Envío

Querido L.,

Tiene gracia que le llames simplemente “envío” a las cosas que me mandas, como si fueran solo un paquete anónimo y sin sustancia. Y es todo lo contrario, por eso a veces tardo en contestar. Aunque ya sé que no hay nada que contestar.

Enfermos de eros, dices. Sí, algunos, algunos lo estamos. Pocos, los que llevamos mal la crudeza del día. El resto se dedican, como máximo, al sexo. Que tampoco creas que son muchos; siempre se miente, también en eso.

Mi libro se dedica al amor de la noche, es un canto al erotismo de todos los seres, tapado por esta ola de sexualidad vigoréxica. No sé, je, qué pensaste de mi trabajo actual.

Habitar allí donde no hay memoria (Deleuze). Qué envidia, sí, qué milagro. En mi libro, pero no quieres leerlo (y tal vez haces bien), las partes cruciales se dedican a ese milagro, ya asexual, donde la conciencia desaparece. Donde la memoria y la imaginación no son necesarias. Lo más lejano está allí, fundido con el aliento pueril de la cercanía.

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Que Dios no envíe todo lo que podemos aguantar

Querido M.,

Valga ese refrán, que siempre citaba mi madre, para encabezar por fin esta carta. Te escribo desde este Madrid sitiado por un enemigo invisible, pero que se nota en el miedo vivo en los ojos, en la preocupación palpable en los rostros.

Antes de ayer terminé tu poemario y ayer lo repasé. Es magnífico, digno de figurar en la mejor colección de poesía. No sé si me impresiona más la experiencia amorosa que trasluce o la precisión del lenguaje.

En muchos momentos encoje en el corazón. Por cierto, tendrás en mi carta “Ha sido un placer” (la encuentras en mi web, a través de internet) un desarrollo muy distinto de otro desengaño amoroso, también arrasador.

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A punto de ser libres para siempre

Queridos J. y K.,

Antes de nada, perdonad el tono un poco irónico de esta carta. El artículo de Yasnaya en El País (curioso medio para buscar la liberación) no lo pude leer entero. Solo la puntita: exigían no sé qué clave que no pude introducir. Mi torpeza tecnológica me salva de la fluidez global, de la pesadilla monocorde que es el mundo mundial.

Pero lo poco que leí ya prometía lo mejor. Para empezar, el título: “Escribir ante la catástrofe”. Si lo que le rodea a una es la catástrofe, sin más matices, una se convierte casi automáticamente en portavoz de la redención, en adalid de otro mundo por venir. Si lo que queda atrás es solo o básicamente la catástrofe, además, el mundo es el mismo en todas partes (Nueva York y una aldea perdida zapoteca), con lo cual valen los mismo remedios. Se trata de una premisa de la ideología global que yo no puedo aceptar, pero funciona.

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Verdades y vidas

J., perdona este escandaloso retraso en decirte algo. Ya sabes, la Navidad, la familia, etcétera.

En fin, yo creo que cualquier joven (especialmente una o un joven, pero creo que esto valdría para todo ser humano) debe buscar su verdad, aunque sea con minúsculas. Y no me refiero con esto a la tontería de una ideología política (que es por naturaleza mudable), a una visión del mundo o una orientación sexual, con la que esta época está obsesionada. Me refiero a ese tipo de experiencias o ideas primordiales, que te acompañan porque te han marcado y sin las cuales no podrías vivir (Rilke).

Puedes cambiar de opinión cuantas veces sea necesario sobre África, los niños, las mujeres, tal o cual deporte o el sexo. Pero no se debe cambiar el amor por los padres, la amistad con un amigo, la relación con el misterio del mundo como cambia el tamaño de la corbata o la minifalda.

Quizás la juventud, tenga la persona la edad que tenga, es sobre todo eso: el coraje para buscar una verdad, a contrapelo de todo el bla, bla, bla social y la vergüenza de vivir en este mundo. ¿Qué es una verdad, según Badiou? Aquello que parte el día (la semana o el año) en dos, por eso se convierte en inolvidable. Una verdad es “algo que divide a los hombres”. Fuimos uno antes y somos otros después de esa experiencia, aunque nadie haya notado nada.

Así pues, mi consejo es que busques qué has de amar y qué has de odiar. Y que no obedezcas a nadie en este punto, aunque escuches con atención a los que te rodean, padres, amigos y los ídolos escogidos que te queden.

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Apasionante Año Nuevo

Querido G.,

Debes perder todo cuidado en que tu carta me ofenda. No solo porque fui yo quien te pedí tu opinión, no solo porque además tu pretendida dureza la expresas con el cuidado explícito de no ofender. También, perdona que te lo diga así, porque lo que ahí argumentas ni siquiera araña a lo que en ese texto, agresivo y crepuscular como pocos he hecho, se defiende. Sí, se defiende, afirmándose “en positivo” como pocas veces. Afirmación en la que, un poco para mi sorpresa, no entras en absoluto.

Todo mi texto, más todavía que otros, está recorrido por la voluntad de vivir sin doctrina, de manera no alineada, como única forma de habitar la tierra junto a una humanidad desconocida que solo podemos amar. Mis diatribas contra Kant, que tanto debieron alegrar a los pocos burócratas de la Universidad que me leen, lo son contra un modo de elevación ilustrada que nos aleja de una imprescindible minoría de edad, del atraso de una humanidad que (para seguir siendo humana) debe permanecer con las manos vacías.

Al ignorar esa vena afirmativa, tu carta podría ser (pero no lo es) una preocupante confirmación de mis más negros pronósticos acerca de la capacidad de comprensión, investigación creativa o búsqueda de una élite intelectual que hace décadas que no toca el sucio suelo de la soledad común, absorta como está en la religión laica de su torre progresista. Por eso tal élite apenas sabe nada, ni entiende nada, fuera del mantra dogmático de su aburrido sectarismo.

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