simple que afecta a la agresividad de una praxis filosófica que, al decir de Deleuze, tendría la función de entristecer, obstruyendo la estupidez una y otra vez triunfante. ¿En el oscurantismo acelerado de la “sociedad del conocimiento” es conveniente pensar, practicar un pensamiento que no obedezca a la religión social de la circulación? Más bien se diría que basta con la información y con el equivalente universitario de la cita, con el acceso masivo a las opiniones y datos que ya circulan… Más aún, que son ciertos porque circulan: ¿no es ésta la posverdad? La cultura informativa ha creado, es necesario decirlo, unas generaciones adultas y jóvenes, populares y vanguardistas, incultas como pocas veces se han conocido. Y además se trata de una incultura americanizada, vale decir, fluida y sin ningún complejo de culpa.

 

Los profesores de filosofía, con demasiada frecuencia, se limitan a sazonar con alguna referencia histórica esta incultura propia de las conexiones imperiales. Como en nuestra adorable y empoderada inmanencia falta el coraje anímico y vital para lo que Badiou o Deleuze llamarían potencia de la interrupción, falta también la jovialidad y el descaro de la búsqueda. Es así que nuestros entrañables intelectuales, casi siempre pacifistas, se pasan la vida dándole vueltas a sus rancias referencias, sin enterarse de que además del venerable Kant existen nombres como Weil, Benjamin, Walser, Agamben o Lispector, cajas de herramientas que harían del pensamiento algo menos endogámico, más provocador e incisivo. Aunque esto, claro está, rompería la religión de la seguridad en la que se asienta el narcisismo global, tanto en versión popular como universitaria.

 

No obstante, ¿qué es una filosofía que no consigue limitar el saber con la verdad, que no consigue humillar la seguridad de las categorías? Nada, nada más que un simulacro elitista de excelencia en un mundo laminado desde abajo, asentado en un suelo que el intelectual se cuida de no pisar jamás. De ahí que hace tiempo, salvo contadas excepciones, el pensamiento haya recaído en hombros de intrusos (Heidegger o Deleuze como intrusos), ajenos al parque temático de la filosofía académica.

 

V

Los profesores no necesitan leer La comunidad que viene o Un habitar más fuerte que la metrópoli. Ni siquiera un estudio sociológico tan sencillo como La trampa de la diversidad. Se conforman, para ejercer de gestores (por no decir mamporreros) del poder norteño que nos sodomiza, con el santoral habitual de su devocionario laico. No es solo que la lectura, primeramente entre los intelectuales, haya caído en picado gracias al cotilleo grupal y al entretenimiento masivo de las pantallas. Lo grave es que se ha recortado previamente la experiencia física de una humanidad que, de no estar sometida a este arresto domiciliario en el mañana, necesitaría leer para ordenar la irregularidad de sus vivencias[8]. Es necesario insistir en que la experimentación analógica en el sucio exterior territorial la dejamos para toda esa fauna marginal que adoramos como complemento exótico de nuestra tediosa seguridad estructural, pero con la que somos solidarios a distancia, con guantes y mascarilla[9]. Como resultado de este complot contra lo real de la inteligencia media, nos quedamos con la economía de la rutina diaria, su cadena (nada precaria) de selección permanente. Naturalmente, también con el simulacro finisemanal, las vacaciones y el turismo, ese nomadismo virtual de sexo y alcohol, cultura, lenguas y museos. Un nomadismo terciario hace soportable nuestro sedentarismo sumergido, primario. Nadie se mueve fuera del matrimonio sagrado que ha sellado con su imagen, estratégicamente construida quizás antes de los veinte años: mi estilo de vida, mi currículo, mi piso, mi pareja, mi filósofo favorito, mis discos de Brad Meldhau. Etcétera.

 

El calentamiento global se construye sobre esta frialdad local. Habría que ver tras el fenómeno de la precariedad también una estrategia política del empoderamiento, puesto que es el perpetuo cambio de canal el que nos protege. Nos quejamos todo el día de la precariedad, con razón, pero es también su estrés el que nos permite un divorcio perpetuo de cualquier posible compromiso. Y huir del demonio del reposo. Un hombre olvidado de la filosofía española, García Calvo, dijo un día que hemos elegido la metástasis a la verdad. Es posible que no le faltase razón.

 

De Descartes a Schopenhauer, la filosofía siempre ha nacido de un dolor que regresa, del miedo que produce lo inmundo del mundo. De un accidente exterior, leemos en el trabajo de Deleuze sobre Bacon, convertido en monumento duradero. La ontología solo seguirá mientras haya miedo, angustia y asombro (Aristóteles). En suma, sombras y traumas, estas raras especies analógicas que hoy querríamos ver integralmente erradicadas, pasadas al encadenamiento serial de las pantallas. ¿Tiene forzosamente que seguir la filosofía? No. Pero sí ha de seguir la comunidad de la vida mortal. Ahora bien, extinguir el trauma es extinguir lo real, la comunidad que nace de su vértigo. La huida masiva de lo trágico, que hace a las vidas tan tristes bajo este masivo maquillaje, es lo que alimenta el éxito barato de una comedia que pretende hacer seguro nuestro mundo. Cuando en realidad duplica la crueldad de la violencia, la desperdiga en un perpetuo aplazamiento, en nosotros y para los otros. Es el triunfo de la emoción artificial lo que amenaza a esta civilización y a nuestras vidas, la imposibilidad de sentir de manera primaria y por cuenta propia, impidiendo que lo percibido llegue al pensamiento[10]. El peligro no es una elitista inteligencia artificial que solo fascina a web junkies, niños e ingenieros. El problema está en una mutación antropológica que afecta al suelo de nuestras emociones. Es éste el primer y más temible cambio climático, no el que atañe a la temperatura media del planeta y a la superficie del hielo en los polos.

 

VI

El refugio de la filosofía en diversas alianzas con otras disciplinas (la hegemonía política, la ciencia, los estudios culturales) no deja de expresar también un cierto complejo de inferioridad, un sentimiento de culpa por las preguntas metafísicas, atormentadas y ahistóricas de ayer. La ontología del ser en tanto que ser, no contextual, que está en la base del inicio filosófico, tiene desde hace tiempo (incluso en Ortega, por lo demás tan sagaz) mala prensa. La normalización de las poblaciones arrincona la filosofía en una condición museística, tristemente erudita y departamental. Pero por esa vía también se arrincona la música y todo lo que nos permite vivir en los bordes de nuestra jaula de silicio. De ahí que casi siempre las sorpresas de la creación, los libros y las piezas musicales que nos hacen revivir (sea In a lanscape u Olvidar a Foucault, sea Cartas a un joven poeta o La pasión según G. H.) surjan por fuera de una militarizada circulación institucional.

 

El repliegue climático de la humanidad se manifiesta también, en paralelo a nuestra ideología política, en la moda académica de la dispersión y la acumulación masiva, con un saber especializado que impera en menoscabo de cualquier genio intuitivo del pensamiento. Triunfan por doquier las tecnologías sociales y virtuales de la dispersión, en detrimento de las potencias existenciales de concentración. Cuando, muy a pesar del rancio Kant, la intuición es de lo poco que tenemos para perforar las cien capas de diseño que hoy ocultan a cosas y personas.

 

Bajo el terror de la inmanencia nada debe ocurrir, tampoco en las páginas que frecuentamos. La cita y el comentario erudito son en la filosofía académica, anoréxica de raíz, la sazón suplementaria que adorna una nulidad preconcebida. Como no se defiende absolutamente nada, ni de hecho se cree en nada (no hay nada que creer cuando la vida es plana y no sale nunca de la moqueta de la especialidad), solo queda el simulacro de la referencia histórica para aparentar que se tiene algo que ver con lo que ha sido la filosofía. La cita es al pensamiento lo que Tinder y la pornografía al sexo: el metapreservativo que garantiza que no ocurrirá nada, que no habrá encuentro real. Como el ámbar que retiene la mosca, diría Lacan, para nada saber de su vuelo.

 

Si a los pactos neo-feudales propios del gremio universitario le sumamos la obediencia política e ideológica, que promete complementar un precario sueldo, entenderemos por qué, con raras excepciones, las mejores cabezas académicas, son especialistas en páginas intrincadas (incluso de Nietzsche y Heidegger) que no hacen daño a nadie. Contra todo esto se intentó rebelar Cruce. Parece obvio que solo queda de aquello un encomiable seminario que intenta rumiar los restos del naufragio. Mis mejores deseos para los grumos de resistencia que quedan, incluida esa alegre energía de Tim Appleton, Isidro Herrera y sus amigos. Cada cual debe buscar sus islas. Solo desde ellas, desde esta dispersión monstruosa donde hasta llamar por teléfono empieza a estar mal visto, será posible otra comunidad y otros encuentros. Serán efímeros, pero es el mutismo que nos queda para volver a sentir el valor común de otra aventura. Tal como la vivimos, es solo un ejemplo, en un libro llamado Ahora: “La cuestión del comunismo ha sido mal planteada, para empezar, porque se ha planteado como cuestión social, es decir, como cuestión estrictamente humana… se trata de la experiencia de la continuidad entre seres o con el mundo. En el amor, en la amistad, experimentamos esa continuidad. En mi presencia serena, aquí, ahora, en esta ciudad familiar, ante esta vieja Sequoia sempervivens cuyas ramas agita el viento, experimento esa continuidad… Ya hay bastante belleza en el hecho de estar aquí y ningún otro lado”.

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 10 de octubre de 2019

 

* Este texto es una contribución al libro Pensamiento que se presenta el 14 de diciembre en la asociación cultural Cruce para celebrar el 25 aniversario de su fundación.

[1] Comité Invisible, Introducción a la guerra civil, Melusina, Barcelona, 2008, p. 80.

[2] El surgimiento de Cruce fue tal vez una premonición minoritaria y conceptual del 15M, de su rebelión impolítica, para nada algo vinculado con la obsesión hegemónica del politiqueo que vino después.

[3] Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra, Siruela, Madrid, 2018 (20ª ed.). Mal que le pese a nuestro querido José Luis Villacañas y a otros críticos, el libro de Barea, que para nada es perfecto, está plagado de páginas impagables, que además suponen una rara energía de pensamiento libre aplicado a la historia, al margen de sus muchas referencias eruditas. Aparte de los bloques dedicados a la hispanofobia ilustrada (alemana, francesa, inglesa y holandesa), a la auto-leyenda negra española, a la Inquisición o América, las páginas que Barea le dedica al pre-nazismo de Lutero (pp. 181-191), a la obsesión protestante con la sodomía católica (p. 259), a los vínculos entre catolicismo y comunismo (p. 348), al racismo indisimulable que preside la política actual europea (pp. 445 ss.), y un largo etcétera, están cargadas de un humor y un ingenio del que carecen casi todos sus críticos.

[4] En este fundamentalismo del currículo nadie quiere perderse una sola pista de baile. El mismo profesor que hoy pone a caldo a Agamben mañana, sin despeinarse, será capaz de presentarlo en público.

[5] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona, 1994 (13ª ed.), pp. 25-80.

[6] George Steiner, “Una ciudad secundaria”, Presencias reales, Destino, Barcelona, 1992, pp. 13-68.

[7] Uno mismo, que en realidad ha tenido bastante suerte y no puede quejarse de nada, podría recordar que el destino de Sociedad y barbarie, un libro que intentó criticar a fondo la ontología subyacente en este bestseller mundial llamado Marx, fue sepultado por una ley del silencio del más puro estilo católico-provinciano. Y todo esto, naturalmente, sin abrir siquiera el volumen.

[8] “Nada es cercano para el que flota. La esperanza, ese muy ligero pero constante impulso hacia el mañana que se nos comunica día tras día, es el mejor agente del mantenimiento del orden. Se nos informa cotidianamente de problemas contra los que no podemos hacer nada, pero para los que sin duda mañana habrá solución. Todo el asfixiante sentimiento de impotencia que esta organización social cultiva en cada uno de nosotros hasta donde alcanza la vista no es más que una inmensa pedagogía de la espera”. Comité invisible, Ahora, Pepitas de calabaza, Madrid, 2017, p. 17.

[9] “Si ya no podemos escenificar nuestra propia muerte es porque ya estamos muertos. Y estas son la indiferencia y la abyección que planteamos como reto a los otros: el desafío de envilecerse a su vez, de negar sus propios valores, de mostrarse al desnudo, de confesarse, de admitir; en definitiva, de responder mediante un nihilismo como el nuestro. Procuramos arrancarles todo esto a la fuerza, mediante la humillación en las celdas de Abu-Ghraib o la prohibición del velo en las escuelas. Pero eso no nos asegura la victoria: es preciso que vengan por su propio pie, que se autoinmolen en el altar de la obscenidad, de la transparencia, de la pornografía y de la simulación mundial; que pierdan sus defensas simbólicas y emprendan por sí  mismos el camino del orden liberal, la democracia y el espectáculo integrales”. Jean Baudrillard, La agonía del poder, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006, p. 24.

[10] Una psicóloga reconocía hace poco que buena parte de sus pacientes ya no son capaces de relatar el drama de sus crisis de pareja sin recurrir a leer, punto por punto, la lista de los últimos Whatsapp. Igual que el alumno que cuando le llega el turno en el debate ha olvidado su pregunta: ¿tal vez porque nunca la había llegado a sentir?