AFTERSUN (Charlotte Wells, 2022)

Es significativo el papel del boca a boca en unos tiempos donde los grandes medios acaparan la imbecilidad global. Te hablan bien de una película. Vas. Comienza entonces algo lento y quebradizo, donde parece que no puede pasar nada. Piensas: «Ah, ya me la sé». Y no, afortunadamente no es así. Conforme avanza la cinta, gota a gota, cierta tristeza te va sobrecogiendo. Nunca subestimemos el poder de lo nimio y los detalles. Wells entra en ellos y saca joyas intangibles.

Tenemos todo tipo de cremas para ocultarnos, también del sol. No las hay todavía para protegerse de la vida, pero sin duda nos está matando un tipo de sobreprotección que rechaza las grietas. No es de descartar que a Calum, uno de los dos protagonistas de esta historia sin argumento, le falte, en su melancólica indefensión, algún trauma que le hubiera rehecho a la «normalidad», a la capacidad de mentir en la ficción social compartida. Si es una obligación moral de los tímidos -y padre e hija lo son- estar armados y ser temibles, con solo once años Sophie parece más valiente y madura que su padre.

Calum es tan cordial como enigmático. Difícil no quererle. No porque presintamos que ha desaparecido en la bruma del tiempo, sino porque -en pleno mediodía de unas vacaciones turcas- él es la desaparición encarnada, con los bellos ojos dubitativos de los perdedores. Por lo que sufre en silencio, hasta le perdonamos -igual que hace su hija- que la deje sola en la escena inolvidable del karaoke, y que la abandone después la noche entera. Esta escena es quizá de las más impactantes, donde la cobardía de él queda a flor de piel y donde ella, con la voz quebrada y desafinada, sostiene la letra de una canción que lo dice todo. No se entiende, sin embargo, por qué el actor que hace de padre, Paul Mescal, es la celebrada estrella de este largometraje. Su hija Sophie, Frankie Cotio, resulta adorable con sus bromas y sus caritas de hámster, su silencio observador y alguna imponente frase metafísica.

Cantando Losing my religion, con una timidez casi española, Sofhie oscila entre el desastre y el encanto absoluto. Lo importante aquí es que, a pesar de todo, ella canta, sin ceder ante un deseo que a veces nos hace quedar en ridículo. Aunque su padre, que no tiene un buen día, se muera de vergüenza. Pagas el hotel, aceptas una animadora cultural y horribles temas musicales en la noche; vas a los baños de barro de Cleopatra, juegas al billar y al water polo… En vacaciones se siente la inanidad de nuestras vidas, en medio de un inmenso decorado que es continuamente interactivo para que no pese el vacío de las cosas. Nos pasamos el año saltando de una tarea a otra, con el tiempo contado. Hasta en vacaciones es un poco agotador tener que organizar cada día. Tener que vivir por fin, pasarlo bien, hacer fotos, sonreír, acumular souvenirs y poder contar algo. Sophie presiente esa falsedad: «Creo que tengo un bajón. ¿Nunca te has sentido al llegar a casa cansado y deprimido después de un día increíble?». De hecho, la mayoría de los divorcios se producen a la vuelta, acaso porque sin la coartada de la ocupación laboral nos enfrentamos en vacaciones a nuestra desnudez. Sin el maquillaje civil que nos protege de una intemperie para la que no estamos preparados. En cierto modo, en esta historia donde Wells renuncia a un sentido general para aceptar la discontinuidad de algunos flashes, todo es desnudez.

Las escenas bajo el agua, con cuerpos pálidos entre burbujas, son como el útero que tememos y amamos, un refugio bajo la inmensa performance en que hemos convertido el día. En vacaciones y en el trabajo, vivimos la misma ficción espantosa. Hablando de la vida con un inteligente trabajador turco, Calum llega a confesar: «Creí que no llegaría a los treinta». No descartemos lo peor, que bajo la superficie de la banalidad haya un dios. Apenas sabemos nada de él, de ella, esa sombra. Y sin embargo, estar a su altura -la de un silencio que no duerme- es casi una obligación fisiológica para sobrevivir en este mundo falsamente radiante. Lo está la niña. ¿Lo está él? Todo son preguntas en este ejercicio de memoria. Vivimos rodeados de respuestas, de cremas que nos desarman, por eso lo descarnado de esta historia, donde no sucede nada salvo el peso crudo del tiempo, nos parte el corazón.

La pulsera amarilla de los huéspedes de primera clase. El resto de la clase turista, esa infantería que recorre los garitos en busca de un mejor precio. Por en medio, cada alfombra turca es un universo, con un jeroglífico de signos que cuenta una larga y misteriosa historia. A todas luces, Calum es demasiado sensible y melancólico. Sobre todo en un universo anglo donde hay que ser duro y, en países extranjeros, un poco brutal y bailar Macarena. En tono menor, Wells está contando la historia de dos ángeles, también las memorias de un hombre tan poco reconciliado consigo mismo que apenas puede soportar sus cumpleaños. Lo mejor es que Calum no parece tampoco avergonzado, se resiste a ser como todo el mundo. Lee el I Ching, practica taichí y no parece ganar mucho dinero, sin poder pagar algunas necesidades de su hija. Todavía le dice «Te quiero» a su ex mujer, como si fuera parte de su familia. Él es como un resto sentimental en un mundo carcomido por el mal gusto y la usura. A Sophie eso le gusta y le inquieta. Este diario, tal vez autobiográfico, intenta reconciliar al padre que conoció con el hombre que no conoció, y la sigue habitando como una pregunta sin respuesta.

¿Por qué puede ser algo devastadora esta película? Porque dibuja muy bien, en un escenario de piscinas luminosas, el misterio azulado de un fondo imposible de habitar en este mundo desencantado. La magia de Sophie es la de una adolescente que lo graba todo en la cámara de su mente, perpetuamente encendida. Mira, escucha, piensa. Lo más asombroso, en este universo lleno de certezas, es que no juzga. También se siente orgullosa cuando le regalan la pulsera amarilla del «Todo incluido». Si llama a su padre por su nombre completo es tal vez porque acepta que no le conoce. ¿Quién le conoce? Cuando Calum llora, en el mismo día en que su hija celebra por sorpresa su cumpleaños, lo hace de espaldas.

Apenas tenemos nada, ni siquiera enemigos. La de Calum es la impotencia que sentimos todos, pero sin disfraces. Con la amabilidad de quien vive en el límite de sus fuerzas, tal vez este hijo de un dios menor no tiene ningún defecto. Solo que no está preparado para nuestra iluminación despiadada. También esto rompe un poco el corazón. No pasa absolutamente nada, y sin embargo todo el mundo siente que la historia es fuerte, y que se puede perder el día en mitad del día. Aftersun es una preciosa variación sobre las pérdidas, las anteriores a la primera lágrima, a la primera gota de sangre. Si la hay, que no sabemos ni queremos saber, en esta historia ocurre fuera de campo. Todo queda entre líneas. El final es abierto y el comienzo también lo es. Y sin embargo, el público permanece clavado en sus asientos, como si estuviéramos asistiendo, en medio de tanto espectáculo barato, a algo por fin real y sin cobertura. Ni género de aventuras, ni sexo, ni terror, ni comedia sentimental. Solo rememorar, veinte años más tarde, la nada coloreada que es nuestra vida.

Wells consigue que sintamos la angustia de un escenario donde todo el mundo parece estar actuando, excepto algún que otro empleado turco, con la fragilidad de unas vidas que flotan en el confort y no saben nada de la épica. Por tal inanidad, durante el largometraje sufrimos la sensación de que va a ocurrir algo. Cuando el desastre, sin embargo, es esa normalidad donde nada puede ocurrir. Wells hace casi de la nada el acontecimiento que nos marca, dejando de lado las conclusiones, las rendición de cuentas y los porqués. A Calum le encanta bailar, dice. La verdad, no sabemos si es un buen bailarín. Igual que no es seguro que Sophie llegue algún día a cantar bien. Lo menos que se puede decir de los movimientos del padre en la pista es que son peculiares. En realidad, solo parecen acelerar esos lentos movimientos de Tortugas Ninja que preocupan a su hija. Entre imágenes del pasado y escenas intermitentes de discoteca, es urgente amar. Siempre en «la frontera de la noche», dice una de las canciones de una banda sonora que no siempre convence. No importa. El ejercicio de este dietario es tan musical, incluso en sus silencios, que redime también las tonterías.