¿De qué tenemos que emanciparnos todavía?

“Los cristianos, como los psicoanalistas, tienen horror de lo que les fue revelado. Y con mucha razón”. J. Lacan, Encore

 

Una primera cuestión. Para ser de algún modo libres habría que atreverse a ser optimistas y joviales en lo difícil, incluso en lo peor, e irónicamente pesimistas en cuanto a todas las facilidades que se nos sirven. Reservemos la empatía para el diablo. Simpatía con lo nouménico y enterrado que alienta en nosotros. Antipatía, hasta una pizca de crueldad, con lo fenoménico y civil que nos encadena. Prologando a una joven universitaria danesa que hacía su tesis doctoral sobre él, Lacan escribe: “Mis Écrits no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: son antitéticos por naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo”. Termina hablando de este modo de los discursos que intentan saquearle: “Interesarán para trasmitir lo que literalmente he dicho: iguales que el ámbar que preserva la mosca, para nada saber de su vuelo” [1]. En esas estamos: debido a un simple imperativo fisiológico, intentando día a día despertar para permanecer atentos a lo nuevo que surge en nosotros, con frecuencia bajo el signo del miedo, la sorpresa o el dolor. ¿Hay otra tarea, ya no solo ética sino carnal? Así leemos en Ecce homo: “Solo soy dueño de mí cuando estoy desprevenido”.

 

Emancipación progresista moderna, manumisión romana del esclavo, emancipación de las colonias británicas, de los pueblos originarios de la América Latina. Emanciparse es una vieja y nueva idea que tiene relación con una fatalidad histórica y ontológica que se repite: el hecho de que las autoridades instituidas -también el ecologismo de moda y el feminismo meanstream– y el poder que éstas imponen a la juventud, la mujer, los súbditos de un reino, los inmigrantes o las antiguas colonias, produce una conformidad pasmosa, rayana a veces con el hechizo. Algo tendrá que ver tal hechizo, generando una cohesión tribal, con la idea lacaniana de que al final la religión siempre triunfa.

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Escojo hablar de la belleza. Esther Peñas

Lluvia oblicua (Pre-Textos, 2020), de Ignacio Castro Rey, resulta un manglar de reflexiones impertinentes. Así como en el extenso poema que lleva –de manera fortuita- el mismo título, Pessoa se “alegra de oír la lluvia porque ella es el cuerpo encendido”, así cada uno de los lectores podrá sentir la alegría de adentrarse en este ensayo y ruborizarse, envilecerse, renovarse. Esta lectura nos sacude. No se trata de hacernos más buenos o mejores, sino de no engañarnos. Del mismo modo que la lluvia nos permite tomar conciencia del cuerpo al mojarlo, la lectura oblicua nos deja a la intemperie. Recibida con nobleza, se convierte en un don. En el don mismo de querer vivir. Condición indispensable para poder hacerlo.

De entre los territorios emocionales e intelectuales que fecunda esta lluvia oblicua escojo el de la belleza para hablarles de este libro. Acaso porque la belleza es un concepto que a día de hoy ni se pelea, ni se combate, a diferencia de otros que aún mantienen el pulso del envite, como Dios, o lo sagrado, si les incomoda menos. Quizás la belleza es un lujo insoportable en nuestros tiempos. Quizás porque el tiempo de la belleza no es cronológico, sino que el suyo es el instante de la revelación. Nos obliga a detenernos. A respirar, a retomar el resuello que nos hurta la velocidad que nos imprimen los días a los que asistimos, casi desde fuera. Y la velocidad genera una desarticulación, tarde o temprano.

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ETIQUETAS DEL YO

Lo que sigue es un comentario levemente crítico sobre el exitoso “La imposible dedicatoria”, de Paul B. Preciado (Revista de la Universidad de México, abril de 2020). Antes del coronavirus, Preciado nos cuenta que hablaba por videoconferencia con sus padres, residentes en Castilla, una vez cada dos meses. Ahora la llamada es diaria y, confiesa, una “bomba de oxígeno”. Tal vez heredó de su madre lo que él llama talento para el melodrama: “Mi padre tiene noventa años, es un hombre dinámico que antes del encierro caminaba cada día ocho kilómetros. Es también un hombre frío: un niño abandonado por su propio padre que creció sin afecto, pensando que el trabajo es su única razón de existir”. Sin embargo ahora Preciado, que confiesa que el afecto de su padre le desorientó en el último encuentro virtual, es fiel a la herencia paterna, pues también él parece creer que ser conocido gracias al “escándalo” de su cambio de sexo es su única razón de existir. Uno y otro parecen seguir una senda muy fija, aunque el padre (según el propio relato de Preciado) un poco más humana.

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Nos pasamos la vida fingiendo

Nos pasamos la vida fingiendo
Lluvia oblicua. Cuestionario de Esther Peñas para Ignacio Castro.
Publicado en “Solidaridad digital” (Servimedia, 13/2/20).

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Nos pasamos el día eligiendo cualquier cosa (a ser posible secundaria: ¿azúcar o sacarina?) que nos libre de la obligación moral de elegir fuera del menú de la oferta consumista, que hace tiempo que incluye también la ideología política. Nos pasamos la vida eligiendo para huir de la escena natal de la que venimos, fuera de cuya escucha no puede haber ninguna autonomía, libertad ni salud.

·        ¿En qué momento perdimos la “obligación moral de dialogar con el claroscuro que somos”?

Hace mucho tiempo. El hombre siempre ha tenido esta tentación; la mujer, menos. Pero la Ilustración y la Revolución Industrial le dieron un giro de tuerca al viejo sueño de la especie de encontrar una prisión confortable que nos libre del peso de vivir, único para cada uno. Desde entonces creemos haber superado la porción de noche de la que venimos. Es nuestra forma universal de racismo, que incluye despreciar el pasado y a tres cuartas partes de la humanidad. Por supuesto, es una ilusión adolescente propia de una sociedad senil, pero una ilusión poderosa que nos ha hecho muy infelices.

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Al diablo con las buenas intenciones

Discurso de Ivan Illich frente al CIASP (Conference on InterAmerican Student Projects) en Cuernavaca, Morelos, México.20 de Abril de 1968.

 

En las conversaciones sostenidas hoy me impresionaron dos cosas que quiero comentarles antes de presentarles mi discurso. Me impresionó que reconocieran que la motivación de los voluntarios estadounidenses en otros países proviene en su mayor parte de sentimientos y conceptos muy alienados. De igual manera, me impresionó lo que llamo un paso hacia adelante entre los que quieren ser voluntarios como ustedes: están abiertos a la idea de que lo único por lo que se puede ser voluntario en America Latina es la falta de poder voluntaria, presencia voluntaria como receptores, y como tales esperamos que estén amados o adoptados, sin ninguna posibilidad de devolver el regalo.

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