¿Qué significa sentir?

Sois encantadores, de verdad. También en vuestra forma de responder con tres meses de retraso. Sobre todo, en vuestra modestia. La hago mía.

Creo que vivo en una ZAD espontánea e interminable, aproximadamente, desde antes de afeitarme solito. Desde ella, como muestra de agradecimiento, querría enviaros un libro que os puede interesar. Habla de naturaleza, soledad común y algunas cosas más. Es algo así como la madre natural de Ética del desorden y se llama Roxe de sebes. Mil días en la montaña. Me parece que os gustará.

¿Tendríais la amabilidad de facilitarme una dirección postal, compatible con vuestro anonimato, para haceros llegar ese libro? Y si no, esperamos a ese prometido encuentro en Madrid (si os he entendido bien) de finales de junio.

Que no va a ser tan fácil. Tened en cuenta que el 30 de este mes o el 1 de julio salgo irremediablemente hacia una desconocida Galicia. Una esquina terrenal conservadora en lo civil, pero incansablemente subversiva en su inmanencia.

Estáis, por cierto, también invitados a esa zad de comunismo familiar. Aunque supongo que vuestra natural timidez os hará dudosa la invitación.

Un abrazo y hasta pronto,

Ignacio

Madrid, 12 de junio de 2018

Nuestras temporadas en el infierno

La gratitud es mía. En efecto, querida J., el hecho de que una sola persona recoja el guante de lo arrojado por otro, en este inmenso mar de la cháchara y la incomunicación total, basta para que el mundo recobre el sentido. Un sentido preciso y humano, ligado a la experiencia y el dolor de cada cual.

Me ha hecho mucha ilusión el impacto quirúrgico de mis pobres palabras en usted. Y ha tenido mucha gracia también la forma abierta y desenfadada en que lo expresa. A uno no le ocurre esto todos los días.

No se preocupe en absoluto por la incultura o la ignorancia, pues son tal vez una de las mejores formas de mantener la mente en blanco y los sentidos despiertos a la sorpresa de lo que llega.

Le avisaré, lo prometo, de mis próximas visitas a Barcelona. Mientras tanto, un saludo muy cordial y gracias por ese espontáneo calor al escribir.

Hasta pronto,

Ignacio Castro

Madrid, 29 de mayo de 2018

Sam

Querido ser,

Justo ahora puedo ponerme  a escribirte, después de días y días de ocupaciones con frecuencia absurdas.

Como te decía, lo pasé muy bien esa tarde de copas con vosotras y Miguel. Da gusto sentir que, más allá del “cumplimiento del deber”, uno mantiene relaciones espontáneas con seres humanos que viven y se expresan libremente, sin frenarse por la policía de la época.

Me gustasteis todas, me impresionasteis todas, incluido M. De la aparente “ingenuidad” de L. a la permanente reflexión tuya, de L. o de P., la tarde tuvo el encanto de un encuentro “sin paracaídas” que no se da todos los días.

En tu caso, lo sabes, me llamaron la atención al menos dos cosas. Una, no sé cómo lo decías, ese carácter tuyo tan exigente… que te lleva quizás a descreer con cierta rapidez, a perder la esperanza de que tal o cual persona esté a la altura y guarde algo distinto.

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Gelassenheit

Buenas tardes, L.,

Antes de nada, de nuevo, disculpas por esta escandalosa dilación en contestarte (tu “trabajo voluntario” debe llevar un mes en mi casa). Aparte de la cuestión de las notas, tu carta está muy bien. Más que nada porque, en la asignatura de Psicología, haces confesiones… y esto es lo único que tenemos para decir algo que no suene aburrido y resulte distinto. No tenemos más que emociones, sus confesiones. Eso pienso.

En ningún trabajo de semana santa, en ningún trabajo, nunca (lo sabes), he pedido que dijerais algo distinto a lo que sentíais o habíais percibido. Nunca quise otra cosa que lo que haces en esas tres hojas: decir lo que piensas, lo que sientes incluso, sobre esto o lo otro. Además, como tengo ojos y oídos en la cara, nunca he creído que fueses “una más del montón”. Siempre te sentí atenta, educada e hipersensible.

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Bazares vacíos

Querido G.,

No, no me haces perder el tiempo. Tus ambivalentes visiones neoyorquinas, entre el escándalo y la fascinación, son en buena medida las mías. Si le echas un ojo a mi “Cuarteto neoyorquino” verás que mis contradicciones son similares. Un amigo inglés me acusó entonces de sucumbir al espectáculo de la “inmanencia americana”.

Tal vez mi aversión a “la mayor democracia del mundo” se acentuó después de mi viaje a San Francisco. Pienso que el pendejo Donald solo ha puesto un punto soez a una brutalidad que, también con Clinton y Obama, siempre se ha mostrado irremediable. Para compensar, tengo que decir: Dios bendiga a China y a Rusia, con Putin incluido. Al menos esas fuerzas mundiales, aunque también posean su dosis de infamia, impiden que el monopolio de la barbarie vista una única estupidez puritana.

Disculpa mi aparente fundamentalismo existencial. Es algo peor: en suma, una teología política negativa. Lástima de anécdotas tuyas de N. York, pero ya las hablaremos en directo. Pronto.

Abrazos y gracias,

Ignacio

Madrid, 11 de abril de 2018