Carta al sur

Queridos L. y D.,

He leído casi toda la larguísima carta que le enviasteis a A. Sólo me falta un poquito del final.  ¿Qué contestó ella a un documento así, tan minucioso, tan exigente, tan complejo? ¿Ella es tan lista como para seguirlo? Aunque estamos de acuerdo en que la carta vale por sí misma, al margen de la respuesta y del destinatario. Hay flechas, las que sorprenden al arquero que dispara, que son ellas mismas la diana.

Me hace mucha gracia vuestra ortodoxia tiqquniana, de la que hace tiempo que estoy muy lejos. Lejos, porque me separa de una militancia sin horizonte insurreccional alguno; sin ideología, sin política, sin partido. Militar en el desierto impolítico de la existencia: ¿es posible? Para mí el Partido Imaginario es lograr simplemente vivir sin doctrina, alcanzar una forma de vida a la vez antigua y vanguardista, aunque sea a ráfagas.

No quiero ni puedo dejar atrás nada, separarme de nada «viejo y caduco». Ni emprender acciones que no puedan ser comprendidas por cualquiera, completamente al margen de su ideología. Tampoco tomar ni un solo milímetro de distancia con el «canalla Heidegger», a quien adoro incluso cuando odio. Etcétera.

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Nuevas armas para enfrentarse a la bestia

Querido L.,

la última vez te fallé y dejé colgada tu lectura. Esta vez, por suerte o por desgracia, no ha sido así. Acabo de devorar tu texto, de cabo a rabo. Tiene todas tus virtudes, que tal vez no son las mías: concisión, coherencia argumental, riqueza de lenguaje… Sin caer por ello en la proliferación erudita, en la típica huida académica. ¿Por qué, por qué no caes en eso? Porque te mueve un motor ético de indignación y enfrentamiento, lo cual significa (no automáticamente) un hilo conductor, en cierto modo, una sola idea. Bien. De nuevo me siento orgulloso de ser tu amigo.

Dicho esto, he de decir también que, compartiendo mil cosas de tu texto, y sobre todo su impertinente voluntad crítica de fondo, me encuentro un poco más amargo (o «apocalíptico») en el diagnóstico de este siniestro presente. Se podía preguntar, ¿cuál no lo fue? De acuerdo, pero nos toca lidiar con esta Bestia, no con aquella a la que se enfrentó la Resistencia francesa.

Primero, a nivel de impresiones. No hay nada ineluctable a lo cual debamos rendirnos, ni la informática, ni las pantallas, ni el smartphone, ni la informatización, ni el Big Data ni la estupidez universal de la comunicación. Al menos, el hombre debe siempre escoger su forma de morir.

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Nada de ex

Querida M.,

No sabes cómo me acuerdo de ti. También de otros, de tu curso y de otros cursos, pero especialmente de ti. Aquella seria atención, aquel coraje anómalo a la hora de pensar y hablar.

Hay gente estupenda en todas partes, pero tú eres de las memorables. ¿Recuerdas cuanto te pregunté, no sé si en clase o al margen, cómo te las arreglabas para sobrevivir en medio de aquella juventud tan masificada, tan estereotipada?

Me va bien, creo. Vivo, escribo, siento y pienso. Tengo una hija y una novia adorables. Una encantadora familia en Galicia y muy buenos amigos, aquí y en todas partes. No me quejo.

¿Sabes lo peor, y no me refiero a la pandemia? Cuesta mucho pelearse, tener enemigos, enfrentarse. Que te tomen en serio y que haya un auténtico y encendido debate.

No sé cómo es Italia o Francia, pero en España sufro por eso. Es como si diera un poco igual lo que digas, con tal de que después seas «majo». Y mira que me esfuerzo por provocar. Nada, no consigo más que significativos silencios, miradas vagas de simpatía o pena y, a veces, algún conato de polémica. Un poco triste.

Tengo el amor, me falta el odio. Y esto es para mí de una crueldad infinita. No soy nada sin espada, sin algo contra lo que luchar. Supongo que soy un poco épico y muy antiguo. Sé que me entiendes.

Total, que yo también entiendo perfectamente tu simpatía por ese conejito doméstico vuestro. Poco más nos quedan que los animales y las plantas.

Por lo demás bien. Acabo de hacer un librito sobre la masculinidad, que te va a encantar. Yo también te echo de menos. Besos,

Ignacio

Madrid, 26 de enero de 2021

Político e impolítico

Querido J.:

Te veo otra vez desaparecido, sin contestar a mis mensajes. La verdad es que el formato de «Punto de emancipación» me gustó, también para mi libro. Interrumpes lo justo a A., sin quitarle en ningún momento el protagonismo y sin dejar tampoco de conducir el diálogo por donde debes. Me vendría de perlas algo así para Lluvia oblicua, un libro muy distinto a Ética del desorden. Y muy político, a pesar de que hace unos días, en un debate mexicano, A. M. comentaba que no le parecía que mi libro «aportase soluciones». Sí lo hace, pero no las que él quiere oír. Ni siquiera partimos de parecidos problemas, y las preguntas son distintas. Tanto en el signo como en el ritmo.

Sin ser directamente político, mi libro admite inmediatamente una lectura «de izquierda». Muy lacaniano, lo cito más de veinte veces y lo uso mucho más, Lluvia oblicua es una interpretación impertinente y gamberra de nuestro presente occidental, tan encantado de haberse conocido. Una interpretación hispana y «salvaje» de las emociones, la memoria, la percepción o la inteligencia artificial, por poner cuatro ejemplos. Todos sus capítulos surgieron de las clases de Psicología y del impulso de una rabia desnuda, no de un saber eurocéntrico que sobrevuela la mugre que pisa el común de las gentes. Si le echas un ojo a las primeras páginas, verás que se trata de un libro profundamente incómodo para la filosofía académica y la buena conciencia occidental. Nada incómodo, sin embargo, para casi cualquier lacanismo.

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Réplica

Querido Ll.,

Tu respuesta es preciosa, y no tocaría ni una coma. No sé si hace justicia a la amargura, que no he podido volver a leer, que es lo mejor de la carta de Garrocho.

Repito que no creo, lo miraré, que «se meta» con Nietzsche, Foucault o Deleuze, sino con una doxa hecha a costa de ellos, mezclando mantras que han sido extremadamente tópicos, dogmáticos, y dañinos carnalmente.

Hablando de tópicos, por favor, no mezcles a Foucault con el gilipollas de P., que solo busca hacerse rico con su supuesta anomalía «monstruosa» que es, sencillamente, la norma alternativa que viene.

Por lo demás, tu respuesta está muy bien. No la cambies. Y su impulso ético, contra esa carta que me gustó, me lleva otra vez a recordar que estoy orgulloso de ser tu amigo.

Después o mañana miro con detenimiento la famosa carta y te digo con más detalle, en privado. Pero envía ya esa respuesta a El Español (que no sé qué es) y si no te la publican, cosa que es posible, buscamos otra forma de darle publicidad.

Un fuerte abrazo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 16 de enero de 2021