Entrevista: El deseo de este libro es quemar

El Correo
Mª Jose Gomez
14 de octubre 2021

Lo cierto es que, una vez se cierra la contraportada de la obra, tras su detenida lectura, el libro nos pone de manifiesto lo que decías, comportamientos que tenemos muy interiorizados pero que en el fondo nos van aislando cada vez más. ¿Cuánto hay aquí de tu realidad?…

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El poder de las rotondas

No revelamos nada nuevo al decir que nuestro orden social climatizado funciona con la circulación perpetua. Nada debe detenerse para que no se vea su inanidad, su absurdo, su falsedad. En tal sentido, dándole una anchura de capital a cada antiguo cruce, las rotondas son un símbolo de nuestra fluidez espectacular, esta velocidad inyectada que permite que nadie se tenga que hacer cargo de un destino propio e intransferible.

Como nación de nuevos ricos, España es el país de las rotondas. Europa es el continente rotonda. Y esta es el no-lugar por excelencia, pues ahí apenas puedes detenerte, menos todavía morar. Las rotondas son grandes círculos reglamentados que señalan nuestra obligación de circular sin desmayo, de no detenerse nunca, de no aproximarse en realidad a nada. Puedes divisar un bar deseable a quinientos metros  y no encontrar el modo de acercarte, tal es el laberinto de obstáculos, de barreras,  muros y vías que impiden ningún acceso directo. El muro del Este ha caído para que los muros se multipliquen en el Oeste. A veces en una gran ciudad, o sus afueras, es una auténtica pesadilla llegar a un sitio en concreto, tal es el trenzado de dificultades urbanas y arquitectónicas. Igual que escaparte de una discoteca en Vigo o Majadahonda al anochecer. Puedes tirarte cerca de una hora antes de encontrar la ansiada fuga de vuelta hacia tu casa.

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LA FRÁGIL PIEL DEL MUNDO

Fallecido este pasado verano, Jean-Luc Nancy es uno de los filósofo que más han agitado en las últimas décadas las aguas del ansioso bienestar occidental. Desaparecidos hace tiempo Foucault y Deleuze, Lacan y Debord, Nancy es de los pocos -junto con Agamben y Badiou- que han logrado conectar con el eco de las grandes preguntas del siglo anterior. Estamos ante otra herencia de Heidegger y Bataille, de Blanchot. En perpetua discusión con la actualidad de Derrida, Lacoue-Labarthe y Roberto Esposito, el autor de La comunidad desobrada (1987), Ser singular plural (1996) y El ‘hay’ de la relación sexual (2001) no ha cesado de intervenir en los grandes debates filosóficos y políticos europeos.

Ahora, en La frágil piel del mundo (De conatus, 2021), el pensador de la ardua inquietud de lo negativo, deletrea una rápida summa ateológica de sus largas reflexiones anteriores. Los traductores de esta edición, Jordi Massó y Cristina Rodríguez, comienzan recordando que el debate que mantuvieron en 1932 Freud y Einstein acerca de cómo aliviar la agresividad del ser humano, unos instintos de odio y destrucción que siempre han alimentado la guerra, fueron del todo infructuosos. Frente a nuestra secular pulsión destructora, habría que apelar entonces al adversario de esa inclinación, el eros. “Todo lo que engendra, entre los hombres, lazos sentimentales debe reaccionar contra la guerra” (p. 10). Ahora bien, podríamos toparnos con una dificultad añadida -según el propio Nancy- en este pensamiento, pues todo indica que hay un goce erótico en la propia destrucción. Es posible que Lacan, tanto o más que Freud, nos haya advertido de esta temible posibilidad.

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Sexo en agosto

¿Quién habló de frío en el rostro? A pesar de la deserotización producida por la información y su cansina presión política, a pesar de los ríos de tinta -con frecuencia banales- vertidos sobre la sexualidad, poco se puede decir que esté a la altura de los placeres de la carne, de sus mil delicias compartidas. Deshacer las camas, apartar de una patada los obstáculos, quitarse la ropa en desorden. Perder la compostura, amarse, desbaratar en secreto las reglas de la decencia y la falsa civilización del día. Existe una inteligencia subversiva en el sexo, una verdad corporal vinculada a un feliz subdesarrollo de los afectos, que no tiene fácil comparación con otras cosas. Tampoco con este penúltimo moralista y aburrido llamamiento a un sexo sano y responsable.

¿No deberíamos aprovechar el verano para soltarnos un poco, el cuerpo y las mentes, el pelo y la lengua? Inseparable de la pasión, de un deseo por fin liberado, es posible que el sexo sea una experiencia que arma al blando de corazón y desorienta al poderoso e insensible. Indisociable de una ampliación de los lazos con otra humanidad, con una osada infancia que nunca habíamos perdido, la sexualidad nos devuelve el calor de un tiempo sin contabilidad, de una juventud envolvente que nunca habíamos tenido. La intimidad con alguien nos prolonga mientras nos entregamos, dona otra fuerza jovial en cada uno de nosotros. Poseyendo, somos poseídos. Y eso se nos nota en la cara, todavía al día siguiente. No precisamente por aumentar nuestro egoísmo, sino por permitirnos conquistar el atrevimiento de una frescura que anula muchas reservas.

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CUADERNOS PARA EL COLAPSO

No. La Tierra no puede escoger (…) Pero después se venga. C. Lispector

Pensadores tan distintos como Giorgio Agamben, Stefania Consigliere y Cristina Zavaroni, Julien Coupat, Marcello Tari, Franco Berardi “Bifo”, Santiago L. Petit, Silvio Ros o Vicente Barbarroja, organizan en este volumen algo más que unos “fragmentos en torno al encuentro, la furia y el éxodo” (La pandemia  de lo apenas vivo, Núm. 0, mayo 2021). Datos médicos aparte, es indudable que la pandemia de estos últimos meses ha sido también un laboratorio de obediencia al poder, dándole una seria vuelta de silicio a los dispositivos psíquicos y sociales de nuestro sometimiento. No es solo que la distancia social y las mascarillas le hayan dado figura a un mutismo ciudadano que venía de lejos, sino que además todos hemos acentuado la costumbre de marcar el paso de la interdependencia. Si hoy en día nos hospitalizan durante tres días, por las razones que sean, el sistema consiste en que no haya ni una sola persona, aparte de tus posibles acompañantes, que se haga cargo de nuestra dolencia. Todo son protocolos y dígitos que se pasan unos operarios a otros, sin que haya nadie que se responsabilice personalmente de tu caso. Esta es la misma lógica que nos gobierna, una gestión acéfala amparada en la nueva autoridad de la ciencia y los expertos, cuyo poder se basa en hablar un lenguaje que expropia al ciudadano de cualquier certeza sensible sobre su propio cuerpo.

 

Solo porque no estamos solos, porque el “individuo” es una abstracción, hay salvación política. Cuando ha llegado el momento, esta sociedad no ha dudado en sacrificar la salvación en aras de la salud. Separarnos de nuestro pasado es el primer recurso del poder. El ser humano desaparece hoy como un rostro de arena borrado en la orilla. Pero lo que ocupa su lugar ya no tiene un mundo, es solo una nuda vida muda y sin historia, a merced de los cálculos del poder y la ciencia. Quizás es a partir de esta masacre que otra cosa podrá un día aparecer, lenta o bruscamente, un nuevo animal tal vez, un alma de otra manera viviente.

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