Verdades y vidas

J., perdona este escandaloso retraso en decirte algo. Ya sabes, la Navidad, la familia, etcétera.

En fin, yo creo que cualquier joven (especialmente una o un joven, pero creo que esto valdría para todo ser humano) debe buscar su verdad, aunque sea con minúsculas. Y no me refiero con esto a la tontería de una ideología política (que es por naturaleza mudable), a una visión del mundo o una orientación sexual, con la que esta época está obsesionada. Me refiero a ese tipo de experiencias o ideas primordiales, que te acompañan porque te han marcado y sin las cuales no podrías vivir (Rilke).

Puedes cambiar de opinión cuantas veces sea necesario sobre África, los niños, las mujeres, tal o cual deporte o el sexo. Pero no se debe cambiar el amor por los padres, la amistad con un amigo, la relación con el misterio del mundo como cambia el tamaño de la corbata o la minifalda.

Quizás la juventud, tenga la persona la edad que tenga, es sobre todo eso: el coraje para buscar una verdad, a contrapelo de todo el bla, bla, bla social y la vergüenza de vivir en este mundo. ¿Qué es una verdad, según Badiou? Aquello que parte el día (la semana o el año) en dos, por eso se convierte en inolvidable. Una verdad es “algo que divide a los hombres”. Fuimos uno antes y somos otros después de esa experiencia, aunque nadie haya notado nada.

Así pues, mi consejo es que busques qué has de amar y qué has de odiar. Y que no obedezcas a nadie en este punto, aunque escuches con atención a los que te rodean, padres, amigos y los ídolos escogidos que te queden.

Leer más

Apasionante Año Nuevo

Querido G.,

Debes perder todo cuidado en que tu carta me ofenda. No solo porque fui yo quien te pedí tu opinión, no solo porque además tu pretendida dureza la expresas con el cuidado explícito de no ofender. También, perdona que te lo diga así, porque lo que ahí argumentas ni siquiera araña a lo que en ese texto, agresivo y crepuscular como pocos he hecho, se defiende. Sí, se defiende, afirmándose “en positivo” como pocas veces. Afirmación en la que, un poco para mi sorpresa, no entras en absoluto.

Todo mi texto, más todavía que otros, está recorrido por la voluntad de vivir sin doctrina, de manera no alineada, como única forma de habitar la tierra junto a una humanidad desconocida que solo podemos amar. Mis diatribas contra Kant, que tanto debieron alegrar a los pocos burócratas de la Universidad que me leen, lo son contra un modo de elevación ilustrada que nos aleja de una imprescindible minoría de edad, del atraso de una humanidad que (para seguir siendo humana) debe permanecer con las manos vacías.

Al ignorar esa vena afirmativa, tu carta podría ser (pero no lo es) una preocupante confirmación de mis más negros pronósticos acerca de la capacidad de comprensión, investigación creativa o búsqueda de una élite intelectual que hace décadas que no toca el sucio suelo de la soledad común, absorta como está en la religión laica de su torre progresista. Por eso tal élite apenas sabe nada, ni entiende nada, fuera del mantra dogmático de su aburrido sectarismo.

Leer más

Crueldad deconstruida

Querido V.,

Lamenté de verdad no quedarme ayer a hablar contigo, pero se me hacía muy tarde para una cena pendiente.

Te cuento mis impresiones. Primero me alegré mucho por fronterad y por A., dada la buena factura y la buena puesta en escena que tenía todo aquello, incluida la afluencia masiva de gente.

Mi problema fue, como casi siempre en nuestros escenarios, el narcinismo de los contenidos. Solo estuve de 19 a 20’30 horas, con lo que tal vez tenga una visión parcial e injusta. Pero lo que sentí vale, creo, para la media aritmética de nuestra compasiva solidaridad a distancia.

La chica que hablaba (con problemas técnicos) desde el norte de África, E., dijo algunas cosas. Por ejemplo, ese racismo de nuestras cámaras. Se puede grabar con detalle cómo se ahogan una madre y su hijo, pues son perfectas víctimas profesionales, es decir, oscuros y africanos. De ningún modo se haría eso con gente blanca de Utah, Ámsterdam o Cáceres. Lo que apuntó E. es para mí solo la punta del iceberg de un sutil racismo informativo, práctico y teórico, que me incomoda continuamente.

Leer más

Sensibilidad y dureza

Querida C.,

Te envío primero algunos temas de debate que preparé para diversos cursos. No sé si alguno de ellos lo discutimos en clase. Después me extiendo un poco sobre tus tres preguntas.

 

Cuanto más baja el corazón a sentir cómo las cosas sufren, más tiene que “subir” y armarse la cabeza. De otro modo la sensibilidad nos devora, nos hunde un poco, con las consecuencias personales conocidas: desaliento, cansancio, timidez, temores paralizantes, inestabilidad, tristeza, hipocondría… Y también, claro, cierta impotencia ante el curso de las cosas y la “ferocidad” de los que mandan, sea en clase, en las redes o en el espectáculo social. Si dejamos sin armar el corazón, si dejamos desarmada una sensibilidad que no nos deja abandonar moralmente nada, eso nos convierte en “marginales”. Porque entonces arrastramos demasiado peso y no podemos competir con la fría actitud de selección, la ligereza que ejercen los otros, los duros de corazón.

En realidad el que es sensible, el tímido de corazón que siente el tormento de lo pequeño, es el único que tiene derecho a ser “violento”: para protegerse a sí mismo y proteger a los que ama, con frecuencia tan débiles como él. Si el sensible es tan “pacifista” que no puede frenar a los poderosos (que están armados con una indiferencia que les hace resolutivos y estrategas, bajo cualquier ideología) deja el mundo en manos de los de siempre, que mandan porque se limitan a sobrevolar, sin comprometerse con nada ni mirar de frente a nadie.

  Leer más

“Roma”

Queridísima V.,

Me encanta que por fin me dediques tanto espacio en tu apretado tiempo. Se ve que esta vez, después de aquellos textos míos que te parecían tan confusos y diletantes (¿recuerdas?), no he pinchado en hueso.

¿Quieres entonces que me arrepienta? Tus descalificaciones, naturalmente, me impresionan. Casi hasta la parálisis: “superficial”, “poco enterada”, “europeo”, “no se conoce”, “no saber nada”… Etcétera. Despreocupado, te dejo con tu película magistral, mientras sigo ocupado en otras cosas.

Pero he dicho lo que he dicho, y no soy el único al que esta entrega cinematográfica le ha parecido una vacuidad bien orquestada. Peor que eso, un ejercicio estético insoportable para simplificar, en blanco y negro, una mugre a la que el artista, como tantas veces, ni se acerca.

Es cierto que hay escenas logradas, como en tantas películas. Pero el conjunto es un fiasco, un poquito abominable. No sabes cómo lamento la desolación producida en ti por mis palabras. Sin embargo, lo que dije fue después de ver, con mucha calma y alguna esperanza previa, un trabajo profusamente recomendado en varios de mis entornos. Causalmente, este “europeo” lleva años viajando a México, incluidos estratos indígenas a los cuales pocos mexicanos (y ningún turista europeo o gringo) se acercan. Por eso Roma me ha parecido una mierda muy bien envuelta; como dije, un travelling para la elite urbanita que jamás entendería nada de Pedro Páramo.

Y esto después, lo siento mucho, de no haber nacido ayer. Después también de haber visto mucho cine, incluyendo películas que Cuarón y tú, tan poco europeos, posiblemente no habéis olido ni de lejos.

Pero no importa nada de esto. No se trata de cine, sino de lo real que nos asusta. Aquello a lo que sin embargo nos debemos, precisamente porque está muy lejos de ese subproducto de la religión que nosotros, los elegidos por el saber, llamamos ideología.

Finalmente, todo está bien así. Yo te envié mi trabajo y tú me devuelves el tuyo, cosa que hoy poco hacen. Gracias por ello. Pero comprende que no me angustie que mi reflexión sobre esta basura en celofán te haya parecido banal. Me reafirmo, punto por punto, en algo que dije midiendo mis palabras.

Habrá, seguro, más ocasiones para disentir en otras cosas, tal vez más serias, menos secundarias que una película llena de premios. Mientras tanto, los dos le debemos a Cuarón esta inocua y previsible divergencia.

Abrazos, muy felices fiestas y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 18 de diciembre de 2018