Sensibilidad y dureza

Querida C.,

Te envío primero algunos temas de debate que preparé para diversos cursos. No sé si alguno de ellos lo discutimos en clase. Después me extiendo un poco sobre tus tres preguntas.

 

Cuanto más baja el corazón a sentir cómo las cosas sufren, más tiene que “subir” y armarse la cabeza. De otro modo la sensibilidad nos devora, nos hunde un poco, con las consecuencias personales conocidas: desaliento, cansancio, timidez, temores paralizantes, inestabilidad, tristeza, hipocondría… Y también, claro, cierta impotencia ante el curso de las cosas y la “ferocidad” de los que mandan, sea en clase, en las redes o en el espectáculo social. Si dejamos sin armar el corazón, si dejamos desarmada una sensibilidad que no nos deja abandonar moralmente nada, eso nos convierte en “marginales”. Porque entonces arrastramos demasiado peso y no podemos competir con la fría actitud de selección, la ligereza que ejercen los otros, los duros de corazón.

En realidad el que es sensible, el tímido de corazón que siente el tormento de lo pequeño, es el único que tiene derecho a ser “violento”: para protegerse a sí mismo y proteger a los que ama, con frecuencia tan débiles como él. Si el sensible es tan “pacifista” que no puede frenar a los poderosos (que están armados con una indiferencia que les hace resolutivos y estrategas, bajo cualquier ideología) deja el mundo en manos de los de siempre, que mandan porque se limitan a sobrevolar, sin comprometerse con nada ni mirar de frente a nadie.

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“Roma”

Queridísima V.,

Me encanta que por fin me dediques tanto espacio en tu apretado tiempo. Se ve que esta vez, después de aquellos textos míos que te parecían tan confusos y diletantes (¿recuerdas?), no he pinchado en hueso.

¿Quieres entonces que me arrepienta? Tus descalificaciones, naturalmente, me impresionan. Casi hasta la parálisis: “superficial”, “poco enterada”, “europeo”, “no se conoce”, “no saber nada”… Etcétera. Despreocupado, te dejo con tu película magistral, mientras sigo ocupado en otras cosas.

Pero he dicho lo que he dicho, y no soy el único al que esta entrega cinematográfica le ha parecido una vacuidad bien orquestada. Peor que eso, un ejercicio estético insoportable para simplificar, en blanco y negro, una mugre a la que el artista, como tantas veces, ni se acerca.

Es cierto que hay escenas logradas, como en tantas películas. Pero el conjunto es un fiasco, un poquito abominable. No sabes cómo lamento la desolación producida en ti por mis palabras. Sin embargo, lo que dije fue después de ver, con mucha calma y alguna esperanza previa, un trabajo profusamente recomendado en varios de mis entornos. Causalmente, este “europeo” lleva años viajando a México, incluidos estratos indígenas a los cuales pocos mexicanos (y ningún turista europeo o gringo) se acercan. Por eso Roma me ha parecido una mierda muy bien envuelta; como dije, un travelling para la elite urbanita que jamás entendería nada de Pedro Páramo.

Y esto después, lo siento mucho, de no haber nacido ayer. Después también de haber visto mucho cine, incluyendo películas que Cuarón y tú, tan poco europeos, posiblemente no habéis olido ni de lejos.

Pero no importa nada de esto. No se trata de cine, sino de lo real que nos asusta. Aquello a lo que sin embargo nos debemos, precisamente porque está muy lejos de ese subproducto de la religión que nosotros, los elegidos por el saber, llamamos ideología.

Finalmente, todo está bien así. Yo te envié mi trabajo y tú me devuelves el tuyo, cosa que hoy poco hacen. Gracias por ello. Pero comprende que no me angustie que mi reflexión sobre esta basura en celofán te haya parecido banal. Me reafirmo, punto por punto, en algo que dije midiendo mis palabras.

Habrá, seguro, más ocasiones para disentir en otras cosas, tal vez más serias, menos secundarias que una película llena de premios. Mientras tanto, los dos le debemos a Cuarón esta inocua y previsible divergencia.

Abrazos, muy felices fiestas y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 18 de diciembre de 2018

Terror y temblor

Querida P.,

Lo de la Velvet es una historia. Nico es otra. Busca con calma, compra si puedes Chelsea girls. Dudo mucho que no te subyugue. No solo es oscuro, que lo es. A veces es claro y sencillo como una mañana cualquiera. Si ella jamás será una figura masiva de culto es por esa claridad que asusta a los hombres, que se conforman con la duermevela y las medias tintas. Compra Chelsea girls y dale algún tiempo. Si no te gusta (je) te devuelvo el importe y me lo quedo yo. Creo que es un disco para siempre.

Me suena bien lo que dices del “temblor esencial”, que además es una frase muy bonita. Yo tengo ese temblor todos los días (recuerda mis clases). Creo que lo curo entrando más a fondo en él. Curar el temblor dándole su propio humor, su forma y palabras, su música… Es una idea que le gustaría a Nico. Toda su música, triste o alegre, venía de un temblor esencial del que no se quería curar.

A ver si hay suerte en la EVAU. Si queréis, nos podemos ver antes de fin de mes. Yo estaré por aquí hasta el 30 de junio o 1 de julio. No más.

Pronto te diré de libros, además del mío. Gracias por ser así. Besos,

Ignacio

Madrid, 13 de junio de 2017

Nico

Hola, S.,

Me encanta la comunicación total que nos invade. Es la imagen perfecta de Babel: todos “comunicamos”, a la vez. Mi correo “Sam” es del 27 de mayo, pero no habrás podido leerlo. Ya me extrañaba a mí no recibir respuesta. Ahí lo tienes, más abajo.

En cuanto a Nico, con todos mis respetos, deja en pañales a Björk (no conozco a Funeral suits). Escucha con calma Chelsea girls, disco compuesto en buena medida por John Cale (de la Velvet) para ella. Es un álbum ambiental y atmosférico, pero a la vez cargado de una poética llena de heridas y aristas. Björk es estupenda, la conozco desde Sugar Cubes, pero creo que pertenece a una generación que ni de lejos es capaz de jugar con esa lírica mortal que está en casi todos los discos de Nico.

Efectivamente, estuve en la Feria firmando Ética del desorden. Te lo recomiendo encarecidamente. Es intrincado, pero te señalaría puertas de entrada al laberinto. Seguro que tú apareces en esas páginas más de cien veces, casi literalmente, con el nombre que quieras. El otro, Mil días en la montaña , se agotó desgraciadamente en la Feria del libro, pues quedaban muy pocos ejemplares.

Hablamos cuando quieras. Besos,

Ignacio

Antes de julio

Hola, A. Me alegró mucho tu correo y te agradezco de verdad los elogios, no sé si tan merecidos. Hice lo que pude, eso sí, por daros toda la “caña” posible… de paso que también me la daba a mí mismo. Pero sabes que hoy esa no es una tarea fácil. Tantos jóvenes, tan distintos; tanta apatía por allí, tanta doblez, engreimiento o timidez por allá… En fin, una mezcla difícil de cocinar. Me alegra que en alguien haya quedado algo.

Al final, la verdad, después de tantos cabreos guardo buen recuerdo del conjunto de tu curso, bastante inteligente para el nivel que anda por ahí. Y guardo muy buen recuerdo de ti, de tu atención, tu forma de captar al vuelo mis ironías y tus observaciones penetrantes. Llegué a citarte, a hablar de la atención inteligente de tu cara, con tu propio nombre, en una entrevista que anda por ahí… Pero al final me arrepentí y quité lo de “A.”, dejando solo la mención de una figura femenina atenta al fondo del aula.

Te agradezco de verdad lo que me has ayudado a pensar y a dar clase durante este año. No te recuerdo en lo de la Feria y el libro (creo que solo vino M.), pero si lo consigues o ya lo tienes no dejes que te impresione. Te señalaré grietas por donde tú, cabeza y corazón, puedes entrar muy bien… Dejando otras cosas para más adelante. En unos días prometo además enviarte algunas lecturas y películas para este verano.

Lástima de ese “retrato”, sí, pero no descartes que te lo haga un día de estos. A distancia, sin verte (lo que a lo mejor le resta alguna viveza), pero lo haré. Tal vez incluso, precisamente a ti, te lo deba.

Un saludo, gracias de nuevo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 12 de junio de 2018