Mutilaciones sexy

Texto publicado en la revista digital gallega “Adiante”.
Agosto 2018
Traducido por L. GarcíaG. Trasbach

 

A pesar de los ríos de tinta vertidos, poco se puede decir que esté a la altura de los placeres de la carne, sus mil delicias compartidas. Hasta en el onanismo encuentra una vía para conectar al individuo con el calor de una comunidad posible, que antes y después de ese acto puede cambiar nuestras relaciones con lo real.

Esto no quita para que el sexo, como gran tema Rey (Foucault), haya devenido en un complemento indispensable de una profunda deserotización de nuestras costumbres, un sucedáneo ideal para compensar pérdidas dramáticas en la cultura de los sentidos. El sujeto estresado de la sociedad contemporánea, endeudado mental y económicamente hasta las cejas, encuentra en la obscenidad que invade lo social un modo de alivio sin el cual acabaría estallando. Y tal vez no deberíamos excluir de esa obscenidad reinante la caza del hombre que los medios, instrumento de blanqueo anímico de cada uno de nosotros, han desatado en múltiples direcciones. La antigua lucha de clases parece haberse ampliado en una rivalidad interminable que inunda nuestros escenarios, de la escuela a la televisión, de la empresa a las redes sociales.

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Fragmentos para una metafísica de la melancolía animal

Queridos, aquí va una primera y rápida aproximación a la espiritualidad asnal, aunque supongo que debería darle otra vuelta.

Podríais hacer una selección ad libitum de esos fragmentos para el día 6. Ayer el día fue radiante en Candeleda, pero (como suponíais) E. no quiere aparecer por Cruce. Si no, lo haría muy bien. También he pensado en mi amigo P. P., devoto de la sombra animal y autor de un soberbio Atlas zoopolítico. También está, insisto, la poeta E. P. Pero quedan poco días.

Xa me diredes. Ahí va el texto. Abrazos,

Adorable torpeza de belfo húmedo. El silencio de los campos, la figura de un animal solitario, atormentado. Bajo el zumbido de moscas de un tiempo muerto, lleno de vacío rural, la melancolía del burro es una mancha de atraso en nuestra dinámica pantalla total. Si la espuma del surf triunfa por doquier, un lento animal que no ríe ni baila (por mucho que agite la cola) tiene los días contados. El imperio de la depilación total liquida las matas de pelo erizado.

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Cuesta de enero

Si lo personal es político, la cosa no pinta bien. Neuróticos, estresados, suspicaces, eternamente malhumorados, hemos destruido las viejas formas de la felicidad, que se basaban en aceptar un límite, y también, lo que es peor, algunas formas posibles de una infelicidad donde al menos eras dueño de tu dolor. Lo que tenemos a cambio, y no menos las mujeres que los hombres, es un modo intransigente del Yo que salta a la mínima. Padres, hermanas, cuñados, sobrinos y abuelos sufrirán las consecuencias de una nueva intolerancia doméstica espoleada por el estrés de la vida social y laboral, también por la autoconciencia progresista del saber. Somos ecologistas y no tenemos por qué aguantar viejos hábitos de comida y costumbres. Somos progresistas y no tenemos por qué aguantar en silencio algunas autoridades no elegidas. Igual que nuestra moralina laica tampoco soporta el velo de las niñas musulmanas en el aula.

Lo hemos deconstruido casi todo, desde la tortilla de patata hasta lo más íntimo de nuestras almas. La sed de castigo que mantenemos hoy en la caza del criminal (pronto tocará el turno del mediocre Woody Allen) ruge en proporción directa a nuestro callado malestar, necesitado de un sucedáneo de inocencia que calme esta mutilación civil que nos hemos inducido. La corrupción global de los políticos nos apasiona porque tapa la nuestra, impotente y discreta. Si los periodistas tienen más poder que los curas de ayer es porque son imprescindibles en esta labor de exorcización diaria. Los vicios privados sostienen las virtudes públicas.

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¿La cesárea de una nueva especie?

Generalizar es abusivo y peligroso. Incluso cruel, exagerado, injusto. Pero sin generalizar no se puede pensar ni discutir de nada, ya que entonces nos quedamos solo en casos particulares, donde cada uno es hijo de su madre y poco hay que decir. Así que voy a intentar generalizar con cuidado, captando cierta media algebraica juvenil que me preocupa y veo bastante encarnada en una marea creciente.

Como es sabido, de vez en cuando alguien observa detenida y concienzudamente. No tiene mérito ni es ninguna obligación. Al contrario, lo cómodo para un ciudadano contemporáneo es fijarse lo menos posible. Si se produce, la atención a los detalles (algunos tenemos todavía solo relaciones personales) es sencillamente “defecto del animal”, como dirían en mi pueblo. El caso es que, sobre todo últimamente, se ha sentido confirmado un síndrome preocupante, triunfal precisamente en los ambientes punteros.

 

Se dijo ya alguna vez. Aparentemente, cada uno en su estilo, la mayoría de los jóvenes actuales carecen de la más mínima tecnología corporal y mental para pararse y subrayar los detalles, entrando en la sombra de las cosas. Hablo de cierta dificultad para escuchar con atención una frase o una idea, aguantando esa escena o esas pocas palabras a solas y extrayendo conclusión propia. Puede pasar en clase, en casa o con cualquier película. Es la dificultad para descender al sucio mundo real, sin teclado ni botón de pausa, que con frecuencia carece de imagen radiante ni tiene fácil cobertura.

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