Crueldad deconstruida

Querido V.,

Lamenté de verdad no quedarme ayer a hablar contigo, pero se me hacía muy tarde para una cena pendiente.

Te cuento mis impresiones. Primero me alegré mucho por fronterad y por A., dada la buena factura y la buena puesta en escena que tenía todo aquello, incluida la afluencia masiva de gente.

Mi problema fue, como casi siempre en nuestros escenarios, el narcinismo de los contenidos. Solo estuve de 19 a 20’30 horas, con lo que tal vez tenga una visión parcial e injusta. Pero lo que sentí vale, creo, para la media aritmética de nuestra compasiva solidaridad a distancia.

La chica que hablaba (con problemas técnicos) desde el norte de África, E., dijo algunas cosas. Por ejemplo, ese racismo de nuestras cámaras. Se puede grabar con detalle cómo se ahogan una madre y su hijo, pues son perfectas víctimas profesionales, es decir, oscuros y africanos. De ningún modo se haría eso con gente blanca de Utah, Ámsterdam o Cáceres. Lo que apuntó E. es para mí solo la punta del iceberg de un sutil racismo informativo, práctico y teórico, que me incomoda continuamente.

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Necesitamos un cambio climático

Sabes que te quiero, Ch., y me dolió escribirte en ese tono. Lo siento de verdad, pero no veo cómo podría evitarlo. Mi texto, aunque largo-largo, es bastante claro. Y si no fuera así, su rabia (no creo que precisamente “de derechas”) lo hace casi obvio en sus momentos clave.

Ortega me importa tres cojones. Mis nombres son otros: Valle, Machado… Pero me preocupan la facilidad de los anatemas, con Ortega o con quien sea, no menos rápidos en la izquierda que en la derecha. Lo de la señora esa de Imperiofobia (libro absolutamente discutible, pero que habría que discutir: V. se limita al insulto que censura) me parece, por parte de la izquierda, neo-estalinista.

En mi coñazo de texto recuerdo que yo mismo aluciné con Sociedad y barbarie, libro que los que me retiraron el saludo ni se tomaron la molestia en abrir. El neocatolicismo de la izquierda, a la hora de condenar sin siquiera leer, para respetar las jerarquías que el norte nos ha impuesto sin vaselina, me parece inquisitorial.

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Decálogo para sobrevivir el simulacro informativo

Queridos O. y N.

 

I Vivimos a expensas de un complot implícito contra lo real, bajo una cobertura social y tecnológica que nos librar de rozar una vieja vida mortal para la que ya no tenemos cintura. Todo nuestro estruendo juvenil debe ocultar esta debilidad senil, que nos separa y nos enfrenta a las poderosas culturas exteriores. Aunque injuriadas continuamente, ellas son emergentes debido a nuestra íntima decadencia. México, Rusia, India, China: Solo las armas, de la economía a la amenaza militar, mantienen a raya a los que consideramos bárbaros.

II Intramuros nos pudrimos a fuego lento. Si nuestro entero teatro político es aburridísimo, enfangado en un aplazamiento perpetuo que nunca acaba en nada, nada más que una alternancia que acaba santificando la velocidad de un nivel de vida que nos separa de vivir e ignora ignominiosamente a los pueblos, es porque ya la única ideología del sistema es lograr no habitar, que la tierra no llegue a nuestras cabezas. No es tan extraño que esos pueblos profundos que ignoramos, en Europa y en América, acaben votando fuera de nuestro clasismo ilustrado.

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Crianza final

Buenos días, J.,

Terminado. Gracias por tu libro. Como te decía ayer, aparte de lo que a mí me parecen algunas concesiones al lenguaje de la época, tu libro me ha encantado. Tiene un discurrir de “radicalidad” común, de sabiduría ancestral de abuelas, ajena a la tontería de esta época. Por eso, a pesar de algunas pequeñas diferencias, no puedo dejar de reconocerme en la música de esas páginas.

Tiene incluso un aire naïf que es bastante próximo al mío, aunque mi deformación filosófica me obligue a hablar en otro lenguaje. Hay unas cuantas, bastantes, erratas de tipografía (tildes, etc.) que te señalaré aparte. Voy ahora a los contenidos parte por parte.

Solo una cosa antes. Que seas sanador, consultor o médico, como parece deducirse de tus páginas, te otorga una autoridad específica para hablar de los cuerpos y las almas que sufren, de la crianza propia y de la que nos rodean, pues sin duda uno de los déficits del pensamiento filosófico (el psicoanálisis es otra cosa) es que, a la hora de hacer una ontología de lo atemporal y de lo histórico, le falta un sufrimiento carnal del que nada saben, pues no salen de sus despachos.

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Darwin city

Queridiños,

“Darwin city”, el artículo de Javier Sampedro en El País de ayer es una buena muestra de mis peores ideas paranoico-criticas acerca de cómo la cultura actual del espectáculo ha integrado a este hombre de ciencia, tan importante que lo ha cambiado todo para que todo siga igual. Por favor, repasad el artículo de Sampedro con calma, pues la Opinión de El País nunca deja de tener un cierto valor sintomático. Fijaros.

I Faltaba más, nada más comenzar, la religión era una cosa y la ciencia ahora es otra. La humanidad era estúpida hasta anteayer, pero ahora ya no. Así os  misterios se van aclarando. Para algo está la racionalidad de la ciencia entre nosotros. Un primer toque racista no viene mal: la Evolución nos permite entender por qué no somos tan imbéciles como antaño. Luego Darwin no solo explica la evolución de todas las cosas, sino también los saltos epistémicos que nos permiten distanciarnos de las supersticiones del pasado. Milagro de los milagros: a través de la Evolución, el Big Bang de la creación ex nihilo que ha conducido a nuestro esplendor urbano actual. Hasta las ratas, como en Ratatouille, evolucionan para adaptarse a un orden social sin precedentes. Si Sampedro sabe de ciencia, y me temo que sí, de demuestra a la vez que la ciencia no es nada sin ideología.

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