Antes de julio

Hola, A. Me alegró mucho tu correo y te agradezco de verdad los elogios, no sé si tan merecidos. Hice lo que pude, eso sí, por daros toda la “caña” posible… de paso que también me la daba a mí mismo. Pero sabes que hoy esa no es una tarea fácil. Tantos jóvenes, tan distintos; tanta apatía por allí, tanta doblez, engreimiento o timidez por allá… En fin, una mezcla difícil de cocinar. Me alegra que en alguien haya quedado algo.

Al final, la verdad, después de tantos cabreos guardo buen recuerdo del conjunto de tu curso, bastante inteligente para el nivel que anda por ahí. Y guardo muy buen recuerdo de ti, de tu atención, tu forma de captar al vuelo mis ironías y tus observaciones penetrantes. Llegué a citarte, a hablar de la atención inteligente de tu cara, con tu propio nombre, en una entrevista que anda por ahí… Pero al final me arrepentí y quité lo de “A.”, dejando solo la mención de una figura femenina atenta al fondo del aula.

Te agradezco de verdad lo que me has ayudado a pensar y a dar clase durante este año. No te recuerdo en lo de la Feria y el libro (creo que solo vino M.), pero si lo consigues o ya lo tienes no dejes que te impresione. Te señalaré grietas por donde tú, cabeza y corazón, puedes entrar muy bien… Dejando otras cosas para más adelante. En unos días prometo además enviarte algunas lecturas y películas para este verano.

Lástima de ese “retrato”, sí, pero no descartes que te lo haga un día de estos. A distancia, sin verte (lo que a lo mejor le resta alguna viveza), pero lo haré. Tal vez incluso, precisamente a ti, te lo deba.

Un saludo, gracias de nuevo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 12 de junio de 2018

¿Qué significa sentir?

Sois encantadores, de verdad. También en vuestra forma de responder con tres meses de retraso. Sobre todo, en vuestra modestia. La hago mía.

Creo que vivo en una ZAD espontánea e interminable, aproximadamente, desde antes de afeitarme solito. Desde ella, como muestra de agradecimiento, querría enviaros un libro que os puede interesar. Habla de naturaleza, soledad común y algunas cosas más. Es algo así como la madre natural de Ética del desorden y se llama Roxe de sebes. Mil días en la montaña. Me parece que os gustará.

¿Tendríais la amabilidad de facilitarme una dirección postal, compatible con vuestro anonimato, para haceros llegar ese libro? Y si no, esperamos a ese prometido encuentro en Madrid (si os he entendido bien) de finales de junio.

Que no va a ser tan fácil. Tened en cuenta que el 30 de este mes o el 1 de julio salgo irremediablemente hacia una desconocida Galicia. Una esquina terrenal conservadora en lo civil, pero incansablemente subversiva en su inmanencia.

Estáis, por cierto, también invitados a esa zad de comunismo familiar. Aunque supongo que vuestra natural timidez os hará dudosa la invitación.

Un abrazo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 12 de junio de 2018

Nuestras temporadas en el infierno

La gratitud es mía. En efecto, querida J., el hecho de que una sola persona recoja el guante de lo arrojado por otro, en este inmenso mar de la cháchara y la incomunicación total, basta para que el mundo recobre el sentido. Un sentido preciso y humano, ligado a la experiencia y el dolor de cada cual.

Me ha hecho mucha ilusión el impacto quirúrgico de mis pobres palabras en usted. Y ha tenido mucha gracia también la forma abierta y desenfadada en que lo expresa. A uno no le ocurre esto todos los días.

No se preocupe en absoluto por la incultura o la ignorancia, pues son tal vez una de las mejores formas de mantener la mente en blanco y los sentidos despiertos a la sorpresa de lo que llega.

Le avisaré, lo prometo, de mis próximas visitas a Barcelona. Mientras tanto, un saludo muy cordial y gracias por ese espontáneo calor al escribir.

Hasta pronto,

Ignacio Castro

Madrid, 29 de mayo de 2018

Sam

Querido ser,

Justo ahora puedo ponerme  a escribirte, después de días y días de ocupaciones con frecuencia absurdas.

Como te decía, lo pasé muy bien esa tarde de copas con vosotras y Miguel. Da gusto sentir que, más allá del “cumplimiento del deber”, uno mantiene relaciones espontáneas con seres humanos que viven y se expresan libremente, sin frenarse por la policía de la época.

Me gustasteis todas, me impresionasteis todas, incluido M. De la aparente “ingenuidad” de L. a la permanente reflexión tuya, de L. o de P., la tarde tuvo el encanto de un encuentro “sin paracaídas” que no se da todos los días.

En tu caso, lo sabes, me llamaron la atención al menos dos cosas. Una, no sé cómo lo decías, ese carácter tuyo tan exigente… que te lleva quizás a descreer con cierta rapidez, a perder la esperanza de que tal o cual persona esté a la altura y guarde algo distinto.

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Gelassenheit

Buenas tardes, L.,

Antes de nada, de nuevo, disculpas por esta escandalosa dilación en contestarte (tu “trabajo voluntario” debe llevar un mes en mi casa). Aparte de la cuestión de las notas, tu carta está muy bien. Más que nada porque, en la asignatura de Psicología, haces confesiones… y esto es lo único que tenemos para decir algo que no suene aburrido y resulte distinto. No tenemos más que emociones, sus confesiones. Eso pienso.

En ningún trabajo de semana santa, en ningún trabajo, nunca (lo sabes), he pedido que dijerais algo distinto a lo que sentíais o habíais percibido. Nunca quise otra cosa que lo que haces en esas tres hojas: decir lo que piensas, lo que sientes incluso, sobre esto o lo otro. Además, como tengo ojos y oídos en la cara, nunca he creído que fueses “una más del montón”. Siempre te sentí atenta, educada e hipersensible.

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